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La primera epidemia que vi fue en una remota aldea que oficialmente no tenía nombre. Los residentes la llamaban “Nuevo Dachang,” pero lo hacían más por nostalgia que por cualquier otra razón. Su pueblo natal, el “Viejo Dachang,” había existido desde la era de los Tres Reinos, con granjas, casas, e incluso árboles que tenían cientos de años. Cuando la Represa de las Tres Gargantas fue terminada, antes de que la aguas comenzaran a subir, la mayor parte de Dachang fue desmantelada, ladrillo por ladrillo, y reconstruida en un terreno más alto. Sin embargo aquel Nuevo Dachang ya no era un pueblo, sino un “patrimonio arquitectónico nacional.” Para esos pobres campesinos debió ser una dolorosa ironía ver cómo su pueblo era salvado, para luego tener que ir a visitarlo sólo como turistas. Quizá por eso decidieron llamar a aquel pobre asentamiento “Nuevo Dachang,” para conservar alguna conexión con su tradición, aunque fuese sólo a través del nombre. Yo ni siquiera sabía de la existencia de aquel “otro” Nuevo Dachang, así que podrá imaginarse mi confusión cuando recibí esa llamada. El hospital estaba en silencio; había sido una noche lenta, a pesar del incremento en los accidentes de tránsito por culpa del alcohol. Las motocicletas se habían vuelto muy populares. Solíamos decir que sus Harley-Davidsons mataban a más jóvenes Chinos que todos los soldados de la guerra de Corea. En realidad me sentí muy agradecido por una noche tranquila. Estaba cansado, me dolían los pies y la espalda. Me disponía a fumarme un cigarrillo y a mirar el amanecer cuando escuché mi nombre en el altavoz de llamadas. La recepcionista era nueva, y no pude entender muy bien lo que decía. Había un accidente, o una enfermedad. Era una emergencia, eso era claro, y necesitaban ayuda de inmediato. ¿Qué podía decir? Los médicos más jóvenes, esos niños que pensaban que la medicina era sólo una manera rápida de llenar la cuenta del banco, no iban a ir a ayudar a unos “nongmin” sólo por buena voluntad. Supongo que en eso todavía soy un revolucionario a la antigua. “Nuestro deber es hacernos responsables por el pueblo.”1 Esas palabras todavía significan algo para mí… y traté de recordármelo mientras mi Deer2 saltaba y rebotaba sobre una carretera destapada que, aunque el gobierno había prometido pavimentar, nunca lo había cumplido. Pasé unas horas horribles tratando de encontrar el lugar. Oficialmente no existía, y por lo tanto no estaba en ningún mapa. Me perdí en varias ocasiones y tuve que pedirle direcciones a los lugareños, y siempre creían que estaba buscando el pueblo que había sido convertido en museo. Estaba de muy mal humor cuando por fin llegué a una pequeña aglomeración de chozas de techo redondo. Recuero haber pensado, más les vale que esto sea grave. Cuando les vi las caras, lamente haber deseado eso. Había siete, todos acostados en esterillas y casi inconscientes. Los aldeanos los habían llevado al recién construido salón comunal. Las paredes y el piso eran de cemento, aún sin baldosa ni pintura. El aire era frío y húmedo. Con razón están tan enfermos, pensé. Les pregunté a los aldeanos quién había estado cuidando a esa gente. Dijeron que nadie, que no era “seguro.” Noté que la puerta había sido asegurada desde el exterior. Era obvio que la gente estaba aterrorizada. Hacían muecas de espanto y susurraban entre ellos; algunos mantenían su distancia y rezaban. Su comportamiento me hizo enojar, no por nada Traducción: m_earendil

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