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2 Buenas, colega. Hombre, ¡cuánto tiempo! Ya, bueno. Es porque… nos han robado el descapotable de mi padre. ¿¡Qué dices!? ¿Cuándo? Hace diez minutos más o menos, fue que lo robaran y que me conectara para pedirte ayuda. A ver, pide por esa boquita. ¡Ja, ja! Vamos a ver, tú me habías dicho que ya podías conducir, ¿me equivoco? Exacto, puedo conducir. ¿Y tu coche tiene gasolina suficiente para un par de kilómetros? De sobra, tiene el depósito lleno. Da para unos… cincuenta kilómetros más o menos Vale, pues, ¿sabes donde está la avenida cuatro esquinas? Tío, ese sitio lleva por lo menos un mes hecho una mierda. Yo lo vi poco después de que lo construyeran y te aseguro que no era nada así. En efecto, sé donde está, pero nunca he ido desde la casa de mi madrina. Bueno, ya sabes: vienes y nos recoges cuanto antes. Estamos justo en el centro de la rotonda, bueno, estoy, mi padre está dando vueltas por ahí buscando cosas. Entendido. Una cosa más… Dime, dime. ¿Tienes móvil? Sí, tengo. ¿Para qué? Te apunto en la agenda, mi móvil es 804547454. Apuntado, el mío es 804847595. Pero haz el favor de responder a mi pregunta. Ah, si tienes un portátil a mano, y me pierdo, podrías descargar un mapita e indicarme la zona, ¿no?

Puedo, pero más te vale no perderte. Vale… Voy a llevar a mi prima pequeña, que en el coche caben cuatro, a ver si quiere venir. Okey, nos vemos por aquí, acuérdate, la fuente, en el centro. Sí, ahora salgo, cuídate marica. Que no te pillen los zombis. Ni a ti por el camino, inteligente. Cerré la ventana de mensajes instantáneos de la página El Asteroide, mientras lo hacía, mi mente pensaba y calculaba rápidamente. Los sucesos pedían a gritos y orden en mi pensamiento, después de todo, no había sido tan negativo. Pablo nos recogería en la avenida cuatro esquinas, justo donde nos encontrábamos, y seguramente nos llevaría a la casa de su madrina. ¿Qué mejor plan que tener a un compañero que te recogiese donde tú quisieses y te llevase consigo? Levanté la vista para buscar a mi padre, no lo vi. Grité para que me oyese. No me oyó. Cesé mis intentos en contactar con él y simplemente volví a conectarme al ordenador, a Internet. Me acordé de mi hermana Soraya y me dispuse a agregarla. El proceso de agregar amigos (o enviarles una petición de amistad) era bastante simple. En la parte superior de la página aparecían los títulos “Índice” y “Chat”, pinché en el segundo para ir a la página que me llevaría. Casi siempre aparecía un fondo negro en la página, sobre todo para conseguir un funcionamiento liviano de todo el foro. De momento, eso ya era todo un logro. Después mostraba en el centro dos opciones, “Chat” y “Opciones”, la segunda era para agregar personas, enviar mensajes privados, que se utilizaban por si tu receptor no estaba conectado al chat. Tecleé el nombre de Soraya y al instante apareció un aviso que decía: Persona agregada, por favor, esperé a que acepte. Mi hermana era una persona muy ocupada. Trabajaba en un colegio de educación infantil y primaria. Su principal devoción eran los niños pequeños, enseñar y

transmitir conocimientos e información básica, así como nombres de animales y colores. Emplear el ordenador para ella era lo más parecido a perder el tiempo. Sí que se le hacía útil en cuanto a búsquedas de lugares o incluso nombres. Pero para chatear, ni en broma. Yo sería una excepción, como siempre. Por hablar conmigo sí que se conectaría, pero lo más probable era que no escatimara en gastos y que me llamara directamente a mi número de teléfono. Volví a levantar la vista y no detecté a mi padre por todo el lugar, me preocupé un poco por si llegaba Pablo y mi padre no estuviera aquí para irse con nosotros. El aburrimiento hizo mella en mí, y me dispuse a volver a internet. Tras echar un vistazo a otros varios foros del proyecto, pulsé el icono de una de mis páginas favoritas, el blog “Cartas a una adolescente desesperada”, de una mujer llamada R0se. (Pronunciar Rose.) Lo había descubierto hacía unos tres años y desde entonces era uno de sus seguidores incondicionales. R0se publicaba unas parrafadas geniales sobre el proyecto géminis, que ella llamaba “la decadencia enloquecida del ser humano”. Escribía en un tono inteligente y adorable, y sus entradas estaban llenas de ironía hacia sí misma, sentido del humor y comentarios sardónicos. Además de publicar sus (muy a menudo alocadas) interpretaciones de los informes géminis, también incluía enlaces a libros, películas, series de televisión y músicas que estudiaba como parte de la investigación sobre Géminis. Yo daba por supuesto que todas aquellas entradas eran pistas falsas destinadas a confundir, pero aun así resultaban de lo más entretenidas. Creo que no hace falta que diga que estaba perdida y cibernéticamente enamorado de R0se. Yo sabía que mi amor por R0se era a la vez tonto y nada recomendable. ¿Qué sabía de ella? Nunca había revelado su identidad, claro. Ni su edad, ni había otorgado una dirección exacta de su lugar de residencia. Muchos seguidores dudaban incluso de

que fuera mujer; yo no. Seguramente porque no habría soportado la idea de que la chica de la que, virtualmente, estaba enamorado, fuera un tipo bajito de avanzada edad llamado Juan, calvo y con tres pelos en el bigote. Personalmente, prefería vivir en la ignorancia sobre ese tema. Desde que había empezado a leer las Cartas a una adolescente desesperada, el suyo se había convertido en uno de los blogs más populares de internet, con miles de visitas al día. Y R0se era una especie de personaje famoso, al menos dentro de los círculos foreros y de internet. Pero la fama no se le había subido a la cabeza. Sus textos seguían siendo divertidos, se burlaba de sí misma. La mujer, también escribía pequeñas misivas hacia sí misma. Su última entrada se titulaba Hasta otra, baby y en ella aparecía un pequeño relato en el que se hacía pasar por un hombre y se despedía de la mujer perfecta, señalando todos los rasgos físicos y psicológicos que más le atraían de la mujer. Fue la misma noche en la que se publicó el vídeo del apocalipsis y del fallo técnico de géminis en la que colgó dicha entrada, la última. Al igual que yo, mucha gente dudó de que siguiera viva, pero mientras que ellos lo seguían haciendo, yo ya contaba con que sí seguía viva y tardaría poco tiempo en hacerlo saber al mundo cibernético. Además que, revisando fielmente y hasta la más simple palabra su última entrada, había descubierto que daba pistas sobre cuando iba a volver. Sin sufrir cambio alguno, la página seguía siendo visitada por mucha gente que aguardaba por una nueva entrada. —Hijo, mira que he encontrado —comentó mi padre. Sonó la voz desde dentro del videoclub de la esquina. El eco y el portentoso volumen de voz de mi padre ayudaban a descubrir desde qué lugar me había hablado. Sentí un pinchazo de curiosidad. Pocas veces se oía a un padre decir que había

encontrado algo interesante en un videoclub, excepto alguna película americana de acción, con explosiones y miles de efectos especiales. —Ven aquí papá y enséñamelo. Tengo que hablar contigo. Mi padre se apresuró a salir por la puerta principal del videoclub en mi dirección. Sonreí al darme cuenta de que había acertado. En sus manos traía una Glock, una pistola bastante simple y que producía poco daño, pero el suficiente como para dejar inválido a alguien o matarlo si no recibe hospitalización. Mientras la traía, radiante, cerré el blog de R0se y busqué en la web información sobre la pistola. Ésta poseía un cargador de diez balas, manual, contenía un sistema de seguridad que permitía accionarla única y exclusivamente al poseedor, todo esto controlado por huellas dactilares que se guardaban al empuñarla. Aun así, como para todo, existía una forma de borrar las huellas ya guardadas y cambiarlas por otras. —Papá, una Glock 177, una gran pistola que posee diez balas en el cargador, lo malo es que es manual y tiene una débil potencia de impacto. —Ah. Yo creo que está estropeada, porque no consigo apretar el gatillo. Se la pedí y cambié las huellas dactilares. El proceso consistía en mantener el cargador mitad dentro y mitad fuera de la pistola, pulsar el botón de extraer cargador durante diez segundos y apretar fuerte la zona de las huellas durante doce segundos, ni uno más ni uno menos. La sostuve un rato sin inmutarme y siempre sin mostrar reacciones, aparentando observar su diseño y los materiales con los que estaba creada, cuando acabé se la devolví acompañada con un “ya debería funcionar”, pero como no lo hacía, decidí guardármela. No funcionaba porque tenía mis huellas, no las de mi padre. —Pues ni idea, pero me la quedo, ya la arreglaremos más tarde con internet — observé—. Oye, he hablado con Pablo y nos viene a recoger en poco tiempo, habrá salido hace media hora así que en poco tiempo estará aquí, no te alejes mucho.

Mi padre asintió con la cabeza mientras se sentaba a mi lado, cogía una cajetilla de tabaco y sacaba un cigarrillo. Me molestó que lo hiciera a mi lado aun sabiendo que yo odiaba el humo. Me llevé una mano a la nariz y la otra al bolsillo para sacar el teléfono móvil. Mi plan era prestárselo para mantener su boca lo suficiente ocupada con la llamada como para dejar de fumar un rato, en el que pedí a dios que ojalá llegase Pablo. Giré la bolita de mi BlackBerry hasta que me pidió la contraseña que había puesto desde el primer momento que fui su propietario. Me gustaba tener las cosas ordenadas y con claves o códigos para que nadie se entrometiera en asuntos privados. Siempre se te escapa algo por ahí, alguna conversación confidencial o algún correo, que te puede poner en un aprieto si lo encuentra la persona inadecuada. Después de insertar la contraseña apareció el fondo de mi pantalla. Una fotografía tomada el verano anterior. En ella aparecíamos cuatro compañeros que habíamos coincidido en un club de verano. A la izquierda, con una visera blanca, gafas de sol y ropa apretada estaba Marcos Sibero. Compañero de habitación de Zack Nicolson, a la derecha. Yo estaba en el centro, agachado, el primero del grupo. Llevaba puesta una camiseta roja y un bañador verde muy corto. En el centro, encima de mí y entre Nicolson y Sibero, estaba David Hyren, mi compañero de habitación. El campamento de verano constaba de un mes lleno de sorpresas y actividades para fortalecer la amistad del grupo. Por supuesto, yo, David, Siberio y Zack éramos unos completos desconocidos. Unos desconocidos que acabaron por convertirse en un cuarteto tan unido como los cuatro fantásticos. Sin duda aquel mes de Julio fue excepcional. Allí pillé mi primera borrachera, mi primera novia (y mi respectivo primer polvo con ella), las primeras “putadas” con aquellos chavales. Llegamos a un punto en el que casi nos expulsan del campamento. Pero nada. David poseía un potente don para

convencer a la gente. Todo lo que salía por su boca sonaba muy convincente y razonable. Mi padre miraba al cielo mientras disfrutaba de su cigarrillo. Fumar no era bueno para la salud, nada bueno, a sabiendas de ello, mi padre lo hacía. Vale, una cosa es que beba alcohol, que hasta yo lo tengo bebido alguna vez, pero fumar es muy malo. Yo nunca fumé, ni tenía pensado hacerlo, ni el tabaco me interesaba ni lo haría. —¿Quieres hacer una llamada, papá? —Sí, gracias. —¿Quién tendrá el placer? —¿Te refieres a la llamada? —afirmé con la cabeza—. En ese caso, estoy telefoneando a la empresa, seguro que hay contestan. Repetí la acción y me centré en el portátil: el símbolo de la batería estaba a punto de vaciarse, lo que no suponía nada bueno; el ordenador se apagó al instante. En general, cuando ocurría eso, yo le insertaba el cargador y lo enchufaba a la corriente eléctrica, pero en aquel momento no tuve la oportunidad. Lo cerré y levanté la vista al cielo, ya había llegado la noche y se podían divisar algunas de las pequeñas estrellas, tan alejadas de la Tierra. La situación estaba paralizada, mi padre sujetaba el móvil con la mano derecha y esperaba una contestación, pero no la tuvo. Yo miraba el cielo estrellado cuando vi una luz en la carretera. Desde el primer momento supe de donde venían aquellas iluminaciones, ante nosotros apareció el majestuoso vehículo de Pablo. Para ser sincero, no me esperaba un coche tan grande ni tan lujoso. Imaginaba un descapotable como el nuestro, que era la moda, o un furgón barato y sucio, pero tampoco conocía la cantidad de dinero disponible de la familia de Pablo. Al ver el coche, deduje que poseían mucho. Dentro, un hombre alto, de pelo corto y rubio, iba al volante y conducía el automóvil con

soltura. El asiento era de color negro, así como la pintura de la que estaba hecho el exterior. Era Pablo, mi amigo Pablo. El hombre al que le había pedido que me salvase. Aunque no lo veía bien desde mi ángulo, os puedo contar como era Pablo porque me lo había dicho varias veces por chat y hasta había visto fotos de él. Un adulto de veintiún años, pelo corto y rubio, delgado, alto y musculoso, de ojos azules y de tez morena. Además, estaba seguro de que aunque él no me lo dijera, poseía algunos rasgos holandeses. Se le notaban por el acento y por el aspecto. Sonó un claxon bastante agudo mientras el coche aparcaba en frente nuestra, al lado de la fuente. Las ventanillas estaban tintadas por lo que de lado no se podía observar nada del interior. Al instante, empezó a descender la ventanilla del conductor y apareció Pablo, mirándonos fijamente. —¡Bienvenidos! —su voz sonaba grave, casi no la recordaba debido a que había transcurrido bastante tiempo tras nuestro último encuentro—. Señor… Póngase cómodo en los asientos de atrás, y tú Jeff siéntate aquí conmigo. —Hombre, ¡Pablo! ¿Qué pasa colega? —dije mientras le daba una palma a mi padre y subía al coche, me coloqué en el asiento del copiloto, tal y como había dicho. Al principio pensé que la relación iba a ser mucho más tensa durante los primeros minutos, ya que, a decir verdad, había visto pocas veces a Pablo en la “vida real” y de esas pocas, la mayoría habían sido de reojo o habíamos coincidido en algún supermercado o por la ciudad. Siempre hablábamos por el chat de El Asteroide o, en muy pocos casos, chat por voz. Pero, el hombre, ni corto ni perezoso, comenzó la conversación con unos cuantos insultos —típicos entre nosotros— para romper el hielo y no tardamos en charlar como en los chats.

—¡Hijo puta! ¿Qué tal lo llevas todo cabronazo? —rio. Se mostraba bastante amistoso conmigo, como siempre, por lo que decidí hacer lo mismo—. Aquí estoy, bien. Lo único malo es que nos estamos quedando sin… ya sabes, dinero. —A nosotros nos acaban de robar el coche, que contenía miles de euros… —Ya, ya sabes, me lo has contado antes. Para que veas que sí que hago caso cuando me hablan. Pisó el acelerador del coche y lo arrancó para dar la vuelta y conducirnos hasta su casa. En ese instante, escuché una voz dulce y suave de una niña pequeña. Era su hermana. Una mujer de apenas cuatro o cinco años que se incorporaba de una silla para bebés y tiró de los pelos de Pablo a través de un espacio en la silla. En vez de hablar, ella susurraba y pronunciaba mal el nombre de Pablo. —Pabo, ¿Adónde vamos? —Pa —dijo Pablo para intentar ayudar a que lo pronunciase bien—, blo. Se dice Pablo. Tú te llamas Sara y yo me llamo Pa-blo. —Vamos a vuestra casa Sara —interrumpí—. Yo soy Jeff, encantado de conocerte. En el acto, levanté mi brazo y le tendí la mano a la chiquilla para mostrarme como uno de los buenos. Ella, instintivamente y mostrando sus actitudes infantiles, aplaudió y rió. —Jeff, Jeeeeeff, me gusta tu nombre —chocó las palmas fuerte y rio. —¡Flipa, colega! Hay gente que dice que te llamas Treff, o algo así, como tienes un tres en lugar de una e en el foro… —¿Cómo sería Pablo? —Ni idea, ¿Pacero? ¿Pablero? —respondió sin ofenderse. Parecía estar de buen humor.

Miré hacia mi padre. Su cara de póker atravesaba el cristal de la ventanilla y observaba detenidamente el lugar. A gran velocidad dejábamos atrás la ciudad y nos adentrábamos en un bosque. Supuse que la casa de Pablo sería de campo, de estas de tres o cuatro pisos, con un sótano gigante lleno de polvo y muebles antiguos y deteriorados; habitaciones en las que caben decenas de personas; un súper salón con una televisión gigante y un equipo impresionante de música, o quizás un pequeño tocadiscos de vinilo con unos grandes sofás de tela. Después de todo, a uno no le falta imaginación en un coche. —Atento —susurré para que solo me oyese Pablo. Lancé una mirada de reojo a su prima y a mi padre para asegurarme de que estaban entretenidos con otras cosas y desenfundé la pistola—. Bonita, ¿eh? —Vaya, vaya. Una glock, sin duda. Bonita pipa, ¿de dónde la has sacado? —De la funda —e hice un sonido chirriante con los dientes, luego sonreí y bajé el arma—. Oye, ¿queda mucho? —¿Mucho? —Ya sabes, joder —golpeé su hombro con algo de fuerza—. A ver si así te gusta… ¿Cuánto tiempo queda para llegar a tu casa? —¿Mi casa? —La casa de tu madrina, o de quien sea. —Poco, casi nada —y pisó el freno del coche. Ante nosotros (a nuestra izquierda) se alzaba un pequeño edificio. Dos pisos. Una chimenea. Dos ventanas en la fachada. Una puerta de madera bien pulida. Cortinas con un verde muy fuerte. Una gran lámpara de estilo arcaico, marrón, destacaba bastante porque la casa estaba pintada de blanco. Un gran campo recientemente cortado. A la derecha del recinto había una gran explanada y su respectiva carretera hacia la

parte trasera, a la izquierda había un pequeño camino hecho por piedras que conducía a la puerta de la casa. A nuestra derecha, había un bosque oscuro y profundo. Caía ya la noche y ver aquel lugar imponía y daba bastante miedo. Pero no perdí los nervios, ajusté mi arma y me dispuse a abrir la puerta. La dura voz de Pablo me interrumpió de repente. —¡Cuidado! ¡Un Hereje en tu ventana! ¡Jeff! Al instante, desenfundé mi arma y me di la vuelta. Apreté el gatillo y el proyectil salió a una velocidad increíble. En aquel momento no me importaba si mi padre se diese cuenta del truco de la Glock. La bala atravesó el cristal, que estalló en mil pedazos expulsados con fuerza, y se perdió en el aire. Observé la pistola y me dispuse a cruzar una mirada agresiva con Pablo pero su prima empezó a berrear y a gritar. Un sonido chirriante y muy molesto era emitido por la niña. Pablo, sin ni siquiera mirarme, fue hasta su lado a consolarla. Él sabía mejor que nadie la bronca que le caería si la chiquilla le dijera a su madre lo que acababa de suceder. Por eso mismo intentaba por todos los medios posibles hacerla callar. Fue imposible. Una mujer alta y robusta de mediana edad hizo su aparición estelar provocando que se corriese el portal de hierro. Su cabello era rubio y canoso. Nosotros (sobretodo yo) dábamos una imagen pésima a primera vista, había roto un cristal del coche de Pablo y había hecho llorar a su hija. Bajé del coche y me até el cordón de la zapatilla. Mi padre hizo lo propio. Se incorporó lentamente y se coloco a mi lado. Llevaba el pelo un tanto despeinado y sus dientes estaban muy amarillentos, como si hubieran transcurrido meses desde la última vez que se cepillara. Su aspecto se encontraba entre un estado somnoliento y frustrado. Quizás fuera porque estaba medio dormido o porque no importaba en aquel momento,

pero no me preguntó el porqué del disparo. Sin embargo, sí que me dio a entender su sorpresa. —¿Conoces a esa? —susurró para que únicamente fuera audible para mi—. Vaya pintas. —Es la madrina de Pablo —miré alternamente a los dos, buscando algún rasgo facial parecido que los uniese, pero no lo encontré—. Creo… La mujer pareció no vernos, o por lo menos lo aparentó. Fue directa hacia Pablo y le reprochó todo lo que había hecho. Gritaba muchísimo, parecía enfadada. Lo estaba. Sus brazos se levantaban y bajaban como si quisiese volar. Era una situación bastante cómica desde mi punto de vista. Aunque aguanté la risa. —¡Pablo! ¿Qué haces? ¿Por qué está llorando la niña? —Es que… se disparó sin querer un arma. —¿Qué dices? ¿Una pistola? ¿Qué haces tú con una pistola, Pablo? Si aquí estuviese tu madre te iba a poner bonito. Incluso te pegaría. —La pistola no es mía, madrina… —¿Y de quién es? ¿Por qué coño hay una pistola en tu coche? —Es… —¿Y ese cristal? ¿Cómo has hecho eso? ¿Por qué está roto el cristal? ¿Quieres contestar Pablo? Me estás poniendo nerviosa —y era cierto. —La pistola es suya. Ha disparado porque le he dicho de coña que había un enfermo de estos golpeándola. En definitiva, todo es culpa mía. —¿Suya? ¿Y quién es él? —y subió la vista para observarnos, dejó de agitar los brazos y mojó su dedo metiéndolo en la boca. —Soy Jeff, encantado. Este es mi padre Dave —interrumpí porque vi la oportunidad. Mi padre bajó la mirada cuando lo mencioné como saludo.

—No hablaba contigo —habló con una voz gélida—. Pablo, me habías dicho que ibas a buscar a una persona. No a dos. Aquí sólo cabe una persona. —¡Pero madrina! No tienen casa. ¿Un día? ¿Pueden quedarse un día? —No pueden. Sólo puede entrar uno. —Podemos dormir en la misma cama —ofrecí sin contar con la opinión de mi padre. —Imposible. Uno fuera. No es negociable. No podéis quedaros los dos. Mi padre agarró mi brazo y se alejó de la escena. Me miró fijamente de arriba abajo y me apretó los hombros con sus grandes brazos. Estaba a punto de contarme algo importante, siempre hacía los mismos movimientos, me lo había aprendido. Apretón de hombros, mirada fija, pasar su mano por mi pelo y beso en la frente. Tras peinarme con su mano, bastante ensuciada, me besó la frente y me miró fijamente. —Hijo… —quedó pensativo durante unos segundos—. Tú te quedas. Creo que ya eres los suficiente mayor. Y también creo que estarás mejor ahí dentro. Con esa gente. —Papá —una lágrima recorrió mi cara—. Gracias… No sé qué decir… —Hijo, no sabes qué decir porque no tienes que decir nada. Pero esto no es un adiós, ¿eh? —me agarró la barbilla e hizo que le mirase a los ojos—. Es un hasta luego. No quiero que llores, ¿vale? Hasta la próxima, Jeff. Cuando acabó de hablar y se giró para irse rompí a llorar como nunca lo había hecho antes. Mi padre se había sacrificado por mí. Por mucho que el dijera que era un hasta luego, parecía imposible sobrevivir con los Herejes. Me limpié las mejillas con la camiseta y observé como se alejaba mi padre. Si querer, toqué la pistola al adecuar mi ropa. Se me ocurrió prestársela a mi padre. Tal y como iban los sucesos, a él le haría mucho más falta.

—¡Papá! ¿Quieres la pistola? —No, colega —levantó el dedo pulgar—. No me hará falta. Sonreía, pero lo hacía sólo para no preocuparme. A él también le caían lágrimas, pero no a borbotones como me ocurría a mí. Parecía nervioso. Dave se alejaba poco a poco sin rumbo fijo, aunque cogía el camino por el que habíamos venido con Pablo en coche. Posiblemente volvería a la ciudad y allí buscaría su coche, o a alguien. Pensé que quizás encontrara a aquel extraño afgano que hace poco tiempo había hablado conmigo. No tenía pintas de asesino ni nada parecido, incluso ni de ser una persona agresiva, pero nunca se sabe. Escapé de mis pensamientos al escuchar un grito de la prima de Pablo. Pero esta vez no era su prima pequeña, era la mayor. La adolescente salió tal que su madre, agitando los brazos y apresurada. Pablo no sabía qué hacer. Las dos estaban a su lado gritando y riñendo sus formas. Todo por culpa de la broma de la pistola y el Hereje. Yo no guardaba parte de la culpa, es de sentido común disparar si hay ahí un zombi. Una broma de muy mal gusto, pero total, aquel coche era de Pablo. Si tuviese la ventanilla abierta no hubiera provocado daños, pero no estaba abierta. Lo peor de todo es que Pablo no pudo disfrutar de ella. —¡Pablo! ¡Tú eres tonto! Aquí no se va a quedar ese chaval, ¿me oyes? —dijo la chica adolescente. —Sí que se queda. Y punto. Esta vez Pablo se impuso sobre su madrina y su prima. Físicamente era superior. Se mostró enfadado con ellas. Para enfatizar su enfado, soltó a su prima pequeña en el coche y se fue camino a su morada. Me lanzó un gesto con la mano para que lo siguiese. En unos minutos, estábamos en su habitación. Una sala de diez por quince en la que había una litera, un armario y una televisión con una videoconsola.

Acabamos la noche con tequila y videojuegos clรกsicos (y modernos) de zombis.


Capítulo 2