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Proyecto de divulgaci贸n hist贸rica Academia Salvadore帽a de la Historia

-Publicaciones 2010


La Academia Salvadoreña de la Historia en colaboración con la Fundación Empresarial para la Acción Social, FUNDEMAS, a través de su programa Fondo de iniciativas para el desarrollo educativo de El Salvador, FIDES, y con la colaboración de La Prensa Gráfica presenta la publicación: Proyecto de divulgación histórica 1811 Bicentenario|El Salvador La Academia Salvadoreña de la Historia continuando con la conmemoración de los 200 años del Primer Grito de Independencia, presenta esta primera publicación en la que se exponen los primeros ocho artículos periodísticos de temática histórico-arqueológica correspondiente al año 2010; en el marco del llamado Primer Grito de Independencia de 1811, que constituye el inicio del período de bicentenarios en Centroamérica del Proceso Independentista, que comprenderá el lapso entre 2011 y 2021. La iniciativa de generar este documento Proyecto de divulgación histórica en línea se suma al esfuerzo de la Exposición itinerante –la cual recorre todo el país en diversos centros de divulgación cultural; como un compromiso de la Academia Salvadoreña de la Historia de reforzar los planes de estudio escolares en temas de investigación y documentación histórica, a través del acceso a la información. La Academia Salvadoreña de la Historia como una asociación cultural y científica, apolítica, no lucrativa, ni religiosa que promueve los estudios de historia, antropología, arqueología, etnografía, geografía y ramas afines, a través de la exposición itinerante junto con los documentos acá presentados contribuye al rescate, protección, defensa, conservación e incremento del patrimonio cultural y documental.

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El 5 de noviembre de 1811 Pedro A. Escalante Arce Academia Salvadoreña de la Historia Los procesos de emancipación política de los antiguos reinos y provincias americanas de España, de los cuales emergieron la mayoría de países independientes, están enmarcados en los mismos parámetros cronológicos; la excepción más notable son Cuba y Puerto Rico, que fueron parte de la monarquía hasta finales del siglo XIX, después de la guerra hispano-norteamericana. Desde años atrás, las causas de las independencias del nuevo mundo fueron surgiendo parecidas y semejantes, siempre con características regionales, sin embargo, 1808 puede tenerse como piedra miliar común para el inicio de los movimientos de insurgencia americana, por ser el año 1808 el de la conmoción de la metrópoli, a raíz de la invasión napoleónica y la acefalía del trono por renuncia de Carlos IV y la forzada de Fernando VII, lo que provocó el descalabro del Estado y la Corona. El Bicentenario que se conmemorará en 2011 es el comienzo de ese proceso independentista en Centro América, con el llamado Primer Grito de Independencia de 5 de noviembre de 1811, con lo cual comienza la búsqueda de autonomía que se dilatará por varios años, sin agotarse en una sola fecha su conclusión, aunque puede enmarcarse entre 1811 y las actas de Independencia de 15 de septiembre, 1821, y de 1 de julio y 1 de octubre de 1823, en Guatemala. La primera la de los privilegios de celebración, por ser nacimiento y amanecer de nuevos tiempos, la segunda la llamada de Independencia absoluta, y la tercera la reiteración del proceso; estas dos últimas en el marco del Congreso Nacional Constituyente en Guatemala. El Primer Grito de Independencia sigue siendo motivo de investigación y estudio para afinar sus realidades y consecuencias. El diseño cívico-patriótico- histórico heredado principalmente desde el primer centenario en 1911, no puede tomarse como algo definitivo, por muy meritorio que sea, pues hay interrogantes que aún rondan insistentes en los afanes del historiador y del comentarista. Todo a pesar de los importantes trabajos de historiadores de nota, como Jorge Lardé y Larín, Rodolfo Barón Castro, Francisco Peccorini, Roberto Turcios, Carlos Meléndez Chaverri, Miguel Ángel Durán, Alejandro Dagoberto Marroquín y otros. Además de la fuente inagotable que ha sido el extraordinario trabajo compilador de Miguel Angel García, en especial con los “Procesos de Infidencia”, así como la minuciosa cronología histórica de Francisco Monterrey. El Bicentenario corresponde a esa realidad trascendente que fue un ayuntamiento autónomo y rebelde, que marcó los primeros sacudimientos de la insurgencia local, con apoyo popular para una situación que se inscribía en la tradición hispánica de los ancestrales fueros de ayuntamiento y en la soberanía popular revertida al pueblo al faltar el monarca.

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El lunes 4 de noviembre de 1811, una muchedumbre de los barrios de San Salvador con sus alcaldes propios provocó un desorden contra las autoridades del ayuntamiento y sobre todo contra el intendente Antonio Gutiérrez y Ulloa. La causa inmediata fueron las noticias de la cárcel del padre Manuel Aguilar en Guatemala y la orden dictada contra sus hermanos Vicente y Nicolás. Además circulaba el rumor de que se quería atentar contra el vicario padre José Matías Delgado. En todo este barullo popular se dijo que estaba la mano intrigante de ciertas familias criollas de la ciudad, de muy cercano parentesco entre ellas, las cuales habían incitado este movimiento de rebeldía ocasionado no sólo por las noticias sobre los sacerdotes, sino por un malestar creciente por las medidas fiscales, en particular por el régimen de estancos, y de estos los más rechazados los del tabaco y del aguardiente, así como el disgusto por el pago de tributo y por el impuesto de alcabala. Los personeros más representativos de estas familias fueron llamados el día siguiente para poner orden en lo que se volvió una violenta conmoción en la plaza de Armas, frente al edificio del ayuntamiento, donde toques de campana del cabildo habían soliviantado los ánimos. Estos líderes criollos pertenecían a familias de hacendados con amplio arraigo entre los habitantes mulatos y mestizos de la ciudad, en una especie de clientelismo muy propio de esos tiempos, donde la vida de los criollos provincianos, muchos de ellos venidos a menos económicamente, tenían redes de amistad y de identidad con el estrato popular (los Delgado, Arce, Fagoaga, Aranzamendi y otros). En cuanto a los clérigos, además de pertenecer a estas familias que resentían los privilegios de la capital guatemalteca y el poderío económico de sus grandes comerciantes, dueños de grandes intereses en las tierras de la provincia de San Salvador -desde 1785 con el rango de Intendencia-, eran ellos sacerdotes de un clero provinciano, diferente de la alta clerecía de Guatemala e identificados con los estamentos urbanos. Los españoles peninsulares residentes en la ciudad tuvieron que ser protegidos por los dirigentes criollos, ante las amenazas por los exaltados del pueblo, entre ellos el más connotado y afortunado, Gregorio Castriciones, y el directivo del Real Montepío de Cosecheros de Añil, Rafael de Otondo. El cuerpo de milicianos del Escuadrón de Dragones comandado por el coronel José Rosi, también uno de los dos alcaldes ordinarios de la ciudad, quedó desarticulado, asimismo los miembros del ayuntamiento destituidos y el gobierno de la ciudad entregado a Bernardo de Arce, como alcalde único en esos momentos, y su hijo Manuel José nombrado diputado del pueblo. Hay muchos detalles de estos días, algunos fieles y otros que parecen haber sido más bien acusaciones puestas en las actas de los “Procesos por Infidencia”, tal como un Manuel José Arce con grandes voces subido en una silla con aquello de “ya no hay reyes, alcabalas, tributos, terrajes…” los partidarios del orden monárquico, que no eran pocos, sólo pudieron ver pasar los sucesos y cuidarse de cualquier desenfreno. Cuando concluyó el martes 5 de noviembre, ya no había poder municipal en San Salvador y el Intendente Gutiérrez y Ulloa a punto de ser removido de su cargo por los insurgentes. La ciudad era la viva estampa de la insurgencia americana. [Img: Antigua parroquia de San Salvador | LPG 5 de noviembre de 2010] http://epaper.laprensagrafica.com/20101105/default.html?pageNumber=42

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Pacificación y trascendencia del San Salvador rebelde Pedro A. Escalante Arce Academia Salvadoreña de la Historia En la Nueva Guatemala de la Asunción las autoridades encabezadas por el capitán general José de Bustamante y Guerra, y el ayuntamiento, conocedores de la insurgencia en San Salvador, se aprestaron a actuar. El 16 de noviembre juramentó como nuevo intendente sansalvadoreño el coronel José de Aycinena, y como delegado del grupo municipal guatemalteco José María Peynado, regidor decano. El propósito no era el de combatir militarmente a los alzados, sino lograr la pacificación de la ciudad rebelde, donde se esperaba un inminente ataque. Los gobernantes de la Real Audiencia y de la Capitanía General sabían que los tiempos de Hispanoamérica estaban revueltos y que se tenía muy cerca, en México, la guerra emancipadora iniciada por el padre Miguel Hidalgo y continuada por José María Morelos, acompañados de muchos partidarios y grandes multitudes. Solamente imponer tranquilidad en San Salvador era lo sensato y aconsejable, para no prender fuego a los malestares de la población en todos los grupos sociales. Aycinena y Peynado partieron hacia la sede provincial por la ruta de Santa Ana, donde enterados de la revuelta de Metapán decidieron detenerse para calmar al pueblo levantisco y enviar fuerzas. Aycinena envió a los franciscanos José Mariano Vidaurre y José Pineda para apaciguar los graves sucesos ocurridos. Por fin, en los primeros días de diciembre entraron a San Salvador Aycinena y Peynado para hacerse cargo de la provincia y poner en orden en la ciudad. Fueron recibidos por una comitiva encabezada por el padre José Matías Delgado, con lo que se sellaba la finalización del período rebelde de San Salvador. Vino la calma, y el posterior indulto para los comprometidos, pero volvería a brotar el malestar más adelante en esta ciudad contestataria y de cuño fuerte. Todos estos sucesos han sido motivo, con sus numerosos detalles, circunstancias y muy extensas consideraciones, de diversos estudios y comentarios por los historiadores, desde los trabajos académicos con respetable criterio de ciencia social, hasta los efímeros del entusiasmo cívico, o de la pobreza de análisis. El Primer Grito de Independencia es considerado como la eclosión combativa de numerosas causas que se venían sumando en la provincia, causas que no varían mucho de las que surgieron en otros lugares de la monarquía colonial. Las intenciones del grupo de criollos que participó son puestas por parte de la historiografía salvadoreña en la óptica del desmenuzamiento incisivo de su actuación, por las estrechas redes familiares, lo que le da una connotación oligárquica; un abundante material para ser comentado y elucubrado.

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Estos criollos, bautizados como próceres, serán también los de la rebelión de enero de 1814 y los mayores protagonistas de muchos capítulos de la historia germinal del nuevo Estado, encabezados por la figura dominante y principal de José Matías Delgado –como pareciera, para algunos, haber sido también en 1811-, Delgado el sacerdote a quien nadie puede discutir su férrea personalidad, cualquiera que sea el matiz de la interpretación del proceso independentista, así como su altura política y el puño decidido de su ánimo y presencia, como ser la auténtica piedra fundamental del naciente El Salvador. Así como está presente el protagonismo de varios otros criollos, mestizos y mulatos que se expusieron a cárcel y castigo. Hay que remarcar en 1811, y en general en todo el período insurgente, la ausencia por motivos históricos y culturales de los conglomerados indígenas, excepto en casos especiales, como el de Metapán. Pasados los movimientos insurgentes de 1811 y 1814, las confrontaciones ideológicas, el período constitucional de Cádiz, las veleidades absolutistas de Fernando VII, la Independencia de 1821, así como el período imperial de Agustín de Iturbide, a principios de 1824 quedó consolidada la formación de nuevo Estado, en el marco del Congreso Nacional de las Provincias Unidas, con la anexión de la Alcaldía Mayor de Sonsonate a la Intendencia de San Salvador, ya vetustas categorías de provincias españolas, que comenzaban así, unidas, una definitiva realidad de autonomía y personalidad política propia en una jurisdicción cuyos límites básicamente databan, con las variaciones del tiempo, desde finales del siglo XVI. El movimiento insurgente de San Salvador de 1811, el Primer Grito de Independencia, fue el crisol del futuro Estado, la matriz histórica del surgimiento de un nuevo país, apretado entre las sierras de Honduras y el océano Pacífico. Dos provincias emancipadas de la Corona de Castilla y sobre todo desgajadas de Guatemala, motivo que puede tenerse como la más profunda razón de la autonomía, pues era contra Guatemala que principalmente se dirigían los dardos rebeldes, y no tanto contra Madrid. Dos provincias ricas, productivas, pobladas, con aceptables comunicaciones, sin más pretensión que bastarse a sí mismas, sin ambiciones geográficas, que decidieron crear un nuevo Estado en la América hispana, separado de sus antiguas demarcaciones. En los papeles de la anexión de Sonsonate puede leerse ya el nombre de este Estado: “Estado Salvador”, un nombre nuevo derivado de San Salvador, pero modificado por la novedad del país en gestación y en el que ya no sólo el territorio de San Salvador se vestía de Estado. Vendrá la República federal, la añorada, y luego el duro camino de la consolidación unitaria nacional, con una historia que arranca de las entrañas indígenas, inmersa en la gran epopeya de la Mesoamérica de las altas cultura precolombinas, matizada visceralmente por el aparecimiento de Europa y la inclusión en la cultura occidental y cristiana, con España incorporando a los indígenas al universo híbrido de lengua, leyes, historia, tradiciones e Iglesia concebido para las Indias americanas. Es el legado de dos mundos en El Salvador, con los atributos y características del territorio y su diseño histórico, país forjado a golpes de yunque en los siglos, con sus dramas, sus tragedias, sus ilusiones y decepciones, donde los acontecimientos se van uniendo en una cadena histórica que inventa su propio país; centurias de difícil legado, en las cuales el 5 de noviembre de 1811 se presenta con la trascendencia de ser el nacimiento de la invención de El Salvador. [Img: Iglesia y volcán de Izalco, Sonsonate | LPG 12 de noviembre de 2010] http://epaper.laprensagrafica.com/20101112/default.html?pageNumber=62

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El gobierno insurgente Pedro A. Escalante Arce Academia Salvadoreña de la Historia El miércoles 6 de noviembre, se nombró al nuevo gobierno municipal que iba a sustituir al derrocado el día anterior. Así, con una consulta de alcaldes de barrio y principales representantes de los estamentos sociales, y por renuncia del recién nombrado Bernardo de Arce como alcalde interino, se constituyó el ayuntamiento con Leandro Fagoaga y José María Villaseñor como alcaldes de primero y segundo voto, respectivamente. Los ocho regidores fueron el mismo Bernardo de Arce, Domingo Durán, Juan Delgado, Fernando Silva, Manuel Morales, Miguel Rivera, Francisco Vallesco y Tomás Carrillo. Como secretario Juan Manuel Rodríguez. Como intendente continuaba Gutiérrez y Ulloa, por lo cual fue sustituido el jueves por José Mariano Batres, el ministro contador de las Cajas Reales, y en lo militar se designó a José Aguilar como comandante de armas y por su segundo en mando a Fernando Palomo. Asimismo se procedió a enviar comunicaciones a las principales poblaciones de la Intendencia para comunicar lo sucedido e invitarlos a enviar representantes a San Salvador. En el acta del nuevo ayuntamiento del día 7, que recoge el historiador Francisco Monterrey en sus anotaciones cronológicas, se habla del juramento de obedecer a este gobierno insurgente “bajo la religión cristiana, bajo las leyes municipales, bajo Fernando Séptimo…” –lo de invocar a Fernando VII fue común denominador de los movimientos rebeldes hispanoamericanos, no algo propio de San Salvador-. Con esto se inició un ambiente de moderación y cautela ante las previsibles consecuencias que se esperaban desde Guatemala. Se utilizó el dinero existente en las cajas reales para pagar un contingente armado que patrullara la ciudad. Se suprimió el estanco del aguardiente y del tabaco, así como el cobro de los impuestos de alcabala, asuntos álgidos en la confrontación con las autoridades reales, un malestar compartido por toda la América española con las reformas fiscales introducidas por el gobierno de la dinastía Borbón. En varias poblaciones hubo brotes de rebeldía según la tónica de insurrección de San Salvador, así se vieron convulsos Santiago Nonualco, Usulután, Santa Ana, Chalatenango, Tejutla, Cojutepeque, Sensuntepeque. En todas fue el pueblo mulato y mestizo de los pueblos y villas el que protagonizó las acciones violentas. En Sensuntepeque hubo un fuerte movimiento a finales de diciembre, depusieron a las autoridades reales del pueblo, pero fueron dispersados. Dos exaltadas de Sensuntepeque fueron las hermanas Manuela y María Feliciana de los Ángeles Miranda, a las cuales se les condenó a ser azotadas en la picota pública, donde cada una recibió veinticinco azotes y se les condenó a servir en la casa del vicario de la villa de San Vicente de Austria.

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San Vicente y San Miguel fueron dos baluartes a favor de la autoridad del capitán general José de Bustamante y Guerra, residente en la capital, la Nueva Guatemala de la Asunción, que había sustituido a Santiago de Guatemala después de los terremotos de 1773. Ya el 7 de noviembre habían llegado las noticias de San Salvador a San Vicente, y el alcalde primero José Santín del Castillo se apresuró a prepararse para los acontecimientos. En San Miguel la reacción fue absolutamente contra la cabecera sansalvadoreña y se organizaron tropas de intervención, mientras el verdugo del ayuntamiento quemaba en la plaza de Armas la carta recibida de los munícipes rebeldes. Además estaba la influencia del vicario Miguel Ángel Barroeta, junto con el de San Vicente, Manuel Antonio Molina, dos decididos opositores a los clérigos revolucionarios de San Salvador, al igual como los antagonizaba en Santa Ana el cura Miguel Ignacio Cárcamo. En general los párrocos de los pueblos y ciudades no apoyaron a los curas rebeldes. La misma situación adversa se dio en La Trinidad de Sonsonate, cabecera de la Alcaldía Mayor, donde la posición fue en contra de los sucesos insurgentes. San Salvador y sus autoridades, lo mismo que los levantiscos habitantes comenzaron a temer la invasión de preludiaban las milicias migueleñas y vicentinas reunidas en Apastepeque. Igualmente se sabía de tropas que llegaban desde Usulután y Sensuntepeque, además de las que estaban por cruzar la línea de demarcación de la Intendencia e internarse en ella desde Sonsonate, pero la más temida era la reacción que se esperaba desde Guatemala. San Salvador en realidad estaba solo, muy poca ayuda podía esperar de municipalidades amigas. En muchos lugares, a pesar de manifestaciones exaltadas, las autoridades de cabildo no apoyaban al gobierno insurgente, tal como fue el caso del más notorio y violento levantamiento en un pueblo de la provincia, el de Metapán. En San Pedro Metapán, rico pueblo de tradición comercial y con la más importante industria del hierro en el Reino, entre el 24 y el 26 de noviembre el desorden con violencia devastó la tranquilidad de la población, con la particularidad de que en Metapán fue el único sitio donde hubo presencia indígena colectiva en la rebeldía. El blanco principal de la revuelta fue el alcalde segundo Jorge Guillén de Ubico, quien fue depuesto con amenazas a muerte. También se atacaron los estancos de aguardiente y de tabaco, Fueron grupos de indígenas, mestizos y mulatos los que se impusieron por sobre los criollos y peninsulares del pueblo. Como personaje principal instigador de la revuelta se señaló a Juan de Dios Mayorga, administrador de Correos en Metapán, quien había ocupado cargos en la administración colonial, hacendado, dueño de ingenio de hierro, además de receptor de alcabalas y diezmos, y que tendrá conocido protagonismo en los años independentistas. Los jefes de familias criollas tuvieron que entrar en arreglos con los ladinos e indígenas exaltados, con sus cabecillas Severino Posadas, Marcelo Zepeda, José Galdámez y otros, así como los alcaldes indígenas Andrés Agustín y Andrés Tobar. El día 27 ya estaba concluida la rebelión. Llegaron milicias desde Santa Ana y Texistepeque, enviadas por el nuevo intendente que se dirigía a San Salvador, José de Aycinena, donde todavía estaba gobernando el ayuntamiento insurgente, y que con sus acompañantes se había detenido en Santa Ana por el levantamiento de Metapán. [Img: Grabado de la Iglesia de San Miguel | LPG 26 de noviembre de 2010] http://epaper.laprensagrafica.com/20101126/default.html?pageNumber=40

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Un recorrido por el Bicentenario 1811-2011 José Heriberto Erquicia Cruz, arqueólogo Universidad Tecnológica de El Salvador Durante todo un año de noviembre 2010 a noviembre de 2011, en este espacio concedido por la Prensa Gráfica, se desarrollará un recorrido por los diferentes períodos de la historia antigua, colonial, republicana y contemporánea del actual territorio de El Salvador; enfocándose principalmente en ese momento de antes durante y después de los movimientos emancipadores de la Centroamérica del siglo XIX. Desde el marco del Bicentenario, se pretende brindar a los salvadoreños, una “capsula semanal” de historia de nuestro país. Más allá de ello, se intenta incentivar entre los lectores a la reflexión sobre diversos temas, que no solamente busquen rememorar las fechas de la efeméride; más bien sea un espacio de aprendizaje, comprensión y divulgación de la misma historia de El Salvador. Dicha reflexión, estaría encaminada a preguntarnos, quiénes somos los salvadoreños luego de doscientos años de ese primer movimiento emancipador, cómo hemos construido nuestras identidades, nacional, local, regional, étnica, política, religiosa, de migrante y otras. Esta actividad reflexiva, también debería de encauzarse en buscar en la actualidad la inclusión de todos los habitantes de El Salvador, en las diversas áreas del desarrollo y en el aprendizaje de los traspiés y experiencias del pasado. Las temáticas serán desarrolladas por especialistas y colaboradores de distintas instituciones académicas y con estrechos vínculos con la Academia Salvadoreña de la Historia. Así, luego de haber presentado tres entregas sobre el 05 de noviembre de 1811, el gobierno insurgente y la posterior pacificación; daremos cabida a los períodos prehispánicos, que vivió el actual territorio salvadoreño. Llevándoles por un recorrido a partir del abordaje de los sitios con manifestaciones gráfico rupestres los cuales se encuentran diseminados por todo el territorio nacional; luego conoceremos de cerca las esculturas de estilo Cabeza de Jaguar del occidente de El Salvador. Tendremos un acercamiento, al hasta ahora, único sitio Patrimonio Cultural de la Humanidad, declarado por la UNESCO, con que cuenta el país, Joya de Cerén; así como conoceremos el paisaje cultural de los antiguos habitantes pipiles en la Cordillera del Bálsamo; para finalizar con el papel fundamental que jugó la arqueología en el inicio de la construcción del Estado-Nación salvadoreño. En seguida, se emprenderá una descripción de los viajes de descubrimiento de las hoy costas salvadoreñas; Alvarado, los acompañantes tlaxcaltecas y la conquista de Cuscatlán, y la férrea defensa de pipiles y lencas acaecida en los Peñoles.

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La fundación de la villa de San Salvador de 1528, hoy el sitio de Ciudad Vieja, los nahuas pipiles en el momento del contacto, la fundación de San Miguel de la Frontera y la Trinidad de Sonsonate. Por su parte, la economía de las primeras décadas de la colonia, con la cosecha y comercialización del cacao, el bálsamo y su proceso de extracción, la compleja tenencia de la tierra y los puertos de gran importancia para el comercio de las provincias del Reino de Guatemala. Siguiendo con la producción de la provincia de San Salvador y Sonsonate, se abordará el casi olvidado hierro de la tierra o como se le denominó posteriormente hierro de Metapas (Metapán), el cual se trabajó en los ingenios de hierro del centro y occidente del actual territorio salvadoreño; así como la importancia, desarrollo y comercialización del producto por excelencia de estas dos provincias, el añil. Fundamental, para entender la identidad es hablar de las etnicidades, que a lo largo del tiempo se han invisibilizado, el mestizaje biológico y cultural, los indígenas, los afro-salvadoreños, y otras identidades étnicas. No faltará hablar de una de las instituciones vitales de la etapa colonial, La Iglesia y sus órdenes religiosas, así religión y cofradía, jugarán un papel primordial. Algunas temáticas que se han presumido desconocidas como la Inquisición en territorio hoy salvadoreño, la incursión de piratas a los puertos de las costas de Sonsonate y del Golfo de Fonseca, y el desconocido Antiguo Puerto de Amapala salvadoreño, sobre las costas de las playas de la Unión. La historia del poblamiento de Chalatenango, el criollismo, los estancos, la consolidación de los Vales Reales, son algunos de los tópicos que se estarán desarrollando. La Constitución de Cádiz, como eje de influencia en las colonias americanas, el movimiento de 1811 y la revuelta de 1814. Luego de ello, se conocerán los procesos de las luchas ideológicas, el importante papel desempeñado por las mujeres en la independencia, así como los diversos motines de indios y los diferentes procesos independentistas de Centroamérica. Se emprenderá los relatos de los personajes, hombres de “carne y hueso” como Manuel José Arce, José Matías Delgado, los hermanos Aguilar, el intelectual y gran pensador José Cecilio del Valle y su contribución a las bases de la Patria grande centroamericana. Tema de importancia que generó cambios en la recién independiente Centroamérica, fue la anexión de ésta al México de Iturbide. Este cúmulo de acontecimientos enmarcados en los hechos históricos que sobrepasan los doscientos años, son las bases de la historia salvadoreña, historia que debemos conocer, comprender, interpretar, valorar y reflexionar, pues nos acerca a la conformación de las identidades en El Salvador.

[Img: Fondo fotográfico LPG | LPG 3 de diciembre de 2010] http://epaper.laprensagrafica.com/20101203/default.html?pageNumber=58

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El arte rupestre en El Salvador Marcelo Perdomo Barraza, arqueólogo Academia Salvadoreña de la Historia Gracias a los diversos instrumentos dejados por los grupos sociales del pasado, las investigaciones arqueológicas en El Salvador demuestran que éstos habitaron hace aproximadamente 10,000 años; de igual forma existen otras evidencias que nos hablan de su presencia más temprana en el tiempo, éstas son las manifestaciones gráfico rupestres o el arte rupestre. El arte rupestre es la representación de imágenes y símbolos pintados (pictogramas) y grabados en piedra (petrograbados), que en ocasiones se combinan. Este arte se encuentra en rocas, paredes de cuevas, paredones. Las imágenes pueden ser representaciones de animales, personas, manos, vegetación, astros; así como líneas, espirales, puntos, círculos. En las manifestaciones pintadas se observan colorantes rojos, amarillos, verdes, morados, los cuales fueron extraídos de rocas –como las que se observan en Chalatenango-, junto con adhesivos naturales, tal la sábila. El sitio rupestre cueva del Espíritu Santo, en Corinto (departamento de Morazán), es el más representativo en esta categoría cultural. Las manifestaciones grabadas -generadas por percusión, incisión, raspado y rayado-, fueron elaboradas con instrumentos naturales como astas de venados o rocas afiladas. De esta categoría, el sitio rupestre Igualtepeque en el lago de Güija, Metapán (dep. Santa Ana) es la mejor representación. En muchos casos, no es posible establecer la fecha de creación de todas estas manifestaciones. En el territorio salvadoreño se registran cerca de 700 sitios arqueológicos que abarcan sitios rupestres, prehispánicos ceremoniales y domésticos, históricos, subacuáticos y otros. Dentro de los cuales 60 sitios corresponden a manifestaciones rupestres. La información que se posee en muchos casos es básica, pero se incentiva su mejor conocimiento. Estos sitios rupestres se ubican en las tres grandes áreas en el territorio salvadoreño: montaña, valle y costa. Así los encontramos en La Montañona y en la cueva del Ermitaño, ambas en el departamento de Chalatenango; asimismo la cueva del Espíritu Santo (dep. Morazán) y la isla de Igualtepeque (dep. Santa Ana); lo mismo la Piedra Herrada (dep. La Unión) y el sitio Titihuapa (dep. San Vicente), entre otros. En El Salvador, las investigaciones en la temática rupestre se iniciaron formalmente hacia finales del siglo XIX. La referencia más temprana que existe acerca de un sitio rupestre es de 1888, con Santiago Ignacio Barberena en la gruta del Espíritu Santo.

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En 1913, Atilio Peccorini publicó el artículo “Algunos datos sobre la arqueología de la República de El Salvador” donde hace relación de una cueva ubicada en Cabañas, que parece ser el sitio rupestre de Titihuapa, que Rodolfo Barón Castro en 1942 menciona en el libro “La Población de El Salvador”. Remberto Galicia, en “Petrograbados en una gruta a orilla del río Torola” hace una referencia descriptiva del sitio La Labranza, ubicado en el departamento de Morazán. El arqueólogo alemán Wolfgang Haberland, del Museo Etnológico de Hamburgo, Alemania, en 1954 publicó “Apuntes sobre petrograbados en El Salvador” que recopila información y datos científicos de diferentes sitios rupestres como los petrograbados del río Titihuapa (dep. San Vicente) y los de la cueva del Toro (dep. Usulután), asimismo los que figuran en la cueva del cerro El Carbón y los llamados Fierros de Guatajiagua, ambos en el departamento de Morazán, y los pictograbados de Sigüenza (dep. Cuscatlán), además de la piedra de La Luna, en el lago de Güija. En 1959, Tomás Fidias Jiménez publicó “Reflexiones sobre las inscripciones hundidas en el lago de Güija” La década de los años 60 constituyó una intensa época de investigación rupestre. El Museo Nacional “Dr. David J. Guzmán” desarrolló varios proyectos de investigación en sitios, como Igualtepeque en Güija, La Pintada en San José Villanueva y Piedra Herrada en Comasagua, ambos pertenecientes al departamento de La Libertad, por igual en Titihuapa (dep. San Vicente) y otros. La guerra civil 1980-1992 restringió la investigación científica en muchas áreas, incluyendo la temática rupestre. Esto generó poco material documental y limitaciones en los viajes de campo, principalmente a las zonas conflictivas. Sin embargo, las investigaciones rupestres continuaron hacia finales de la década de los años 90 con la arqueóloga francesa Elisenda Coladán, quien generó dos informes, “Pinturas rupestres e industrias líticas lasqueadas del oriente de El Salvador” y “Nuevos datos sobre el arte rupestre de El Salvador”, donde hace referencia a varios sitios rupestres en Morazán, San Vicente, La Paz y Chalatenango. De igual forma, el arqueólogo Marlon Escamilla desarrolló una investigación en el sitio Piedra Herrada (dep. La Libertad). A inicios del nuevo siglo, año 2005, la Misión Arqueológica Franco-Salvadoreña desarrolló el proyecto “Investigaciones arqueológicas en la zona de Titihuapa, departamentos de San Vicente y Cabañas” con registro y levantamiento fotográfico de los grabados del sitio La Pintada en Titihuapa –lo cual ha sido expuesto en diversos eventos regionales-. Además se investigó posteriormente el sitio cueva de Los Fierros, en Cabañas. Finalmente, en un esfuerzo por continuar las investigaciones rupestres en el país, en el año 2008, en coordinación con el Departamento de Arqueología de la Secretaría de Cultura de la Presidencia y la Escuela de Antropología de la Universidad Tecnológica de El Salvador se desarrolló el “Proyecto Arte Rupestre de El Salvador (PARES)”, con lo que se logro el inicio del registro científico de sitios arqueológicos con manifestaciones gráfico rupestres en las diferentes regiones que conforman el territorio salvadoreño. El equipo fue coordinado por el arqueólogo Marlon Escamilla y participaron la antropóloga Marielba Herrera y los arqueólogos Julio Alvarado, Diego González, Hugo Chávez y Marcelo Perdomo Barraza. Durante 120 años de investigación del arte rupestre salvadoreño, se han obtenido datos que permiten acercarse a un mejor conocimiento de los grupos sociales que lo crearon, así como se pueden observar valores culturales, artísticos y otros. Esta valorización nos pone frente al rumbo que debemos tomar –como investigadores sociales y como sociedad misma- y la atención que merece para la protección, investigación y conservación como documentos de nuestra primera historia, lo que consta en la Ley Especial de Protección al Patrimonio Cultural de El Salvador, vigente desde 1993, con su respectivo reglamento; de igual forma como existen diversos convenios e instituciones internacionales que trabajan en la salvaguarda, difusión y valoración del arte rupestre.

[Img: Lago de Güija, fondo fotográfico autor | LPG 10 de diciembre de 2010] http://epaper.laprensagrafica.com/20101210/default.html?pageNumber=60

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Joya de Cerén, Patrimonio de la Humanidad Payson Sheets, arqueólogo Universidad de Colorado El sitio arqueológico Joya de Cerén posee la categoría de Patrimonio de la Humanidad desde 1993, por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco). Se trata del asentamiento de una comunidad que vivió en el valle de Zapotitán alrededor del año 600 d.C., luego que éste se recuperara de la más grande erupción registrada en Centroamérica, la del volcán Ilopango. Tuvo que pasar por lo menos medio siglo para que se diera la readecuación de los suelos y del medio ambiente a fin de propiciar de nuevo una forma adecuada de vida. Cuando las actividades económicas, sociales y culturales se desarrollaban en Joya de Cerén, una nueva erupción destruyó la zona, la de la caldera volcánica Loma Caldera, ubicado muy cerca, en el mismo valle. Esta súbita erupción permitió que el sitio fuera conservado por catorce siglos hasta hoy en día, al cubrirlo con varias capas de cenizas que llegaron a casi a los 5 metros de altura. Este evento propició que Joya de Cerén fuera sellado en una „cápsula de tiempo‟, hasta ser descubierto en 1978 por arqueólogos de la Universidad de Colorado, en jurisdicción de San Juan Opico. Las investigaciones identificaron cinco grandes áreas de actividad: residencias privadas, un área pública, un baño de vapor (temascal), un complejo religioso y zonas agrícolas. Trabajos recientes señalan que la población perteneció a la etnia maya, conclusión debida al estudio de los bienes encontrados y a la arquitectura. Las excavaciones en cuatro residencias permitieron identificar tres estructuras asociadas: un dormitorio, una bodega y una cocina. Esta forma fue muy característica en la zona del valle de Copán durante el periodo cultural Clásico medio (200-600 d.C.), práctica aún visible en la tradición de la etnia Chorti maya. El sistema constructivo era de bajareque, el cual es muy resistente a los terremotos; sin embargo las estructuras religiosas no poseen este sistema. El área pública era una plaza hecha de arcilla endurecida, donde se presume tuvieron lugar demostraciones colectivas, área asociada a un edificio también de probable uso común. Cada familia, según las investigaciones, poseía cerca de setenta artefactos cerámicos domésticos, entre ellos un incensario para quemar copal con finalidades religiosas de invocación a los dioses y a los espíritus de los ancestros. La mayoría de los objetos de cerámica eran utilizados para cocinar o para almacenar alimentos. La cantidad de estos bienes en una familia eran indicador de un adecuado nivel de vida. Una de las variedades de cerámica localizada es la llamada Copador, fabricada en el valle de Copán, Honduras Es polícroma y con diseño elegante.

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El complejo religioso de Joya de Cerén se encuentra a orillas del rio Sucio. Por los indicios se puede inferir que la fachada poseía un color blanco con decoración roja. De igual forma, por los artefactos y las ofrendas encontradas en uno de los dos edificios, se presume que al momento de la erupción del Loma Caldera se estaban realizando los preparativos de una ceremonia religiosa de agradecimiento por la cosecha del maíz. Los objetos encontrados son una hoja de obsidiana, así como pigmentos de achiote, un tocado de cráneo de venado, pintado de rojo con blanco, y un cordón para sujetarlo. Estos mismos elementos son actualmente usados en las zonas mayas, por lo que es dable pensar que durante la erupción volcánica se estaban realizando preparativos para rituales, en lo que incide, además, como algo particular y significativo, que el maíz ya estaba maduro. El baño de vapor tenía una función colectiva para diez personas en común. Es mucho más grande que los construidos por los mayas tradicionales de Guatemala. Tiene un fogón al centro y después de encenderlo y calentarlo, vertían agua para producir vapor en el interior. El uso de este baño suponía limpieza física y espiritual, según los usos tradicionales prehispánicos. De las zonas agrícolas en Joya de Cerén la más común es la milpa de maíz que rodeaba cada casa. Las investigaciones posteriores al año 2005 descubrieron que el maíz habría madurado en el campo y era el tiempo de plantar frijoles. Esto confirma que la erupción de Loma Caldera debió ocurrir en medio de la estación lluviosa, probablemente en agosto. En un jardín de cocina se encontró una variedad de plantas entre ellas malanga, yuca y piñuela. En otro se localizaron los evidencias de sesenta y cuatro planta de maguey, los que se supone satisfacían las necesidades de fibra para la comunidad entera. Otras plantas descubiertas son frijoles, chiles, cacao, algodón, nance y varias más. El cultivo de la yuca se realizó en las afueras del área de habitación; además se encontró un arbusto de chichipince, usado en la farmacopea indígena por sus propiedades antibacterianas en las heridas de la piel, además de otras virtudes benéficas. Se infiere que en el valle de Zapotitán existieron varios centros de comercio, posiblemente una docena, lo que significa que un habitante podía decidir donde hacer el intercambio de productos y que estos competían con los traídos de otros lugares, lo cual puede demostrar una ausencia de imposición de élites. Entre los objetos encontrados para comerciar en los mercados están los elaborados en jade, procedentes del valle del río Motagua, Guatemala, los cuales parecen haber sido los más costosos de los que circulaban en el valle. Sin embargo cada familia en Joya de Cerén poseía uno. La fuente de este producto natural es la sierra de Minas. Es probable que los mismos mercaderes que transportaban los artefactos de jade llevaran las cerámicas Copador al valle de Zapotitán. Otro producto que fue necesario en los mercados y en la vida de las familias fue la obsidiana, vidrio volcánico llevado principalmente de Ixtepeque, en Guatemala. Cada familia de Joya de Cerén tuvo al menos una docena de cuchillos y raspadores de este vidrio, instrumentos que no pudieron ser fabricados dentro del asentamiento, porque era necesario la presencia de un tallador lítico diestro de obsidiana. [Img: Estructura de sitio Joya de Cerén, Opico, La Libertad | LPG 17 de diciembre de 2010] http://epaper.laprensagrafica.com/20101217/default.html?pageNumber=52

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La Costa del Bálsamo y su paisaje cultural Marlon Escamilla, arqueólogo Universidad de Vanderbilt Ubicada en el sector sur-oeste del actual territorio salvadoreño, la Cordillera del Bálsamo conforma una espectacular barrera natural que interactúa con el océano Pacífico y los valles internos. Una de sus principales características geomorfológicas son las impresionantes lengüetas que descienden desde una altura aproximada de 1500 metros hasta el nivel del mar, formando extraordinarios riscos y angostos valles. Este paisaje natural fue el que cautivó a diferentes grupos culturales en el pasado. Ephraim George Squier, en la visita que realizó por Centro América durante el año de 1853, describió la Costa del Bálsamo como una zona en la cual los indígenas se encontraban casi totalmente aislados permitiendo la conservación de su lengua - el antiguo Nahuat o Mexicano - sus costumbres y sus antiguos rituales. Squier puntualiza que la conservación de estas tradiciones culturales es el producto del difícil acceso de la zona y de la hostilidad de los indígenas. Por lo general, menciona Squier, estos asentamientos se encuentran ubicados en las partes altas de los cerros los cuales se encuentran paralelos bajando hacia la costa. Muchas preguntas intrigantes emergen al leer la descripción de Squier: ¿quiénes eran los grupos indígenas que observó?, ¿qué afiliación cultural tenían?, ¿`por qué se asentaron en este particular paisaje? En base a la mención del Nahuat como lengua utilizada y a la toponimia de diversos pueblos y asentamientos se puede inferir que la zona estaba poblada por grupos de afiliación Nahua. Desde el Altiplano Central mexicano hasta tierras centroamericanas, los Nahua-Pipil protagonizaron masivos movimientos migratorios durante el Clásico Tardío y el Postclásico. Aunque es difícil establecer una fecha exacta de la llegada de los Pipiles a Centroamérica, existe evidencia lingüística, histórica y arqueológica que indica una fuerte migración Pipil durante el Postclásico Temprano (900-1200 DC), (Fowler, 1989). Una de las características más relevantes de los asentamientos de la Fase Guazapa, descrita por Fowler para el Postclásico Temprano, es la ubicación y la arquitectura estratégicamente defensiva. Por lo general estas características defensivas eran aprovechadas por las sociedades Nahuas a través de procesos de apropiación del paisaje natural de ciertos rasgos geomorfológicos transformándolos en paisajes culturales. Actualmente el Departamento de Arqueología de la Secretaria de Cultura cuenta con un inventario aproximado de más de 25 sitios arqueológicos registrados en la Cordillera del Bálsamo. Aunque se han desarrollado importantes proyectos de investigación arqueológica en el pasado en algunos sectores puntuales de la cordillera (Fowler 1989, Amaroli 1986, 1992, Escamilla 1999, Revene 2007, Méndez 2007, Gallardo 2009), ésta aún constituye una zona poco explorada. En base a lo anterior, la Cordillera del Bálsamo, hasta cierto punto, puede ser considerada como una zona prístina para la investigación arqueológica potencializando la ubicación de sitios arqueológicos no registrados.

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Recientes investigaciones arqueológicas (Escamilla 2010) en el área de la Cordillera han permitido la identificación y el registro de sitios arqueológicos de afiliación Nahua-Pipil del Postclásico Temprano (900-1200 DC). En su mayoría estos sitios prehispánicos son pequeños asentamientos que muestran una arquitectura y un patrón de asentamiento estratégicamente defensivos, conformado por montículos bajos, pequeñas plazas, plataformas y posibles puestos de vigilancia (Figs. 4, 5, 6 y 7). Aunque la investigación arqueológica en estos sitios es todavía mínima, se puede inferir que el uso de estos espacios pudo estar asociado a contextos domésticos, cívico-ceremoniales y de control. Referente a la geomorfología, estos sitios se encuentran ubicados en las partes altas de las lengüetas aprovechando al máximo la altura y lo angosto del área. Actualmente existen dos posibles interpretaciones por las cuales los Nahua-Pipiles construyeron sus asentamientos en la Costa del Bálsamo. Por un lado, la cordillera ofrece características topográficas que pudieron ser explotadas desde una perspectiva militarista, adoptando lugares estratégicamente defensivos cuyas características hacen suponer una actividad socio- política hostil en la cual los Nahua-Pipiles establecieron sus prácticas culturales. Por otro lado, es posible que estos asentamientos fueran construidos en el pasado por grupos culturales que no solamente aprovecharon los recursos ambientales y topográficos que la zona ofrece, sino también se beneficiaron de posibles recursos simbólicos que el paisaje local les ofreció. Probablemente la apropiación y modificación de este tipo de paisaje de altura esté asociada a una emulación simbólica de los Nahua-Pipiles con relación a su lugar de origen, el Altiplano Central mexicano, con el objetivo de preservar su identidad y desarrollar prácticas culturales que los diferenciaran de los demás grupos contemporáneos a ellos. El paisaje cultural de la Costa del Bálsamo durante el Postclásico Temprano refleja una complejidad social relacionada a la adopción de lugares tanto estratégicamente defensivos como simbólicos. Aún existen muchas preguntas por responder en relación al paisaje cultural de los Nahua-Pipiles en la Cordillera del Bálsamo. Por lo tanto, el desarrollo del Proyecto Arqueológico Cordillera del Bálsamo constituye una oportunidad de ampliar el conocimiento sobre las primeras oleadas migratorias de Nahua-Pipiles durante el Postclásico Temprano, desde una perspectiva del paisaje cultural. Dicha perspectiva intenta abrir nuevas corrientes de interpretación que permitan interrelacionar lo material, lo social y lo ideológico en relación a la apropiación de espacios y paisajes. La antropología, a través de la arqueología, ofrece la oportunidad de explorar el pasado con el objetivo de reconstruir aspectos culturales como formas de vida, prácticas sociales, percepción del entorno y apropiaciones del espacio y el paisaje entre otros. El concepto de paisaje es interpretado como el producto de diversos factores sociales y de agencia humana. A diferencia de la percepción del paisaje como un rasgo natural, la arqueología del paisaje interpreta al paisaje mismo como una construcción cultural. El enfoque teórico de la arqueología del paisaje se basa en la idea que los seres humanos construyen y transforman su medio ambiente de una manera fundamental. Estas manifestaciones de adopción y transformación del paisaje, en algunos casos, son el producto de procesos migratorios y de apropiaciones simbólicas de lugares y espacios deseados. Probablemente la Cordillera del Bálsamo fue interpretada por los grupos migratorios Nahua-Pipiles como el lugar idóneo para el desarrollo de apropiaciones simbólicas como parte de un proceso de emulación con la finalidad de conservar prácticas culturales identitarias.

[Img: Vista general de la Cordillera del Bálsamo; fondo fotográfico autor | LPG 24 de diciembre de 2010] http://epaper.laprensagrafica.com/20101224/default.html?pageNumber=52

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Retos de la arqueología en el Bicentenario: visibilizar el legado indígena de El Salvador Federico Paredes Umaña, arqueólogo Universidad de Pennsylvania http://www.atacoantiguo.com/index.html

El Salvador de hoy no es solamente producto de la período colonial y eventos posteriores, como lo sostienen algunos historiadores, también es producto de más de 2000 años de historia prehispánica que no ha sido reconocida por los primeros. Imaginamos un indígena con penacho elevado, un caracol en la mano izquierda y en la otra el arco y flecha que destrozaron la pierna de Pedro de Alvarado mientras cabalgaba en su gesta de conquista. La tradición nacional nos ha dado un héroe legendario, un héroe que no existió. Atlacatl ha visto su límite como héroe nacional. El Salvador ha de reconocer su pasado indígena a través de la investigación y la documentación arqueológica. Sin embargo, la incipiente arqueología nacional está en pañales; sólo hay una casa de estudios superiores que ofrece una carrera a nivel de licenciatura y las publicaciones académicas son escasas. Podemos decir que la arqueología nacional está buscando su propia identidad a través de algunos esfuerzos institucionales, y en su mayoría a través de esfuerzos individuales.

Las esculturas del estilo Cabeza de Jaguar y la identidad nacional. Más de 45 esculturas prehispánicas del estilo Cabeza de Jaguar que proceden de los actuales Departamentos de Sonsonate, Santa Ana y Ahuachapán, prometen ponernos a pensar en los antiguos pobladores del occidente de El Salvador. Dichos monumentos habrían sido esculpidos hacia los inicios de la civilización Maya (antes de que surgieran los grandes centros ceremoniales de Tikal y Copán, pero contemporáneos a los desarrollos de Kaminaljuyu en las tierras altas de Guatemala y a la cuenca del Mirador en las tierras bajas de Petén). El reto de la arqueología nacional reside en investigar a las sociedades que crearon estos centros ceremoniales, acompañándolos con monumentos llenos de significados mágicos y religiosos que a su vez respondían a principios de organización social y política. ¿Cuántos asentamientos humanos coexistieron en el momento en que las cabezas de jaguar eran un símbolo importante para el occidente de El Salvador? La respuesta es más complicada que la pregunta y comenzar a contestarla pasa por un esfuerzo de investigación sostenido. ¿Podemos asumir que todos los monumentos del estilo Cabeza de Jaguar fueron tallados en la misma época, o se trata de una tradición de larga duración?, ¿existe alguna conexión simbólica entre el disco jaguar de Cara Sucia y los más de 45 ejemplares registrados en el occidente del país? Algunas de estas preguntas comienzan a tener respuesta.

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Los hallazgos recientes en la sierra Apaneca-Ilamatepec, en el municipio de Ataco, Ahuachapán demuestran que las cabezas de jaguar eran esculturas encomendadas por líderes locales a talladores expertos. Según los hallazgos, estos monumentos podían ser usados como ofrendas funerarias en las tumbas de otros personajes importantes de la sociedad, a veces mucho tiempo después de su elaboración original. Una tumba excavada en Ataco por la Alcaldía Municipal, antes del año 2006, reveló una ofrenda funeraria de alrededor de 12 piezas esculpidas. Entre ellas, tres monumentos del estilo Cabeza de Jaguar y una estela tallada con la figura de un gobernante que va de pie sobre una banda celestial. Las cabezas de jaguar del occidente de El Salvador son monumentos esculpidos que simbolizan el mito de origen de los antiguos pobladores de esta región. Los mitos de origen son las semillas de la identidad local. Constituyen, pues, símbolos que identifican a una comunidad con su territorio; con un paisaje que es creado y apropiado por la imaginación colectiva. Es importante para la conciencia colectiva del salvadoreño (a doscientos años de la independencia de España), percatarnos que los monumentos del estilo Cabeza de Jaguar aparecen densamente distribuidos en los territorios del occidente de El Salvador, y en contraste son escasos o nulos en los actuales territorios de México, Guatemala, y Honduras.

Retos y advertencias. Reconociendo fronteras culturales y territorio. Cuando el arqueólogo habla de fronteras culturales y territorios de ayer, se enfrenta a retos importantes en el mundo actual. Por lo tanto, conviene advertir que los datos arqueológicos que nos revelan una frontera cultural durante la última parte del período Preclásico (600 AC- 250 DC), a través de la distribución de las cabezas de jaguar del occidente de El Salvador, podrían revelarnos un mapa diferente para el período Clásico Tardío (600 DC- 1100 DC) cuando el río Paz no actuaba como frontera; y otro más para el período Postclásico (1200 DC1524 DC), donde los asentamientos indígenas de habla nahuat, si bien perfilan en buena medida los territorios coloniales, también sufren severas modificaciones en los siglos del dominio colonial. Existe la necesidad de reconocer la contribución de los pueblos originarios a la identidad nacional. Dicha identidad no es empero estática, sino dinámica, y se construye a través del esfuerzo colectivo de la memoria y la puesta en valor de dichas contribuciones. Con este propósito en mente, el arqueólogo nacional debe enfrentar el reto de documentar y difundir los hallazgos.

[Img: Descubrimiento in situ de "cabeza de jaguar", fondo fotográfico autor | LPG 31 de diciembre de 2010] http://epaper.laprensagrafica.com/20101231/default.html?pageNumber=46

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