12 pulgadas - Número 11 (diciembre 2018)

Page 1

12 PULGADAS NÚMERO 11 - DICIEMBRE 2018 - 5€ 12pulgadas12.com



Todos los lectores sois importantes, pero este nĂşmero va por Chere, que se fue antes de poder leer el artĂ­culo que habla sobre ella.



SUMARIO Nº11 DICIEMBRE2018

Duodécimo número de 12 pulgadas, sexto en papel. Nacida en febrero de 2014 con el Nº0.

06 Cuestión de principios: Paris s’éveille 08 Ecos de Portland 14 Desde el Estrecho, un repaso a la inmigración 18 Entrevista a Chimo Bayo 28 Un museo a cielo abierto 46 Llámame por mi orientación sexual 48 El imposible top 5 de Aretha 56 Hijas de Marineda 58 El pasaje 66 8M 74 Atrapados por Escocia 90 Chere

Escriben y colaboran en este número: Arturo Ballarín Bescós, Iván Castillo Otero, Carla Faginas Cerezo, Ismael Gil Candal, Miguel Laviña Guallart, Luis Maldonado Moncada, Luis Alberto Martín, Ángel del Palacio Tamarit, Lutxo Pérez, Vanessa Power Matteo, Fran Sospedra y Elisabeth Torres. Corrección: Elisabeth Torres (617 92 26 12). Maquetación de la revista: Iván Castillo Otero. Contacto: 685 71 62 18 // 12pulgadasrevista@gmail.com Web: 12pulgadas12.com Twitter: @12pulgadas12 Facebook: facebook.com/12pulgadas12 Instagram: instagram.com/12pulgadas12 Fotografía de portada: mural de Fintan Magee. Londres, Reino Unido. Por Luis Maldonado Moncada.

12 pulgadas no se hace responsable de las opiniones de sus colaboradores. Se permite compartir de forma responsable la revista. No se permite el uso comercial ni ningún tipo de obra derivada sin autorización. En caso de compartir esta publicación, se debe reconocer el crédito de la obra y mencionar la autoría de los materiales utilizados, dejando claro que se le está dando un uso consentido. Debe mencionarse el autor, la página y el número de la revista. Se agradece el previo aviso. Se permite la traducción de textos, siendo fieles al del idioma original. No se podrán aplicar términos legales ni medidas tecnológicas que restrinjan legalmente a otros para hacer cualquier uso permitido por esta licencia: CC BY-NCND 4.0 (Atribución-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional).

5


CUESTIÓN DE PRINCIPIOS

PARIS S’ÉVEILLE Por Iván Castillo Otero

París me gusta. Creo que muchos podremos coincidir en que es una de las ciudades más bellas del mundo. Puede que yo, además, le tenga un cariño especial porque fue la primera capital que visité. Estuve en el corazón de Francia antes que, por ejemplo, en Madrid. Fue con nueve años y aluciné. Luego he vuelto en diferentes épocas de mi vida, porque a París hay que volver. La última vez que estuve fue en julio de 2016. Los atentados del 13 de noviembre de 2015 estaban muy presentes, más de lo que yo pensaba antes de aterrizar. La excusa para ir era la llegada del Tour de Francia a la ciudad. Durante la carrera, cada vez que pasaba algún agente de policía cerca del vallado, la gente rompía en aplausos espontáneos. Cualquier ruido fuera de lo común (cuando, por ejemplo, alguien pisaba una botella de plástico vacía mal cerrada y el tapón salía volando) se generaba un incómodo clima momentáneo de angustia. Durante una tarde libre, me di un paseo por algunos de los lugares marcados por aquella fatídica noche. Ir a donde suceden las cosas es un tic periodístico muy extendido. Lo hice con el mayor de los respetos. Me senté a tomar algo en la terraza de Le Carrillon y era evidente que no era el único curioso entre los parroquianos. Bataclan estaba aún cerrado. Si alguien no supiera que fue el lugar elegido por los terroristas para perpetrar

6

la mayor de las matanzas de aquel ataque coordinado, podría pensar que tan solo estaba en obras. La plaza de la República, donde se celebraron diversas concentraciones y manifestaciones, estaba repleta de carteles de recuerdo, flores y fotografías de los asesinados. Sé que desde esta parte de la Tierra somos bastante injustos con otros lugares que sufren más y peor este tipo de terrorismo. Les prestamos menos atención porque están más lejos. El factor de proximidad es clave; empatizamos antes con el vecino europeo que con otras personas con las que no compartimos ni continente. Las coberturas periodísticas tienden a ser mayores, y fruto de estas ha llegado a nuestras pantallas el documental de Netflix sobre aquellas horas trágicas. De primeras, es un tema que me interesa; lo que no sabía era que me iba a estremecer de aquella manera. 13 de noviembre: atentados en París no tiene narrador. Los que cuentan la historia son los que la vivieron: víctimas, familiares de los muertos, policías, sanitarios, etc. Son personas que salieron una noche de un viernes ordinario y que han quedado marcadas de por vida. Es desgarrador cómo relatan tanto el durante como las consecuencias que ha tenido esta experiencia para ellos. Nunca me he visto en una situación así y no he tenido que poner en funcionamiento mi ins-


tinto de supervivencia a esos niveles, pero con sus historias y el detalle con el que las cuentan logran que el espectador se ponga en situación. Hablan de lo que vieron, pero impresiona más si cabe cuando hablan de sus pensamientos y de sus sentimientos en aquel momento. Más de uno de los que estaban en Bataclan viendo a Eagles of Death Metal asegura que asumió con naturalidad que iba a morir. Algunos aún no se explicaban que hubieran podido salir de allí. Noventa de las 137 víctimas mortales de aquella cadena de atentados perecieron en esta sala de conciertos. Aquel viernes de otoño estaba cenando solo en casa. Carla tenía una cena, de las primeras para celebrar la Navidad, creo que con compañeros de trabajo. Mi plan era ver una película, hasta que empecé a leer en las redes sociales que algo pasaba en París. Puse el 24 horas de TVE, a donde empezaban a llegar las primeras informaciones. Carla no llegó tarde, sobre la una o las dos de la madrugada, y me encontró clavado en el sofá. Venía sonriendo, pero recuerdo perfectamente cómo se le esfumó la alegría de inmediato al verme la cara. Me preguntó que qué me pasaba y le dije que se estaba produciendo el peor atentado de la historia de Europa. Me confundí, fue peor el de Madrid del 11 de marzo de 2004. Creo que mi voz debió sonar muy contundente. Se sentó a mi lado sin quitarse el abrigo para seguir las noticias.

Tiempo después, el 16 de febrero de 2016, Eagles of Death Metal actuaron en el mítico Olympia de París. Era el reencuentro con sus seguidores parisinos. A nivel internacional, el evento tuvo menos repercusión de la que merecía, pero la carga emocional del recital fue tremenda tanto para la banda como para el público. Todo quedó reflejado en un disco en directo que el grupo estadounidense editó al año siguiente. A modo de introducción, utilizaron la canción Il est cinq heures, Paris s'éveille, de Jacques Dutronc, un cantautor (y también actor) francés que me gusta especialmente y que forma parte de la cultura popular del país galo. No pudieron elegir mejor. Tras aquella noche de noviembre de hace ya tres años, París también se despertó.

7


Elephant, de Gus Van Sant

Ecos de Portland

Por Miguel Laviña Guallart Imágenes extraídas de los fotogramas de la película

8


El cine independiente americano renovó a mediados de los años ochenta, principio de los noventa, sus signos de identidad a través de la eclosión de una serie de jóvenes realizadores. Entre los numerosos autores que comenzaron en aquel momento a militar en sus filas, destacaron las obras de dos cineastas fundamentales, Jim Jarmusch y Gus Van Sant. Aunque artífices de dos universos alejados, con palpables diferencias estéticas y argumentales, y distintas inquietudes en cuanto a la realidad que intentaban aprehender y los personajes que la surcaban, ambos autores lograron imponer un estilo personal y abrieron nuevos caminos creativos para otros incipientes directores. Los curiosos personajes, entrañables perdedores de Nueva York o Nueva Orleans, retratados por Jim Jarmusch con una ironía cómplice en sus primeros filmes resultan tan reconocibles como los jóvenes sobre los que Gus Van Sant dirigió su poética mirada en los márgenes de Portland, escenario al que ha vuelto una y otra vez. En aquellos años, el cine independiente americano consiguió una creciente repercusión fuera de sus circuitos, un prestigio acompañado por el reconocimiento en distintos festivales. Junto a Jarmusch y Van Sant, filmaron sus primeros largometrajes otros autores con un innegable potencial creativo como Steven Soderbergh, Hal Hartley, Kevin Smith, Richard Linklater o los hermanos Coen. A lo largo de las últimas décadas, varios de estos directores se han integrado de una forma relativamente estable a la industria cinematográfica y han logrado en ocasiones mantener cierta liber-

tad creativa, mientras que autores como Hal Hartley y el propio Jim Jarmusch han permanecido en la órbita del cine independiente. La trayectoria de Gus Van Sant ha estado caracterizada por una constante dualidad, unos periodos de transición entre el cine independiente -obras de carácter personal en las que siempre ha habido un espacio para la experimentación- y el cine realizado bajo el sistema de estudios. Van Sant ha aceptado proyectos en ocasiones cuestionables, asumiendo guiones ajenos con resultados más que convencionales o incluso fallidos. Sin embargo, en estos filmes de encargo, alejados de sus orígenes, siempre pueden rastrearse ciertos rasgos inherentes a su estilo o que de alguna manera conectan con sus constantes temáticas. Formado en pintura y publicidad, tras filmar varios cortometrajes, Van Sant estrena en 1985 su primer filme: Mala noche, pero son sus dos siguientes largometrajes (Drugstore Cowboy [1989] y Mi Idaho privado [1991]) los que lo sitúan como uno de los principales nombres del cine independiente. A pesar de los años transcurridos, Van Sant sigue siendo en cierta forma el director de estas dos obras memorables. Drugstore Cowboy sigue el periplo de un grupo de jóvenes drogadictos, atracadores de farmacias, con una mirada sincera y alejada de cualquier posicionamiento moral. Su protagonista, encarnado por un versátil Matt Dillon en el papel más emblemático de su carrera, emprende un camino propio que lo aleja de sus compañeros, un proceso en el que acepta la inevitable realidad de las drogas. Van Sant se constituye en este filme

9


como uno de los herederos del espíritu de la Generación Beat contando con la significativa presencia de William S. Burroughs haciendo el pequeño papel de un sacerdote yonqui para el que el escritor creó sus propios diálogos.

forma hipnótica. Una estética que en aquel momento también quedó identificada con el cine independiente. Estos primeros filmes le valieron la calificación de «el poeta de los inadaptados» por parte de la crítica norteamericana.

El impacto que supuso Drugstore Cowboy permitió a Van Sant rodar un proyecto escrito con anterioridad, Mi Idaho privado, un relato que retrata la juventud marginal de Portland a través de dos jóvenes dedicados a la prostitución encarnados por River Phoenix y Keanu Reeves. Una obra en la que están presentes otras de sus constantes inquietudes: la soledad en los años de transición de la juventud y la búsqueda de alternativas a la desestructuración familiar. En estos dos filmes queda patente el interés de Van Sant por la experimentación, la ruptura entre la realidad y su forma de transmitirla. La capacidad para retratar una realidad dramática, o incluso escabrosa, a través de una mirada poética. Estas primeras obras también descubren una personal visión de Portland, ciudad en la ha transcurrido gran parte de su vida, con sus brumosas e industriales calles y unas interminables carreteras en medio de la nada de Oregón e Idaho que filma de

Dos películas fundamentales que dejaron una larga estela de influencia tras las que inició una segunda etapa en la que se alejó de forma progresiva del cine independiente con títulos como Todo por un sueño (1995), El indomable Will Hunting (1997) -con la que ayudó a llevar a la pantalla el guion escrito por Matt Damon y Ben Affleck-, el polémico remake Psycho (Psicosis) (1998) y Descubriendo a Forrester (2000). Las técnicas puestas en marcha en Gerry (2002), uno de sus filmes más arriesgados, rodado de forma experimental sin un guion previo, le devolvió a sus orígenes. Le siguió Elephant (2003), con la que consiguió la Palma de Oro y el premio al mejor director en el Festival de Cannes. En cierta forma, para una nueva generación Gus Van Sant se convertiría, a partir de entonces, en el director de Elephant. Estas dos películas guardan estrechos vínculos con sus dos siguientes trabajos: Last Days (2005) y Paranoid Park (2007), obras que

10


completan un segundo periodo de absoluta plenitud creativa y que parte de la crítica califica como «tetralogía de la juventud y la muerte». Durante la última década ha filmado películas tan diversas como Mi nombre es Harvey Milk (2008) o Tierra prometida (2012). La exposición Gus Van Sant, organizada por la Cinémathèque Française, el Museo Nazionale del Cinema (Turín), el Musée d’Élysée (Lausanne) y la Cinémathèque Suisse, ha permanecido durante tres meses -de junio a septiembre del 2018- en la Casa Encendida de Madrid y ha sido completada con una retrospectiva en la Filmoteca Española. Una muestra que ha permitido descubrir otras inquietudes del cineasta; su obra plástica en forma de fotografías, pinturas y dibujos junto a colaboraciones con otros artistas. El análisis retrospectivo de la obra de Gus Van Sant al que invita esta exposición permite situar a Elephant, con la perspectiva que proporcionan más de tres décadas de carrera, como la película que condensa los rasgos distintivos de su autor, una pieza clave sobre la que parece gravitar el resto de una filmografía con un indudable poder de seducción. Sin embargo, es curioso descubrir

cómo uno de sus filmes más depurados no partió de un proyecto personal. La productora HBO le ofreció rodar un guion inspirado en el tiroteo del instituto de Columbine (Colorado), en el que dos alumnos asesinaron en 1999 a trece personas. Sin embargo, en aquel momento Van Sant quería seguir con la dinámica experimental de Gerry y valoró rechazar el proyecto. Los productores aceptaron sus condiciones, como rodar sin un guion previo y con actores desconocidos. Pretendía evitar que la película se convirtiese en una crónica del suceso de Columbine y alejarse progresivamente de aquellos hechos para situarla en un espacio atemporal, lo que le confiere todavía más significado. Elephant puede ser la mirada hacia unos jóvenes de un instituto cualquiera de EE. UU. donde similares sucesos trágicos se siguen produciendo, incluso quince años después de rodarse el filme. Gus Van Sant consigue en Elephant un virtuoso ejercicio de estilo convirtiendo la narración en un preciso mecanismo dividido en tres tiempos. A lo largo del metraje se suceden unos largos planos secuencia que confluyen en unos determinados instantes previos a producirse la tragedia. Estos

11


planos secuencia logran aprehender la realidad, conferir al filme de un aspecto sencillo, pero esconden una gran precisión narrativa que lo convierten en un sofisticado ejercicio de observación. La cámara sigue, mediante complicados travellings, los sucesivos recorridos de los estudiantes consiguiendo que fluya la realidad de un día cualquiera del instituto. La fragmentación temporal -varias secuencias transcurren en paralelo e incluye un flashback del día anterior- le permite observar la realidad desde distintos ángulos. Esta estructura fragmentada -la narración no lineal es otro de los rasgos distintivos de su obra- le permite adentrarse en ese microcosmos que durante unos años es el instituto, mostrando que la realidad no es única, al igual que no lo son los posibles motivos que conducen al trágico suceso. De esta forma, Van Sant incide en sus rupturas entre la realidad y la forma de transmitirla. Los laberínticos pasillos del instituto de aspecto clínico -se utilizó para el rodaje un instituto todavía no inaugurado- y sus estancias asépticas hacen todavía más siniestra la tragedia que se está fraguando en su interior. Sin embargo, la cámara de Van Sant las recorre de forma volátil, con puntuales instantes de ralentí, de fugas de la realidad y unos planos que recorren la belleza otoñal de sus exteriores incluyendo unas cromáticas imágenes de los cielos de Portland -siempre presentes en su filmografía- que abren las partes en las que se divide el filme. Una sensible mirada que se completa con la labor del sonido - excepcional la forma en que recuerda los ecos de los institutos- y la música, varias sonatas de Beethoven, que en cierto momento se convierte en diegética al ser interpretada al piano por uno de los autores del tiroteo. El título de la película resulta también significativo para comprender las intenciones de Van Sant. Por una parte, tiene su origen en el mediometraje Elephant dirigido por Alan Clarke y producido por Danny Boyle, estrenado en la BBC en 1989. Situado en el conflicto de Irlanda del Norte, su título hace referencia a la metáfora inglesa «un elefante en el salón» en relación con que un conflicto violento es tan fácil de ignorar como tener un elefante en el salón, una evidente ver-

12

dad que pretendería ser ignorada. El título también remite a un popular cuento oriental en el que unos ciegos describen un elefante. Cada uno de ellos describe aquello que puede tocar e intenta convencer al resto de que el elefante es como lo imagina; una explicación necesariamente parcial de la que resulta imposible componer una idea global de la realidad. Para Van Sant, la realidad puede tener tantas aristas como las miradas que la observan y no pretende encontrar una explicación única a una situación tan compleja como es la violencia en los institutos. Su intención era que «el público pudiese ver las cosas de otra forma. La idea era proponer unas pistas para hacerle reflexionar sobre ese acontecimiento que ya conocía de antes con el fin de encontrar respuestas por sí mismo. Hay diferentes razones y no quería formular dos o tres hipótesis para imponérselas a los espectadores. Sabía que el espectador tenía ya millones de respuestas y le quería ayudar a estudiar todas esas respuestas posibles»(1). La versatilidad de sus jóvenes intérpretes, que encajan con total naturalidad en las distintas personalidades que pueden encontrarse en los institutos -en el filme solo intervienen tres actores profesionales-, es otro de los grandes logros de Elephant. Se organizó un casting al que acudieron cientos de estudiantes con los que se realizaron distintos talleres antes del rodaje. Van Sant incorporó al filme las conversaciones de los jóvenes en los ensayos. Los estudiantes sabían que podían improvisar, tomar sus propias decisiones sobre los diálogos. Unas réplicas que debían ser naturales porque no quería apoyarse en los diálogos para hacer avanzar la película. Una vez que se distribuyeron los papeles y se definieron los grupos, reconoce que las discusiones de los jóvenes sobre la violencia le inspiraron: «Los estudiantes sabían muy bien de qué estaban hablando. El instituto era su día a día, no el nuestro. Eran los estudiantes los que de verdad tenían una visión y podían explicarnos cómo se sienten, su situación en ese lugar». La juventud es uno de los elementos sobre los que planea el conjunto de la obra de este cineasta, tal y como se pone de manifiesto en la exposición Gus Van Sant a través de las decenas de retratos polaroids de intérpretes en los primeros


años de su carrera y de jóvenes anónimos que han deambulado por sus películas. En palabras del propio director, «la adolescencia es un etapa formativa, fundamental en nuestro desarrollo. Es entonces cuando nos afirmamos como personas, aprendemos a amar, a reconocernos a nosotros mismos. Es un momento de mi vida que recuerdo con afecto. Y hay una belleza especial en los jóvenes. En ellos trasunta el temor, la desespe-

ranza»(2). Una época de difícil tránsito, pero a la que parece que siempre se desearía regresar, y que puede verse reflejada en el testimonio intemporal de Elephant.

1

Declaraciones sobre la preparación y el rodaje de Elephant realizadas por Gus Van Sant en la Cinémathèque Française, Leçon de Cinéma, en abril del 2016. 2 Diario Clarín, 24/08/2008.

13


DESDE EL ESTRECHO, un repaso a la inmigración Por Ángel del Palacio Tamarit

l fenómeno de la inmigración recibió una atención sin precedentes de la esfera mediática durante 2015 y 2016, en parte debido al recrudecimiento de la guerra en Siria. Imágenes de sufrimiento y muerte en el Mediterráneo ocuparon portadas y telediarios. Como la imagen de Aylán, el niño sirio que murió ahogado junto a su madre y su hermano cuando trataban de alcanzar las costas de Grecia y cuyo cuerpo boca abajo en una playa de Turquía dio la vuelta al mundo. Otras mostraban frágiles pateras rebosantes de personas jugándose la vida para escapar de la muerte o de una vida sin esperanza ni futuro. «Crisis migratoria europea», «crisis migratoria del Mediterráneo» o «crisis de refugiados en Europa» fueron los distintos apelativos que se usaron. Sin embargo, si comparamos el número de inmigrantes que acogen países europeos con el que acogen otros países, que además son extremadamente pobres, el apelativo de «crisis migratoria europea» resulta un agravio comparativo. Y es que hay muchos países que llevan muchas generaciones en crisis, ya sea migratoria, humanitaria, económica o todas a la vez. El 85% de los refugiados son acogidos por países con bajos recursos económicos como, por ejemplo, Turquía, que se encuentra a la cabeza -3,5 millones de refugiados- y cuyo número se incrementó tras el pacto con la Unión Europea para restringir la ruta migratoria balcánica a cambio de financiación. El único país occidental que se encuentra entre los diez países que más refugiados acogen es Alemania.

E

Según Acnur en su informe Tendencias globales, se ha batido un nuevo y trágico récord: 25,4 millones de refugiados a finales del 2017 y 40 millones de desplazados internos. Después de un periodo con menor visibilidad, quizá por el mencionado pacto de la Unión Europea con Turquía, la inmigración vuelve a salir a la palestra mediática: el caso del Aquarius, el Open Arms y otros barcos de ONG, los saltos a la valla de Ceuta y Melilla, el «efecto llamada», el campo de refugiados de Crinavis, Salvamento Marítimo, casos de tortura y mercado de esclavos en Libia... Cuando buscaba información sobre el tema, me encontré con artículos del sindicato CGT de Salvamento Marítimo en los que reclama una mayor tripulación de flota ante el desbordamiento por el incremento de intervenciones en el Mediterráneo, especialmente en el sur. Desde el sindicato de este ente público que lleva realizando labores

14


de búsqueda, rescate y salvamento en las costas de España desde el año 93, además de otras como prevención y lucha contra la contaminación y control del tráfico marítimo, se criticaba además el cinismo del gobierno de Pedro Sánchez al negarse a acoger a los inmigrantes rescatados por el barco Aquarius en agosto, tan solo dos meses después de haber hecho lo contrario en Valencia. En definitiva, plantean la inmigración africana hacia Europa como un fenómeno estructural que hunde sus raíces en las desigualdades Norte-Sur, por lo que reclaman mayor inversión pública en recursos para que tragedias y muertes puedan ser fácilmente ser evitadas; y no solo para las labores de rescate, sino también para las labores posteriores de asistencia humanitaria. Sorprende que Salvamento Marítimo no reciba tanta atención mediática como el Aquarius y el Open Arms, dependientes de ONG y donaciones privadas. Quizá, desgraciadamente, sea parte de la tendencia a privatizar y reducir los servicios públicos.

Centro de Atención Temporal de Extranjeros de Crinavis, San Roque (Cádiz)

Aprovechando que viajaba hacia las costas de Cádiz en verano, me decidí a pasar por Algeciras para ver el Centro de Atención Temporal para Extranjeros de Crinavis, en San Roque, cerca de Algeciras, bautizado por algunos medios como el primer campo de refugiados en España. El campo estaba vacío. Quedaban en pie las tiendas con hileras de literas en su interior rodeadas por una valla. Desde CGT me dijeron que Marruecos había vuelto a restringir las fronteras y que por eso estaba vacío. Que era algo que el gobierno marroquí hacía de forma cíclica: usar a los inmigrantes como moneda de cambio para conseguir financiación europea. Cuando quería dinero, relajaba el control e incluso azuzaba a los inmigrantes al otro lado de la valla para saltar. Cuando recibía el dinero, restringía el paso. Me puse en contacto con Anabel Quirós Casas, activista por los derechos humanos y el tema de la inmigración desde hace quince años. «Mi inquietud fue el hecho de que en las aguas en las que yo me bañaba se dejaban la vida personas por mejorar sus condiciones de vida. Y me parecía algo muy injusto y frustrante, por lo que decidí acercarme a asociaciones que trabajan el tema», desveló Anabel sobre su motivación. Cuando le pregunté por el campo de Crinavis y sobre el apodo de algunos medios, «el primer campo de refugiados en España», me desmintió esta idea: «El campo de Crinavis no es otra cosa que una extensión de la comisaría. Allí no tienen asistencia psicológica ni social ni todas las atenciones que la ley de extranjería exige. He estado leyendo artículos de gente que ha entrado: es como un descampado donde han puesto unas tiendas y dentro muchas literas unidas. No pueden estar más de 72 horas legalmente detenidas, pero lo están. Cuando hay mucha gente que viene aquí a la costa, lo están. Y luego, cuando no entran en un centro de internamiento de extranjeros, que el único que tenemos aquí en Andalucía es el de Algeciras, con el anexo en Tarifa, pues lo que hacen es subirlos en autobuses, dejarlos en otras ciudades, en la calle, tirados, sin comida, sin coordinarse con otras ciudades para ver quién va a recibir a estas personas allí, sin intérprete, sin saber lo que firman, sin saber en qué ciudad están. Eso es lo que están haciendo ahora mismo los gobiernos actuales con estas personas».

15


«nosotros aquí tenemos Aquarius desde hace treinta años. ¿Por qué este dispositivo no lo tenemos aquí?»

Anabel Quirós Casas, activista por los derechos humanos y la inmigración. Al fondo, la silueta del monte Musa, en Marruecos

Este verano, en España, hemos visto cómo el nuevo gobierno de Pedro Sánchez acogía en Valencia a mediados de junio a los inmigrantes rescatados por el barco Aquarius, rechazados por Italia. Anabel nos relató cómo lo vivió desde Algeciras: «Me sorprende el tema del Aquarius en Valencia; el dispositivo de atención que se lanza para atender a estas personas, que es lo que hay que hacer. Hablé con una periodista que había cubierto noticias allí y estaba alucinada con cómo cada familia tenía un abogado, un traductor..., mientras que lo que encuentra aquí en el sur...: “Es que esto yo no lo puedo entender, es que me da la impresión de que quieren que sea un caos”. O sea, que yo lo viví mal, porque nosotros aquí tenemos Aquarius desde hace treinta años. ¿Por qué este dispositivo no lo tenemos aquí? Porque parece que solo interesa el impacto mediático, no realmente solucionar el tema de los derechos humanos y tener un sistema de acogida adecuado. Porque lo que se estaba haciendo allí era cumplir la ley: que las personas tuvieran asistencia jurídica individualizada, intérprete y un sitio donde dormir. Eso es lo que dice la ley». Como antes mencioné, dos meses después el gobierno de Pedro Sánchez rechazó acoger a las personas rescatadas por el Aquarius. ¿Cuál fue el motivo de ese cambio de rumbo? El nuevo líder del Partido Popular, Pablo Casado, acusó a Sánchez de provocar un «efecto llamada» con la acogida del Aquarius asegurando que «millones de africanos» se agolpaban al otro lado esperando para cruzar a España. Al mismo tiempo se hacía fotos estrechando la mano de inmigrantes en Algeciras para mostrar su lado más humanitario. Albert Rivera, presidente de Ciudadanos, hacía suya esa misma acusación del «efecto llamada». Este discurso, ofrecido por la derecha, contempla los efectos pero no las causas de la inmigración. Según Miguel Montenegro, secretario de CGT Andalucía, Ceuta y Melilla, «no estamos ante ningún repunte de la inmigración; esto es algo que viene pasando desde hace mucho tiempo y entendemos que de lo que se está tratando desde la derecha mediática es condicionar a la opinión pública para, una vez se ha acabado con un gobierno absolutamente corrupto, centrar los problemas de los ciudadanos y las ciudadanas poniendo a la inmigración como esa lacra que no es tal». Por otro lado, Quirós Casas también denuncia la connivencia de la Unión Europea con países que no respetan los derechos humanos con el objetivo de restringir la llegada de inmigrantes a Europa a cambio de financiación. El caso de Libia, donde se han constatado vulneraciones y vejaciones sistemáticas a hombres y mujeres en centros de internamiento, así como un mercado de esclavos a plena luz del día, es particularmente trágico. «Evidentemente, las fronteras tienen que tener un control, pero no

16


«La UE y España se quedan tranquilas firmando acuerdos con países que saben que no respetan los derechos humanos»

Miguel Montenegro, secretario general de CGT Andalucía, Ceuta y Melilla

tiene por qué ir nunca en detrimento del cumplimiento de los derechos humanos», alegó la activista algecireña. «La Unión Europea y España se quedan tranquilas firmando acuerdos con países que saben que no respetan los derechos humanos, cuando eso es ser cómplice de las barbaridades y las crueldades humanas que se cometen en esos países. En Libia se están viendo imágenes de la esclavitud más dura. Y también hay acuerdos con Libia». Según el filósofo Žižek, «lo que Sloterdijk señaló correctamente es que la globalización capitalista no representa tan solo apertura y conquista, sino también un mundo encerrado en sí mismo que separa el interior de su exterior. Los dos aspectos son inseparables: el alcance global del capitalismo se fundamenta en la manera en que introduce una división radical de clases en todo el mundo, separando a los que están protegidos por la esfera de los que quedan fuera de su cobertura». En Occidente, a nivel general, vivimos en una burbuja de seguridad y bienestar respecto al resto del mundo -los países con mayor esperanza de vida son occidentales y los países con menos son todos africanos-. Sin embargo, la crisis humanitaria de refugiados sirios y la inmigración irregular en el Mediterráneo, que lleva existiendo décadas, converge actualmente en Europa con la crisis financiera global del 2008, que ha empobrecido a amplios sectores de la población. La burbuja, aunque sigue existiendo, se hace más delgada para algunos en Occidente. Hemos visto recortados los derechos laborales y los servicios públicos mientras se rescataba con dinero público a una banca en gran medida causante de la crisis. En este escenario no faltan los discursos como el «efecto llamada», que alertan sobre la «avalancha» de extranjeros retratándolos como una amenaza para la propia supervivencia o cultura en vez de reivindicar una distribución más equitativa de la riqueza, atribuir responsabilidad a los causantes de la «crisis» o hacer hincapié en las causas estructurales socioeconómicas de la inmigración. En conclusión, la inmigración irregular es solo una de las caras de un problema estructural con muchas otras -la pobreza, la desigualdad, las guerras, el cambio climático, etc.- que irrumpe y agita nuestra burbuja de tranquilidad cuando una patera llega a nuestras costas o cuando vemos en las noticias un nuevo salto a la valla de Ceuta o de Melilla. La búsqueda de soluciones al problema migratorio y a la crisis humanitaria de los refugiados pasa por encarar las causas sistémicas en los países de origen y por ofrecer una asistencia humanitaria en las fronteras, y no por la exclusiva militarización de las fronteras y el levantamiento de vallas.

17


Chimo

Bayo

Entrevistado por Fran Sospedra FotografĂ­as de Fran Sospedra y Chimo Bayo



E

sas lluvias inconstantes pero enérgicas que de vez en cuando estallan con fuerza anunciando el otoño valenciano fueron retrasando el encuentro. Chimo Bayo, emblema de la música electrónica de finales de los 80 y principios de los 90, llega motorizado en una flamante moto, tal vez reminiscencia de su etapa de competición. Me saluda con cercanía y naturalidad, y comenta favorablemente la calidad de impresión de los ejemplares de 12 pulgadas que le proporciono. Entramos en el bar Los Gallegos, cercano al Museo Fallero, donde hemos quedado, en la frontera de Monteolivete, barrio históricamente obrero, y la Plata, que sufrió años conflictivos en los 80. Nos damos la mano y de inmediato, con afabilidad, comenzamos algo que más que una entrevista es una tertulia con un tono desenfadado, plena de humor, entusiasta y vitalista que refleja el momento que Chimo está viviendo.

Tu último proyecto es la novela en colaboración con Emma Zafón No iba a salir y me lié, aunque también sacaste el single Diablo en 2016. Estás en un momento muy creativo, ¿no? Sí, salieron a la vez, pero también hice más cosas el año pasado o el anterior, ahora no te sé concretar, porque la vorágine de cosas que llevo... Uno de mis últimos proyectos es una marca de vino que se llama HU-HA y que salió en marzo: hemos vendido muchísimo, está muy bien considerado y ha estado en varios festivales. Esos han sido los últimos proyectos: la novela, el single Diablo, el vino y una canción para el programa Love the 90’s en Telecinco los sábados por la mañana; se trata de un tema muy comercial que rememora los temas de los 90. Aparte de las actuaciones, claro.

proyectos. El estar activo viene de mi trayectoria profesional, aunque he tenido momentos muy buenos y luego he desaparecido, he vuelto, he desaparecido, he vuelto..., aunque desde hace unos años he sido muy constante. Pero todo esto se debe al trabajo que se hizo con los discos, que es lo que te mantiene en el imaginario de la gente.

Has colaborado también con Beauty Brain, ¿no? ¿Cómo mantienes ese nivel de actividad? El tema con Beauty Brain se llama El bien y el mal, un trap muy potente para gente joven. Me gusta hacer cosas diferentes y tener siempre nuevos

Sin desvelar mucho de tu libro, ¿qué le dirías a la gente para que se anime a leerlo? La gente lo tiene que leer porque se va a partir de risa. A mí me gustaría hacer la película, pero, claro, ¡a ver quién se atreve a hacer una película

20

Se nota que es un libro en el que has puesto mucha ilusión… Muchísima, porque hacer una novela... Ahora la gente, cuando hable de Chimo Bayo, qué va a decir, pues que no son casualidades de la vida, «¡si hasta tiene una novela y una marca de vino!». Es el resultado de mucho trabajo y constancia.


con unos personajes así de extremos! Me recuerda mucho a Trainspotting, que es una bestialidad y una película muy atrevida que muestra la heroína y un momento social especial que tuvo Inglaterra. Mi libro se basa en hechos reales y cuenta una historia de la Ruta del Bakalao. Lo considero un poco como el El código Da Vinci,con incluso un mapa en el que se mueven los dos pirados que nos hemos inventado, aunque seguro que a más de uno le recuerdan a alguien que conoce. Has mencionado Trainspotting justamente en el momento en que sale la segunda parte. Tu novela tiene un punto de conexión con esa vuelta a un tiempo pasado de unos personajes, ¿no? Nos piden ya la segunda parte de la novela, pero me gustaría que se le sacara partido a esta porque hay mucha gente que todavía no la ha leído y creo que se sorprenderá; está narrada de una forma muy consciente, tiene muchos flashbacks... Parece que combina muy bien el tiempo pasado de la Ruta del Bakalao y el presente. De hecho, recuerda a una frase que dijiste en la revista Tresdeu: «No se puede tener nostalgia de algo irrepetible». ¿Crees que estás transmitiendo esto? Esa frase es contradictoria al mismo tiempo porque la nostalgia se refiere justamente a que no vas a volver a vivir algo, pero lo que quiero decir es que, como pienses que eso va a volver, te has quedado pillado. La nostalgia se tiene de algo que has vivido, pero no pienses en ello como algo que ha de volver. Puedes tener nostalgia de lo vivido pero sin aferrarte al pasado; no puedes quedarte atrapado pensando «que vuelva, que vuelva eso», sino que puedes recordarlo, inspirarte y ser un poco el ave fénix con una nueva aportación. De vez en cuando vuelve de otra forma, como por ejemplo en esos festivales de los 90 que hacemos y en los que, gracias a una nostalgia puntual, la gente está sonriendo desde que entra hasta que sale. Claro, pero al mismo tiempo se añaden vivencias nuevas, se incorporan generaciones nuevas que también aprecian esa música o estética. Sí, pero también están las generaciones antiguas que vivieron aquello y que, cuando salen de allí,

se les ve más jóvenes, más contentos, más felices..., aunque son conscientes de que esa felicidad solo dura ese día, que aquello no va a volver. Eso es inviable. Por eso queda ese toque neorrealista del recuerdo que siempre es más bonito que el recuerdo hiperrealista de una grabación o algo así. De hecho, cuando veo una grabación no me resulta tan bonita como el recuerdo de aquel momento. Las localizaciones del libro son genuinas, ¿no? La discoteca El Templo, por ejemplo. También habláis mucho de sensaciones y le dais una mayor importancia a los personajes comunes que a DJ Lightman. Es todo real; todo. Y te quedas con los personajes, por eso les pusimos nombres tan sencillos como Paco y Toni, porque podrían ser cualquiera. Yo solo hago un cameo porque el disc-jockey de El Templo que está cantando La tía Enriqueta no podía ser otro que yo, aunque convenimos con la editorial que no quedaba bien que mi nombre saliera al ser el autor. Es una novela histórica de ficción, aunque todo el mapa es real, y las discotecas, la música… ¿Cómo era el ambiente en aquella escena cultural? Allí cada uno iba a lo suyo. Si había diseñadores de ropa, discotecas, cantantes, creativos, grupos de rock..., pues nos juntábamos todos pero cada uno íbamos a lo nuestro. A veces decíamos «vamos a juntarnos y a hacer este o aquel proyecto», pero se nos olvidaba y cada cual se iba a su trabajo los fines de semana y luego era difícil quedar entre semana porque era una época un poco extraña. Era una época en la que trabajábamos el fin de semana y el ocio era de cuatro días. Personalmente, por edad, viví esa época a través de dos narrativas contrapuestas: la épica de los hermanos mayores, por un lado, y la demonización mediática, por otro. Se comenta que Valencia estaba muy a la vanguardia de los sonidos y los grupos, que pinchaba desde la última novedad en vinilo de UK hasta la vanguardia belga o alemana de sonido oscuro. ¿Es ese afán de vanguardia lo que la gente recuerda como lo más valioso de la Ruta? Por supuesto, y luego las demás discotecas de toda España nos copiaron. Ten en cuenta que el

21


«Con los programas de televisión surgió el estigma generalizado de que todos éramos unos degenerados»

sitio más oscuro de música que había podía ser perfectamente Arsenal, Chocolate, NOD o ACTV. Una época en la que podías estar pinchando a Alien Sex Fiend, Cult, Revolting Cooks... Todo muy ecléctico; en una noche podías pasar por siete estilos diferentes: acid, house, electro, tecno, rock, pop y tecno industrial.

rrártelo más, pues a lo mejor cada fin de semana ponías dos o tres canciones nuevas, las ibas introduciendo. Sabías que algunas iban a ser pelotazo total, claro, pero había margen para arriesgarse. Algunas sonaban en una sala y en otras, no, según la elección del DJ; de ahí que hubiera tantas posibilidades.

Es curiosa la imagen tan homogénea que se tiene de esa época, pero realmente no era eso. Además, había grupos ingleses de la época que venían a tocar a Valencia antes que al resto de ciudades. Sí, eran más famosos aquí en Valencia que en su ciudad o país y hasta vendían más vinilos aquí. Por ejemplo, recuerda a B-Movie con Nowhere girl, que era un tema que se pinchaba muchísimo pero con el que ahora la gente se iría de la pista si no lo conoce. Fue para un momento muy concreto. Era un tema atípico, muy tristón [Bayo tararea el ritmo] y muy raro de bailar, pero aquí la gente se había acostumbrado. De hecho, venían a las discotecas no solo para bailar los temas que conocían, sino para ver qué ponía de nuevo el DJ ese día.

Recuerda un poco a aquello de los Sex Pistols, ¿no? Que empezaron con los imperdibles por hacerse su propia ropa sin saber coser y al verlos como adorno supieron que se había acabado. El mimetismo frente a la creatividad. Aquí lo peor fue cuando empezaron aquellos programas terribles que no reflejaban cómo era esto y con los que, como consecuencia, los dueños de las salas empezaron a obligar a mis compañeros DJ a poner música «más para chicas». Y de ahí que surgieran las «cantaditas», pues antes éramos mucho más oscuros musicalmente. Entonces fue cuando empezaron todos los problemas con la Ruta, pues con los programas de televisión surgió el estigma generalizado de que «todos éramos unos degenerados», y entonces los dueños de las salas se quisieron cubrir las espaldas, por lo que en salas como Puzzle o The Face aparecieron esas cantaditas que luego se han quedado en el recuerdo de mucha gente. Cosas que, por ejemplo, yo no pinchaba; yo era más radical, más oscuro.

Has adivinado mi siguiente pregunta: ¿piensas que se ha perdido un poco ese espíritu? En Tresdeu dices otra frase fantástica: «Antes bailaban lo que no conocían y ahora, si no lo conocen, no lo bailan». En esa época, la gente decía «a ver qué nos trae Chimo este fin de semana, a ver qué descubro». Ese afán explorador de escuchar qué ponía nuevo... hoy es inviable. Y te hacía tener que cu-

22

¿Cómo fueron tus comienzos? Hoy en día incluso hay una FP para ser DJ, por lo que hay mucha formación técnica pero quizá falte un poco ese toque personal.


Puede que falte alma, sí. Yo empecé pinchando funky en la discoteca N.º 1, en Cullera. Yo era motorista, pero me lesioné y no salí de casa en un año; llevaba la pierna escayolada y lo pasé muy mal porque quería ser campeón de España de motocross y al final me quedé cojo en casa. Al verme imposibilitado de esa manera, tuve un cambio mental. Lo mío fue un drama porque había dejado los estudios y solo hacía tres horas de gimnasia y ocho kilómetros diarios de footing; estaba como un toro y tenía mucha confianza en mí mismo, pero tuve el accidente y fue un bajón psicológico con tan solo 17 años. No quería salir ni ver a nadie, pero mis amigos me sacaron y me llevaron a una discoteca. Y como tropezaba con las muletas, me dijeron que me metiera en la cabina; parecía un florero ahí sentado en un taburete, pero veía cómo el DJ pinchaba. Un día ganó un concurso de la discoteca Búnker, que luego fue Puzzle, y pidió más dinero, pero lo tiraron y me dijeron que me quedara yo. A partir del 89 empiezas una época mucho más creativa. ¿Cómo llega ese cambio? ¿Fue difícil lidiar con las discográficas y las radios? ¿Te refieres a cuando empecé a cantar las canciones por el micro? Esto tiene también su coña.

Porque a mí me contrató la discoteca Trance, en Calpe, porque hablaba por el micro, cantaba, empezaba a hacer mis canciones..., pero cuando llegué allí no me gustaba cómo sonaba. Entonces decidí no hablar por el micro, aunque me contrataron para ello. Fue la primera vez que no lo hice en toda mi vida. Una cosa muy extraña; fue solo mezclar y mezclar. Y de ahí me fui a Arsenal. ¡Llegué tan limpio y con tantas ganas! Lo tenía todo en la cabeza y empecé a improvisar; allí sonaba perfecto. ¿Cómo es tocar ante 55 000 personas en el Tokyo Dome en Japón? ¿Mucha presión? No, no. Esto ya me lo han preguntado alguna vez. Con naturalidad. Me dijeron: «Eres número uno en Japón; vamos a actuar allí». Y contesté: «Vale, vamos a hacerlo, vamos a hacerlo lo mejor que podamos». No era consciente de lo que realmente estaba pasando. Aquí había una compañía que sacó el Así me gusta a mí, pero quienes me llevaron allí fue la compañía del single Bombas. Confesión personal: el Bombas es mi preferido. El Bombas es un peliculón. Es una historia con principio y final. Todo lo contado era real: estaba tumbado en la cama y veía la guerra en la tele de

23


«La Ruta del Bakalao fue uno de los últimos movimientos sociales importantes de libertad y hedonismo que hubo en España»

la habitación. Veías un ataque en directo, era una guerra televisada; la tecnología estaba cambiando el mundo. Y me dije: «Bombas, bombas; qué pasa», y me propuse hacer una canción sobre la guerra. Viéndolo ahora..., lo cierto es que tuve que dejar bien claro que estaba dedicada a las víctimas inocentes de la guerra, que no era apología. Después, Esta, sí; esta, no y Química cambiaron un poco la imagen que la gente tenía de mí, igual que ha hecho la novela. Es muy interesante para que no se te encasille. De La tía Enriqueta, la gente me decía: «¿Cómo vas a hacer eso, Chimo? Que no; ponle otro título». Pero se llama así porque surgió de una conversación en la que me contaron que esta señora existía: una señora de 80 años con la vitalidad de una persona de 25, mientras que hay gente de 25 años que parece que tenga 80. De eso trata. La juventud es un estado mental; si estás bien de salud, claro. Yo con 80 años seré igual que mi padre o mi tío, que nos juntamos con quien sea y nos reímos. Ellos también venían a verme a El Templo; venían a pasarlo bien. Y al ver a tu hijo en una sala con 5000 personas diciendo «¿hay alguien ahí?» se te pone la carne de gallina. Otro elemento importante de ese momento de eclosión era la estética. De hecho, llevabas una estética muy futurista. ¿Cómo diseñabas ese vestuario? Me gustaban las películas del espacio tipo Alien, Alien 2, Blade Runner. Me gustaba mucho esa estética. Nadie me obligó a vestirme del espacio ex-

24

terior. En El Templo y Arsenal empecé con una luz de minero, aunque antes ya cogía focos para enfocar a la gente. Creé un personaje pero que a la vez era yo mismo, con el verde, que es mi color. Salía a actuar y decía «bienvenidos al espacio exterior» con esa imagen, porque en vaqueros no pegaba mucho. La vestimenta en El templo era espectacular con los rayos en los jerseys y en las botas; era una especie de postapocalipsis. O incluso futurista, distópico. Las primeras gafas con luces me las hizo un amigo y se veían los cables por fuera. Todas fueron manufacturadas por nosotros con aquellas bombillas que ya están descatalogadas. Los ledes de ahora son diferentes. No me gusta que sea pretencioso, sino postapocalíptico. ¿Piensas que la Ruta era una subcultura?, ¿un modo de relacionarse la juventud?, ¿algo que quedaba fuera del control institucional? Creo que fue uno de los últimos movimientos sociales importantes de libertad y hedonismo que hubo en España. No solo vivimos para trabajar; todos necesitamos momentos de placer tanto musicales como personales. Es lo que la gente buscaba después de estar trabajando toda la semana. Era algo absolutamente legítimo. Yo lo decía por el micro: «Habéis trabajado toda la semana y ahora es vuestro momento. Bienvenidos al espacio exterior. Este es vuestro día y aquí estoy para compartirlo con vosotros. Lo vais a pasar en grande, os lo merecéis». Lo importante para mí no solo era pinchar bien o mal, sino


transmitir sensaciones. Si tú te lo pasas bien, el público se lo pasa bien. En ese momento no había nada más que atrajera a la gente joven que irse de fiesta. No puedes controlar el hedonismo. No se hacían proyectos para la gente joven, para que participara. También podían haber hablado con nosotros los políticos: «Oye, vamos a hacer algo cultural porque arrastráis a mucha gente». Bueno, ahora ya sabemos que en esa época los políticos no sabían lo que estaban haciendo; estaban destruyendo lo que era Valencia, robando, pero luego los malos éramos nosotros. Y llegamos al momento de implosión, con la Ruta satanizada en los medios… Visto desde el punto de vista de ahora, eso fue lo que le dio el carácter. Si todo le pareciera bien a todo el mundo, no seríamos diferentes. ¿Cómo viviste esa distorsión? Porque, por ejemplo, no había más droga en la Ruta que en La Movida de Madrid. No, y tampoco había más droga que ahora. Pero, bueno, rememorando un concepto de Blade Runner, «toda estrella que brilla con mucha luz, dura menos», como le dice el dueño de la Tyrell Corporation al Nexus 6. La Ruta se acabó porque brilló mucho. La masificación también ayudó a que se acabara. Últimamente he leído que en Reino Unido pasó un poco lo mismo con las raves, el llamado Acid Panic de la prensa sensacionalista. Sí, ya pasó en The Hacienda, y se ve muy bien en la película 24 Hour Party People. Fue una sala que empezó con Joy Division y siguió con New Order, pero ahí no ganaba dinero nadie más que los traficantes. ¿Te gustaría que hicieran una película así de tu novela? Claro, sería una maravilla, pero ahora mismo todo está copado por empresas que no quieren patrocinar algo que implique un asesinato o drogas. El cine de hoy es muy light. Volviendo al final de la Ruta. Curiosamente, luego el ocio se trasladó al centro de Valencia, pero los vecinos se quejaron y se volvió a ir fuera. Sí, porque todo eso fueron distracciones para que nos preocupáramos de tonterías mientras

ellos estaban robando un montón de dinero. Si nosotros éramos malos, ¿quiénes eran los buenos? En el libro parece que tratáis de llegar a un equilibrio entre no crear un falso romanticismo nostálgico y a la vez recuperar la verdad de esa experiencia sin hacer juicios. ¿Ha sido difícil? Es crudo y es real. Cada cual necesita cosas diferentes en su búsqueda de la felicidad. Lo que hemos puesto en esta novela es algo que realmente hemos visto. Yo la llamo «novela histórica de ficción». Todo el mapa es real, las discotecas, la música, los DJ, las carreteras..., pero luego hay dos personajes que podrían ser cualquiera. A la hora de plantearla, pensé: «A ver si alguien viene luego, hace una novela muy bestia y nosotros nos quedamos entre Pinto y Valdemoro». Fuimos a tope. Al que le guste, bien; y al que no le guste, también. Queríamos ir a lo máximo. Entre 2000 y 2006 condujiste un late night en una televisión local: Esto se mueve. Lo que llamaba la atención es que, mientras que muchos presentadores copian los monólogos americanos, tú dabas una sensación de espontaneidad, originalidad y de que lo pasabais de miedo. Había un espíritu muy Berlanga. ¿Cuánto del universo personal de Chimo había en el programa? Lo pasábamos en grande y no estaba guionizado en absoluto. Tuve la suerte de tener a Gerardo, de Caixa Negra, que ahora tienen otra productora. Yo aprendí mucho con ellos. Cuando había un invitado de nivel, subía mucho, mientras que cuando estábamos nosotros... pues eso, nos partíamos de risa y teníamos toda la libertad del mundo. Había una escaleta pero no un guion; solo me obligué a hacer un monólogo en todos los programas, inventado, de 15-20 minutos. Llevábamos a personajes carismáticos como El tío Fredo o Juan Pedro Climent, que venía con la guitarra, disfrazado y siempre con una canción nueva, pero me engañaba, siempre tocaba La rumba del bacalao y acabábamos fingiendo que lo estrangulábamos o sacándolo por los pies. Era una maravilla; llegó como astrólogo y acabó como humorista. Coger a las personas adecuadas para tu equipo es importantísimo. Un astrólogo serio que a mí, aunque no creo en eso, me ha acertado un montón de cosas. Sacarle esa vis cómica que ni él sabía que tenía... Los aprecio

25


26


«La marca de vino HU-HA ha batido récord de ventas en la bodega Arráez»

mucho a todos, lo que pasa es que nos hemos distanciado por el trabajo. Para acabar, ¿en qué momento estás?, ¿qué nuevos proyectos tienes? La marca de vino HU-HA, hecha con la bodega Arráez, ha batido récord de ventas de la bodega. El vino está de cine, se presenta a concursos y quieren que lo llevemos a Sudámerica, a México. Hay unos hoteles que quieren que haga una gira de actuaciones para que presentemos el vino y así nos harán pedido. Trabajar con la bodega Arráez es estar con la empresa perfecta para mí porque tiene productos como Cava Sutra. Queremos llegar al público joven.

gusta el rollo oscuro. Pero cuando vas a los sitios has de jugar un poco. Has de mirar a la gente, ver qué edad tiene; desarrollas un ojo crítico. Y luego también están las fiestas de electrónica oscura, con más libertad. Creo que este año haremos algunas de esas con unas 500 personas. Saben a lo que vienen y es muy interesante porque aceptan una sesión diferente; te lo pasas muy bien. Pero no puedes llegar a un sitio y poner todo de ese rollo cuando la gente no lo conoce o no esta predispuesta.

Este verano ha sido uno de los mejores de mi vida como profesional con el festival Love the 90’s y mis actuaciones como DJ; es la primera vez que hemos tenido que decir que no a treinta actuaciones. Más que nada porque quiero rendir estupendamente, pero el año que viene organizaremos mejor el calendario para minimizar los desplazamientos. El desgaste de ir de Bilbao a Málaga, por ejemplo; quiero poder ir y llegar bien. Por otra parte, el compromiso con Love the 90’s ha sido muy grande: catorce actuaciones con ellos, pero como cantante. A mí lo que me encanta son mis sesiones de DJ metiendo música de los 80, los 90 y la actualidad. De lo actual me

27



Un museo a cielo abierto

Por Vanessa Power Matteo FotografĂ­as de Luis Maldonado Moncada 29


P

ara nadie es un secreto que en los últimos años las paredes de muchas ciudades del mundo lucen más coloridas y no estamos hablando de brochazos sin sentido o de un espray chorreado con mensajes reaccionarios. Hablamos de verdaderas obras de arte, estructuradas, armoniosas y que, muchas veces, han sido pensadas y planeadas durante meses dentro del taller de un artista. Adornar las vías urbanas se ha convertido en una constante, o por lo menos así queremos creerlo los que amamos este tipo de arte. Estamos ante murales gigantes y diseños rompedores, ante dibujos que paralizan y colores que hipnotizan; estamos frente a todo un fenómeno cultural. Hace unos cuantos años, cuando se hablaba de arte callejero, todo se resumía en grafitis, en artistas anónimos, en el controvertido Banksy o en Obey, que, aunque siguen siendo precursores y fichas claves dentro de este mundo de aerosoles, no son los únicos. Muchos de los artistas que ahora vemos en las principales galerías de arte de una ciudad pasaron antes por las calles desafiando a la autoridad, luchando por mostrar lo que mejor saben hacer y, sobre todo, democratizando el arte. Sin embargo, esta no es siempre la regla. La calle se ha convertido en un centro artístico tan importante que muchos expertos que solo han pisado museos y galerías, que surgieron de escuelas y universidades, también quieren estar en ella y han cambiado los pulcros pasillos de un museo por vías llenas de smog y concreto. Hoy en día, alcaldes, grandes empresas, dueños de tiendas, bares y todos los ciudadanos parecen estar en pro del arte urbano, en pro de ponerle color a nuestras calles y de darle un espacio a artistas para expresarse tal y como quieran. Ahora hay edificios completamente dedicados a mostrar obras, hay festivales y hasta documentales. Nadie queda indiferente ante tanto acrílico y figuras bonitas. No obstante, no debemos banalizar el arte urbano ni olvidar que sigue siendo una manera de comunicar, de revolucionar, de hacerse escuchar. El objetivo no solo está en adornar, va mucho más allá. El buen arte urbano cuenta historias, critica desigualdades, trasmite emociones y mensajes. No podemos dejar de lado el hecho de que sigue siendo un arte que nació en la calle, sin pretensiones, sin reglas. Un arte temporal y libre, con esencia. La gran mayoría de las veces, un mural que nace en la calle muere en la propia calle; es allí donde yace su carácter efímero. Una obra callejera está allí para dar vida, pero a su vez ella misma se llena de vida con la gente que la admira; una obra callejera es valiente y fuerte, está siempre a merced de todo lo que ocurra a su alrededor.

30


En la página anterior: Mural en la ciudad de Georgetown, Malasia En esta página: Mural del brasileño Eduardo Kobra en Murcia, España

Es tanto el auge actual del street art que los artistas no solo rinden homenaje a su tierra natal, sino que buscan alargar sus brochazos cruzando fronteras y océanos. Al final, el lenguaje del arte es uno solo y se entiende en cualquier latitud. Tal es el caso de Ze Carrion, quien ha viajado por toda Europa plasmando su obra. Este licenciado en Bellas Artes no deja de recordarnos las injusticias de la sociedad en la que vivimos; nos grita a través de acrílicos, muchas veces duros, que hay que despertar, abrir los ojos ante tanta desigualdad, reaccionar ante tanta alienación. Las obras de Ze Carrion no solo son un conglomerado de técnicas pictóricas llevadas a cabo a la perfección sino mensajes brutales, reivindicativos y tan necesarios en nuestros días. Pero el pintar las calles no solo deja huella en grandes ciudades desarrolladas. El arte urbano también está teniendo un gran impacto en sociedades más golpeadas; ha logrado llegar a comunidades más deprimidas, a países menos favorecidos. Además de esparcir cultura, los artistas promueven la unión entre ciudadanos, los invitan a colaborar y a que se hagan partícipes de todo el movimiento. El colectivo Boa Mistura es un claro ejemplo de esta simbiosis entre arte, calle y ciudadanía. Este grupo nacido en Madrid ha ido regando brochazos de colores alrededor del mundo pasando por países como Colombia, India, México y Brasil. También ha recorrido ciudades de España incluyendo barrios marginales como la famosa Cañada Real de Madrid, donde ha ido dejando mensajes llenos de esperanza; desde pequeñas palabras que nos invitan a reflexionar en medio del caos urbano hasta fragmentos de grandes obras literarias, como ese bonito «Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos» del gran Julio Cortázar que hace ya algún tiempo adorna la estación de metro de Chamartín, también en Madrid.

31


32


En la pรกgina anterior: Vida real, por Ze Carrion, en los muros de la Tabacalera, Madrid En esta pรกgina: @boamistura en el barrio de Conde Duque, Madrid

33


Tampoco podemos olvidar que detrás de cada aerosol y cada brocha hay verdaderos catedráticos. Dentro de esta corriente artística encontramos a grandes maestros de la técnica, como Gonzalo Borondo, que te deja helado con la forma en la que domina el espacio pintado. A metros de distancia su obra grita su nombre y es difícil creer cómo es que muchas de sus creaciones no estén dentro de los espacios de un museo. Su duro realismo te deja perplejo a la vez que sonriente. Sus obras son deleite puro para el alma y nunca pasarán desapercibidas. Si hablamos de arte urbano en España, no podemos dejar de lado a Óscar San Miguel, más conocido como Okuda. Sus obras de colores estridentes migraron desde lugares abandonados hasta llegar a importantes localizaciones como una iglesia entera convertida en un skatepark en Asturias, una estación de metro dedicada a Paco de Lucía y la fachada del Château de La Valette en el Valle del Loira en Francia, entre otros. Es enriquecedor ver cómo en cada rincón del mundo el arte callejero va mutando; se va adaptando y mimetizando. En Malasia, por ejemplo, es muy común que los artistas busquen retratar la cultura propia del país. Rinden constante homenaje a su gente, a sus tradiciones y a su entorno, tal y como lo hace Julia Volchkova, rusa de nacimiento y una eterna enamorada del país asiático.

34


En la página anterior: Mural de Okuda y Rosh333 en homenaje a Paco de Lucía en el metro de Madrid En esta página: Gonzalo Borondo en los Muros de la Tabacalera, Madrid

35


36


En la pรกgina anterior: Julia Volchkova en la ciudad de Balik Pulau, Malasia En esta pรกgina: Mural de @volchkovaart_ en el centro de Georgetown, Malasia

37


Da gusto perderse en sus obras, en esos colores tierra que se funden con las paredes craqueladas y raídas por el tiempo. Volchkova declara su amor a la cultura malaya observándola con cuidado, retratándola en sus lienzos al aire libre y mostrándosela al resto del mundo. La mayoría de su trabajo se concentra en la isla de Penang, todo un santuario de arte urbano. La capital de la isla, Georgetown, celebró en 2012 un festival al cual fueron invitados artistas de distintas partes del mundo para que interviniesen las paredes. Tal fue el éxito de dicho festival que ahora esta ciudad gira prácticamente en torno a sus murales. Los turistas hacen fila para retratarse con las obras e interactuar con ellas.

38


En la página anterior: La naturaleza sirviendo de marco para una obra de Volchkova en Georgetown, Malasia En esta página: La mítica obra de Ernest Zacharevic en Georgetown, Malasia

39


Otras ciudades europeas no se quedan atrás. Importantes urbes tienen barrios enteros que se han convertido en verdaderos museos callejeros. En París, por ejemplo, está Belleville y La Villette, barrios vecinos, obreros y poco conocidos por las hordas de turistas que visitan la ciudad de la luz. Ambos quartiers son galerías a cielo abierto y la rue Denoyez, entre muchas otras, son parada obligada para cualquier amante del arte. Rebuscando entre los muros residenciales de estos barrios nos encontramos con obras fantásticas como las de Alexandre Monteiro, también conocido como Hopare, un francés que también ha dejado su huella en la Tabacalera de Madrid, esa especie de templo de arte urbano de la capital española. Yendo un poco más al norte de Europa, específicamente a Londres, nos encontramos con barrios como el East End y Shoreditch. La capital inglesa goza de una de las colecciones de obras callejeras más grandes del mundo y los locales saben cómo sacarle provecho. Como si Londres ya no tuviese suficientes reclamos turísticos, ver sus paredes pintadas ya está también en el top de imprescindibles de la ciudad. En esta era, la gente ya no hace listas de monumentos o museos, sino de calles donde poder encontrar los mejores trabajos de los artistas. Los tiempos han cambiado y ahora contratamos tours, armamos sesiones de fotos y nos aprendemos los nombres de los autores de la calle. No podemos negarlo, el street art que tanto nos gusta ha hecho que tu barrio sea ahora el mejor museo; y sí, también que los reyes del tan de moda postureo encuentren los mejores fondos para sus fotos de Instagram. Pero esa es otra historia.

40


En la página anterior: Fachada de un edificio intervenida por @dacruzgraffiti en La Villette, París En esta página: Rue Denoyez, París

41


42


En la página anterior: La mágica geometría de Hopare en París En esta página: Hopare en el patio interior de la Tabacalera, Madrid

43


Me dejo en el tintero a muchos artistas, paredes y pinceladas a los que rendirle homenaje, pero no me alcanzan las páginas para todo el arte urbano que hoy nos rodea. Sigamos apoyándolo, admirándolo y, sobre todo, celebrándolo porque, por más que estén muy presentes, estos artistas y estos murales siguen necesitando refuerzos para ocupar el lugar que se merecen. Porque como bien reclama el británico Stik en una de sus obras más representativas, juntos somos más.

En esta página: Mural de @sabeknonsense en el barrio de Arganzuela, Madrid En la página siguiente: @stikstudio en Brick Lane, Londres

44


45


Llámame por mi orientación sexual Por Elisabeth Torres

N

ada más prenderse las luces del cine, tras ver esa maravillosa película que es Call me by your name, pensé: 1. «Quiero irme de vacaciones a Italia». 2. «Quiero un amor de verano». 3. «Quiero un amor de verano en Italia». 4. «Quiero ser un chico adolescente gay y tener un amor de verano en Italia». Sin embargo, me bastó el corto camino hasta casa para cambiar de parecer: «Quiero volver a ser adolescente y tener los amores de verano, correspondidos o no, en Italia o no, de una chica lesbiana».

sada; en una realidad alterada y paralela que nada tenía que ver con la que era. Pero lo peor es que ni me escondía ni me lo negaba; sencillamente es que NO LO SABÍA. Y no lo sabía por el simple hecho de que no tenía referentes; no a finales de los 90 en un pueblo del interior de Andalucía. ¿Esa chica con la que no perdía la oportunidad de sentarme en clase? Me gustaba. ¿Esa profesora a la que tanto admiraba? Me gustaba. ¿Esas fiestas de pijama entre amigas? Ay, esas fiestas de pijamas entre amigas...; que sí, que eran mis amigas, que algunas lo siguen siendo a día de hoy, que no sentía atracción por ellas, pero que era raro, joder. Y no lo sabía. Ni por asomo.

Salí del armario a los 25 años (un poco tarde, sí) y, más que sentir que me faltó algo, que me perdí algo, que por supuesto que sí, a día de hoy simplemente considero que viví algunas relaciones y momentos de manera equivocada. Tergiver-

Hace un tiempo, en un viaje de fin de semana con un viejo amigo que estuvo lleno de confesiones e inmejorables conversaciones, le revelé que estuve enamorada de esa amiga de la adolescencia a cuya boda -hetero- fuimos ambos invi-

46


tados. Entonces, aunque yo ya vivía en feliz consonancia con mi orientación sexual, aún no me había percatado de esa atracción que había sentido por ella, así que... ¡vaya cómo me emborraché ese día! Salí de aquella boda a gatas y, hecha un mar de lágrimas sin ni siquiera saber por qué, me metí en la cama como bien pude. La respuesta de mi colega ante tal confidencia fue: «¿Y qué hubiera cambiarlo saberlo? No te habría correspondido». «Cierto -le respondí-, pero al menos habría conocido el motivo por el que sufría». («Y no habría parecido una adolescente idiota cuando empecé a ligar con chicas», pensé).

grave, que pude aceptar y hablar de mi orientación sexual en cuanto me atreví a atreverme. También supongo que, ahora, uno de mis cometidos vitales es ser una de esas referentes que yo no tuve.

Supongo que este último párrafo debería decir algo como que nadie, absolutamente nadie, debería perderse la oportunidad de ser una misma en cualquier etapa de su vida. Y mucho menos en la adolescencia, que es cuando se nos forja el carácter y se sufre tanto por cualquier nimiedad. Supongo que he de admitir que tampoco fue tan

47


El imposible top 5 de Aretha Por Lutxo Pérez #01 I Never Loved A Man (The Way I Love You) «Entró por la puerta y tenía una especie de aura alrededor. Pensé: “Esta chica es especial”. (…) Ella caminó hasta el piano, se sentó y tocó un acorde desconocido. Nadie nos había dicho lo que estábamos a punto de grabar». Dan Penn, compositor y productor «No esperabas que fueran tan funkys ni tan grasientos como realmente eran». Aretha Franklin sobre los músicos de Muscle Shoals Rhythm Section

Aretha Franklin llegó a los estudios FAME de Muscle Shoals, Alabama, una mañana de enero de 1967. Alguien la había puesto sobre aviso: «Hay unos gatos allí que son realmente grasientos; te va a encantar»1. Aretha tenía solo veinticinco años, pero ya parecía que llevara una eternidad cantando y tocando el piano. Tenía a sus espaldas nueve álbumes, un contrato discográfico que solo le había proporcionado frustraciones y el inmenso vacío artístico de no saber realmente quién era. Aretha era ya una veterana para la industria, una artista con docenas de gra-

48

baciones deliciosas en su historial y que, sin embargo, no había conocido la fama ni había encontrado su blues. Por eso, esta escena debe visualizarse tras el halo de magia que recubre las fechas históricas. Una muchacha negra entró en unos modestos estudios de grabación del muy racista sur de Estados Unidos y se dio de bruces contra su destino. Entró muchacha y salió diva, reina, diosa del soul. Y no me entiendan mal. Este artículo no pretende explicar la vida de la artista como el que cuenta la vida de un santo. No hay ni un ápice de hagiografía en el relato de Aretha Franklin sentándose al piano de los estudios FAME y cambiando el destino del soul. Que la cantante y pianista fuera una mujer negra, criada en el norte de Estados Unidos y encontrara su camino artístico en el sur del país y en una sala llena de músicos blancos solo es un giro irónico para mayor gloria de esta escena. Pero no hay nada hiperbólico en el relato ni en su connotación histórica. Fue un «punto de inflexión», explicó la protagonista años después; un «hito» para su carrera y para la música popular. No es una afirmación exagerada, sino una lectura real de la carrera de una mujer que, como todas las damas del blues, había peleado muy duro para ganar su reconocimiento.


Aretha Louise Franklin había nacido en Memphis, en el sureño estado de Tennesse, pero se crió en Detroit, donde su familia se estableció cuando ella tenía cinco años. Su padre era un pastor baptista reconocido por su fogosa oratoria, capaz de dar aliento al desconsolado, llenar las arcas familiares y llamar la atención de sus coetáneos más célebres; Martin Luther King, entre ellos. Como muchas otras cantantes de su generación, Aretha empezó entonando góspel en la iglesia y a los doce años comenzó a girar por otros centros religiosos del país como parte de la Gospel Caravan. A esa misma edad tuvo su primer hijo y el segundo, solo dos años después. Cada uno de padres diferentes. La muchacha tuvo un intenso recorrido vital desde edades muy tempranas y, por el camino, muchas penas que expiar. Sus padres se habían separado cuando tenía seis años y su madre murió a sus nueve. Tras el nacimiento de su segundo hijo, grabó su primera colección de canciones -editada años más tarde como Songs Of Faith- y con dieciséis viajó a California, donde conoció a Sam Cooke. Cumplida la mayoría de edad, la muchacha confesó a su padre su deseo de abandonar el góspel y seguir los pasos de aquel cantante que tanto le había fascinado. Un año después firmó su primer contrato discográfico. Tras un lastimoso paso por Columbia Records, donde militó más de un lustro, Aretha recaló en Atlantic Records. Recién llegada a su nueva casa discográfica, el capo Jerry Wexler la puso rumbo al sur, al pequeño estudio de Muscle Shoals donde Wilson Pickett había grabado la abrasiva Land Of A Thousand Dances. En aquellos días, FAME todavía conservaba la bonita costumbre de confeccionar la partitura in situ. El artista de turno aparecía por la puerta sin preparación ninguna, sin conocer siquiera a los músicos, solo con una canción escrita en una hoja de papel. Aretha llegó a Muscle Shoals y tocó un «acorde desconocido» al piano. Traía bajo el

brazo I Never Loved A Man (The Way I Love You). Los músicos no tenían ni idea de quién llegaba ni qué tendrían que grabar. Podría haber entrado cualquier músico de country o cualquier otra figura de la factoría Atlantic. Pero apareció aquella chica con aquella composición tan aparentemente falta de chispa. «¿En serio vamos a grabar esto?», se dijeron los instrumentistas entre miradas. Aretha tenía una canción y ellos no sabían qué hacer con ella. La indecisión de los instrumentistas no tardó en provocar tensiones entre los presentes. Estaban allí los músicos, con la inspiración atorada, y la estrella, que miraba al techo; el jefe del estudio, que metía prisa; el jefe de la disquera, que resoplaba. Hasta que el teclista Spooner Oldham, sentado frente al piano eléctrico Wurlitzer, dio con aquel arreglo maravilloso y empezó a sacar de su instrumento la «grasa» que Aretha había ido buscando. La banda y la propia Aretha se aferraron a esas notas como si fueran uno de esos trenes que pasa solo una vez en la vida y, una vez subidos en esa locomotora, completaron el tema a vuelapluma, en menos de veinte minutos. El resultado se convirtió en uno de los «aquí te pillo, aquí te mato» más célebres y exitosos de la música moderna. I Never Loved A Man (The Way I Love You) fue un éxito inmediato. El single escaló al top 10 de los superventas estadounidenses y despachó más de un millón de copias. Por primera vez en su carrera, Aretha superó esta barrera millonaria, hito indispensable para toda figura que se precie en la darwiniana industria del disco norteamericana. La magia entre Aretha y los estudios FAME, sin embargo, se detuvo ahí. La artista tenía planeada toda una semana de grabaciones en Muscle Shoals, pero una discusión ebria entre uno de los vientos y Ted White, entonces marido de Aretha, voló todo por los aires. Lo que había comenzado como un divertido idilio entre White, el trompe-

49


tista y una botella de vodka, acabó con el primero intentando tirar al dueño de los estudios FAME por el balcón de la habitación de hotel en la que se alojaba el matrimonio Franklin. Estos tomaron el vuelo de vuelta al día siguiente y la artista no volvió a poner un pie en aquel estudio. Sin embargo, para nadie pasó desapercibido lo que aquellos «gatos grasientos» habían conseguido. Interpretada por una cuadrilla de hombres blancos, mayormente sobrios y aparentemente funcionariales, I Never Loved a Man (The Way I Love You) contenía la pátina grasienta de los pegajosos menús de las cafeterías soul food que, a lo largo y ancho de todo el país, regentan empresarios afroamericanos. Los latigazos del bajo, la manera en que la baqueta cae sobre la caja, el piano cavernoso que repite el mismo bucle de notas sudorosas. Esta no solo es una de las más bonitas muestras de soul de todos los tiempos. También, la canción en la que Aretha encontró el camino que tanto tiempo llevaba buscando. Conscientes de ello, los jefes de Atlantic tardaron solamente diez días en llevar a tres de los músicos de Muscle Shoals a Nueva York. El día de San Valentín de 1967, Aretha Franklin grabó el superéxito Respect acompañada por el baterista

Roger Hawkins, el guitarrista Jimmy Johnson y el teclista Spooner Oldham. Ellos y otros músicos blancos de la escena de Muscle Shoal se convertirían en el conjunto con el que Aretha grabaría algunas de sus más célebres temas. Aquel 14 de febrero, lejos de la pantanosa Alabama, Aretha convirtió un temita original de Otis Redding en dinamita política. No solo desproveyó la canción de su melodía y cadencia originales, sino que feminizó el mensaje y cambió por completo el significado de su letra. Imbuidos del zeitgeist de 2018, los obituarios que dieron cuenta del fallecimiento de Franklin el pasado 16 de agosto no han olvidado la reivindicación feminista que escondía su explosivo «R-E-S-P-E-C-T». Sin embargo, en 1967, aquella reivindicación también se entendió en clave de lucha del movimiento negro por los derechos civiles. Respect fue el primer single número uno de la carrera de Aretha y el álbum en que fue incluida -bautizado I Never Loved A Man (The Way I Love You)-, hito absoluto del pop. Sin aquella visita a Muscle Shoals, la carrera de Aretha Franklin no hubiera sido la misma, ya lo hemos dicho. La música popular, tal y como la conocemos, tampoco.

#02 One Step Ahead

Calificar a John Hammond como productor musical es uno de los mayores reduccionismos y falacias que pueden cometerse al trascribir la historia musical del siglo XX. Solo unas notas bio-

50

gráficas al respecto de este personaje: John Hammond era tataranieto de Commodore Vanderbilt, quien, a su muerte en 1871, era de lejos la persona más rica de todo el planeta. Decir que creció entre algodones es un topicazo que, en su caso, se quedaría muy corto. La mansión en la que creció, ubicada en el Upper East Side, era una extravagante residencia inspirada en un château europeo que no reparaba en techos altísimos, escaleras de mármol y, entre otros espacios, un salón de baile lo suficientemente grande como para albergar a 300 invitados. John Hammond nunca fue un productor musical porque tal título le venía demasiado grande para sus conocimientos sobre la materia. Si acaso, se le podría considerar una especie de productor ejecutivo. Incapaz de producir un disco en la expresión más literal del término, pero con dinero suficiente como para pagar la grabación de todos los negros


con talento al norte y al sur del río Misisipi. Hammond se dedicó a la música como se podría haber dedicado a construir rascacielos. Sin embargo, que se dejara engatusar por el arte fue una suerte para todos nosotros. Su leyenda cuenta que, en los años posteriores a la Gran Depresión, John era el único blanco entre el público de los clubes de jazz de Harlem. Un niño rico que mentía a sus padres, pasaba de sus clases de violín y tomaba un autobús con destino al barrio de los negros. Por fortuna para todos, insisto, al joven John le dio por la música. En 1933, sufragó la última sesión de grabación de Bessie Smith la «Emperatriz del Blues». Solo cuatro días más tarde, Hammond propició la primera grabación de una desconocida de dieciocho años llamada Billie Holiday, la voz que estaba llamada a convertirse en icono absoluto del jazz. Sin embargo, grabar las últimas cuatro canciones de Bessie y las dos primeras de Lady Day podría quedar como una simple anécdota ante la descomunal carrera de John Hammond en la industria del disco. En 1961, ya convertido en jefe de los cazatalentos de Columbia, se apuntó otro tanto histórico al alistar a la jovencísima Aretha Franklin a la disciplina del sello. De hecho, según los anales del pop, Hammond fue el «descubridor» de la artista. Con Aretha ya mudada a Nueva York en busca del sueño de convertirse en cantante de soul, Hammond apareció cual genio de la lámpara para hacer sus deseos realidad. Los siete años y ocho discos de larga duración que comprendió la relación entre Aretha y Columbia han pasado a la historia como uno de los «quiero y no puedo» más incomprensible de la industria del espectáculo. Años después, Hammond se excusó argumentando que Columbia no supo manejar las raíces góspel de Aretha. Lo cierto es que el sello lo intentó de mil maneras y ninguna de ellas funcionó. Sin embargo, mirando de cerca la relación entre el ejecutivo y la artista parece fácil entender algunas de las claves más íntimas de aquel fiasco. Hammond, célebre por controlar hasta el último detalle de sus artistas, nunca comprendió el carácter libre y montaraz de la Franklin, a quien acusó abiertamente de falta de compromiso y profesionalidad. A principios de 1962, el productor le comunicó por carta su negativa a pagarle las ventas de su sencillo I

Surrender Dear por «los altos costes de las sesiones de grabación y el hecho de que hayamos sido incapaces de editar otro álbum». La misiva continuaba con un doloroso reproche: «Debo decir que has escogido un mal momento para sufrir problemas de garganta. Ha sido muy difícil encontrarte actuaciones en Nueva York después de que no acudieras a tu primer concierto en el Apollo y de que no aparecieras en tu compromiso en Village Gate. Si no te enderezas pronto, serás una leyenda en el negocio, pero no en el buen sentido». Los entresijos de la relación entre ambos nunca fueron conocidos en su integridad y, tras separar sus caminos, los esfuerzos de ambos por tender puentes y ofrecer una versión más amable de su relación profesional resultaron vanos. Está claro que John Hammond, además de millonario diletante, fue un genio visionario. No se me ocurre ninguna otra forma para calificar al «productor» que trabajó con Bessie Smith, Billie Holiday y Aretha Franklin. Desgraciadamente, Hammond nunca supo entender la profundidad emocional y vital que acarreaba ser una dama del blues. Respect cantada en la voz de Aretha era importante porque, a un nivel subconsciente, era el grito de guerra que esta estirpe de mujeres llevaba queriendo entonar durante medio siglo. En el «respeto» que pedía Aretha se cuelan los lamentos de todas sus antecesoras. Desde Bessie Smith a Amy Winehouse -pasando por Billie Holiday, Dinah Washington, Nina Simone y Whitney Houston- hay un mismo patrón narrativo que comprende miseria, racismo, explotación…, además de hombres maltratadores que se quedaban con el dinero y pérfidos empresarios de la industria musical. La leyenda del blues cuenta que Bessie Smith se abalanzó sobre un hombre que la había llamado «negra», que recibió una puñalada en la pelea y que, aun así, corrió tras su atacante con el cuchillo todavía clavado en el costado hasta darle caza. Billie Holiday vendía su cuerpo en los clubes de Harlem en los que Hammond la descubrió como cantante y murió con un fajo de billetes atados a la pierna, el dinero que le quedaba y que le aseguraba su siguiente dosis de heroína. Aretha Franklin, que había perdido sus raíces y a su madre antes de llegar a la adolescencia, seguía el sendero que habían abierto aquellas mujeres. Hammond se topó con su voz y descubrió su arte al instante, pero no fue

51


lo suficientemente audaz ni empático para entender lo que realmente tenía entre sus manos. Ahmet Ertegun, fundador de Atlantic Records, explicó que su amigo Hammond «la descubrió, pero él no era realmente un productor. Y la gente que la producía, o quien fuera que estuviera al mando, trabajó sin ser consciente de su grandeza». El problema de aquella relación se puede leer entre las líneas de aquella célebre carta con la rúbrica de Hammond. El productor trataba a sus artistas con displicencia y arrogancia propias de aquellos propietarios de los campos de algodón del sur del país. Hammond vio a Bessie, Billie y Aretha como piezas de un engranaje creativo. Pero ellas eran muchísimo más: almas atormentadas, artistas únicas e irreemplazables, verdaderas damas del blues. Dinah Washington, una de ellas, conoció a Aretha en 1954, cuando la cantante solo tenía doce años. Tras oírla cantar, Washington aseguró al productor Quincy Jones que aquella niña era «la siguiente». Y no se equivocaba. No era un simple producto de éxito, sino la auténtica heredera del trono de aquel linaje de mujeres inigualables.

canciones de aquella alianza. La One Step Ahead que da nombre a este apartado es una balada preciosa, adornada con las azucaradas y tímidas producciones que Columbia dispuso para la futura reina del soul. Ningún reproche. Aretha lo canta precioso y la marca del sonido Columbia fue sampleada años más tarde por el productor de hip hop Ayatollah en la estupenda Ms Fat Booty de Mos Def, una de las muchas canciones con las que la generación del rap rindió homenaje a la reina del soul. Irónicamente, el disco de 1964 Unforgettable: A Tribute to Dinah Washington recoge el contrapunto funky que Aretha acabó convirtiendo en su seña de identidad. En un disco demasiado poco trabajado, lleno de producciones flojas e insípidas, emerge The Way I Feel This Morning. El órgano empapado en ácido que recorre la canción de principio a fin podría justificar por sí solo los ocho años de desencuentro entre artista y discográfica. Cuesta entender que Hammond y el resto de mandamases no lo vieran entonces, que Aretha tenía el góspel pero que su futuro era soul caliente, grooves que se contonean como un trozo de mantequilla derritiéndose en una sartén.

Columbia fue una experiencia fallida para Aretha y, sin embargo, podríamos rescatar decenas de

#03 Rock Steady

Rock Steady aúna dos décadas de música negra en tan solo tres minutos y pico de metraje. El título y el texto de la canción hacen referencia al baile y género musical de ascendencia soulera

52

que dominó Jamaica durante el año 1967 y principios de 1968; una de las escenas de música negra más prolíficas y primorosas del siglo XX. Pero lo realmente importante de este tema no es si la diva era consciente o no de esta escena que transcurría paralela en las aguas del mar Caribe. Con este rompepistas, la artista no solo se adhirió a la causa funk de James Brown, sino que inconscientemente abrió una puerta al sonido disco que iba a arrasar en las pistas de baile unos años más tarde. Si este artículo se afana en narrar el periplo de Aretha en busca de «sonidos grasientos», Rock Steady se podría entender como el clímax de la aventura. Aquí, ese material viscoso que por definición exuda el funk queda expuesto en toda su crudeza. El single recoge todos los ingredientes: el ritmo trepidante, las referencias sexuales, el baile, el sudor... Y, sin embargo, también hay algo de góspel en su melodía y su línea de bajo.


En una de sus mejores composiciones, Aretha aunó Jamaica, James Brown, el maldito disco y las raíces religiosas del soul. Un pequeño milagro que vino propiciado, todo sea dicho, por el encomiable trabajo de un puñado de hombres buenos. La sesión de grabación de la canción fue, en palabras del productor Arif Mardin, «un sueño hecho realidad». El tema, pulido en los estudios Criteria de Miami, contó con el órgano de Donny Hathaway y la percusión de Dr. John. Palabras mayores. Rock Steady se editó como single en 1971 y, a principios del año siguiente, fue parte del repertorio del álbum Young, Gifted & Black. Dentro de este elepé también encontramos las excelentes versiones de la canción que le da título -compuesta por la muy peleona Nina Simone- y de

The Long And Winding Road. El álbum puede considerarse punto y final de la época dorada de Aretha, aquella que transcurrió entre el viaje a Muscle Shoals y 1972, año de su publicación. El siguiente lanzamiento de Franklin, Hey Now (The Other Side Of The Sky), ya mostraba síntomas del agotamiento de toda una generación de músicos negros. El soul -tal y como lo conocíamos- había muerto, el funk daba paso al disco y todavía faltaban años para que la revolución del hip hop explotara en el sur del Bronx. Aretha fue una de las muchas figuras de la era dorada del soul que se vieron perdidas en ese tránsito y Rock Steady, uno de sus últimos zarpazos. Si les gusta la original, no dejen de escuchar la versión en clave de reggae que interpretaron The Marvels.

#04 Think Canal+ en versión original, y la vi todas las veces que los niños ven las películas que aman. Su banda sonora fue uno de los primeros CD de mi discoteca adolescente y, aunque disfrutaba mucho de la canción del «I need you, you, you» (que vivió de un pequeño revival en los 90), ahí estaban las magistrales interpretaciones de todos los grandes: Ray Charles, James Brown, Cab Calloway, Aretha…

Estaría bien tener a mano a un pedagogo o educador para preguntarle a cuántos años de educación reglada corresponde un visionado de The Blues Brothers (John Landis, 1980). Cuántos veranos en el pueblo de paseos en bicicleta y cigarrillos a escondidas equivalen a degustar esta joya del cine que te enseña a odiar a los nazis y a amar el soul, a John Belushi y las gafas Wayfarer. El que está al otro lado del teclado tuvo la inmensa suerte de toparse con esta obra maestra a sus tiernos diez u once años, con la curiosidad disparada y la pasión melómana todavía por desvirgar. La tenía en una cinta de VHS, grabada del

Una de las cosas agradables que trajo el fallecimiento de esta última es comprobar cuántos amigos la conocieron, como yo, a través de esta película. Si ya la han visto, seguro que no han olvidado la escena. Los hermanos Jake y Elwood pasean su coche por la mítica Mathew Street de Chicago, la calle donde el blues llegó del sur para electrificarse. Desde la acera suena el punteo roto de una guitarra. Allí, una banda interpreta la canción que mejor ha utilizado las onomatopeyas en un texto musical. «Boom, boom, boom, boom». ¿Ven al guitarrista? ¡Es el jodido John Lee Hooker! Y justo a sus espaldas, encontramos la cafetería con el precioso letrero «SOUL FOOD», donde Aretha trabaja como camarera; el cocinero es el legendario guitarrista Matt Murphy y el pinche, el saxofonista tenor Lou Marini. La escena no solo contiene una estupenda interpreta-

53


ción actoral por parte de Aretha en su papel de mujer empoderada. Además, incluye uno de los «mierdas» más bonitos de la historia del cine, cortesía de la mismísima reina del soul. Aretha suelta un shiiiiiit precioso antes de marcarse una tremenda versión de su clásico Think, otro de sus himnos feministas. La cantante, que no estaba acostumbrada a los modos del playback, requirió un número de tomas desproporcionado para completar la escena. Pero el esfuerzo mereció la pena. Verla en esa cafetería, con el pelo cobrizo, desgañitándose cada vez que dice freeeeeedom sigue siendo uno de los mejores momentos del cine musical de todos los tiempos. The Blues Brothers es una película superior en muchos aspectos. Para empezar, es muy divertida. Al fin y al cabo, los hermanos Blues habían nacido como una broma en el programa Saturday

Night Live. Sin embargo, la parodia acabó convirtiéndose en algo muy serio. Se editaron discos, se hicieron conciertos y se filmó este largometraje. En ese sentido, los hermanos Blues fueron pioneros de todas las escenas posteriores del revival del soul, desde otras películas como The Commitments hasta todos los sellos discográficos y grupos que, a día de hoy, tratan de recuperar los sonidos de la época dorada del género. Quiero pensar que esta cinta fue la iniciación para muchos de estos nuevos artistas de soul (muchos de ellos blancos) y que, como yo, la primera vez que vieron a Aretha en televisión fue disfrazada de camarera. Corrían los 80 y la llama de sus años dorados se podía haber apagado, pero la vigencia de su cancionero quemaba tanto como el primer día.

# 05 Two Sides Of Love

Uno de los mejores momentos de la seminal novela Alta fidelidad de Nick Hornby llega cuando Rob, su protagonista, tiene que enfrentarse a la lista definitiva. Una periodista le pregunta por sus cinco temas preferidos de todos los tiempos y Rob palidece. El tipo que comienza su desventura melómano-sentimental con la lista de sus cinco peores rupturas de todos los tiempos es incapaz de articular palabra ante el reto de escoger cinco canciones cuyos títulos se imprimirán en la página de una revista. Los cánones son bonitos hasta que hay que grabarlos en piedra. Es fácil

54

compartir tu lista de cinco canciones que te llevarías a una isla desierta en el pub, borracho con tus amigos, consciente de que tus elecciones serán pasto del olvido cuando llegue la resaca. Sin embargo, articular una lista definitiva que va a ser impresa en un trozo de papel se puede convertir en la peor pesadilla de cualquier avezado amante de la música pop. Por eso, Rob corrige la lista varias veces en el transcurso de la entrevista y, pasados unos días, telefonea a la periodista para cambiar sus elecciones. No obstante, hay un detalle que no debería pasar inadvertido. Rob recompone su canon varias veces, pero, entre las cinco canciones, siempre figura una de Aretha Franklin. Primero elige el clásico Think. «Es aburrida pero funcionará», piensa un Rob absolutamente sobrepasado. Más tarde la cambia por Angel y, finalmente, elige The House That Jack Built. Para el protagonista de la novela que mejor ha retratado la cuestión melómana hay muchas canciones que podrían formar parte de las cinco que te llevarías a una isla desierta. Pero solo hay una artista que siempre habría de figurar en la lista. Como ocurre con el resto del arte, es imposible establecer cánones perfectos. Al fin y al cabo, el


viaje de cada cual resulta único. Tratar de sintetizar ese tránsito en una lista de cinco canciones es tan divertido en privado como frustrante cuando hay que hacerlo público. Algo parecido ocurre cuando se trata de dibujar el camino artístico de alguien tan grande como Aretha Franklin. Uno puede inventar argucias narrativas para salirse del clásico obituario lacrimógeno, puede actuar con el rigor de un periodista audaz que contrasta cada uno de los datos o entregarse a la leyenda como un vulgar cronista del Oeste americano. Poco importa, en realidad. Ningún texto escrito a día de hoy, varias semanas después de que Aretha nos dejara para siempre, podrá reflejar su grandeza, su influencia en generaciones futuras, su trascendencia en la música popular. Quizá la anécdota de Rob en Alta fidelidad es la única que podría resumir todos esos aspectos: el propietario de una tienda de discos que es incapaz de resumir su experiencia en cinco canciones, pero que está seguro de que una de ellas debe llevar la firma de Aretha. Más allá, podemos clasificar su historia en apartados, simplificarla hasta el punto de decir que en Atlantic molaba más que en Columbia y que, a partir de 1972, comenzó un lento y progresivo declive artístico. Aretha puede ser la muchacha que perdió a su madre con seis años, la niña que tuvo su primer hijo a los doce, la artista fracasada que viajó a Muscle Shoals, la activista que reclamó respeto hacia las mujeres y que cantó en el funeral de Martin Luther King, la vieja gloria que Barack Obama eligió para figurar en su ceremonia de investidura. La mujer que cambió para siempre la música pop.

Who Needs You?, Don’t Play That Song, Eleanor Rigby… Para los que amamos la música pero no somos conocedores de toda la obra de Aretha, sus canciones siguen llegando por sorpresa. Aparecen sin previo aviso en sus discos mayores y en sus discos menores, en bandas sonoras de comedias románticas, en samples de canciones de rap y en novelas que abordan el impacto que la música tiene en nuestras vidas. Un día de enero, Aretha tenía veinticinco años y viajó al sur para encontrar su blues. Lo importante no fue que lo encontrara ni la trascendencia que aquella anécdota tuvo en lo sucesivo. Más bien, que la recuperamos para la causa y que su cancionero, lejos de perder vigencia, todavía nos depara momentos agradables. No importan tanto los preparativos de nuestro viaje a una isla desierta como saber quién nos debe acompañar para hacernos sentir menos solos.

1 Jerry Wexler said: «You know I got this great little studio down in Mucle Shoals and these cats… these cats are really greasy. You gonna love it».

Pero quizá sea más bonito hacerla partícipe, simplemente, de nuestros momentos más íntimos. En mi caso, la última canción de Aretha que me obsesionó por completo fue Two Sides Of Love. Llegó a mi vida hace unos meses y enseguida formó parte de mis paseos, de mis quehaceres domésticos y de mis jornadas laborales. Una muesca más de esa enorme cinta de varios que uno lleva constantemente encima. Desde la primera vez que la escuché, me fascinó su sencillez, su inocente y dolorosa letra sobre los dobles raseros del amor, lo bien traído de sus cálidos arreglos de cuerda y la contención vocal de Aretha. Antes de esa vino Don’t Let Me Lose That Dream y, mucho antes, I Say A Little Prayer, (You Make Me Feel Like) A Natural Woman, Ain’t No Way,

55


HIJAS DE MARINEDA Por Ismael Gil Candal

Las farolas crepitaban en la soledad de la noche. La luz del Barrio Alto arrojaba ámbar por las calles de rostro empedrado mientras el murmullo que provocaban los chasquidos del mar golpeando contra el muelle primero se mezclaba con el llorar de gaviotas noctámbulas que daban tumbos por La Marina. Toda aquella orgía sonora de Marineda se colaba, con delicadeza de susurro, por las viejas calles que tanta memoria tenían. Frente a la iglesia de Santa María Magdalena, dos sombras escondidas charlan, inquietas, tratando de resolver los problemas del mundo. A medida que se deslizan hasta el ventanal de la casa de Emilia Pardo Bazán, se descubren sus identidades. Son Carmela y Mariña, incansables trabajadoras de la casa-museo de la autora que inmortalizó Marineda, pintando con sus palabras cada uno de sus rincones. Al amparo de la gélida brisa nocturna, tan característica de los veranos de la ciudad marinera,

56

comparten un cigarrillo con naturaleza de presidiarias. -Mariña -advierte la boca de Carmela-, cabeza. Las arrugas de Carmela se contonean al ritmo descompasado de su respiración. Están curtidas por el trabajo y el dolor de los años. Por pelo tiene un manto blanco de plata que brilla como la misma luna que las observa en esos instantes. Mientras los segundos pasan, sus dedos afilados sostienen el cigarro como las ramas del carballo guardan sus bellotas. -Tenemos la prueba de sus deseos -responde Mariña temblorosa pero firme-. ¿Cómo que «cabeza»? Las compañeras se pasan la nicotina para distraer sus angustias. Mariña enjuagó entonces el sudor de sus mejillas con las mangas. Era una mujer de


generosa frente, con ojos de fraga y ojeras de mimbre. -Carmeliña -suplicaba el humo que salía por la boca de Mariña-, por favor te lo pido.

-No es obligación tuya. -Lo es para mí. Para seguir luchando. ¿Qué nos quedará si no es la esperanza? -Te cavas la tumba.

Carmela, encargada de la casa-museo, había sido fuente de inspiración para Mariña, becaria en prácticas. Eran las supervivientes del equipo encargado de investigar el legado de la escritora, y su perseverancia se tradujo en el descubrimiento del testamento que sentenciaba el deseo de Emilia de ser enterrada en las Torres de Meirás. Como consecuencia, los lazos entre Mariña y Carmela se estrecharon hasta el punto de creerse familia. Las pupilas de agua verdosa de la joven estaban incrustadas en el recuerdo de aquellos instantes en que ambas intercambiaban impresiones de yodo, terapéuticas para sobrellevar los amaneceres. Pero en su mundo anocheció y ya no había esperanza de ver el sol juntas de nuevo. La cruzada de Carmela y Mariña no tenía otro propósito que el de trasladar sus huesos a un lugar que Emilia amó. Sin embargo, uno de los últimos bastiones del poder antiguo custodiaba aquel lugar y, cuando aquellos huesos que pertenecieron al alma de la autora por fin llegaron al lugar de su descanso, aquella familia, dueña de las Torres de Meirás, rozando la actitud del okupa en casa ajena, negó su acceso por haber vivido como una mujer libre.

-Dame las llaves para cargar el ataúd en la camioneta. Lo enterraré en las Torres con o sin tu ayuda. -Ya está abierta -lamentó Carmela-.Pero te olvidas de mí, ¿oíste? Mariña, con mueca de alma rota, subió hasta la casa donde, provisionalmente, descansaba el ataúd que guardaba los huesos de Emilia. Pese al fresco de la noche, su sangre hervía. No quería padecer el devenir de los días pensando en ser prisionera, sin decisión ni derecho. Quería vivirlos libre, con el calor de la paz del que descansa en el hogar, el auténtico hogar, en el útero de la tierra que la sostiene. En cuanto se encontró frente al ataúd, toda la humedad del universo enmudeció. Mariña tenía tal ímpetu y amor por lo que creía que regó, con su mera presencia, átomos de vida sobre aquel lugar inerte.

-No sabes lo que te van a hacer si te cogen. -Saber, sé. Peor es no descansar. -Pues duerme, mujer. -¿Cómo seguir adelante sin la conciencia tranquila?

57


EL PASAJE Por Luis Alberto Martín

Deslizó su mano hasta tocar el agua y dejó que la imaginación se sumergiese. Debajo de ellos había un mundo lleno de cosas que desconocían, seres por revelarse, lugares mágicos: el reino de un dios cuya tranquilidad les permitía realizar el viaje. Alim mantuvo los dedos rozando la superficie. Sus padres, su hermana y su hermano estaban sentados. Mientras madre permanecía con la vista perdida, Sahira tenía las rodillas pegadas al pecho y la cabeza reposando sobre ellas. Rafiq oteaba el horizonte buscando tierra. Tan solo padre le observaba para, en cuanto se cruzaron sus miradas, hacerle un gesto complaciente.

El pequeño le miró fijamente a los ojos. —Si tuviésemos el vellocino de oro, ¿se acabaría la guerra? Con una sonrisa en la cara, donde sobresalía una barba descuidada, respondió mientras jugueteaba con el pelo moreno de su retoño. —Quizá, hijo mío. Quizá. Incorporándose sobre el camastro de la tienda que hacía de hogar en el campo de refugiados, agarró al progenitor por la solapa del traje roído que llevaba semanas siendo su única vestimenta y le imperó:

—Padre, ¿cuándo...? —Todavía no, hijo. Todavía no. Pocos días antes, Alim estaba a punto de dormir. Acababan de contarle una historia. Era su momento favorito de las noches por mucho que lo siguiente, durante bastante tiempo, hubiera sido quedarse a oscuras con el miedo de oír silbar las balas en la calle. Padre siempre había hecho eso con él, incluso tras salir de casa para trasladarse a otra zona de Damasco, incluso cuando recibió amenazas por enseñar «herejías» y, junto a su madre, tuvo que abandonar la universidad. Hoy había tocado el viaje de Jasón y los argonautas.

—¡¡Vamos a buscarlo, padre; vamos a buscarlo!! Y ya no habrá guerra ni señores de negro, y volveremos a casa... Girando con suavidad la cabeza para dar a entender que eso no era posible, le hizo tumbarse de nuevo. —Ven, escucha. El niño calló y le miró atento. —Vamos a hacer un viaje, como Jasón. —¿Dónde, padre?

—¿Te ha gustado? —Sí, padre, mucho. ¿Padre?

El brillo de sus ojos reflejó tanto miedo como esperanza.

—Dime, Alim.

—A Grecia.

58


Se puso de pie cantando y saltando. Todas las historias ocurrían allí: Hércules, Perseo, el minotauro...

tología helena, pero el niño adoraba aquella película. Le vino a la memoria cómo chillaba y aplaudía al ver salir del mar a la criatura.

—Para, para, muchacho —le dijo riendo y llevándose el dedo índice a la boca para pedir silencio.

—Mejor si lo hacemos en tierra —dijo tras darle un beso en la mejilla.

—Padre, ¿veremos el monte Olimpo?

Aquello no era la nave Argos ni estaba comandado por Ulises. Su tripulación tampoco la formaban guerreros, sino familias, restos de ellas o personas que lo habían perdido todo para llegar hasta allí. Alim no era consciente de eso, solo tocaba el agua y miraba al frente tratando de ver tierra o alguno de los seres legendarios que antecedían su camino al sueño. El padre se mantenía pensativo deseando que la suerte no fuera esquiva y pudieran continuar juntos el viaje. Ojalá el bote resistiese hasta que, por lo menos, pudieran verles los guardacostas.

—Primero vamos a llegar allí —respondió con ternura. —Sí, padre, sí. ¿Padre? —Cuéntame. —¿Cómo iremos a Grecia? Suspirando, subió más la ligera manta para no dejar al descubierto los brazos del pequeño. —Hoy te he contado la historia de Jasón. ¿Te acuerdas de Ulises y de su viaje?

Una idea cruzó por la cabeza del pequeño, cansado de que su búsqueda fuera infructuosa. —¡Padre!

—Sí. —Pues haremos como ellos: navegar. —Padre, ¿tardaremos tanto como Ulises? —Ojalá no; será menos tiempo —contestó riéndose—. Buenas noches, Alim. —Padre… —Vamos, es hora de irse a dormir, sino despertarás a todo el mundo. —Solo una cosa.

El niño se desplazó hacia él con rostro preocupado. —Padre, padre, no iremos por Escila y Caribdis, ¿verdad? —No, Alim; tranquilo —respondió cansado. Rafiq observó a los dos; nunca le habían parecido bien esas historias para tener al niño engañado. Debería conocer la realidad, no estar distraído de las preocupaciones. Sahira y su madre dormían hombro con hombro en una postura que mezclaba el largo pelo negro de ambas como si fuera una única cabellera.

—Dime entonces. —¿Veremos al Kraken?

Alim, inconsciente de la sensación que sus preguntas provocaban en el hermano mayor, planteó una nueva:

Sabía que ese monstruo nunca existió en la mi-

59


—Padre.

perar. El mar no podía hacerlo.

—Dime.

La monotonía y el cansancio llevaron el sueño a los párpados de Alim. Cómodo y tranquilo en los brazos de su hermano, se dejó llevar por Morfeo sin necesidad de relatos. Cuando despertó tuvo la sensación de que seguía dormido. Todo estaba oscuro, hasta que miró al cielo.

—Una vez me contaste la historia de Europa, de cómo la raptó Zeus y de cómo su familia la buscó. —Sí, Alim. —Si vamos a Europa... ¿podremos ver a la princesa? —¡Bah! —respondió Rafiq con aspavientos mientras movía la cabeza con gesto negativo. Obviando las muecas de desprecio, respondió: —Esa historia es muy antigua, hijo mío, como todas las que te cuento. No todo eso se mantiene hoy.

Allí estaban las estrellas y las constelaciones. Padre también se las había explicado muchas veces para acompañar sus cuentos, pero jamás había tenido ocasión de verlas así. La paz del mar destacaba en un entorno donde la única luz, junto a la luna menguante, era la de esos pequeños puntos; los mismos que se reflejaban en la superficie. Sin decir nada, se deslizó hacia el borde de la embarcación y empezó a contar los que recordaba apuntando con su dedo hacia arriba.

La expresión de Rafiq dio a entender lo que pensaba. Ya era hora. Una lágrima asomó en los pequeños ojos oscuros. Sin embargo, conteniendo la tristeza, el chiquillo preguntó de nuevo:

—¿Y cuál es la que tiene al lado? —oyó preguntar a una voz.

—Padre.

—¿El Dragón?

—¿Sí, Alim?

Ni siquiera se giró; sabía que era él. Acariciando a su mujer y a los dos hermanos del niño, que dormían, se arrastró como pudo entre el resto de personas. Los encargados del turno de vigilancia les observaban, pero ambos se pusieron a recordar como si la incertidumbre no dominase su destino. Parecía que se hubieran unido a la eternidad de aquellos dioses cuando apuntaban al cielo, se miraban, reían y hacían gestos tratando de dibujar con sus manos las mismas figuras que otros habían imaginado siglos antes... puede que en otra noche igual de pacífica y bella. Cayeron dormidos y soñaron que aquellas siluetas bajaban para explicarles la vida en los confines del universo.

—Tú me dijiste que la princesa Europa era de nuestra tierra. —Sí, era fenicia. Los fenicios fueron los antiguos sirios. —¿Tú crees que Europa se alegraría de vernos? —No lo sé, hijo. No lo sé... —contestó a la vez que Rafiq asentía dejando las muestras de rechazo para coger a su hermano en brazos. El chapoteo que hasta entonces había provocado el niño al intentar descubrir algo se intensificó cuando los adultos volvieron a utilizar los remos tras un breve descanso. Solo podían confiar en sus fuerzas, y en que estas no les desviaran de su destino, ya que los traficantes habían dejado el motor con el combustible justo para abandonar la frontera marítima de Turquía. Si había suerte, no estarían muy lejos de Lesbos, aunque llevaban bastantes horas sin novedades. Su Ítaca debía es-

60

—La Osa Mayor, la Osa Menor...

Una bofetada de luz llegó desde la misma dirección hacia la que habían estado mirando. Apuntaba al bote mientras un sonido mecánico y monótono provocaba los primeros nervios y, con ellos, que el agua se convirtiese en un nuevo tripulante. La madre chillaba sus nombres, Rafiq agarraba a su hermana y padre se aferraba a él con tanta fuerza que le hacía daño. Alim no se


daba cuenta de lo que ocurría. Con los ojos totalmente abiertos, miraba al resplandor del cielo como si se manifestase una de las maravillas que llevaba tanto tiempo esperando. Los demás gritaban y levantaban los brazos en una mezcla de júbilo y miedo. Nadie parecía darse cuenta de cómo el agua exigía más espacio y el aire de la balsa se escapaba. Padre confiaba en los chalecos; todos los llevaban puestos desde que partieron. Eran su única garantía de supervivencia si algo iba mal; pero los chalecos no protegían de los empujones, del miedo ante la posibilidad de que les dejasen morir allí ahora que estaban localizados. El tumulto se hacía con el mando y la luz seguía apuntándoles estática. Entonces se desató la angustia por los días de espera y el horror ante la posibilidad de que hubieran sido en vano. Quienes se lanzaban al agua esperando salvarse arrastraban a los demás en ese camino, se disputaban la salida arañando los rostros de sus compañeros. La supervivencia era cosa de uno mismo. La madre protegió con su cuerpo a Sahira y Rafiq. Temblando porque no sabía nadar, fue la primera en darse cuenta de lo inútil que era el regalo de los contrabandistas. Asumiendo que solo podía intentar que sobreviviesen sus hijos, les animó a salir diciéndoles que les seguiría, aunque era mentira. Luego fue envuelta por la gigantesca medusa en que se había convertido el bote deshinchado. El padre no se atrevió a mirar hacia atrás. Sabía que le hubiera sido imposible hacer nada para ayudarla, y que si lo hubiera hecho las vidas de los cuatro habrían estado en peligro. Eso no evitó

que también se sintiese hundir, pero estaba Alim, estaban Rafiq y Sahira. Le necesitaban. Con el niño aferrado a su espalda, buscó a los hermanos. Casi no podía distinguirles en medio de la confusión. Los gritos indicaron hacia dónde dirigirse. Sahira, desconsolada, braceaba llamando a su madre. Rafiq trataba de mantenerse a flote y voceaba sin esperanza intentando obtener una respuesta. Una ligera palmada en el hombro sirvió para que le reconocieran. Ya juntos, dirigieron su mirada al helicóptero. Allí estaba apuntando sus focos hacia aquel banco de peces humanos que manoteaban, gritaban y trataban de hacerse notar bajo aquella luz que, como una aparición, había surgido en medio de la noche para mantener a Alim hipnotizado. Las hélices levantaban un tenue oleaje que golpeaba sus rostros a la par del viento. El aparato permanecía estático sobre ellos, y como única señal los mantenía en la trayectoria del reflector. Nadie daba indicación alguna, no se escuchaba ningún megáfono sobre el estruendo de los propulsores. Decenas de voces suplicaron ayuda, preguntaron por un barco sin provocar cambios. Todo había ocurrido en minutos, aunque para ellos era como si hubiesen detenido el reloj con la intención de torturarles, y esperaban con ansia, igual que si hubieran estado toda la vida haciéndolo, una señal de los pilotos. El padre se desgañitó, agitó los brazos en esfuerzos desesperados por obtener alguna respuesta. Sus hijos flotaban a duras penas y permanecían callados. No variaron su gesto cuando la máquina

61


se marchó tal y como había llegado: de repente, sin dar pistas de lo que iba a hacer.

entender que el resto de ocupantes de la barcaza había tomado la misma iniciativa.

Tuvo que controlarse para no transmitir su desesperación a los niños. La oscuridad impedía saber hacia dónde dirigirse. Había más náufragos, si bien dejaron de preocuparle desde el momento en que saltaron al agua; solo le interesaba su familia.

Avanzaron en medio del rumor que las extremidades provocaban al contacto con el agua. Era intenso al principio, aunque fue perdiendo fuerza. Ya solo se escuchaban las brazadas del padre, que intentaba no dejar atrás a sus hijos; los movimientos de Sahira, que cada vez sonaban más tímidos, y los golpes de Rafiq sobre el agua mientras murmuraba que ahí se acababa todo.

—Agárrate bien, Alim. Rafiq, Sahira, no os alejéis de mí. —Padre… —Qué pasa, Alim… —contestó intentando mantener la calma. —¿Dónde está madre? Pronunció las primeras palabras de la frase con un gemido. —Está, está… Ha ido con los dioses del mar, Alim. —¿Estará bien? —Sí, sí… Estará bien —respondió casi sin voz—. Ahora hay que ir a buscarla. Tienes que agarrarte a mí con fuerza, estar callado y dejar que os guíe. Sahira le dio un beso a su hermano pequeño. Rafiq permaneció en silencio. A pesar de encontrarse extenuados, resolvieron nadar hacia donde parecía haberse dirigido el helicóptero. Los sonidos a su alrededor les dieron a

62

Alim también sufría el rigor de la situación. De esa manera, los ojos comenzaron a cerrarse mientras el sonido de sus familiares nadando se perdía como un eco lejano. Era como aquellas noches de bombardeo, cuando madre les urgía a tirarse al suelo, apagar todas las luces y no hacer ningún movimiento. Y la oscuridad era todavía más intensa que entonces. Sin embargo, no notaba su espalda contra el piso, no estaba apoyado sobre una superficie dura; todo lo contrario. Se sentía a gusto, como si flotara. Tampoco escuchaba ninguna sirena dando la señal de alarma. Movió los brazos, era muy extraño. Debía encontrarse sumergido porque todos sus sentidos así se lo indicaban. Menos la vista: estaba igual de ciego que Polifemo. Un pequeño punto, como los luceros que había observado con su padre, y que aparentaba estar a la misma distancia, surgió de repente para cambiar ese estado. Iba viéndose más grande según progresaba hacia el niño y todo se iluminaba del mismo modo que cuando el sol va apareciendo por la mañana. Al mismo tiempo, cambiaba su aspecto de círculo a silueta. Cuando la tuvo cerca,


observó cómo la figura vestía una pieza larga y de un blanco casi transparente donde los brazos quedaban al descubierto. Permanecía estática, siendo el único movimiento visible el de algunos pliegues del vestido que se elevaban o desplegaban hacia los lados con el efecto de las corrientes submarinas. Culminaba la imagen una diadema de coral rojo, la cual intentaba poner cierto orden en una melena rubia que flotaba alrededor de la cara. Unos iris del azul que une cielo y mar en el horizonte destacaban en un rostro casi tan pálido como su vestimenta. Se trasladaba a pesar de no mover sus pies descalzos. Ni siquiera padre hubiera sido capaz de recrear a quien tenía delante cuando le contaba una de sus historias.

había sonreído. —¿Y cómo lo sabes? —Porque la gente no puede estar debajo del agua, tiene que ser por algo mágico, y padre me ha hablado de vosotras. Me dijo que vivís en el mar. —Tu padre parece un hombre muy listo. —Era profesor; sabe un montón de cosas. —Te habla de nosotras. —Y de Zeus, y de Poseidón, y de los héroes…

La oscuridad había desaparecido al completo del fondo del mar, si bien ese hecho no supuso que dejasen de ser las dos únicas criaturas presentes. Más allá de las algas, que se mecían suavemente en algunas rocas, no se percibía nada sobre el tono claro de la arena.

—Veo que nos conoces bien. Ahora era él quien mostraba alegría. Por fin podía ver alguno de esos prodigios que padre le había explicado tantas veces. El viaje había merecido la pena.

—Bienvenido, Alim. —Debes de quererle mucho. La voz resonó en la cabeza del niño cuando la mujer se colocó frente a él. Sonaba incluso mejor que oír cantar a Sahira.

—Sí. —Entonces, ¿por qué estás solo?

—Hola. Contestó sin ni siquiera pensarlo. Tan solo mirándole. Él tampoco había movido los labios, pero escuchó las palabras que se habían intercambiado como si estuvieran hablando en la superficie.

—Venía en un bote con él, madre y mis hermanos, pero se hundió y tuvimos que salir nadando. Yo iba subido en padre, pero me quedé dormido. — ¿Y ahora no sabes dónde están? —Madre está con los dioses del mar.

—¿No tienes miedo? —Así es. —No. —¿Por qué?

Mostrando una absoluta felicidad, agitó los puños. Aunque pronto varió el gesto.

—Sé quién eres. No me vas a hacer daño.

—Pero no sé nada de padre, Sahira y Rafiq.

—Dime entonces, ¿quién soy?

— ¿Eso no te preocupa?

—Una nereida.

—Seguro que vosotras podéis ayudarles —contestó esperanzado.

Al chiquillo le pareció ver que los labios se curvaban en un gesto casi imperceptible. Si le hubiesen preguntado, diría que aquel rostro de escultura

—Eres un chico muy inteligente. Ya nos hemos ocupado de eso.

63


Fue una reacción instintiva; se arrojó hacia ella para agarrarle en un abrazo mucho mayor que los que daba a sus padres al despertarles por la mañana, pero le detuvo con la mano. Su expresión volvió a ser imperturbable.

—¿Qué, qué, qué vamos a hacer? Apartando el cabello que tenía delante de la cara, Menipe dejó al descubierto sus facciones. Alim volvió a maravillarse, ahora sí había tallado un gesto de felicidad.

—Yo soy Menipe.

—Entonces… ¿sabías lo de nuestra barca?

Levantó el brazo derecho con delicadeza y apuntó hacia lo lejos, donde el entorno azulado comenzaba a oscurecerse. De la misma forma que llegó ella, pero sin estar acompañado de luz, un punto de color indefinido se aproximaba. Era un delfín que disminuyó el ritmo hasta parar y colocarse en medio de ambos.

—Por supuesto.

—Es un amigo. Nos ayudará.

—¿Y por qué no os vimos antes? —protestó frunciendo el ceño.

Alim estiró el brazo y lo acarició. El animal respondió agitando la cabeza y emitiendo varios chasquidos de alegría.

—¿Y cómo sabías mi nombre? —Tú lo has dicho, somos capaces de muchas cosas. Conocemos todo lo que ocurre aquí.

—Sabrás que no podemos intervenir en todos los asuntos de los mortales. —Ya… —contestó variando el gesto hacia uno comprensivo. Permanecieron en silencio. La luz seguía llenando el fondo del mar, que se mantenía en una calma absoluta.

—Él te llevará a nuestro hogar. Seguía sin creérselo. Iba a conocer los dominios de las leyendas, puede que hasta descubrir algunos de sus secretos. Incapaz de hablar por la excitación, movió la cabeza para dar a entender que lo había comprendido todo. —Toma, póntelo.

—Pero hay ciertos casos… como tú, Alim. —¿Yo? —respondió con asombro. —Como sabes, nuestra ayuda solo se produce en asuntos excepcionales. El pequeño evocó los relatos de su padre. No respondió. —¿No dices nada? —¿Por qué? —Eres un héroe en busca de destino. ¿No te basta? No se lo creía; él ayudado por las ninfas. Si pudiera contárselo a padre… Todavía tembloroso, contestó:

64

Le entregó unas bridas y una sujeción para que se mantuviera estable. Nervioso, el niño tardó mucho en colocárselas, pero acabó logrando su objetivo. Se agarró a la aleta dorsal y desvió la vista a un lado mirando hacia ella. Intentando ofrecerle tranquilidad, colocó una mano sobre su espalda y la movió suavemente. El pequeño se relajó, volviendo a poner su atención en lo que le explicaba. —Te llevará con nosotras. Tardará. Solo hay una condición. —Sí, sí. —Durante el viaje tendrás que tener los ojos cerrados. Aunque confío en ti, estoy obligada a asegurarme, sino me castigarán.


Cogió uno de los pliegues vacilantes del vestido y lo rasgó con ambas manos. Se aseguró de que tuviera un grosor considerable para que no pudiera verse nada a través de él. Cuando tuvo la pieza preparada, se la dio a Alim.

—Te lo prometo. Ya tienen otra barca.

—Tienes que anudarlo frente a los ojos. Recuerda no quitártelo. Si lo haces, también recibirás un castigo —destacó con su primer gesto serio.

El rostro del pequeño brilló tanto como lo hacía el suelo marino. Era lo único que necesitaba oír en aquel momento. Ató con fuerza la tela delante de sus ojos y se agarró al delfín. Iba a decir adiós, pero le pudo la inquietud. Sin retirarse el improvisado antifaz, formuló la pregunta que, desde el momento en que supo hacia dónde se dirigía, le comía por dentro:

Atemorizado, Alim trató de seguir esas instrucciones a toda prisa, pero ella le detuvo. —Tranquilo, no tienes por qué tener miedo, tan solo recuerda mis palabras. Conocerás a mis hermanas cuando llegues allí.

—¿Sí? —Sí.

—Menipe. —¿Sí, Alim? Dime.

El niño seguía preso de la excitación. Sin embargo, no pudo evitar que un pensamiento le volviese a la cabeza.

—¿Veremos al Kraken? —Claro, Alim. Claro.

—Menipe. —Dime, Alim. —¿De verdad que mi familia está bien? Volvió a frotar su mano contra la espalda antes de contestarle.

A María y Jesús

—Ellos están a salvo, Alim. —¿De verdad?

65


8M Madrid, 8 de marzo de 2018. Por Arturo BallarĂ­n BescĂłs


67


68


69


70


71


72


73


ATRAPADOS POR ESCOCIA Texto y fotografías de Iván Castillo Otero


75


E

stuvo realmente entretenida aquella semana en Escocia. En un principio, no íbamos a pasar toda la semana por aquellos lares, pero la cosa se complicó y nos quedamos atrapados. Desde luego, si el día de mañana tengo que volver a quedarme atrapado en algún lugar del mundo, que sea en Escocia. Pero empecemos por el principio. Recuerdo aterrizar hace algo más de un año en Rabat, capital de Marruecos. Tras rellenar el documento obligatorio de entrada al país, un policía me sometió a un pequeño interrogatorio sobre mi trabajo. Me planteé mentir y poner cualquier cosa en el papel menos periodista, pero me dio coraje tener que mentir. Maldita la hora en la que me llené de orgullo gacetillero. Solo le faltó preguntarme por mis últimos artículos. Todo el mundo pasaba sin aparentes problemas y yo seguía en el puesto de control dando explicaciones sobre si era periodista de deportes o de actualidad o sobre el formato en el que producía contenidos. Nada que ver con Escocia, donde la agente de la autoridad que me tocó me hizo un comentario jocoso sobre mi barba actual y su ausencia en la foto del DNI. Creo que también me dijo algo sobre las gafas. Es un claro ejemplo del carácter escocés. Por lo general, siempre tienen una buena palabra o un buen gesto. Visiten Glasgow La gente de Glasgow valora poco su ciudad, una urbe tranquila pero llena de vitalidad. Nos llegaron a preguntar con extrañeza si estábamos a propósito de visita o de manera circunstancial. Tienen museos variados, una gran cantidad de acogedores pubs y una atractiva arquitectura, pero viven a la sombra de Edimburgo. Esta está menos poblada y es algo menor en tamaño, pero es mucho más turística. Cosas del destino, tras aterrizar en Glasgow y soltar los trastos, tuvimos la suerte de caer en Drouthys’s, un pub genuino

76

situado muy cerca de la George Square. Era el primer establecimiento en el que entramos y, si viviéramos allí, seríamos parroquianos. Además de una cuidada selección de cervezas locales, servían también platos tradicionales (buenísimo fish and chips) y otros de cocina internacional. Por las mañanas, lo regentan dos mujeres sexagenarias. Son muy amables, pero agudicen el oído: ellas fabrican el acento escocés. A media tarde y por la noche había cambio de guardia. Tras la barra atendían varios jóvenes, siempre atentos y curiosos con nuestra procedencia. Desayunando en el Drouthy’s el 24 de febrero de 2018, decidimos que volveríamos por la tarde a ver el Escocia-Inglaterra del Seis Naciones. La selección escocesa llevaba diez años sin ganar la Copa Calcuta (trofeo que se disputan ambas selecciones en cada edición del Seis Naciones) ante el quince de la rosa. Aquel sábado, los ingleses mordieron el polvo en Murrayfield y Escocia entera salió a la calle para celebrar la victoria del quince del cardo ante sus mayores rivales una década después. El pub estaba abarrotado y, tras el pitido final del árbitro, todos entonaron el Flower of Scotland. Los foráneos podríamos pensar que la relación de los escoceses con sus vecinos ingleses podría ser similar a la que vemos entre los actores más implicados en el proceso independentista catalán y los seguidores del artículo 155. Lo cierto es que ni por asomo. Un ejemplo eran los muchos bares que lucían de manera deportiva la bandera blanca con la cruz roja de San Jorge, distintivo inglés, junto a la del resto de participantes del Seis Naciones. Extrapolándolo a una situación similar en España, es algo impensable en la actualidad. Es más: en el Drouthy’s había unos ciudadanos ingleses viendo el partido, iban vestidos con los colores de los suyos y animaban en alto. No recibieron ni un mal gesto, ni una mala cara. Puede que el hecho de haber realizado un referéndum ayude a apaciguar los ánimos.


En la pรกgina anterior: nieve en la George Square, Glasgow En esta pรกgina y en las dos siguientes: interior y exterior de la Catedral de Glasgow

77


78


79


Arriba: Necrópolis de Glasgow Abajo: Tierras Altas En la página siguiente: lago Ness

80


«Es una sensación muy especial surcar un lago del que tanto se ha escrito, y donde no pocos esperan ver algún día a Nessie»

Entre los hinchas futboleros, Glasgow es conocida por los dos equipos que juegan el derbi de la ciudad, conocido como el Old Firm. Los del Celtic son católicos y su ascendencia hay que buscarla en la inmigración llegada desde Irlanda. Los del Rangers son los protestantes y es común ver a su hinchada portando banderas unionistas. El religioso no es un asunto menor y, en el caso de Glasgow, llega al sectarismo. Dejando a un lado los asuntos deportivos, todo visitante debe sacar tiempo, por lo menos, para pasarse por lugares como la catedral o el ayuntamiento. La catedral, de arquitectura gótica, es oscura e inquietante. A diferencia de la mayoría de catedrales escocesas, sobrevivió a la Reforma. Algunas escenas de la aclamada serie de televisión Outlander se rodaron allí. A pocos metros está situada la necrópolis. Merece la pena darse un paseo por las imponentes tumbas. El ayuntamiento, por su parte, se construyó en la década de 1880, época en la que la ciudad vivía un apogeo económico. Sus salas interiores han servido como escenario para representar en el cine el Vaticano o el Kremlin. Incursión en las Tierras Altas Las Highlands o Tierras Altas no están a demasiadas horas de carretera de las grandes ciudades escocesas. Dejar de lado las autovías y sumergirse en las pequeñas carreteras de carril único que circulan al lado de montañas y lagos de película es algo que hay que vivir. La encargada de guiarnos por aquellos parajes fue Nicola, una animada muchacha oriunda de Glasgow. Tenía arte para relatar con todo detalle algunas de las batallas de las rebeliones jacobitas, señalaba con precisión lugares que habían servido como escenario para grandes producciones cinematográficas y pinchaba con gusto música local. En el apartado

melómano, no se dejaba nada en el tintero. Pasaba con esmero de las gaitas a Franz Ferdinand, Primal Scream, The Proclaimers o Texas. Recorrimos de manera casi íntima Rannoch Moor, una extensión de ochenta kilómetros cuadrados, parando en el majestuoso lago Lomond o Glencoe, asentamiento donde en 1692 el rey Guillermo III ordenó a los Campbell que masacraran a los McDonald. Cruzamos Fort William, localidad situada en la costa occidental de las Tierras Altas, que a su vez está cerca de Ben Nevis, pico más alto del Reino Unido. Comimos a orillas del lago Ness, en la que probablemente es la zona menos auténtica. Había varios restaurantes que, si estuvieran en España, servirían menú del día o comida rápida. Nos acercamos a visitar las ruinas del castillo de Urquhart, que está entre Fort William e Inverness, y de ahí embarcamos en un catamarán con el que navegamos por el lago Ness. Es una sensación muy especial surcar un lago del que tanto se ha escrito, y donde no pocos esperan ver algún día a Nessie. Mientras el sol empezaba a caer, cruzamos el corazón de Invernes y el parque nacional de Cairngorms hasta llegar a Pitlochry, pequeña y acogedora localidad de unos 3000 habitantes situada al oeste de Dundee y Aberdeen. Tras reponer fuerzas con un café y unas deliciosas galletas típicas, dejamos atrás las angostas carreteras de las Tierras Altas para enfilar la autovía que nos conduciría hasta Glasgow. Hacer ese viaje con Nicola al mando fue un lujo. Imprescindible Edimburgo En 1561, María Estuardo llegó de Francia y tuvo una audiencia con John Knox, predicador escocés y líder de la Reforma Protestante en Escocia. En

81


82


83


«El brexit o el fallido referéndum de independencia de Escocia son temas candentes en la política local y eso se nota»

1745, fracasó el príncipe Carlos Estuardo cuando intentaba hacerse con el Castillo de Edimburgo y, finalmente, terminó estableciendo su corte en el palacio de Holyroodhouse. En 2004, la reina Isabel II inauguró oficialmente el edificio del Parlamento de Escocia. Estos tres pasajes de la historia tienen en común que ocurrieron en la Royal Mile de Edimburgo, una de las principales arterias de la ciudad. En la actualidad, goza de una combinación de tiendas de recuerdos para turistas y negocios más auténticos en los que se pueden comprar dulces típicos, comer un buen fish and chips o beber un güisqui local. Para llegar a la Royal Mile, salimos de la estación de tren de Waverley y recorrimos un tramo de la Princes Street, uno de los escenarios de Trainspotting. Pasamos por delante de la Scottish National Gallery y comenzamos a subir hasta llegar a la explanada que hay frente al Castillo de Edimburgo. Es un recorrido bello, con edificios de piedra y calles con adoquines. Ya dentro del castillo, paseamos por las joyas de la Corona, la batería Half Moon o el Gran Salón. Ese momento fue en el que empezaron a caer los primeros copos de nieve, y no podíamos ni imaginar cómo estaríamos dos días después. Hay buenos lugares para resguardarse del frío en la Royal Mile. El Real Mary King’s Close, donde se puede conocer el antiguo callejón medieval sobre el que se construyó el actual ayuntamiento, o la oscura catedral de Saint Giles son dos buenas opciones. Por la mañana, en el tren que une Glasgow y Edimburgo en aproximadamente una hora, reservé entradas para la sesión de control del Par-

84

lamento escocés. Me chocó lo sencillo que es, acostumbrado a los trámites que hay que realizar en algunas instituciones españolas para visitarlas y las restricciones que suelen poner. Esta cámara, que está formada por 129 representantes electos, quedó establecida en el año 1999. Entre las competencias que tiene transferidas están agricultura, pesca, educación, medioambiente, vivienda, ordenación territorial, deporte, arte, transporte o algunos aspectos de la tributación. Existen competencias reservadas, que son asuntos sobre los que el Parlamento del Reino Unido sigue teniendo la última palabra. Entre estas están defensa, empleo, seguridad social, política exterior, inmigración, medios de comunicación públicos o industria. En las elecciones al Parlamento escocés, cada votante elige a un parlamentario para su circunscripción y a otro para su región. El resultado es que cada ciudadano está representado por un diputado de su circunscripción y siete diputados regionales. Tras las elecciones de mayo de 2016, la representación en la cámara es la siguiente: 63 escaños para el Partido Nacional Escocés, 31 para el Partido Conservador y Unionista, 24 para el Partido Laborista, 6 para el Partido Verde Escocés y 5 para el Partido Liberal. En lo personal, reconozco que fue muy excitante aquella media hora o 45 minutos que pasamos viendo el encendido debate que mantenían los parlamentarios. El brexit o el fallido referéndum de independencia de Escocia son temas candentes en la política local y eso se nota. Cuando llegamos, Michael Russell, del Partido Nacional Escocés, respondía a las preguntas y críticas de


En esta página: Castillo de Edimburgo y sus adoquines. En la página siguiente: Calton Hill y Arthur's Seat.

85


86


87


la oposición con cierta sorna e ironía. Es un señor de 65 años, con pelo blanco peinado hacia atrás, barba cana de varios días y unas gafas pequeñas y de montura estrecha. La bancada de sus entusiasmados compañeros acompañaban cada respuesta con gritos y aplausos. Sus palabras más duras fueron para el conservador Adam Tomkins, mientras que fue algo más indulgente con el laborista Neil Findlay y Patrick Harvie, del Partido Verde Escocés. No tuvo muchos miramientos con Travish Scott, del Partido Liberal, pero lo cierto es que tampoco necesitó esforzarse en exceso porque las críticas que había realizado a la gestión del ejecutivo habían pasado con bastante indiferencia entre los parlamentarios. Después de tanta intensidad política, se hace necesario un descanso. Uno de los lugares clásicos para disfrutar de una buena vista de Edimburgo es Calton Hill, una colina situada en el centro de la ciudad, en el extremo este de Princes Street. Está incluida en el patrimonio de la humanidad de la Unesco. Ahora bien, para ver un bonito atardecer, hay que subir a Arthur’s Seat, pico principal de un grupo de colinas situadas en el Holyrood Park. Está cerca del Parlamento escocés y a un kilómetro y medio aproximadamente del Castillo de Edimburgo. Un lugar perfecto para terminar el día y comenzar a pensar en la cena. Llegó la «bestia del este» Normalmente, al despertarnos y mientras nos preparábamos para ir a desayunar, poníamos el programa informativo que emite la BBC en Escocia cada día. Llevaban días hablando de que se acercaba la «bestia del este», un temporal bárbaro. Uno tiende a quitarle importancia para no alarmarse, pero la mañana que teníamos que volar de vuelta a España nos sepultó bajo la nieve. Recuerdo abrir la cortina de la habitación y ver cómo había ya varios centímetros de nieve en la acera. Las maletas no rodaban y los coches

88

circulaban a duras penas. Curiosamente, el autobús del aeropuerto estaba muy bien preparado para estas inclemencias meteorológicas. Pensé que no tendríamos problemas para despegar. Si ese autobús nos había llevado hasta el aeropuerto, un avión tenía que conseguir volar. En el aeropuerto de Glasgow, la gente estaba bastante inquieta. Los trabajadores, en cambio, eran todo amabilidad. El carácter escocés, ya les he dicho. Los peores presagios se cumplieron y nos quedamos atrapados en Escocia. Ahora que han pasado unos meses, me alegro un poco. Descubrimos algunos restaurantes más y paseamos por una ciudad que, según titulaba la prensa local, estaba viviendo el peor temporal de las últimas dos décadas. Para salir del aeropuerto y coger el autobús que nos llevara de vuelta a Glasgow tuvimos que cruzar la mayor tormenta de nieve y viento que he visto en mi vida. Fueron dos jornadas más de propina que no olvidaremos. En la primera, solo encontramos abiertos algunos locales de restauración, algún supermercado y un Zara. No hay paz para los trabajadores de Amancio Ortega bajo ninguna circunstancia, según parece. La ciudad estaba aislada. No había aviones ni trenes, y la recomendación de las fuerzas de seguridad era la de no coger el coche porque la mayoría de vías estaban impracticables. En algunas calles menos céntricas, la nieve llegaba a las rodillas. Durante la segunda, ya abrió también alguna tienda y los empleados de limpieza lograban sus primeras victorias en la batalla contra la nieve. Al tercer día logramos despegar. Nieve, llueva o haga sol, volveremos.


En esta página: la nieve en Glasgow

89


CHERE Por Carla Faginas Cerezo

N

o recuerdo con exactitud cuándo se intercambiaron nuestros papeles. Cuándo quien cuidaba comenzó a cuidar, y viceversa. La historia comenzó hace más de treinta años.

Mis padres me habían matriculado en la guardería de Caixavigo (actual colegio Don Bosco), situada en la viguesa rúa da Estrada. Ya por aquel entonces —y así sería toda mi vida— yo era una niña particularmente enfermiza. Por ello, en cierta ocasión contraje una amigdalitis que me obligó a guardar cama durante una semana. Al regresar al jardín de infancia, ya nada fue lo mismo: las amistades forjadas en los primeros años de vida, por norma general, tienen la misma consistencia que los amores de verano o la fidelidad durante el Erasmus; es decir, escasa. Y así lo viví. Como decía, cuando regresé al centro, la niña que yo era solamente encontró olvido y vacío entre sus jovencísimos compañeros de aula. Tan exagerado fue el cambio que, durante semanas, mi madre se aseguraba de pasar a diario junto a la verja del patio, encontrándome, casi siempre, sola en un columpio. Aunque no soy madre, puedo imaginar que presenciar esa escena cada día no debe de ser un trago fácil de pasar. Durante semanas, tanto mi padre como mi madre buscaron maneras de evitar que volviese a la guardería, pero los horarios de ambos no les dejaban otra alternativa. De aquellos días, mi padre sacaría la conclusión de que la vida, tarde o temprano, se me acabaría comiendo. Entonces, como un milagro, apareció ella: mi tía abuela Chere (Mercedes Cerezo Sánchez según su DNI), una sexagenaria que siempre había tenido un papel fundamental en nuestras vidas. Mujer soltera

90


y sin hijos, Chere había dedicado —como tantas otras benjaminas de la época— sus años mejores a cuidar de sus padres. Cuando ambos fallecieron, ella se compró un piso en el edificio en el que vivían su hermano y la esposa de este (mis abuelos). Así, en mi familia, las clásicas visitas de los nietos siempre se han hecho por partida doble: un rato en una casa y otro rato en la otra. Al ver a mi madre tan apurada aquellos días, Chere, que por aquel entonces disfrutaba de sus primeros años de jubilación, se ofreció a cuidar de mí mientras no tuviese edad de ir a la escuela. Así comenzó una de las relaciones más importantes que he tenido dentro del núcleo familiar: por las mañanas, las dos salíamos a hacer recados, al mercado y a pasear un poco por Traviesas y por la Gran Vía. Por las tardes, me compraba un bollo de leche y una chocolatina y merendábamos en el parque que hay junto a la plaza de América. Esta rutina, sin embargo, nos la saltábamos los viernes, día en que visitábamos a sus amigas de toda la vida: Tota, Gita, Ramona y Margarita. Pese a que me acuerdo con bastante precisión de aquellas tardes en que ellas jugaban a las cartas mientras yo moneaba como la niña que era, no conservo recuerdos muy concretos del aspecto de estas mujeres, a excepción de Ramona: enjuta, de pelo cano y sempiternas gafas de carey y lente gruesa.

y empecé a cuidarla yo. Cuándo dejó de llevarme al médico de la mano y pasamos a ir, cogidas del brazo, a sus visitas en el hospital. Hoy Chere tiene 92 años y sigue viviendo en la misma casa. Cuando regreso a Vigo, siempre las visito a ella y a mi abuela, en cuyo salón se reúnen cada tarde para ver un rato la televisión. Al hablar con ella, a veces no me mira; no me oye. No obstante, todavía reconoce mi voz y las del resto de la familia, que la cuida abnegadamente, como ella lo hizo conmigo y con Andrea (mención especial desde aquí a mi madre y a mi tía: dos santas). Esta noche, poco antes de comenzar a escribir este texto, Andrea, conocedora de que la semana próxima estaré por allí, quiso prevenirme por WhatsApp: «Cuando veas a Cherita… muchas veces ya no está». «Es ley de vida», me han repetido infinidad de veces al hablar de ella. Y yo lo sé. Y lo comprendo. Es solo que tengo la angustiosa sensación de que ya no podré darle las gracias por todo aquello como corresponde, ni tampoco contarle algo que, por vergüenza o decoro, jamás le he dicho: que siempre echaré de menos aquellas tardes de paseos, bollos de leche y chocolatinas.

Tiempo después, comencé el parvulario en el colegio Amor de Dios de Vigo, pero Chere no se desprendió de su condición de niñera familiar: mi hermana Andrea me sustituyó con éxito en el cargo, llegando a tener con ella una relación aún más estrecha que la que había tenido conmigo. Como decía al comienzo de este texto, no recuerdo cuándo se intercambiaron nuestros papeles. Cuándo dejó de ser ella quien me cuidaba

91




diciembre 2018 - nÂş11 - 5â‚Ź 12pulgadas12.com


Millions discover their favorite reads on issuu every month.

Give your content the digital home it deserves. Get it to any device in seconds.