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Schopenhauer y el goce estético como abulia Prof. Cristian Guarinos La estética de Schopenhauer (1788-1860) está tan íntimamente ligada a sus consideraciones generales sobre la vida que hablar de una sin la otra resultaría imposible. Para empezar veamos cuáles son esas consideraciones sobre la vida y la existencia. En principio podríamos decir que para Schopenhauer la vida es un error que nunca debía haberse llevado a cabo. Este pesimismo radical se basa en que para Schopenhauer la suma del dolor que se da en la existencia hace que éste sea imposible de ser equilibrado por una cantidad de felicidad mayor o igual. Esto para Schopenhauer es la prueba empírica de lo absurdo del mundo. Podríamos decir, desde ésta perspectiva, que la vida es una partida perdida de antemano, una ecuación siempre desfavorable por que el dolor que la existencia implica no es un resultado accidental del ser, algo contingente que puede o no ocurrir, sino que es una determinación a priori. Por primera vez el dolor aparece en la filosofía como un aspecto del ser no circunstancial, producto de la perdida de un estado de gracia o del libre albedrío, sino como esencia misma. Por ello mismo Schopenhauer afirma que cada una de nuestras desdichas parece una excepción, algo circunstancial, pero en realidad son la regla general. De aquí se desprende que pensar en la eternidad es para Schopenhauer hacer perdurar un error hasta el infinito. Cita: “Si se le concediesen al hombre una vida eterna, la rigidez inmutable de su carácter y los estrechos limites de su inteligencia le parecerían a la larga tan monótonos y le inspirarían un disgusto tan grande, que para verse libre de ellos concluiría por preferir por preferir la nada”. Es interesante la contraposición que posteriormente realizo Nietzsche a estas teorías para él, el valor de la vida no puede depender de los sentimientos de placer y dolor. Y con respecto al pensamiento de la eternidad que para Schopenhauer resulta una abominación Nietzsche postula la idea del eterno retorno de lo mismo, es decir nos pregunta que sucedería si alguien nos dijera que esta vida, tal cual la vivimos se repitiera hasta en sus más últimos detalles. Someter la vida al pensamiento de la eternidad puede conducir al anonadamiento o a la transformación. Por ello Nietzsche pregunta lo siguiente con respecto a esta idea: ¿te arrojarías al suelo rechinando los dientes y maldiciendo al demonio que de tal forma te habla?, ¿o vivirías por una sola vez, un instante formidable en el que serías capaz de decir: “¡Eres un dios, y nunca oí nada mas divino!”. Schopenhauer por su concepción pesimista de la existencia sería quien se arrojaría al suelo rechinando los dientes, por que para él la vida es de base una mala empresa, y siente una necesidad moral para con la muerte por que ella y solo ella puede hacer que el hombre deje de ser lo que es, y justamente esto representa para Schopenhauer la única solución. Pues considera un error creer que el hombre pueda ser feliz bajo otras condiciones, Schopenhauer nos dice que si los hombres fueran colocados en un lugar paradisíaco con todas las condiciones propicias para su felicidad no tardarían, producto del tedio, en encontrar motivos para su desdicha, sufrimientos y tormentos.


Si ya es un error la vida finita del hombre, la idea de una existencia eterna del mismo le resulta aterradora. En cambio Nietzsche, que posee para con la vida un sentimiento de solemnidad dice “si” al pensamiento de una vida eterna, dice sin importar el dolor que ella implica por que éste esta redimido por su carácter sacro. Himno a la vida: ¡Sin duda un amigo ama a su amigo como yo te amo a ti, vida llena de enigmas! Lo mismo si me has hecho gritar de gozo que llorar, lo mismo si me has dado sufrimiento que placer…” Esta primera consideración de Schopenhauer respecto al placer y el dolor sienta el primer aspecto de su pesimismo.Otro aspecto del mismo es el del querer o el deseo. Para él estos no pueden ser apaciguados, o pueden serlo sólo de forma provisoria procurando un goce, que por grande que sea, no justifica el esfuerzo que implicó su consecución. Por lo tanto nuestros fines no son más que una fantasmagoría que se nos alejan siempre un paso, así un deseo satisfecho resulta una ilusión desvanecida y un deseo insatisfecho una ilusión por desvanecerse 1. El querer no puede más que pisarse a sí mismo. Nuestra voluntad está condenada a llegar siempre a su punto de partida porque todo es voluntad o representaciones de la misma. Esta no puede aquietarse ni fijarse de forma duradera. No hay descanso ni dicha que perdure, ni cese para los tormentos de la existencia. Por lo tanto podemos señalar como punto medular de su teoría que la esencia metafísica del mundo encuentra su expresión en la voluntad. Lo absoluto del ser es un impulso incesante que está condenado a quedar eternamente insatisfecho, porque, como decíamos, la voluntad no encuentra nada en que reposar. Como vemos la voluntad ocupa el lugar de cosa en si. Para Kant todo lo que podemos conocer es fenómeno determinado por nuestra potencia de conocimiento, dejando más allá a las cosas por fuera de estos parámetros, es decir como son en si mismas. Kant concluye que todo es fenómeno, puesto que todo más halla es una fantasía sin contenido. Lo que a Kant le sirve para rechazar lo en si, o lo absoluto, a Schopenhauer le sirve para legitimarlo, es decir que deduce lo contrario del fenomenalismo. Los fenómenos no son, para Schopenhauer solo el producto de mi relación con el mundo sino que además son un límite, una pantalla de una realidad que se nos escapa. Ese carácter no fenoménico es para Schopenhauer la voluntad. Schopenhauer pretendía permanecer fiel a Kant en la distinción que éste había trazado entre cosa en sí y fenómeno. En el sistema schopenhaueriano, estos términos se identifican correlativamente con la Voluntad y sus manifestaciones particulares. Sin embargo, Schopenhauer se aparta del criticismo kantiano en un punto fundamental: la valoración de la realidad fenoménica. En la segunda edición de la Crítica de la Razón Pura Kant se había cuidado de esta posible consecuencia. Sobre el final de la “Estética Trascendental” señala lo siguiente: Si digo: en el espacio y en el tiempo, la intuición, tanto de los objetos externos, como también la auto-intuición de la mente, los representa a cada uno [de estos objetos] tal como [él] afecta nuestros sentidos, es decir, como aparece, eso no quiere decir que esos objetos sean una mera apariencia ilusoria. … Sería culpa mía si, de aquello que yo debía contar entre los fenómenos, hiciera una mera apariencia ilusoria. (B 70, en trad. 2007, pp. 118-119). En conclusión, para Kant la distinción entre cosa en sí y fenómeno no nos habilita, en

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SCHOPENHAUER, Arthur; “El arte”; El amor, las mujeres y la muerte; Ed. Edaf; Madrid; 2005; p. 143.


modo alguno, para equiparar a este último con una ilusión. Para Kant, como señala Safranski: “el hecho de que estemos ineludiblemente circunscritos a un mundo ‘fenomenal’ no es en absoluto el sello distintivo de una vida falsa”; no obstante, el mismo hecho significa para Schopenhauer, quien es un entusiasta de la condena del mundo sensible, “que estamos uncidos a una vida inmersa en el engaño cotidiano y por lo tanto falsa.” (1998, p. 276). El hombre para él, como en Platón, es una especie de ciudadano de ambos mundos. Por un lado en cada hombre hay un sentimiento oscuro de la voluntad impulsora y por otro hay representaciones concretas de esa voluntad en nuestra vida singular, en nuestro yo particular. La filosofía Schopenhaueriana han sido interpretadas como una expresión de la cultura del momento, llena de anhelos de un fin último. Este anhelo hacia los fines últimos no es más que parte de la inercia espiritual legada a nosotros históricamente. Lo que quiero decir es que hubo sistemas que prestaron a la vida el fin último que esta ansiaba, más allá de su carácter absurdo y fragmentario. Ahora bien, aunque la fe en esos sistemas se haya perdido no se perdió el ansia de un fin último, aún después de haber perdido el contenido mismo. Ahí tenemos la voluntad en Schopenhauer, el impulso al absoluto que antes existía, pero desmadrado, sin finalidad o, como nos diría Schopenhauer, ese impulso mismo vuelto finalidad. Aquí esta lo trágico en la filosofía de Schopenhauer, al postular la igualdad esencial de todo ser y determinar su contenido como voluntad pone en su centro un anhelo insaciable, y en un lugar donde siempre se busco la firmeza y la cohesión de todo lo existente, se hubica ahora lo contrario. Por ello algunos intérpretes han hablado de la filosofía de Schopenhauer como una metafísica sin trascendencia. Está carencia de fines absolutos hacia los cuales tender o aferrarnos puede ser un punto de partida común para Schopenhauer y para Nietzsche, de aquí hacia delante las divergencias son enormes, y hasta opuestas. Estas divergencias vamos a tratar en el plano del pensamiento estético. Para Schopenhauer el único momento en que podemos liberarnos de la voluntad es aquel en el cual se contempla, desinteresadamente, una obra de arte. Es éste momento el único capaz de traer paz y plenitud. Quien se con-mueve mirando desde afuera goza agradablemente de lo que en carne propia resultaría un martirio, porque para Schopenhauer la vida no es bella, sólo lo son sus representaciones. Por ello gozamos más de nuestras acciones cuando nos la figuramos como si fueran de otro. El arte, y sólo este, puede liberarnos del tormentoso y avasallador querer para entrar en el calmo y lúdico ánimo del artista. Nuestro destino, siempre tétrico, tropieza con una expresión de íntima profundidad que lo sustrae de su condición de tal. Schopenhauer afirma que el placer estético es, precisamente, la satisfacción que nos adviene al tomar conciencia de la pérdida de nuestra individualidad. La experiencia estética es un recreo, como señala Rudiger Safranski, nos ofrece la posibilidad de ver al mundo y comportarnos ante él “como si” se lo hubiese abandonado.


El arte no es aquí más de un remedio que no tiene otro don que su dulzor, que evade al espectador de su amarga existencia. Nos dice al respecto Schopenhauer: “Este es el estado sin dolor alguno que Epicuro alababa como el bien supremo y el estado de los dioses, durante ese instante estamos libres de la afrentosa compulsión de la voluntad, celebramos el descanso dominical de los trabajos forzados del querer, la rueda de Ixión se detiene”2. La felicidad aparece aquí interpretada de forma negativa es decir que “consiste en la desaparición de un sufrimiento, no en la aparición de un goce”. En la contemplación estética las cosas dejan de ser estímulos para convertirse en representaciones3. Por ejemplo cuando vemos en una obra a un Héroe siendo castigado no sentimos el estímulo del dolor, por mucha que sea nuestra compasión, sino que recibimos una representación de ese estímulo, por lo cual el dolor ya no se sufre, no es estímulo. Abandonamos así la esfera de la voluntad, para entrar en la de la representación. La imagen nos satura dejando en el olvido la tormentosa existencia, la imposibilidad radical de que el yo entre en comunión con el objeto de su deseo. Como vemos la actividad estética schopenhaueriana se basa en la disociación del mundo en voluntad y representación. Esta última constituye una esfera diferente de yo, de ahí la identificación con lo universal, con la disolución de lo individual, de toda determinación espacio-temporal. Es por ello que el artista, para Schopenhauer, crea formas que cuadran con todos los sentimientos humanos, es una especie de hombre universal que expresa y funde en sí la experiencias de miles de hombres. El objeto estético también es liberado de su individualidad, por lo que comparte con el sujeto la disociación de toda complicación empírica. La visión estética será, por consiguiente, diferente de la visión científica o práctica, pues deja de lado las afecciones singulares para quedarse con la «idea de la cosa». El tiempo y el espacio son despojados de la obra. La ironia que se esconde tras toda obra de arte es que ella es un objeto del mundo que nos obliga, por su propia constitución, a comportarnos como si no lo fuese. Las Ideas son las representaciones más puras; “por eso –señala Schopenhauer– también ella es única posible objetividad adecuada a la voluntad o cosa en sí”.Lo representado por las Ideas es siempre lo mismo: la Voluntad o cosa en sí. La belleza de un objeto, dice Schopenhauer en el §39 de MVR, es “la condición que tiene de propiciar el conocimiento de su idea”. “En el espejo del arte [declara Schopenhauer en sus Lecciones...] todo se muestra con mayor claridad y mejor caracterizado; pero, por otra parte, la obra de arte facilita la aprehensión de la idea, porque para la captación más clara y puramente objetiva de la esencia de las cosas requiere que la voluntad se acalle por completo, y esto sólo puede lograrse con total seguridad cuando el objeto intuido no se encuentra dentro del ámbito de aquellas cosas que pueden tener relación con la voluntad, es decir, cuando no se trata de algo real, sino de una simple imagen”. Hay aquí una Inversión total del platonismo, es la imagen y no la realidad lo que más se acerca a lo verdadero. Imagen aquí es todo aquello que no se cuenta entre las cosas que puedan tener una relación con la voluntad. 2 3

Ídem cit. anterior. SIMMEL, Georg; capítulo V: “La metafísica del arte”; Schopenhauer y Nietzsche; Ed. Caronte; Bs. As.; 2005; p. 97.


Por ejemplo: comprenderemos más claramente la piedad en una representación artística que al sentirla nosotros mismos como estímulo en nuestro yo particular. Si bien la idea de piedad existe independientemente del artista no existe de forma tan acabada y perfecta como puede apreciarse en una obra artística. Por ello Schopenhauer acusa a la naturaleza de realizar a medias sus promesas. El arte

tiene como misión subsanar esta deficiencia; la obra artística tiene como finalidad introducir en el mundo la perfección y la belleza que la naturaleza es incapaz de promover. El arte, desde esta perspectiva, no aporta ninguna novedad; la obra de arte no es la irrupción de un acontecimiento inédito en el mundo, sino más bien la recuperación de un fenómeno siempre pretérito, siempre balbuceado por la naturaleza pero de manera torpe. Por eso para Schopenhauer cuando el artista termina de esculpir su obra debería decirle a la naturaleza “¡esto querías decir”!. El fenómeno artístico supone, por lo dicho, la capacidad, tanto en el creador como en el espectador, de percibir la Idea allí donde no estamos habituados a percibirla. Toda obra artística es toda manifestación inesperada e imprevisible de la Idea. Un escultor hace que encontramos belleza en una piedra. Para Nietzsche esta idea del arte es síntoma de cansancio y de un hastío que tiende a propagarse hasta el corazón mismo de lo real, teorizando y naturalizar en toda la existencia su connatural desgracia. La vida, que el pesimismo nos presenta como un error que nunca debió haberse llevado a cabo, es para Nietzsche, de naturaleza inocente y santa. El arte es esencialmente afirmación, bendición y divinización de la existencia. La voluntad es creadora, se erige sobre el mundo para redimirlo, no para condenarlo. Su concepto del arte trágico no es desinteresado, no cura, no remedia, no elimina el deseo ni la voluntad, al contrario: es un estimulante de la voluntad de poder, de la vida. Esto manifiesta una clara oposición con el desinterés que propone Kant en la contemplación de la obra de arte, o con su traducción schopenhaueriana de sin voluntad. Los artistas son los inventores de nuevas posibilidades de vida, escultores de nuevas verdades. Verdad, aquí, significa realización del poder, elevación a la mayor potencia. Lo trágico es alegría, pues no está fundado en una relación entre lo negativo y la vida, sino en una relación esencial de alegría. Para Nietzsche es un escandaloso equívoco entender el arte como puente para la negación de la vida. El efecto debe ser inverso, el arte debe intensificar y potenciar la vida sin incurrir en ese pesimismo romántico en el que la debilidad, el cansancio y la decadencia se expresan mediante conceptos y valoraciones. En sus escritos póstumos podemos leer la siguiente pregunta que nos ilustra lo dicho: “¿Qué significa un arte pesimista?... ¿No es ésta una contradicción?”4.F.Nietzsche La idea schopenhaueriana del arte tiene como basamento una concepción de la vida despreciada, por lo cual, el arte se considerará como un artilugio de evasión utilizado por un receptor que necesita para si una ficción consoladora. Ello es lo que expresa Nietzsche cuando al hablarnos de su obra El origen de la tragedia en sus escritos póstumos: “Esta metafísica de artista se opone a la consideración unilateral de Schopenhauer, quien sólo sabe valorar el arte a partir del receptor y no del artista: porque el arte conlleva una liberación y redención en el disfrute de lo no real en 4

NIETZSCHE, Friedrich; “Arte”; De los fragmentos póstumos; versión digital en www.nietzscheana.org


oposición a lo real (la experiencia de alguien que sufre y desespera de sí mismo y de su realidad)”5. Estos diferentes pareceres sobre la vida están claramente patentes en las consideraciones que tanto Schopenhauer como Nietzsche realizan, específicamente, en torno a la tragedia y a la comedia. Schopenhauer interpreta la tragedia como un llamado a la resignación. Más allá de toda acción, por titánica que ésta sea, aguarda la desgracia como trasfondo último de todo. Por lo cual, la obra trágica nos convida a negar la voluntad de vivir. Los horrores padecidos por el héroe son la expiación de la falta que representa el crimen mismo de existir. Nietzsche se refiere específicamente a esta consideración en sus escritos póstumos: “Schopenhauer se equivoca cuando hace de ciertas obras de arte un instrumento del pesimismo. La tragedia no enseña la resignación”. La comedia, por su parte, es considerada por Schopenhauer como una afirmación de la vida. Los sufrimientos y los tormentos connaturales a la existencia toman una fisonomía pasajera, liviana, precaria ante un fin inexorablemente feliz. Cae el telón y la obra deja en nosotros una sonrisa que ya no podrá ser trocada en llanto, los acontecimientos (al contrario de la vida) se resuelven de la mejor manera posible. En la tragedia, en cambio, el titán puede ser arrancado a último momento de su dicha, una maniobra sinuosa del destino hace de sus esfuerzos y valentía una pasión inútil. Cae el telón y la obra nos deja la imposibilidad total de una nueva acción. El héroe, el hombre superior, el titán siempre muere. La esperanza y los fines elevados han sido llamados a fenecer. Estas concepciones schopenhauerianas son radicalmente opuestas a la idea que Nietzsche tenía de la tragedia y de la comedia. La diferencia que subyace todas estas consideraciones es que para Schopenhauer la voluntad, cuyo valor es absoluto, debe prescindir de la vida siendo ésta última sólo una manifestación de aquella. En cambio en Nietzsche la vida, cuyo valor es absoluto, se sirve de la voluntad como medio. La voluntad no aniquila la vida, sino que más bien desarrolla sus fuerzas y es ella misma voluntad. La vida se define como voluntad de poder. Según la perspectiva pesimista la voluntad debe apaciguarse, el arte es ese remedio. Un remedio que nos recuerda a un veneno. Schopenhauer escucha música y Sócrates apura la cicuta ansioso de que la muerte helada le trepe hasta el pecho. Ambos querían apagarse, dejar de ser en este mundo tan cruel y despiadado, no ser nada o ser en un trasmundo más grato y divino.

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Ídem cit. 85.

Schopenhauer y el goce estético como abulia  
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