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ENTROPÍA

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ENTROPÍA

Revista bimestral de relatos cortos ilustrados para el fomento de la lectura

s ga má la dro manidad” n e y u hu tit do la s cons labra ya inventa a p s ling a “L ha R. Kip te que n e t o p

“Den o su me vene eños n para o para mor vivir ir ” G. Ek elof

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Otro día de trabajo por Xurxo

ENTROPÍA

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Enropía

SUMARIO

ÍNDICE 05

EDITORIAL

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LA PASiÓN DE ZAPATERO Fernando Solera

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Otro día de trabajo Xurxo

10 Singular Juan Granados Loureda

Pàgina 16: CON HILO DE SEDA

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El Protonauta. Juan Granados Loureda

15

Singular M. Pilar Queralt del Hierro

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Con hilo de seda M. Pilar Queralt del Hierro

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Casualidad Ana Martinez Reina

22 La chica de la isla Olivia Arley 30

El Camaleón Benito Martínez-Fortún

34

Los terribles hombres-gelatina El Señor Daltanos

38 Morando en su mente Adelaida Ortega Ruiz 42

Yo soy Boitinga Agustín Gavilán

46

FRÁgiL ESMERALDA Francisco Javier Gamón

52

R.I.P Arantzazu Ortiz

58

Pasos en la niebla Gemma M. Ortiz

62

No hay monstruos Tomás E. Mirayo

66

Las rosas siempre tienen espinas Granger Bloom

71

Sólo tú puedes ayudarme Emilia Bertolín

76

PERFIL Charles Dickens

78

El manuscrito de un loco Charles Dickens

86

Lo Innombrable H. P. Lovecraft

Pàgina 22: LA CHICA DE LA ISLA

Pàgina 42: YO SOY BOITINGA

92 Microentropías 94

Suscripción.

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Pàgina 46: FRÁGIL ESMERALDA

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Casualidad Ana Martinez Reina

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a inesperada tormenta empujó a Ignacio hasta el interior del primer bar que encontró a su paso. Entró precipitadamente, cegado por el agua y el viento; sólo después de sacudir las pestañas, secarse los ojos y desprenderse de la gabardina empapada pudo apreciar el aire retro y acogedor de aquel café. Miró el reloj -siete de la tarde, no tenía prisa- pidió una cerveza, tomó un manoseado periódico y se acodó en barra a esperar tranquilamente que amainara el temporal. Al fondo del pequeño salón se sentaba una mujer. Escribía notas en un cuaderno, ajena a cuanto sucedía a su alrededor parecía absorta en su tarea. La bruma del cigarrillo que sostenía en la mano izquierda velaba ligeramente sus bellas facciones. Sobre la mesa, entre el montón de papeles revueltos, le esperaba un café aún humeante.

Distraída miró hacia la puerta y le vio entrar, le vio irrumpir con la misma fuerza que el vendaval desatado en la calle. Contemplaba fascinada la elegancia de sus movimientos, la manera de colgar la gabardina, los pantalones mojados... ¡Por Dios cómo le sientan esos vaqueros! ¡El último culo que vi así fue en un anuncio de Coca-cola!, pensó sonriente mientras se deleitaba ante tan seductora figura masculina. Ignacio alzó la vista un momento y el viejo espejo le devolvió la imagen de un hombre de unos cuarenta años tremendamente sensual. No fue vanidad lo que le hizo observar su reflejo sino la atracción irresistible de unos ojos profundos, unos enormes y oscuros ojos que centelleaban entre las estrías del espejo y parecían taladrar su pensamiento. El tiempo se detuvo, el vértigo le invadió y el mundo giró cuando descubrió a la dueña

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de tan perturbadora mirada. Y volvió a girar cuando ella, con paso firme y seguro, se dirigió hacia la barra sin dejar de mirarlo, sin dejar de sonreír, sin dejar de insinuar cada una de las curvas encerradas bajo su vestido. Y se precipitó sin remedio con el movimiento de sus labios, el hechizo de su voz. —Te vi entrar... Había en ella algo inexplicable y deliciosamente peligroso. El local se fue llenando de gente, de ruido, de conversaciones, de calor, de humo..., pero ellos no oían nada ni veían nada, la distancia se acortaba, casi se rozaban. —Te vi entrar. —Te vi mirarme —Te vi sonreír. —Te vi acercarte. Casualidad, azar, destino, suerte..., ese cúmulo de circunstancias que se unen y conspiran para hacer girar el mundo; todos esos pormenores que hicieron a Ignacio entrar en aquel lugar, aquella tarde y a aquella hora, escapando de una tormenta para arder en un incendio que no tenía la más mínima intención de extinguir. Y ella le tomó la mano, le condujo hacia la mesa donde seguía esperando un café -ya frío-, unos folios desordenados y un cuaderno emborronado. Y sonrió otra vez al ver su expresión de asombro: —No vas a entender nada. Trato de dar sentido ese manuscrito infumable, sin estilo y lleno de errores que publicarán como la obra maestra de un niñato de mierda, hijo

de un amigo de no se qué gerifalte de la editorial. Y él se tragó esa sonrisa para no olvidarla jamás, y se perdió en esa deliciosa sensación de ingravidez mientras flotaba entre el aroma a vainilla, la inmensidad de aquella mirada y el embrujo de su voz. Y ella sintió unas ganas irrefrenables de morder el hoyuelo de su barbilla cuando le preguntó su nombre. —Paula—contestó, reprimiendo su impulso. Y el timbre del móvil no consiguió romper el hechizo porque ella hablaba y él sólo miraba sus labios. Ni tampoco la lluvia, cuando la acompañó a coger un taxi, porque empapada era aún más deseable. Y besó aquella boca que se abrió para él, y se la bebió entera. Sólo cuando perdió de vista su mirada tras los cristales empañados fue consciente de que no sabía cómo encontrarla de nuevo. Desde aquella tarde, marcado por el sabor de un beso y el recuerdo de una mujer, todos los días sobre las siete entraba en el café, pedía una cerveza, tomaba el manoseado periódico del día y se acodaba en la barra esperando una tormenta y verla entrar...

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La chica de la isla Olivia Ardey Era muy joven, de sonrisa dulce y mirada limpia. Trabajaba de cocinera en un bistró. Sin hacer preguntas, acogió a Jack en su casa y en su vida. Norine no hablaba su lengua y él apenas si conocía un par de palabras en francés. Pero poco les importaba a ellos un detalle tan nimio. Para entenderse les bastaba con ese lenguaje que sólo conocen los amantes. La buhardilla alquilada donde vivía Norine, en la punta norte de la isla de San Luis, se convirtió en su santuario de amor hecho de gestos. Él reclamaba sus caricias y ella se conformaba con ver una sonrisa en su rostro. Mientras Jack se entregaba a la escritura, ella procuraba que nada le faltara. Ya fuera tabaco de contrabando, ropa planchada, o un hombro sobre el que descargar los sinsabores de su intentona como narrador. Jack aporreaba sin pausa las teclas de una Remington muy baqueteada. Hubo horas oscuras de páginas rotas y lanzadas a un rincón; entonces Norine se quitaba de en medio y le otorgaba la soledad o silencio que él requería. Otras veces, Jack rebosaba euforia cuando los capítulos se sucedían como si un duende bonachón le dictara al oído en un alarde de generosidad. Y esos días ella sabía ser la mejor compañera con quien compartir su dicha. Cada día alimentaba su cuerpo esmerándose en cocinar para él sus mejores delicias y, por las noches, se entregaba sin reservas para saciar su pasión con placeres aún más exquisitos. Después, cuando yacían piel contra piel en la penumbra de aquél cuartucho, a él le encantaba retenerla cobijada entre los brazos. “Honey”, la llamaba. Y ella lo colmaba de besos porque, aunque no lo entendía, su voz sonaba muy dulce al oírselo decir. Norine lo obligaba a saltar de la cama rato después. Lo arrastraba hasta la ventana y le mostraba la noche con el anhelo secreto de que no olvidara esa luna cómplice y, tal vez así, no la olvidaría a ella. Desde aquella esquinita de su isla, él la abrazaba por detrás y le hablaba de la suya. Inmensa lengua de tierra que se anclaba también en medio de un río, muy lejos de allí. Antes de retirarse les gustaba escudriñar la orilla que les quedaba enfrente, y se sonreían

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odo comenzó en París. Se llamaba Jack Rooland y era americano. Conocía la ciudad del día que desfiló por los Elíseos para celebrar la victoria junto al resto de las tropas. Pero la gloria es efímera y, acabada la guerra, el aura de héroe se desvaneció tan pronto como el buque arribó a puerto. Desencantado tras el regreso, su Nueva York de siempre se le antojaba un territorio anodino y hostil. Durante algún tiempo vagó perdido y sin saber qué hacer. A ratos emborronaba cuartillas que tachaba y enmendaba. Cientos de ellas. Y una tras otra las iba arrancando de cuajo. Acabaron todas apelotonadas en la papelera hasta que la nostalgia logró ganarle el pulso. Convencido de que sólo a orillas del Sena hallaría esa inspiración de la que andaba tan necesitado, retornó a la ciudad de sus mejores años. Esa vez, convertido en aspirante a escritor. Y como era su deseo, allí fue donde encontró a su musa. La conoció una de esas noches en que la luna de París interviene por tradición en los amores que empiezan. Norine, así se llamaba.

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al descubrir al amparo de las sombras a otras parejas que, como ellos, se amaban a espaldas de Nôtre Dame. Pasaron los meses y el con ellos se llevaron los sueños. Un día, Jack cargó su manuscrito en la maleta, la tomo en sus brazos y le susurró un escueto “My love” a modo de despedida. Ella le juró amor eterno aferrándolo con fuerza y Jack trató de borrar el dolor opaco de su mirada con una docena de besos de consuelo. Mientras marchaba, Norine lo oyó gritar desde lejos un juramento solemne. —I will return. Tres palabras que ella repitió y repitió hasta que le salieron solas de la boca. Así, la espera se le hacía menos amarga. A ratos soñaba que Jack las decía también a miles de millas y que llegaban a su oído arrastradas por el viento. “I will return…” Pero no volvió. Y en ese rincón del Sena que era su isla, para Norine el tiempo se convirtió en un devenir de días foscos. Mañana, tarde, noche, y otro día y otra tarde y otra noche hasta el amanecer siguiente… Iba y venía con mansa desgana de casa al trabajo, regresaba a encerrarse en su buhardilla y vuelta a empezar. Quién habría dicho que el giro a su existen-

cia llegaría de la mano de una receta. Una mañana Norine, trinchaba medio calabacín sobre la tabla con mecánica precisión. Zas, zas, zas, zas. Aquel pedazo de verdura alargada, pleno de cortes a través y en vertical, le trajo el recuerdo de esa gran isla cuadriculada que Jack le había señalado tantas veces en el mapa. —Man… hat… tan —rememoró con el mismo tono paciente que él utilizaba con ella. Y una lágrima rodó por su mejilla hasta acabar estrellada en la hoja de acero del cuchillo de trinchar. Se despidió del bistró, dejó el apartamento, retiró del banco sus ahorros y compró un pasaje para Nueva York. Fueron siete días de travesía plenos de ansia. Una eternidad acodada en la borda desde donde no vio otra cosa que aguas verdinegras y, de tarde en tarde, el vuelo a lo lejos de algún martín pescador. La última mañana amaneció con un sol radiante que Norine recibió como signo de esperanza. Y cuando ya se divisaba tierra firme, sonrió feliz a Miss Liberty, nacida en París como ella, que brazo en alto le dio la bienvenida. Desembarcó desorientada. “Jack Rooland”. No sabía más de él y la ciudad era inmensa. Buscó un hotelito modesto y se adentró en su busca en aquella cuadrícula de calles atestadas de gentes que vienen y van. Pasó un día, pasó

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El Camaleón Benito Martínez-Fortún Fábrega

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o cierto es que nadie esperaba que la “puta” burbuja inmobiliaria estallaría de esta forma. —Recuerde que se lo advertí Don Claudio. Al hombre, parapetado tras su lujoso sifonier isabelino le pareció que al anciano se le humedecían las mejillas, era la primera vez que lo veía abatido. Javier Díaz Feraz había cumplido 40 años hacía escasamente un mes. Era un hombre fornido de constitución atlética y de buen parecido. Había ingresado en el Banco cuándo acabó la carrera de económicas y sendos másteres en una prestigiosa universidad londinense. A la dirección general de la entidad bancaria le había extrañado que el joven rechazara en más de una ocasión espectaculares ascensos dentro de la entidad y sus compañeros lo tenían por alguien de escasa ambición, aún cuando su impecable gestión y su innegable don de gentes, le habían permitido fidelizar a los mejores clientes de la entidad granjeándose su confianza y convirtiéndose en su imprescindible e insustituible asesor. —No se que hacer Javier, hace unos meses las propiedades inmobiliarias de mi empresa infestaban la costa y ahora…

—Le repito que el banco no puede hacer nada por usted, lo siento, no tengo más remedio que ejecutar la hipoteca y embargar los bienes de su empresa. —Pero Javier, hace más de treinta años que trabajo con vosotros, conoces a mis hijas, a mi mujer. Estoy en la más absoluta ruina a los 70 años, ¿no lo entiendes? —No es mi problema Don Claudio. Tiene cuarenta y ocho horas para tapar su maldito agujero, ni un minuto más, si no lo hace no tendremos más remedio que proceder al embargo de sus bienes como administrador avalista de su empresa. —No tengo ese dinero y tú lo sabes, sois unos malditos “hijos de puta”. La expresión de su rostro avejentado denotaba ira y ahora sí, el joven vio claramente que lloraba. —No tengo más remedio que pedirle que se marche de mi despacho D. Claudio, fingiré no haber oído eso último. El hombre salió de allí cerrando la puerta de un portazo ante la mirada de una sorprendida secretaria. El auge de la banca privada en España en la década de los 80 había catapultado al joven asesor financiero en su profesión, circunscribiéndolo

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en un elitista círculo de empresarios y profesionales de relevante posición social. Nadie en su reducido entorno laboral y de amistades conocía su faceta lúdica que, por otra parte, aportaba a su pecunia la mayor parte de los ingresos. A los dieciséis años había obtenido su primer ordenador cuándo aún todo el mundo los denominaba computadoras: se trataba de un pequeño Macintosh con pantalla integrada en blanco y negro; a los pocos meses lo había destripado por completo varias veces para ensamblarlo de nuevo y conocía al dedillo todos y cada uno de sus componentes, pero fue el auge de Internet lo que le consagró en la condición de hacker confiriéndole una sólida reputación en las simas de la red con el seudónimo de “camaleón”. Su dilatada y anónima carrera contaba entre sus hazañas insondables desfalcos a entidades financieras, siempre extranjeras y gran número de acciones destinadas a dilapidar el prestigio de empresas y personas, violando la confidencialidad de sus datos o barajando éstos en aras de sus propios intereses. A diferencia de otros hackers Javier trabajaba solo y no había sido desenmascarado jamás, su alias figuraba entre el de los delincuentes informáticos más buscados allende las fronteras. Era un hombre soltero y solitario al que le movía mucho más alimentar su propio ego que

las riquezas que aquella delictiva actividad le pudieran deparar y, sin embargo, sus acciones tenían algo de épica justicia y a su parecer, y el de otros muchos como él, luchaba contra un sistema oligárquico alimentado por empresas prepotentes que permanecían ajenas a las diferencias abismales de las sociedades de consumo y los países subdesarrollados. Así en más de una ocasión había proporcionado ingentes fortunas a organizaciones benéficas cooperantes con la pobreza mundial o entidades sin ánimo de lucro, facilitándoles las coartadas perfectas para evitar la devolución del capital a la multinacional de turno al que se lo había robado o había salvado a familias desesperadas de la quiebra. Cuando dos días después D. Claudio Reines entró de nuevo en su despacho con su impecable traje inglés y la consabida pajarita parecía haber rejuvenecido diez años. Su rostro denotaba felicidad. Javier le invitó a sentarse cortésmente. —No vas a creerlo Javier, ayer una extrañísima empresa americana realizó una transferencia a mi cuenta suiza, tengo más de catorce millones de euros al cambio allí. —Qué extraño, ¿no le parece?—se incorporó y apoyó los codos en el escritorio con un rictus de sorpresa -¿en concepto de qué lo han hecho? —No lo sé Javier, la transferencia parece proceder de una multinacional armamentística americana y consta como “a fondo perdido”. En cualquier caso no sé que hacer, si hacienda descubre… —¡Vamos! Don Claudio, sabe que no se puede

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R.I.P Arantzazu Ortiz y a menudo deseaba que en la época en que todos ellos fallecieron se hubiese permitido la incineración. En una ocasión le sugerí sacar los restos y trasladarlos todos a “la huesera”, un pequeño nicho en el mismo cementerio que es de nuestra propiedad (mi suegra nos lo concedió hace años como regalo y ni que decir tiene la cara que se me quedó con tan grato obsequio) y así a ella le resultaría cómodo ir a visitarlos cuando quisiera; pero no quiso ni hablar del tema; siempre dice que los muertos deben descansar, y así estoy yo desde entonces. Aquella mañana de octubre me endosó la pequeña bolsa de lona donde estaban las paletas, la botellita con agua, el rastrillo en miniatura y los guantes, junto con una caja en que había media docena de plantas de flor naturales, y me despidió cariñosamente. Puse cara de mártir en la puerta, pero ella se limitó a enviarme un beso con la mano, y mi debilidad flaqueó. Como siempre me dominaba. La verdad es que el cementerio, del año 1878 y situado a las afueras de la ciudad sobre una loma, no ha sido reformado desde que Juanín, como llamamos al difunto de la tumba número uno fue enterrado allí el año de la inauguración; de tres kilómetros cuadrados es empinado a más no poder, y salva su desnivel con más de doscientos escalones, una tortura para los ancianos como yo. Los restos de la familia de mi esposa se hallan casi al final del cementerio, dentro de un recinto separado por un alto muro y que antaño tenía su propia entrada, donde a diferencia de la principal, no había cartel de bienvenida. Hablamos del Cementerio Civil, el suelo menos santo del camposanto, un pedazo de tierra para los apóstatas. Ahora ya no se hacen estas distinciones y se trata de idealizar eso de que “la muerte nos iguala” (lo que sigo sin creer) pero entonces, cualquier paso mal dado en la vida o en la muerte podía conducirte al exilio eterno. Por ejemplo un pequeño bebé que se muriese sin esperar al párroco, estaba condenado no sólo espiritualmente yendo a parar al limbo, sino que sus padres debían pagar una pequeña fortuna para que fuese enterrado en el cementerio civil. Su poca suerte en el momento de la muerte le condenaba a descansar en terreno no consa-

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ras casi sesenta años de matrimonio mi mujer sabe tiranizarme a la perfección; lo peor de todo, es que yo me doy cuenta de su tiranía pero sigo manteniendo el mismo juego que hace años, y simplemente finjo que ella me convence con su persuasión. Generalmente hago lo que ella me pide de buena gana, me gusta ayudarla, pensar que durante nuestra vida en común ha sido feliz; de todo lo que ella me “convence” para hacer, hay una cosa que odio por encima de todo: cada mes, generalmente el primer viernes, ella se levanta quejándose de la artrosis, y con una sonrisa me dice que esta vez tampoco me puede acompañar al cementerio; —“las escaleras, ya sabes —me dice— son tantas, bien podrían arreglar ese trazado obsoleto y así podría acompañarte”. Entonces ya sé que me tocará volver a mí solo a arreglar las tumbas de sus familiares: su padre, muerto durante la guerra, su hermana de quien delicadamente decían que se había intoxicado, pese a que se sabía que la pobre chica se había quitado la vida tomándose matahormigas, y un hermano suyo, muerto en la primera infancia. Yo aborrecía hacer esa tarea,

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grado, en una pequeña tumba sin cruces, flores o distintivos. Por eso muchas familias pobres optaban por enterrarlos en el huerto o en el monte, a gran profundidad donde las alimañas no pudiesen hacer presa en ellos. Ese viernes hacía sol, pese a estar en el norte y ser otoño; el verano de San Martín se había adelantado y me recibía a la entrada general del cementerio. Hacía años que la entrada independiente del civil se había anulado en un vano intento de unificar el camposanto, pero habían dejado los antiguos muros, haciendo que éste apareciese como un recinto independiente, así que el efecto era el mismo que antaño, y tuve que atravesar más de novecientos metros hasta dar con lo que aún seguimos llamando así, “el civil”. Entrar allí siempre me produce un efecto desolador. Lo primero que veo es la blanca y alta cruz de madera pintada de blanco rodeada de flores y llena de iniciales pintadas en negro; al pie sólo hay una inscripción con tres palabras, pero que cuentan una historia de más de mil páginas: “Año de 1937”. Son los fusilados de guerra, cientos de hombres, mujeres y niños que dejaron sus vidas para acabar aquí, supongo que injustamente. Hubo un tiempo en que prohibieron a sus familias visitarlos, y los más osados tiraban flores por la noche, furtivamen-

te, a través de los altos muros. La mayoría de ellos fueron asesinados a escasos metros de donde ahora reposan, de cara al muro oeste del cementerio, y de espaldas a sus verdugos, que sesgaron sus vidas a golpe de fusil; a veces, cuando paso junto a ese “paredón” siento un escalofrío, y experimento el terror de los que allí murieron. Jamás me detengo a leer los cientos de nombres que se hallan grabados en una placa, (póstumo recuerdo) ya que probablemente encontraré varios nombres y apellidos familiares. Alrededor de la fosa común hay varias tumbas, de las que sólo algunas están señalizadas con lápidas o cruces; yo sé donde se hallan todas a fuerza de venir muy a menudo, pero un profano las pisaría sin percibirlas. En la primera de ellas, señalada por una lápida gris y agrietada se lee el nombre de Ramón G. Velasco; nunca hay flores en ella, y en una ocasión la lápida fue arrancada y echada a un montón de basura; quienes no conocían la historia dijeron que era una profanación, pero yo sé que fue una acto de rabia. Ramón G. fue el único “asesino en serie” que tuvimos por estos lares; aquejado de tuberculosis antes de que se introdujese la penicilina, se tomó en serio las palabras de un curandero y asesinó sin piedad a tres niños para beberles la sangre. Fue ajusticiado a garrote vil esperando que purgase sus

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No hay monstruos Tomás E. Mirayo

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ero a la mañana siguiente, cuando se despertó, encontró al perro, aun bajo la cama, con la cabeza cortada. En la pared de enfrente, escrito con la sangre del pobre animal, había un cartel que decía: “Los locos también sabemos chupar” –dijo Javier con una mortal seriedad. Su hermano, apenas dos años menor, estaba sentado en la camita de enfrente. Las paredes estaban cubiertas de pósters con los personajes de sus series de televisión favoritas. Tenía la cara pálida y los brazos erizados por la piel de gallina. —Javi… – dijo Adrián con voz trémula. – Eso es mentira. Su hermano le miró sonriendo enigmático. —Es verdad. Me lo contó mi amigo Luis –dijo como si ese hecho diese por zanjada la veracidad de la historia. —Sucedió el verano pasado en el pueblo de sus padres. Tiene fotos de la casa y me las va a traer un día de estos.

—¿Me lo juras? –insistió Adrián. —Te lo juro –asintió. —¿Y si no que te mueras? –insistió Adrián. Aquella era la formula más solemne que ambos conocían en lo que a promesas se refería. —Y sino que me muera –dijo y besó la cruz que había formado con los dedos pulgar e índice de la mano derecha. —¿Qué es lo que pasa? –dijo Julia desde la puerta. Los dos chicos, enfrascados como estaban en la conversación, no habían oído llegar a su madre. Cargaba en los brazos la ropa sucia que los dos habían dejado desparramada por el suelo del cuarto de baño después de la ducha. —Nada, mami— dijeron los chicos al mismo tiempo, como si lo hubiesen estado ensayando durante toda la tarde. La contestación fue tan contundente y escueta, que Julia no tuvo la menor duda de que sus hijos la estaban ocultando algo.

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Por un momento sintió la tentación de indagar hasta llegar al fondo del asunto, pero el día había sido muy largo y aún le quedaba preparar la cena y recoger la cocina. Su marido no tardaría en llegar del trabajo y quería haber terminado para entonces. Además, en las caras de sus niños se veía que, fuese lo que fuese eso que trataban ocultarle, no revestía una gran importancia o peligro. O eso esperaba. —Bueno, está bien –dijo. –Ahora apagad la luz, que ya son más de las nueve y media. —Pero mamá, que mañana no hay colegio –exclamó Adrián. Su voz sonaba quejumbrosa y algo nasal. —Ni pero, ni nada. A dormir he dicho. Y calladitos si no queréis quedaros sin ir a la piscina mañana. —Pero mamá –dijo Adrián. —A dormir —dijo Julia apagando la luz y dándoles un beso de buenas noches. Adrián se despertó sumido en la oscuridad. Estaba empapado de sudor y sentía el corazón palpitando en sus sienes con la inexorable fuerza de un tren expreso. Estaba sentado en la cama, con la camisola del pijama pegada al torso por el sudor. Había tenido una pesadilla aterradora. En ella, al igual que en la historia que le había contado su hermano, había alguien debajo de su cama, solo que no se trataba del loco, sino de una criatura de piel verdosa y llagada, que acechaba con sus ojos amarillentos a que una mano o un pie resbalasen

fuera del colchón. El monstruo estaba hambriento y arañaba los muelles del somier con garras aceradas. ¿Por qué le habría contado su hermano la maldita historia? —¡Mamá! –llamó oyendo el miedo en su voz. Aguardó en silencio, aguzando el oído, anhelando escuchar los pasos de su madre llegar amortiguados desde la otra habitación. Esperó diez latidos de su acelerado corazón, que resonaban en sus oídos como si hubiese decidido cambiar de ubicación temporalmente. Después veinte, treinta… Nada. Tan solo el lejano murmullo del tráfico entrando por la ventana abierta. La noche olía a verano y una suave brisa hacía ondear los visillos. Tenía la boca tan seca que sonaba un chasquido cada vez que intentaba tragar. Un hormigueo frío le subía por las piernas y tenía los testículos duros y contraídos como canicas. —¡Mamá! –gritó de nuevo, con el firme convencimiento de que no le iba a escuchar. La luz de la luna penetraba por la ventana formando un rectángulo lechoso sobre la cama de su hermano, que dormía placido. Quería llamarle, que se despertara y le dejase un hueco en su cama, pero sabía que esa no sería una buena idea. Primero, porque no se lo permitiría, a sus ocho años, Javier, consideraba que eso eran cosas de niños. Y segundo, si le rechazaba; cuando le rechazase, se corrigió mentalmente, tendría que pasar dos veces bordeando el colchón. Y tras la pesadilla, se le antojaba un riesgo demasiado

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