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BANDERA

>>> Revista 8 junio 12 de 2003

DIRECTOR GERENTE CONCEPTO GRÁFICO DISEÑO GRÁFICO ASISTENTE EDITORIAL

Carlos Salas Juan Manuel Salas Hernán Sansone Laura Díaz Paola Herrera

CORRECCIÓN

Nicolás Polanía

TRADUCCIÓN

Grace Nuñez

COLABORADORES

FOTOGRAFÍA

Pedro Juan Jaramillo Jacques Mosseri Orlando Beltrán José Fernando Isaza Iván Cortés Carlos Duque Lorenzo Castro Christian Schrader Carlos Duque Dicken Castro Alberto Saldarriaga Germán Téllez Fabián Alzate Lorenzo Castro Álvaro González Canal

COMERCIAL

Ana Milena Peña

PREPRENSA

Fotograbado Cárdenas

IMPRESIÓN

Grupo OP Gráficas S.A.

GALERÍA MUNDO

Carrera 5 No. 26A - 19 Tel. (571) 232 2408 - 232 2467 Torres del Parque Bogotá / Colombia ISSN 757 1657-8546 Hecho en Colombia

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Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio gráfico, mecánico o electrónico, conocido o por conocer, sin autorización previa y escrita de PROYECTO ARTÍSTICO MUNDO S.A.

SUMARIO

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Editorial 9

por Carlos Salas

Quiero contarles mi origen 12 charla con Dicken Castro

El valor de lo cotidiano 16 por Pedro Juan Jaramillo

Una visión diferente 22 por Jacques Mosseri

Fragmento arquitectónico 26 charla con Dicken Castro

CARLOS DUQUE Este reconocido fotógrafo se desenvuelve con éxito en el campo de la comunicación. Sus fotografías han sido objeto de numerosas exposiciones y aparecen con frecuencia en varios medios impresos. Su libro Retratos y Miradas enriquece el panorama visual en Colombia. En esta edición nos presenta dos singulares retratos de Dicken, uno fotográfico, el de la portada, y otro, el que esboza en su escrito.

ORLANDO BELTRÁN Orlando Beltrán es diseñador gráfico y catedrático de la Universidad Nacional. Junto con Dicken Castro ganó una de las becas de investigación de Colcultura, cuyo resultado fue una completa investigación sobre la historia del diseño gráfico en Colombia. Es además destacado y frecuente articulista de varias revistas de diseño. Con su estilo suelto nos brinda un perfil personal de su amigo Dicken Castro.

PEDRO JUAN JARAMILLO Pedro Juan es un arquitecto egresado de la Universidad Nacional y Mágister en Teoría e Historia; ha sido docente desde 1979. En la actualidad dedica su tiempo al diseño arquitectónico. Gran conocedor de la obra de Dicken Castro, mientras escribía el acertado texto que nos ofrece en este número, se animó a dibujar. Texto y dibujo se complementan y engloban una acertada idea sobre el valor de lo cotidiano.

CHRISTIAN SCHRADER A Christian, el diseño lo llevó de la mano a las agencias de publicidad que abrían sus puertas a quienes como él, inquietos del oficio de imágenes creativas, descubrían que el horizonte en Dalí, los símbolos de las catedrales góticas y los trazos conectores de Klee, son signos que podrían ser bien recibidos en los afiches publicitarios.

Vida y obra son lo mismo 32 por Orlando Beltrán

El artista 38

por José Fernando Isaza

DC 40

por Iván Cortés

La guadua, un material versátil 46 por Dicken Castro

Museo de la guadua 52 charla con Dicken Castro

El estilo es el hombre 56 por Carlos Duque

Dicken encajonado 62 por Lorenzo Castro

Marca registrada 70 por Christian Schrader

Inglés 74

(English translation of previous articles)

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JOSÉ FERNANDO ISAZA La de Isaza es una de las mentes más brillantes del país. Este ingeniero, físico y matemático es por sobre todo un pensador. Ha sido profesor universitario, ministro y presidente de Ecopetrol. Su trabajo le ha merecido numerosas distinciones honoríficas. Ha publicado varios libros y numerosos ensayos. Desde hace unos años es el presidente ejecutivo de la Compañía Colombiana Automotriz. El logo para la Fundación Mazda, realizado por Dicken, ha sido el motivo de las claras reflexiones que nos ofrece en este número.

JACQUES MOSSERI Jacques es un arquitecto con vena periodística y literaria. Ha escrito artículos para diversos medios. Durante su carrera ha recibido importantes distinciones. Su primer trabajo profesional lo hizo en el taller de Dicken y confiesa haber quedado marcado de por vida. Su artículo nos habla de esos primeros años de labor profesional en una época decisiva en la concepción y formación de la arquitectura colombiana.

IVÁN CORTÉS

LORENZO CASTRO Lorenzo, junto a su padre inició su experiencia como arquitecto. Como director del Taller del Espacio Público en Bogotá, realizó proyectos que han alterado positivamente la imagen de la capital. Alamedas, plazas y parques han enriquecido el modus vivendi del ciudadano. En un ejercicio proustiano, lleno de evocaciones nostálgicas, rearma el espacio arquitectónico en el que habitó.

Este joven diseñador industrial hace unos años se embarcó en la notable tarea de crear una revista de diseño: proyectodiseño. Esta publicación ha generado proyectos como el Premio Lápiz de Acero. Su labor ha ampliado los espacios de divulgación del diseño colombiano. Su trabajo en la revista lo llevó a conocer a D C: Dicken Castro, Diseño Colombiano.

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EDITORIAL

Armonía en la creación POR CARLOS SALAS

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l origen de las formas que ha propuesto Dicken Castro durante su larga carrera, vienen de una refinada observación hacia los objetos, las personas, la naturaleza y la vida misma.

Desde la observación, Dicken ha entendido que hombre y naturaleza son lo mismo. La geometría humana va íntimamente ligada a la de la naturaleza. El estudio profundo sobre los rodillos precolombinos con su pureza de formas, el de la guadua o el de las artes populares, nace y se nutre de su afán de observar y de su inquietud por construir una identidad cultural, tan necesaria para el crecimiento del hombre. El amplio ejercicio en el diseño que ha emprendido este artista, lo ha hecho con gran atención. No se ha perdido ni de lo pequeño, ni de lo grande; ni de la poética de la vida, ni de su parte racional. Esto le ha dado un amplio campo de acción donde ha podido moverse como pez en el agua. Este símil cobra plena validez en Dicken ya que la natación, la cual es parte importante de su vida, requiere de soltura y tranquilidad de espíritu, cualidades que lo han acompañado en su labor profesional. Dicken nos demuestra que la naturaleza es armonía, que el caos y la confusión vienen de nuestros pensamientos y nuestros hábitos. La pureza en la obra de Dicken ha añadido armonía a nuestro mundo. Sus logos se han incorporado a nuestras imágenes con facilidad, su arquitectura, como el pequeño refugio que construyó para su familia, se ha camuflado creando un bello diálogo con la naturaleza. Como Matisse haciendo la capilla de Vence, Dicken encontró un gran motivo en el signo del Congreso Eucarístico. Sin ser hombres de religión nos demostraron con sus obras que la espiritualidad puede ser llamada a través del arte, y de esa espiritualidad esta impregnada la vida y la obra de Dicken Castro.

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TROZOS AUTOBIOGRÁFICOS

Quiero contarles mi origen

N

ací en Medellín en 1922, hijo de Alfonso Castro, médico, escritor y político y de Mercedes Duque, pintora de domingo. Ella se dedicó a ayudar a mi papá en su clínica fundada en 1922. Era una arquitectura nata, dirigió la reforma de la clínica. Estaba pintada en colores verdes y blancos, casi Corbusiano por su sobriedad. Esa era la arquitectura de mi mamá y así construyó muchas otras cosas para nosotros. Yo la acompañaba siempre en estas tareas, ese es el origen de mi interés por la arquitectura. Hice primaria en el Colegio de San Ignacio de los Jesuitas. Ellos me inculcaron el temor de Dios con unos sermones aterradores del Padre Moreno, quien nos decía: “si pecáis descenderéis a los profundos infiernos donde está el fuego eterno”. En 1936 me trasladé a Bogotá donde hice el bachillerato en el Colegio oficial Camilo Torres. Estar en este colegio con gente de todas partes de Colombia me cambió la vida. Digo que me cambió la vida por una razón: me familiaricé con todos los grupos sociales del país. Gente de Bogotá, de la costa, de Antioquia, de los santanderes. También empecé a nadar y conocí toda América nadando pues estaba en el Equipo Olímpico Colombiano. Pude ir al Perú en donde tuve una de las mayores impresiones arquitectónicas: Machu Pichu. En ese momento era un estudiante, llegar a ese lugar con esas montañas abruptas es indescriptible. Siempre he pensado que, como decían los griegos: “el ombligo del mundo está en di-ferentes sitios”. Creo que hay un ombligo del mundo en Machu Pichu completamente apasionante.

Vivo enamorado de mis cinco hijos: uno es ingeniero electrónico quien, cada vez que discutíamos cosas de arte o de arquitectura en la casa, metía la cucharada; le decíamos: “usted es ingeniero electrónico, no tiene nada que ver”. Hasta que por fin dijo: “¡sí tengo que ver!”, y la verdad es que ha estado muy interesado en el arte. Se llama Jerónimo y dirige Colfuturo, una entidad que presta dinero para posgrados en el exterior. El otro, mi esposa dice que es la fuerza desatada de la naturaleza, un tipo bajito y fuerte, de gran franqueza y claridad. Cristobal ha tenido siempre una pasión: los caballos. Desde siempre quiso ser herrero y encontró en Bruselas la mejor escuela de herrería. Ha tenido una gran sensibilidad hacia las formas y mientras estudiaba su oficio de herrero entró a la escuela de arte La Cambre, fundada por Van de Velde, donde terminó escultura. Fueron 8 años de estudio. Ahora vive en Okala, Florida. Se ha desempeñado con mucho éxito en ambas profesiones. El tercer hijo, Lorenzo, es arquitecto y nos comunicamos fácilmente. Ha sido profesor en Los Andes y en la Nacional. Durante la alcaldía de Peñalosa, dirigió el Taller de Espacio Público, diseñando alamedas y ciclorrutas, renovando plazas, como la de San Victorino que por años estuvo invadida por vendedores ambulantes. En un principio trabajó en mi oficina. Luego resolvió independizarse, hasta hoy que trabaja en proyectos urbanísticos. Con Lia tuvimos tres hijos seguidos, yo creí que me iba a quedar con los tres y de pronto se aparecieron dos más, no supe por qué. Siempre he admirado a Lia que, teniendo prácticamente trillizos, nunca se llegó a inmutar. Después viene mi hija Rosalía que es muy linda, se casó y se fue para Houston, alguien me dijo que se había apoderado de Houston. Ahora vive en Monterrey donde enseña en la Facultad de Comunicación Social. El otro se llama Don Pedro Castro y Don Pedro Castro estudió Comunicación Social, lo mismo que mi hija. Jerónimo estaba muy interesado en una escuela sobre computadoras en la India, e invitó a Pedro, quien estuvo dos años en la India, y no se murió, no sé cómo, porque la primera semana se cayó en una alcantarilla india y no se inmutó. Está ahora en Barcelona trabajando en programación de computadores.

>>> Siempre he estado enamorado de la belleza; desde muy niño me interesé por la literatura y el arte. Esto a pesar de que no conté con el privilegio de ver pintura, arquitectura ni escultura en mi niñez, ya que la excelente biblioteca de mi padre sólo contaba con dos libros ilustrados: uno de vasijas griegas y el otro sobre la actualidad parisina. Aparte de éstos no había nada más.

>>> «Definitivamente uno tiene que ser arquitecto las 24 horas del día: soñar con la arquitectura, acostarse pensando en la arquitectura y levantarse con la arquitectura».

Arquitectura

UNA APROXIMACIÓN A LA OBRA DE DICKEN CASTRO

El valor de lo cotidiano POR PEDRO JUAN JARAMILLO

>>> Lo háptico, dimensión táctil de la mirada que atrapa y acaricia es donde se inserta la arquitectura de Dicken, tamizada por la penumbra, los recodos, las texturas, el calor y el color. Dibujos realizados por Pedro Juan para ilustrar este artículo, son un complemento mágico de lectura.

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a llamada generación de los maestros en la arquitectura colombiana, corresponde a un grupo de arquitectos egresados de la Universidad Nacional, a fines de la década de 1940 la mayoría de ellos. Desarrollaron su obra en este país y, a través de ella y de la docencia, consolidaron las premisas del movimiento moderno. Este fue un pensamiento definido por una visión abstracta, universal y eminentemente funcional por los que asumieron la línea racional de la arquitectura y, más ligada a referencias concretas como el paisaje o las particularidades de un sitio, desarrollando una aproximación organicista, igualmente determinada por el orden funcionalista. En medio de esta visión del mundo estructurada por los grandes discursos en las disciplinas humanísticas y por la noción de progreso y de transformación física en el gremio de los arquitectos, se va desarrollando un modo de hacer, un modo de definir las condiciones que entran a fijar la posibilidad de la arquitectura, a partir de una mirada ajena a los discursos y discusiones abstractas y centrada en las circunstancias de los objetos que definen la condición cotidiana; aquello que se estaba perdiendo al ser dejado de lado, apartado de toda consideración por los modernos, es restituido en su dimensión real por el ojo amable y respetuoso

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de Dicken Castro, un ojo capaz de tejer aquello que, como producto del hacer del día a día, va quedando relegado al olvido, simplemente por estar ahí, por su intrascendencia; un ojo capaz de descubrir, de definir la condición vital que ello encierra decidiendo el umbral en el que la arquitectura puede tener un sentido. La arquitectura colombiana va a encontrar un espacio de reflexión muy significativo a partir de las obras y los pocos escritos de este arquitecto. El premio a su libro sobre la guadua en la Segunda Bienal de Arquitectura, abrirá un camino de indagación paralelo al seguido por proyectos como el refugio en los cerros de Suba, la casa de Ramiro Castro y la suya propia, en los cuales va a consolidar la propuesta que tanta importancia tuvo en la obra de los arquitectos que le siguieron y cuyas obras florecieron en las décadas de 1970 y 1980. Un camino siempre complementado por el registro de las cosas que integran la dimensión cotidiana que ya hemos descrito, como la vegetación: desmenuzada en cada momento por una persona hambrienta por descubrir, por develar la enorme cantidad de texturas y colores que provienen de la tierra en las diferentes instancias en que ella se va mani-

festando en los distintos entornos geográficos. Con la vegetación vienen las rocas y con ellas las aguas que definirán el paisaje de su arquitectura. Su arquitectura no es, ni pretenderá nunca ser orgánica u organicista, sus formas aluden a la arquitectura y a su tradición tectónica, pero los elementos de la naturaleza siempre estarán ahí, como un reconocimiento a ella. Las manifestaciones populares, recogidas en los lugares, las condiciones y por las gentes que las producen, sacarán a flote otros fenómenos hasta ese momento desconocidos para el ámbito académico y la sociedad establecida: la íconografía popular, con sus expresiones vivas y llenas de enigmas y de magia, como los buses de escalera, las chivas, las cerámicas o las figuras totémicas, va a ser legitimada y transcrita a través de su obra gráfica, integrándose como una manifestación más de una persona que encontró un camino distinto al que imperaba, sembrando la semilla de la tierra en la propios signos de la tierra, de la arquitectura en la propia arquitectura, del arte en sus propias raíces. Las discusiones sobre problemas compositivos quedarán relegadas a sus colaboradores próximos mientras la noción de ámbito, de estancia, se opondrá

al concepto de espacio; el patio, el zaguán y el corredor, al ‘hall’ o a los lobbies; la penumbra, su calor y su textura a la ventana corrida; las superficies ásperas y rugosas del ladrillo rústico recién sacado del horno del chircal, a los enchapes finos y señoriales, recuperando para la vida la razón de ser de la arquitectura. El pequeño refugio de Suba deja de ser un ejercicio de destreza funcionalista para convertirse en una disculpa para insertar los recién moldeados muros en las entrañas de la tierra, mientras la terraza de madera flota en medio de una vegetación nativa aún no legitimada en aquellos tiempos. El patio de la casa de Ramiro Castro se encarga simplemente de recibir al visitante: son apenas cuatro silenciosos muros de ladrillo; es uno de esos espacios de transición, ya perdidos para la arquitectura, en donde los geranios y azaleas pueden florecer nuevamente, mientras el interior de la casa, situado allá, más allá del umbral próximo, permite que el atardecer bogotano penetre suavemente a través del ventanal para aliviar el rojizo color del ladrillo con su velo ambarino. En cambio su casa, su propia casa, se convierte en un zaguán adormilado por la penumbra; hincado a un terreno de fuerte pendiente. En su recorrido recoge aquellas estancias que definen el lugar donde ha realizado su vida de familia, donde ha compartido sus alegrías y tristezas con sus amigos, ajeno a cualquier discusión esteticista, a cualquier reacción formalista, únicamente disculpando su amable observar, evocando el silencio de los muros románicos que con su ascetismo han llegado hasta nosotros a través de estas obras.

S

iguiendo con la tesis anterior y rastreando los teóricos del siglo XIX, como Wöllflin o Von Hildebrand, encontramos que la mirada que había ido encontrando Dicken Castro trascendió la extensión de lo óptico, es decir, de la mirada pasiva y lejana del observador fortuito atrapado en la perspectiva renacentista, en los puntos de fuga en que se había estancado el movimiento moderno en Colombia; para entrar en lo “háptico”, dimensión táctil de la mirada que atrapa las superficies acariciando en ellas las sinuosidades y vicisitudes que la han forjado. Está definida por los ojos, en plural, no por “el ojo” de Brunelleschi o Piero della Francesca, por los “ojos” capaces de auscultar los objetos, de tocarlos, de palpar las cualidades de las superficies que los componen, de seguir las huellas de quienes los han moldeado hasta apropiarse de ellos, haciéndolos suyos desde su mismo origen. Su arquitectura se insertó en esa dimensión táctil, tamizada por la penumbra, va encontrando los recodos que definen

la posibilidad de habitar en ella; cada momento tiene una razón de ser, abrazando, obligando a acogerse a sus materiales, a sus texturas, a su color y a su calor; invocando la compañía de los objetos que la complementan. Ella no es protagonista ni lo desea, ella solamente invita y acoge. No está determinada por esquemas jerárquicos que lleven a predeterminar el comportamiento de sus partes, ella es dócil, se ajusta a las circunstancias, no trata de imponer sus condiciones, simplemente está ahí, con la humildad de quién secunda, de quién solamente está para acompañar.

A

l tocar la tierra, sus edificios no admiten complementos como grandes plazas o terrazas o pavimentos expresados por superficies geométricas o geometrizantes que traten de dignificarlos. Los muros simplemente se posan sobre el terreno sin permitir exaltación alguna hasta que la vegetación recobre su estado original y los haga suyos. Más allá de “lo próximo”, en la arquitectura de Dicken Castro hay una serie de decisiones que, como se dijo anteriormente, no están determinadas por condiciones abstractas o funcionales o de carácter esteticista, pero han sido tomadas regularmente y son definitivas en la comprensión de su obra. Ellas tienen que ver con modos de aproximación a los volúmenes, o más bien a las masas que circundan los proyectos y cuyas superficies van a cumplir el cometido que ya se ha comentado. Se dice masa, porque la solución de continuidad existente en términos de color y la proximidad en la textura entre los muros y la cubierta, buscan una identidad, una unidad, mucho más cercana a la noción de masa que a la de simplemente un volumen. Igualmente las aperturas, las oquedades, responden más a la acción sobre una masa que a una composición de elemen-tos sobre una superficie. Masas que actúan como signos; signos relativos a las impresiones o a las cualidades sensibles, como los llamaría Guilles Deleuze, añadiendo: “la cualidad no aparece como una propiedad de los objetos que la poseen, sino como el signo de algo distinto”, un algo distinto donde podemos encontrar la esencia, el alma de las cosas. Esas impresiones registradas en la me-moria necesitan ser descifradas, develadas hasta encontrar su sentido, su razón de ser como signos. Ha sido un proceso largo de elaboración a través del tiempo. Parte de registros muy significativos en algún momento de la formación, del aprendizaje, y que se maduran hasta que logran ser transcritos, integrándose en una propuesta que tiene como fin alumbrar un camino. Son los signos del arte.

>>> «Hay momentos en que me siento totalmente realizado, en que me digo que llegué a una solución. Sin embargo, me pasa tanto en diseño gráfico como en arquitectura, al estar frente a una hoja en blanco, la veo como lo más asustador que pueda existir. Me lleva a preguntarme: «Y bien, ¿dónde está lo que se supone que sé?» Por lo general soy una persona segura, pero en esos instantes me invade una desconfianza total».

DE ADENTRO HACIA AFUERA

Una visión

diferente

POR JACQUES MOSSERI

>>> El taller de Dicken es un lugar para el aprendizaje, donde lo local y lo universal dan una visión única al

hacer arquitectónico.

E

l primer trabajo profesional que uno tiene tiende a convertirse, para bien o para mal, en algo inolvidable en la vida. Yo tuve la suerte de hacerlo en el taller de Dicken Castro y fueron cuatro años de grata experiencia y aprendizaje que marcarían mi carrera para siempre. Pero aparte de la anécdota personal y la amistad que nos ha unido desde entonces, quiero destacar en este comentario el ambiente intelectual y artístico que encontré en el taller de Dicken, que permitía un debate permanente de ideas y cuestionamientos paralelo al ejercicio diario del oficio arquitectónico. En muchas ocasiones los proyectos dieron virajes radicales en su concepción, dándole al trabajo una dinámica muy especial. Todo esto ocurría al comienzo de la década del sesenta y la arquitectura moderna Colombiana se debatía entre un racionalismo Bauhausista y Corbusiano y los inicios de la tendencia orgánica, a la cabeza de la cual nuestros ídolos eran Frank Lloyd Wright en los Estados Unidos y Alvar Aalto en Europa. Ya casi no se oían los gritos de “Abajo la Academia” que en 1949 recibieron con entusiasmo al maestro Le Corbusier en el Aeropuerto de Techo, provenientes de un selecto grupo de jóvenes entre los que se contaban Carlos Martínez, Hernando Vargas Rubiano, Fernando Martínez el “Chuli”, tal vez Guillermo Bermúdez y sin

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duda Rogelio Salmona y Germán Samper. A estos dos últimos el aliento les duró hasta el punto de terminar trabajando al pie del Maestro en el taller de la Rue de Sevres. Lo interesante del momento arquitectónico era la pasión con que se debatían temas como el famoso “menos es más” que dijera Mies Van der Rohe a lo cual Wright respondió con un contundente “menos es más cuando más es una hartera”, que en inglés inclusive rima: “less is more when more is a bore”. Las biblias del momento eran Saber ver la Arquitectura de Bruno Zevi, recién aparecida en Buenos Aires su traducción al Español en 1958 y que concientizó a un gran público especializado acerca de una nueva manera de ver la arquitectura. Primero como una arquitectura de sitio, de lugar; luego introduciendo el concepto del espacio arquitectónico de adentro hacia fuera en amplia oposición al racionalismo y su frase famosa “la forma sigue a la función”. Curioso porque Zevi se diplomó en Harvard que en ese momento estaba dirigida por Walter Gropius, el padre de la Bauhaus migrado a los Estados Unidos como consecuencia de la guerra. La otra biblia era Espacio, Tiempo y Arquitectura de Sigfrido Giedion quien en la traducción al Español de 1955 habla del movimiento de desarrollo de la nueva tradición en arquitectura y su esfuerzo por llegar a una completa visión y com-

prensión del fenómeno con un enfoque humanístico. Y lo también curioso es que Giedion escribió este libro siendo profesor en Harvard unos cuantos años antes de que la facultad de Arquitectura estuviese en manos de Gropius. Con todo esto en la cabeza comencé a trabajar con Dicken, quien a su vez unos años antes hizo estudios de posgrado en la Escuela de Arquitectura de Oregon, Estados Unidos. Eran años decisivos en la concepción y formación de una arquitectura Colombiana. Se tomaba conciencia de nuestro entorno, nuestros climas, el paisaje y los materiales. Desde que entré en contacto con el taller de Dicken vi fotografías, dibujos y acuarelas relacionados con la Guadua, un material que formaba parte de la cultura de su lugar de origen. Unos años más tarde, en 1966, se publicó su primer libro sobre este tema. En esos años diseñó y construyó su casa en Suba; este hecho formó parte de todo un movimiento a favor del uso del ladrillo y la madera en la creación de espacios de una riqueza y calidez que no tenían las construcciones funcionales y racionalistas de los cincuenta. Asimismo tuve la oportunidad de colaborar en proyectos complejos y de gran envergadura como la Plaza de mercado de Paloquemao y simultáneamente en proyectos de muy pequeña escala como el refugio de Suba, en el cual en muy pocos metros cuadrados se resolvió un programa familiar y cotidiano. Aprendí que un arquitecto no se podía limitar a manejar una técnica y unos materiales. Había una visión más universal y al mismo tiempo local de concebir la profesión. La creatividad no tiene límites estrictos. Dicken Castro ha sido capaz de manejar el diseño arquitectónico desde lo más general hasta lo más particular, incluyendo muebles y accesorios, la fotografía, el diseño gráfico y publicitario, la docencia en diversos aspectos de la arquitectura y la edición de libros sobre temas relacionados con sus permanentes inquietudes. Y un aspecto adicional pero no menos importante: Dicken sabe que viajar también es una enseñanza y más para un arquitecto en formación. Con él pude conocer la zona cafetera de Colombia y aprecié toda la riqueza del paisaje y de las construcciones populares, lo cual me permitió posteriormente seguir viajando por el país y por el mundo con una visión diferente. 21

UN PROYECTO APARENTEMENTE MÍNIMO

Un refugio de sueños >>> Dicken describe su proyecto preferido: una casita, un refugio de sueños para sus niños, un ojo arquitectónico abierto al

paisaje.

E

ramos una pareja joven con tres hijos nacidos en los tres primeros años de nuestro matrimonio. Ambicionábamos disfrutar de un pequeño terreno en las cercanías de Suba. Nuestras capacidades económicas no nos permitían pensar en un extenso programa arquitectónico. Fue así como nació la casita: un espacio cubierto de 4x4 metros. Fue un refugio de sueños para los niños y para mi una segunda tesis después de diez años de haberme graduado. Abierta al inmenso paisaje de la sabana hasta llegar a su término con las cumbres nevadas del Ruiz y Santa Isabel, tanto que cuando me preguntaban hasta dónde llegaba nuestra finca, contestaba que el límite eran los nevados. Utilicé para construir el muro en forma de U el ladrillo de chircal, con la perfección individual de cada pieza y la imperfección serial que me obligaba, si quería tener el ladrillo a la vista por dentro y por fuera, a dejar las irregularidades en la cara exterior produciéndose una textura de gran belleza. Al frente construí una terraza que flotaba en la naturaleza del rededor, como los niños eran muy chiquitos rodeé el espacio de esta terraza con una chambrana de macana como se ven en las casas campesinas. En ese momento estaba construyendo la Corchera Colombiana y las máquinas venían en

cajas de pino canadiense que sirvieron para los pisos, el cielo raso y los muebles que fueron fundamento para organizar el espacio: cuatro camas camarote constituían la sala, bajando las camas superiores que servían como espaldar o al mantenerlas en su posición, colocando cobijas, se creaban cavernas misteriosas o habitáculos inexpugnables, para que nuestros hijos usaran su imaginación. Al fondo y en la mitad tenía una chimenea que daba calor al ambiente, fuego de la cocina y confrontaba con su llama a nuestros sueños. Los mostradores de acero servían ya para tocador o como mesón para elaborar la comida. Cada centímetro cuadrado era utilizado con funciones múltiples: los postigos exteriores se bajaban y servían como mesas, tres puertas plegables daban seguridad en la noche y protección para los niños, o se doblaban a un lado para tener el ojo arquitectónico completamente abierto al paisaje de La Sabana y seguir la actividad del camino de El Rincón: bicicletas, campesinos que llevaban sus productos a Suba, zorras, etc. Me he extendido en este proyecto aparentemente mínimo y sin importancia por dos razones: la una es que creo que el tamaño en arquitectura no cuenta para su calidad y la otra es que presiento que allí hay una idea para las viviendas de interés social.

DICKEN EN CHARLAS CON ESTUDIANTES

Fragmento arquitectónico >>> “En mis trabajos de arquitectura el material ha sido importante. Por ejemplo el ladrillo viene de recuerdos infantiles como el de la impresión que me causaba ir a misa a la Catedral de Villa Nueva en Medellín, una obra estilo románico. Me sentaba en un confesionario a contemplar este impresionante espacio íntegramente hecho en ladrillo. Además visitaba los barrios de los alrededores de Medellín hechos en ladrillo a la vista, tal vez no por razones estéticas sino económicas. Ya como profesional uní estos recuerdos infantiles con la obra de Aalto en un largo recorrido geográfico y

sentimental .

En 1942 ingresé a la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional. La Facultad se había fundado seis años atrás y teníamos la suerte de gozar de las enseñanzas de importantes profesores inmigrantes, especialmente de Europa, que habían llegado o huyendo de persecuciones raciales y religiosas o buscando algo mejor. Un Violi, un Rother o un Santiago de la Mora, nos enseñaban con profundo conocimiento y una mística total por la arquitectura. Predicaban los principios de Le Corbusier y a quien se atreviera a pronunciar el nombre de Wright o propusiera un techo inclinado, lo mandaban a los profundos infiernos como los descritos por el Padre Moreno de mi niñez. Mientras estudiaba arquitectura entré a la carrera de Antropología Social. Esto me llevó a interesarme muy seriamente por los precolombinos lo cual me ha servido en mi actividad de diseñador gráfico. La arqueología me brindó una visión muy amplia, más amplia que la que uno tiene como arquitecto, y me llevó a tener un pensamiento muy universal sobre lo que era Colombia. A la segunda generación de la facultad de Arquitectura de la Nacional nos tocó una gran etapa. En ese momento existían tres figuras: Frank Lloyd Wright, Mies van del Rohe y Le Corbusier. Ahora ustedes tienen a los Gehrys, a los Koolhaas y no sé a cuántos más. Cuando me gradué entré como arquitecto asociado a la oficina de Manuel Samper y tuve la oportunidad de intervenir en obras de gran alcance como las residencias Ospina en la calle 26 con carrera 10, lo cual me llevó a la práctica muy rápidamente. Mi primer proyecto, un edificio situado en la esquina sureste de San Victorino, seguía la influencia de Mies Van Der Rohe a quien conocí después en una de sus clases, como todas las de él, completamente sui generis. Me hizo sentar en un banquillo y, separados por una mesa de dibujo, comenzó preguntándome por Colombia. Empecé a enseñar en la Nacional y en los Andes por pedido de Álvaro Ortega quien venía de Harvard. Álvaro había hecho un posgrado en arquitectura con Walter Gropius y estaba muy informado sobre las tendencias preconizadas por La Bauhaus, las cuales concretó en el primer curso de Diseño Básico dictado en Colombia. Allí conoció a Joseph Albers, profesor en los primeros años de La Bauhaus, quien en ese momento enseñaba en la Escuela de Diseño de North Carolina y se debía retirar por haber cumplido sesenta años. Álvaro se enteró de esta circunstancia y le propuso a Albers que viniera a enseñar en los Andes. Cuando informó a las directivas de esta espléndida oportunidad hubo una respuesta negativa por la avanzada edad de Albers. La Universidad de Yale lo recibió como profesor. Es considerado el más importante teórico del color de los últimos tiempos. Más tarde

>>> “No dejen entrometer a nadie en un proyecto del que estén seguros, y que otros aspiren a modificarlo. Sean firmes y aunque la obra resulte mala, es obra suya, y uno puede y debe responder por ella”.

él, a través de sus enseñanzas, propició el OP Art y otras tendencias del arte. ¡De lo que nos perdimos! En 1952 gané una beca para la Universidad de Oregon. Ahí, como profesor adjunto, pude conocer cómo las universidades norteamericanas contaban con muchas ventajas y pocas desventajas. Descubrí la arquitectura de Pietro Belluschi: humildes capillas hechas en madera de forma tradicional. La beca me dio la oportunidad de trabajar en Seattle y New York en oficinas de arquitectura dedicadas a proyectos de complejos educativos, hospitales y cárceles en Estados Unidos, Asia y África. Mientras trabajé en New York iba en vacaciones a Boston, Filadelfia y especialmente a Chicago donde, como en un museo, se puede apreciar el desarrollo de la arquitectura moderna desde sus inicios, con obras como las de Sullivan o las insuperables “Prairie houses” de Wright, hasta llegar a la mejor obra de Mies representada en edificios de apartamentos y en el rigor del campus de la Universidad de Illinois. De los gringos aprendí a expresar mis ideas arquitectónicas de manera cuidadosa, ordenada y fácil de interpretar, tanto para la persona que va a construir como para el cliente.

A mi regreso de EE.UU. me asocié con Hans Drews y con Arturo Robledo, ambos de una gran inteligencia y capacidades arquitectónicas. Con ellos fundamos R.D.C. Manteníamos largas conversaciones sobre arquitectura y sobre la belleza del ladrillo bogotano, particularmente el del chircal, hecho a mano. Ya en ese tiempo se había construido el barrio estilo inglés de La Merced, con preciosas fachadas de ladrillo a la vista. En 1995 un arquitecto colombiano que vivía en Venezuela contrató a R.D.C. una casa para sus padres en Bogotá. Una bella oportunidad para reafirmarnos en el uso del ladrillo a la vista en amplias superficies con uniones al haz que enfatizan la solidez de la pared. Esta obra nos hizo ver la bondad del material. Otro proyecto que diseñamos en R.D.C. fue un refugio para niños y una sala múltiple con un vocabulario miseano: estructura de acero y ladrillo a la vista. Proyecté unas puertas que se abrían verticalmente utilizando contrapesos a la manera de las ventanas de guillotina usadas en Medellín en los años treinta. Enamorados de las posibilidades expresivas del ladrillo, hicimos un muro que era un juego de entrantes y salientes como homenaje a la obra de Albers.

En 1958 se me presentó la oportunidad de hacer un posgrado en vivienda de interés social en el Baucentrum de Rotterdam. La beca fue maravillosa para los diez becarios que llegamos de todas partes del mundo. Me asocié con un par de mexicanos jóvenes. Preguntaban: “Bueno ¿ustedes qué quieren hacer este fin de semana?, ¿a quién quieren conocer?” “A Rietveld”. Entonces íbamos a tomar té a la casa de la señora Schroeder y conversábamos con Rietveld de tu a tu. Así mismo ocurrió con muchos arquitectos y artistas como el director del Museo Nacional de Amsterdam: Willem Sanberg, un diseñador gráfico extraordinario. Todo era Rietveld para mi: su sencillez, la manera tan pura de diseñar muebles, su estricta arquitectura relajada en la casa Schoroeder, que después de más de setenta años permanece completamente contemporánea. Un golpe de suerte me dio la oportunidad de estar un año más recorriendo Europa. Estuve en Finlandia, Suecia y Dinamarca viendo las obras de Alvar Aalto, Scharoun, Asplund y todos los monstruos de la arquitectura de ese momento. En 1960 regresé con diez dólares en el bolsillo y sin trabajo. Pero la suerte que siempre me ha acompañado, me dio una oportunidad: Rubén Vallejo, compañero de universidad, me llamó a preguntarme si estaba interesado en proyectar una gran plaza de mercado y una central de buses para Bogotá. Las plazas de mercado tradicionales están desapareciendo. Ellas son el mejor laboratorio de convivencia y comunicación. Con mis conocimientos de antropología social y con tan espléndido encargo me dediqué a estudiar antecedentes de esta institución, visité plazas en Colombia y en el exterior, hablé con vianderas, transportadores y dueños de tiendas. La plaza de mercado de Paloquemao se proyectó con una espléndida estructura de concreto plegada. Me volví experto en plazas de mercado llegando a proyectar y construir cinco en diferentes localidades de Bogotá. He practicado la arquitectura y el diseño gráfico con la vehemencia y la dedicación de un monje.

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>>> «Una de mis preocupaciones en el diseño gráfico es la universalización. Lograr un diseño con identidad nacional, enfrentados como estamos a la “aldea global”, es muy dificil. Empero, pienso que sólo buscando nuestras raíces seremos capaces de mostrar algo sobresaliente en el gran océano de la comunicación actual. El mundo entero tiene que buscar referentes cotidianos para vencer la universalidad y la sosera que ella produce sin caer en un folclorismo cursi».

Diseño Gráfico

>>> La mirada de Dicken es la de un humanista que ha sabido definir su interés vital. Un paisaje, un trompo, el vacío a los ojos de este diseñador son espacio, metáfora o trazo libre. El presente escrito está ilustrado con todas las páginas del bello libro que Orlando Beltrán dedicó a los principales logos

diseñados por Dicken.

UN ESPÍRITU ANIMADO

Vida y obra son lo mismo POR ORLANDO BELTRÁN

P

ara el país urbano que leía la literatura de los nadaistas, oía la música de Los Speakers y Los Flippers en la emisora Estudio 15, veía las películas de la nueva ola francesa y el neorrealismo italiano, y en los tempranos años sesentas dejaba de lado las aventuras de Kalimán y La hora Phillips, el término diseño gráfico era algo vecino y pariente de la publicidad, arte menor enseñado a la sombra de las facultades de arquitectura y bellas artes en las universidades nacionales. 32

Dos imágenes perdurables, que ya hacen parte de nuestro patrimonio visual, pusieron en la calle su quehacer: los símbolos para la Caja Colombiana de Subsidio Familiar –Colsubsidio– y el del XXXIX Congreso Eucarístico Internacional, al que asistió el Papa Pablo VI. Detrás de éstos íconos estaba su creador: Dicken Castro. La idea del historiador Enrique Krauze según la cual la historia de la revolución mexicana, es la vida de las personas que la hicieron, en el caso del diseño

gráfico en Colombia cobra total vigencia, pues la vida del Maestro Dicken Castro, su obra y sus intereses intelectuales son el molde donde se han forjado los profesionales y la profesión, aclaración que permite entender su acción en la docencia y el oficio. La herencia académica databa de la Bauhaus alemana, que de 1919 a 1933 delineó los contenidos, teorizó y conceptualizó sobre la forma bidimensional y tridimensional, y la manera de enseñar a pensarla. Posteriormente, en los años cincuenta la escuela

suiza tiñó de frialdad y cierto minimalismo las soluciones gráficas. El legado comercial, venía de Paul Rand, Alexei Brodovitch y de los primeros estudios que se instalaban en Londres y New York: Pentagram y Pushpin. No fue fácil explicar en los planes de estudio colombianos los alcances de los programas de diseño, y deslindar su ocupación específica, pero sin duda, junto a los diseñadores Marta Granados y David Consuegra, se conformó un anclaje sustancial: la 33

identidad, que hoy muchos buscan afanosamente y que desde hace cuarenta años, con verdadero título de anticipación, ellos involucraron en sus realizaciones. Si el trabajo comercial crea servidumbres en todo el mundo en razón de sus requerimientos, y las imágenes tienden a parecerse, en el ámbito de la cultura lo particular adquiere relevancia y es la diferencia que permite ser universal. Allí se creó la magia local. En 1973, Dicken Castro presenta en la Bienal de Artes Gráficas del Museo La Tertulia en Cali, su serie de 34

estampillas sobre improntas precolombinas. En 1976 muestra en el Centro Colombo-Americano de Bogotá la exposición Sellos y Rodillos Precolombinos, acompañándolos de sus improntas en reproducciones de gran formato. Para el Salón Op de 1983, exhibe en el Museo de Arte Moderno de Bogotá 16 piezas que evocan y reinterpretan los coloridos decorados de los buses de escalera. Durante el segundo semestre de 1970 expuso en la biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, el Museo de Zea de Medellín y en La Tertulia

de Cali versiones tridimensionales de los símbolos y logotipos creados por su oficina de diseño. Los caminos estaban signados; la investigación, el trabajo y el asombro siguen nutriendo las generaciones de profesionales educados con su acompañamiento en la Escuela de la Universidad Nacional, alimentando el patrimonio visual de los colombianos, formando en ellos una manera de crear. Su espíritu sigue animando, como desde el comienzo, el universo gráfico. Es tan vigente hoy para los que piensan en la web, como para

los que se asombraban con la velocidad con que un buen cajista levantaba renglones. Antes que inventaran lo holístico, lo transversal, lo étnico, su mirada de humanista ya había definido los intereses vitales. Tal vez un paisaje sea elaborado después como el espacio blanco de una página. Un trompo como la metáfora de la forma y el movimiento. El vacío en la contundencia de un trazo libre. Vida y obra son lo mismo: inocentes, fuertes, creativas, afectuosas. 35

LA VALORACIÓN DE LOS OFICIOS

El artista POR JOSÉ FERNANDO ISAZA

>>> La complejidad de la realidad puede ser trascendida por el hacer del artista. Isaza nos lo muestra a través de un excelente ejemplo: el logo para la Fundación Mazda, el cual es toda una obra maestra.

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uando la aparente sencillez de un símbolo logra captar, gracias al trabajo del artista, la complejidad de la realidad que esta representa, el símbolo puede trascenderla en el tiempo. Han pasado milenios desde la desaparición de las religiones egipcias y aún hoy se mercadea como un objeto popular la cruz de la vida, y su contemplación evoca el delta del Nilo y la civilización que creó las pirámides. Es difícil no ver al dios Zeus cuando se mira un ícono en forma de punta alargada de lanza con bordes en forma de rectas quebradas. Varias décadas han pasado del movimiento pacifista que se opuso a la guerra de Vietnam. Para muchos jóvenes es posible que el origen, desarrollo y fin de esta guerra, les diga poco, pero casi todos reconocen el significado del círculo con la Y invertida y la bisectriz del ángulo. Estas reflexiones surgen cuando se miran los símbolos creados por el maestro Dicken Castro, algunas de las organizaciones allí representadas se han transformado en otras, la evolución económica o social ha conducido a su desaparición, pero el símbolo permanece y su mirada las evoca como si tuvieran la misma vitalidad de cuando se creó el símbolo. La labor del artista le otorgó una patente de permanencia en el tiempo. En esta forma la aisló de la realidad que crea y destruye religiones, iglesias y organizaciones. Parodiando el verso “Y el día está lejano”, es posible que la Fundación Mazda para el Arte y la Ciencia, se transforme o se difumine, pero el símbolo que la ca-racteriza, creado por el maestro Castro perdurará. En un diseño, un poco más complejo que las tradicionales obras del artista, en el símbolo se percibe la expansión del cosmos y el colapso gravitacional. Las letras góticas simbolizan el quehacer de muchos cosmólogos en la búsqueda de integrar la creación con el creador y la geometría –G,R,D- el

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orden de las letras o mejor el desorden aleatorio, puede intrigar al observador que aún desconociendo como se logró, con un simple test estadístico -el Chi cua-drado-, encontrará que cada una de las letras tiene igual probabilidad de aparecer. Asumiendo el riesgo de penetrar en su vida privada hay un acontecimiento que muestra que el artista es a la vez un hombre admirable. Su hijo Cristóbal, quiso ser herrero, el noble oficio de Hefestos, el esposo de Afrodita. Esta labor, como todas las bien desempeñadas, es un arte al combinar el yunque, el fuego con la forja. El padre de Cristóbal, lo estimula pero le dice que si va a ser herrero, tiene que aprender bien el oficio para poder realizarlo como un arte. Estudia en Bélgica, la tradición de los caballos percherones está bien asentada allí. Al cabo de unos años en una galería de Bogotá se expone la obra escultórica del joven Cristóbal. El hierro, la forja, el campo, y una que otra influencia de Ramírez Villamizar, convierten la herrería en escultura. Algunos de ellos eran de gran originalidad, recuerdo una obra viviente allí exhibida: un pastizal que requiere agua y cuidado diario. Creo que Cristóbal continúa en la herrería y en el arte. La ejemplar actitud del profesor Castro sobre la valoración de los oficios –tan necesaria hoy en nuestro país– tiene más impacto que largos y tediosos tratados sobre creación de valores.

DC C

onocí a Dicken Castro en el año 1996 cuando de la revista proyectodiseño apenas acababa de circular su primer número. Queríamos publicar una reseña sobre su trabajo profesional, era algo corto, definitivamente no era una entrevista. Me preocupaba de alguna manera cuál sería su reacción al saber el poco espacio que íbamos a destinarle en la publicación. Ya en una ocasión anterior alguna «gran figura» del diseño colombiano no había aceptado concedernos una entrevista, porque el tamaño de la nota no era proporcional a su trabajo. Reacción que me sorprendió en un país donde se publica muy poco sobre diseño. Encontrar la dirección de la casa de Dicken fue difícil. Está ubicada en las lomas que rodean el viejo camino a Suba en Bogotá. Después de confirmar telefónicamente las indicaciones para llegar, divisamos unos metros adelante un gran portón de madera abierto al lado de ese camino deteriorado y olvidado. Sentía que nos estábamos adentrando en las entrañas

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mismas de la historia del diseño colombiano. Al lado del portón había un pequeño aviso con el logotipo de Dicken Castro. Una «D» enfrentada a una «C» de color rojo, ambas letras dispuestas en forma simétrica y antagónica como dos bumeranes. Un estilo de diseño minimalista pero contundente como el que caracteriza toda su obra. Dicken nos recibió en su oficina. Lo primero que me llamó la atención fue la cantidad de libros cuidadosamente organizados en el piso en pequeños grupos, esperando tal vez su revisión y ubicación en los estantes de la biblioteca o en cualquier otra parte de la casa. El único espacio donde no hay libros en la casa de Dicken, es en las paredes exteriores. Me sorprendió la sencillez y cortesía que irradiaba Dicken, una persona de más de 70 años, con una vitalidad envidiable a esa edad, fruto de su disciplina, su personalidad tranquila, su humor y su dedicación diaria a la natación. Por más de tres horas viajamos por su vida. Hacer una entrevista es como ver una película,

POR IVÁN CORTÉS

>>> Un pequeño aviso a la entrada de la casa de Dicken: DC, llevó a Iván Cortés a adentrarse en la historia del diseño colombiano.

se envuelve uno en la historia y en muchos momentos quisiera estar protagonizándola. Durante la entrevista no faltaron el café ni el postre de helado, los cuales son la debilidad de Dicken. Al final de nuestra visita nos presentó a Lia, su esposa. Con el tiempo comprobé que ella es su admiradora número uno e inspiradora de sus grandes proyectos. Me atrevería a decir que hay pocas personas que estén tan enteradas del diseño y el arte en Colombia como ella. A tal punto que en su diálogo se descubre que la historia oficial de las anécdotas de la vida de Dicken le corresponden a ella más que a él. Finalmente, Dicken nunca nos preguntó cuál era la extensión de la nota. Siempre que ve su obra publicada y expuesta, o descubre su fotografía en las páginas sociales de los diarios y revistas, sólo exclama un ¡qué maravilla! con la autenticidad de un niño cuando le regalan un juguete. No sé de diseñador más conocido, respetado y sobre todo querido en Colombia como Dicken Castro, y lo tiene bien merecido. Hay muchos y

muy buenos diseñadores colombianos pero no todos con «juventud» en su actitud y franqueza en los comentarios. Dicken nunca se pone con rodeos. En varias ocasiones, en debates académicos he escuchado cómo le hacen preguntas «seudo intelectuales» de diseño para «estar al nivel del maestro» a los que el responde con un cortés pero sincero «no le entiendo». El año pasado cuando Dicken cumplió 80 años, quisimos hacerle un nuevo homenaje en la revista. Recordé la experiencia de nuestro primer diálogo con él años atrás. Cuando estábamos definiendo el enfoque que le daríamos a la misma, sonreí y me dije: «si algo caracteriza y le da valor a Dicken como persona es que sus palabras son inversamente proporcionales a la extensión de su trabajo». Decidimos entonces hacerle preguntas cortas y directas. Después de leer las respuestas recordé el aviso en la entrada de su casa: fue cuando comprendí que no era una coincidencia que las iniciales de su nombre, la «D» y la «C», correspondieran a las de «Diseño Colombiano». 39

¿Cuál es la principal característica de su personalidad? Autenticidad. ¿Cuál es su mejor diseño? En diseño gráfico, el símbolo del Congreso Eucarístico Internacional. En arquitectura, El Refugio 4x4 en Suba. ¿Cuál es su color favorito? El violeta. ¿De qué obra gráfica le hubiera gustado ser autor? I Love N.Y. de Milton Glaser. ¿De qué obra arquitectónica le hubiera gustado ser autor? La Catedral de Villa Nueva en Medellín. ¿Qué diseñador colombiano cree usted que merece mayor reconocimiento? Sergio Trujillo M., quien “con las uñas” hizo un diseño gráfico universal. ¿Qué diseño es insuperable? La naranja y la bicicleta. ¿Qué colecciona? Sellos y rodillos precolombinos. Algo hermoso. Los libros. ¿Qué proyecto le falta por hacer? Centro Hidroterápico de Paipa; hice el hotel y se quedó el spa entre el tintero. ¿Cuál es su pintor favorito? Son tres: Bruegel (el viejo) por su espiritualidad, Picasso por su creatividad, Appel por su pureza. ¿Cuál es su música favorita? El bolero, Vivaldi y Bach. ¿Cuál es el objeto de su infancia que quisiera recuperar? Hace tanto tiempo que pasó mi infancia, que ya se me olvidó. Tres adjetivos para el diseño gráfico colombiano actual... Bueno, Bonito, Barato.  

Preguntas de proyectodiseño a Dicken Castro en sus ochenta años.

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>>> Bambusa guadua Humboldt y Bonpland Guadua angustifolia Kunth Deacuerdo con la reclasificación hecha por F.A. McClure Gramineae bambusoideae Smithsonian Institution PressWash. Estas denominaciones se emplean para designar bambúes del tipo gigante, ya que a los más delgados se les llama simplemente bambú. Se le llama también “yaripa” en la Amazonia, “guafas” en Venezuela, “caña guadua” en Ecuador, en el Perú “caña de Guayaquil” o “paca”, en Argentina “tacuara”, en Brasil “tabocas”.

La guadua

UN VERDADERO MILAGRO DE LA NATURALEZA

La guadua un material versátil POR DICKEN CASTRO

>>> La guadua forma parte del paisaje colombiano. Su uso perdura hasta nuestros días, aunque vemos con tristeza cómo las extrañas y exóticas construcciones hechas en guadua van siendo reemplazadas por otros materiales.

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otros materiales, y cómo estas ciudades y poblados van perdiendo su homogeneidad y agradable apariencia, para convertirse en agrupaciones heterogéneas sin carácter particular. Quiero analizar las ventajas y desventajas que para soluciones arquitectónicas, urbanísticas y de construcción, ofrece el uso de la guadua y hacer ver cómo sin ninguna ayuda técnica, un grupo de población ha sabido resolver acertadamente muchos de sus problemas. No pretendo hacer un tratado botánico de la guadua, ni tampoco considerarlo como panacea para subsanar la escasez de vivienda en el país, busco estimular el estudio de un material con todas sus implicaciones y ventajas socioeconómicas, urbanísticas, estéticas y arquitectónicas.

H

M

i primer interés por la guadua fue pictórico. Estas construcciones eran un buen tema para pinturas y dibujos por su aspecto geométrico y estructurado; por la forma en que las viviendas blancas con sus toques de colores primarios, surgían de una vegetación exuberante. Luego comenzaron a interesarme las soluciones constructivas, arquitectónicas y urbanísticas implicadas en estas viviendas. Más tarde pude confrontar las soluciones que había visto en Caldas, con las más modernas ideas al respecto y cómo coincidían en muchos aspectos: la intención de tener unos densos núcleos urbanos, la de dar a la calle otras funciones distintas a las de simple espacio de circulación, la de construir en una forma más móvil, más flexible, más económica, más de acuerdo con nuestro mundo en evolución. Tuve tal vez a mi favor el no haber nacido en el Quindío para poder mirar las construcciones de guadua como algo extraño y exótico, las cuales para los habitantes del Quindío hacen parte de su paisaje cotidiano, y no merecen ninguna consideración. Veo con tristeza cómo las construcciones y conglomerados hechos en guadua van dejando paso a

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ace cien años, bajo poderosas presiones políticas y económicas, grupos de población emigraron al departamento de Caldas, con la esperanza de encontrar un clima político más libre y oportunidad de tierras inexploradas. Eran inmigrantes antioqueños que se enfrentaban a circunstancias desconocidas y adversas de clima, vegetación, terreno, y haciendo uso de los materiales existentes, y en especial la guadua, desarrollaron métodos originales de construcción que subsisten hasta nuestros días. Así puede verse cómo esta nueva población, tratando de resolver por sí misma serios problemas de habitación, llegó a soluciones notables. Establecieron bases ampliamente aprovechables, que no alcanzan a ser apreciadas, pues sus cualidades están escondidas dentro de situaciones extremas de insalubridad y desagradable apariencia de descuido y mal mantenimiento. El empleo de la guadua perdura hasta nuestros días, a pesar de estar siendo reemplazado por otros materiales más duraderos y costosos, de difícil amortización y que, por su duración, contribuyen a estratificar condiciones incómodas e inconvenientes. Para las diversas conformaciones de una misma familia, y aun para el desarrollo de la ciudad, no permiten una sana fluctuación que atienda a los rápidos cambios urbanos, sociales y familiares. Antes, en la totalidad de las poblaciones se utilizaba la guadua como elemento principal de las construcciones, ahora su uso se ha marginado empleándose solo como solución temporal y sin apreciar adecuadamente ese material. Colombia es un país que se encuentra en un rápido proceso de industrialización y desarrollo, con todas las ventajas e inconvenientes que esto implica, especialmente en lo que respecta a la conformación y crecimiento de las agrupaciones urbanas. Hasta hace poco el país dependía de los pobres medios que le daban algunos ríos navegables y la tortuosa red de carreteras y ferrocarriles para comunicar entre sí los centros más poblados cuya ubicación, la mayor parte de las veces, se encontraba en las vertientes, lo que hacía más difícil su comunicación

por tener que atravesar zonas escarpadas. Con el advenimiento de la aviación y el mejoramiento en todo sentido de los medios de comunicación, las principales ciudades se pusieron en contacto entre sí y a su vez el país con el resto del mundo. Nuestras ciudades crecen rápida y desmedidamente por el acceso de población rural que viene en busca de trabajo en las industrias, o de la seguridad perdida en los campos por amargas luchas políticas. La población rural, carente de medios económicos, se acumula en las ciudades en forma indiscriminada, dando origen a los tugurios. En la actualidad las instituciones colombianas dedicadas a resolver el problema de vivienda, lo hacen con materiales costosos y de larga duración, cuyo valor incide necesariamente en el alto costo total. Tienen que proporcionarse largos periodos para el pago de las cuotas y, cuando la persona interesada llega a ser dueña de la casa, ésta resulta inadecuada y satisface mal las necesidades del dueño y su familia. La situación familiar es por demás cambiante; en pocos años una familia de cinco o seis miembros se reduce a los cónyuges, pues los hijos se casan o buscan oportunidades de estudio o de trabajo en otros centros. La vivienda, en este caso, si no es lo su-ficientemente flexible, se convierte en una carga. Se ha observado el fenómeno de que las viviendas de interés social hechas para un determinado grupo económico varían rápidamente de dueño, ya porque los primeros no pudieron atender a las obligaciones implicadas, o porque tienen ocasión de hacer un buen negocio, adquiriendo algo mejor, especulando 48

así con los dineros de la institución interesada en resolver los problemas de vivienda. Las formas de vivir se modifican rápidamente con los adelantos técnicos y a su vez los espacios en donde se realizan deben cambiar, por lo cual se requieren espacios más flexibles, logrados con elementos más ligeros, fácilmente manejables y desmontables. Las construcciones de guadua de una duración aproximada de cuarenta años, corresponden al ciclo del desarrollo de una familia, iniciándose con la pareja de recién casados, luego unos cuantos hijos y unos años más tarde se vuelve a la situación inicial. Los precios de las construcciones de guadua están de acuerdo con las capacidades adquisitivas, muy limitadas, de los habitantes. Su construcción es rápida y pueden hacerse modificaciones posteriores sin mucha dificultad de tiempo, costo y labor. Las casas son construidas, por lo general, por los mismos habitantes o con ayuda de maestros y carpinteros, pero nunca de ingenieros, arquitectos u otros profesionales. Si se llegara a utilizar el método de autoconstrucción o ayuda mutua, no sería necesario ningún preámbulo de adiestramiento. En nuestro cambiante mundo urbano, en el cual se debe atender a modificaciones apreciables constantemente, para beneficio de la ciudad y su funcionamiento, como aperturas y ensanche de nuevas vías, las construcciones en guadua, por su precio y ligereza, permiten dar paso fácilmente a estos cambios, sin que implique grandes pérdidas.

>>> En los paseos artísticos, Dicken comenzó a investigar sobre la guadua: cómo estaban hechas las casas, por qué no se caían durante los frecuentes temblores de la UN SUEÑO FRUSTRADO

Museo de

la guadua

región; todas sus ventajas, su liviandad y flexibilidad y sus desventajas, como el gusto de los gorgojos por ella, o la capacidad de absorción de la humedad, que la pudre en pocos días. Para Dicken, la guadua es un verdadero milagro de la naturaleza.

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e convertí en una especie de sacerdote predicador sobre la guadua: Cuando viajé a Estados Unidos en 1952 y a Europa en 1958, dicté conferencias sobre el tema, escribí artículos en revistas especializadas, hice exposiciones exaltando el uso inteligente en las construcciones populares y quise integrarla con materiales contemporáneos. En 1996, con apoyo del Banco de la República, publiqué un libro resaltando la importancia de este material y haciendo una invitación para tenerlo en cuenta por sus especiales cualidades. Si de algo puedo estar orgulloso es del efecto mundial que tuvo mi invitación a apreciar la guadua como un material importante, y no como “la madera de los pobres” como se consideraba en esa época en Colombia. Quise volver su uso un hecho histórico y fui a ver al gerente de la Federación de Cafeteros, Jorge Cárdenas, para proponerle un museo de la “Cultura de la Guadua” y su respuesta fue muy categórica: “Nosotros vendemos café y no guadua”. Pensé que mi propuesta no le había interesado, pero dos años después me llamó a decirme que había un loquito con la misma idea: Diego Arango. Inmediatamente me puse en contacto con él. En mi oficina trabajamos en un programa arquitectónico para exaltar la guadua, el café y la región que los produce. Ya las directivas cafeteras locales habían escogido un lote muy apto para sembrar café, pero no para nuestro proyecto. Estuvimos recorriendo el Quindío, la región más bella de Colombia. Una de las rutas que tomamos fue la de Montenegro a Pueblo Tapao, una cuchilla en donde se divisa gran parte del Quindío. Ese era el sitio para el Par-

que del Café. Sin embargo se objetó por ser una zona muy costosa. Finalmente lo compraron. Nuestro trabajo implicaba la siembra de variedades de café y su sombrío, además de diferentes recorridos para expertos en el tema, aficionados o simplemente enamorados de la belleza de la región, que se pudieran hacer a pie o con los más distintos medios de transporte: automóvil, bicicletas, caballos, carros de tracción animal. Pretendíamos también establecer un ecosistema en donde se reprodujera fácilmente la flora y la fauna de la región. Diseñamos un buen hotel, un restaurante en donde se destacaran los diversos usos del café, un museo con las diversas épocas del beneficio del café. Además, con Jimena Londoño, la más experta en guadua, planeamos un guaduario. En la zona más baja nos proponíamos construir un beneficiadero de café, una vivienda para el mayordomo y su familia, con las dependencias para los animales que usualmente tienen los quindianos cerca de sus casas. Ideamos un pórtico de guadua con un mirador que da al bello paisaje quindiano. Sugerimos crear torres de guadua en los principales aeropuertos del país que anunciaran el parque y que recordaran el mirador, puerta de entrada del mismo. Con una entrada independiente con conexión al resto del parque, planeamos una piscina y sus servicios, pensando en las gentes de la región que seguramente ya no estaban interesados en el café por tenerlo cerca. Las construcciones serían hechas con los materiales de la región. Los interiores estarían protegidos por amplios corredores para la contemplación y el descanso. Sencillas estructuras de madera, pocos colores para no competir con la ferocidad de la naturaleza.

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>>> Año 1948: Dicken Castro, con su recién adquirida Roley Flex, de la cual no se desprendía durante sus viajes; encuentra múltiples motivos para sus fotografías. Inicio de sus investigaciones acerca del arte popular y obras de arte en sí. Estas fotografías reaparecieron hurgando en los cajones.

Fotografía

HACIA UNA IDENTIDAD CULTURAL

El estilo es el hombre POR CARLOS DUQUE

>>> De sus largos viajes, Dicken trajo consigo un gran aprendizaje y lo ofreció en su trabajo y enseñanzas; sin embargo, su mayor aporte es el de haber ayudado a los colombianos a reconocerse a través de su identidad cultural.

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l primer contacto verdadero que tuve con el diseño gráfico sucedió en una exposición de Dicken Castro en el Museo La Tertulia de Cali en 1970, cuando apenas me iniciaba como dibujante publicitario en una agencia local. En aquel entonces el oficio de diseñador gráfico era tan exótico como el de astronauta, y ese encuentro cercano impactó mi vida de tal manera que, a partir de ese momento, decidí como uno de mis grandes sueños, trabajar y experimentar en una de las disciplinas más bellas del mundo. Esta muestra constituyó mi primera clase de diseño gráfico y el maestro era Dicken Castro, quien exhibía una serie de marcas que, hasta ese mo-mento yo ignoraba, habían sido creadas por él. Lo que más me impresionó fue encontrarme unos logotipos tridimensionales enormes, como modernas esculturas multicolores que llenaban los espacios del museo con el mismo gesto con que los íconos sagrados se apoderan de los templos. ¿Qué recóndito poder tiene el diseño de marcas que logra dejar huellas indelebles en la retina de quien lo percibe? ¿Por qué, aún si cerramos los ojos, seguimos viendo un símbolo con lujo de detalles? En esa exposición pude apreciar en toda su dimensión la magia de un oficio y el trabajo de un diseñador, cuya obra ha marcado el entorno visual de nuestro país durante los últimos cincuenta años. Con su labor profesional y académica, Dicken nos trajo los aires renovadores del constructivis-

mo ruso, padre del arte y el diseño modernos. De igual manera nos acercó a los conceptos del Bauhaus, escuela que incorporó la era industrial en el lenguaje de las artes. Sin embargo, el aspecto más importante en la vida de este compatriota ha sido el trabajo relacionado con nuestra identidad cultural, por medio del cual nos ha ayudado a reconocernos, dejándonos participar de su pasión por el arte precolombino, la guadua y las distintas expresiones del arte popular, como los diseños y pinturas que adornan las carrocerías de buses y los murales de tienda. En Dicken Castro se destacan su estilo profesional y humano, que son el mismo. Su trabajo y su vida per-sonal se conjugan perfectamente. Sobriedad, sencillez, discreción, generosidad, humildad, alegría y sabiduría son virtudes que se aplican por igual a su vida y a su obra. El rasgo limpio, nítido y honesto de sus diseños, ya sean éstos gráficos, arquitectónicos o artísticos, ha sido su constante. Como amigo, esposo, padre y maestro, repite los mismos patrones. Su dedicación a la labor académica refleja un espíritu generoso, ajeno a la mezquindad y a la prepotencia que caracteriza a la mayoría de aquellos que tienen la responsabilidad de orientar a los jóvenes desde la cátedra universitaria. Su influencia profesional sobre las últimas generaciones de diseñadores y arquitectos colombianos es innegable. Ojalá su estilo como ser humano nos haya contaminado con igual fuerza.

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MONEDAS Y ESTAMPILLAS

De mano en mano >>> Entre mis diseños existen muchos con los que gozo, como las dos monedas que he hecho; me emociona verlas pasar de mano en mano entre la gente. Sin embargo, dentro de la obra gráfica, considero el símbolo del Congreso Eucarístico mi más significativa realización. Cuando me encargaron hacerlo no sabía nada de simbología cristiana y estuve pensando durante meses; hablé con sacerdotes e historiadores, con gente experta en el tema. Pero no encontré nada que me convenciera, hasta el día en que invitamos a almorzar a nuestra casa a un sacerdote que ha tenido mucha influencia en nuestra familia. Durante la conversación hablamos sobre cómo los primitivos cristianos “llamaban a comunión» con una cesta de pescado y, de repente, yo le dije: “!ahí está!” La idea me surgió y la dibujé de inmediato. Fue muy emocionante. Así nació el símbolo del Congreso Eucarístico Mundial, que era muy importante porque el Papa Pablo VI venía por primera vez a América y no había salido

nunca del Vaticano.

Investigación

>>> Durante toda su carrera profesional Dicken ha dedicado gran parte de su tiempo a la investigación. Con gran dedicación se ha ocupado tanto del arte precolombino como del popular; las construcciones en guadua, la historia de la arquitectura y muchos más temas, queriendo enfatizar la búsqueda necesaria de una identidad cultural.

AQUELLAS PEQUEÑAS COSAS

Dicken encajonado POR LORENZO CASTRO

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>>> Lorenzo rememora su infancia unida a la casa y sus rincones, cuarenta años después regresa y emprende un bello ejercicio arqueológico. Cada objeto es un pretexto para el recuerdo, cada evocación lo devuelve a los cajones que develan el recorrido de una vida, la de su padre.

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n el Medellín de finales de los años veinte del siglo pasado, un pueblo que lentamente se convertía en ciudad, un niño que rondaba entonces los siete años, hijo menor de una familia de siete hermanos, esperaba ansioso el regalo de un amigo de su papá: revistas médicas ya leídas y releídas, venidas desde Europa y Estados Unidos, de donde extraía bellas láminas impresas, que se dedicaba a estudiar y a clasificar con la emoción profunda de alguien que descubre algo que otros no han visto. Formó con ellas una colección que, sin darse cuenta, le permite poco a poco poseer una mirada particular. Al mismo tiempo, por los corredores de la clínica de su papá, observa con cuidado las bellas formas de los instrumentos de cirugía organizados dentro de un lindo armario art nouveau. Aparece también la Catedral Metropolitana, lugar al que solía acompañar a su mamá con frecuencia y donde para él, se hacen evidentes la luz y la materia. Mercedes además siempre lo llevaba a las visitas de obra en la fría y neblinosa ladera de Santa Helena, sin siquiera sospechar que con su intuición de arquitecta, estaba marcando para siempre el rumbo que más adelante habría de seguir su hijo. Transcurren los años cuarenta cuando decide estudiar arquitectura en la Universidad Nacional de Colombia, no sin antes inscribirse en el Instituto de Antropología Social. Ahí se impartía una cátedra de arqueología, en la que él intentaba suplir su fascinación por 62

la guaquería, obsesionado por la imagen de los guaqueros a orillas de río Otún, con quienes había entrado en contacto en sus esporádicas visitas a su hermana veinte años mayor. En Bogotá entrados los años sesenta, en una ciudad fría y gris, en las colinas de Suba donde a veces sale el sol, un niño de siete años, el menor de tres hermanos que diez años más tarde serían cinco, encontraba un mundo fascinante esculcando en los cajones de los muebles de su nueva casa, y sin saberlo, poco a poco descubría y entendía la figura de su papá, revelada por cada uno de los objetos guardados en los cajones y por la vegetación nativa, también atrapada en las ventanas encajonadas que conforman los muebles. Pasados casi cuarenta años, vuelvo a realizar el mismo ejercicio de arqueología doméstica, en un intento por explicar quiénes somos y de dónde venimos. Entrar en la casa es redescubrir los rasgos de la luz y el material presentes en la Basílica Metropolitana de Medellín. En un rincón del comedor encuentro el armario en donde se guardaba el instrumental de cirugía del abuelo, ahora reemplazado por piezas de cerámica precolombinas cuidadosamente seleccionadas y dispuestas. Al empezar el recorrido por los cajones hacen su aparición en una vieja caja de galletas, las primeras medallas ganadas como campeón nacional de

natación y la última medalla ganada al consolidar una vida y obra, importantes para la Sociedad Colombiana de Arquitectos en la última Bienal. Un estante más arriba guardados como tesoros, encuentro dulces, galletas y chocolates siempre envejecidos que solo él es capaz de consumir y disfrutar su sabor en lo profundo del moho. Dentro de una caja, descubro la pistola de gas, solamente disparada una vez, en un intento fallido por espantar a los ladrones con terribles consecuencias para él, por las quemaduras causadas por la ignorancia y la torpeza en su manejo. Al lado yacen aún las balas de un viejo revólver del abuelo materno, robado para fortuna de la familia, por el alto riesgo que corríamos al estar en manos de alguien que siempre se negó a aprender a manejarlo. En el piso, donde deberían estar los zapatos, hay figuras populares talladas en madera y pintadas con colores fuertes, que reposan en una montaña de textiles provenientes de todo el mundo. En el estudio hay un mueble diseñado especialmente para guardar el tiempo de los viajes, detenido en acuarelas y dibujos que recorren ciudades, objetos, paisajes, frutas, flores y árboles, en una expedición sin orden que aún continua. Están guardadas también mas de 5000 diapositivas, minuciosamente clasificadas en temas y lugares que recogen la emoción permanente de mirar de manera sencilla el mundo que nos rodea, siempre descubriendo algo más allá de lo que vemos. Otro

estante alberga las tarjetas, cartas e imágenes que por su caligrafía o grafismo, ameritan ser guardadas, al igual que las estampillas de sus sobres; cartas enviadas por infinidad de personas consideradas poco interesantes o muy interesadas para cualquiera, pero en las que él había descubierto algo maravilloso, ajeno a los demás, que gozaba con profundidad. Cajón tras cajón aparecen secretos escondidos y pedazos de historias. Sellos y rodillos precolombinos que fuera de su valor como piezas cerámicas son aún más hermosas por las improntas que dejan en su huella. Cajones llenos de materiales para pintar, cajones con tijeras para zurdos y el transistor de onda larga siempre sintonizado en un tango arrabalero, en jazz o en un concierto de Vivaldi. Los cuartos de los hijos han sido tomados por la biblioteca que desborda el estudio, y en uno de ellos continúa el ejercicio de selección de artículos de re-vistas plenamente clasificados por intereses y temas y por temas de interés. Lo popular, el diseño gráfico, tipografías, la arquitectura, el mundo precolombino, viajes, acuarelas y dibujos, fotografías, natación, la guadua. A partir de las cosas guardadas en los cajones se develan los intereses en el recorrido de una vida. En la Bogotá del siglo XXI, un niño de siete años descubre emocionado que su abuelo de 80 sigue siendo aun el mismo niño de siete de la Medellín de finales de los años veinte del siglo pasado. 63

Publicaciones

>>> Diversas publicaciones ha diseñado Dicken: revistas de arquitectura, libros especializados, pero su gran placer fue la creación de su, Pupo y las Palmeras. Libro inédito que aquí se hace público para deleite de todos.

UN TRAZO MUY PERSONAL

T Marca registrada POR CHRISTIAN SCHRADER

>>> Para un Diseñador Gráfico, como Christian Schrader, escribir se convierte en un ejercicio de “garabatear pensamientos”. Aceptó esta vez por

tratarse de un amigo de siempre.

uve la fortuna de no heredar fortuna, a cambio, voy encontrando en mi camino fantásticos seres de pelo blanco y ojos llenos de brillo y sabiduría que compartieron espacios cercanos de vida y amistad con mi padre. Recibimos entonces la mejor herencia que terrícola alguno pueda desear: el aprecio de mis amigos especiales que compartieron experiencias con Rodolfo Schrader, mi querido padre. De ellos, uno ha tenido especial significación en mi vida: Dicken Castro, profundo trashumante quien conoció a mis padres en la ciudad de Pereira allá por los años cincuenta; desde entonces, se ha venido tejiendo una amistad cuidadosamente diseñada. Pereira, la joven morena le disputaba a Manizales, de “tradición e hidalguía”, el liderazgo del departamento del viejo Caldas dentro de una pujante industria cafetera; lugar obligado para quienes hacían parte de una refinada vida social, que se desenvolvía entre agradables fincas cafeteras y los clubes de la época. Dicken comenzaba a mostrar al país sus diseños en los años sesenta, siendo para mí la brújula definitiva para decidir tomar el camino de las líneas. Desde que me acuerdo, sus diseños ejercían en mi una atracción especial; mirar y mirarlos, eran

como una nueva forma de arte, de la plástica comercial, así se presentaban en sociedad los símbolos de Dicken. Gracias al trabajo de Dicken Castro pude definir muy pronto mi interés por las formas, los símbolos y las marcas que me llevan a su estudio en el Royal College of Arts, en una ciudad fantástica donde pocos años atrás hacían poesía musical cuatro genios jóvenes venidos de Liverpool, a quienes pude rastrear visitando los lugares donde se detuvieron a jugar con su rara popularidad, dibujando en el horizonte una línea especial en el pentagrama musical de la humanidad. En Colombia, Dicken Castro se convierte en una marca que marca la Arquitectura y el Diseño, aportando a ambos campos un trazo muy personal con sus pensamientos transformados en cuadrados y círculos, tejidos, simplificaciones de elementos que con pocas líneas representan conceptos invitando a un juego mental, tratando de descubrir en ellas el significado. En mi vida, el nombre Dicken ha creado su propio espacio. Dicken Schrader, mi hijo mayor, hoy día produce animaciones en video para una importante cadena de televisión en la ciudad de Miami, es buen conocedor del origen de su nombre y forma parte de la legión de contadores de leyendas de Dicken Castro.

El nombre, me pareció desde siempre, posee al pronunciarlo un sonido especial de puerta que se abre al mundo de las formas, los símbolos y el no-color. Experto no sólo en formas, pues de él se aprende además el fondo de un caballero del renacimiento, de cultura integral y de tratos amables, estudioso furibundo de las escuelas de formación en arquitectura, con quien comparto la admiración y el respeto por el pensamiento de la Bauhaus y sus fundadores. En los últimos diez años he tenido la fortuna de compartir la Academia con Dicken, él como Deca-no de la Facultad de Arquitectura de Interiores y yo en la Facultad de Publicidad de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, en donde nos unen intereses comunes: la creatividad, las formas, el diseño, los espacios, la luz y el color presentes en los dos campos. Dicken es invitado permanente a los diferentes congresos y conferencias sobre temas afines a la Publicidad, entregando cada vez aquella brújula que yo recibiera hace años al conocer su obra y despertando en quien lo escucha un sentimiento de profunda admiración por su espíritu y fuerza creadora. Hoy día es un gran ejemplo para la nueva generación con fuertes tendencias hacia el diseño. 69

Lo que los

diseñadores actuales no tienen...

>>> «A los diseñadores actuales les falta una gran instrucción en humanidades, un bagaje de imágenes que les permita absorber la cultura. Por eso me encanta viajar, para enriquecerme con todo lo que encuentro en cualquier parte a la que voy. Ellos tienen que aprender a observar. Parece que al salir del bachillerato la televisión les ha arrebatado el arte de la observación; han olvidado ver la pantalla gigante del mundo entero, se limitan a una pantallita. No quiero decir que la televisión sea mala, pero los enfrenta a influencias exóticas, extranjeras, que no tienen nada que ver con ellos, cuando aún no se han dejado afectar de lo propio».

ENGLISH TRANSLATION

>>>

HARMONY IN CREATION BY CARLOS SALAS

The origin of the forms that Dicken Castro has proposed during his long career, come from a refined observation towards objects, persons, nature and life itself. From observation, Dicken has understood that man and nature are the same thing. Human geometry is intimately linked to that of nature. The indepth study of the preColumbian rollers with their purity of forms, the study of guadua, or that of popular arts, is born and nourished from his anxiety to observe and from his restlessness for constructing a cultural identity, so necessary for man’s growth. The extensive exercise in design that this artist has undertaken, he has done with great attention. He has not missed the small, or the big, nor the poetry of life, or its rational part. This has given him an extensive field of action where he has been able to move like a fish in water. This similarity gains full validity in Dicken, since swimming, which forms an important part of his life, requires ease and tranquility of spirit; qualities which have accompanied him in his professional work. Dicken shows us that nature is harmony, that chaos and confusion come from our thoughts and our habits. The purity in Dicken’s works has added harmony to our world. His achievements have been easily incorporated into our images; his architecture, like the small refuge he constructed for his family, has been camouflaged, creating a beautiful dialogue with nature. Like Matisse making the Vence chapel, Dicken found a great motive in the symbol of the Eucharistic Congress. Without being religious men, they demonstrated to us with their works, that spirituality can be called upon through art, and Dicken Castro’s life and works are impregnated with that spirituality.

I WOULD LIKE TO TELL YOU ABOUT MY ORIGINS BY DICKEN CASTRO

I was born in Medellín in 1922, the son of Alfonso Castro, a physician, writer and politician and Mercedes Duque, a Sunday painter. She dedicated herself to helping my father in his clinic, founded in 1922. She was a born architect, she directed the clinic’s reformation. It was painted in green and white colors, almost Corbusian because of its sobriety. That was my mother’s architecture and that is how she constructed many other things for us. I always accompanied her in those tasks; that is the origin of my interest in architecture. I completed my primary school studies at the San Ignacio Jesuit School. They implanted the fear of God in me with some terrifying sermons by Father Moreno, who would tell us: “if you sin, you will descend into the depths of hell where the eternal fire is found”. In 1936, I moved to Bogotá where I completed secondary school at the Camilo Torres official School. Being in this school with people from

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all over Colombia changed my life. I say that this changed my life for one reason: I became familiar with all the social groups of the country: people from Bogotá, from the coast, from Antioquia, from the Santanders. I also began to swim and I traveled throughout America with my swimming, since I was in the Colombian Olympic Team. I was able to go to Peru, where I had one of the greatest architectural impressions of my life: Machu Pichu. At that time, I was a student and arriving at that place with those steep mountains was indescribable. I have always thought that, as the Greek used to say: “the world’s navel is located in different places”. I think there is a completely exhilarating navel of the world in Machu Pichu. I am constantly in love with my five children: one is an electronic engineer. Every time we discussed subjects of art or architecture at home, he would always interfere with his opinions and we would tell him: “you’re an electrical engineer, this has nothing to do with you”. Until finally he said: “It does have something to do with me!” and the truth is that he has always been very interested in art. His name is Jerónimo and he is the director of Colfuturo, an entity which lends money for post-graduate studies abroad. My wife says that my other son is nature’s loose force; he is a short, strong chap, of great frankness and clarity. Cristóbal has always had one passion: horses. He has always wanted to be an ironworker and in Brussels he found the best school for ironworks. He has had great sensitivity for forms and while he studied his career as ironworker, he entered the La Cambre art school, founded by Van de Velde, where he completed sculpture. He studied for 8 years. Now he lives in Okala, Florida. He has performed with great success in both professions. The third son, Lorenzo, is an architect and we communicate easily. He has been a professor at the Andes University and the National University. During Peñalosa’s period as mayor, he directed the Public Space Workshop, designing public walks lined with trees and bicycle-routes, renewing squares, such as that of San Victorino which had been invaded by peddlers for many years. At the beginning, he worked in my office. Later he decided to become independent, until today that he is working in city-planning projects. Lia and I had three sons, one right after the other. I thought we were just going to have the three boys, when suddenly two more children appeared, I don’t know why. I have always admired Lia; practically having triplets, she never worried. Next is my daughter Rosalia who is very beautiful. She got married and went to Houston. Someone told me she took over Houston. Now she lives in Monterrey where she teaches in the Faculty of Social Communications. The other son is called Don Pedro Castro and Don Pedro Castro studied Social Communications, the same as my daughter. Jerónimo was very interested in a computer school in India and he invited Pedro, who remained in India for two years. I don’t know how he managed to stay alive because the first week he was there, he

fell into an Indian sewer and nothing happened to him. He’s presently working in Barcelona in computer programming.

THE VALUE OF DAILY EVENTS BY PEDRO JUAN JARAMILLO

The so-called generation of the masters in Colombian architecture corresponds to a group of architects, most of them graduated from the National University at the end of the decade of the forties. They developed their works in this country and, through those works and teaching, they consolidated the premises for the modern movement. This was a way of thinking defined by an abstract, universal and eminently functional vision by those who assumed the rational line of architecture and more linked to concrete references, such as the landscape or the particularities of a place, developing an organicistic approach, likewise determined by the functionalist order. In the midst of this vision of the world, structured by the great discourses on the humanistic disciplines and by the notion of progress and of physical transformation in the architects’ guild, a way of doing is gradually developed, a way of defining the conditions which come to fix the possibility of architecture, as of a glace, foreign to the abstract discourses and discussions and centered on the circumstances of the objects that define the daily condition; that which was being lost by being left to one side, removed from all consideration by the moderns, is restored in its real dimension by Dicken Castro’s kind and respectful eye, an eye capable of weaving that which, as a product of the day to day performance, is gradually cast into oblivion, simply because it is there, because of its intranscendence; an eye capable of discovering, of defining the vital condition which it encloses, deciding the threshold in which architecture can have a meaning. Colombian architecture is going to find a very significant space for reflection as of the works and the few writings by this architect. The prize awarded to his book on the guadua at the Second Architecture Biennial Exhibition will open an inquiry road, parallel to the one followed by projects such as the shelter in the hills of Suba, Ramiro Castro’s home and his own home, in which he is going to consolidate the proposal which had so much importance in the works of the architects who followed him and whose works flourished in the decades of the seventies and the eighties. A road which was always comple-mented by the registry of the things that make up the daily dimension which we have already described, such as vegetation: shredded at every moment by a person hungry to discover, to reveal the enormous amount of textures and colors which come from the earth, in the different instances in which they gradually manifests themselves in the different geographic surro-undings. The rocks come with the vegetation and with the rocks, the waters which will define the landscape of his architecture. His architecture is not and will never pretend to be organic or organicistic; his forms

refer to architecture and to his tectonic tradition, but nature’s elements will always be there, as an acknowledgment of nature. The popular manifestations, gathered in the places, under the conditions and by the people who produce them, will reveal other phenomena which were unknown to the academic scope and the established society up to that moment: popular íconography, with its live expressions, full of puzzles and magic, such as the ladder buses, the native buses, ceramics or the totem figures, is going to be legitimized and transcribed through his graphic works, integrating itself as one more manifestation of a person who found a road, different from the one that prevailed, sowing the seed of the earth in the very signs of the earth; of architecture in architecture itself; of art in its own roots. The discussions regarding combining problems will be relegated to his close collaborators, while the notion of scope, of room, will oppose the concept of space; the patio, the doorway and the corridor, to the hall or to the lobbies; the semi-darkness, its warmth and its texture, to the opened window; the rugged and wrinkled surfaces of the rustic brick, just taken out of the factory oven, to fine and noble plating, thus recuperating for life architecture’s reason for being. The small refuge in Suba stops being an exercise in functionalist skills, to become an excuse in order to insert the recently molded walls in the entrails of the earth, while the wooden terrace floats in the midst of a native vegetation not yet legitimized at that time. The patio in Ramiro Castro’s house is only in charge of receiving the visitor: it is only made up of four silent brick walls; it’s one of those transition spaces, already lost for architecture, where the geranium and the azaleas can bloom once again, while the interior of the house, located far beyond the next threshold, allows the Bogotá evening to penetrate softly through the large window to relieve the reddish color of the brick with its amber-like veil. On the other hand, his home, his own house becomes a lobby, drowsy due to the semi-darkness; dug into a piece of land with a sharp slope. In its journey, it gathers those rooms which define the place where he has spent his family life, where he has shared his happiness and sadness with his friends, foreign to any aesthetic discussion, to any formalist reaction, excusing only its kind observance, evoking the silence of the romantic walls which, with their asceticism, have come to us through these works. Continuing with the previous thesis and investigating the theorists of the XIX century, such as Wöllflin or von Hildebrand, we find that the view which Dicken Castro had been finding, transcended the scope of the optic; that is, of the passive and distant glance of the accidental observer trapped in the Renaissance perspective, in the vanishing points in which the modern movement had become stagnant in Colombia, to enter into the “haptic”, a tactile dimension of the glance which traps the surfaces, caressing in them the sinuosities and vicissitudes which have shaped it. It is defined by the eyes, in plural, not by “the eye” of Brunelleschi or Piero della Francesca, by the “eyes” capable of auscultating the objects,

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of touching them, of feeling the qualities of the surfaces which make them up, of following the tracks of those who have molded them until taking possession of them, making them theirs as of their very origin. His architecture inserted itself in that tactile dimension, sifted by the semi-darkness, gradually finds the angles which define the possibility of living in it; each moment has a reason for being, embracing, obliging one to accept its materials, its textures, its color and its warmth; invoking the company of the objects that complement it. This architecture is not the protagonist, nor does it wish to be, it only invites and welcomes. It is not determined by hierarchic outlines which might lead to predetermine the behavior of its parts, it is docile, it adjusts to the circumstances, it does not try to impose its conditions; it’s simply there, with the humility of one who supports, of one who is only there to accompany. Upon touching the earth, its buildings do not admit complements such as great squares, or terraces or pavements expressed by geometric or geometrizing surfaces which try to dignify them. The walls simply rest on the ground without permitting any exaltation, until the vegetation recovers its original state and makes the walls its own. Beyond what is “nearby”, in Dicken Castro’s architecture there is a series of decisions which, as mentioned before, are not determined by abstract or functional conditions, or those of an aesthetic nature, but have been taken regularly and are crucial for the comprehension of his works. They have to do with methods of approaching the volumes, or rather the masses that encircle the projects and whose surfaces are going to fulfill the assignment which has already been commented. The word mass is used because the solution of existing continuity, in terms of color and nearness in the texture between the walls and the roof, seek an identity, a unity, much closer to the notion of mass than simply to a volume. Likewise, the openings, the hollowness, respond more to the action on a mass, than to a composition of elements on a surface. Masses that act like signs; signs relative to impressions or to sensitive qualities, as Guilles Deleuze would call them, adding: “quality does not appear as an attribute of the objects that possess it, but as the sign of something different”, something different where we can find the essence, the soul of things. Those impressions registered in memory need to be deciphered, revealed until their meaning, their reason for being as signs, is found. It has been a long pro-cess of elaboration through time. It sets out from very significant registries sometime during the formation, the learning and which mature until they manage to be transcribed, integrating themselves in a proposal whose objective is to light a road. They are the signs of art.

A DIFFERENT OUTLOOK BY JACQUES MOSSERI

The first professional work one performs tends to turn into something unforgettable in life, either for good or for bad. I was lucky

enough to perform this work in Dicken Castro’s workshop, covering four years of a pleasant experience and learning which would mark my career forever. But, apart from the personal anecdote and the friendship which has united us ever since then, I would like to point out in this commentary the intellectual and artistic environment that I found in Dicken’s workshop, which allowed for a permanent debate of ideas and inquiries, parallel to the daily exercise of the architectural occupation. On many occasions the projects experienced radical changes in their conception, giving the work very special dynamics. All of this occurred at the beginning of the decade of the sixties and modern Colombian architecture was debating between a Bauhausist and Corbusian rationalism and the beginnings of the organic trend, headed by our idols, Frank Lloyd Wright in the United States and Alvar Aalto in Europe. The outcries of “Down with the Academy” which in 1949 received master Le Corbusier at the Techo Airport with enthusiasm, were hardly heard any more. These cries had come from a select group of young men, among them were Carlos Martínez, Hernando Vargas Rubiano, Fernando Martínez el “Chuli”, perhaps Guillermo Bermúdez and no doubt Rogelio Salmona and Germán Samper. The enthusiasm of these two latter ones lasted to the point that they wound up working besides the Master at the Rue de Sevres workshop. The interesting thing at that architectural moment was the passion with which subjects were debated, such as the famous “less is more” that Mies Van der Rohe stated, to which Wright responded with a conclusive “less is more when more is a bore”, which even rhymes in English. The bibles at that moment were Knowing how to see architecture by Bruno Zevi, whose Spanish translation had just appeared in Buenos Aires in 1958 and which made a great many people within the specialized public aware of a new way of seeing architecture. First of all as an architecture of site, of place; then introducing the concept of architectural space from the inside towards the outside, in great opposition to rationalism and its famous phrase “form follows function”. This was curious, because Zevi obtained his diploma from Harvard, which at that time was directed by Walter Gropius, the father of the Bauhaus, who migrated to the United States as a consequence of the war. The other bible was Space, Time and Architecture by Sigfrido Giedion, who, in the 1955 translation into Spanish, talks about the movement of the development of the new tradition in architecture and its effort to reach a complete outlook and comprehension of the phenomenon with a humanistic focus. Also curious is the fact that Giedion wrote this book while he was a professor at Harvard, a few years before the Faculty of Architecture was turned over to Gropius. With all of this in my head, I began to work with Dicken, who at the same time, a few years back had completed post-graduate studies at the Oregon Architecture School in the United States. These were critical years in

the conception and formation of Colombian architecture. Out surroundings, our climates, the landscape and the materials were taken into consideration. Ever since I came in contact with Dicken’s workshop, I saw photographs, drawings and water-color paintings related with Guadua, a material which formed part of the culture of his place of origin. Some years later, in 1966, his first book on this subject was published. In those years, he designed and constructed his home in Suba; this fact formed part of a whole movement in favor of the use of brick and wood in the creation of spaces with a richness and warmth that the functional and rational constructions of the fifties did not possess. Likewise, I had the opportunity of collaborating in complex projects of great importance, such as the Paloquemao market square and simultaneously in small scale projects, such as the Suba shelter, in which a family and daily program was solved in very few square meters. I learned that an architect could not limit himself to handle only one technique and some materials. A more universal and at the same time local outlook existed of conceiving the profession. Creativity does not have strict limits. Dicken Castro has been capable of handling the architectural design, from the most general to the most particular, including furniture and accessories, photography, graphic and publicity design, teaching in different aspects of architecture and the publication of books on subjects related to his permanent concerns. And an additional, but no less important aspect: Dicken knows that traveling is also education and more so for an architect who is being formed. With him, I was able to visit the coffee zone of Colombia and appreciated all the richness of the landscape and the popular constructions. Subsequently this allowed me to continue traveling throughout the country and throughout the world with a different outlook.

ARCHITECTURAL FRAGMENT BY DICKEN CASTRO

I entered the Faculty of Architecture of the National University in 1942. The Faculty had been founded six years earlier and we were lucky to enjoy the teachings of important immigrant professors, specially from Europe, who had come, either fleeing from racial and religious persecutions, or seeking something better. A Violi, a Rother, or a Santiago de la Mora, taught us with profound knowledge and with total mysticism for architecture. They prai-sed excessively the principles of Le Corbusier and anyone who dared to pronounce the name of Wright, or proposed a slanted roof, was sent to the depths of hell, like that described by Father Moreno of my childhood. While I studied architecture, I began the Social Anthropology career. This led me to acquire a very serious interest in the preColumbians, which has served me in my

activity as graphical designer. Archeology offered me a very extensive vision, more extensive than the one a person acquires as an architect and led me to have a very universal idea of what Colombia was. We, in the second generation of the Faculty of Architecture of the National University experienced a great period. At that time, three figures existed: Frank Lloyd Wright, Mies van der Rohe and Le Corbusier. Nowadays you have the Gehrys, the Koolhaas and I don’t know how many more. When I graduated, I entered Manuel Samper’s office as an associate architect and had the opportunity of intervening in works of great scope, such as the Ospina residences on Calle 16 and Carrera 10, which led me to the practice architecture quite quickly. My first project, a building located on the southeast corner of San Victorino, followed Mies van der Rohe’s influence, whom I met later on. In one of his classes, just like all of his classes; completely sui generis, he made me sit on a small stool and, separated by a drawing table, he began to ask me about Colombia. I began to teach at the National University and the Andes University, at the request of Álvaro Ortega, who came from Harvard. Álvaro had completed a post-graduate course in architecture with Walter Gropius and was very well informed on the trends praised by the Bauhaus, which he explained in the first Basic Design course dictated in Colombia. There he met Joseph Albers, professor in the first years of the Bauhaus, who was teaching at the School of Design of North Carolina at that moment and had to retire since he was sixty years old. Álvaro learned about this circumstance and asked Albers to come and teach at the Andes University. When he informed the managers of the University of this splendid opportunity, there was a negative response, due to Albers’ advanced age. Yale University received him as a professor. He is considered the most important theorist on color in recent years. Later on, through his teachings, he sponsored OP Art and other art trends. Just imagine what we lost! My relationship with the Andes University dates back to 1949. There, I had such outstanding students as Jorge Rueda, Ernesto Jiménez, Carlos Morales, Álvaro Cortés and many others. I feel very proud for having had them as students. In 1952, I won a scholarship for the Oregon University. There, as associate professor, I was able to see that the North American universities had many advantages and few disadvantages. I discovered Pietro Belluschi’s architecture: humble chapels made of wood in the traditional manner. The scholarship gave me the opportunity to work in Seattle and New York in architect offices dedicated to educational, hospital and prison complex projects in the United States, Asia and Africa.

While I worked in New York, I went on vacations to Boston, Philadelphia and specially to Chicago, where, as if in a museum, one can appreciate the development of modern architecture, as of its beginnings, with works such as those of Sullivan, or Wright’s insuperable “Prairie Houses”, until reaching Mies’ best work represented in apartment buildings and in the severity of the Illinois University campus. From the North Americans I learned to express my architectural ideas carefully, in an orderly fashion and easy to interpret, both by the person who is going to construct and by the client. Upon my return from the United States, I formed a partnership with Hans Drews and Arturo Robledo, both possessing great intelligence and architectural capacities. With them, we founded R.D.C. We held long conversations about architecture and about the beauty of the brick made in Bogotá, specially the one made by hand in factories. By that time, the La Merced English style district had already been constructed, with beautiful brick facades in plain sight. In 1955, a Colombian architect who lived in Venezuela contracted R.D.C. to build a house for his parents in Bogotá. This was a beautiful opportunity to reaffirm ourselves in the use of brick in plain sight in extensive surfaces, with unions on the surface emphasizing the solidness of the wall. This construction made us realize the kindness of the material. Another project which we designed at R.D.C. was a shelter for children and a multiple hall with a Misean vocabulary: a steel and brick structure in plain sight. I projected some doors which opened vertically, using counterweights, like the guillotine windows used in Medellín in the decade of the thirties. In love with the expressive possibilities of brick, we made a wall which was a play of niches and projections, as a homage to Albers’ works. In 1958, I had the opportunity of doing a prost-graduate course on social interest living quarters at the Baucentrum in Rotterdam. The scholarship was wonderful for the ten recipients of scholarships who came from all parts of the world. I became acquainted with a couple of young Mexicans. They would ask: “Well, what do you want to do this weekend?” Who do you want to meet? You want to meet Rietveld?” Then we would go for tea to Mrs. Schroeder’s home and we would talk to Rietveld familiarly. The same happened with many architects and artists, such as the director of the National Museum of Amsterdam, Willem Sanberg, an extraordinary graphic designer. Rietveld was everything to me: his simplicity, such a pure way of designing furniture, his strict relaxed architecture in the Schroeder house, which, after more than seventy years, still continues being completely contemporary.

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A stroke of good luck gave me the opportunity to travel through Europe for one more year. I went to Finland, Sweden and Denmark observing the works of Alvar Aalto, Scharoun, Asplund and all the monsters of architecture at that time. In 1960, I returned with ten dollars in my pocket and out of work. But the good luck which has always accompanied me gave me an opportunity: Rubén Vallejo, a friend from the university, called me to ask if I was interested in projecting a great market square and a bus terminal for Bogotá. The traditional market squares are disappearing. They are the best laboratory for living together and communication. With my knowledge of social anthropology and with such a splendid assignment, I dedicated myself to studying the background of this institution. I visited squares in Colombia and abroad, I talked to food peddlers, transporters and shop owners. The Paloquemao market square was projected with a splendid folded concrete structure. I became an expert on market squares, managing to project and construct five of them in different locations of Bogotá. I have practiced architecture and graphic design with the vehemence and the dedication of a monk.

LIFE AND WORKS ARE THE SAM THING BY ORLANDO BELTRÁN

For the urban country that read the literature of the Nadaists, listened to the music of the Speakers and the Flippers in the Studio 15 radio station, saw the films of the French new wave and the Italian neorealism and in the early sixties put aside the adventures of Kaliman and the Phillips Hour, the term graphic design was something in the neighborhood and akin to publicity, a lesser art taught in the shadow of the Faculties of Architecture and Fine Arts in the national universities. Two long-lasting images, which already form part of our visual patrimony, placed his mark in the streets: the symbols for the Colombian Fami-ly Subsidy Bank –Colsubsidio- and the XXXIX International Eucharistic Congress, attended by Pope Paul VI. Behind these icons was their creator: Dicken Castro. The idea of the historian, Enrique Krauze, according to which the history of the Mexican revolution is the lives of the persons who took part in it; in the case of graphic design in Colombia, this idea is totally true, since the life of Master Dicken Castro, his works and his intellectual interests are the mold in which the professionals and the profession have been shaped; a clarification which allows us to understand his actions in teaching and in his occupation. The academic inheritance dated back to the German Bauhaus, which, from 1919 until

1933 outlined the contents, theorized and conceptualized regarding the bi-dimensional and three-dimensional form and the way to teach how to conceive it. Subsequently, in the fifties, the Swiss school tinted the graphic solutions with coldness and a certain minimalism. The commercial legacy came from Paul Rand, Alexei Brodovitch and from the first studies which were being installed in London and New York: Pentagram and Pushpin. It was not easy to explain in the Colombian study plans, the scopes of the design programs and define their specific occupation, but no doubt, together with the designers, Marta Granados and David Consuegra, a substantial anchorage was conformed: the identity which today many search for zealously and which, for the past forty years, with a true title of anticipation, they involved in their accomplishments. If commercial work creates bondages throughout the world because of its requirements and the images tend to be similar, in the environment of culture, the particular acquires relevance and the difference is what allows being universal. That is where the local magic was created. In 1973, Dicken Castro presents his series of stamps on pre-Columbian impressions at the Graphic Arts Biennial of the La Tertulia Museum in Cali. In 1976, he shows the exhibition of Pre-Columbian Seals and Rolls at the Colombo-American Center of Bogotá, accompanied by his impressions in large format reproductions. For the Op Hall of 1983, he exhibits 16 pieces at the Museum of Modern Art of Bogotá, which refer to and reinterpret the colored decorations of the ladder buses. During the second semester of 1970, he exhibited three-dimensional versions of the symbols and logotypes created by his design office, at the Luis Ángel Arango Library of Bogotá, the Zea Museum of Medellín and in La Tertulia of Cali. The paths were marked; research, work and amazement continue to nourish the generations of professionals educated with his company at the National University School, nourishing the visual patrimony of the Colombian people, forming in them a way of creating. His spirit continues encouraging the graphic universe, just as it did at the beginning. It is as in vogue today for those who think in the web, as for those who were amazed with the velocity with which a good typesetter mapped out the lines. Before the holistic, the transversal, the ethnic were invented, his humanistic glance had already defined the vital interests. Perhaps a landscape is later drawn as the white space on a page; a top, like the metaphor of form and movement; emptiness, in the conclusiveness of a free stroke. Life and works are the same thing: innocent, strong, creative, affectionate.

THE ARTIST

BY JOSÉ FERNANDO ISAZA

When the apparent simplicity of a symbol manages to attract, thanks to the artist’s work, the complexity of the reality which is represented,

the symbol can transcend it in time. Thousands of years have passed since the disappearance of the Egyptian religions and yet, even today, the cross of life is marketed as a popular object and its contemplation recalls the delta of the Nile and the civilization that created the pyramids. It is difficult not to see the god Zeus when one looks at an icon in the shape of an extended spear point with borders in the shape of broken straight lines. Several decades have passed since the pacifist movement opposed to the war in Vietnam. For many young people it is possible that the origin, development and purpose of this war have very little meaning, but almost all of them recognize the meaning of the circle with the inverted Y and the bisecting of the angle. These reflections arise when one observes the symbols created by the master, Dicken Castro. Some of the organizations represented there have been transformed into others, the economic or social evolution has lead to their disappearance, but the symbol remains and its glance recalls them as if they had the same vitality as when the symbol was first created. The artist’s work granted it a patent of permanence in time. This way he isolated it from the reality that creates and destroys religions, churches and organizations. Parodying the verse “And the day is far-off”, it is possible that the Mazda Foundation for Art and Science can be transformed or may vanish, but the symbol that characterizes it, created by master Castro, will live on for a long time. In a design a little more complex than the artist’s traditional works, in the symbol one can perceive the expansion of the cosmos and the gravitational collapse. The Gothic letters symbolize the work of many cosmologists in their search for integrating creation with the creator and geometry –G,R,Dthe order of the letters, or rather the random disorder, can puzzle the observer who, even not knowing how it was achieved, with a simple statistical test – the square Chi-, will find that each one of the letters has equal probability of appearing. Assuming the risk of penetrating in his private life, there is an event which shows that the artist is also an admirable man. His son, Cristóbal, wanted to be an ironworker, the occupation of Hefestos, Aphrodite’s husband. This work, just like all work well performed, is an art, combining the anvil, fire with iron works. Cristóbal’s father encourages him, but tells him that if he is going to be an iron worker, he has to learn the occupation well so as to be able to perform it as an art. He studies in Belgium, the tradition of the Percheron horses is firmly set there. After several years, the sculptural works of young Cristóbal are exhibited in a gallery in Bogotá. The iron works, the field and one or two influences from Ramírez Villamizar, convert iron works into sculpture. Some of these works were of great originality. I remember a living piece of work exhibited there: a pasture that requires water and daily care. I believe that Cristóbal continues with iron works and art. Professor Castro’s exemplary attitude regarding the valuation of the occupations – so necessary today in our country – has more impact than long and tedious treatises on the creation of values.

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D.C.

BY IVÁN CORTÉS

I met Dicken Castro in 1996, when the first issue of the Project Design magazine was just beginning to circulate. We wanted to publish a brief description of his professional work; it was short. It was definitely not an interview. I was somewhat worried about his reaction when he would find out how little space would be dedicated to him in the publication. On a previous occasion, some “great personality” of Colombian design had already refused to grant us an interview because the size of the article was not proportional to his work; a reaction which surprised me in a country where very little is published on design. Finding the address of Dicken’s house was difficult. It is located in the hills that surround the old road to Suba in Bogotá. After confirming the instructions on how to get there by phone, a few meters ahead we saw a great open wooden gate on the side of that deteriorated and forgotten road. I felt that we were entering into the very entrails of the history of Colombian design. Beside the gate, there was a small sign with Dicken Castro’s logo: a red “D” facing a “C”, both letters symmetrically and antagonically placed, like two boomerangs. A minimalist but overwhelming design style, like the one that characterizes all of his work. Dicken received us in his office. What called my attention first of all was the many books carefully organized on the floor in small stacks, as if waiting to be checked and placed in the library shelves, or any other place in the house. The only space where there are no books in Dicken’s house is in the exterior walls. I was surprised at the simplicity and courtesy shown by Dicken, a person over 70 years old, with an enviable vitality for his age, the product of his discipline, his calm personality, his good humor and his daily dedication to swimming. For more than three hours we journeyed through his life. Holding an interview is like seeing a movie, you get involved in the story and at times you wish you had a leading part in it. During the interview, there was plenty of coffee and ice cream desert, which are Dicken’s weaknesses. At the end of our visit, he presen-ted us to Lia, his wife. In time I confirmed that she is his number one fan and the one who inspires his great projects. I dare say that there are few people who know design and art in Colombia as much as she does. To such a degree that in her dialogue one discovers that the official history of the anecdotes of Dicken’s life correspond to her more than to him. Finally, Dicken never asked us how long the article would be. Whenever he sees his works published and exhibited, or he discovers his photograph in the social pages of the daily newspapers and magazines, he only exclaims ¡how marvelous! with the authenticity of a child who receives a toy. I know no other designer who is so well known, respected and, above all, loved in Colom-bia, as Dicken Castro and he well deserves it. There are many and very good Colombian designers,

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but not all have “youth” in their attitude and frankness in their comments. Dicken never beats around the bush. On se-veral occasions, in academic debates, I have observed how they ask him “pseudo-intellec-tual” questions on design in order to “be at the master’s level”, to which he answers a courteous but sincere “I don’t understand you”. Last year, when Dicken reached his 80th birthday, we wanted to offer him another homage in the magazine. I remembered the experience of our first dialogue with him years back. When we were deciding on the focus we would give the homage, I smiled and said to myself: “if anything characterizes and gives value to Dicken as a person, it is that his words are inversely proportional to the extent of his work”. We therefore decided to ask him short and direct questions. After reading the answers, I recalled the sign at the entrance of his home: that is when I understood that it was not a coincidence that the initials of his name, the “D” and the “C” would correspond to those of “Colombian Design” in Spanish.

THE VERSATIL GUADUA BY DICKEN CASTRO

My first interest in Guadua was only of a pictorical nature. These constructions were a good subject for paintings and drawings due to their geometrical and structural aspect, the way in which the white houses with touches of primary colors appeared from an exuberant vegetation. I then became interested in the constructional, architectural and urbanistic solutions involved in these dwellings. Later on I was able to compare the solutions that I had seen in Caldas, with the most modern ideas in this respect, and how they concurred in many aspects: the intention of having some dense urban nucleus, that of giving to the street other functions different from that of a simple space for circulation, that of building in a more movable, more flexible and more economical way, more in agreement with our world in evolution. I had perhaps an advantage, that of not having been born in Quindío, in order to be able to look at these guadua constructions as something strange and exotic, since for the inhabitants of Quindío they are part of their daily landscape, and do not deserve any consideration. I see with regret how the constructions and conglomerates made with guadua are giving way to other materials, and how these cities and villages are loosing their homogeneity and pleasant appearance to become heterogeneous groupings, with no particular character. I wish to analyze the advantage and disadvantages that the use of the guadua offers in architectural urbanistic and constructional solutions, and show how, without any technical help, a group of people have been able to solve successful many of their problems. I do not intend to write a botanical treatise on guadua, nor do I consider it a solution to solve the lack of housing in the country. I intend to stimulate the study of a material with

all its socioeconomic, urbanistic, aesthetic and architectural implications and advantages. A hundred years ago, under strong economical and political pressures, population groups emigrated to Caldas in hopes of finding a more free political environment and opportunities in unexplored lands. They were emigrants from Antioquia confronting unknown and adverse circumstances, weather, vegetation, soil, who making use of the materials existing in the region, and specially guadua, developed original construction methods that have subsisted to our days. Thus it can be seen how these new groups of population trying to solve by themselves serious housing problems, arrived at noteworthy solutions. They established largely serviceable bases which are not really appreciated, because their advantages are hidden behind bad sanitary situations and an appearance of careless and bad maintenance. The use of guadua has lasted up to our days, even though it is being replaced by other materials which are more lasting and expensive, of difficult amortization and which, due to their duration, contribute to make uncomfortable and inconvenient conditions permanent. For the diverse conformations of one family, and even for the development of the city, they do not permit a healthy fluctuation that could comply with fast urban, social and family changes. While some time ago in all the villages guadua was used as main element for construction, now its use has been put aside, being used only as a temporary solution not being appreciated adequately. Colombia is at present undergoing a fast industrial and development process, with all the advantages and disadvantages which that implies, specially in respect to conformation and growth of urban groups. Until recently the country depended upon poor means provided by some navigable rivers and the tortuous road and rail network, to communicate the most populated centers, the localization of which, in most cases, was found in the watersheds, which made its communication more difficult through having to cross rugged zones. With the advent of aviation and the overall improvement of communications, the main cities were able to get in contact with each other and at the same time, the country with the rest of the world. Our cities grow fast and out of proportion due to the access of the rural population in search of work in industry; or of security, loss in the fields due to bitter political fighting. The rural population, with lack of economic means, accumulates in the cities in an indiscriminate way, giving origin to slums. At present the Colombian institutions dedicated to solve the housing problem are doing so with expensive and long-lasting materials, the cost of which necessarily accounts for a high total cost. Long periods for payment of quotas have to be adjusted, and when the person in question becomes the owner of the house, this is inadequate and does not properly satisfy the needs of the owner and his family. The family situation is a changing one; in a few years a family of five or six members is

reduced to the parents, because the children get married or seek study or work opportunities in other centers. Housing, in this case if not flexible enough, becomes a burden. A phenomenon has been observed: housing of social interest, built for a certain economic group, very often change owners, be it because the first were not able to comply with their obligations, or because they have the opportunity of a good business deal, acquiring something better, thus speculating with the money of the institution interested in solving the housing problem. Living habits change fast due to technical advances and at the same time the areas where these changes occur must be modified, therefore requiring more flexible spaces which can be achieved with lighter elements, of easy handling and dismountable. Guadua constructions have an approximate duration of 40 years, a time that corresponds to the development cycle of a family, starting with the couple of newly-weds, then some children and a few years later returning to the initial situation. The prices of the guadua constructions are in agreement with the inhabitants very limited purchasing facilities. Its construction is fast and future modifications can be made easily as regards time, cost and labor. In general, the houses are built by the inhabitants themselves or with help from workers or carpenters, but never from engineers, architects or other professionals. If the self-help or mutual aid construction methods were to be used, it would not be necessary to have any previous training. In our changing urban world which must deal with constant considerable modifications for the benefit of the city and its development, such as building and enlargement of new roads, guadua constructions, due to their price and lightness, easily give way to these changes and do not imply great losses.

GUADUA MUSEUM BY DICKEN CASTRO

My passion for guadua was born in a very peculiar way: while I was studying architecture, I took a liking to water-color painting and photography. I would spend my vacations in Pereira and its surroundings and there, the popular living quarters which were attached to the mountain, producing a very colorful landscape, were totally made of guadua, just the right subject for my water-color paintings. In my artistic strolls, I began to investigate the guadua: how the houses were built, why they didn’t fall down during the frequent earthquakes in the region, all of its advantages, such as its lightness and flexibility and its disadvantages, such as the taste the weevils have for it, or its capacity to absorb humidity, which rots it in a few days. Guadua is a true miracle of nature. I became a sort of high priest, preaching about guadua. When I traveled to the United States in 1952 and to Europe in 1958, I dictated conferences on the subject. I wrote articles in specialized magazines and carried out exhibitions exalting its intelligent use in popular constructions and

I wanted to integrate guadua into contemporary materials. In 1966, with support from the Bank of the Republic, I published a book highlighting the importance of this material and inviting people to keep it in mind due to its special qualities. One thing I can be proud of is the worldwide effect that my invitation had, as far as appreciating guadua as an important material and not just “the wood of the poor people”, as it was considered at that time in Colombia. I wanted to convert its use into a historic fact and I went to see the manager of the Coffee Growers’ Federation, Jorge Cárdenas, to propose to him the construction of a “Guadua Culture” Museum and his reply was very categorical: “We sell coffee, not guadua”. I thought my proposal had not interested him, but two years later he called to tell me that there was a crazy man with the same idea: Diego Arango. I got in touch with him immediately. In my office, we worked on an architectural program to exalt guadua, coffee and the region that produces them. The coffee managers had already chosen a plot of land which was quite suitable to plant coffee, but not for out project. We had been traveling through Quindío, the most beautiful region of Colombia. One of the routes we took was the one from Montenegro to Puerto Tapao, a ragged mountain from which most of Quindío can be seen. That was the spot for the Coffee Park. However, it was objected because it was a very expensive zone, but finally, they pur-chased it. Our work implied planting coffee varieties and obtaining their shades, as well as organizing different excursions for experts on the subject, amateurs, or simply people who love the beauty of the region, excursions which could be done by foot or in the most different transportation media: car, bicycle, horse, carriages drawn by animals. We also wanted to establish an ecosystem where the region’s flora and fauna could be easily reproduced. We designed a good hotel, a restaurant where the different uses of coffee could be highlighted, a museum with the different periods of coffee processing. Furthermore, with Jimena Londoño, the most expert person in guadua, we planned a guadua market. In the lowest zone, we planned to construct a coffee processing plant and living quarters for the administrator and his family, with the accessories for the animals that the people from Quindío usually have near their homes. We invented a guadua porch with a watchtower that looks over the beautiful landscape of Quindío. We suggested that guadua towers be built in the country’s main airports, advertising the park and promoting the watchtower, the entrance gate to the park. With an independent entrance connected to the rest of the park, we planned a swimming pool and its services, thinking of the people of the region who were probably no longer interested in coffee, since they have it so near. The region’s materials would be used in the constructions. The interiors would be protected by extensive corridors for contemplation and rest. Simple wooden structures, few colors, so as not to compete with nature’s abundance.

THE STYLE IS THE MAN BY CARLOS DUQUE

The first true contact I had with graphic design occurred at a Dicken Castro exhibition at the La Tertulia Museum in Cali in 1970, when I was just beginning as a publicity draftsman in a local agency. At that time, the occupation of a graphic designer was as exotic as that of an astronaut and that close encounter made such an impact on my life that, as of that moment, I decided, as one of my greatest dreams, to work and experiment in one of the most beautiful disciplines in the world. This sample constituted my first graphic design class and the teacher was Dicken Castro, who was exhibiting a series of brands which, up to that moment, I did not know. They had been created by him. What impressed me the most was finding some huge three-dimensional logotypes, like modern multicolor sculptures which filled the museum’s spaces with the same expression with which the sacred icons take possession of the temples. What hidden power does the design of brands have which manages to leave indelible prints in the retina of the eye of the person who perceives it? Why is it that, even if we close our eyes, we keep on seeing a symbol with all the details? At that exhibition, I was able to appreciate, in all its dimension, the magic of an occupation and the work of a designer whose works have marked the visual surroundings of our country for the last fifty years. With his professional and academic work, Dicken brought us the renewing airs of Russian constructivism, father of modern art and design. Likewise, he drew us nearer to the concepts of the Bauhaus, a school which incorporated the industrial era into the language of the arts. However, the most important aspect in the life of this fellow-citizen has been the work related with our cultural identity, through which he has helped us to recognize ourselves, allowing us to participate in his passion for pre-Columbian art, the guadua and the different expressions of popular art, such as the designs and paintings which adorn the bodies of the buses and shop murals. In Dicken Castro, his professional and human styles, which are the same, are outstanding. His work and his personal life merge perfectly. Sobriety, simplicity, discretion, generosity, humility, happiness and wisdom are virtues which are equally applied to his life and to his works. The clean, sharp and honest stroke of his designs, whether they are graphic, architectural or artistic, has been his constant feature. As a friend, husband, father and master, he repeats the same patterns. His dedication to academic work reflects a generous spirit, devoid of meanness and the arrogance which characterizes most of those who have the responsibility or orienting the young people from the university classroom. His professional influence on the most recent generations of Colombian designers and architects is undeniable. I hope that his style as a human being has contaminated us with equal strength.

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DICKEN BOXED IN BY LORENZO CASTRO

In the Medellín of the end of the decade of the twenties of last century, a town which was slowly becoming a city, a child who was then about seven years old, the youngest son of a family of seven children, waited anxiously to receive a gift from a friend of his father’s: medicine magazines which had been read and reread, coming from Europe and the United States, from which he extracted beautiful printed illustrations, which he studied and classified with the profound emotion of someone who discovers something which others have not seen. With them, he built-up a collection which, without realizing it, allowed him little by little to possess a particular outlook. At the same time, in the corridors of his father’s clinic, he carefully observes the beautiful forms of the surgical instruments organized inside a lovely art nouveau cupboard. The Metropolitan Cathedral also appears as the place where he would accompany his mother frequently and where, for him, light and matter were made evident. Mercedes would also take him whenever she visited the constructions at the cold and cloudy Santa Helena hillside, without even suspecting that with her intuition of an architect, she was forever marking the course that her son would follow later on in life. It was during the decade of the forties when he decided to study architecture at the National University of Colombia, but first he enrolled in the Social Anthropology Institute. An archeology course was taught there with which he tried to supplement his fascination for searching for buried treasures or ancient Indian pottery, obsessed by the image of the persons digging for ancient treasures seen on the banks of the Otún river, with whom he had come in contact in his sporadic visits to his sister who was twenty years older than him. In Bogotá, at the beginning of the decade of the sixties, in a cold and gray city, in the hills of Suba where the sun sometimes comes out, a seven year old boy, the younger of three children, that ten years later would become five children, found a fascinating world, searching in the drawers of the furniture of his new home and, without knowing it, little by little he was discovering and understanding the figure of his father, revealed by each one of the objects kept in the drawers and by the native vegetation, also trapped in the boxed in windows which make up the furniture. After almost forty years have passed, once again I perform the same domestic archeological exercise, in an attempt to explain who we are and where we come from. To enter the house is to rediscover the strokes of light and the material present in the Metropolitan Basilica of Medellín. In a corner of the dining room, I find the cupboard where the grandfather’s surgical instruments were kept, now replaced by pre-Columbian ceramic pieces carefully selected and displayed. When we begin to go through the drawers, an old cookie box appears which contains the first medals won as the national swimming champion and the last medal won for consolidating a life and works important for the

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Colombian Architects Society at the last Biennial Exhibition. One shelf higher, saved as treasures, I find sweets, cookies and chocolates, always stale, that only he is capable of consuming and enjoying their flavor, since they are deep in mildew. Inside a box I discover the gas pistol, only fired once, in a failed attempt to frighten away the thieves, with terrible consequences for him, due to the burns caused by the ignorance and clumsiness in its handling. On one side are the bullets of an ancient revolver belonging to the maternal grandfather, stolen for the benefit of the family, due to the high risk which we ran when it was in the hands of someone who always refused to learn to handle it. On the floor, where the shoes should be, there are popular figures sculptured in wood and painted in bright colors, which rest in a mountain of textiles coming from all over the world. In the study, there is a piece of furniture specially designed to preserve the memory of the trips, detained in water-colors and drawings which journey through cities, objects, landscapes, fruits, flowers and trees, in an expedition without order which still continues. More than 5,000 slides are also preserved, meticulously classified by subjects and places, which gather the permanent emotion of simply looking at the world which surrounds us, always discovering something beyond what we see. Another shelf shelters the postcards, letters and images which, due to their penmanship or graphics, deserved to be saved, as well as the stamps on their envelopes; letters sent by an infinite number of persons considered of little interest, or very interesting by anyone, but in which he had discovered something wonderful, foreign to the rest, which he enjoyed profoundly. In box after box, hidden secrets and pieces of histories appear. Pre-Columbian seals and rolls which, besides their value as ceramic pieces, are even more beautiful because of the impressions they leave in their prints. Boxes full of painting materials, boxes with scissors for left-handed people and the long wave transistor radio, always tuned in to a coarse tango, jazz or a Vivaldi concert. The children’s bedrooms have been taken over by the library which overflows the studio and in one of them the exercise of the selection of magazine articles continues, completely classified by interests and subjects and by subjects of interest. The popular, the graphic design, typographies, architecture, the pre-Columbian world, trips, water-paintings and drawings, photographs, swimming, guadua. As of the things saved in the drawers, the interests in the journey of a life are revealed. In the Bogotá of the XXI century, a seven year old boy excitedly discovers that his 80 year old grandfather still continues to be that same seven year old boy from the Medellín of the end of the decade of the twenties of last century.

TRADEMARK BY CHRISTIAN SCHADER

I had the fortune of not inheriting a fortune; instead, I am constantly finding fantastic human beings in my path, with white hair and eyes full of glitter and wisdom who shared close spaces of life and friendship with my father. Therefore, we

received the best inheritance that any inhabitant of the earth could wish for: the appreciation of my special friends who shared experiences with Rodolfo Schrader, my dear father. Among them, one has had special significance in my life: Dicken Castro, profound nomad who knew my parents in the city of Pereira, back in the decade of the fifties. Ever since then, a carefully designed friendship has been woven. Pereira, the young brown-skinned city, disputed with Manizales, of “tradition and nobility”, the leadership of the old Caldas department, within a vigorous coffee industry; the place to be for those who formed part of a refined social life, which unraveled between the pleasant coffee plantations and the clubs in fashion at the time. Dicken was beginning to show his designs to the country in the decade of the sixties, being for me the definite compass in order to decide following the path of the lines. As far as I can remember, his designs exercised a special attraction in me; to look and look at them was like a new form of art, of commercial plastics, that is how Dicken’s symbols were presented in society. Thanks to Dicken Castro’s work, I was soon able to define my interest in forms, symbols and brands which lead me to study them in the Royal College of Arts, in a fantastic city where a few years earlier, four young geniuses coming from Liverpool made musical poetry. I was able to track them by visiting the places where they stopped to play with their rare popularity, drawing a special line in the horizon in the musical pentagram of humanity. In Colombia, Dicken Castro becomes a brand which marks Architecture and Design, contributing to both fields a very personal stroke with his thoughts transformed into squares and circles, woven, simplifications of elements which, with few lines, represent concepts, inviting a mental game, trying to find out the significance in them. In my life, the name Dicken has created its own space. Dicken Schrader, mi oldest son, today produces animations in video for an important television chain in the city of Miami. He knows well the origin of his name and forms part of the legion of storytellers who tell legends about Dicken Castro. When you pronounce it, the name has always seemed to me to possess a special sound of a door which opens to the world of forms, of symbols and the no-color. Expert no only in forms, since from him one also learns the background of a Renaissance gentleman, of integral culture and of kind treatment; fierce studious of the formation schools in architecture, with whom I share the admiration and respect for the Bauhaus thought and its founders.In the past ten years I have had the fortune of sharing the Academy with Dicken; he as Dean of the Faculty of Interiors Architecture and I in the Faculty of Publicity of the Jorge Tadeo Lozano University, where common interests unite us: creativity, forms, design, spaces, light and color, present in both fields. Dicken is permanently being invited to the different conventions and conferences on subjects related with Publicity, giving out each time that compass which I received years ago when I discovered his works and waking in whoever listens to him a feeling of profound admiration for his spirit and creative strength. Today, he is a great example for the new generation with strong trends towards design.


Revista Mundo No 8 Dicken Castro