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La pirueta de la OTAN Cómo persuadir al electorado ante un drástico cambio de posición JESÚS ESPINO

La pirueta de la OTAN _ Cómo persuadir al electorado ante un drástico cambio de posición

 INTRODUCCIÓN: “UN ERROR SERIO” El 12 de marzo de 2008, 22 años después del referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN, TVE emitió en sus telediarios unas declaraciones de Felipe González, ex presidente del Gobierno y promotor de aquella consulta: “Un error serio. A los ciudadanos no se les debe consultar si quieren o no estar en un pacto militar; esto se debe llevar en los programas y se decide en las elecciones”. El dirigente socialista reconocía así por primera vez la gravedad no del brusco cambio de posición del PSOE, sino de su decisión de someter semejante giro a las urnas. González, al jugarse todo a la carta del referéndum1, exhibió entre 1985 y 1986 la mayor pirueta política de la democracia española, un arriesgado ejercicio del que salió (contra pronóstico) ileso y reforzado. Desde el punto de vista de la comunicación política, este ensayo pretende poner en contexto aquel acontecimiento histórico y explicar cómo González, su Gobierno y el PSOE (necesariamente en ese orden) lograron persuadir al electorado de que apoyara su drástico cambio de discurso.  1. EL PSOE EN LA OPOSICIÓN (1976-1982): ANTI-IMPERIALISMO La entrada de España en la OTAN quedó encarrilada con la firma, en Madrid, del Tratado de Amistad y Cooperación entre España y Estados Unidos (enero de 1976). En su XXVII Congreso (diciembre de 1976), el PSOE apostó por la “neutralidad activa”. Entonces miraba hacia Norteamérica con desconfianza y desdén: “Una España democrática está en condiciones de marcar su independencia frente a los bloques militares (OTAN y Pacto de Varsovia), que se reparten las zonas de influencia del mundo, y de adoptar progresivamente una política de neutralidad activa en cuanto contribuya a la causa del socialismo”. En una entrevista del francés Pierre Guidoni (El Socialista, 26/02/1976), el secretario general del PSOE, Felipe González, definió así a la Alianza: “Una superestructura militar implantada por los americanos para garantizar la supervivencia del sistema capitalista, orientada contra las posibles transformaciones revolucionarias en el seno de los países capitalistas y capaz de transformar el Ejército español en una mera prolongación, en un peón de brega del Ejército de Estados Unidos” (Del Val, 1996: 67). El programa socialista para las elecciones generales de 1979 era menos taxativo: proponía que España aumentara su autonomía dentro del mundo occidental, pero no cuestionaba la presencia de bases militares norteamericanas, a excepción de las nucleares. Pese a esa cesión, el PSOE seguía mostrando un rotundo rechazo público hacia la OTAN. “Si entramos en la OTAN por mayoría simple del Parlamento, saldremos de la OTAN por mayoría simple del Parlamento”, llegó a proclamar González (El País, 29/06/1980). El 25 de febrero de 1981, en su discurso de investidura (retomado tras el golpe de Estado del 23-F) como presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo “anuncia la voluntad de iniciar consultas con los grupos parlamentarios con el fin de articular una mayoría para incorporar a España en la OTAN, escoger el momento y definir las condiciones y el modo en que España estaría dispuesta a participar en la Organización; esto es, anuncia el paso que había de seguir, con cierto criterio lógico, a la línea de declaraciones proatlantistas que la UCD había hecho públicas desde su constitución como partido político” (Del Val, 1996: 73). La inmediata reacción de la izquierda fue componer un frente anti-OTAN. El PSOE contribuyó decisivamente al mismo poniendo en pie su propia campaña, diseñada con la vista puesta en las siguientes elecciones generales: en julio organizó un festival anti-OTAN al que asistieron 50.000 personas; ese mismo mes, Felipe González tachó la entrada de España en la Alianza de “barbaridad histórica” y Alfonso Guerra afirmó que “el eventual ingreso en la OTAN convertiría a España en colonia de los Estados Unidos” (Del Val, 1996: 82); en octubre, los socialistas entregaron en la Moncloa 600.000 firmas contra la adhesión. El XXIX Congreso del PSOE (21-24 de octubre de 1981) mantuvo su tajante oposición a la Alianza por cuatro motivos: no garantiza la integridad territorial de España, no cubre sus necesidades de seguridad y defensa, supone aumento del riesgo de destrucción nuclear y conlleva la ampliación del Pacto de Varsovia. Los socialistas propusieron un “sistema de defensa propio” y lanzaron una inolvidable promesa: “Si cuando el PSOE llegue al Gobierno no se ha sometido el tema a consulta, el Gobierno socialista someterá a referéndum la pertenencia o no de España a la OTAN” (Del Val, 1996: 84). El 27 de octubre de 1981 comenzó el debate parlamentario sobre la OTAN. En el curso del mismo se votaron dos propuestas del PSOE: consultar al Tribunal Constitucional si el Tratado de Washington y la Constitución española se contradicen y, la más importante para nuestro estudio, convocar un referéndum (UCD y AP logran sortear la consulta popular). Finalmente, el

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El de la OTAN (1986) fue el tercer referéndum celebrado a escala nacional en España desde la muerte del general Franco. Antes se había consultado al pueblo sobre la reforma política (1976) y la Constitución (1978); después, sobre la Constitución Europea (2005). En las cuatro ocasiones ganó el sí.

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Congreso aprobó la adhesión de España a la Alianza con 186 votos a favor (UCD, CD, PNV, CiU y UPN) y 146 en contra (PSOE, PCE, PSA, EE, ERC, PAR y UPC). El PSOE reactivó con un mitin y bajo el lema “OTAN, de entrada, no” (cuyo cartel se reproduce a la izquierda) su campaña detractora. El 15 de noviembre, convocó en Madrid una manifestación en la que participaron 250.000 personas. El 26 de noviembre, el Senado validó la decisión de la Cámara Baja por 106 votos a favor, 60 en contra y una abstención2. Consuelo del Val (1996: 85) subraya que la “clave” de la campaña socialista fue “un documento elaborado por el partido titulado 50 preguntas sobre la OTAN” que añadía a los argumentos del XXIX Congreso cinco más: la OTAN no suponía una garantía para la supervivencia de la democracia española porque aceptaba a regímenes totalitarios (Grecia y Turquía); no garantizaba el ingreso en la CEE; incrementaba el esfuerzo español en gastos militares; no era posible que España fuera una excepción en la nuclearización europea; entrar no devolvía la soberanía de Gibraltar (el 28 de mayo de 1982, dos días antes de que España pasara a ser el 16º miembro de la OTAN, el PSOE presentó una proposición no de ley para congelar las negociaciones de ingreso mientras no se asegurara la soberanía del Peñón). El programa electoral del PSOE para las elecciones generales de 1982 concedió a la política exterior un papel protagonista. Sobre la OTAN, calcaba la promesa de referéndum del XXIX Congreso, pero dibujaba de forma confusa la relación con la organización defensiva liderada por Estados Unidos: “El Gobierno trabajará para lograr un mayor techo de autonomía para España, desvinculándola progresivamente en el plano militar del Bloque del Atlántico Norte”. El 28 de octubre de 1982, el PSOE ganó las elecciones generales, en parte gracias al cebo3 del referéndum. Felipe González arrasó: 10.127.392 votos (48,11%) y 202 diputados, mayoría absoluta.  2. EL PSOE EN EL GOBIERNO (1982-1986): HACIA EL PRO-ATLANTISMO El primer Gobierno del PSOE se formó el 3 de diciembre de 1982 y el tema de la OTAN se abordó ya en el estreno del Consejo de Ministros. Según Fernando Morán, “España detenía el proceso de integración en la organización militar, se mantenía en la Alianza en la que sería mientras decidía un aliado seguro, fiel y cooperador; procedería a un estudio profundo de la situación estratégica y en su momento celebraría una consulta al electorado para conocer su decisión” (Del Val, 1996: 91). Los dos primeros años de legislatura formaron un periodo calificado de “ambigüedad calculada” en el que se alternaron declaraciones y hechos contradictorios. El 24 de febrero de 1983 se firmó un Protocolo adicional al Convenio con Estados Unidos que nada decía de la nuclearización ni de la salida de la OTAN, pero que el Gobierno vendió a bombo y platillo como un freno a Washington. El PSOE ya estaba realineándose y comenzaba a escenificar un sorprendente cambio de posición. Consuelo del Val (1996: 93-94) cita una entrevista de Diario 16 a Felipe González: “Yo no soy anti-OTAN y quiero dejarlo bien claro. Lo que ocurre es que estoy en contra de que España no saque nada positivo de su integración”. Estas palabras se publicaron el 3 de octubre de 1982, es decir, antes de las elecciones generales. Por tanto, el inicio del giro es previo a la llegada a la Moncloa. Al convertirse en presidente, González se apropió de la conexión OTAN-CEE, tan criticada por el PSOE en 1981, cuando era un argumento privativo de la UCD. La agitación anti-imperialista se había acabado: tocaba ser pragmático y posibilista. El discurso desde la oposición, en vacío, es una cosa; la acción del Gobierno, concreta, otra bien distinta. No obstante, destacados dirigentes socialistas mantuvieron el discurso anti-OTAN durante el año 1983. Entre ellos, el vicepresidente, Alfonso Guerra, y el ministro de Cultura y portavoz del Ejecutivo, Javier Solana4. Por su parte, Izquierda Socialista, sector del PSOE partidario de abandonar la OTAN, criticó abiertamente la indefinición del Gobierno y abrió una pugna entre las bases y los cuadros del partido.

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El 2 de diciembre de 1981, España comunica formalmente a la OTAN su intención de adherirse. Consuelo del Val (1996: 89) cita a Fernando Morán, primer ministro de Asuntos Exteriores de Felipe González, para explicar la decisión y la importancia electoral de recoger la promesa del referéndum sobre la OTAN en el programa electoral del PSOE para las elecciones generales de 1982: “Expresamos dudas sobre la conveniencia de incluir un compromiso de referéndum en el programa electoral. Nuestros debates fueron elevados al secretario general del partido, quien zanjó que debía incluirse en lugar preeminente. El referéndum fue uno de los principios más recordados durante la campaña electoral y, según los técnicos, uno de los de mayor incidencia en el resultado”. 4 Paradójicamente, Javier Solana fue elegido secretario general de la OTAN el 5 de diciembre de 1995. Noveno máximo responsable de la Alianza, ha sido el primer y único español en ocupar el cargo. En el momento de acceder al puesto era ministro de Asuntos Exteriores de Felipe González. 3

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En 1984 se produjo la coreografía de la mutación. González, y con él casi todo su equipo, dejó los mensajes ambiguos para defender explícitamente la conveniencia de pertenecer a la Alianza. “El presidente del Gobierno comenzó el año afirmando a la hora de máxima audiencia televisiva que España no podía ser neutral, lo que demostraba una vez más el giro que había experimentado su opinión frente a la cuestión OTAN. También aprovechaba los viajes oficiales al extranjero para hacer pública su posición favorable a la permanencia en la Alianza Atlántica, e incluso su flexibilidad ante la inserción en la Organización Militar” (Del Val, 1996: 95). El mayor apoyo de González en su reubicación fue el ministro de Defensa, Narcís Serra, quien manifestó en marzo, durante un viaje a Estados Unidos, su confianza en que no habría referéndum y señaló con vehemencia las dificultades que entrañaba el proceso de abandonar la OTAN. González y Serra insistieron en la asociación OTAN-CEE: el presidente se refirió incluso a la “vinculación psicológica” entre ambas. Por su parte, el ministro de Exteriores, Fernando Morán, y otros grupos dentro del PSOE (Izquierda Socialista, Juventudes Socialistas y amplios sectores de la UGT5) defendían que OTAN y CEE iban en paralelo: se podía entrar en la Comunidad sin pertenecer a la Alianza. Cuando más lejos parecían estar las bases de la cúpula socialista, Alfonso Guerra declaró: “No sería honesto afirmar que la OTAN coarta la soberanía española y que incrementa el peligro nuclear” (El País, 21/07/1984). Unos meses antes, en marzo, el PCE comenzó su campaña para pedir el referéndum; hubo manifestaciones en toda España reclamando la consulta, convocadas, entre otros6, por Juventudes Socialistas y la UGT. El punto de inflexión del Gobierno lo marcó el Debate sobre el Estado de la Nación de 1984 (del 23 al 25 de octubre). “A lo largo de los dos primeros años de legislatura socialista se intuía la modificación de la actitud gubernamental. La intuición se convirtió en certeza” cuando Felipe González presentó el Decálogo sobre Defensa y Seguridad en el Congreso (Del Val, 1996: 9899). El propósito era recuperar el consenso en materia de política exterior, atraer a la derecha y al centro, pero la oposición no quiso apoyarle. Los diez puntos aclaraban, por fin, las intenciones de González: primero, continuidad en la Alianza Atlántica; segundo, no integración en la estructura militar de la OTAN; tercero, reducción de la presencia de las fuerzas norteamericanas en España mediante la renegociación de la relación bilateral existente; cuarto, no nuclearización de España; quinto, no exclusión de la firma del Tratado de No Proliferación Nuclear; sexto, participación de España en la Unión Europea Occidental; séptimo, recuperación de Gibraltar; octavo, candidatura de España al Comité de Desarme de la ONU; noveno, desarrollo de convenios bilaterales de cooperación defensiva con otros países de Europa occidental; décimo, plan estratégico conjunto. Desenmascarada la posición del Gobierno, había que arrastrar al partido. El punto de inflexión del PSOE lo marcó el XXX Congreso (del 13 al 16 de diciembre de 1984). El secretario general intervino personalmente para tapar las grietas y descendió a la arena, prestándose al debate directo con los críticos. En palabras de Pere Vilanova recogidas por Consuelo del Val (1996: 100), “se pasó de un criterio anti-atlantista a otro pro-OTAN, con un Felipe González que criticó a Izquierda Socialista por su romanticismo y falta de realismo”. El argumentario utilizado por González contenía los mismos mensajes que la derecha y el centro habían expresado desde 1976: responsabilidad española en la defensa y seguridad de Europa y rechazo del neutralismo, considerado “tercermundista”. Salir de la OTAN supondría comprometer la construcción europea, minar la credibilidad de España en el exterior y alterar los equilibrios de la paz mundial. Para justificar el vuelco, el PSOE desempolvó un escrito de su Comisión Ejecutiva firmado en 1949 que elogiaba la creación del Pacto Atlántico. “En definitiva, el XXX Congreso supone el reconocimiento del hecho de que se gobierna como se puede, no como se quiere, y de que el PSOE, desde su victoria electoral, comenzó a hacer política, frente a cinco años previos en los que sólo tuvo ocasión de practicar ideología, práctica que atrapó al Gabinete socialista en un callejón sin salida: la obligación de convocar un referéndum sobre la OTAN” (Del Val, 1996: 101). Una vez aclarada la postura del Ejecutivo y controlado el incendio en el partido, Gobierno y PSOE se enfrentaron en 1985 a quienes no habían cambiado de opinión: los actos y las concentraciones se multiplicaban. En Madrid y Barcelona hubo protestas contra la visita del presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan. Los sondeos indicaban una clara victoria del no en caso de referéndum7. El PCE pasó a ser la única fuerza parlamentaria detractora de la OTAN8. En julio, hubo crisis de Gobierno: Fernando Morán, considerado antiotanista, dejaba el Gobierno y Exteriores pasaba a manos de Francisco Fernández Ordóñez. 5

UGT mantuvo su posición hasta el final: su líder, Nicolás Redondo, dirigió una circular a los afiliados pidiendo el voto negativo (El País, 02/03/1986). Es en este momento cuando se constituye la Mesa por el Referéndum sobre la OTAN, que publicó anuncios en los periódicos para recabar apoyo ciudadano. La Mesa exigía al Gobierno “que de forma inmediata se convoque y celebre el referéndum; que la pregunta se ciña, con precisión y exclusividad, a los dos respuestas posibles respecto a la pertenencia a la OTAN: sí o no, sin vincularla a otras decisiones de política exterior o de defensa; que el propio Gobierno, tal como se prometió en la campaña electoral, acate el resultado de la consulta, cualquiera que éste sea, y cumpla la voluntad que se exprese mayoritariamente”. En el anuncio, se informaba de que “en el momento de su constitución”, la Mesa estaba formada, entre otros, por Ramón Tamames (presidente), Juan María Bandrés (EE), Ángel Benito (PA), Marcelino Camacho (CC OO), Enrique Curiel (PCE), Gregorio López Raimundo (PSUC), Alonso Puerta (PASOC), Francesc Vicent (ERC) e incluso miembros del CDS (La Vanguardia, 28/07/1984). 7 Un sondeo de Sofemasa indicaba que el 63% de la población española quería referéndum; un 46% era partidario de abandonar la OTAN, frente al 19% que apostaba por permanecer (El País, 02/11/1985). 8 El aglutinamiento de las formaciones de izquierda en el movimiento anti-OTAN fue el germen de Izquierda Unida, coalición formada en abril de 1986. 6

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En 16 de abril de 1985, Felipe González anunció que habría referéndum sobre la OTAN en marzo de 1986. Unas semanas después, el PSOE constituyó la Comisión de Paz y Defensa, “que será el germen de la campaña de explicación a favor del mantenimiento de España en la OTAN” (La Vanguardia, 22/05/1985). Un asunto de política exterior se convirtió “en tema de agenda de medios, ciudadanos y políticos”, algo especialmente llamativo “en el caso de los ciudadanos que no sólo no suelen estar interesados por la política, sino que mucho menos interés tienen por la política exterior, vista como algo muy lejano” (Vinuesa, 2008: 275). Las encuestas, las estrategias electorales y las opiniones9 sobre la Alianza llenaron los periódicos y abrieron la precampaña: Abc acogería mayoritariamente artículos a favor de la abstención (defendida por AP10, cuyo líder era Manuel Fraga), La Vanguardia daría más espacio a los textos favorables a la permanencia (tesis de Felipe González y del PSOE) y El País prestaría hueco con un razonable equilibrio a partidarios y detractores11 (grupo que tenía como cabeza política a Gerardo Iglesias, secretario general del PCE). El comité confederal del PSOE dio en diciembre “el visto bueno para la celebración del referéndum pro OTAN sin ningún problema interno”. Izquierda Socialista ofició “en la ceremonia como sector crítico, aunque moderadamente, aceptando de hecho la posición favorable a la permanencia en la Alianza12”. En cuanto a la estrategia, se decidió no celebrar “excesivos actos públicos, como mítines o manifestaciones, para promover el sí al referéndum”, evitando “dar bazas gratuitas a los detractores”. El plan consistía en dirigir “todas las actividades a acciones explicativas a través de los medios de comunicación, con el fin de demostrar a los ciudadanos que votando sí a la OTAN es como mejor se defienden los intereses de España en el mundo y como mejor se garantiza la paz mundial” (La Vanguardia, 22/12/1985). Esa misma sesión del comité confederal aprobó un documento, Propuesta de una política de paz y seguridad, cuyo contenido sería traspasado a la pregunta planteada en el referéndum: no incorporación a la estructura militar, no a las armas nucleares en España y reducción de la presencia militar norteamericana. A finales de 1985 “comenzó la segunda ronda de negociaciones entre España y Estados Unidos para reducir la presencia militar estadounidense en España, tras la que se llegó a un acuerdo por el que se procedería a dicha reducción de manera escalonada y gradual. El logro de estos objetivos ayudó a reforzar la credibilidad del Gobierno, tarea en la que se puso mayor interés durante la campaña de información socialista que dirigía Guillermo Galeote13” (Del Val, 1996: 104).  3. LA CAMPAÑA DEL REFERÉNDUM: PRO-ATLANTISMO El riesgo de derrota, según las encuestas, era alto, así que el PSOE lo apostó todo, en justa proporción a lo que se jugaba: todo. De inmediato, su credibilidad; en pocos meses, la Moncloa en las elecciones generales, que también tocaban en 1986 (González optó por dejar el referéndum para el final de la legislatura, apuró los tiempos al máximo). Líder, Gobierno y partido se pusieron al servicio del doble objetivo, se emplearon a fondo en su consecución. En enero trascendió que el Gobierno pretendía convocar el referéndum el 12 de marzo, día laborable14. ¿Por qué? “La celebración de la consulta popular en un día laborable incrementará la participación en las urnas. Los primeros referendos celebrados en la etapa posfranquista, el de la reforma política y el constitucional, tuvieron lugar en día laborable, coincidiendo también ambos en miércoles; los dos registraron una considerable participación popular, superior al 67%. Un menor índice de abstención ayudará a la votación favorable a las tesis gubernamentales, de acuerdo con las hipótesis que manejan medios de la Moncloa, que piensan que son fundamentalmente los indecisos quienes se abstendrán de votar, ‘y la indecisión puede vencerse con una buena campaña” (El País, 25/01/1986).

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La tensión a la hora de trazar las líneas editoriales era tal que Federico Jiménez Losantos y Javier Pradera acabaron dimitiendo como jefes de Opinión, respectivamente, de Diario 16 y El País. Jiménez Losantos era partidario de la abstención mientras su diario (dirigido por Pedro J. Ramírez) optó por el sí; Pradera firmó un manifiesto a favor del sí y prefirió no comprometer la independencia de su rotativo (dirigido por Juan Luis Cebrián). Esta curiosa historia la narra mordazmente Jaime Campany en el artículo La tercera dimisión (Abc, 01/03/1986). 10 Los tres partidos integrados en Coalición Popular (Partido Demócrata Popular, Partido Liberal y Alianza Popular) decidieron en diciembre promover la abstención en el referéndum a pesar de que defendían la permanencia de España en la OTAN (La Vanguardia, 12/12/1985). 11 Una multitudinaria manifestación contra la Alianza recorrió Madrid el 10 de noviembre de 1985 (medio millón de personas, según la organización). Al término del recorrido, “el actor Imanol Arias leyó un comunicado, firmado por la coordinadora de Organizaciones Pacifistas (CEOP), en el que expresaban su rechazo a la permanencia de España en la OTAN, a las bases, exigiendo un referéndum claro y vinculante (…). Al fin de la lectura se dio a conocer un Decálogo de política de la Paz en contraposición al Decálogo de Política de Defensa de González. En él se afirma que ‘permanecer en la OTAN incrementa el peligro de guerra’; ‘la OTAN no es Europa, sino la división de Europa” (La Vanguardia, 11/11/1985). Las protestas también tomaron ese día otras ciudades españolas (Barcelona, Valencia, Bilbao, Sevilla…). En febrero de 1986 se celebró otra oleada de grandes manifestaciones (hasta 800.000 personas en toda España). 12 El secretario de Organización del PSOE, Txiki Benegas, amenazó a los militantes que hicieran campaña a favor del no con expulsarles (El País, 02/02/1986). 13 Galeote era coordinador del comité electoral. “Junto a él, 50 coordinadores provinciales serán los que cohesionen la campaña” (La Vanguardia, 11/01/1986). 14 “Los estudios realizados por los socialistas demuestran que el índice de abstención es más bajo” porque “los trabajadores que pidan cuatro horas para ir a votar deben mostrar el justificante ante sus empresas” (La Vanguardia, 29/01/1986). Esto conllevó un coste de 40.000 millones de pesetas (Abc, 13/13/1986).

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El 31 de enero, el Gobierno envió a las Cortes el decreto de convocatoria del referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN. Dicho decreto contenía la fecha (en efecto, el 12 de marzo) y la pregunta, calculada al milímetro: REFERÉNDUM 1986 (Texto íntegro de la decisión política objeto de la consulta15) El Gobierno considera conveniente para los intereses nacionales que España permanezca en la Alianza Atlántica, y acuerda que dicha permanencia se establezca en los siguientes términos: 1º La participación de España en la Alianza Atlántica no incluirá su incorporación a la estructura militar integrada16. 2º Se mantendrá la prohibición de instalar, almacenar o introducir armas nucleares en territorio español. 3º Se procederá a la reducción progresiva de la presencia militar de Estados Unidos en España. PREGUNTA “¿Considera conveniente para España permanecer en la Alianza Atlántica, en los términos acordados por el Gobierno de la Nación?”

La oposición acusó a González de formular una pregunta poco clara y plebiscitaria. Desde AP, Manuel Fraga consideró que era “un inmenso fraude” pues no se trataba de “discutir la OTAN en sus méritos, sino de decir amén al Gobierno y al conjunto de su equivocada política exterior”. Por su parte, en el extremo opuesto, el secretario general del PCE afirmó que la pregunta constituía “un clamoroso intento de engañar a la opinión pública”. Un editorial de El País lo explicaba así: “Aunque la pregunta sea clara, sugiere contestaciones no unívocas: en efecto, hay quien puede votar no porque no quiera seguir en la OTAN y quien puede votar no porque quiera permanecer con todas sus consecuencias. Una definición más sencilla de la decisión del Gobierno hubiera aumentado los riesgos de éste de perder votos entre el electorado de izquierda, pero hubiera hecho más difícil también la abstención activa por parte de la oposición conservadora, partidaria de seguir en la Alianza” (El País, 01/02/1986). El preciso diseño de la pregunta no era suficiente. Había que persuadir al electorado. Para ello, la implicación de González en la campaña resultó determinante. “A partir del momento en que el Gobierno envió a las Cortes el decreto de convocatoria del referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN proliferaron las apariciones del presidente del Gobierno en todos los medios de comunicación. Los argumentos que expondrían, machaconamente, tanto él como sus ministros, giraban en torno a las nefastas consecuencias que acarrearía para España una eventual salida de la Organización: el aislamiento respecto del mundo occidental, el retraso tecnológico, los riesgos impredecibles de una actitud contraria a los bloques militares o el desprestigio internacional. Todo ello sin contar con el vacío de poder que crearía, según González, un resultado negativo en el referéndum, dada la ‘inexistencia’ de una fuerza política capaz de gestionar dicho voto” (Del Val, 1996: 104-105). Javier Solana sintetizó con una declaración de intenciones los motivos para respaldar el sí: “La primera razón es que no es lo mismo no entrar que salirse, sobre todo cuando ya estamos en la CEE. Segunda, se toma la decisión de continuar después de tres años de Gobierno en los que hemos comprobado que la Alianza no limita en absoluto la política internacional de nuestro país; al contrario, en algunos momentos nuestra presencia en esos foros nos ha permitido una mayor contribución en los sectores de política internacional en los que estamos más interesados. Tercera, este Gobierno ha hecho una apuesta por Europa, por construir Europa, que es algo más que construir un mercado. Queremos contribuir a la construcción de Europa desde el punto de vista cultural, económico, político, e ir trabajando con Europa en una política de seguridad propia” (La Vanguardia, 24/01/1986). Razones similares, si no idénticas, a las que indicó Calvo Sotelo cuando impulsó, en 1981, la entrada de España en la OTAN. Las intervenciones de González, “estrella protagonista de los medios”, se incrementaron conforme se acercaba el 12 de marzo. Entre diciembre y enero siguió “una línea de carácter informativo, de justificación o defensa de la decisión de apoyar la permanencia”. Dentro de esa primera fase, reconocía el papel de la OTAN, remachaba el ya mencionado nexo OTAN-CEE, subrayaba los beneficios de quedarse en la Alianza y asumía el carácter vinculante del resultado del referéndum (Del Val, 1996: 178). “España quiere llegar a compartir el destino de Europa en todas las materias”, sentenció González. Y agregó que se sentía “moralmente vinculado” al resultado de la consulta (El País, 27/12/1985). Tras una tanda de mensajes positivos, agotado el repaso de las ventajas que comportaba pertenecer al club de la OTAN, González saltó a una segunda fase que arrancó en febrero, basada en el miedo. Es lo que Consuelo del Val llama “línea catastrofista”, una batería de mensajes negativos que incrementaron su intensidad conforme se acercaba el 12 de marzo. Criticó

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El texto citado es el que acabó figurando en la papeleta electoral, en cuyo pie un recuadro contenía “sí”, “no” o quedaba en blanco. Obsérvese que los términos están extraídos, directamente, del ya citado documento Propuesta de una política de paz y seguridad, aprobado por el PSOE en diciembre de 1985. 16 El 14 de noviembre de 1996, el Congreso de los Diputados autorizó al Gobierno (91,5% de votos a favor) para que negociara el ingreso de España en la nueva estructura de mandos de la OTAN. La incorporación se produjo el 1 de enero de 1999. Desde entonces, la participación española ha crecido progresivamente hasta el punto de acoger el Mando Componente Terrestre (Cuartel de Retamares) del Mando de Fuerzas Conjuntas de la OTAN en Nápoles. Asimismo, generales, oficiales y suboficiales españoles han ido incorporándose a la jerarquía de la Alianza.

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al neutralismo17, señaló las consecuencias negativas del no (aislamiento económico y atraso tecnológico, falta de soporte parlamentario de los detractores de la Alianza, disolución del Parlamento en caso de triunfar el rechazo). Combinó “dos planos en el discurso de las consecuencias: uno, concreto, el de las repercusiones económicas, y otro, de carácter simbólico, relacionado con los valores de credibilidad y futuro del Estado español en la comunidad internacional”. Paralelamente, “se puede distinguir la existencia de dos niveles de referencia en el discurso” con independencia de los dos planos anteriores: primero, el nivel referido a la política exterior; segundo, el nivel referido a la política interna (Del Val, 1996: 179-180). El PSOE aleccionó a sus altos cargos sobre las razones del sí. El 26 de enero, Guillermo Galeote y Elena Flores se reunieron con casi 200 dirigentes socialistas para indicarles el argumentario a seguir: “Se les facilitó documentación sobre la posición actual del PSOE ante la OTAN, así como sobre los puntos de vista del propio presidente del Gobierno” (El País, 27/01/1986). Al encuentro, en el que se planificó la movilización de las siguientes semanas, asistieron cinco presidentes de comunidades autónomas, tres secretarios de Estado, el presidente del INI (Luis Carlos Croissier) y el presidente de Telefónica (Luis Solana), entonces pública. El 28 de enero, Pilar Cernuda publica un jugoso artículo: “400 socialistas cualificados estudian los colectivos españoles y sus líderes para preparar una estrategia con la que convencer a todos y cada uno de esos colectivos de la necesidad de participar en el referéndum y votar sí (…). Se analizan en profundidad 19 sectores y sus comportamientos, y se ha llegado ya a la conclusión de que los sectores menos proclives a la respuesta afirmativa son los sindicalistas y las juventudes. Los estudios se realizan a base de entrevistas grabadas en magnetófono que luego son desmenuzadas por sociólogos. Se da el caso de que las mujeres son más difíciles de convencer para que cambien su voto” (La Vanguardia, 29/01/1986). Los días 4 y 5 de febrero, Felipe González sometió a debate en el Congreso su política sobre paz y seguridad. Con 207 votos a favor, 103 en contra y 20 abstenciones, logró la autorización de la Cámara para convocar el referéndum. González, fuera de la tribuna, habló de las “consecuencias traumáticas” que tendría la salida de la OTAN. “No quiero que se tenga la impresión de que hay una cierta coacción sobre el electorado”, concluyó (La Vanguardia, 06/02/1986). El 14 de febrero, el PSOE presentó su campaña, con el eslogan “En interés de España” (al que luego se añadiría “vota sí”). Guillermo Galeote explicó que el presupuesto ascendía a 300 millones de pesetas ampliables y expresó el deseo de que “ninguna localidad española se quede sin que dirigentes del partido le hayan explicado cuáles son los intereses de nuestro pueblo”. El PSOE programó más de 5.000 mítines y la contratación de 2.000 vallas y 20.000 cabinas telefónicas, más de 500 cuñas en la radio y 1.000 anuncios en los periódicos (La Vanguardia, 15/02/1986). Además de los medios de comunicación de masas (prensa, radio y televisión, la última aún monopolio público), hubo una serie de escenarios públicos desde donde se emitieron los mensajes persuasivos (para ser rebotados por los medios): conferencias, coloquios y presentaciones de libros; la Junta Electoral Central, destino de recursos y denuncias sobre supuestas irregularidades en la campaña; y la calle, donde las manifestaciones, mítines, manifiestos y comunicados se sucedieron18. En cuanto a los mítines, inicialmente evitados por el PSOE, acabaron por ser un recurso más circunscrito “casi en exclusiva al periodo de la campaña propiamente dicha: desde el 24 de febrero al 10 de marzo. Durante el mes de febrero se registraron mítines del Gobierno y del movimiento anti-OTAN, pero durante los diez últimos días de campaña es el PSOE y específicamente el Gobierno, con todos sus ministros19, los que acapararon los espacios informativos” (Del Val, 1996: 228). La mayoría de los sondeos pronosticaban la victoria del no. El País publicó tres (9 de febrero, 23 de febrero20 y 6 de marzo) hechos por Alef: el primero concedía al no un 39% frente a un 21% para el sí21; en el segundo, el no bajaba al 34,2% y el sí subía al 25,2%; en el tercero y último, el no se movía en una horquilla del 52-56% y el sí, en torno al 40-46%. Los antiatlantistas, reunidos en la Plataforma Cívica por la Salida de España de la OTAN, presidida por el escritor Antonio Gala, se mostraban satisfechos con los datos. “No ha tenido éxito la estrategia del temor y los ciudadanos no han aceptado las presiones, directas o indirectas, a las que han sido sometidos”, afirmó el vicesecretario general del PCE, Enrique Curiel (El País, 07/03/1986). ¿Cómo logró Felipe González darle la vuelta a las encuestas? “La campaña gubernamental de petición del sí en el referéndum abarcó todos los tipos de escenario posibles. Si en las primeras directrices se optaba por la transmisión de la 17 Los detractores de la permanencia en la OTAN “sólo me dicen cosas pasionales, no se me da ni una sola razón que convenga realmente para romper la situación en la que estamos, que es la más favorable en la que ha estado España en 150 años de historia” (El País, 16/02/1986). 18 Coalición Popular y los nacionalistas (catalanes y vascos) no hicieron campaña formal. Ésta se limitó a la iniciativa pro-OTAN del Gobierno frente a la respuesta anti-OTAN del PCE y su entorno. 19 José María Maravall, ministro de Educación y Ciencia: “Decir no a la OTAN es decir sí a las bases estadounidenses para siempre” (El País, 03/03/1986). 20 El día anterior, el CIS difundió una encuesta que otorgaba al no un 31% y al sí, un 27%. 21 En este primer sondeo, el 42% de los que habían votado al PSOE en 1982 se mostraban contrarios a la permanencia en la OTAN.

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información de boca a oído, posteriormente se recuperaron los escenarios de grandes audiencias (mítines), mostrando el carácter partidista de un referéndum que se convertiría poco a poco en un test previo a las elecciones generales. Esta decisión estratégica de acaparar todos los escenarios y, más concretamente, los seguidos por los públicos menos atentos, pasivos, tales como los mediáticos de carácter electrónico y los públicos de grandes audiencias, es la resultante de un conocimiento de que éstas son las principales vías de acceso a los posibles cambios de opinión de los públicos más moldeables. Junto con los escenarios era necesario adaptar el tipo de argumentos. Es en estos escenarios dirigidos a los públicos pasivos donde se asienta el discurso de las desventajas22 (…). Mientras el discurso anti-OTAN, cargado de elementos abstractos (equilibrio entre bloques, desnuclearización…) y de carácter militar se alejaba cada vez más de las mentes de los españoles, el discurso pro-OTAN, posibilista y concretado económica y políticamente en las indeseables consecuencias de una salida, dirigió, en última instancia, el voto de aquellos grupos susceptibles de cambiar su opinión hacia el sí a la OTAN. Fueron estos grupos (los formados por aquéllos con menor nivel de estudios, los de más edad e inactivos) los que más confianza tuvieron en el equipo gobernante y, más concretamente, en una figura del sistema democrático, la del presidente del Gobierno, que prodigó su presencia en los escenarios más cercanos a un público poco atento a cuestiones tan específicas como las de política exterior23. La conversión de un asunto de trascendencia internacional en un debate sobre la gobernabilidad de un país y sobre la viabilidad de un proyecto (de partido) de progreso fue la clave del vuelco en la opinión. La inconsistencia de la presentación del discurso de la derecha24 ayudó en esta tarea” (Del Val, 1996: 346-347). El 9 de marzo, TVE emitió un falso debate entre Felipe González, Manuel Fraga y Gerardo Iglesias. Falso porque consistió en tres entrevistas grabadas por separado cuya emisión consecutiva, en un mismo espacio, duró más de una hora y media. “La decisión de emitir este programa se adoptó aparentemente en la misma tarde de ayer, y provocó algunas fricciones con Iglesias, quien trató de conseguir sin éxito que le acompañara ante las pantallas Antonio Gala” (El País, 10/03/1986). El último tramo de la campaña lo acaparó Felipe González. El mitin final, celebrado en el Palacio de los Deportes de Madrid, contó con 7.000 asistentes. “No quiero hacer un mensaje histérico, pero pido a los ciudadanos que voten por el único camino que tenemos por delante; el otro no conduce a ningún sitio”, indicó González, quien pronunció hasta 40 veces la palabra “paz” e hizo sólo un par de referencias a la “Alianza Atlántica” (El País, 11/03/1986). El 12 de marzo se celebró el ansiado referéndum, cuya convocatoria costó al Estado más de 3.500 millones de pesetas entre la organización y la campaña institucional pro-participación, cuyo gasto fue de unos 650 millones (La Vanguardia, 25/02/1986). El sí ganó con un 53,09% de los votos frente a un 40,3% para el no (12,79 puntos de diferencia). La participación alcanzó el 59,76% (la abstención, por tanto, fue del 40,24%). Sólo en cuatro comunidades se impuso el rechazo a la OTAN25: Cataluña, País Vasco, Navarra y Canarias. Andalucía, donde el voto afirmativo fue superior al 63%, resultó decisiva. TOTAL ESTATAL Población de derecho Nº de mesas

38.473.418 41.901

Censo electoral

29.024.494

Nº de votantes Abstención

17.246.452 11.778.042

Censo RAE Nº votantes RAE

253.993 52.038

Afluencia de votantes Hora Votantes 14.00 7.770.746 18.00 13.070.877 20.00 17.194.414 59,42% 40,58%

Votos válidos Votos nulos Votos en blanco Votos afirmativos Votos negativos

17.054.603 191.849 1.127.673 9.054.509 6.872.421

Porcentaje 26,80% 45,43% 59,76% 98,89% 1,11% 6,61% 53,09% 40,30%

Fuente: Ministerio del Interior.

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Véase página 6: línea de carácter informativo previa a la línea catastrofista. Pese a ello, todos los sectores de la sociedad se pronunciaron: la Conferencia Episcopal puso en duda las condiciones del referéndum (El País, 15/02/1986) y la banca afirmó que “un resultado distinto al sí sería de efectos incalculables sobre las perspectivas económicas” (El País, 03/03/1986). 24 En 1991, durante un viaje oficial a Londres, el entonces presidente del PP (formación heredera directa de AP) y líder de la oposición, José María Aznar, reconoció el resbalón de Manuel Fraga: “Felipe González cometió un error histórico al convocar el referéndum y nosotros cometimos un error importante al promocionar la abstención” (La Vanguardia, 01/11/1991). 25 “En 2002, el 63% de los españoles apuesta decididamente por la permanencia de España en la OTAN, incrementando en más de 10 puntos los resultados obtenidos en 1997” (Del Campo y Camacho, 2003: 17). Tras la celebración del referéndum, la cuestión pasa a segundo plano: “El tono de la producción bibliográfica”, que había proliferado entre 1981 y 1986, queda dominado desde entonces “por enfoques técnicos y académicos, ganándose en calidad y profundidad mucho de lo que se pierde en afán propagandístico” (Corchado y Sanz, 2000: 388). 23

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La victoria del sí produjo al día siguiente una espectacular subida de las bolsas (6,78 puntos en Madrid), la mayor en 12 años (El País, 14/03/1986). El 20 de marzo, el Consejo del Atlántico Norte (CAN) validó la modalidad de participación aprobada en la consulta. España accedía así a todos los comités, grupos de trabajo, agencias, presupuestos y planteamiento de la OTAN, a excepción (aunque esto cambió en 1999) de la Estructura Integrada de Mandos.  CONCLUSIÓN: UNA ESTRATEGIA BRILLANTE APUNTALÓ A FELIPE GONZÁLEZ Felipe González pudo completar su acrobacia con los pies en el suelo y erguido, pero había protagonizado “uno de los episodios más controvertidos y esquizoides de la nueva democracia española26”, como concluyó El País en un duro editorial. “Las manipulaciones27, presiones, nerviosismo y estupor que los socialistas han desparramado a su alrededor no les permiten hoy presentarse con la cabeza bien alta, y sí pidiendo perdón a un país al que han hecho pasar lo que no se merecía. La apreciable diferencia respecto a los votos negativos no habría sido seguramente posible sin el esfuerzo de reflexión que se ha exigido a una parte del electorado que con gran probabilidad ha cambiado el sentido de su voto en los últimos días e incluso en las últimas horas” (El País, 13/03/1986). Para González, como sostenía otro editorial del mismo diario, la consulta respondió “al deseo de probar su capacidad personal de mantener la palabra dada y al de resguardar su credibilidad cara a las próximas elecciones generales”, aunque fuera “un referéndum para permanecer en la Alianza Atlántica en vez de para salir” (El País, 01/02/1986). Si González pudo persuadir al electorado, fue gracias a una campaña y una estrategia brillantes. Ambas tan eficaces que en junio, en las siguientes elecciones generales, el PSOE mantuvo el tipo: 8.901.718 votos (44,06%) y 184 escaños, segunda mayoría absoluta consecutiva. Los españoles siguieron al presidente del Gobierno hasta el punto de olvidar sus contradicciones: antes de 1982, ingresar en la OTAN suponía la ruptura del equilibrio entre bloques, peligro que desapareció con el Gobierno del PSOE; antes de 1982, la construcción europea sólo necesitaba a España en la CEE, pero después también resultaba imprescindible el foro de la OTAN; antes de 1982, el prestigio del tradicional neutralismo se perdería al entrar en la OTAN, pero después lo que mermaría nuestra credibilidad exterior era salir de la Alianza (Del Val, 1996: 121). En sólo catorce días, el PSOE logró vencer la inercia del no. Finalmente hubo 5.000 actos públicos (no sólo grandes mítines, sino también reuniones de simpatizantes o conferencias en barrios y pequeñas poblaciones), 2.000 vallas, 20.000 cabinas telefónicas y 1.000 inserciones en los periódicos. Las cuñas se elevaron a 600. La artillería propagandística alcanzó cifras muy elevadas: 600.000 carteles, 600.000 pegatinas, tres millones de trípticos, 10 millones de papeletas y 15 millones de volatinas. El equipo de campaña, con Guillermo Galeote, Roberto Dorado y Helga Soto como cerebros, se dividió en tres áreas: infraestructura, estrategia y área político-operativa. “Por primera vez, la campaña de un partido no ha tenido por objeto contrarrestar las opciones de otras fuerzas políticas, sino exponer las razones por las que los propios socialistas pedían una respuesta afirmativa en el referéndum (…). La estrategia adoptó un carácter didáctico (…). Expertos del PSOE se basaron en dos de las principales formas del márketing político: los medios de publicidad habituales (prensa, radio, televisión y exterior) y la utilización del ‘líder de opinión’ como técnica electoral (…). A la hora de plantearse las ideas generales para llegar al lema final, se había tenido en cuenta el cliente socialista, pero al mismo tiempo había que buscar una fórmula que no molestara al otro electorado (…). La campaña fue concebida para llegar hasta el electorado de signo conservador utilizando lemas publicitarios que, por primera vez, se basaban en el concepto de ‘España’. Las líneas básicas han tenido en cuenta la integración de España en la CEE, los intereses comerciales con los países de la Comunidad y, principalmente, la evolución de los socialistas españoles con respecto a la concepción del mundo occidental” (La Vanguardia, 13/03/1986). El PSOE reconoció haberse gastado 600 millones de pesetas (el doble de lo presupuestado inicialmente), pero los expertos calcularon que fueron más de 1.000, todo a través de la agencia El Viso Publicidad, SA, que había trabajado anteriormente con administraciones y entes públicos28 y para el propio PSOE. “La opinión publicada en los medios de comunicación actuó como un factor de transformación de la opinión pública más que como reflejo de la misma” (Vinuesa, 2008: 276). La campaña coordinada por Galeote no sólo salvó a Felipe González de acabar como el general De Gaulle, quien tuvo que retirarse de la política en 1969 tras perder un referéndum que pretendía la descentralización administrativa de Francia (El País, 25/02/1986), sino que apuntaló su carisma y liderazgo. 26

La hagiografía del PSOE demuestra que no está orgulloso de aquel episodio, minimizado en la cronología oficial y tremendamente edulcorado. En una obra de referencia editada cuando el partido cumplió 125 años, sólo se menciona en un escueto párrafo de sus 206 páginas: “Durante aquellos años se pudo cerrar el proceso de ‘occidentalización’ de España. La compleja decisión política que planteó la realización de un referéndum para definir la participación en la Alianza Atlántica (a partir de la decisión de la UCD de incorporarnos apresuradamente, sin una consulta popular), se reveló a largo plazo como oportuna. El pueblo español pudo decidir libremente la forma de colaboración que deseaba con la Alianza Atlántica, permitiendo una efectiva desnuclearización militar del territorio español y dando lugar a un modelo de relación con los Estados Unidos que permitió recuperar las bases de Torrejón y Zaragoza” (Tezanos et al, 2004: 146). 27 El PSOE desplegó técnicas desinformativas. Por ejemplo, “omitió sistemáticamente los pasos del proceso de denuncia del Tratado de Washington (un miembro puede abandonarlo después de un año de expresar su renuncia), lo que hubiera permitido la convocatoria de nuevas elecciones” (Del Val, 1996: 343). 28 El Ministerio de Trabajo, el Ministerio de Transportes, la Caja Postal y el Instituto de Crédito Oficial.

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 BIBLIOGRAFÍA 

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Del Campo, Salustiano; Camacho, Juan Manuel. La opinión pública española y la política exterior. Incipe y Real Instituto Elcano, 2003.



Del Val Cid, Consuelo. Opinión pública y opinión publicada. Los españoles y el referéndum de la OTAN. Centro de Investigaciones Sociológicas, 1996.



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Ministerio del Interior. Base histórica de resultados electorales: <http://www.elecciones.mir.es/MIR/jsp/resultados>. Publicación: fecha desconocida; consulta: 11/12/2010.



Ministerio de Defensa. Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN): < http://www.mde.es/politica/seguridad-defensa/contexto/europea-atlantica/OTAN>. Publicación: fecha desconocida; consulta: 02/12/2010.



Tezanos, José Félix; et al. 125 años del Partido Socialista Obrero Español. Fundación Pablo Iglesias, 2004.



Vinuesa Tejero, María Lourdes. La opinión pública medida y mediatizada. La comunicación social en la España democrática. En Estudios sobre el Mensaje Periodístico. Número 14, páginas 267-289. Universidad Complutense de Madrid, 2008. Málaga, 29 de diciembre de 2010

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