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La cadena alimenticia

Publicado en el n煤mero 118 de La Pollera en http://www.lapollera.cl/ Edici贸n web: 28 de julio de 2009

La cadena alimenticia Sim贸n Ergas

Ediciones La Pollera

La cadena alimenticia

Acaban de caer. Están esparcidas por todos lados. En este teclado, frente a él, bajo la pantalla, junto a unos lentes, entre la cámara de fotos y un cenicero, levanté una hoja de papel y habían tres; a la derecha del control remoto de la radio hay una que se irrita y zumba; en una esquina del escritorio, en la otra punta una patalea suave y puf deja de existir; en el tablero de dibujo están todas acumuladas en un cuaderno que hace de tope por el declive del tablazón; ahí también hay una viva, una ahogada en el vaso de jugo, en la repisa de cedés, delante de la tele, en la otra silla y quizás cuántas por los suelos. El olor tóxico del insecticida ya estaba terminando de consumirse en los agonizantes cuerpecitos negros. Unas nuevas ya están volando, al menos son pocas. Minutos antes esto era un horno. Sentado en el mismo computador. Intentando hacer algo. Pero tantas eran ellas que sin parar tenía que cachetearme un brazo, la frente o una pierna. Pensé que en el mundo había insectos, que había que vivir con eso. Sólo en un principio, porque luego de un rato, se me

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ocurrió levantar la vista. Y ya no fue impresión ni asco los que me acometieron. Lo que me inundó fue el miedo al sentirme en una película de Hitchkok. Bajé la nuca, elevé la frente, miré y me paralicé. El ameno azul del cielo raso estaba tapizado por una masa negra que cada cierto tiempo echaba a volar y regresaba a hacerse una. Era repugnante, asqueroso: seis patas, mil ojos …¡puaj! Una pasa con alas. Hubo que fumigar y cayeron todas. Pobrecillas como se retuercen. Ahora ya no están. Quedé libre para siempre. Ahora puedo hacer lo que yo quiera, como leer; antes era imposible: no se puede sujetar un libro y estar dándose palmetazos constantemente para sacarlas de encima, para eso son las colas de los caballos. Ahora no, gozo de libertad sensorial. Que nada se pose sobre mí, por favor. Pero…¿qué es eso? Vuelvo a mirar el techo, lo examino de cerca y encuentro moscas que no cayeron; muertas están, pero no respetaron la ley de la manzana que cae. Cuelgan de unos hilos, como pelusas blancas. Se habrán quedado enganchadas. Me siento. Es casi más repulsivo tratar de trabajar en una fosa común de insectos. Rodeado de criaturas cerdas, que yacen en su costado, algunas de espaldas sobre sus alas y permanecen con sus seis patas flexionadas. De pronto cerca de una de las moscas que cuelgan, descubro que hay una araña acercándosele. No lo puedo creer. La araña camina, anda rapidito sobre sus ocho patas…¡ocho, es dos patas más asqueroso que seis! Atrapa a la mosca con su telaraña. Qué mundo es este, ¿dónde queda lo que llaman civilización? En el momento en que uno quiere trabajar puede aparecer una monstruosidad de seis patas y ser comida por otra rareza de ocho, esto está descontrolado. Es la ley de la selva. Y qué, ¿yo cuántas patas tengo? Dos. ¡Dos miserables

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patas! ¿Qué pueden hacer mis dos nimias patitas contra ocho o seis? Aunque si quiero competir con ellos debo verme a mí también como un insecto, mis extremidades serían mis dedos y contaría con veinte patas. Veinte contra ocho, eso me gusta más. ¡Teman insectos, porque puedo más! Ahí está saliendo otra de esas cochinadas arácnidas a comer. La tomo, me la echo a la boca, mastico y trago.

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