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Testimonios del tercer coloquio

poéticas de la distancia

Aparece el secreto, varios secretos, Derrida se autonombra marrano universal (tengo pocos secretos). Y “la misión secreta del marrano es enseñar el secreto, enseñar a respetarlo”. Sea. Difícil ejercicio el de relatar las imágenes presentadas por Safaa de Derrida y, además, lo que me/te provoca: Argelia, el gato, la sinagoga que era una mezquita y tantas oraciones en tantos idiomas, la palabra reconciliación —y su sentido sólo cuando hay algo que reparar—, las clases y alumnos de Derrida, su sublime escondite en el ático y la enfermedad de archivos. La circuncisión justo en el lugar del deseo y “la escritura del cuerpo que encuentra su lugar en las cicatrices”. “Toda la escritura reposa en resistencias…el acto de escribir como exposición de desnudez y el impudor”, según Safaa Fathy. Salen también los fantasmas, tus fantasmas/mis fantasmas; rondan voces, lugares, silencios y cuando Derrida habla de los fantasmas, él es ya un fantasma que deja testimonio de sí mismo. Cuando Safaa dice: “la muerte como motor del pensamiento”, la frase hace sentido por experiencia, por telepatía, cae en terreno fértil de corazón contrito. Esa voz, dice ella, “es el aliento vivo que va más allá del tiempo… la poesía es sólo un aliento”. Soy una caja de resonancia. Y ha de ser que en el lance del envío del pensamiento (telepatía), de esa huella y espectralidad, esa “Telepatía resucitada” que Fathy aborda como: “lo que cada uno lleva como un cuerpo extraño, secreto, heterogéneo, inverificable, este cuerpo celeste/glorioso está en el saber y no saber”. Voy descubriendo mis raíces. Révenante / regresante. Regreso a 17, cifra, en el aniversario telepático de la muerte de mi padre, todas estas voces comienzan a hacer eco. Emana el deseo, anima el análisis, la memoria empapada de la nostalgia vuelve al lugar de la pérdida que ahora es encuentro, que ahora cobija con la palabra. Así, calentito.

A propósito de la palabra, la poesía invade todo el universo de mi cuerpo, ¡qué es un cuenco del universo, gracias a mi padre! Él fue un perseguidor incansable del soneto. Recuerdo con gracia y cariño que llegó a pasarse hasta cuatro semanas con insomnio y todo, buscando la palabra perfecta que tuviera significado, rima y métrica. En los albores poéticos de mi padre, la erudición de su poesía era tal que ni él mismo se entendía el sentimiento; puedo decir que se encontraba atrapado en la métrica, ritmo y rima. Al pasar de los años fue soltando un poco la rigidez de la estructura del soneto y, dentro del soneto mismo, halló un espacio/vocabulario libre. Si la palabra era el nido y él el ave, a punta de ramita por ramita usarla, hizo nido en la palabra. Era su casa. Regreso a 17, Poéticas de la distancia, al recinto donde tanto vacío sentí un año antes, ahora lleno. Encuentro conferencistas, cineastas, poetas, artistas plásticos y psicoanalistas, presentando bajo el marco del Coloquio, una pléyade de maravillas que amilanan mi corazón, fluye la nostalgia y me doy cuenta: mi padre me dio la palabra. “La gratitud es la memoria del corazón”, Víctor Hugo, muchas gracias a tí/ustedes. Me enseñaron a hablar, que de suyo ya es útil, pero Sergio me dio la palabra. Su voz y sus silencios junto con todos los instantes, me dieron contenido y profundidad. Como en el análisis freudiano: “el paciente no sabe que sabe”1. Cuando Elida lanza la hilada de su caña para pescar la Pa (pala en portugués) Lavra (labrar en portugués) se hace este surco de todas esas pa lavras que papá dio. Soy tierra trabajada. Otra vez la infancia: era completamente común estar rodeada de palabras misteriosas de la boca de mi padre, insultos ingeniosos, íncubos, súcubos, sinécdoques y sindéresis, pero sobre todo: órdago.2 Papá estaba en el hospital desde el 16 o 18 de junio del 2006 recuperándose del infarto ese, el anterior,

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Coloquio 3º “Poéticas de la distancia”.  

Organizado por 17, Instituto de Estudios Críticos, con la colaboración de Aldaba Arte, Casa Refugio Citlaltépetl, Proyecto 3, la Embajada de...

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