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Vi­vo en el cam­po. Voy a cum­plir diez años. Ten­go un her­ma­ni­to chi­co, Pe­dro.

Co­noz­co to­dos los co­lo­res del ar­co iris y me gus­ta ca­mi­nar des­cal­za ba­jo la llu­via; re­ci­bir en la fal­da ex­ten­di­da el gra­ni­zo y se­guir de cer­ca a la per­diz has­ta su ni­do pa­ra mi­rar sus hue­ ve­ci­llos lus­tro­sos y vio­le­tas. Mi ca­sa tie­ne el te­ja­do ro­jo y las pa­re­des blan­cas, ro­dea­da de sol, pen­cas y re­ta­mas, de sau­ces, eu­ca­lip­tos y qui­nua­les du­ran­ te el día, y de os­cu­ri­dad y pa­ca-pa­cas en la no­che. Cuan­do se apa­ga la lám­pa­ra, mi ca­sa pa­re­ce una is­la con to­das sus co­sas jun­tas; pe­ro tan dis­tan­te que hay que via­jar to­da la no­che pa­ra en­con­trar­la otra vez. Al ama­ne­cer, lo pri­me­ro que se ad­vier­te en su cie­lo es el hu­mo de la chi­me­nea, al­to, blan­co, den­so; me ha­ce ima­gi­nar un bar­co re­cién an­cla­do en el puer­to lu­mi­no­so del día. No pue­do re­me­cer los ár­bo­les con mis ma­nos. Si lo hi­cie­ra, los pá­ja­ros y las ho­jas cae­rían y yo ten­dría una llu­via ma­ra­vi­llo­sa. Pe­ro el ár­bol es co­mo mi ma­dre, que no pue­de ba­jar­me una es­tre­lla, y yo qui­sie­ra te­ner una luz ocul­ta que me hi­cie­ra bri­llar el co­ra­zón o un pá­ja­ro que can­te den­tro de mí o una ho­ji­ta sen­si­ti­va que me sir­va pa­ra no po­ner­me co­lo­ra­da mien­tras ha­blo. Voy a la es­cue­la, pe­ro ten­go el con­flic­to de gus­tar más del len­gua­je de las co­sas que mi­ro, de la tie­rra abier­ta, del mu­gi­do de las va­cas o de los ár­bo­les que zum­ban con el ai­re, que del cua­der­no, el lá­piz y la car­pe­ta. Cuan­do ba­ja­mos al pue­blo, con Jua­ni­na, lle­va­mos en las tren­zas el co­lor del tri­go en co­se­cha y el olor de re­ta­mas. Me gus­ta oler a cam­po, a flo­res fres­cas, a agua lim­pia. Los ni­ños del cam­po te­ne­mos al­go es­pe­cial en los ojos y en el al­ma. Co­pia­mos 10

la lim­pi­dez del cie­lo sin sa­ber­lo. Es­ta­mos acos­tum­bra­dos al len­gua­je di­rec­to de la tie­rra, del agua, del vien­to, de los pá­ja­ ros y has­ta de las raí­ces, por os­cu­ras y ocul­tas que pa­rez­can. En nues­tra san­gre can­ta la crea­ción, el ma­ra­vi­llo­so him­no de ac­ción de gra­cias; don­de quie­ra que mi­re­mos, la obra de Dios se ha­ce pre­sen­te. La maes­tra di­ce que no nos cam­bia­ría nun­ca por otros ni­ños. A pe­sar de no ser de aquí, se sien­te fe­liz. Lle­na­mos su vi­da. Siem­pre la oí­mos can­tar y jue­ga con no­so­tros co­mo si tu­vie­ra nues­tra edad. En las tar­des, al fi­nal de las cla­ses, vi­si­ta las ca­sas de los chi­cos y ha­ce pro­yec­tos con los pa­dres en pro­ve­cho de no­so­tros. To­dos la que­re­mos.

Vi­vo en el cam­po. Voy a cum­plir diez años. Ten­go un her­ma­ni­to chi­co, Pe­dro.

Co­noz­co to­dos los co­lo­res del ar­co iris y me gus­ta ca­mi­nar des­cal­za ba­jo la llu­via; re­ci­bir en la fal­da ex­ten­di­da el gra­ni­zo y se­guir de cer­ca a la per­diz has­ta su ni­do pa­ra mi­rar sus hue­ ve­ci­llos lus­tro­sos y vio­le­tas. Mi ca­sa tie­ne el te­ja­do ro­jo y las pa­re­des blan­cas, ro­dea­da de sol, pen­cas y re­ta­mas, de sau­ces, eu­ca­lip­tos y qui­nua­les du­ran­ te el día, y de os­cu­ri­dad y pa­ca-pa­cas en la no­che. Cuan­do se apa­ga la lám­pa­ra, mi ca­sa pa­re­ce una is­la con to­das sus co­sas jun­tas; pe­ro tan dis­tan­te que hay que via­jar to­da la no­che pa­ra en­con­trar­la otra vez. Al ama­ne­cer, lo pri­me­ro que se ad­vier­te en su cie­lo es el hu­mo de la chi­me­nea, al­to, blan­co, den­so; me ha­ce ima­gi­nar un bar­co re­cién an­cla­do en el puer­to lu­mi­no­so del día. No pue­do re­me­cer los ár­bo­les con mis ma­nos. Si lo hi­cie­ra, los pá­ja­ros y las ho­jas cae­rían y yo ten­dría una llu­via ma­ra­vi­llo­sa. Pe­ro el ár­bol es co­mo mi ma­dre, que no pue­de ba­jar­me una es­tre­lla, y yo qui­sie­ra te­ner una luz ocul­ta que me hi­cie­ra bri­llar el co­ra­zón o un pá­ja­ro que can­te den­tro de mí o una ho­ji­ta sen­si­ti­va que me sir­va pa­ra no po­ner­me co­lo­ra­da mien­tras ha­blo. Voy a la es­cue­la, pe­ro ten­go el con­flic­to de gus­tar más del len­gua­je de las co­sas que mi­ro, de la tie­rra abier­ta, del mu­gi­do de las va­cas o de los ár­bo­les que zum­ban con el ai­re, que del cua­der­no, el lá­piz y la car­pe­ta. Cuan­do ba­ja­mos al pue­blo, con Jua­ni­na, lle­va­mos en las tren­zas el co­lor del tri­go en co­se­cha y el olor de re­ta­mas. Me gus­ta oler a cam­po, a flo­res fres­cas, a agua lim­pia. Los ni­ños del cam­po te­ne­mos al­go es­pe­cial en los ojos y en el al­ma. Co­pia­mos 10

la lim­pi­dez del cie­lo sin sa­ber­lo. Es­ta­mos acos­tum­bra­dos al len­gua­je di­rec­to de la tie­rra, del agua, del vien­to, de los pá­ja­ ros y has­ta de las raí­ces, por os­cu­ras y ocul­tas que pa­rez­can. En nues­tra san­gre can­ta la crea­ción, el ma­ra­vi­llo­so him­no de ac­ción de gra­cias; don­de quie­ra que mi­re­mos, la obra de Dios se ha­ce pre­sen­te. La maes­tra di­ce que no nos cam­bia­ría nun­ca por otros ni­ños. A pe­sar de no ser de aquí, se sien­te fe­liz. Lle­na­mos su vi­da. Siem­pre la oí­mos can­tar y jue­ga con no­so­tros co­mo si tu­vie­ra nues­tra edad. En las tar­des, al fi­nal de las cla­ses, vi­si­ta las ca­sas de los chi­cos y ha­ce pro­yec­tos con los pa­dres en pro­ve­cho de no­so­tros. To­dos la que­re­mos.

Car­bón es ne­gro co­mo la no­che. Me lo tra­jo mi pa­dre una tar­de de llu­via ba­jo el pon­cho y me lo echó a los pies co­mo si me ti­ra­ra un co­po de la­na ne­gra, ti­bia y es­pon­jo­sa, mien­tras mi ma­dre ca­len­ta­ba la co­mi­da y el agua res­ba­la­ba en los te­ja­dos. Ape­nas ca­bía en la pal­ma de mi ma­no. No se mo­vió, es­ta­ba ate­ri­do. Só­lo su ho­ci­qui­to hú­me­do, an­sio­so de co­mi­da, cam­bió de si­tio. Afue­ra tro­na­ban los ra­yos y pa­re­cían me­ter­se den­tro de la ca­sa. Lo es­con­dí en­tre los plie­gues de mi fal­da des­ pués de que to­mó su so­pa, y am­bos nos que­da­mos dor­mi­dos jun­to al fue­go. Me pa­re­ce que en sue­ños le pu­se el nom­bre de Car­bón. ¿Qué otro nom­bre po­día que­dar­le más a to­no con su ta­ma­ño, su for­ ma y la no­che os­cu­ra en que lle­gó? Car­bón es un ca­cho­rro co­mo po­cos. Más que su pu­ra san­gre, es­tá en él el se­llo con que vi­no. Llé­va­te el me­jor pa­ra tus hi­jos, le ha­bía di­cho a mi pa­dre un ami­go de la in­fan­cia. Mi pa­dre eli­gió a Car­bón. La pre­sen­cia de Car­bón en­tre no­so­tros acer­ca la vi­sión de aquel ami­go, aun­que Pe­dro y yo no lo co­no­ce­mos; y él, Car­ bón, ha de man­te­ner­nos uni­dos pa­ra siem­pre.

Car­bón es due­ño del cam­po y na­die se lo ha di­cho. Tre­pa los mu­ros y ol­fa­tea a to­dos los ani­ma­les que te­ne­mos, pa­re­ce es­tar des­cu­brien­do el mun­do y sus ra­re­zas. Es ju­gue­tón, ha­ce le­van­tar del ni­do a las ga­lli­nas por creer­las pe­re­zo­sas y ar­ma un es­cán­da­lo in­fer­nal de ca­ca­reos y pro­tes­tas, se en­tre­cru­za en­tre las pier­nas de la va­ca por el olor a le­che, hus­mea to­dos los rin­co­nes del sen­de­ro; y, des­pués, can­ sa­do, be­be el agua del río co­mo si tu­vie­ra una sed enor­me reu­ni­da des­de el día en que na­ció. Pa­re­ce que qui­sie­ra se­car el río pa­ra en­con­trar la len­gua del otro pe­rro que aso­ma des­de el fon­do ame­na­zan­te. ¡Qué ton­to eres, Car­bón! Es tu som­bra, tu pro­pia som­bra, la que aso­ma den­tro del agua. Ca­mi­na pa­ra que veas. La­dra pa­ra que es­cu­ches tu len­gua­je so­no­ro. ¿Qué ani­mal pue­de es­tar me­ti­do den­tro del agua y es­pe­rar que te acer­ques tú pa­ra asus­ tar­te? ¡No me des ri­sa, Car­bón! El agua es co­mo un es­pe­jo. Oja­lá pu­dié­ra­mos des­cu­brir al mi­rar­nos en él lo que lle­va­mos den­tro. El agua nos cu­ra­ría.

¡Es­to es tan gra­to! Mi ma­dre di­ce siem­pre: “La in­fan­cia es el me­jor mo­men­to pa­ra en­con­trar ami­gos”. Yo ten­go mis du­das. No sé si Te­re­sa, Lu­cha, Jua­ni­na o Car­ men y los chi­cos que jue­gan con Pe­dro han de du­rar­nos to­da la vi­da, si a ca­da ins­tan­te pe­lea­mos por tan­ti­ta co­sa. —Así es la in­fan­cia. Y esa es la cla­se de amis­tad que nos du­ra to­da la vi­da —di­ce ma­má, abra­zán­do­me—. La que cre­ce con no­so­tros nos acom­pa­ña siem­pre y no tie­ne pre­cio.

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Car­bón es ne­gro co­mo la no­che. Me lo tra­jo mi pa­dre una tar­de de llu­via ba­jo el pon­cho y me lo echó a los pies co­mo si me ti­ra­ra un co­po de la­na ne­gra, ti­bia y es­pon­jo­sa, mien­tras mi ma­dre ca­len­ta­ba la co­mi­da y el agua res­ba­la­ba en los te­ja­dos. Ape­nas ca­bía en la pal­ma de mi ma­no. No se mo­vió, es­ta­ba ate­ri­do. Só­lo su ho­ci­qui­to hú­me­do, an­sio­so de co­mi­da, cam­bió de si­tio. Afue­ra tro­na­ban los ra­yos y pa­re­cían me­ter­se den­tro de la ca­sa. Lo es­con­dí en­tre los plie­gues de mi fal­da des­ pués de que to­mó su so­pa, y am­bos nos que­da­mos dor­mi­dos jun­to al fue­go. Me pa­re­ce que en sue­ños le pu­se el nom­bre de Car­bón. ¿Qué otro nom­bre po­día que­dar­le más a to­no con su ta­ma­ño, su for­ ma y la no­che os­cu­ra en que lle­gó? Car­bón es un ca­cho­rro co­mo po­cos. Más que su pu­ra san­gre, es­tá en él el se­llo con que vi­no. Llé­va­te el me­jor pa­ra tus hi­jos, le ha­bía di­cho a mi pa­dre un ami­go de la in­fan­cia. Mi pa­dre eli­gió a Car­bón. La pre­sen­cia de Car­bón en­tre no­so­tros acer­ca la vi­sión de aquel ami­go, aun­que Pe­dro y yo no lo co­no­ce­mos; y él, Car­ bón, ha de man­te­ner­nos uni­dos pa­ra siem­pre.

Car­bón es due­ño del cam­po y na­die se lo ha di­cho. Tre­pa los mu­ros y ol­fa­tea a to­dos los ani­ma­les que te­ne­mos, pa­re­ce es­tar des­cu­brien­do el mun­do y sus ra­re­zas. Es ju­gue­tón, ha­ce le­van­tar del ni­do a las ga­lli­nas por creer­las pe­re­zo­sas y ar­ma un es­cán­da­lo in­fer­nal de ca­ca­reos y pro­tes­tas, se en­tre­cru­za en­tre las pier­nas de la va­ca por el olor a le­che, hus­mea to­dos los rin­co­nes del sen­de­ro; y, des­pués, can­ sa­do, be­be el agua del río co­mo si tu­vie­ra una sed enor­me reu­ni­da des­de el día en que na­ció. Pa­re­ce que qui­sie­ra se­car el río pa­ra en­con­trar la len­gua del otro pe­rro que aso­ma des­de el fon­do ame­na­zan­te. ¡Qué ton­to eres, Car­bón! Es tu som­bra, tu pro­pia som­bra, la que aso­ma den­tro del agua. Ca­mi­na pa­ra que veas. La­dra pa­ra que es­cu­ches tu len­gua­je so­no­ro. ¿Qué ani­mal pue­de es­tar me­ti­do den­tro del agua y es­pe­rar que te acer­ques tú pa­ra asus­ tar­te? ¡No me des ri­sa, Car­bón! El agua es co­mo un es­pe­jo. Oja­lá pu­dié­ra­mos des­cu­brir al mi­rar­nos en él lo que lle­va­mos den­tro. El agua nos cu­ra­ría.

¡Es­to es tan gra­to! Mi ma­dre di­ce siem­pre: “La in­fan­cia es el me­jor mo­men­to pa­ra en­con­trar ami­gos”. Yo ten­go mis du­das. No sé si Te­re­sa, Lu­cha, Jua­ni­na o Car­ men y los chi­cos que jue­gan con Pe­dro han de du­rar­nos to­da la vi­da, si a ca­da ins­tan­te pe­lea­mos por tan­ti­ta co­sa. —Así es la in­fan­cia. Y esa es la cla­se de amis­tad que nos du­ra to­da la vi­da —di­ce ma­má, abra­zán­do­me—. La que cre­ce con no­so­tros nos acom­pa­ña siem­pre y no tie­ne pre­cio.

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Hoy día han abier­to los oji­tos a la vi­da ca­tor­ce po­lli­tos: ocho de la ga­lli­na ne­gra, seis de la jer­go­na. Mi ma­dre pen­só que fal­ta­ban y cas­có los hue­vos. Los po­lli­tos de aden­tro es­ta­ban muer­tos. Lle­vó a Car­bón con en­ga­ños has­ta el ga­lli­ne­ro. Le hi­zo mi­rar los ni­dos y los hue­vos ro­tos; los po­lli­tos co­rrie­ron a es­con­der­ se de­ba­jo del plu­món de la ma­má, lo mis­mo que cuan­do los ga­vi­la­nes en vue­lo cru­zan el cie­lo del co­rral. Las dos ga­lli­nas es­pon­ja­das y bra­vas ca­ca­rea­ron y to­da la asam­blea pro­tes­tó con­tra el in­tru­so: los pa­vos y los pa­tos fue­ron los que más es­cán­da­lo me­tie­ron. Lo re­pren­dió se­ve­ra­men­te por ha­ber­los le­van­ta­do del ni­do tan­tas ve­ces, co­mo se re­pren­de a los chi­cos ma­los pa­ra que no vuel­van a co­me­ter dia­blu­ras. —Mi­ra —le di­jo—, de­bie­ra cas­ti­gar­te co­mo me­re­ces; pe­ro co­mo es la pri­me­ra vez só­lo es una ad­ver­ten­cia. No vuel­vas a es­tor­bar a las ga­lli­nas. Car­bón, con las ore­jas ga­chas y el ho­ci­co ba­jo, co­mo ru­mian­ do un do­lor muy gran­de, fue a me­ter­se de­ba­jo de mi ca­ma co­mo un po­lli­to des­va­li­do y no apa­re­ció has­ta des­pués del al­muer­zo, cuan­do fui­mos por en­car­go de pa­pá a bus­car­lo.

Car­bón ha que­bra­do ochen­ta ca­ñas de maíz per­si­guien­ do un zo­rri­llo —di­jo Jus­ti­no, ba­jan­do la car­ga de sus hom­bros y po­nién­do­la en tie­rra. Mis pa­dres cas­ti­ga­ron a Car­bón, sen­ti­mos su au­lli­do las­ti­me­ro pi­dien­do pro­tec­ción. Sal­ta­mos de la ca­ma co­mo mo­vi­dos por un te­rre­mo­to. Des­de la puer­ta, Pe­dro y yo mi­ra­mos el dra­ma. Nos do­lía en el al­ma ver­lo cas­ti­ga­do otra vez, tal vez sin cul­pa. ¿Qué pue­de sa­ber él de la im­por­tan­cia del maíz? ¡Tan chi­co! ¿Quién ha po­di­do des­cu­brir­le el se­cre­to que en­cie­rra el maíz pa­ra el hom­bre? Ni si­quie­ra sa­brá que se lla­ma maíz y que se co­me. Car­bón re­ci­bió el cas­ti­go con los ojos ex­tra­ña­men­te lar­gos, la mi­ra­da per­di­da en­tre no­so­tros y el pla­to de le­che es­pu­mo­sa que hoy no le ape­te­ce. Ma­má di­ce: —Hoy mis­mo hay que ha­cer­lo de­sa­pa­re­cer an­tes de que los ni­ños se le­van­ten. —¡Po­bre Car­bón! —gri­té, in­ter­po­nién­do­me en­tre mi ma­dre y Jus­ti­no, que bien com­pren­den mi do­lor. —Que no lo ha­gan de­sa­pa­re­cer —di­ce Pe­dro, echán­do­se a los bra­zos de mi pa­dre. —Tal vez pien­sa que no lo que­re­mos, que es­tá de más en­tre no­so­tros; pe­ro no es cier­to, Pe­dro y yo lo que­re­mos de ver­dad —agre­go. Po­bre­ci­to, es mu­cho lo que su­fre. Tra­to de aca­ri­ciar al pe­rro, mi ma­dre me ri­ñe. Jus­ti­no nos con­sue­la di­cien­do: —Es pe­rri­to chi­co, ni­ños. En­tien­de to­do, só­lo le fal­ta ha­blar. Se le cas­ti­ga pa­ra que apren­da.

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Hoy día han abier­to los oji­tos a la vi­da ca­tor­ce po­lli­tos: ocho de la ga­lli­na ne­gra, seis de la jer­go­na. Mi ma­dre pen­só que fal­ta­ban y cas­có los hue­vos. Los po­lli­tos de aden­tro es­ta­ban muer­tos. Lle­vó a Car­bón con en­ga­ños has­ta el ga­lli­ne­ro. Le hi­zo mi­rar los ni­dos y los hue­vos ro­tos; los po­lli­tos co­rrie­ron a es­con­der­ se de­ba­jo del plu­món de la ma­má, lo mis­mo que cuan­do los ga­vi­la­nes en vue­lo cru­zan el cie­lo del co­rral. Las dos ga­lli­nas es­pon­ja­das y bra­vas ca­ca­rea­ron y to­da la asam­blea pro­tes­tó con­tra el in­tru­so: los pa­vos y los pa­tos fue­ron los que más es­cán­da­lo me­tie­ron. Lo re­pren­dió se­ve­ra­men­te por ha­ber­los le­van­ta­do del ni­do tan­tas ve­ces, co­mo se re­pren­de a los chi­cos ma­los pa­ra que no vuel­van a co­me­ter dia­blu­ras. —Mi­ra —le di­jo—, de­bie­ra cas­ti­gar­te co­mo me­re­ces; pe­ro co­mo es la pri­me­ra vez só­lo es una ad­ver­ten­cia. No vuel­vas a es­tor­bar a las ga­lli­nas. Car­bón, con las ore­jas ga­chas y el ho­ci­co ba­jo, co­mo ru­mian­ do un do­lor muy gran­de, fue a me­ter­se de­ba­jo de mi ca­ma co­mo un po­lli­to des­va­li­do y no apa­re­ció has­ta des­pués del al­muer­zo, cuan­do fui­mos por en­car­go de pa­pá a bus­car­lo.

Car­bón ha que­bra­do ochen­ta ca­ñas de maíz per­si­guien­ do un zo­rri­llo —di­jo Jus­ti­no, ba­jan­do la car­ga de sus hom­bros y po­nién­do­la en tie­rra. Mis pa­dres cas­ti­ga­ron a Car­bón, sen­ti­mos su au­lli­do las­ti­me­ro pi­dien­do pro­tec­ción. Sal­ta­mos de la ca­ma co­mo mo­vi­dos por un te­rre­mo­to. Des­de la puer­ta, Pe­dro y yo mi­ra­mos el dra­ma. Nos do­lía en el al­ma ver­lo cas­ti­ga­do otra vez, tal vez sin cul­pa. ¿Qué pue­de sa­ber él de la im­por­tan­cia del maíz? ¡Tan chi­co! ¿Quién ha po­di­do des­cu­brir­le el se­cre­to que en­cie­rra el maíz pa­ra el hom­bre? Ni si­quie­ra sa­brá que se lla­ma maíz y que se co­me. Car­bón re­ci­bió el cas­ti­go con los ojos ex­tra­ña­men­te lar­gos, la mi­ra­da per­di­da en­tre no­so­tros y el pla­to de le­che es­pu­mo­sa que hoy no le ape­te­ce. Ma­má di­ce: —Hoy mis­mo hay que ha­cer­lo de­sa­pa­re­cer an­tes de que los ni­ños se le­van­ten. —¡Po­bre Car­bón! —gri­té, in­ter­po­nién­do­me en­tre mi ma­dre y Jus­ti­no, que bien com­pren­den mi do­lor. —Que no lo ha­gan de­sa­pa­re­cer —di­ce Pe­dro, echán­do­se a los bra­zos de mi pa­dre. —Tal vez pien­sa que no lo que­re­mos, que es­tá de más en­tre no­so­tros; pe­ro no es cier­to, Pe­dro y yo lo que­re­mos de ver­dad —agre­go. Po­bre­ci­to, es mu­cho lo que su­fre. Tra­to de aca­ri­ciar al pe­rro, mi ma­dre me ri­ñe. Jus­ti­no nos con­sue­la di­cien­do: —Es pe­rri­to chi­co, ni­ños. En­tien­de to­do, só­lo le fal­ta ha­blar. Se le cas­ti­ga pa­ra que apren­da.

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Me que­jo:

Los sá­ba­dos por la tar­de va­mos con Pe­dro al ca­te­cis­mo

—Si ha­bla­ra nos di­ría que to­dos so­mos unos ma­los, que ex­tra­ña la ca­sa de don­de vi­no.

del pue­blo. El se­ñor cu­ra es un an­cia­no ve­ne­ra­ble, pa­re­ce un san­to que ba­ja del al­tar pa­ra ha­blar­nos. Nos reú­ne a to­dos los chi­cos co­mo si reu­nie­ra y aca­lla­ra vien­tos: ¡Pa­sen, pa­sen, pa­ja­ri­tos del Se­ñor!

Me man­dan a la ca­ma otra vez. Car­bón hoy no ju­ga­rá con no­so­tros. Se­rá un día ne­gro. Pe­ro a nues­tros rue­gos se que­da­rá en ca­sa. Eso es lo que in­te­re­sa. Des­de mi exi­lio es­cri­bo una car­ta a mi maes­tra, lle­na de pro­tes­tas.

En­tra­mos co­mo un to­rren­te pa­ra ga­nar si­tio en las tres úni­cas ban­cas de la igle­sia. El re­sul­ta­do se­ría in­fer­nal si él no em­pe­ za­ra so­lem­ne­men­te sus pre­gun­tas: —Chi­cos, ¿dón­de es­tá Dios?... ¡Si­len­cio!

¡Qué ra­ro! Me con­tes­ta lo mis­mo que di­jo Jus­ti­no.

To­do el co­ro re­pi­te:

Ma­ru­ja:

—Dios es­tá en el cie­lo, en la Tie­rra y en to­do lu­gar.

Me ape­na que es­tés cas­ti­ga­da sin po­der ve­nir a la es­cue­la.

—¿Po­de­mos ver a Dios?... Tú, más jun­to al otro chi­co; tú pa­sa aquí, y es­te en otro lu­gar.

Pe­ro de­bes sa­ber que los pe­rros son co­mo los ni­ños, les va­mos en­se­ñan­do a vi­vir po­co a po­co. Cuan­do gran­de, ya ve­rás có­mo Car­bón es un her­mo­so Car­bón res­pe­ta­ble. Tus pa­dres tie­nen ra­zón. ¿Tú sa­bes lo que va­len ochen­ta ca­ñas de maíz des­he­chas que no vol­ve­rán a cre­cer? Es una gran pér­di­da pa­ra ellos y so­bre to­do pa­ra ti. ¿Has pen­sa­do en es­to, hi­ja mía? Es una gran pér­di­da pa­ra ti. En cam­bio, Car­bón si­gue vi­vo con su lec­ción de­lan­te. El cas­ ti­go que ha re­ci­bi­do es jus­to y no lo da­ña fí­si­ca­men­te. ¿Es­tá sin ore­jas? ¿Le fal­ta la co­la o un ojo?

—No po­de­mos ver a Dios por­que es es­pí­ri­tu pu­rí­si­mo. —¿Dios lo ve to­do?... ¡Arrí­ma­te! ¿No me has es­cu­cha­do? —Sí, Dios lo ve to­do, aun nues­tros pro­pios pen­sa­mien­tos. Con es­te diá­lo­go re­pe­ti­do dos ve­ces, la cla­se que­da mu­da es­cu­chan­do al pa­dre, en cu­yas ma­nos sar­men­to­sas el ro­sa­rio pa­re­ce tar­dar mu­cho en lle­gar al cie­lo.

Oja­lá, am­bos, tú y Car­bón, y el pe­que­ño Pe­dro, ha­yan apren­ di­do la lec­ción.

—Dios nos es­tá mi­ran­do. Te voy a co­lo­car de­lan­te —di­ce ca­da vez que al­guien se des­com­po­ne, em­pu­ja o pe­lliz­ca y lo po­ne de gol­pe, so­lo, de ro­di­llas de­lan­te del al­tar pa­ra que sea mi­ra­do más in­ten­sa­men­te por el Se­ñor.

Es­pe­ro ver­los lle­gar ma­ña­na muy tem­pra­no. Pí­de­les per­dón a tus pa­dres.

Es­te cas­ti­go es te­rri­ble. Nos en­ca­rru­ja el al­ma. Pe­ro ca­da tar­de hay por lo me­nos tres chi­cos cas­ti­ga­dos.

Ca­ri­ño­sa­men­te, tu maes­tra Mar­ga­ri­ta

Al fi­nal sa­li­mos can­tan­do pa­ra no rom­per la dis­ci­pli­na, con un ca­ra­me­lo en la ma­no y la ver­dad del ca­te­cis­mo alum­bran­do nues­tras al­mas. En el al­tar de en me­dio es­tá la Vir­gen­ci­ta del Pi­lar, la Ma­ma Lin­da, co­mo le di­ce el pue­blo. 16

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Me que­jo:

Los sá­ba­dos por la tar­de va­mos con Pe­dro al ca­te­cis­mo

—Si ha­bla­ra nos di­ría que to­dos so­mos unos ma­los, que ex­tra­ña la ca­sa de don­de vi­no.

del pue­blo. El se­ñor cu­ra es un an­cia­no ve­ne­ra­ble, pa­re­ce un san­to que ba­ja del al­tar pa­ra ha­blar­nos. Nos reú­ne a to­dos los chi­cos co­mo si reu­nie­ra y aca­lla­ra vien­tos: ¡Pa­sen, pa­sen, pa­ja­ri­tos del Se­ñor!

Me man­dan a la ca­ma otra vez. Car­bón hoy no ju­ga­rá con no­so­tros. Se­rá un día ne­gro. Pe­ro a nues­tros rue­gos se que­da­rá en ca­sa. Eso es lo que in­te­re­sa. Des­de mi exi­lio es­cri­bo una car­ta a mi maes­tra, lle­na de pro­tes­tas.

En­tra­mos co­mo un to­rren­te pa­ra ga­nar si­tio en las tres úni­cas ban­cas de la igle­sia. El re­sul­ta­do se­ría in­fer­nal si él no em­pe­ za­ra so­lem­ne­men­te sus pre­gun­tas: —Chi­cos, ¿dón­de es­tá Dios?... ¡Si­len­cio!

¡Qué ra­ro! Me con­tes­ta lo mis­mo que di­jo Jus­ti­no.

To­do el co­ro re­pi­te:

Ma­ru­ja:

—Dios es­tá en el cie­lo, en la Tie­rra y en to­do lu­gar.

Me ape­na que es­tés cas­ti­ga­da sin po­der ve­nir a la es­cue­la.

—¿Po­de­mos ver a Dios?... Tú, más jun­to al otro chi­co; tú pa­sa aquí, y es­te en otro lu­gar.

Pe­ro de­bes sa­ber que los pe­rros son co­mo los ni­ños, les va­mos en­se­ñan­do a vi­vir po­co a po­co. Cuan­do gran­de, ya ve­rás có­mo Car­bón es un her­mo­so Car­bón res­pe­ta­ble. Tus pa­dres tie­nen ra­zón. ¿Tú sa­bes lo que va­len ochen­ta ca­ñas de maíz des­he­chas que no vol­ve­rán a cre­cer? Es una gran pér­di­da pa­ra ellos y so­bre to­do pa­ra ti. ¿Has pen­sa­do en es­to, hi­ja mía? Es una gran pér­di­da pa­ra ti. En cam­bio, Car­bón si­gue vi­vo con su lec­ción de­lan­te. El cas­ ti­go que ha re­ci­bi­do es jus­to y no lo da­ña fí­si­ca­men­te. ¿Es­tá sin ore­jas? ¿Le fal­ta la co­la o un ojo?

—No po­de­mos ver a Dios por­que es es­pí­ri­tu pu­rí­si­mo. —¿Dios lo ve to­do?... ¡Arrí­ma­te! ¿No me has es­cu­cha­do? —Sí, Dios lo ve to­do, aun nues­tros pro­pios pen­sa­mien­tos. Con es­te diá­lo­go re­pe­ti­do dos ve­ces, la cla­se que­da mu­da es­cu­chan­do al pa­dre, en cu­yas ma­nos sar­men­to­sas el ro­sa­rio pa­re­ce tar­dar mu­cho en lle­gar al cie­lo.

Oja­lá, am­bos, tú y Car­bón, y el pe­que­ño Pe­dro, ha­yan apren­ di­do la lec­ción.

—Dios nos es­tá mi­ran­do. Te voy a co­lo­car de­lan­te —di­ce ca­da vez que al­guien se des­com­po­ne, em­pu­ja o pe­lliz­ca y lo po­ne de gol­pe, so­lo, de ro­di­llas de­lan­te del al­tar pa­ra que sea mi­ra­do más in­ten­sa­men­te por el Se­ñor.

Es­pe­ro ver­los lle­gar ma­ña­na muy tem­pra­no. Pí­de­les per­dón a tus pa­dres.

Es­te cas­ti­go es te­rri­ble. Nos en­ca­rru­ja el al­ma. Pe­ro ca­da tar­de hay por lo me­nos tres chi­cos cas­ti­ga­dos.

Ca­ri­ño­sa­men­te, tu maes­tra Mar­ga­ri­ta

Al fi­nal sa­li­mos can­tan­do pa­ra no rom­per la dis­ci­pli­na, con un ca­ra­me­lo en la ma­no y la ver­dad del ca­te­cis­mo alum­bran­do nues­tras al­mas. En el al­tar de en me­dio es­tá la Vir­gen­ci­ta del Pi­lar, la Ma­ma Lin­da, co­mo le di­ce el pue­blo. 16

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La gen­te di­ce que es­tá vi­va, que ha ha­bla­do con los po­bres mu­chas ve­ces y que gas­ta za­pa­tos en las no­ches ca­mi­nan­do los ras­tro­jos de las gran­jas y las cha­cras. Lo sa­be el san­to cu­ra, lo sa­be el za­pa­te­ro, que por de­vo­ción le com­po­ne los za­pa­tos, y do­ña Pau­la, que ase­gu­ra ha­ber sen­ti­do sus ma­ni­tas ti­bias al mo­men­to de po­ner­le ro­pa nue­va pa­ra su fies­ta. En el al­tar, tie­ne siem­pre ba­jo sus plan­tas flo­res sil­ves­tres y ve­las en­cen­di­das. Ella nos mi­ra con sus oja­zos ne­gros y su bo­ca son­ro­sa­da, co­mo son­rién­do­nos. Pe­ro Car­bón no en­tien­de de es­tas co­sas. Se tre­pó al al­tar en un des­cui­do mien­tras el se­ñor cu­ra pre­di­ca­ba acer­ca del in­fier­no y ¡zas! echó por tie­rra ve­las y flo­re­ros. To­dos pe­ga­mos un gri­to es­pan­to­so, pa­re­cía que el in­fier­no se ha­cía vi­si­ble a nues­tros ojos. El se­ñor cu­ra lo echó a pa­los con la va­ra de en­cen­der las ve­las: —¡Fue­ra de aquí, tro­tón! ¡Fue­ra! Car­bón vi­no a re­fu­giar­se jun­to a mí con la len­gua afue­ra, le za­pa­tea­ba el co­ra­zón, sín­to­ma de que es­ta­ba en cul­pa. To­da co­lo­ra­da lo sa­qué del tem­plo en­tre las ri­sas de los otros chi­cos y la voz pa­triar­cal y ame­na­zan­te del san­to pre­di­ca­dor. Le hi­ce com­pren­der que es­te si­tio no es pa­ra los pe­rros. Car­bón, con sus ojos enor­mes, me mi­ró re­gre­sar al tem­plo aver­gon­za­da. Des­de en­ton­ces se que­da afue­ra, en el en­re­ja­do, es­pe­ran­do que ter­mi­ne el ca­te­cis­mo. Ya no me­te las na­ri­ces en el tem­plo.

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La gen­te di­ce que es­tá vi­va, que ha ha­bla­do con los po­bres mu­chas ve­ces y que gas­ta za­pa­tos en las no­ches ca­mi­nan­do los ras­tro­jos de las gran­jas y las cha­cras. Lo sa­be el san­to cu­ra, lo sa­be el za­pa­te­ro, que por de­vo­ción le com­po­ne los za­pa­tos, y do­ña Pau­la, que ase­gu­ra ha­ber sen­ti­do sus ma­ni­tas ti­bias al mo­men­to de po­ner­le ro­pa nue­va pa­ra su fies­ta. En el al­tar, tie­ne siem­pre ba­jo sus plan­tas flo­res sil­ves­tres y ve­las en­cen­di­das. Ella nos mi­ra con sus oja­zos ne­gros y su bo­ca son­ro­sa­da, co­mo son­rién­do­nos. Pe­ro Car­bón no en­tien­de de es­tas co­sas. Se tre­pó al al­tar en un des­cui­do mien­tras el se­ñor cu­ra pre­di­ca­ba acer­ca del in­fier­no y ¡zas! echó por tie­rra ve­las y flo­re­ros. To­dos pe­ga­mos un gri­to es­pan­to­so, pa­re­cía que el in­fier­no se ha­cía vi­si­ble a nues­tros ojos. El se­ñor cu­ra lo echó a pa­los con la va­ra de en­cen­der las ve­las: —¡Fue­ra de aquí, tro­tón! ¡Fue­ra! Car­bón vi­no a re­fu­giar­se jun­to a mí con la len­gua afue­ra, le za­pa­tea­ba el co­ra­zón, sín­to­ma de que es­ta­ba en cul­pa. To­da co­lo­ra­da lo sa­qué del tem­plo en­tre las ri­sas de los otros chi­cos y la voz pa­triar­cal y ame­na­zan­te del san­to pre­di­ca­dor. Le hi­ce com­pren­der que es­te si­tio no es pa­ra los pe­rros. Car­bón, con sus ojos enor­mes, me mi­ró re­gre­sar al tem­plo aver­gon­za­da. Des­de en­ton­ces se que­da afue­ra, en el en­re­ja­do, es­pe­ran­do que ter­mi­ne el ca­te­cis­mo. Ya no me­te las na­ri­ces en el tem­plo.

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Aho­ra Car­bón cui­da el ga­na­do y la ca­sa, y acom­pa­ña a

Al re­ti­rar ese mon­tón de ra­mas con que una es­ta­ción

mi pa­dre en el tra­ba­jo. Le gus­ta to­mar el de­sa­yu­no muy tem­pra­no y no se har­ta. Pa­re­ce que tu­vie­ra cua­tro es­tó­ma­gos va­cíos.

en­te­ra cu­brió el mu­ro del co­rral de las ga­lli­nas en­con­tra­ron los hom­bres un nu­do de cu­le­bras plo­mo os­cu­ro.

Mi pa­dre di­ce muy se­rio: —Me re­sul­tó un tra­gal­da­bas. Aho­ra ten­go que tra­ba­jar más pa­ra ali­men­tar a es­te mu­cha­cho. ¿Sa­bes cuán­to cues­ta la li­bra de car­ne, Car­bón? ¿Y la arro­ba de ha­ri­na, y dar de co­mer a las va­cas pa­ra que nos den le­che? ¿Y no sa­ben cuán­to co­men las ga­lli­nas pa­ra po­ner hue­vos? Car­bón pa­re­ce en­ten­der el sen­ti­do de sus pa­la­bras. Sal­ta has­ta el cue­llo de mi pa­dre co­mo di­cién­do­le: —To­do es­to lo pa­ga­ré des­pués con mi tra­ba­jo. —Car­bón —le di­go, le­van­tán­do­lo en mis bra­zos—. No te re­sien­tas, es una bro­ma de pa­pá. ¿Ver­dad, pa­pá? —Lo di­go en se­rio —me res­pon­de son­rien­do, y am­bos se ale­ jan por el sen­de­ro; mi pa­dre sil­ban­do vie­jas to­na­das y Car­bón ade­lan­tán­do­le el ca­mi­no, pe­ro só­lo has­ta la sa­li­da. Des­pués re­gre­sa a ca­sa co­mo al­ma que lle­va el dia­blo.

¡Qué ho­rri­ble! Des­pa­rra­ma­das ha­bían in­va­di­do la ca­sa. Ve­nan­cio par­tió a ha­cha­zos una que rep­ta­ba suel­ta, pe­ro ca­da pe­da­zo si­guió mo­vién­do­se a ma­ne­ra de re­sor­te. Ate­rra­dos, Pe­dro, el Mo­li­ne­ri­to, Jua­ni­na, Lu­cha y yo tre­pa­ mos al ale­ro que te­nía el co­rral a ma­ne­ra de bal­cón; eri­za­dos los pe­los, es­pe­rá­ba­mos el des­ban­de. Jus­ti­no en­cen­dió la ho­ja­ras­ca y gri­tó: —¡Ni­ños, no se mue­van de allí! Pe­dro em­pe­zó a llo­rar y te­nía náu­seas del sus­to. No po­día­mos ba­jar. Mi ma­má nos man­te­nía vi­gi­la­dos a dis­tan­cia con mil pro­me­sas y mil sú­pli­cas: —¡No se mue­van, por fa­vor! ¡Só­lo un ra­ti­to! Cui­da a tu her­ ma­no. Han de que­mar las ra­mas... Car­bón, co­mo siem­pre, se me­tió de no­ve­le­ro y sa­lió de allí he­cho un as­co: el pe­la­je cha­mus­ca­do, olien­do a que­ma­do y con una ca­ra de sus­to que da­ba ri­sa. Des­pués del hu­mo y del in­cen­dio, Jus­ti­no vi­no a res­ca­­tar­nos. —Eran ser­pien­tes, cu­le­bras. La cu­le­bra es el dia­blo que en­ga­ ñó a nues­tra ma­dre Eva en el pa­raí­so. Las he­mos que­ma­do a to­das. Ma­má nos ha­cía se­ñas pa­ra no re­pli­car­le. —Es cier­to —di­jo, cuan­do es­tu­vi­mos a su la­do—. Jus­ti­no apren­dió es­to de ni­ño y esa ver­dad guía su vi­da. ¿No es así, Jus­ti­no? —Así es, ma­mi­ta —con­tes­tó el hom­bre sa­tis­fe­cho de ver que en­tre las ce­ni­zas es­ta­ban cal­ci­na­das las cu­le­bras.

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Aho­ra Car­bón cui­da el ga­na­do y la ca­sa, y acom­pa­ña a

Al re­ti­rar ese mon­tón de ra­mas con que una es­ta­ción

mi pa­dre en el tra­ba­jo. Le gus­ta to­mar el de­sa­yu­no muy tem­pra­no y no se har­ta. Pa­re­ce que tu­vie­ra cua­tro es­tó­ma­gos va­cíos.

en­te­ra cu­brió el mu­ro del co­rral de las ga­lli­nas en­con­tra­ron los hom­bres un nu­do de cu­le­bras plo­mo os­cu­ro.

Mi pa­dre di­ce muy se­rio: —Me re­sul­tó un tra­gal­da­bas. Aho­ra ten­go que tra­ba­jar más pa­ra ali­men­tar a es­te mu­cha­cho. ¿Sa­bes cuán­to cues­ta la li­bra de car­ne, Car­bón? ¿Y la arro­ba de ha­ri­na, y dar de co­mer a las va­cas pa­ra que nos den le­che? ¿Y no sa­ben cuán­to co­men las ga­lli­nas pa­ra po­ner hue­vos? Car­bón pa­re­ce en­ten­der el sen­ti­do de sus pa­la­bras. Sal­ta has­ta el cue­llo de mi pa­dre co­mo di­cién­do­le: —To­do es­to lo pa­ga­ré des­pués con mi tra­ba­jo. —Car­bón —le di­go, le­van­tán­do­lo en mis bra­zos—. No te re­sien­tas, es una bro­ma de pa­pá. ¿Ver­dad, pa­pá? —Lo di­go en se­rio —me res­pon­de son­rien­do, y am­bos se ale­ jan por el sen­de­ro; mi pa­dre sil­ban­do vie­jas to­na­das y Car­bón ade­lan­tán­do­le el ca­mi­no, pe­ro só­lo has­ta la sa­li­da. Des­pués re­gre­sa a ca­sa co­mo al­ma que lle­va el dia­blo.

¡Qué ho­rri­ble! Des­pa­rra­ma­das ha­bían in­va­di­do la ca­sa. Ve­nan­cio par­tió a ha­cha­zos una que rep­ta­ba suel­ta, pe­ro ca­da pe­da­zo si­guió mo­vién­do­se a ma­ne­ra de re­sor­te. Ate­rra­dos, Pe­dro, el Mo­li­ne­ri­to, Jua­ni­na, Lu­cha y yo tre­pa­ mos al ale­ro que te­nía el co­rral a ma­ne­ra de bal­cón; eri­za­dos los pe­los, es­pe­rá­ba­mos el des­ban­de. Jus­ti­no en­cen­dió la ho­ja­ras­ca y gri­tó: —¡Ni­ños, no se mue­van de allí! Pe­dro em­pe­zó a llo­rar y te­nía náu­seas del sus­to. No po­día­mos ba­jar. Mi ma­má nos man­te­nía vi­gi­la­dos a dis­tan­cia con mil pro­me­sas y mil sú­pli­cas: —¡No se mue­van, por fa­vor! ¡Só­lo un ra­ti­to! Cui­da a tu her­ ma­no. Han de que­mar las ra­mas... Car­bón, co­mo siem­pre, se me­tió de no­ve­le­ro y sa­lió de allí he­cho un as­co: el pe­la­je cha­mus­ca­do, olien­do a que­ma­do y con una ca­ra de sus­to que da­ba ri­sa. Des­pués del hu­mo y del in­cen­dio, Jus­ti­no vi­no a res­ca­­tar­nos. —Eran ser­pien­tes, cu­le­bras. La cu­le­bra es el dia­blo que en­ga­ ñó a nues­tra ma­dre Eva en el pa­raí­so. Las he­mos que­ma­do a to­das. Ma­má nos ha­cía se­ñas pa­ra no re­pli­car­le. —Es cier­to —di­jo, cuan­do es­tu­vi­mos a su la­do—. Jus­ti­no apren­dió es­to de ni­ño y esa ver­dad guía su vi­da. ¿No es así, Jus­ti­no? —Así es, ma­mi­ta —con­tes­tó el hom­bre sa­tis­fe­cho de ver que en­tre las ce­ni­zas es­ta­ban cal­ci­na­das las cu­le­bras.

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Más tar­de, al lle­var­nos a ca­sa, Pe­dro, abra­za­do del cue­llo de ma­má, de­cía: —¿Ya no hay más dia­blos, ma­má? ¿Ya los han que­ma­do a to­dos? —Así es —le con­tes­tó, y vol­tea­da ha­cia no­so­tros di­jo—: Cla­ro que si­guen ar­dien­do en el in­fier­no. Nos reí­mos.

Ya se fue­ron las llu­vias y más bien se sien­te un frío in­ten­ so. El agua es­tá he­la­di­ta y el es­tan­que de los pa­tos ama­ne­ce co­mo una fan­ta­sía de es­pe­jos con la es­car­cha. ¡Có­mo ha cam­ bia­do el tiem­po! Con es­te frío, Justino y mi pa­dre fre­cuen­tan el cam­po más tem­pra­no pa­ra ga­nar al sol y rie­gan más tar­de cuan­do el sol se ha pues­to. Me da pe­na ver a mi pa­dre con los la­bios par­ti­dos y la bu­fan­da al cue­llo, las ma­nos en­ro­je­ci­das y de­for­mes a cau­sa del frío, arras­tran­do el agua con su lam­pa. Mi ma­má le di­ce siem­ pre: —¡Pe­ro, Pe­dro, por Dios! Si tie­nes a quien man­dar, ¿por qué no di­ces a los mu­cha­chos que lo ha­gan? Pa­ra eso se les pa­ga. Mi pa­dre le res­pon­de dul­ce­men­te: —El cam­po es nues­tro, no lo ol­vi­des, Te­re­sa. El cam­po es nues­tro y de­be­mos tra­tar­lo co­mo co­sa nues­tra. —Es un hom­bre co­mo po­cos, el pa­trón —oi­go de­cir de mi pa­dre cuan­do pa­so. To­dos le guar­dan un gran res­pe­to a cau­sa de su rec­ti­tud, jus­ti­ cia y hu­ma­no pro­ce­der. Cuan­do le pi­den al­go, nun­ca lo nie­ga si se tra­ta de una cau­sa jus­ta o dig­na. Mi ma­dre es tam­bién muy la­bo­rio­sa. Nos ha te­ji­do chom­pas grue­sas pa­ra el frío y ha pues­to en las ca­mas más fra­za­das. Tam­bién Car­bón tie­ne una man­ta más. Hay más le­ña amon­to­na­da en la co­ci­na y to­do el día el hu­mo de la chi­me­nea nos ha­ce sa­ber que la ca­sa es­tá ti­bia, que den­tro es­tá ma­má es­pe­rán­do­nos, ali­men­tan­do no só­lo con le­ña el fue­go del ho­gar si­no, y so­bre to­do, con ese amor in­fi­ni­to que nos ha­ce sen­tir fe­li­ces al es­tar jun­to a ella. Cuan­do mi pa­dre in­vi­ta des­pués del al­muer­zo: “Pe­dro, Ma­­ruja, va­mos al mo­li­no”, Car­bón se co­lo­ca jun­to a Pe­dro y

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Más tar­de, al lle­var­nos a ca­sa, Pe­dro, abra­za­do del cue­llo de ma­má, de­cía: —¿Ya no hay más dia­blos, ma­má? ¿Ya los han que­ma­do a to­dos? —Así es —le con­tes­tó, y vol­tea­da ha­cia no­so­tros di­jo—: Cla­ro que si­guen ar­dien­do en el in­fier­no. Nos reí­mos.

Ya se fue­ron las llu­vias y más bien se sien­te un frío in­ten­ so. El agua es­tá he­la­di­ta y el es­tan­que de los pa­tos ama­ne­ce co­mo una fan­ta­sía de es­pe­jos con la es­car­cha. ¡Có­mo ha cam­ bia­do el tiem­po! Con es­te frío, Justino y mi pa­dre fre­cuen­tan el cam­po más tem­pra­no pa­ra ga­nar al sol y rie­gan más tar­de cuan­do el sol se ha pues­to. Me da pe­na ver a mi pa­dre con los la­bios par­ti­dos y la bu­fan­da al cue­llo, las ma­nos en­ro­je­ci­das y de­for­mes a cau­sa del frío, arras­tran­do el agua con su lam­pa. Mi ma­má le di­ce siem­ pre: —¡Pe­ro, Pe­dro, por Dios! Si tie­nes a quien man­dar, ¿por qué no di­ces a los mu­cha­chos que lo ha­gan? Pa­ra eso se les pa­ga. Mi pa­dre le res­pon­de dul­ce­men­te: —El cam­po es nues­tro, no lo ol­vi­des, Te­re­sa. El cam­po es nues­tro y de­be­mos tra­tar­lo co­mo co­sa nues­tra. —Es un hom­bre co­mo po­cos, el pa­trón —oi­go de­cir de mi pa­dre cuan­do pa­so. To­dos le guar­dan un gran res­pe­to a cau­sa de su rec­ti­tud, jus­ti­ cia y hu­ma­no pro­ce­der. Cuan­do le pi­den al­go, nun­ca lo nie­ga si se tra­ta de una cau­sa jus­ta o dig­na. Mi ma­dre es tam­bién muy la­bo­rio­sa. Nos ha te­ji­do chom­pas grue­sas pa­ra el frío y ha pues­to en las ca­mas más fra­za­das. Tam­bién Car­bón tie­ne una man­ta más. Hay más le­ña amon­to­na­da en la co­ci­na y to­do el día el hu­mo de la chi­me­nea nos ha­ce sa­ber que la ca­sa es­tá ti­bia, que den­tro es­tá ma­má es­pe­rán­do­nos, ali­men­tan­do no só­lo con le­ña el fue­go del ho­gar si­no, y so­bre to­do, con ese amor in­fi­ni­to que nos ha­ce sen­tir fe­li­ces al es­tar jun­to a ella. Cuan­do mi pa­dre in­vi­ta des­pués del al­muer­zo: “Pe­dro, Ma­­ruja, va­mos al mo­li­no”, Car­bón se co­lo­ca jun­to a Pe­dro y

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ca­mi­na a su la­do co­mo si fue­ran una so­la per­so­na; has­ta pa­re­ cen her­ma­nos, por los ca­be­llos. Pe­dro los tie­ne tan ne­gros y se­do­sos co­mo los de mi pa­dre. En cam­bio di­cen que yo me pa­rez­co a mi ma­má por los ca­be­ llos y los ojos cla­ros, la na­ri­ci­lla res­pin­ga­da y su son­ri­sa. Un día de fies­tas pa­trias, cuan­do mar­cha­ba jun­to a la ban­de­ra en el des­fi­le, oí de­cir: “Ahí va do­ña Te­re­sa, mar­chan­do en los pies y el ta­ma­ño de esa ni­ña”. Yo fe­liz de pa­re­cer­me a mi ma­má. Y pa­pá fe­liz de que Pe­dro se le pa­rez­ca. Car­bón, ¿a quién te pa­re­ces tú, a tu pa­pá o a tu ma­má?

Car­bón ha cum­pli­do tres me­ses con no­so­tros y ya sa­be sus de­be­res: – Se le­van­ta tem­pra­no y vie­ne a sa­lu­dar­nos. – Co­me to­da su co­mi­da. – Cui­da a las ga­lli­nas des­de le­jos, ya no las le­van­ta del ni­do. Y cuan­do en­cuen­tra hue­vos de per­di­ces o ga­lli­nas, los lle­va en la bo­ca y se los en­tre­ga a ma­má. – Cuan­do sa­le con no­so­tros siem­pre lle­va al­go en la bo­ca, la ca­nas­ta de com­pras, la so­ga, los li­bros y cua­der­nos, con ese ai­re de su­pe­rio­ri­dad con que ca­mi­na: el cuer­po er­gui­do, de mo­vi­mien­tos ar­mo­nio­sos, la ca­be­za en al­to, las ore­jas pe­ga­das ha­cia atrás y el ho­ci­co cus­to­dian­do al­go. – Re­co­ge los pe­rió­di­cos y el co­rreo. – Ya no se me­te den­tro del mai­zal a per­se­guir zo­rri­llos; los mi ­ra, la­dran­do, cru­zar el cam­po. Se acuer­da de qué per­de­ría. – No tie­ne mie­do al agua fría. Cuan­do lo ba­ña­mos ti­ri­ta, se en­co­ge, pe­ro no nos muer­de; le gus­ta es­tar fa­cho­so, bien pei­na­do. Los do­min­gos le po­ne­mos un co­llar de flo­res en el cue­llo. – Sa­be sen­tar­se jun­to a la si­lla de mi pa­dre con las pa­ti­tas de­lan­te­ras le­van­ta­das mien­tras al­mor­za­mos. Mi pa­dre di­ce, fro­tán­do­le el lo­mo: “Car­bón, has pro­gre­sa­do mu­cho, me­re­ces un pre­mio”.

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ca­mi­na a su la­do co­mo si fue­ran una so­la per­so­na; has­ta pa­re­ cen her­ma­nos, por los ca­be­llos. Pe­dro los tie­ne tan ne­gros y se­do­sos co­mo los de mi pa­dre. En cam­bio di­cen que yo me pa­rez­co a mi ma­má por los ca­be­ llos y los ojos cla­ros, la na­ri­ci­lla res­pin­ga­da y su son­ri­sa. Un día de fies­tas pa­trias, cuan­do mar­cha­ba jun­to a la ban­de­ra en el des­fi­le, oí de­cir: “Ahí va do­ña Te­re­sa, mar­chan­do en los pies y el ta­ma­ño de esa ni­ña”. Yo fe­liz de pa­re­cer­me a mi ma­má. Y pa­pá fe­liz de que Pe­dro se le pa­rez­ca. Car­bón, ¿a quién te pa­re­ces tú, a tu pa­pá o a tu ma­má?

Car­bón ha cum­pli­do tres me­ses con no­so­tros y ya sa­be sus de­be­res: – Se le­van­ta tem­pra­no y vie­ne a sa­lu­dar­nos. – Co­me to­da su co­mi­da. – Cui­da a las ga­lli­nas des­de le­jos, ya no las le­van­ta del ni­do. Y cuan­do en­cuen­tra hue­vos de per­di­ces o ga­lli­nas, los lle­va en la bo­ca y se los en­tre­ga a ma­má. – Cuan­do sa­le con no­so­tros siem­pre lle­va al­go en la bo­ca, la ca­nas­ta de com­pras, la so­ga, los li­bros y cua­der­nos, con ese ai­re de su­pe­rio­ri­dad con que ca­mi­na: el cuer­po er­gui­do, de mo­vi­mien­tos ar­mo­nio­sos, la ca­be­za en al­to, las ore­jas pe­ga­das ha­cia atrás y el ho­ci­co cus­to­dian­do al­go. – Re­co­ge los pe­rió­di­cos y el co­rreo. – Ya no se me­te den­tro del mai­zal a per­se­guir zo­rri­llos; los mi ­ra, la­dran­do, cru­zar el cam­po. Se acuer­da de qué per­de­ría. – No tie­ne mie­do al agua fría. Cuan­do lo ba­ña­mos ti­ri­ta, se en­co­ge, pe­ro no nos muer­de; le gus­ta es­tar fa­cho­so, bien pei­na­do. Los do­min­gos le po­ne­mos un co­llar de flo­res en el cue­llo. – Sa­be sen­tar­se jun­to a la si­lla de mi pa­dre con las pa­ti­tas de­lan­te­ras le­van­ta­das mien­tras al­mor­za­mos. Mi pa­dre di­ce, fro­tán­do­le el lo­mo: “Car­bón, has pro­gre­sa­do mu­cho, me­re­ces un pre­mio”.

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Los días de Carbón