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Logogrifos…

en el Vagón del “The Ghan” Carlos B. Delfante

Conviene reír sin esperar a ser dichoso,

no

sea

que

nos

sorprenda la muerte sin haber reído. Jean de la Bruyere

Hay algo que da esplendor a cuanto existe, y es la ilusión de encontrar algo a la vuelta de la esquina. Gilbert Keith Chesterton

Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Logogrifos en el Vagón del “The Ghan” La vigente novela, Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”, es el tercer libro que compone la trilogía del comisario Herculano Sansón, y busca en sus páginas relatar las imaginarias peripecias que han sido obradas durante un imaginario encuentro realizado por antiguos y famosos personajes policiaco-literarios, en un pleonasmo narrativo de acción fingida en todo o en parte, y cuyo único fin es causar placer estético a los lectores con la descripción o pintura de sucesos y lances interesantes, que bien pueden ser de caracteres, de pasiones y de costumbres. Esta novela surge como resultado de una descripción fantasiosa de relatos simulados acrecidos de acento de humor, y busca representar lo que ocurre en ciertos eventos convencionales, al apoyarse en las peculiaridades de algunos de los personajes que la componen, lo que permite al lector rescatar jocosamente indudables recuerdos de conocidos detectives e investigadores policiales que fueron engendrados otrora por la mente de distintos y excelsos literatos. Utilizándose de ellos, el autor ha buscado representar en los protagonistas, los más diversos procedimientos del ser humano sobre el ángulo de lo risible, de lo turulato, de Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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lo incauto, elaborando una obra de aventura que permite manifestar los procedimientos de cierto extracto de la sociedad, y demostrar lo que el hombre es en la realidad: una criatura producto de la propia naturaleza. El autor busca hacer constar también en sus parágrafos, el inmenso agradecimiento a los famosos creadores literarios de otros singulares personajes y de las obras que aquí fueron nombradas y señaladas cuando sirvieron de sustentáculo a esta trama hilarante… A ellos, los más sinceros agradecimientos.

Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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1 Hasta llegado el día en el cual sobrevino esta historia,

siempre

antecedencia

mis

me

había

actividades

gustado para

planear poder

con

contar,

invariablemente, con una cierta delantera de tiempo ante cualquier diligencia que fuese. En verdad, a mí no me gustan mucho los sobresaltos y las sorpresas de última hora, pues ellas siempre acaban acarreando confusiones. Por eso, tal vez ese cacumen del cual yo disfruto, no sea más que una manera de coger la verbena antes que ella me sorprenda a mí, porque todos sabemos que lo inevitable, siempre surge de repente. En tal caso, mismo así estoy convencido que a partir de aquel día, de una manera extraña y misteriosa, parecería que todo comenzó a terciarse precipitadamente en mi camino. No sin una cierta dosis de alegría para mi propio ego, ya que me consideraba un hombre de mala suerte, y tanto es así, que es bien capaz que si yo jugase un peso en la máquina tragamonedas y me saliesen tres limones, sobre seguro que ganaría un exprimidor.

Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Pero recuerdo que cuando se dio inicio a los hechos de toda ésta nueva efemérides en mi vida, correspondía a una lluviosa tarde otoñal cuya acuosa e insistente precipitación

pluviométrica parecía haber

llegado de forma prodigiosa para querer amenizar un poco los últimos calores del verano, en el cual su fogoso solsticio ya señalaba que se encontraba a medio camino entre la vida y la muerte. Justamente en aquella infernal tarde borrascosa donde parecía que san Pedro nos estaba mandando chuzos de punta, yo tenía entre mis manos el tomo VII de un viejo ejemplar de la “Enciclopedia Británica”; el séptimo volumen de un conjunto de libros que me había dejado de herencia mi fallecido amigo Nicanor, un letrado boticario de mi pueblo. A decir verdad, lo tenía abierto exactamente en la página que narraba sobre el “Islamic Philosophy and Theology”, un asunto que me traía un poco ensimismado desde hacía largo tiempo; y por no tener lo que hacer en esa tarde acuosa y diluvial, me pareció ser un contenido óptimo para ser leído en un momento como aquél. No sé si es oportuno agregar que esa edición perteneciente al texto del año de 1982 -que no corresponde a la última publicación de tan soberbia obra-, se encuentra distribuida a lo largo de 30 tomos: los 10 primeros, corresponden a la Micropedia; los 19 restantes, a la Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Macropedia; y por consiguiente, un único tomo que alguien ha convenido denominarlo de Propedia, una expresión idiomática que es proveniente de la derivación del estudio preparatorio de una disciplina. Cosa de sabios leídos, pienso yo. Pero ya que toqué en tan docto tema, debo esclarecer que la Micropedia corresponde a un repertorio de referencias breves, minuciosas y alfabéticamente ordenadas por su carácter científico, tecnológico, y por todos los demás etcéteras que convienen al caso. No en tanto, la Propedia se atañe a una sinopsis del erudito conocimiento que fue organizado en diez grandes campos: Materia y Energía, Tierra, Vida Terrestre, Historia de la Humanidad y Ramas del Conocimiento. Cada uno de esos campos del saber contienen los temas y subtemas relativos al mismo, y que son posteriormente contemplados y desarrollados más profundamente en la Macropedia… En realidad, todo el compendio en sí no deja de ser un trabajo espectacular, al cual oportunamente convendría mejor llamarlo, en lugar de espectacular, de “Chino”; lo que en suma me lleva a pensar que esa citación contraría tremendamente con el origen británico de la obra, y por tanto, tendríamos que cambiar su nombre para

“Compendio

Enciclopédico

Oriental

de

Transcripción Pinyin Zumi”. Sin embargo, ese pomposo Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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título me permite también madurar que, tal vez por sonar fonéticamente tan mal, es que a alguien se le antojó llamar la obra de: británica. No tengo dudas sobre ello. Pues bien, volviendo a lo que estaba diciendo, ya que algunas veces viajo en la mayonesa, supongamos que por acaso en un determinado momento, a uno se le ocurra buscar alguna información sobre el bíblico profeta Mahoma. En ese caso, lo recomendado sería consultar la Micropedia y obtener allí una referencia rápida. Pero en lo relativo a esta consulta en especial, debemos tener la precaución de no olvidarnos que antes hemos de tomar el cuidado de que, en inglés, “Mahoma” se escribe “Muhammad”, el individual seudónimo análogo al nombre del excrementicio sanguinario líbico de Muhammad Gadaffi y al que hace poco le cortaron las bolas en pleno desierto. Pues bien, en la página 84 del tomo VII (edición de 1982), al consultar sobre ese personaje evangélico, la entrada es seguida de la notación 12:605; esto indica que en el tomo 12 de la Macropedia, en la página 605, se encuentra un ensayo o artículo sobre el mismo tema. La Micropedia indica, además, qué aspectos son cubiertos por el artículo de la Macropedia y señala un número de referencias relacionadas existentes en sus otros tomos. Es por eso que el artículo en la Macropedia se divide en Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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varias partes y contiene, al final, una bibliografía y las iniciales de su autor (en este caso W.M.W. o William Montgomery Watt, según la pág. 102 del apéndice de Asesores, al final de la Propedia). De cualquier forma, la Propedia puede ser igualmente muy útil para la localización

de

artículos

por

los

cuales

estamos

interesados. Digamos por ejemplo que del mismo modo en que estaba incumbido en querer escudriñar sobre la Teología Islámica, se me antojase descubrir el contenido de la Segunda Guerra Mundial; entonces el tema podría ser ubicado en la parte denominada “Historia de la Humanidad” (pág. 560-651). Más concretamente, en la página 664 es donde se indica el tópico de manera específica y se muestran los distintos tomos de la Macropedia donde el tema se trata de manera directa o indirecta. Ahora, eso sí, no me pregunte por qué miércoles tal materia está archivada en esa sección, porque entiendo que si se trata de guerra, esta no tendría que estar archivada entre lo referente a la humanidad… Para mí, eso es puro silogismo, ¿no es verdad? Pero en realidad, volviendo nuevamente a la verdadera razón de mi descriptiva después de haber realizado éste breve preámbulo del saber enciclopédico, he de confesarles que para quien a veces no tiene mucho que Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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hacer, ponerse a husmear de cabeza gacha por esas interrogantes de la vida… -y la de los otros-, resulta ser interesantísimo, porque, al menos para mí, me ayuda e entender ciertos tipos de asuntos enigmáticos que abundan entre las telarañas de mi cerebro. Por tanto, entretenido que yo estaba aquella tarde en querer pasar mis ojos por esos temas sugestivos de la turbidez de la razón, me sorprendí cuando, súbitamente, mi fiel vasallo Snobiño, -o “Half Dark” para los más íntimos-, entró de vez en mi covachuela empapado hasta la médula. Traía estampado en su pardo rostro, la clara imagen de la turbación, como la de quien parecería sentirse completamente desazonado con alguna cosa misteriosa, hecho que enseguida me llevó a especular sobre cómo será que se exterioriza la palidez en el rostro de los africanos. Sin duda, otro de los puntos que aún permanecen enigmáticos para mí. Pues bien, al pararse con los brazos en jarro bien en el medio del salón, luego vi que me miraba de un modo desorbitado haciendo resaltar aquel descomunal blanco de sus ojos, quienes se sobresalían de forma asustadora sobre la oscuridad de su piel, acto que aceleró mi pensamiento al imaginarme que ellos se semejaban nítidamente a dos grandes gotas de leche sobre el alquitrán. En ese momento, el agua de lluvia que se había impregnado en su Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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ropaje, goteaba paulatinamente sobre el linóleum de la sala. -¿Qué haces, pedazo de un desnaturalizado?, – remusgué con voz aforada, al verlo inmóvil que ni lechuza en la cornija de la iglesia, justo en al instante que apartaba mi vista de las ajadas hojas del libro. -¿No te das cuenta que, ahí parado, estás empapando mi fino tapete de pellejo de Agave Sisalana made in china? –añadí determinado. De sopetón, Snobiño recuperó su semblante y dejó escapar una grave contorsión en sus labios que más parecía una fractura en la quijada. Ese gesto me posibilitó avistar la sugestiva manifestación nívea de sus dientes, los que se igualaban a dos impolutas coronas albas injertadas en su mandíbula rosada. -¡Jefeamo!, –exclamó todo sonriente-. Llegó una correspondencia para usted. -Dejála en la repisa, -le ordené de manera maquinal-. Total, ¿qué apuro hay en pagar las cuentas? comenté con un ademán apático y desinteresado, señalándole involuntariamente con la mano en cuál de los estantes debía dejarla. -¡Pero patrón…! –resolló, más que habló-. Le aviso que ésta carta parece ser especial, -se apresuró en expresar vivazmente, mientras iba retirando de bajo de su Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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poncho empapado, un enorme sobre blanco forrado con una bolsa de nylon, con el que pasó a aventarme eufóricamente la jeta. -¡Interesante! ¿A ver, dejáme echar un vistazo para ver de qué se trata? -pronuncié al mismo momento que estiraba mi mano para retenerlo, y conjuntamente cuando mis ojos se vieron atraídos por los llamativos colores dorados que estaban impresos en el sobre. -¡A la pucha, che! –exclamé inadvertido, así que vi aquel broquel estampado en alto relieve, y muy cuidadosamente impreso sobre el lado derecho del sobre. -Por la exquisitez de las letras y la finura del papel, me imagino que debe tratarse de cosa del otro mundo, -señaló Snobiño, justo al momento que se secaba la cara y los brazos utilizándose de un repasador viejo que otrora había sido confeccionado con un pedazo de paño importado, proveniente creo yo, del fino tejido de esas bolsa de azúcar brasileñas. -Es verdad. ¡Esto es cosa fina!…, -tuve que concordar con él, tal era el sentimiento de magnanimidad que manifestaba la credencial. Pero se lo dije sin importarme con el tipo de lienzo que Snobiño estaba utilizando para enjugarse, porque antes de abrir el sobre, yo empecé a limpiar las lentes de mis anteojos de lectura, como si el hecho de querer retirarle cualquier suciedad, Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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fuese a conceder mayor distinción a lo que contuviese dentro de la funda del albo papel. -Debe ser una invitación para participar de algún noble casorio, o de un cumpleaños de quince de alguna damisela de alcurnia… Si no, quién sería el loco que se gastaría una fortuna mandando otro tipo de misiva en un pergamino tan refinado. ¿No le parece, patrón? –indicó Snobiño, de rostro risueño y usando un razonamiento conclusivo. -No

seas

majadero,

muchacho,

-retruqué

impertinente-. Este tipo de material también se utiliza para marcar algún tipo de ceremonia que requiera de cualquier formalidad un poco más distinguida. -¿Me deja tocarlo, patroncito…? -incitó mi lacayo con voz decidida, al momento que avanzaba un paso y precipitaba su pesado cuerpo sobre mí, como pretendiendo ver sobre mi hombro lo que contenía el sobre. -Sacá ya tus manos mojadas de arriba de él. ¿No ves que le podes borronear la tinta?... ¿Ya te secaste…, inútil? –musité algo malhumorado, mientras mis ojos brillaban de entusiasmo al percibir que acababa de recibir, y abrigaba entre mis manos trémulas, la primera correspondencia oficial de la “Ludicos”. Claro que si yo declamo este nombre así, tan secamente, capaz que usted ya estará cuestionándose lo Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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qué miércoles significa tan ostentoso calificativo impreso en la correspondencia, pero le aclaro que tan ecuánime nombre nada tiene que ver con aquel movimiento obrero de 1811 en Gran Bretaña, época en la cual algunos sobresaltados trabajadores de aquel digno país victoriano pretendieron -enajenados- destruir toda la maquinaria fabril; ni tampoco con cualquier tipo de asociación de tahúres dedicados a los juegos de azar… Nada que ver. En verdad, ser un miembro honorable de la “Ludicos”, significa pertenecer a la: “Liga Unida de Detectives

Internacionales

Contra

la

Orden

no

Socializada”. Una coalición que fue fundada en antaño, buscando reunir en ella a los más prestigiosos agentes de investigación criminal y delictiva de todo el mundo. Y para saciar su curiosidad, debo confesar qué, con gran honor, yo, Herculano Sansón, ciudadano de Piedras Verdes y del mundo, me incluyo entre ellos. Y

ya

observando

ese

asunto

desde

otra

perspectiva, tanto sea ella cóncava o convexa, no me parece nada mal esa conquista mía para quién comenzó la vida como un simple guardiacivil de morondanga, y terminó su licenciatura en el jerárquico puesto máximo de: “Comandante en Jefe de la Guardia Civil de Piedras Verdes”. Puesto que fue denegrido posteriormente por los pecaminosos políticos de entonces, al votaren el nuevo Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Estatuto de la Nación, y recalificar ese cargo como simplemente: “Comisario”. Pero aun en tiempo, debo aclarar que después que me jubilé, amparado que estaba en una legislación estatutaria que me concedía el cese, no por antigüedad, y si por ser meritorio en la función, comencé a ocupar mi tiempo

desempeñándome

como

detective

privado,

buscando desde entonces usar mi desarrollada perspicacia para solucionar casos de las más variadas índoles, pero todo ello ya son historias que he narrado anteriormente, cuando registré mis memorias en la famosa obra de mi autoría, intitulada: “Los Misterios de Piedras Verdes”. ¡Disculpen! Se hace relevante que pida perdón a mi caro lector, por haber sacado de abajo de la alfombra esa fugaz mudanza de mis pensamientos, pues entiendo que me he dejado llevar inconscientemente por otras ponderaciones tangentes a mis reminiscencias; un trance maquinal

e

irresponsable

que

me

ha

apartado

momentáneamente del tema principal mientras la lectura de tan digna misiva me masajeaba el ego y dejaba completamente en ascuas a mi digno leyente. En verdad, luego de recibir el magnífico sobre, tomé un estilete de oro del moro que siempre mantengo en la mesita de lectura, y comencé a rasgar la solapa del sobre con sumo cuidado. Cuando retiré el papel de su interior, Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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luego percibí que se trataba de una invitación para participar de un congreso mundial de la Liga, cuya convocatoria indicaba que el mismo se llevaría a efecto en tres meses de aquel momento a la fecha. De rayano, eso me hizo suponer que, igual a cualquier lego en estos asuntos, tan dilatado período debería parecer un lapso de tiempo suficiente para preparar todos los pormenores que requiere una cuestión de tamaña envergadura. Pero estoy seguro que es ahí que usted también se engaña, porque el lugar escogido, quedaba, como vulgarmente se dice, en los cafundós de Judas, o allá por donde el Diablo perdió las botas. No en tanto, como la cuestión aquí no es andar con acertijos o misterios, mejor le cuento de una vez por todas que la tal reunión, se realizaría a bordo del tren “The Ghan”. Claro, otra vez usted se sentirá nuevamente perdido en el éter de las divagaciones cósmicas, por no saber donde miércoles queda esa extraña vía de ferrocarril; pues le confieso que en aquel momento, yo tampoco, salvo lo que constaba en la misiva, y allí decía, con letra súper estilizada, que ese camino de fierro está localizado en Australia. Para ser más exacto, rezaba en la comunicación, que el trayecto se daría partiendo de la ciudad de Adelaida, con destino a Darwin. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Me imagino que muy poco he contribuido para que usted se localice con mayor precisión; pero cuando yo acabé de leer una y otra vez la carta, me sentía igual que usted, más desubicado que inodoro en el living, principalmente porque hasta esa fecha, la única Adelaida que conocía, era la suegra de mi vecino, que para ser sincero, con aquellos bigotes y los bellos en la pera, lo más justo era llamarla de Adelino. Pero en fin, ese era un problema con el cual mi vecino debía preocuparse, y no yo. No en tanto, el lugar de destino del viaje ya eran otros quinientos, porque, confieso, que lo único me liaba a ese nombre, era el recuerdo de Charles Robert Darwin y algunas de sus teorías acerca de la herencia de los caracteres adquiridos, y del evolucionismo del sistema linneano

de

clasificación

sexual

de

las

plantas,

circunstancias estas que, creo yo, fueron las que terminaron por llevar a tan digno estudioso a una permanente lucha por la existencia; principalmente la de él, porque en aquel entonces, ciertamente nadie creía patavinas de lo que éste desquiciado científico afirmaba tan perentoriamente. Por lo tanto, volviendo nuevamente al asunto en cuestión, no los culpo por sus tinieblas intelectuales, porque yo también me sentí tan perdido cuanto usted, y Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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para expresarlo mejor, diría que yo me sentía más perdido que gusano en manzana de plástico. Por eso, la primera diligencia que tomé para descubrir esas incógnitas, fue pedirle a mi lacayo que me consiguiese el Atlas Global. -¿De dónde, patroncito?

–Snobiño inquirió

distraído, -como siempre-, sin meditar sobre las palabras mencionadas en mi orden. -¿Y de donde te imaginás que podría ser? ¿Tal vez esté debajo de la bañera? –le respondí ofuscado, al apreciar tamaña nulidad craneana frente a mí. -Únicamente que usted lo tenga puesto allí… Pero ya le aviso que el mes pasado, cuando barrí el baño, no estaba. -¡Alcornoque! –troné irritado-. ¿Dónde podría estar un libro, si no es en la estantería? ¿No es más fácil pensar, antes de preguntar? –cuestioné, ya dominando el hosco arrebato que impulsaban mis palabras. -Yo pensé que usted quería alguna pelota diferente. Como dijo global, pensé que estaba atlás de algo en especial. ¿Qué atlás, que atlás? –bramé-. Dije, Atlas… Mapamundi… Enciclopedia de cartas geográficas… ¿Necesito ser más explícito, jugo de carbón? -¡Ah! ¿El libro grande…, aquel lleno de láminas de países? Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Ese

mismo…

Ese

mismo

–le

confirmé

desahuciado, y por verme rodeado de tanta estulticia acumulada en un único cerebro. Juro que cada día que pasa, éste “my little chiqueen shit”, me saca de quicio con la mayor facilidad. Y lo peor, es que ni colorado se pone. Bueno, eso también es difícil de percibirlo, porque entiendo que en la oscura lobreguez de su epidermis, todos los colores se vuelven pardos. Finalmente, ya manteniendo en mis manos tan ampuloso compendio, comencé a hojearlo ansiosamente hasta dar de cara con el mapa de Australia. -¿Está pensando en viajar, patroncito? –me interrumpió Snobiño, así que notó que yo curioseaba la hoja referida. -Por ahora, no te preocupes. Mejor andá a ensillarme un mate, y prepárate unas tortas fritas para merendar, que con seguridad, la tarde se nos hará larga –le ordené, como forma de sacármelo de encima y poder concentrarme en mi investigación. Al quedarme solo, pronto encontré lo que quería. Allí estaba Adelaida frente a mí, o si le gusta, Adelaide, en inglés; una ciudad que en el mapa, está situada en el sector sur del Océano Índico y bien en la parte meridional de esa isla-continente gigante que parece ser Australia. No es por Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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nada, pero al curiosear la página, me enteré que ese país ocupa el 6º lugar en el ranquin de países por tamaño de territorio, con algo más de siete y medio millón de Km². Sin embargo, observando más atentamente la escala del plano cartográfico, percibí que a su alrededor no existían muchas ciudades, como es común de observar en los mapas de muchos otros países, por eso no me costó casi nada visualizar en donde se encontraba la otra localidad de destino. Allí estaba Darwin, en el “Top End” del plano, bien encima, en el territorio del norte, coladita junto al mar de Timor, en la costa septentrional de ese enorme país. En verdad, en esa rápida ojeada, me pareció que su costa estaba muy próxima de Asia, más específicamente de Indonesia y Timor Oriental, lo que me hizo suponer que éste pueblo también estaría repleto de habitantes de rostros amarillos uniformes, pelo negro y duro como espinas de erizo, y diciendo: señol, señol…, mientras, de brazos cruzados y manos escondidas en las mangas de sus túnicas, mostraban los dientes en una sonrisa satisfecha, dejando escapar por entre ellos unos pequeños granos de arroz mal digeridos. No sé decir el porqué, pero sugestivamente, mientras miraba esa parte de la lámina, me vinieron esas disparatadas imágenes a la cabeza. Puede que haya sido Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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por la seductora influencia de alguna película que yo tenga visto antes. En todo caso, no les niego que hasta ese momento, me intrigaba enormemente dicho convite, principalmente, por tratarse de un oportuno encuentro codo a codo con las figuras más célebres del mundo investigativo; muchas de las cuales eran un verdadero paradigma para mi, y quienes otrora habían servido de mentores y espejo de mis actitudes, que, lejos de querer imitarlas, eran más que nada mis guías y prototipos en el desempeño de mis actividades detectivescas. Circunstancialmente, quisiese o no, en esos momentos

mi

mente

requería

descubrir

alguna

información más concreta referente a ese exótico viaje de tren que la Liga pretendían realizar, y en cuyo enigmático transcurso, se realizaría la convención. Y nuevamente, dejándome llevar por los recuerdos, me vinieron a la cabeza las imágenes descoloridas de la película: “El maquinista de la General”; uno de los celuloides más famosos del genio del cine mudo, con Buster Keaton como principal personaje que, en plena guerra de secesión americana, se puede ver a éste verdadero “cara de roble”, interpretando la figura de un maquinista del ejército del Sur que debe enfrentarse en solitario a todo un comando nordista, para lograr recuperar su tren y su novia. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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En definitiva, quien ya vio la cinta, lo sabe, porque sin utilizar dobles ni contando con los actuales efectos especiales que se utilizan en la pantalla grande, en el transcurso de esa vieja película puede advertirse que el actor Keaton salta de un vagón a otro, corre por el techo del tren, o ejerce de cadena humana para mantener unidos los vagones, y otras trastocadas peripecias por el estilo. No sé por qué carajo, yo me imaginé que el viaje podría guardar alguna similitud con el humor y las aventuras trepidantes de ese clásico film que, hasta el día de hoy, por increíble que pueda parecer, a pesar de los años, aun sigue manteniendo toda su frescura intacta dentro de mi cerebro. De inmediato sacudí mi cabeza para un lado y otro, como queriendo apartar esas irracionales evocaciones en mi cerebro, pero sin querer, al desacomodar las ideas con el zarandeo de mi cabeza, me puse a pensar que el desarrollo de nuestro viaje también podía ser similar al desplegado en: “El Tren”, otro gran peliculón de acción de John Frankenheimer, el mismo que dirigió: El mensajero del miedo, y Plan diabólico. Pero en éste filme, el extraordinario Burt Lancaster tiene que evitar por todos los medios que un tren llegue a su destino. El guion de esa cinta está ambientado en la época de los últimos días de la Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Segunda Guerra mundial, y demás está decirles que es aventura pura. Para ser más explícito, el fundamento de la trama muestra a un coronel alemán que quiere llevarse todas las grandes obras de arte de París a Alemania, antes de que ellos pierdan la guerra. La película no sólo está llena de suspense, sino que además, tiene un ritmo endiablado e innúmeras secuencias de acción sobresalientes, destacando por su espectacularidad, el descarrilamiento final, en el que, para filmarlo, se utilizaron tres trenes reales que más tarde los vendieron como fierro viejo. Obviamente que esa es una película para ver sin parpadear, pero todos estos recuerdos me cayeron que ni pintado, sirviendo para dar rienda suelta a mi imaginación. Pura fantasía en una tarde lluviosa, creo yo. -¡Pronto!, mi jefeamo, aquí tiene el mate preparado. –Fueron las objetivas palabras con que Snobiño me removió enérgicamente de mis devaneos, y me trajeron nuevamente a la realidad. -Óptimo…Óptimo…, mi fiel y tiznado escudero. Arrimáte aquí, así me lo cebas mientras yo hago algunas consultas pertinentes. -Entonces… ¿me va a contar de que fiesta se trata, patrón? Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-A decir verdad, no es bien una fiesta. Es un congreso de detectives, -le respondí, así que sustenté en el hueco de mi mano, la calabaza caliente del mate recién servido. -¿Y yo tengo que ir, también? –me preguntó, abismado con la noticia, y abriendo tan desmesuradamente los parpados, que yo creí que los ojos le iban a saltar que ni bolitas para fuera de sus orbitas. -La invitación, es dirigida para el profesional asociado a la Liga, que puede comparecer acompañado de su auxiliar, en caso de que éste lo tenga. Pero… -¿Pero, qué, patrón? –curioseó Snobiño, mientras yo hacía una pausa para sorber el amargo por la bombilla. -¡Bueno! Primero tengo que averiguar cuánto nos va a costar esa perinola toda, y descubrir cómo podemos hacer para llegar hasta el otro lado del mundo.

2 Hasta

conseguir

desenterrar

alguna

otra

información adicional que despejase mi circunstancial Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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oscurantismo, pasé dos días bajo intensa angustia y ansiedad, una consecuencia de mi desasosiego por querer descubrir algo más sobre ese tal de “The Ghan”. Realmente, debo decir que quien me ayudó a salir de ascuas, fue mi fiel amigo, el gordo Omar, el propietario del café “La Esquina de Piedras Verdes”. Como es de imaginarse, yo ya había andado preguntado sobre ese asunto a uno y otro de mis amigos, hasta que quien se manifestó en ayudarme y darme una pista a seguir, fue Omar, quien me dijo que tenía un sobrino viviendo en la capital, y el cual trabajaba en una agencia de viajes. -Tal vez, -me dijo en aquel momento-, con certeza él podrá conseguirte algunos prospectos que te auxiliarían a desasnar tu analfabetismo con el tema en cuestión. -¡Sí! Me has dado una buena idea, gordo -enuncié satisfecho-, porque también tengo otras consultas que hacerle. -manifesté, pensando en aprovechar la visita para elucidar las otras cuestiones que el viaje demandaría. No demoré mucho, y al día siguiente me fui a verlo, excitado que estaba para descubrir si el prestadizo muchacho me desenmarañaba las ideas, y me proveía con datos más concisos sobre esa intrigante aventura en la que ya estaba totalmente inclinado a participar. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Resumiendo las cosas, les cuento que por su intermedio, descubrí que, a diferencia con el ferrocarril de aquí, que no pasa de unos vagones de ganado malamente peripuestos para trasportar gente, éste sería un tren del primer mundo, con aire acondicionado, platos gourmet, cabinas presurizadas, reservas por anticipación, y hasta un negro que te abanica y, si uno quiere, hasta le toca el pito; aunque en realidad esa parte no me preocupaba mucho, porque yo ya tenía el mío. Pues bien, a todo esto hay que agregarle que terminé descubriendo que el “The Ghan” ofrece tres niveles de servicios: Platinum, que consta de un camarote en suite con cama doble y salón privado; Gold, que ofrece un camarote; y el Red Service, con pequeñas cabinas para dormir, o asientos reclinables. Por supuesto, era todo un lujo puesto a disponibilidad siempre de acuerdo con el tamaño del bolsillo del pasajero, lo que llevó a juzgar que el viaje me costaría un huevo y medio. Por otro lado y por lo que indicaban los prospectos turísticos, descubrí también que éste se trataba de un moderno tren transcontinental que arrancaría desde el sur, en Adelaida –dato que ya lo sabía-, y atravesaría el desértico interior del país Australiano, hasta llegar al norte tropical en Darwin. El total del recorrido sería de 2.979 kilómetros transcurridos en un perenne traqueteo durante Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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un viaje de un poco más de 48 horas, con dos noches a bordo del tren de la “Great Southern Railway”. Estas noticias, por si solas, ya me sugestionaban y me incitaban aún más a realizar la aventura, dejándome con cara igual a la de un botija al que le regalan un chupetín. Mientras descubría tales datos y daba libre albedrío a mis pensamientos, Toribio, el sobrino de Omar, me contó que al tren lo llaman “The Ghan”, porque es la abreviatura de “The Afghan”, un apellido cariñoso con el que había sido bautizado en memoria de aquellas caravanas de camellos que eran conducidos por jinetes nativos de Afganistán, India o Persia, que entonces llevaban carga, noticias y pasajeros al interior de aquel descomunal país entre los años 1865 y 1930. Luego no pude dejar de imaginarme que esas hazañas deberían ser una peripecia y tanto en aquella época. -¡Maravilloso! -deje escapar en un suspiro que alertó a Toribio. -¿Le gustó el tren? -me preguntó al verse sorprendido por mi exhalación. -No, Toribio. Lo dije por lo estupendo que habría sido poder estar en aquellas interminables caravanas de camellos, andando días y días en el desierto… ¡Cosa de película! -añadí radiante con mi alucinación. Logogrifos en el Vag��n del “The Ghan”

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El muchacho continuó hablándome sobre el asunto, ya que en el catálogo también constaba que dicho tren atraviesa todo el centro de Australia, de norte a sur y viceversa. Más bien, el prospecto informaba que se trataba de querer simular entre rieles, la vieja ruta que fue abierta por el explorador John McDouall Stuart en 1862, un trastornado ingeniero escocés que no teniendo nada que hacer, se animó a cabalgar estos tres mil kilómetros entre desiertos, oasis, montañas y pantanos… Sin duda, una locura de céltico-anglosajón, lógico. Toribio terminó por contarme que, con su impulso desafiante, ese gringo corajoso de Stuart fue quien acabó por abrirles el camino a los buscadores de oro y a los estancieros criadores de ovejas. Pero detrás de Stuart, pronto llegaron los técnicos de la “Overland Telegraph” para instalar la línea telegráfica que en 1872, por fin logró conectar a Darwin con Adelaida, y a toda Australia con el mundo. Claro que todos esos relatos que él me hacía, no dejaban de ser fascinantes y noveleros, al punto de dejarme de baba caída y cada vez más entusiasmado con la idea de poder participar de esa atrevida ocurrencia, pero todavía me quedaban dos grandes inconvenientes a zanjar: el valor que yo tendría que pagar por querer participar de esa jornada; y cómo hacer para llegar hasta allá de la Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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manera

más

económica

posible,

descartando,

por

supuesto, el avión, que más allá de ser caro, les digo que tengo un horripilante pánico en subir en esos pájaros de acero. En fin, conversaciones de aquí, conjeturas de más allá, pronto surgió la idea de yo realizar el viaje hasta Australia embarcándome en algún transatlántico, pero esa oportuna concepción muy pronto despertó otros dos nuevos inconvenientes con la utilización ese medio de trasporte: no había ruta marítima directa disponible, y tampoco había como obtener una combinación múltiple entre vapores de diferentes líneas, para que alguno de ellos me llevase directo a Adelaida o hasta a algún puerto próximo, y a ser realizado en tiempo hábil de ser cubierto a fin de coincidir con la fecha prevista para la convención que iría a ser realizada en el “The Ghan”. Por lo tanto, la única alternativa económicamente viable que nos quedaba, era conseguir algún buque carguero que estuviese dispuesto a llevarnos a mí y a Snobiño, hasta nuestro destino, el lugar de inicio de partida del tren. En este caso, la limitante era la necesidad de tener un contacto de amistad con algún empleado de esas empresas navieras mercantes, como una manera de lograr que nos admitieran como pasajeros, y pagando valores irrisorios por nuestras acomodaciones. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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No en tanto, al seguir charlando, dimos proseguimiento

a

la

pertinaz

evaluación

de

las

suposiciones y teorías pertinentes, y en ese primer encuentro quedó establecido que lo mejor para nosotros, sería poder realizar el viaje en algún buque petrolero que hiciese la ruta por el Océano Índico, que si bien estos no paraban en Australia, por lo menos podría arrimarme hasta alguna isla cercana, y de allí, nosotros proseguir viaje en algún otro barco menor. Esa venerable alternativa que Toribio ventilaba, me pareció ser la más oportuna, porque conforme me indicó, tenía un amigo que había estudiado con él, y que trabajaba en ese ambiente, cosa que tal vez podría facilitarme el asunto. Así que en esa quedamos, y tuve que aguardar hasta que el sobrino de Omar lograse establecer contacto con su amigo, para ver como hacía para conseguir la autorización correspondiente. Caso lo lograse, yo también me comprometí a realizar por su intermedio todas las reservas del viaje, principalmente, todo lo relativo al valor de los pasajes en el “The Ghan”, y algún que otro hotel en el que necesitásemos pernoctar, que si no eran valores muy expresivos, por lo menos le dejaba una buena comisión. En realidad, en aquel momento yo no estaba muy ilusionado, pero por cierta concomitancia del destino, la Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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cosa anduvo rápido, y dos o tres días después necesité volver a la capital, ya que de acuerdo con lo informado por Toribio, habían concretas posibilidades de poder realizar el viaje en una embarcación petrolera que partiría para aquellos rumbos, más exactamente con destino a algún país árabe que no recuerdo el nombre, y que saldría de nuestro puerto capitalino dentro de dos semanas; así que si quería aprovechar la oportunidad, necesitaba agilizar los trámites.

3 Entiendo que a esta altura de mi relato el lector pueda estar sintiéndose un poco confuso con el plazo de esa fecha tan limitada para la partida, pues en realidad debe estar pensando que si nosotros lográbamos embarcarnos en ese navío tanque, aun tendríamos casi dos meses de espera hasta el día previsto para la reunión de la Liga. Lo que me faltó agregar, es que lo más próximo que este barco llegaría de Australia, era la República de las Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Seychelles, o sea, a la pequeña isla de Mahé, una menudencia de tierra firme perdida entre un grupo de 115 otras similares, pertenecientes a

unos minúsculos

amontonados de alquería que están ubicados en el Océano Índico, y situadas al noreste de Madagascar. En verdad, no existía alguna otra manera de ir dentro de las condicionantes que yo le había propuesto a Toribio, por eso: -Era pegar o largar-, conforme me dijo él, después de haberse interrelacionado con sus contactos, y certificarse de todas las alternativas posibles y disponibles. -¡Ah!..., ¿Sí, y qué hacemos nosotros en aquella isla? –le pregunté algo confuso, porque en ese momento no sabía cómo debería proseguir con mi viaje. -Muy simples, Herculano. Una vez que lleguen a ese puerto, ustedes contratan alguna otra embarcación menor que esté de partida para Australia, y se van en ella – propuso de lo más campante, pero sus palabras me dejaron con la pulga atrás de la oreja, pues me sonó que lo apuntaba como para quitarse el problema se arriba. -¿Y cuánto será que me va a costar el viaje en ese navío tanque? –busqué averiguar como consuelo, ya casi convencido en aceptar su proposición. -En su caso, creo que le va a salir bien baratito, porque ese barco no dispone de muchos lujos, y como esto Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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es una “gauchada” de amigos, usted tendría que pagar directamente una contribución simbólica para el capitán, porque mi amigo le dijo que el favor era para un tío suyo, quien necesitaba viajar con urgencia para aquellos lados… -En fin, -comentó con entonación resignada y poniendo cara de circunstancias-, digamos que viajará como un polizonte oficializado… ¿Qué le parece? -¿Y mi lacayo? –quise saber de inmediato. -En ese caso, don Herculano, él tendría que trabajar como marinero durante el tiempo que dure el viaje. Pero sin recibir soldada, salvo cama y comida – pronunció haciendo una mueca de indiferencia. -Más barato que eso, únicamente yendo a pie… Mejor dicho, nadando –expuso finalmente Toribio, escondido atrás de una sonora carcajada. La verdad, esa idea no me parecía nada mal. Al fin de cuentas, si Snobiño quería ir, nada mejor que pagarse una parte del viaje, pensé rápidamente, al barajar la oportunidad, y la economía que me hacía con la parte de su pasaje. -¿Qué le parece, don Herculano?..., ¿les confirmo que van? –indagó el muchacho sacándome rápidamente de mi cavilación, y dejándome el sentimiento que lo hacía con un tonillo de sorna, pero manteniendo su semblante respetuoso. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¡Claro! ¡Claro! Lo mejor es ultimar los detalles, –le dije-. No vaya a ser que otro oportunista me tome el lugar –anuncié, con el mismo tono de sarcasmo con que él me preguntó. Es evidente que hasta el momento de comenzar el viaje, yo necesité apresarme para lograr preparar a tiempo mi documentación y la de Snobiño, donde también se incluía escoger las ropas y vituallas que llevaría, algún otro pormenor protocolar en la que se ajustaba enviar una correspondencia para la sede de la Ludicos a fin de comunicarles

mi

participación,

así

como

también

confirmar las reservas que el muchacho de la agencia de viajes había encaminado. Llegado el día previsto, finalmente dimos inicio a nuestra odisea, pero no es mi intención detenerme a relatarles los intrínsecos pormenores de esa inicial etapa de nuestro viaje, el cual, debido a la claudicante monotonía de un paisaje que se extendía en un horizonte sin fin una vez que dejamos nuestra faja costera para atrás, fue un tedio. Claro que al inicio sentimos bastantes mareos y ansias de vómito, pero el tranquilo desplazamiento pronto se convirtió en una diaria redundancia uniforme donde no hacía nada más que leer, jugar a las cartas con el capitán del barco y algún que otro oficial, o realizar alguna caminata en la cubierta si el tiempo me lo permitía. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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En resumo, fue un bodrio de aburrimiento. Al fin y al cabo no es tan grande la diferencia entre tedio y rutina, pues a partir de cierta edad ni la cabeza nos gobierna ni las piernas saben adónde han de llevarnos, principalmente si nos encontramos arriba de un barco de aquel tamaño. Fuera de lo ya mencionado anteriormente, en ese periodo nada de interesante ocurrió que merezca mejores detalles. Bueno, en realidad, nada cabe resaltar hasta el exacto momento en que arribamos a Victoria, la capital y única ciudad del archipiélago de la Seychelles, que como creo ya haber dicho, está ubicada en la isla Mahé y habitada por la gran mayoría de la población de todo ese conjunto de islas. A su debido tiempo, Mauricio, el capitán del navío tanque en que navegamos, me había contado en una de nuestras charlas, que esa pequeña isla con una superficie total de 455 km², posee el único aeródromo disponible en el archipiélago, el cual es capaz de recibir diversos vuelos desde los aeropuertos internacionales más importantes del mundo, ya que la principal fuente de divisas de las islas es el turismo. También tienen un puerto internacional que, además de servir de puerta de entrada y salida de mercaderías y viajeros, asimismo abastece de alimentos y agua potable a estos súper barcos petroleros Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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que surcan por las rutas del Océano Índico. De ahí, la razón de la escala programada de su barco. Como también creo haberlo mencionado, y es probable que mis pleonasmos y seguidas redundancias se deban al salitroso viento marino que me humedeció los pulmones y me achicó el cerebro durante ese viaje, éste archipiélago está compuesto por unas 155 islas tropicales de origen granítico y coralino; y de ellas, sólo 33 están habitadas. Las llamadas Islas Interiores son el núcleo del país. Las restantes islas son atolones coralinos más pequeños, muchos de ellos deshabitados. Por eso que la ciudad de Victoria está ubicada en la isla de mayor tamaño, que es Mahé; tal vez el motivo por el cual vivan en ella cerca del 80% de la población total del archipiélago. En realidad, debo confesarles que una vez que estábamos allí, lamenté enormemente no poder quedarme un poco más y aprovechar para gastar algunos días de mi vida conociendo un poco más de esas playas paradisiacas, ya que Seychelles es lo que se conoce como: lo más próximo de un paraíso tropical. Aquello era algo de deleitar las vistas de cualquier ser humano, y poder reparar como aquellas islas aun conservan su belleza natural, con hermosas playas y un mar con excelentes condiciones para los amantes del Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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buceo, me despertó un deseo extaciante. Efectivamente, era un paisaje espectacular nunca visto por mí. Para completar tan bucólico panorama, he de decirles que allí existe un clima tropical templado y bastante húmedo por causa de las influencias marinas, pero con temperaturas que, anualmente, siempre oscilan entre los 25 y 30°C, pero con meses muy lluviosos que se extienden de noviembre a mayo, cuando estas islas son alcanzadas por los vientos monzónicos. Por suerte, nosotros estábamos libres de esos temporales. Al fin ya en tierra firme, mientras bajamos del barco y terminamos de realizar los trámites aduaneros y de inmigración, Snobiño se mantuvo el tiempo entero silencioso,

conservando

un

rostro

sin

expresión,

expectante, con la mirada felina y acechante, sin mover un único músculo de su rostro. Su taciturno aspecto me dio la percepción de que estaría asustado por causa del viaje, o tal vez por haber estado tantos días encerrado dentro de aquella lata de sardinas gigante;

o acaso como

consecuencia de haber arribado a tierras extrañas, donde fuera del francés y del inglés, se hablaba el criollo seychellense, que nada tiene que ver con el nuestro, pues éste era una jerigonza de palabras basadas en el francés, que no daba para entender patavinas de lo que los habitantes decían al hablar casi entre dientes. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¿Qué te pasa? –le pregunté directo y a quema ropa. Enseguida noté que, tácitamente, sus gruesos dedos negros como morcillas jugueteaban nerviosamente con los pliegos de su camisa estampada modelito hawaiano, pero esa fue la única señal, el único indicio que se permitió para exhibir su inquietud. -¡Dale!, contame que te pasa, –incité-. Fíjate, ya hicimos la mitad del viaje, y aquí estamos, vivitos y coleando –dije con acento despreocupado para intentar animarlo, mientras ponía una voz complacida. -¿Por qué estás tan serio? –agregué al notar su irresolución en responder. -Para usted, parece todo óptimo, pero para mí, me dio la impresión que estaba reviviendo el viaje de mis antepasados –respondió seco, con entonación afligida. -Pero, ¿por qué? Ni pusimos los pies en África. -No es por eso. A lo que me refiero, es por causa de esos locos del barco, que me hicieron trabajar como un negro. -No te quejes, infeliz, el viaje te ha salido gratis… “Finis Coronat Opus”, -le zampé con voz rimbombante y para reanimarlo un poco. -¿Ahora le ha dado por decir malas palabras, jefeamo? Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Yo no he dicho ninguna. Tú que eres un pedazo de ignorante… -¿No entendiste lo que te dije? –investigué al verle la mudanza de expresión, y al permitirse por primera vez desde que pisamos en la isla, lucir una muestra de júbilo en su rostro. -A decir verdad, no. Usted siempre me sale con esas expresiones extrañas, que me dejan en ascuas – reprochó cabizbajo. -El enunciado que pronuncié, era en latín, – esclarecí oportuno-. ¿No ves lo que dice en el escudo de esta República? “Finis Coronat Opus”, que significa “El Fin Corona la Obra”. Nada más acertado para tu caso –le dije, riéndome al ver que ya dilatara sus músculos faciales, y volvía a ser mi criado de siempre. -¿Por qué? –quiso saber, observándome con una mirada intempestiva. -Porque si comiste y viajaste gratis, nada más sano que trabajar un poco para equilibrarte entre el ánimo y los padecimientos, y así poder reverberar el cuerpo y la mente, mi querido “extracto de un tizón”. En esas andábamos los dos, cargando él con nuestros equipajes por la calle del puerto, mientras yo fisgoneaba el panorama en busca de algún hotelucho en los alrededores, un lugar adecuado en donde pudiésemos Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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acomodarnos hasta conseguir el barco que nos llevase a destino. Cuando finalmente encontré una posada que me pareció más o menos decorosa y barata, largamos nuestros bártulos y salimos a recorrer los aledaños y realizar algunas averiguaciones pertinentes. Después de algunas horas de paseo, pude entender el porqué, en pocas palabras, las Islas Seychelles son diferentes y fieles a su epíteto: “Otro Mundo”. Todo a su alrededor parece sugerir un rincón mundano que concede todo su significado a la palabra “único”, cuando el vocablo se utiliza para describir estas increíbles islas perdidas en el tiempo. Aquella, sin duda, estaba siendo para nosotros dos, una experiencia maravillosa que bien había valido la pena tener que pasar por las peripecias del viaje, ya que allí todo se mantiene fiel a sus raíces, llevando a los visitantes a recordar la época en que los dinosauros aun existían, las placas tectónicas se fracturaban y los continentes empezaban a formarse y a plasmar estas islas hace 75 millones de años, cuando el archipiélago comenzó a flotar libre de la gran masa de tierra llamada Pangea, queriendo ocupar su solitario nicho en la inmensidad del Océano Índico. Pero es bueno recordar que nosotros no estábamos allí para hacer turismo, y si, de pasaje Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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indefectible para Australia, lo que nos apremiaba en querer encontrar el transporte adecuado para que nos condujese para aquellas bandas. Al otro día temprano, mi escudero y yo, fuimos nuevamente al puerto con la difícil tarea de encontrar un vehículo de transportación lo antes posible. Primero visité algunas agencias de cargas, contando con la avidez de descubrir la partida de algún buque para Adelaida o cualquier puerto en las adyacencias. Pero no existía previsión de partidas en los próximos 45 días. En ese afán se nos fue el día, hasta que por la noche, conversando mi infortunio con el hotelero, la alegría volvió en mí, pues éste insistió para que al día siguiente fuésemos nuevamente al puerto y buscase allí a un tal de Pierre, dueño de una goleta que realizaba esa ruta con frecuencia. -Patrón, -me preguntó Snobiño una vez en nuestra habitación-, ¿no le pareció que el hospedero dejó trasparecer cierta bellaquería en su indicación? -Hasta puede ser verdad, ¿pero por qué debemos preocuparnos antes de descubrir el por qué? Mañana sabremos si es verdad lo que nos ha dicho el hombre. Ahora a dormir, que estoy muerto de cansancio –ordené, tapándome la cabeza con la almohada. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Pero éste pedazo de urubú sin plumas de mi ayudante, parecía que tenía cuerda para rato, e insistió en querer proseguir hablando. -Qué gente extraña, que son estos habitantes de aquí. ¿Usted no ha tenido esa excitación, patroncito? -No sé por qué, todo ese asombro de tu parte. Tú no puedes olvidarte que la mezcolanza de sus razas se debe a varios factores del pasado. Por eso que te llama tanto la atención –advertí con voz de sueño, entre bostezo y bostezo. -¿Y usted como sabe todo eso? -Porque me lo contó Mauricio, el capitán del navío, quien me explicó que las islas Seychelles no tuvieron

casi

población

indígena

y

los

actuales

seychellenses están compuestos de inmigrantes, en su mayor parte, de ascendencia francesa, africana, india, china y vaya uno a saber de qué otros lugares más… -fui explicando a la vez que iba bajando el tono de voz como queriendo llamar el sueño, cuando nuevamente fui interrumpido por otra pregunta. -¿Cómo, que no había indígenas? ¿Negros tampoco? ¿O se los llevaron como esclavos? –indagó mi servicial, como si estuviese indignado por el hecho. -Bueno, en este caso, la historiografía muestra que las islas estaban deshabitadas cuando comenzaron a Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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llegar los comerciantes árabes. Pero los primeros europeos en visitarlas fueron los portugueses en 1505. Pero al estar localizadas en medio de la ruta comercial hacia el Asia, fueron ocasionalmente ocupadas también por piratas, hasta que Francia tomó posesión del territorio en 1756, y recibiendo su nombre actual en honor del entonces ministro de finanzas francés, Jean Moreau de Sechelles. -Sí, pero… -Snobiño, ¡no me jodas más! –le interrumpí en seco, con voz ofuscada-. Quiero dormir. Mañana tendremos otro largo día para descubrir cómo hacemos para salir de aquí lo antes posible. -Está bien, jefe. ¿Pero me promete que mañana me cuenta más? -Sí, mi amigo… Prometo que sí –le contesté con voz somnolienta y entre un bostezo y otro.

4 Al día siguiente, apenas había despuntado el sol en aquel oceánico horizonte, yo ya me encontraba de pie; y tras desayunarnos, pronto nos pusimos a camino de las Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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dársenas yendo al encuentro de ese tal de Pierre y su fantasmal carabela. Sí, carabela, puesto que no existe otro adjetivo mejor para clasificar aquel paquebote con velas que, a simple vista, más parecía pertenecer a despojos remanentes de la época de Cristóbal Colón o Américo Vespucio, y porque llamarlo de galeón ya sería un enaltecimiento imponderable a lo que se descortinaba ante mis ojos. A decir verdad, aquello era un bajel desvencijado, deslucido, externamente cubierto por un tinte ya decolorado por la continua acción del tiempo y la mar, enarbolando velas estropeadas y malamente remendadas que contenían parches realizados con varios retazos de telas multicolores, e imaginando al verlo en la primera ojeada, cuales otros inconvenientes aun habría para ser descubiertos

en

las

entrañas

de

aquella

vetusta

embarcación. Sin darme cuenta, el misterioso perfil del buque me hizo recordar a un bergantín de los bucaneros y piratas de antaño, que en años idos surcaban los mares del Caribe. -Aquello allí, es igualito al barco de la película “Piratas del Caribe: En Mareas Misteriosas” -exclamó mi aturdido paje tiznado al enarbolar su brazo derecho.

Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¡Mi Dios! Si llegamos vivos a destino, será por obra de la Gracia Divina. –Mascullé para mí, evitando despertar cualquier veta de asombro en mi pupilo. -¿Será que nosotros estamos en el atracadero equivocado? –preguntó sorpresivamente Snobiño, al desconfiar igualmente del estado del barco. -Mejor, lo preguntamos, –declaré decisivo, mientras encaminaba mis pasos hacia la desvencijada plancha que conducía a la cubierta. Ya a bordo de aquella chalupa, divisé entre algunos a una figura que, por su temple, me pareció ser la del comandante de tan deplorable embarcación. Era un hombre imponentemente grande; de piel bronceada de un color aproximado al de un tomate maduro, y haciéndome suponer que su pelo era del mismo color del tuco que se le pone a la pasta. Tenía bíceps taurinos que mal parecían estar sujetados dentro de una minúscula blusa regata listada, la que una vez podría haber sido roja y blanca, y la que mal y poco los conseguía contener dentro de su tejido dilatado.

Completaba

deshilachada

y

su

vestimenta

mugrienta,

mientras

una

bermuda

calzaba

unas

desflecadas chancletas de cáñamo. Eso sí, el sombrero blanco de capitán era impecable. Su

bigote

también

anaranjado,

le

caía

displicentemente a los costados de las comisuras de sus Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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labios en el más clásico estilo mongol, y entre los cuales me pareció notar que contenían algo de comida escondida entre los pelos. Una pipa humeante le colgaba de la boca. Ni que hablar de los marineros que componían la tripulación. Allí había de todo, y cada cual más mal encarado que el otro. Se les veía en un trajín constante, llevando y trayendo paquetes, fardos y bultos desde un lado al otro de la cubierta. Iban acomodándolos en los compartimientos internos, o sobre el tablado superior del barco, haciéndome suponer que al acondicionarlos de tal forma, buscaban de algún modo equilibrar el peso de la carga dentro del mismo para que el barco no se les partiera al medio. No se veía más que media docena de estos, pero luego imaginé que habría algunos más, ocupados que estarían en cuidar de las otras tareas que exige la consciente preparación para la navegación en alto mar. Determinado a descubrir si esa era realmente la embarcación

que

nosotros

buscábamos,

me

fui

aproximando cauteloso, buscando esquivarme de cualquier cosa por el camino que era utilizado por esos malandrines con cara de corsarios, y sortear algún que otro bulto que había desperdigado por la cubierta, hasta lograr llegar cerca de donde estaba el individuo que me pareció ser el capitán. En ese instante, el hombre se hallaba revisando Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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unos papeles y documentos que su segundo le había entregado. Cuando me paré a su lado, me miró de reojo regalándome una total indiferencia, y poco importándole lo que hacían dos extraños en su barca. -Estoy a procura del Sr. Pierre –pronuncié inmediatamente después de carraspear nerviosamente para llamarle la atención. -¿Qué quiere, con él? –respondió ignorándome-. Si es una vacante… ¡No Hay! -En verdad, no, -aclaré-. Estoy en busca de un barco que nos pueda llevar lo antes posible hasta Australia, más exactamente hasta Adelaida –manifesté en tono cordial, mientras Snobiño, de espaldas a mí, vista clavada en el piso, miraba a una rata que corría alucinada por entre los inúmeros fardos de la cubierta. -Esta es una embarcación de carga, no hay lugar para turistas –respondió seco. En ese caso, yo no podía discordar con esa designación

que

el

hombre

había

formulado

tan

perentoriamente, pues estaba a vistas claras que allí se cargaban mercaderías, mugre y vaya uno a saber qué otras cosas más, pero ciertamente, turistas no. Di de hombros a sus palabras y volví a la carga, intentando ser un poco más explícito en mi argumentación. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¡Comprendo! Pero es que a nosotros no nos importa

mucho

las

comodidades.

Imperiosamente,

necesitamos estar allá en seis semanas, –comencé a explicar, buscando su comprensión. -Si pudiese hablar con el Sr. Pierre, estoy seguro que él iría comprender la situación, –finalicé, mientras ponía cara de circunstancia. -Pierre, soy yo, y no sé por qué razón debería comprender su urgente necesidad de viajar, -me respondió sin mirarme a la cara. -¡Placer en conocerlo! –le dije, al mismo tiempo que le extendía mi mano derecha para saludarlo y reparar que me quedaba con ella colgada en el aire marino, al no ser retribuido con el mismo cumplido que yo intenté ofrecer. -Yo soy el detective Herculano Sansón, de Piedras Verdes, una ciudad pequeña del sur de América Latina. No estamos a paseo… -Pronuncié con voz recia, para ver si la palabra “detective” le despertaba alguna curiosidad. -¡Ah, sí, vejete! ¿Y qué hacen ustedes dos, perdidos por éste pedazo de fin de mundo? –preguntó, anticipándose así al resto de mis esclarecimientos. -Es que tenemos una importante cita para participar de la convención anual de la “Ludicos” –expresé Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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cortésmente, una vez que había logrado despertar la atención del extraño hombre de mar. -Entonces, creo que usted pretende decirme que los dos se van a reunir en Adelaida, para jugar un campeonato mundial de ludo… ¡Bonita parranda, la de ustedes dos! -¡No! ¡No! -lo interrumpí yo-. Es una reunión mundial de la: “Liga Unida de Detectives Internacionales Contra la Orden no Socializada”, cuya sigla es “Ludicos” –pronuncié de una forma amable, presintiendo que había conquistado su curiosidad. -Eso es muy malo, vejete. –Anunció con malhumor-. A mí no me gustan mucho las autoridades…, no son mis amigos, –farfulló entre dientes, al mismo tiempo que llevaba una de sus manos para acariciarse los bigotes manchados de comida, mientras que con la otra, sujetaba la plancheta con los papeles y la pipa apagada. -¡Disculpe…! –me adelanté a explicarle-. Si bien que, la mayoría de nosotros fuimos alguna vez comisarios, inspectores, o agentes de la ley, ahora casi todos estamos retirados del servicio, y trabajamos por nuestra cuenta… Si es que me explico. -Es casi igual –pronunció con una mueca de mortificación en su rostro. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-A ver… Córrase un poco - me ordenó, al instante que largó un soberbio escupitajo por encima de la borda. -Escúcheme, Sr. Pierre, -dije pulidamente, a la vez que pasaba mi mano por el rostro para quitarme la llovizna de saliva que me cubrió la frente-, a mí no me importa en lo que usted dedica su tiempo y labor. Yo vine a verlo, porque el Sr. Alfred, el dueño de la posada “Sirena de los mares del sur”, me recomendó que hablase con usted, sobre mi contratiempo. -¡Ah, sí!... ¿Y si no son turistas, por qué que ustedes están en Victoria? –quiso saber, con una mirada confusa, tal vez por toparse frente a sí con dos latinos que, no siendo veraneantes y a medio camino de su destino, por encima, le parecía que eran oficiales o representantes de una ley que lo perseguía. -La historia es un poco larga, pero si usted nos lleva a bordo, le prometo que le contaré todos los pormenores de nuestra aventura, y de qué manera vinimos a dar aquí –anuncié con entonación melodramática, buscando aguzar aún más la curiosidad de ese lobo de mar color aloque. A seguir, Pierre continuó a hojear silencioso unos papeles que aun tenía sobre la plancheta, rubricó algo que parecía ser su firma, y después levantó los ojos color turquesa y me dijo con voz firme: Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Trato hecho, don, pero le advierto que aquí la comida es parca, las literas son apretadas, el retrete queda en la popa, el baño con agua dulce es una vez por semana, o cuando llueve, y tendrán que ayudar si nos toca enfrentar un temporal, –determinó autoritario, como quien buscaba asustarnos con sus manifestaciones. De repente, Snobiño se aproximó y me habló al oído, cuchicheando: -Patrón, ¿cuál será el secreto de sus ojos? -Mirá, infeliz, el único “secreto de sus ojos” que yo conozco, es el de una película Argentina protagonizada por Ricardo Garín –le respondí, por impertinente, y poniendo cara fea al mismo tiempo que Pierre me preguntó de forma gruñona: -¿Cómo? ¿Qué quiere? -No se preocupe, don Pierre, no es nada; sólo una duda que tenía mi pupilo… Pero, ¿y el valor de los pasajes? –quise saber, buscando cambiar rápidamente de tema y quitándole importancia a sus premisas. -En ese caso, serán 250 euros por cabeza… Adelantados al momento de zarpar… ¿Cómo me dijo que se llamaba? –expresó Pierre, con algo parecido a un tono de voz más ameno.

Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Herculano… Herculano Sansón, su servidor, – me anuncié, al mismo tiempo que buscaba estrecharle de una vez la mano para sellar nuestro acuerdo… -Y éste aquí, es mi fiel lacayo, Snobiño -agregué. Mientras tanto, Pierre buscaba encender su pipa atajando el viento con su manopla abierta, y nos miraba fijo de reojo. Entonces aproveche su pausa y dije: –En cuanto al precio y las condiciones que usted ha dicho, no hay problema, me parece justo –confirmé, al ver que el capitán no ponía objeciones. -¿Y para cuando tiene planeado partir? –añadí al momento. -En tres días, y con suerte, creo que llegaremos a lo máximo en 35 –afirmó, como quien ya se sabe de memoria las perturbaciones de la ruta. -¿Está seguro? –le pregunté sospechoso, más que nada para confirmar la fecha, porque si era así como él lo decía, al llegar, aun nos quedaría casi una semana para el día previsto de la partida del tren. -¡Bueno! Todo es una cuestión de suerte –opinó sonriente, como si atrás de su frase escondiese algún tipo de fatalidad a la que ya estaba acostumbrado a enfrentar en sus viajes. No quise continuar a preguntarle más nada. No me pareció conveniente. Así que me despedí, y dando Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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media vuelta sobre mis talones retorné para la posada donde estábamos hospedados. Allí, -pensé para mis adentros-, seguramente Alfred me dará otros pormenores y nos agregará alguna nueva historia de éste enigmático marinero anaranjado. -¡Patrón!, –interrumpió mi criado, una vez en tierra firme-. ¿No sería mejor hacer un seguro de vida? -¡No digas bobadas, hombre! ¿A quién iríamos dejar de beneficiario? -Usted a mí, y yo a usted… ¿Qué le parece? Si alguno de nosotros se salva de un naufragio seguro, por lo menos queda rico. -No digas gansadas. Ese barco es sólido… protesté imperioso. -Parece tan sólido como una roca –dijo mi tizón andante-. Seguro que a la primera ola más grande que enfrente, se va derechito al fondo, que ni una piedra. -Bueno, no reclames más, que es lo único que hay. No nos queda otro remedio que viajar en él, mismo que para ello necesitemos encomendar nuestras almas a todos los dioses del universo. No sé porque pronuncié tal recomendación, pues sabía que era dudoso que Cristo se hubiese despedido de la vida con las mismas santas palabras que se atestiguan en las escrituras, las de Mateo y Marcos, donde consta: “Dios Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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mío, Dios mío, por qué me has abandonado”, o las de Lucas: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu”, o tal vez las de Juan: “Todo se ha cumplido”. Para mí, lo más correcto, es que Jesús haya dicho: “Adiós mundo, te veo cada vez peor”. En verdad, los dioses no son más que entidades que nos miran indiferentes, para quienes el bien o el mal no son más que palabras vacías que ellos no pronuncian nunca. Claro, porque irían proferirlas si no saben siquiera distinguir entre el bien y el mal, y de lejos nos observan insensibles para ver como nosotros vamos yendo en el irreflexivo vaivén de las cosas, distinguiendo que nos apreciamos seres distintos de ellos porque los llamamos dioses y a veces creemos en ellos. -En todo caso, -escuché de pronto la voz de mi escudero, sacándome de mi banal reflexión carismática-, si no nos ahogamos, igualmente podemos morirnos de escorbuto… Por las dudas, yo me voy a llevar unas tres docenas de limones –manifestó con palabras exasperadas, el esquizofrénico de mi ayudante, al inventar querer llevar tales frutos para combatir la enfermedad. -¿Qué querías? ¿Viajar en el Queen Mary? – rezongué fastidiado, al mismo tiempo que pronunciaba con un exceso de destemplanza: -¡Déjate de joder la paciencia de los demás! Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-No, escapamos

de

patroncito,

pero

seguro

morir

ahogados,

es

que

si

nos

evidente

que

agarraremos alguna plaga como cólera, sarampión, viruela, tifus, tuberculosis, tétano, enfermedades de piel, o cualquier complicación frecuente que son decurrentes de las lesiones traumáticas como caídas, fracturas, heridas; y todo, por causa de toda esa inmundicia que hay a bordo. -Me parece que te estás poniendo muy mariquita –protesté impetuoso. -Claro que no, patrón, pero debemos sopesar que siempre y cuando alguno de esos mafiosos no quieran asesinarnos, o nos violen –agregó Snobiño, como quien busca siempre querer quedarse con la última palabra. Envueltos

en

esa

discusión

intransigente,

llegamos finalmente a la puerta de nuestra posada, y una vez atravesado el pórtico, me fui directo a hablar con Alfred. Quería aclarar algunas dudas impertinentes que no me animé a preguntarle a Pierre. -¿Consiguió encontrarlo? –fue lo primero que el hombre me preguntó al ver que me arrimaba al mostrador, inconscientemente arrastrando mis pies. Quizás en ese momento yo estuviese con cara de aflicción. -¡Ah!, si, gracias por la ayuda... por la información que usted me proporcionó, don Alfred agradecí-. Es lo único que zarpa a tiempo de llegar, – Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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manifesté complacido, mientras notaba que a él se le escapaba una sonrisa socarrona por entre los pocos dientes cariados y sarrosos que le quedaban escondidos detrás de los labios. -¿Puedo hacerle una pregunta, don Alfred? – solicité, ya que lo vi de ánimo bromista. -¿Que le preocupa? –me cuestionó, ciertamente imaginándose que yo estaba apesadumbrado. Lo que era verdad. -¿Ese barco…? ¿Cómo es que se llama…? -¡Neptuno de los Mares Orientales! –pronunció mi criado, de forma recia, anticipándose a la respuesta así que escuchó mi indagación. -Bueno, ese tal de Neptuno, ¿es seguro?, ¿ese Pierre es de confianza? –empecé a preguntar preocupado, para ver que más le sonsacaba al conserje. Mismo sabiendo de antemano que solamente el descubrimiento de algo muy grave, me removería de mi decisión de partir en ese barco. -Seguro, es. Hasta hoy, nunca se hundió –dijo Alfred sin tono de alarma pero con voz y autoridad de quien lo afirma, no obstante reverencioso, como corresponde a quien conoce el negocio de aposentador. -Y en cuanto a Pierre, -continuó-, le afirmo que él conoce hasta el menor recoveco de las olas de éste océano. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Fue marinero la vida toda; pero aunque a usted le parezca un hombre extraño, cuando está sobrio, es un hombre de genio espectacular. -¿Cómo, sobrio?, –farfullé con aprensión, y asombrado por la revelación. -¿Bebe mucho? –pregunté, ya que éste era un diálogo corriente, como se da toda conversación en casos iguales. -Ni tanto… Sólo una botella de ron por día. Pero algunas veces un poco más, ya que después que enfrenta un temporal en alto mar, se toma tres botellas al hilo. -¡A la pucha! ¿Y quién es el que guía el barco cuando ese pelirrojo se emborracha?, –quiso saber mi ayudante, de boca abierta y pera caída. -¡La tripulación! –Respondió Alfred-. ¿O usted piensa que ellos no tienen interés en salvar sus vidas? -¡Comprendo! En esos casos, ellos deben entender de las cosas, -manifesté en concordancia, mismo que en el fondo de mi alma me sintiese un poco descorazonado. -Pero de cualquier manera, me parece un riesgo navegar en aquella carabela vieja, -puntualicé con el ceño sobrecogido. -Está engañado –exteriorizó Alfred-. Aquello que usted llama de carabela, es una nave a vela llamada de Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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“clíper”, cuyo estándar apareció por primera vez en los mares, allá por 1840, y eran construidos en los Estados Unidos. Claro, luego su uso se extendió a Oceanía y Asia, –agregó, como si su sentencia le fuese conferir mayor seguridad a aquel bote de morondanga. -¿Tan viejo es? –cuestioné boquiabierto, porque aquello en realidad era viejo, pero no me parecía tanto. -¡No, hombre! Si el barco fuese de aquella época, lógico que sería imposible navegar con él –protestó el hombre, poniendo una sonrisa de admiración por causa de la ingenuidad de mi pregunta. -A lo que yo hice referencia, -continuó a explicarme-, era al estándar del barco, porque ese modelo era construido con un casco de madera fino y ligero. Por consiguiente, son navíos grandes y robustos, redondos, de alto bordo, de velas amplias, y especializados en el transporte de grandes cargas en travesías largas, muy aptos para el comercio entre continentes y en el Mediterráneo; por eso lo continúan usando, principalmente, porque resultaron ser de excelentes condiciones marineras. -¡Ah!, comprendo –aseveré con un movimiento de cabeza-. Quiere decir que a éste lo construyeron tomando aquel otro como modelo. ¿No es así? –respondí queriendo parecer simpático, ya que de barcos, no entendía nada. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-En todo caso, –Alfred permaneció hablando sin importarse con mi respuesta-, la carabela, como usted ha llamado equivocadamente al clíper, es una embarcación a vela, ligera, alta y larga hasta 30 metros, pero era estrecha y contaba con sólo tres mástiles sobre una sola cubierta, y un castillo elevado en la proa y otro en la popa. También llevaba velas cuadras en los palos trinquete y mayor, y un aparejo latino en el mesana. Por eso las jubilaron. -En ese caso, usted ya me está hablando de prehistoria. Porque debe de hacer como 500 años que no se utilizan más… ¿Correcto? -Bueno, en verdad sí, pero gracias a sus menguadas características, esas embarcaciones pudieron afrontar con éxito los viajes a través del océano. En su tiempo, navegaba a diez kilómetros por hora, y fue utilizada por españoles y portugueses en los viajes de exploración durante el siglo XV. -No le dije… Ya pasó de los quinientos años, manifesté sin asombro. -Es verdad, pero no la inventaron ellos. Más bien, la fueron adaptando de a poco –concluyó Alfred con la forma retórica de quien conoce del asunto. -¿Como, así? –me interesé en saber. Total, pensé-, saber de esas cosas de la prehistoria nunca está demás. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Es que la carabela copió, de la escuela mediterránea: el casco, el uso de varios mástiles y la vela triangular, mal llamada de latina, porque ella proviene del mundo árabe. Y también reprodujeron parte de la escuela del mar del Norte y Báltico, de los vikingos y de las ciudades Hanseáticas, ya que tomó el ejemplo de la “coca”, y de esta última, dos elementos principalmente: el timón de codaste y la vela cuadra en el palo mayor. -¿Ya existía en aquella época? –preguntó de repente mi vasallo, que más parecía estar desquiciado con la narración del hombre. -¿Lo qué? –investigó Alfred enarcando las cejas. -¡La coca! -externó Snobiño, mueca en el rostro. -Disculpe, pero creo que usted está confundido, acotó prontamente Alfred-. Yo no le estoy hablando de marca de refrescos, ni de alucinógenos, o de la familia de las eritroxiláceas… Esos son otros quinientos. -¿Y entonces, qué? –balbuceó mi ayudante. -Es que por esa época, era común utilizar barcos movidos con remos, en cuanto que en las ciudades norteuropeas, se creó un otro tipo de nave diferente, que aprovechaba la fuerza de los vientos. La llamaron de “coca” o “Kogge”. De ahí, tal vez su confusión –anunció el conserje. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¡Oh! Quiera excusar mi interrupción –pronunció Snobiño de forma cordial-. Lo que pasa, es que en mi pueblo, los únicos barquitos que existen, son los de papel, del tipo que la gente acostumbraba a preparar y luego largar en el torrente de agua que se forma en los días que allá le da por caer chuzos de punta. -Ahora, el que no entiende, soy yo –anunció Alfred, de ojos exacerbados. -¿Que parte? –pregunté, al ver que mi pupilo lo había dejado con sus estupideces, más mareado que perro antes de echarse a dormir. -¿Qué son, “chuzos de punta”? –quiso saber Alfred. -¡Ah!, es una manera trivial de decir allá en mi pueblo,

que

en

ese

momento

está

lloviendo

tremendamente, a baldes, de manera de venirse el cielo abajo. Es un dicho, nada más –dije, al intentar querer explicarle algo de nuestra cultura local. -Aquí decimos: “de abrirse las cataratas del cielo”. -Muy sugestivo, –convine, y me apresuré en dar vuelta al asunto-. Pero esos coca, o como se llamen esos tipos de barcos… ¿eran muy diferentes de las carabelas? -En ese caso –el hombre volvió a retomar su explicación-, ésta se caracterizaba por tener un casco muy Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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alto y ancho, y por su forma redondeada, debido a una relación entre largo (eslora) y ancho (manga) de 3 a 1, a diferencia de los barcos a remo, que tenían una relación de 6 a 1. Y esa menor relación entre eslora y manga, fue lo que permitió agrandar las bodegas y, por lo tanto, aumentar la capacidad de carga. -Tiene razón, don Alfred. Es un tema muy interesante, principalmente para quienes viven en islas apartadas

–expuse,

intentando

agradar

a

nuestro

hospedero… -Bueno, ya que estamos proseando de lo lindo, ¿será que usted no tendría una copita de jerez, para poder entonar el buche? –solicité, ya que la conversación me había secado la garganta. Don Alfred asintió con la cabeza, y sin pronunciar palabra, salió por una puerta lateral para buscar la bebida, no demorando mucho en aparecer con tres copas y una botella de “Williams & Humbert”, recién empezada. -¡A la pucha! Ese es del bueno –exclamé, al ver tan noble bebida a mi frente. -En este caso, le aviso que no es un jerez original. ¿No ve la etiqueta? –indicó el hombre, acercando botella para mostrarme la etiqueta colada. -Dice “Stevens Sherry”, lo que indica que es una mezcla de 60% del fino, y 40% de Amontillado… Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Seguramente debe haber sido preparado con jerez de Sudáfrica –sentenció, descorchando la botella y llenando las copas. -A su salud –dije levantando mi copa al alto, mientras daba de hombros a la pertinente aclaración, ya que poco me importaba su preparación mientras fuese un buen licor para levantar el ánimo. -Yo mejor diría: ¡A la de ustedes, para que lleguen a buen puerto con el “Neptuno de los Mares Orientales”! –y largó una sonora carcajada, antes de llevarse su copa a los labios, y bebérsela al tiro. -Pero don Alfred, ¿está usted seguro que ese barco es confiable? –volví a insistir, al escuchar su pronóstico y su aciaga carcajada. -No se preocupe, mi amigo, ese barco está provisto de buena propulsión y gobierno, y reúne excelentes condiciones de flotabilidad, solidez, resistencia, estanqueidad, estabilidad, y navegabilidad… ¿Qué más, un lobo de mar iba querer de su barco? -Si usted lo dice…

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5 Al otro día por la tarde volvimos a dirigirnos nuevamente hasta los muelles donde se encontraba los amarraderos de barcos, con la finalidad de buscar la confirmación del día y hora de nuestra partida, y a su vez ultimar todos los detalles pertinentes con Pierre. Pero para mi sorpresa, cuando éste nos vio, fue luego expresando sonriente y a boca llena: -¡Ya estoy casi pronto! Salimos mañana en la pleamar. -¿Y cuándo es eso? –le pregunté, ya que me considero un completo ignorante en esas cosas y en el significado de la lingüística descriptiva del mar. -¡Ahhh!... Cuando sea la hora de las aguas llenas, o sea, alrededor de las cinco de la tarde. Por lo tanto, es mejor que ustedes estén aquí antes de las cuatro… ¿Convenido? –ordenó de forma autoritaria, más que preguntándome algo. Utilizando el mismo tono de voz, a seguir Pierre indagó si yo quería efectuar al momento el pago del valor Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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de los pasajes, pero le dije que en ese instante me agarraba desprevenido, porque solamente estaba allí para ultimar la conversación del día anterior. Por lo tanto, le indiqué que se quedase tranquilo, porque así que subiésemos a cubierta, yo le pagaría el importe combinado. Al momento yo me quedé cavilando: ¿Qué será que piensa éste pelo con tuco? Ni que yo estuviese vistiendo bombachas camperas y alpargatas. Imaginarse si yo le iba a pagar antes de embarcar. ¡Ni loco! No me confiaba para nada en ese sujeto de tez y conductas tan extrañas para mi gusto. Así fue que de acuerdo con lo indicado, al día siguiente estábamos allí con nuestros bártulos, y pronto para enfrentar la odisea. -¡Dios nos guie! –pronuncié entre dientes mientras me persignaba tres veces al poner el pie derecho en cubierta. Luego que subimos, Pierre nos condujo de inmediato al castillo que ellos llaman de la superestructura del barco y el cual estaba ubicado casi en la popa del mismo, conduciéndonos ágilmente por unos pasillos apretados, oscuros, e impregnados con un vaho de humedad, sudor y mugre calcinada por décadas. Al parar de pronto delante de una pequeña puerta, el hombre nos indicó con entonación terminante: Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Esta será la cabina de ustedes. Así que ahora vamos a lo que interesa, –y chasqueó los dedos con impresionante agilidad para mostrarme aquel gesto universal de quien quiere plata. Pagué lo convenido, y cuando el capitán se hizo a un lado, noté que el alojamiento era un cubículo de 2 x 2, con dos cuchetas arrimadas sobre una pared que tenía apenas una abertura para ventilación conocida como ojo de buey. También había un exiguo armario atrás de la puerta… Nada más. -Déjenla siempre cerrada con llave, y no guarden aquí objetos de valor. Si tienen alguno, mejor dénmelos, que yo los guardo en el cofre de mi cabina –anunció Pierre al momento que estiraba una mano para sujetar lo que le confiásemos. -Nosotros no llevamos nada de interesante… ¡y la plata!, –remarqué-, esa yo la cargo siempre conmigo, – notifiqué haciendo una mueca de circunstancia, al tiempo que mi oscuro secretario largaba las valijas sobre la cama inferior. -Está bien –manifestó el capitán Pierre arqueando la ceja izquierda-. Usted es quién sabe. Después no diga que no le avisé –se atajó, como si estuviese previniéndose de cualquier mal augurio con su tripulación. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Al final del pasillo, hay una escalera –indicó con un ligero ademán-. Los espero en el salón a las 19 hs., para cenar –agregó, dándome enseguida la espalda para retirarse a la cubierta. Combinamos, después de alguna discusión pasajera entre mi lacayo y yo, que Snobiño dormiría en la litera de arriba, a la cual, por falta de escalera, se necesitaba trepar como un mono. Yo me acomodaría en la inferior. Por lo menos, -pensé-, teníamos acomodaciones aisladas de esa jauría de insanos que componían la dotación del barco. A la hora ajustada, fuimos al comedor, o mejor dicho, al lugar que llamaban de local para meriendas, pero éste no pasaba de un refectorio mal iluminado, con dos mesas largas y bancos de madera a cada lado, donde todos, codo con codo, comían juntos. Al fondo, una abertura en la pared daba para la cocina del barco. Después que acostumbré mi nariz al jedor reinante y mis pupilas a la penumbra del ambiente, igualmente divisé al capitán sentado a la cabecera de una de esas largas mesas, llamándome amistosamente para que nos ubicásemos a su lado. Allí había hombres a los cuales con sólo mirarlos, a uno le resulta imposible precisar su origen. Eran extremadamente delgados, a juzgar por las manos Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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huesudas y las mejillas hundidas. Algunos tenían rasgos finos, nariz aguileña, parpados abultados, pero todos conservaban una tez cobriza que les otorgaba el privilegio de parecer yemitas en Yemen, árabes en Egipto, abisinios en Etiopia, o indio en la India. Incluso, podían ser confundidos con un europeo o americano curtido por varias horas bajo el sol del trópico y la salinidad del mar. Percibí que algunos de los marineros, en esa ocasión, vestían una amplia túnica como los árabes, o babuchas verdes, y tenían un aro en una oreja, o en ambas. Los que se reían a mandíbula batiente, las bocas abiertas dejaban a la vista un sinfín de dientes rotos y negros, con algunos empastados de oro, lo cual me resultaba bastante repugnante tener que observarlos masticar frente a mí. Pero en fin, ya que tenía la oportunidad de compartir la mesa y la comida junto Pierre, me pareció oportuno investigar un poco más sobre como iríamos zanjear la distancia que nos separaba del destino por ambos anhelado. Y como la pitanza no estaba pronta, para iniciar la conversación, quise saber cómo ellos calculaban la velocidad y la distancia que recorreríamos con ese bajel de mala muerte. -Cuantos kilómetros por hora es la velocidad alcanzada por éste barco, en términos de navegabilidad, Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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pregunté aleatoriamente, por no saber cómo conducir la interrogante. -Dependiendo del tiempo y el viento, si es favorable o no, -comenzó a explicar Pierre después de engullir de un golpe lo que le restaba de ron en su vaso-, podemos llegar a sobrepasar los 14,4 nudos, y hasta un poco más… -¿Y para que necesitan los nudos? ¿Para sujetar la carga? –interrumpió mi ayudante, al tiempo que el capitán lo miró con ojos exorbitados y ceño fruncido, ya sea por sentirse sorprendido por la insensatez de la pregunta o por el amargor del licor. -¡Cállate!, pedazo de un tizón humano –me anticipé a decirle a mi lacayo antes de que algún marinero lo desollase vivo-. Nudo, es la velocidad del barco –aclaré. -De un modo más apurado, -me corrigió Pierre con rostro ambiguo-, le diré que un nudo equivale a una milla náutica por hora, es decir 1,852 m/h; así es que si un barco viaja a 10 nudos, decimos va a 18.5 km/h. -¡Ahhh! –Exclamé sospechoso-. Eso significa que si nada perturba nuestro viaje, podremos llegar en dos semanas…. Mmmm… Eso es bien menos de lo que usted me dijo al principio –manifesté extrañado después de hacer un ligero cálculo mental. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-No se apure a calcular, don Herculano. Si bien es verdad que podemos alcanzar fácil esa velocidad, del mismo modo le afirmo que eso no significa que el buen temple meteorológico será siempre igual y obrará a nuestro favor el tiempo todo –aclaró el enigmático marino. -Entonces, ¿será de cuánto? -Yo diría que en esta época, podemos alcanzar a navegar en una velocidad media de 10 nudos por hora – pronunció con un mohín de duda, en aquello que decía. -Además –prosiguió-, la velocidad que puede desarrollar este barco, depende también del estado del mar, del viento, de las corrientes marinas y de la carga que llevamos. No todas esas condicionantes se darán siempre a nuestro favor. -Comprendo, comprendo –me apresuré a decir,eso significa que este tipo de barco irá a… -Irá a una media de 10 nudos por hora, que resultará en un poco más de 200 nudos/día, o, 370 km/día. Y como estamos a 9.100 km de distancia de Adelaida, da unos 25 días de navegación… Pero eso, ni Mandrake lo lograría –manifestó, acompañando la frase con una sonora carcajada que me preocupó. -Sin embargo, en un principio, usted me dijo que demoraría como dos semanas más… ¿Por acaso va a parar Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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en algún otro puerto, o prevé toparse con alguna tormenta por el camino? –expresé con un dejo de malhumor. -Bueno, en el mar no corresponde decir… un camino, y si a una ruta marina, y agrego que haremos solamente una escala ligera en la isla de Cocos –avisó impertérrito. -¿Y para que quiere los cocos? –aventó mi pupilo, con rostro enigmático, al despabilarse cuando escuchó el nombre sugestivo de la isla. -Para romperlos… –Pierre respondió en un tono algo iracundo, batiendo con uno de los puños cerrados sobre la mesa y mirándolo fijamente con cara de pocos amigos, a la vez que se acariciaba con la mano izquierda sus bigotes mugrientos. -¡Mira!, haceme un favor, ¿por qué vos no te dejas de romper los cocos y escuchas, jugo de betún? –le ordené a Snobiño de forma brusca, interesado que estaba en saber algo más sobre esos nuevos periplos inesperados. -Quédese tranquilo, don Herculano –me dijo Pierre-, porque si hay viento, llegaremos antes de la fecha prevista. -¿Y si no hay? -En ese caso, si no hay, lo lamento, pero ustedes tendrán que ayudar a soplar las velas, o remar, –gruño Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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antes de largar una canora carcajada que pronto se desparramó en coro por el ambiente. Envueltos en ese parloteo sin era ni vera, nos fue servido un condimentado ensopado de pescado con arroz blanco, y luego todos comenzamos a comer en silencio, hasta que de pronto, el capitán rompió el mutismo de palabras y el masticar apresurado e inquieto de la tripulación, y dijo vista posada a lo lejos: -La verdad, el lugar a donde vamos, es un grupo de 27 islas, de las cuales sólo dos están habitadas: la isla Home, y la isla West. Ellas abarcan un área emergida de 14,2 km². Y si conoce un poco de geografía, sabrá que las “Islas Cocos”, o Keeling, están situadas en medio del Océano Índico, a tan sólo 2.750 km al noroeste de Perth, y a 900 km al sudoeste de la isla de Navidad, su vecino más cercano. -¿Puedo hacer una pregunta? –solicitó mi pupilo con voz ñoña, al momento en que yo anteveía la asnería que iría preguntar. -Sí, como no –incentivó Pierre. -¿Por qué la llaman: “Navidad”? El capitán lo miro serio, y más serio le respondió: -¡Bueno! En cuanto a eso hay controversias. Algunos afirman que era porque antiguamente Santa Claus Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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iba a pasar sus vacaciones allí. No en tanto, otros dicen otra cosa, –y dio por encerrada su explicación. -¡Ah!, lo dudo –retrucó prontamente mi lacayo-. ¿Y qué es lo que los otros explican? –insistió Snobiño. -Que el nombre que eligieron para ponerle a esa isla, es para cazar curiosos –y Pierre largó nuevamente otra sonora carcajada, y casi se atoró con unos granos de arroz aun por engullir. Envueltos en esos entusiasmados pormenores dejábamos transcurrir nuestras tertulias oceánicas, y los posteriores días fueron sucediéndose monótonos y aburridos como en la primera etapa de nuestro viaje, y, salvo las alegres reuniones que se realizaban a la hora del almuerzo o la cena, el resto del tiempo me lo pasaba leyendo en la cabina, o cerca de la carranca de proa, de manera de no interferir en lo más mínimo en las tareas que realizaba esa tripulación de mal encarados, aunque hay que reconocer que el capitán los comandaba con mano de hierro, para no decir con el chicote. Pero una de esas tardes me encontré a Pierre en la proa del barco, luego después de haber tenido un severo altercado con uno de sus marineros, y mientras él preparaba su pipa, me acerqué y le pregunté por qué motivos necesitaba tener ese tratamiento inflexible y estricto con la tripulación. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Primero me miró de reojo, y después de dar dos bocanadas para encender el tabaco de su pipa, con resolución, registró: -Los trato duro, para que la vida les sea un suplicio y la muerte un alivio, –pronunció apuntando la respuesta con su característica carcajada que muy rápido se la llevó el viento para el lado del alto mar. Al girar sobre sus talones y marcharse, yo me quedé pensando en su sentencia. No había duda que allí, la disciplina era muy estricta para todos, y la comida escasa y mala, llegando a razonar que por más que el rigor tentase mantenerlos a raya, el aspecto higiénico resultaba inconcebible y difícil de imaginar. Al menos para mí, ya que ese no era mi ambiente. Después de algunos días en ese mar, no me fue difícil distinguir que en el “Neptuno de los Mares Orientales”, los hombres de mar, sin excepción, oficiales y marineros, no se lavaban, ya que todos solamente llevaban la ropa que tenían puesta. Sin embargo, con tanta agua al alrededor, llegué a pensar que no les costaría mucho mantenerse limpios, pues mismo que el agua fuese salada, por lo menos esta serviría para que la costra de mugre no se les acumulase sobre la piel, y el olor agrio a sudor no infectase el comedor. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Dígame una cosa don Pierre, ¿por qué que los hombres no se bañan?, ¿o es que les hace mal el agua del mar? -aproveché para preguntarle al capitán en un momento en que lo encontré distraído en la cubierta. -¡Oh, sí, se bañan! No muy a menudo, pero se bañan. Y le digo más don Herculano, ddesde la más remota antigüedad, Hipócrates, Galeno y Avicena entre otros médicos, ya habían resaltado la acción fortificante y curativa de los baños con agua de mar. Y tanto es así, que en la playa del Lido, en Venecia, se creó el primer instituto dedicado a estudiar los efectos del baño marino sobre la salud y desde entonces las aplicaciones han ido en aumento. -Sí, yo sé que el agua de las profundesas del mar, notablemente salada, posee un color variable que va del azul intenso al verde oscuro, según el lugar, el fondo, la luz exterior y el estado del cielo; y que su olor característico proviene de las algas y otras sustancias orgánicas… Por eso no creo que haga mal. -Raciociné con elocuencia para ver lo que me decía Pierre. -En todo caso, le diré que la composición de esa agua es muy compleja, pues contiene innumerables elementos, entre ellos el sodio, cloro, magnesio, azufre, calcio, yodo y el flúor, y la salinidad depende de la Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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cantidad de cloruro sódico, haciendo que la mineralización media sea de 3.5 por 100. -Puedo hasta entender que en invierno sea duro hacerlo, por eso dicen que las estaciones del año ideales para esos baños son primavera y verano. Asimismo, comprendo que no es recomendable llegar a la playa y bañarse inmediatamente, pues debe existir un corto periodo de aclimatación previa del organismo. -Déjeme que me explique mejor, don Herculano. Yo he leído -comenzó a justificarse el capitán-, que para mejor obtener los beneficios del agua salada, el horario sugerido para introducirse al mar de manera progresiva, y no brusca, es de las 11:00 a las 15:00 horas, entre 3 y 15 minutos. Pero hay que considerar que los baños de mar también estimulan la realización del ejercicio físico y, por tanto, acrecientan el apetito. Entonces, mi amigo, todo eso es contraproducente para mí, por eso no los estimulo mucho -puntualizó Pierre. -Entiendo, entiendo… -Fui evidenciando sin demostrar contrariedad con la tacañez del capitán, mientras agregué-: Sé que sus efectos actúan directamente sobre la piel, con lo que favorecen el metabolismo de ésta y la estabilidad del manto ácido. Aun así, conservan en buen estado las mucosas respiratorias y las vías aéreas Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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superiores. Además, relajan y propician un sueño tranquilo, lo cual contrarresta las alteraciones psíquicas. -Sí, don Herculano, pero usted ha de convenir conmigo que también son una manga de mugrientos, así que para mí, tanto da que se bañen o no. -Expreso acompañado de su canora carcajada y se marchó perdiéndose por entre los bultos que estaban en la cubierta Muchas veces, yo veía que a primera hora del día apenas el sol despuntaba en aquel infinito horizonte, la mayoría de ellos se asomaba por sobre la borda para despiojarse y limpiar los harapos que llevaban. También creo que unos tantos de ellos debían hacer sus necesidades en su lugar de trabajo, pues nunca se les veía ir hasta la sentina que había al fondo del barco. Y ya que hablamos de ello, hay que agregar que quien la usaba, necesitaba arrojar un balde por la borda, y una vez estando lleno de agua, había que izarlo y largarlo por la alcantarilla para que las inmundicias que aún permanecían en aquel albañal cayesen finalmente al mar.

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Cierta noche, cuando todos estábamos reunidos en nuestra ordinaria tertulia vespertina, sentados tentando engullir el mismo pescado ensopado y salado de todos los días, que venía acompañado con el invariable arroz blanco y pastoso de siempre, Pierre me preguntó si últimamente yo estaba trabajando en algún caso importante. -¡Sí! antes de partir, yo estaba ganándome la vida con el caso de la viuda negra –le respondí de forma seca, posiblemente por estar irritado después de tantos días embarcado en medio de un ambiente muy poco hospitalero. -¿La

araña?

–bramó

el

capitán,

ojos

engrandecidos y mirada turbada. Luego me di cuenta que mi respuesta había sido muy poco explicativa, así que tente corregir el error diciendo: -¡No! Disculpe, Pierre. Es que el nombre por mi expresado hace referencia a una pobre mujer afro descendiente, –tomando el cuidado para subrayar el adjetivo, y evitar las malas miradas de los marineros-, la que finalmente, como estaba en vías de quedarse viuda y sin plata, solicitó mí ayuda porque un poco antes su marido había perdido todo su dinero en la timba… Pero la investigación me quedó inconclusa. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¿Por qué?, ¿tuvo que viajar de prisa? –inquirió a seguir. -En realidad, no. La verdadera causa del atraso, fueron las sotanas. El hombre me miró un poco trastornado y creo que se quedó sin comprender mi alegato, pues su mirada incitaba a que continuase relatándole el caso. -¿A ver?, cuéntenos como fue. -Resulta que yo fui a visitarla un poco antes de su marido fallecer. Cuando fui conducido al dormitorio, el hombre estaba arropado en su cama, sudando bajo las mantas o acaso gimiendo al tener que soportar los últimos estertores de su enfermedad. Pero no estaba solo – pronuncié con acentuación melodramática. -Lógicamente, estarían: su esposa, sus hijos, otros allegados –quiso adivinar Pierre, mientras percibí que se deleitaba con mi narración. -La verdad, no. En aquel momento el moribundo estaba franqueado por cuatro frailes que rodeaban su lecho y hacían aspavientos con sus manos, mientras rezaban oraciones, echaban agua bendita al enfermo y elevaban plegarias a Dios por la salvación de su alma. Y pese a las circunstancias, aquella era una escena tragicómica. Daba para notar que había algo de artificial en aquellos monjes Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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empecinados en su artillería litúrgica frente a un desahuciado. -El individuo debería ser muy religioso –acotó el capitán. -Ni tanto, mí estimado Pierre, pues aun cuando todo aquel santo despliegue obedecería a los oficios de cualquier buen sacerdote, estos cuatro ensotanados parecían moscas zumbando en torno de un pote de miel. Lo vi echarse a reír, y continué: -Cuando vi aquel matorral de sotanas, pregunté a la esposa en voz baja: -¿Y a estos? ¿Quién los ha llamado? -Nadie, -me respondió la mujer, con una mezcla de sorpresa y disgusto-. Se han enterado que Albarico se está muriendo, y han venido solos, –expresó ella con resignación en la voz, y en la fisonomía oscura de su rostro. -Uno de ellos está aquí desde anoche –agregó. -Esos clérigos husmean sangre con plata, y corren luego para querer sacar su tajo –comentó Pierre, tomándose de una vez un buche de ron, como si tuviese rabia de los frailes. -Pues le digo que aquella habitación olía a bálsamos y ungüentos, -proseguí relatando-, y apenas atenuados por un incensario que ardía perezosamente sobre una mesita. El enfermo tenía los ojos cerrados, y Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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parecía no escuchar ese insistente zumbido que perturbaba su agonía. Pero yo no quise interrumpir la ceremonia y me recosté contra la pared, en silencio, aguardando mi turno, acaso el hombre estuviese durmiendo. -Y los curas, dale que dale… -ilustró Pierre, mientras yo tomaba un sorbo de un vino tibio mezclado con agua, intentando poder humedecer mi garganta antes de continuar con mí relato. -Yo no tardé en descubrir que los cuatro frailes pertenecían a distintas órdenes religiosas; por sus vestiduras y ornamentos, conjeturé que se trataba de un dominico, un benedictino, un franciscano y un mercedario. -Son todos unos sanguijuelas… -profirió el capitán en un murmurio. -Poco a poco –proseguí narrando sin responder a la mención de Pierre-, fui descifrando una palabra aquí y otra allá, notando algún ademán o gesto propio de la situación, y comprendí que aquella nutrida presencia no era en modo alguno casual, ya que los cuatro oficiantes se encontraban allí con el sublime propósito de velar las horas finales y disputarse el alma del moribundo. -En todo caso –dijo Pierre-, la escena no me es del todo desconocida, pues en esas condiciones, cuando alguien se halla vecino a la muerte, y sobre todo posee una Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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buena posición económica, el clero parece olerlo a una milla de distancia. -¡Exacto! –concordé-. Ellos son como una turba de buitres en pos de carroña. De inmediato, cada orden envía a alguno de los suyos para tener el privilegio de ganarse el alma del desahuciado, y de paso granjearse alguna gentil donación de la familia, como forma de poder engrosar las arcas espirituales de la Iglesia. -En otras épocas, -comenzó a exponer Pierre, como si se acordase de alguna historia-, no era extraño que, durante la agonía, mientras desparramaban óleos y sacramentos, los curas hacían dictar un testamento en el que disponían no sólo de los bienes de los desahuciados, sino también de los de su familia, y en la cual la Iglesia, por derecho divino, se arrogaba la facultad de mandar a la viuda a un beaterio, al hijo varón a ordenarse cura y a las mujeres a enclaustrarse en algún convento de monjas, mientras las propiedades del muerto iban a dar a varios destinos: una parte a las órdenes monásticas, otra al obispado de la ciudad, una tercera a las arcas de Roma y una cuarta, la más menuda, para pagar misas por el alma del difunto... Son unos vampiros con sotana –enmendó. -No lo dudo –comenté, acompañando mis palabras con el asentimiento de mi cabeza-, pero le digo que en aquel momento, yo agucé el oído para escuchar los Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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muchos

auxilios

espirituales

que

se

sucedían

tumultuosamente en la cabecera del moribundo. Sin embargo, lo que oía no eran sino refriegas y disputas verbales en que cada uno de los religiosos procuraba llevar agua para su propio molino. -¿Cómo, así? -intervino Pierre, desconcertado por mi dicho. -Al principio, ellos discutían sobre cuestiones de jurisdicción: que yo soy el párroco del lugar, sus mercedes, insistía uno de los frailes, y por ello su alma me pertenece; os equivocáis, replicaba otro, yo estoy aquí por mandato del obispo y por lo tanto me pertenece a mi; decid lo que queráis, señores, terciaba otro más, pero el alma de este buen cristiano se queda entre los dominicos. Y todo eso salpicado de titulejos y formalismos, llenos de: que vuestra merced, que ilustrísimo, que reverendísimo, que eminentísimo… -Debería ser cómico ver lo inusitado de la escena –agregó el capitán, riendo. -Sin embargo, al cabo de un rato –dije al retomar mi relato-, la discusión fue calentando sus ánimos y las voces fueron subiendo de tono, a tal punto que me sentí en la obligación de interrumpirlos y expresar: -¡Por favor, sus mercedes, que este no es lugar ni momento de andar a los gritos!... Y cuando se lo dije, Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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pensé que eso los sosegaría, pero bastó que el fraile dominico echara mano a un cofrecillo y extrajera una botellita llena de aceite sagrado, para que el resto de la frailería estallara en escándalo. -¿Y que se supone que iría a hacer? –me preguntó el segundo de Pierre, boquiabierto con el relato, lo que dicho sea de paso, la narrativa mantenía en silencio a todos los marinos en el comedor. -Eso es lo que preguntó el franciscano, alarmado dije-; y como su hablar era algo tartajoso, eso provocó una hilaridad en los otros frailes. -¿Qué hago? Pues administrarle los Santos Óleos, ¿qué más? –le replicó el dominico sin inmutarse. -¿Y qué derecho tenéis de otorgarle ese sacramento? –bramó el primero, pero tomado de sorpresa, el dominico le reaccionó con brusquedad: -Más derecho que vos, que seguramente, ni siquiera sabéis como hacerlo… -El rostro del franciscano se transfiguró de repente y, durante algunos segundos, trató de serenarse ante la insolencia de su colega, pero su implacable tartamudez se acentuaba más, y pronto embrolló su lengua, a tal condición de impedirle enhebrar una sola frase. En eso se sumó la protesta del fraile mercedario, Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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quien a voz en cuello reclamó el derecho de llevar a cabo la ceremonia. -Entonces, me imagino que se pusieron de acuerdo –opinó Pierre, sumamente atento a mi relato, y acompañado por todos, que en ese momento no se animaban a tocar en la comida recién servida. -No, pues ante la negativa del dominico, cuyo empeño en otorgar el sacramento parecía invulnerable, renació la discordia y en un santiamén se volvieron a crispar los ánimos. Todos pasaron a hablar y discutir al mismo tiempo, todos codiciaban el derecho de administrar los Santos Óleos y garantizar, de ese modo, la posesión del alma del moribundo para su propia Orden. -Bueno, -señaló el capitán-, usted continúe con el relato, que nosotros empezaremos a comer… No se preocupe, le dejaremos su parte –afirmó perentorio, mientras miraba a todos para que respetasen su decisión. Me dieron ganas de decirle que no, pues ya estaba arrepentido de haber iniciado esa recitación, pero al ver su mirada fija y penetrante, opté por continuar. -Pero en aquel momento, -continué diciendo-, me pareció que las jerarquías y estamentos parecían enturbiar la cuestión. –Soy el más indicado para hacerlo–, observó el dominico sin soltar la botellita; y señalando al moribundo, agregó: Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-He sido su confesor toda la vida. -¿Su confesor? –Interrumpió el benedictino-. Pues habréis de saber, señor fraile, que yo lo he unido en santo matrimonio. Por lo tanto, es a mí que corresponde dar el último sacramento. -Estáis

en

un

error,

padre

–intervino

el

mercedario mientras hurgaba en su talego-. Lo habréis unido en matrimonio, pero fui yo quien lo bautizó y confirmó. En tal caso, debo ser yo quien despida su alma de este mundo. -Eso no los hace más capaces, –musitó el franciscano meneando la cabeza, y echando mano a un argumento resbaladizo-, pues para vuestra información, yo estoy aquí desde anoche, mientras vuestras mercedes dormían a pierna suelta. Es evidente que debo ser yo quien le administre los Santos Óleos. -¡Ya basta, señores! –exclamó el mercedario. ¡Yo soy el párroco del lugar, me corresponde hacerlo! -¡Y a mí me lo pidió la familia! –gruño el benedictino, arrugando el morro que ni perro que enseña los dientes. -¡Pregunten a la esposa! ¡Pregunten a los familiares!, -gesticulaba como un loco, señalando a uno y otro. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Pierre engulló el bocado que tenía en su boca, y me preguntó si yo quería ir comiendo, pero siempre y cuando no suspendiese la novela que los traía curiosos a todos. Concordé con un asentimiento de cabeza, y mientras me servía, dije: -Abreviando, el festín mortuorio continuó durante un buen rato, mientras los frailes se cruzaban acusaciones personales. -¿No me diga? ¿Cuáles? –incitó el capitán, pasándose la mano por los bigotes. -En aquél momento, el dominico, rostro severo y acento inexorable, se dirigió a los colegas y observó: -¡Señores, no hay más nada que hablar! Yo soy el más indicado aquí, para dar la Extremaunción. -¿Y que lo hace pensar que sois el más indicado? –le preguntó el benedictino. -El dominico paseo sus ojos entre la frailería, dio dos pasos al frente y anunció: -Porque se trata de un sacramento de suma importancia, mi querido padre, y para administrarlo se precisa de una mano hábil y preparada. –Enseguida mudó el tono de voz, poniéndole un matiz de ironía y proclamó: -¡El Señor jamás permitiría que un necio lo llevara a cabo…! Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Sintiéndose aludido, el benedictino meneó su crucifijo en el aire y preguntó: -¿Por acaso me estáis llamando de necio, señor fraile? Pues habréis de saber que prefiero ser necio antes que ladrón. -¿Ladrón? –murmuró el capitán, sin apartar sus oídos del relato. -Eso mismo, -yo confirmé-, porque el fraile le preguntó: -¿Ladrón, yo? ¿Por qué me llamáis de ese modo? -Vamos, padre, -el benedictino afirmó-, todo el mundo sabe que robáis el vino de misa para beberlo a escondidas. -Sí, -añadió el mercedario-. Y también es fama que vois oficiáis las misas más borracho que Lutero. -Aparentando mostrar una cierta indiferencia, mientras alisaba las arrugas de su sotana con la mano espalmada, el dominico se despachó con sorna: -Me extraña que digáis esas cosas, señor fraile, sobre todo viniendo de vos, que mantenéis a un par de barraganas para vuestro servicio –contestó dirigiéndose al mercedario. -Entonces, con que el curita se venía con esas – rumoreó Pierre, echándose atrás sobre el respaldo de su silla. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Parecería, pero este no se calló y agregó: -¡Eso es una patraña! –le vociferó todo ofendido-. Esas mujeres son almas descarriadas y yo sólo intento demostrarles el camino del Señor. -En eso, le retrucó el otro: -¿Y qué otras cosas más les mostráis, señor fraile? ¿O no dicen por ahí, que el monaguillo de vuestra parroquia se os parece hasta en el blanco del ojo? -¡Sois un canalla! ¡Un mentiroso! –le respondió alucinado. -¡Y vos, un insolente de la peor calaña! –el otro le gritó trastornado. -Los otros frailes no perdieron tiempo y se juntaron a la trifulca, sin cualquier asomo de compostura, y cada uno dijo lo suyo sin ahorrar ultrajes, ni ofensa, ni blasfemias y palabrotas. -¿Los propios curas? –interrumpió el capitán, admirado con lo que oía. -Es verdad, pues comenzaron: que vosotros los dominicos sois todos pederastas; que los benedictinos os robáis las limosnas de la iglesia; que los mercedarios copuláis

con

las

monjitas

capuchinas;

que

los

franciscanos, alegando la pobreza de Cristo, nos os dais un remojón con agua para espantar la sobaquina. Y demás Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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improperios que solamente se interrumpieron cuando intervine diciendo: -¡Sus mercedes, por favor! ¿No podrías arreglar todo eso en otro sitio? -Fue entonces que el mercedario, quien, después de sonrojarse ante los muchos insultos, puso algo de cordura a la barahúnda. –Señores, señores –les dijo intentando serenar los ánimos-. Ya que no nos ponemos de acuerdo en todo este asunto, preguntemos al enfermo para ver de quien desea recibir la Extremaunción. -Con gran parsimonia, el fraile mercedario se acercó hasta el lecho para susurrar a oídos del moribundo, y acarició el hombro del hombre. Los otros tres se hicieron a un lado, pero el enfermo tardó algunos segundos a emerger de su letargo. Entonces, poco a poco fue entreabriendo sus ojos aureolados por una sombra violácea y, suspirando largamente, observó la silueta de cura. Luego se echó una vez más sobre la almohada, cerró los ojos y pareció extraviarse nuevamente en un mundo de arpas seráficas y melodías celestiales. -Por favor, hijo -masculló el fraile, intentando sacar al moribundo de su hechizo-. No quisiera dificultar más las cosas, pero es necesario que nos apresuremos antes de que pierda la conciencia… Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¿Y a quien el hombre escogió? –averiguó Pierre, que tras un bostezo, demostraba que sentía cansado del largo relato. -Bueno, el fraile se acuclilló a un costado del lecho, aproximó sus labios al oído del enfermo y, con un hilo de voz, lo interrogó sobre quien debía, según su voluntad, administrarle el sacramento. -¿Y…? -Ya era tarde demás… El moribundo partió sin recibirlos –dije, abriendo mis manos en señal de resignación.

7 ¿Puede

existir

mayor

felicidad,

que

la

proporcionada por el abrir de los ojos a la mañana y divisar la horizontal, supina y perpetua franja de la costa? Claro que la síntesis de su respuesta dependerá si usted ha estado encerrado en una lata de sardinas con velas durante más de un mes, y aun por encima navegando a la deriva por la inmensidad de un mar salpicado por ondas de más Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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de cinco metros de altura, o estacionado en medio de la nada porque al sospechoso viento se le ha antojado no querer soplar, o por veces tener que enfrentar resuellos de ráfagas que asustan al más desavisado de los náuticos. Pues ese estado de hilarante felicidad, fue el que me invadió repentinamente cuando en definitiva nos aproximábamos de Australia. A bien de la verdad, ya habías visto algo de tierra cuando atracamos en las Islas de los Cocos, pero esos cayos no pasaba más de lo que una minúscula defecación de mosca en medio del océano, tal era la liliputiense extensión de aquella perdida heredad microscópica con media docena de seres vivientes habitándola y millares de cocoteros por doquier; de los cuales, no teniendo más nada que hacer, los isleños ocupaban

su

tiempo

retirándole

la

copra

para

comercializar. -¡Aleluya! –grité de tal forma abacorado al mirar por el ojo de buey de mi cabina, que mi vasallo terminó por dar un salto en su litera y golpear con la cabeza en el techo del aposento que dividíamos. -¿Está rezando, patroncito? –protestó mi lacayo, refregándose el chichón. -Levántate de una vez, –ordené-. Ya se ve la costa. Andá ligero, y pregúntale al capitán cuánto tiempo demora para atracar éste paquebote de morondanga – Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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pronuncié haciendo ademán con la mano, para que aligerara su modorra. En realidad, confieso que mi entusiasmo pronto se disipó. Fue como un balde de agua helada volcado sobre un cuerpo sudado. Cuando Snobiño retornó con una cara más asustado que gato en motoneta, me vino con la pésima noticia de que tendríamos más un día de viaje. -¡Llegaremos mañana por la mañana, jefeamo! – exclamó

cohibido

cuando

entró

al

camarote,

probablemente porque también se desilusionó con la demora. -¿Qué hacer? –me resigné a pensar, mientras espiaba el largo mar a mi frente; pues en tales casos, siempre lo tuve claro de que, ante la eminencia de ser violentado, lo más recomendado para esas situaciones es relajar y gozar, porque de cualquier manera vamos a ser violentados. No hay tu tía Ante tal remate de enardecimiento anímico, no tuve más remedio que buscar entretener el tiempo leyendo un libro, y para tanto busqué acomodo cerca de la carranca de proa, lo que me permitía observar nuestra lenta aproximación de la costa. Claro que quien no conoce patavinas de la geografía costera de Australia, imagina que llegar al puerto de Adelaida es tarea fácil de realizar. Mero engaño. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Durante el resto del día y la noche toda, la parsimoniosa chalupa fue costeando la costa del país en el sentido norte-sur, y varias millas náuticas más adelante, después de contornar el territorio donde se encuentra el Lincoln National Park, finalmente creí que estábamos llegando a buen destino, pero luego me di cuenta que el barco atravesaba ese inmenso estuario, dirigiéndose hacia Kangaroo Island. -¡Patrónnn! ¡Patrónnnn! –llegó gritando mi pupilo, con cara de desquiciado-. ¡Mire! Allí están los canguros… ¡Y también hay monos con bigotes y orejas redondas! -¿A dónde, animal?... Esos no son monos... Son koalas –corregí, poniéndome la mano sobre la frente tal cual igual un indio y como si ella fuese una visera, a fin de evitar que el sol me perjudicase las vistas. -¡No! Ellos están en su hábitat, ¡pedazo de miserable!, -exclamé refutando-, porque si leyeses algo que valiese la pena, sabrías que Kangaroo Island es una extensa isla situada a 16 km de la costa australiana, y la cual se ha conservado como un espacio virgen para la flora y fauna, donde la mayoría de sus carreteras ni siquiera se encuentran asfaltadas. -¿No me diga, patrón? Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Lo que te digo, es que esta es la tercera mayor isla de Australia, con 145 km de largo, 64 de ancho y una población de 4.000 habitantes, y que fue plasmada en sus orígenes por presidiarios fugados. -¿Y todavía no los encontraron? -Nada que ver, urubú sin plumas. De eso hace muchos años, y no se decirte lo que fue hecho de ellos, pero sí sé, que ahora abundan los canguros, koalas, ornitorrincos, wallabíes y equidnas en la tierra, así como focas, delfines, leones marinos, pingüinos, además de ballenas y tiburones en el mar de su alrededor. Por lo tanto, esa isla está formada por 21 parques nacionales que cubren un tercio de su superficie, de los que destaca el Flinders Chase National Park, que se encuentra en el extremo oeste, a 105 km de la capital Kingscote. Por todo ello, este parque ofrece una espectacular costa rocosa y bosques de eucaliptos donde admirar la fauna… Si vos bajas, de seguro serás el rey de dicha fauna. -No me venga a decir, patrón, que en estas aguas hay ballenas y tiburones, porque yo me borro todo, -señaló Snobiño con cara de pasmado, al mismo tiempo que daba un paso atrás para apartarse de la borda del barco. Perdidos en esas discusiones y controversias del paisaje, dejamos el tiempo avanzar al igual que lo hacía la chalupa del capitán Pierre, pero cuando dimos por sí, Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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notamos que recién allí, el barco dobló a la izquierda entrando en otro amplio estuario llamado de golfo de San Vicente, motivo que obligó al capitán Pierre a comenzar a navegar de ojos atentos, por causa del incrementado tráfico de naves que surcaban esas aguas. A la mañana siguiente, al aproximarnos del puerto, desde la baranda de nuestro barco se veía gente gritando tal vez de puro nerviosismo, y el alboroto iba en aumento cuando desde la banda del amplio mar empecé a oír la voz profunda de los barcos anclados, esos dinosaurios mugiendo con aquel bramido prehistórico que hace vibrar el estómago, de sirenas que sueltan gritos lacerantes como animales degollados, sumándose a las bocinas de los vehículos que atruenan enloquecidas. Fue cuando, distraído con el panorama, recién me daba cuenta que la aguja de los minutos cubría la aguja de las horas. El barullo de las sirenas llenaba todo el espacio a mí alrededor mientras las palomas, del frontón y desde los techos de los galpones aduaneros, se agitaban, y algunas volaban aturdidas. -¿Se queda unos días por aquí, capitán? –le pregunté a Pierre, al despedirme con un fuerte apretón de manos, al momento de agradecerle por su hospitalidad y por la segura conducción de su paquebote por esos interminables mares del sur. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¡No! Hoy mismo seguimos para el norte… -me avisó el capitán, dando una tragada en su pipa y largando suavemente el humo para que el viento lo disipase en un ligero remolino-. El barco luego seguirá para Port Augusta, bien al norte del otro golfo que atravesamos antes –agregó con tono cordial. En realidad, me sentía satisfecho, pues finalmente estábamos vivitos y coleando en la ccapital y puerto del estado de Australia del Sur, o Australia Meridional, en la orilla derecha del golfo de San Vicente y que está localizado en la parte sudoriental del estado. Para ser más exacto, dicen que esa es la quinta ciudad más grande del país, y situada a orillas del océano Índico, bien sobre la desembocadura del rio Torrens, en la costa sur-occidental australiana. Claro que todo esa información la saqué de mi enciclopedia, y de unos folletos que Toribio, el sobrino de mi amigo Omar me había facilitado, con quien también logré ponerme al tanto de que esta ciudad mmantiene en esencia, el mismo trazado que le dio su fundador, el viejo coronel Light, allá por 1833. -¿Y ahora, qué hacemos, patrón? –irrumpió mi santurrón vasallo, luego después que salimos del departamento de inmigración. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Antes de responder, me quedé cavilando sobre las gentiles informaciones recibidas por el personal de la aduana, quienes me indicaron que yo debería dirigirme a la plataforma de los “Diamond Taxis”, que es el servicio de taxímetros que atiende el puerto de Adelaide; o en el caso de que lo prefiriese, el traslado también podría realizarlo de ómnibus, pero estos no pasaban cerca del hotel que yo había reservado. Por las dudas, hallé mejor tomarnos el taxi. -Vamos a tomarnos un taxímetro, para que nos lleve directo al hotel, -determiné decidido al cruzar el hall del edificio. Una vez embarcados, mientras el chofer del taxi dirigía por la izquierda de las avenidas, pude advertir que las anchas calles del centro estaban rodeadas por un anillo de parques espaciosos. -¡Patrón! A éste tipo lo van a multar… ¡Fíjese! ¡Dirige por la contramano! –exclamó mi pupilo, con los ojos más abiertos que ni lechuza al medio día, y sacándome de la admiración que me causaban esos jardines y vergeles. -¡No, pasmado!, –acoté a media voz-, aquí en éste país, la gente maneja igual que en Inglaterra… por la izquierda. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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El automóvil prosiguió circulando normalmente entre un tráfico enmarañado de fin de mañana inicio de tarde, hasta que de pronto escuché la voz del chofer anunciando: -Si tienen tiempo, no dejen de visitar el Complejo de los Festivales, desde el cual se domina el lago, y que ya ha servido de escenario de un magnífico festival de las artes, donde cada dos años a partir de 1960, se convocan a actores de muchos países. -No sé si nos sobrará tiempo, pero igual le agradezco por la sugestión -pronuncie educadamente, mientras me sorprendía por haber encontrado un conductor de taxi que trataba bien a los turistas. -¡Pronto! Llegamos, -volvió a decir el hombre pocos minutos después, y así que estacionó el vehículo frente a un a edificio de tres pisos, con aspecto de ser una construcción simple, semejante a un inmueble de departamentos existente en cualquier ciudad. -¿Patróncito, quién vive aquí? –preguntó mi pupilo, al arrimar demás las ventanas de su nariz al vidrio del coche. -Tizón del Averno, este aquí es el hotel “The Wright Lodge”, donde tenemos nuestras reservas – expresé, al mismo tiempo que miraba una y otra vez la simplicidad de la apariencia externa del edificio y Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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alternando el examen con el rostro del chofer, como si buscase confirmar en él, toda mi excitación. -¡Sí!, -confirmó el conductor-. Aquí es 130 Wright Street, y ese allí, es el hotel, -me reafirmó el hombre al indicar empujando la pera hacia adelante, junto con una mueca de saciedad que realizó al momento que abría la puerta del coche para bajarse. En realidad, el albergue correspondía, en la clasificación internacional, a un hotel de dos estrellas; modesto en el valor, pero en el que disponíamos de televisión, servicio de café o té, aire acondicionado y baño privado en todos los dormitorios. Entre otros servicios gratis, como exigía la sobriedad de mi bolsillo, también se incluía el uso de computadora, impresora, fax, y Wi-Fi. Para lavar la ropa, los huéspedes contaban con una lavandería que funcionaba con monedas, y disponible para el uso siempre que se necesitase; y caso fuese preciso, en cada dormitorio había la disponibilidad de una plancha y una tabla de planchar. Puro lujo para nosotros después del circunspecto viaje que habíamos realizado en el “Neptuno de los Mares Orientales”. -¡Estamos mejor que en casa! –manifestó Snobiño, con su oscura figura contrarrestando perdida entre el níveo color de las paredes y el blanco de los muebles del dormitorio en que nos cobijamos. No sé por Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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qué, pero me pareció que el color tiznado de su piel se acentuaba aún más en ese albino y sencillo escenario. -¡Mejor que esto, es lujo!, -agregué, satisfecho con la atmósfera reinante de esas pulcras acomodaciones simples y a su vez económicas. -No te demores mucho en desempacar, -avisé-, porque según tengo entendido, el Lodge Wright está situado en pleno corazón del centro de la ciudad y a tan sólo 200 metros del Barrio Chino, del Adelaide Central Market, y de la vía Gouger Street. En todo caso, si nos da tiempo, poder ir hasta la Victoria Square sólo requiere un paseo de 10 minutos a pie… Así que, dale, apúrate, jugo de carbón desmiolado. -Manifesté presuroso. En fin, nos pasamos el resto de la tarde caminando por esas calles maravillosas, como si ambos quisiésemos estirar los juanetes después de haber estado durante varias semanas confinados en aquella vieja lata de sardinas flotante, deshumanamente llamada de ¡Neptuno de los Mares Orientales! -Patroncito, ¿será que el nombre que le pusieron a esta ciudad, es por causa de la suegra del fundador? –quiso saber mi estimado “little chiqueen shit”, que sólo habría la boca para decir gansadas cada vez más descomunales. -¡Prestá

atención,

animal!

Antes

de

la

colonización británica, toda esta zona estaba habitada por Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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la tribu aborigen Kaurna, quienes fueron desplazados al ser fundada la ciudad en 1836 por el ingeniero del ejército William Light. -¡Ahhh…! Entonces, era la suegra de alguno de esos des-kaurnados… -Pero dale con tus mentecateces. Mirá que decís pelotudeses. La historia cuenta que su fundador le dio el nombre en honor de la reina Adelaida, esposa consorte del entonces Guillermo IV de Inglaterra… ¿De dónde sacaste esa gansada? -¡Oh!, -expresó mi ayudante al rascarse la cabeza como si pusiese a tela de juicio mi respuesta-. Entonces los hijoemil de los marineros del Neptuno me mintieron, cuando yo les hice la misma pregunta. -¡Vos no aprendes más! –declaré, acompañado de una carcajada. ¿Y quién organizó el pueblo?... ¿Los indios de esa tribu? -Quienes

introdujeron

las

mudanzas

para

convertirla en urbe, fue ese mismo ingeniero Light y su personal, que planificó una ciudad abierta, con grandes avenidas y espacios públicos. Más tarde ella se constituyó en lo fue considerado como la primera “ciudad de las libertades” del nuevo país, donde los ciudadanos podían elegir su religión y situación civil –expuse con Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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parsimonia-. En la actualidad, Adelaida disfruta de una de las mejores calidades de vida del continente, que en alguna medida la han mantenido alejada del interés por el resto del mundo. Igualmente, dicen que es conocida como la ciudad de la luz, siendo reconocida como la capital cultural de Australia. -¿Cuántos habitantes tendrá? –indagó Snobiño, rostro circunspecto, tal vez por causa de necesitar asimilar tanta información de una sola vez. -Más de un millón… creo que un millón y pico, largos, -anuncié, pues no recordaba exactamente del número total de la población. Como ya se avecinaba el atardecer, busqué enderezar los pasos para el lado de la estación de trenes “Adelaide Parklands Terminal”, situada en la Richmond Road, Keswick, y que quedaba apenas a unas 10 cuadras de nuestro hotel. Menciono en tiempo que el Terminal de Ferrocarril Keswick, es la estación de donde salen los trenes interestatales para todo el país, yo quería anticiparme para confirmar nuestra salida para el próximo lunes.

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8 Podría decirse que pasamos una tarde muy agradable, pues al sur de esa zona de la ciudad, es donde se sitúa lo que llaman de “Rundle Mall”, el área comercial más importante de la capital, lugar repleto de numerosas galerías comerciales y grandes almacenes; y mismo que no estuviésemos a procura de algún artículo específico o queriendo comprar algún suvenir exótico, aprovechamos el tiempo para ensanchar la vista con las novedades de este pueblo grande. En fin, caminábamos sin un rumbo fijo, sin darnos cuenta que llegábamos a la esquina de la King William Street, y para nuestra sorpresa, allí encontramos la casa natal del arquitecto Edmund Wright, una edificación centenaria donde actualmente se encuentra la sede del Bank of South Australia. Pero continuando en dirección al sur por esa misma calle, luego pasamos frente al ayuntamiento, un edificio de estilo italiano que fue Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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construido en 1866 por ese tal de Wright. Y lo que más nos despertó la atención, fue Victoria Square, el centro neurálgico de la ciudad, una región que aun posee antiguos edificios del gobierno de la época colonial, y en donde se sitúa una vistosa fuente que, dicen, fue inspirada en los tres ríos que bañan Adelaida. Lástima que no teníamos mucho tiempo, porque desde esta plaza también parte el tranvía hacia la playa de Glenelg, un balneario bastante próximo. -¡Qué país atrasado, jefeamo! –pronunció de repente mi escudero, así que vio circular el vagón del tranvía, apuntando para el mismo con su brazo extendido y el dedo en ristre, tal cual un general ordenado el inicio de la batalla. -¿Por qué decís tal afirmación?..., botarate. -Porque veo que los adelaidanos aun utilizan ese tipo de transporte anticuado, -exclamó mi comparsa, poniendo cara de quien acabó de chupar un limón. -Pedazo de un alcornoque… ¿No te das cuenta que vos sos un rezagado de ideas? –manifesté sonriente-. Ese tipo de transporte público, -me apresuré a esclarecer-, es destinado a los turistas, o a los paseantes sin prisa de llegar a la playa. Fuera

de

esos

entorpecimientos

mentales

exteriorizados de vez en cuando por el mentecato de mi Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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vasallo, otra cosa que me estimuló el ojo, fue, tomando a la izquierda de la Victoria Square, por la Gouger Street pudimos llegar al Central Market, y dar de cara con el mercado más popular de esta metrópoli. Es allí, como en otras capitales australianas, adonde se encuentra siempre un buen lugar en donde se puede comer variado y económico. Son los food courts que abundan en las calles comerciales del centro. Eligiendo uno de ellos al azar, realizamos un ligero tentempié para engañar el estomago. Como

conclusión

de

nuestro

deambular

indiferente, proseguimos con nuestra caminata y al fin llegamos al Terminal de Ferrocarril Keswick, un espléndido edificio de la época victoriana, en el cual, después de dedicarle una mirada rápida por su bien conservada construcción, luego me encaminé determinado hacia el mostrador de informaciones. Prontamente me atendió una simpática muchacha con un visual algo singular, motivo que llevó a mi compañero a expresar con prontitud: -¡Se parece con Emilia!, jefeamo –me dijo, al acercar su boca en mi oído. -¿A cuál Emilia? –quise saber de inmediato, mientras buscaba en el recuerdo por algún viejo amor, o el nombre de algún cliente en especial. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Me refiero al personaje que Monteiro Lobato describió en su obra “El Sitio de Pájaro Amarillo”… Aquella figura que tiene un pelo negro que parece ser de lana… creo que más se asemeja con una muñeca de paño. -Es verdad, mí querido pechero manco de ideas, concordé-. Sus ojos eran de hilo y por eso, parecía que se le iban a reventar si Emilia los abriese demás… Y también al igual que ésta, aquella tenía olor a manzanilla, manifesté complacido, al aspirar la fragancia del perfume de la muchacha que nos atendía. -Entonces, fíjese si yo no tengo razón, patrón. Esta mujer es igualita. -Pero

mirá

que

a

vos

te

gusta

decir

chambonadas… ¡He! –Pero creo que lo dije como para no dar el brazo a torcer, porque por primera vez en muchos días, Snobiño había manifestado una gran verdad. En esa estábamos los dos, cuando la muchacha interrumpió nuestro divagante coloquio, preguntándonos en qué podría ayudarnos. Y al enterarse de cual era mi requerimiento, luego nos indicó amablemente que nosotros deberíamos dirigirnos para una sala que había sido reservada por la Liga. No fue difícil localizar el lugar, y una vez allí, apareció una mujer ya algo entrada en edad, y a la cual los años desde hacía mucho le habían hecho desaparecer la Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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delicada línea de la cintura, y el cruel destino terminó por proporcionarle unas caderas volumosas que, al caminar, parecería que sacudía una bolsa de papas en cada nalga. -¿Ustedes van a participar del evento? –preguntó ella, con una sonrisa amplia que dejaban a la muestra unos dientes más limpios que baldosa de hospital. -¡Sí! por eso estamos aquí. Pero no sé cuántas personas irán participar –indagué con una pequeña mueca de timidez. -¿Usted no tiene la lista con sus copartícipes? Ella fue enviada hace un par de semanas –agregó la mujer, así que exterioricé que los interesados en participar seríamos los dos, mi plebeyo y yo. -¡Ah! Disculpe, yo no la recibí. Es que durante estos últimos tiempos yo he estado viajando por los mares del sur –declaré con voz cordial y un movimiento de brazos que indicaba mi disculpa. -¡Mmmm!, interesante. ¿Fue por causa de algún trabajo en especial? -quiso saber ella, curiosa como suele ser siempre toda mujer. -¡No, no! Mejor, diría que me tomé un periodo de vacaciones… marítimas –exterioricé con un rubor en las mejillas, que me quemaba los parpados por causa del sarcasmo de mi respuesta anterior. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Cuando la mujer me extendió la lista, no pude dejar de sentirme admirado al observar que entre algo más de una veintena de nombres, en ella se incluía al Inspector Jules Maigret, un francés; a Matt Scuder, un americano, a Ed Mort, un brasileño, al Comisario Salvo Montalbano, italiano de pura cepa; a Pepe Carvalho, un español; a Kurt Wallander, un renombrado sueco; a Cayetano Brulé, un cubano/chileno, y otros nombre no menos distinguidos que habían forjado su fama combatiendo tenazmente la contravención en sus más diversos aspectos. -¡Pero esto más se parece con el club de Boliña!… ¿No hay ninguna Lulú participando? -expresó mi lacayo en tono estupefacto, a la vez que miraba los nombres de la lista por encima de mi hombro. -Ya deberías saber, que nunca hubo muchas mujeres dispuestas a lidiar con las disímiles perspectivas y materialidades del submundo del hampa… Y salvo la inglesa Miss Marple, creo que todas ellas ya deben tener bastantes contingencias al tener que aguantar a sus maridos e hijos en casa, -añadí en un pensamiento que hallé sublime, no por querer desmerecerlas, y si por entender que sus quebrantamientos hogareños no son muy diferentes de lo que se ve en nuestro trabajo. Mientras bebíamos inconscientemente las letras que

atestaban

los

nombres

Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

constantes

en

la

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correspondencia de la Liga, sentí un leve toque en mi hombro. Cuando me di vuelta, vi que era un caballero delgado, alto, fino que perfil de galleta, o, más flaco que sombra de alambre, pero estaba elegantemente vestido en una ropa de corte anglosajón que desentonaba bastante con su porte y acento francés. -¿Por acaso usted es…? -Preguntó el hombre, titubeando como quien quiere dejar en duda si conocía mi nombre completo y se había olvidado de él, o quizás por no saber quién mierda era yo. -Soy Sansón… Herculano Sansón para servirlo, me anuncié prestadizo, mientras estiraba la mano para saludarlo. No podía creer. Cuando él se presentó, parpadeé mil veces antes de volver a pronunciar otras palabras. Tenía frente a mí, a nada menos que al famoso detective francés, Inspector Hanaud. -¿De dónde me dijo? –curioseó el detective, continuando en ascuas. -Somos de Piedras Verdes…, mi ayudante Half Dark Snob, y yo. -¡Bueno!, con el color de piel que tiene, yo creo que el nombre de su pupilo debería ser “Whole”, o “Complete Dark”, -y dejó que una sonrisa media amarilla Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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se le estampara en su semblante, la cual más me pareció ser de socarronería. -En todo caso, yo mismo lo llamo de: “tizón del Averno”, -agregué con ironía, a fin de seguirle la corriente. Después que realizamos la confirmación de nuestra participación en el evento, nos retiramos juntos de la sala, seguidos pasos atrás por mi fiel lacayo, quien mantenía la mirada perdida por los andenes de la Terminal, dejando trasparecer que estaba más desubicado que morcilla en ensalada de frutas. -¿En qué hotel están hospedados? –preguntó el Inspector Hanaud, cuando casi ya nos retirábamos del recinto. -¡Ah!, yo estoy cerquita. Me hospedé en el “The Wright Lodge”… ¿Y usted? –indagué, por si acaso el detective tuviese elegido el mismo albergue nuestro. -Yo elegí un otro llamado “Comfort Hotel Highlander Gilles Plains”, -me afirmó haciendo un ademán que indicaba un lugar más apartado de la ciudad. -¿Y para qué lado queda? –insistí en saber, pero visiblemente impresionado con toda la pompa del nombre de su hotel e imaginándome que el sujeto era más agrandado que calzón de vieja. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Está localizado más hacia el norte, cerca del puerto. -Avisó. -¡Ah! Creo que nosotros pasamos por ese lugar, así que llegamos. Pero éste en el cual nosotros estamos hospedados, si bien qué es un poco simple, tiene la ventaja de estar en el corazón de la ciudad –expliqué como disculpa, no fuese a ser que el hombre pensase que yo era un roñoso de mala muerte. -No

quiero

que

usted

piense

que

estoy

despilfarrando dinero, pues advierto que el raiting de este hotel, -expuso mi nuevo amigo con una cara irresoluta-, es tres estrellas, y la propiedad está convenientemente situada cerca del campo de golf Valley View y del centro comercial Tea Tree Plaza, a minutos de la zona central comercial de Adelaida y demás atracciones turísticas. -¿No me diga que usted juega al golf? – investigué, como para seguir la pista de la localización del hotel, o quien sabe porque no tenía otra cosa que preguntar. -¡No, que nada, don Herculano! Fui allí, porque el precio era convidativo… digamos, unos 65,00 euros la diaria; además que las dependencias son muy cómodas, me explicó con parsimonia-. En nuestra actividad, usted ha de saber que no nos sobra tiempo ni para rascarnos – añadió a seguir. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¡A la pucha! El nuestro es de dos estrellas, y allí nos cobran 50,00 euros la diaria –expresó Snobiño con cara de circunstancia. -Bueno, pero en ese caso, -acrecentó el Inspector Hanaud-, no se olvide que ustedes tienen la ventaja de que están cerquita de todo, y no necesitan gastar en locomoción para salir del hotel… por lo menos eso le sirve de consuelo. -Es verdad, pero de cualquier manera, bien sabrá que tampoco nos sobra mucho tiempo para paseos, pues en dos días saldremos nuevamente de viaje –expliqué, haciendo un movimiento de subibaja de hombros, como para quitarle importancia al asunto. -Es la primera vez que lo veo participar de nuestras reuniones –manifestó el investigador, al hacer una parada en la esquina, aguardando por la señal verde del semáforo, mientras nosotros ya habíamos bajado el cordón y puesto los dos pies en el asfalto. -Yo debo esclarecerle, don Hanaud, que tan sólo recientemente fui aprobado como miembro de la Liga, por eso nunca compartí estos congresos, -diserté con cara prudente, ya que era un asno total sobre los asuntos que se trataban en esos parlamentos. -No se arrepentirá de haber ingresado en ella, Herculano. Verá que siendo un elemento afiliado a nuestra Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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causa, pronto le lloverán trabajos con que entretener su vida. -En todo caso, debo concordar que en nuestros asuntos nunca está demás la oportunidad de poder encarar y asumir nuevos compromisos, aunque en verdad, quehaceres no me faltan… ¡Por suerte! –manifesté orondo, aunque no sabía muy bien cómo funcionaba la cosa dentro de la afamada Liga. -Ya se lo explicará mejor el abogado Perry Mason, que es el secretario encargado de esclarecer las responsabilidades

de

cada

miembro

de

nuestra

confederación –aclaró el inspector Hanaud, al percibir mi cara de circunstancia. La conversación se estaba volviendo agradable y convincente, principalmente para mí, por eso decidí invitar a mi nuevo amigo a tomar un café y charlar sobre las contingencias de nuestra profesión. Y cuando finalmente nos acomodamos alrededor de la mesa de una cafetería cualquiera que encontramos en las cercanías, aproveché la ocasión para preguntarle cual había sido el caso que más lo había impactado en su carrera. -Sin duda alguna, fue el caso de “La piedra angular Reina Haycraft”, -dijo él, al instante que los músculos de su rostro se endurecieron en una mueca grave. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¿Dónde ocurrió? –indagué, más cargoso que mosca de verano. -En verdad, el nombre dice respecto a un misterioso asesinato ocurrido en el sur de Francia; mejor dicho y al pie de la letra, en la Riviera francesa. -¿Por acaso, usted se refiere al misterio de la Villa Rosa? –pregunté atónito. -¡Exactamente! El asunto quedó conocido por ese apodo, porque era una banda de ladrones despiadados que, de repente, apareció en la villa como parte de su plan para desplumar a una rica viuda británica, y de la cual hacía parte la secuestradora Harland Celia. ¡Sí! Ese caso me dio mucho trabajo, porque en aquel entonces había que separar la realidad de la fantasía. Cuando Hanaud comentó el hecho, mi pupilo enseguida paró las orejas como perro perdiguero y, maleducadamente dicho sea de paso, apoyó los codos sobre la mesa para escuchar atentamente el relato, y haciendo gala de una cara de contento que más parecía un ciempiés con zapatos nuevos. -Por lo que supe, usted desvendó el misterio y arrestó al…, o a los asesinos. ¿No es verdad? –pregunté, medio en la duda. -Es verdad. Pero al inicio de toda la trama, surgió una tal de Vaudry, una mujer que interpretaba la figura de Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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una falsa adivina; pero advierto que sin querer, esta nigromante de araque termina tropezando con los facinoras, y acaba siendo una víctima inocente de esa pandilla de ladrones asesinos. Claro que al principio, yo no lo sabía –acotó el detective, enarcando las cejas. -La mujer debe de haberse quedado sobrecogida con

el

embrollo

en

que

se

metió,

-manifesté

educadamente, interesado que estaba en saber los pormenores del caso. -Yo diría que ella estaba más enredada que pelea de pulpos –acotó mi pupilo con un mohín sarcástico en los labios. -La verdad, que en un principio ella se sintió impotente, -esclareció el detective bajo la mirada atenta de nosotros dos-. Pero Vaudry pronto se convirtió en un testigo aterrorizado, cuando ella vio a una mujer rica ser asesinada, y luego a seguir robadas sus joyas. -¿Y usted que hizo? Pues imagino que ella sería la principal sospechosa. -Cómo todas las pruebas apuntaban directamente para Vaudry como siendo ella la asesina, su desespero la apabulló, y ella no tuvo más remedio que escaparse para el continente. Yo la perseguí tenazmente, hasta que le di la voz de prisión. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¿Y ella confesó? –preguntó Snobiño, ojos despiertos. -No, ya les dije que ella no era la asesina. Así pues, que poco a poco, a medida que comencé a interrogarla, me fui convenciendo de su inocencia en aquel sórdido plan que fue urdido para desplumar a esa viuda británica. -¿Y cómo logró desvendar el misterio? –insistí en preguntar. -En realidad, montamos una estrategia para descubrir quienes eran los implicados en el delito, y aunque ustedes no lo crean, fue Vaudry quien me ayudó a atrapar a los verdaderos autores del bárbaro crimen. Mientras nos narraba su exitosa experiencia, el rostro del detective estaba contorcido por la meditación nostálgica; tal vez, vaya uno a saber, por no querer sacar a luz del día recuerdos de algo más que no lo dijo, pero lo pensó. No obstante, mientras yo estaba sumergido en esa rocambolesca cavilación, lo sentí pronunciar: -¡Bah! Se me hizo tarde. Tengo un compromiso marcado. Me tengo que ir, -avisó Hanaud, ya de pie y solicitando al mesero que llamara para el Amalgamated Taxi Services, a fin de solicitar que le enviasen un vehículo urgentemente. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Cuando se retiró, no pude dejar de oír la enfática voz de mi pupilo, que con entonación de sorna, me decía: -Yo no sé, patroncito, pero a mí me parece que su amigo el detective, o tenía un caso de amancebamiento con la ricachona que asesinaron, o mantuvo un profundo idilio con esa nigromante sospechosa… -¿De dónde sacaste tanta asnería, bagual de pocas monedas? –pronuncié agudo, cuando ya nos retirábamos de la cafetería. -Usted no me va decir, patrón, que no vio los ojos lagrimosos que el hombre ponía, cada vez que hablaba de esas dos damas. -Eso no tiene nada que ver, -acentué enfático-. Para mí, era pura añoranza al tener que recordar un caso que marcó tan profundamente su carrera. -¿Y la baba que se le acumuló en la comisura de los labios cuando su amigo nos detalló el momento de la persecución, la captura y las indagaciones que le hicieron a esa tal de Vaudry? -exteriorizó mi pupilo dejando entrever una risa burlona-. ¿Esa melancolía era de qué? agregó. -No lo voy a poner en tela de juicio, pues en materia de amor, todo es posible en esta vida, mi querido siervo… ¿Quién es capaz de dudar que, en el fondo, esas imbecilidades que tú expones no tengan mucho de verdad? Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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–pronuncié ponderativo, mientras continuaba, de manos en los bolsillos, el camino de vuelta para el hotel.

9 El lunes, cuando arribamos a la terminal de trenes, para nuestro espanto, aquello era un enjambre de gentes moviéndose para un lado y otro llevando a cuestas mochilas, valijas, paquetes, maletines y todo tipo de equipaje habido y por haber. -¡Half Drak!, -alerté-, abrí el ojo, tené cuidado para no perder de vista nuestros bultos, -informé a mi lacayo, con miedo de que surgiese algún aventurero intentando escamotear alguno de nuestros preciosos volúmenes. -La gente nunca sabe lo que puede ocurrir en lugares así, cavilé, pero no bien había acabado de pronunciar mi categórica sentencia, di de cara con nada menos que Matthew “Matt” Scudder, quien al aproximarse de mí, pronunció con una sonrisa satisfecha:

Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Qué bueno verlos aquí… Sabe, don Herculano, que yo todavía no me imagino viajando de punta a punta por toda Australia, atravesando su desierto lleno de impactantes paisajes sólo para guardarlos en nuestra mochila de recuerdos. ¿No es maravilloso? -¡Es verdad! –respondí educadamente, al mismo tiempo en que estrechábamos efusivamente nuestras manos para saludarnos-. Un poco de buenos recuerdos siempre caerá bien para levantar nuestros ánimos, ya que estos se encuentran un poco deshilachados –agregué con cara de circunstancias. -Lo que pasa, mi amigo, es que a todos nos toca tener que cargar con el pesado fardo de nuestras malditas reminiscencias. -Expresó él, sin mover un músculo de su rostro. -En todo caso, -manifesté en concordancia,- he de decirle que yo fui obligado a dejarlas en mi pueblo, porque si no, tendría que pagar exceso de equipaje –pronuncié con una punta de sarcasmo en mi voz. -Tiene razón, ¿para qué vamos a querer recordar ahora nuestras vicisitudes?, don Herculano. No se olvide que la vida es algo que a uno le sucede mientras se le antoja hacer otros planes, y a veces, ella es bastante rencorosa con los humanos, –expresó Matt de manera resignada, tal vez queriendo esconderme lo que yo ya Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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sabía, pero atiné que era mejor no continuar con el recate de tan mustios acontecimientos. -Pues yo le digo, mi estimado amigo, que no se tome la vida tan en serio… ella no es permanente. Por eso, quien tiene ganas de convertir este encantado viaje en realidad, nada mejor que hacerlo viajando con el The Ghan, este formidable tren que atraviesa el país de norte a sur desde Adelaida hasta Darwin, recorriendo nada menos que unos 3.000 km -manifesté con entusiasmo y alegría por encontrarme allí. -En ese caso, -acotó socráticamente mi amigo-, oí decir que esta es la ruta que en el año 1862 fue abierta por el explorador John McDouall Stuart, un loco ingeniero escocés que se animó a cabalgar aventureramente por estos tres mil kilómetros, deambulando por entre desiertos, oasis, montañas y pantanos. -Lo que usted dice es verdad, pues un amigo mío, Toribio, me comentó que ese tal de Stuart, en consecuencia de su odisea, fue abriendo camino a los buscadores de oro y a los estancieros criadores de ovejas que le venían pisando los talones. Pero inmediatamente después, parece que comenzaron a llegar los técnicos de la Overland Telegraph, la empresa de línea telegráfica que en 1872 conectó a Darwin con Adelaida, y a toda Australia con el mundo –expuse para no mostrarme tan ignorante Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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sobre esa apartada geografía localizada donde Judas perdió las botas. -Imagínese usted, don Herculano, que no hay como dudar que su hecho. En aquella época, fue una verdadera hazaña, ya que aquella línea tenía sólo nueve estaciones telegráficas. Claro que ellos eran algunos puestos solitarios que, con los años, se fueron convirtiendo en legendarios pueblos, como el de Alice Springs, que es una parada clave justo a mitad de camino. Sin embargo…, -añadió Matt, rascándose el mentón como si quisiese refrescar la memoria-, …hoy es una ciudad típica del interior profundo, el “Outback”, como a los australianos les gusta llamarla… Y si mal no lo recuerdo, Alice Springs ronda cerca de los treinta mil habitantes, y es llamada de la capital australiana del arte aborigen, e incluso hasta se ha convertido en un imán para los entusiastas del tracking entre las montañas cercanas, como las MacDonnell Ranges o el mágico monolito UluruAyers Rock. Su explicación me parecía más cargosa que mosca de verano, pero lo dejé ir hasta donde quisiese, y cuando la pausa me pareció perfecta, añadí: -Ese sí que ya no es un juego para nosotros, -manifesté con referencia al tipo de deporte ejercido por esos fanáticos caminadores de peñascos y cerros. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Mientras hablábamos de esas banalidades que cada vez más me parecían tan desubicadas como alpargata encima del piano, curioso y entrometido como siempre, al escuchar la palabra aventura, mi servil lacayo abandonó nuestros equipajes y entró en nuestra rueda preguntando, ojos desorbitados: -¿Y por qué le pusieron ese nombre tan estrambótico? ¿Es alguna referencia con el desierto que atraviesa? -¡No!, en realidad, -intervino Matt, viendo mi cara de enojo-, yo sólo estaba haciendo referencia al tren “The Ghan”, cuyo nombre es la abreviatura de “The Afghan”, y nos hace recordar aquellas caravanas de camellos conducidos por jinetes nativos de Afganistán, India o Persia que llevaban carga, noticias y pasajeros al interior entre los años 1865 y 1930. -También tengo entendido, -interrumpí para lograr exponer mi parco juicio sobre el tema-, que el nombre actual no es más que un recuerdo afectuoso que fuera otorgado para dar valor a la versión arqueológica de “The Ghan”, un tren de trocha angosta que empezó a construirse en 1878 en Adelaida, y luego se extendió 1.011 km hasta llegar a Odnadatta, al borde del desierto Simpson en el año 1891. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Es posible, pero no podemos olvidarnos que desde allí, los pasajeros y cargas tenían que seguir viaje sentando culo encima de camello por otros 600 kilómetros, hasta finalmente llegar a Alice Springs, manifestó mi amigo, enarcando las cejas como para realzar la dificultad con ese tipo de viaje y el dolor de nalgas que los efímeros sentirían. Mientras

Matt

iba

plasmando

su

puntual

comentario, observé que nuestros bártulos permanecían abandonados a la suerte, lo que me llevó, con acento de rabia, a pronunciar de manera determinante: -¡Snobiño! La verdad que vos sos más inútil que el propio ángel guardián de los Kennedy… ¿Qué quieres? ¿Qué nos dejen en pelotas? Pero justo al momento que Snobiño comenzaba a querer balbucear alguna disculpa, mi amigo me tomó por el brazo y acotó bajito con acentuación de broma: -Me disculpe, mi amigo, pero para mí, su ayudante es más boludo que perro chiquito, ¿no? -En todo caso, yo apuntaría con convencimiento, mi gran amigo Matt, que lo de él no pasa de una hemiplejía, ya que la misma puede ser grave según el lado que se la mire. ¿No concuerda conmigo? -Esas paráfrasis de su intelecto, mi querido Herculano, nada agregan a la historia de este tren. En todo Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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caso, para no dejar mi explicación incompleta, agregaría que el nuevo The Ghan sólo comenzó a funcionar en el año 2004, y a partir de esa fecha sus servicios de bordo son diferenciados en tres categorías. -Sí, por qué se lo voy a negar, si ya me enteré que está la clase Platinum, la que por una bagatela de 2.987 dólares australianos se puede usufruir de con un camarote en suite con cama doble y salón privado… ¡Un palacio para reyes! -Es verdad, pero no se puede descartar que para aquellos que no son majestad, existe el nivel Gold, que cuesta 1.973 dólares por un camarote más simple; aunque ambos servicios dan derecho a todas las comidas, ya que hay un lujoso coche comedor donde el viajante puede contar con una amplia selección de platos para degustar durante el viaje por el desierto de Australia y por esos mágicos pueblos detenidos en el tiempo. -Bueno, yo creo que por causa de nuestra reunión, por lo menos tendremos la comida garantizada, -pronuncié acompañado de una risotada. Matt me miró con cara de asombro, pues creo que no esperaba por mi reticencia sobre el asunto. Era obvio que la manducatoria estaba incluida. Entonces yo hice un ademán con la mano para que se olvidase del énfasis de mi ironía, y pregunté: Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¿Pero existen tres categorías de servicios, no es verdad?

Porque he de confesarle que

yo tengo

acomodaciones reservadas en otra clase… -¡Ah!, si, para aquellos viajeros más cortos de bolsillo, como nosotros, está la categoría Red Service, donde se dispone de pequeñas cabinas para dormir por tan sólo 1.312 dólares, o caso quiera economizar aún más sus pesitos, también están los asientos reclinables a 716 dólares. Asimismo, le diré que todos los vagones cuentan con aire acondicionado, -fue la vez de Matt expresarse detrás de una carcajada. Después de su detallada explicación, yo me quedé mirándolo con asombro, pero enseguida él agregó: -En suma, como la cosa no ha estado fácil últimamente, yo he reservado uno de esos sillones reclinatorios, que salen más baratos. Al escucharlo, abrí una sonrisa afable y manifesté sin reticencia: -Por lo menos, yo no estaré sólo con mi lacayo, pues nosotros también reservamos ese tipo de butacas. -De

cualquier

manera,

para

quien

está

acostumbrado a andar en los trenes de Nueva York, cualquier butaca de mala muerte ya es un lujo. ¿No le parece don Herculano? Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Usted apunta ese comentario, porque en realidad no conoce como es el ferrocarril de mi pueblo… ¡Ese sí que es una pocilga con ruedas! Andar en él, es una experiencia inolvidable y más peligroso que tomar helado de cianuro, Matt. No en tanto, como ya estaban indicando que deberíamos subir al tren, nos despedimos con un golpecito de mano en el hombro, mientras yo le hacía señas a mi pardo palafrenero de las valijas, para que las recogiese, y me acompañase a subir al vagón. -¿De dónde lo conoce, jefeamo? –preguntó Snobiño, mientras buscaba acomodar las valijas en nuestros parcos refugios. Sin responderle, tampoco pude dejar de recordar que Matt Scudder trabajó 15 años como policía en Nueva York. Pero en 1973, por una de esas fatalidades de la vida, durante un tiroteo en Washington Heighs, una bala suya rebotó y acabó matando a una niña de 7 años: Estrellita Rivera. Abalado por el accidente circunstancial, luego abandonó el cuerpo policial, su casa de Syosset, en Long Island, a su mujer Anita, y a sus dos hijos. -Yo lo conocí en 1976, -expresé finalmente con una mueca de fastidio-, cuando él estaba viviendo en un hotel en la 57 oeste, entre la 8ª y la 9ª, justo en el tiempo que comenzó a beber más de lo que debiera en su bar Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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habitual, el Armstrong's. En aquel entonces, él me confesó que prefería el Bourbon para olvidar, y el café para mantener a raya la fatiga. -¿Y fue por ese circunstancial motivo que él largó la fuerza policial? –indagó el curioso de mi lacayo. -En verdad, chupa más que ladrillo de segunda, pero él es una especie de detective privado sin licencia, que ahora se ocupa de los casos que le encargan sus conocidos. En todo caso, debería decirte que la constancia es su mayor virtud, pues siempre me repetía que “con perseverancia, si se hociquea bastante, hasta una cerda ciega es capaz de encontrar una bellota”. -¡Ah! Eso que usted dice, es lo mismo que uno querer señalar que con paciencia y con saliva, se puede comerle el culo a cualquier hormiga, jefeamo. -No seas insolente, mendrugo de un urubú sin plumas. -Bueno, en verdad, quien lo ve por primera vez, tiene la impresión de estar frente a un tipo de gran longanimidad y firmeza de ánimo, -manifestó Snobiño, acompañando las palabras con una careta de certidumbre como quien busca recomponerse de su descocado comentario anterior. -Yo te diría que Matt es un individuo que vive a recoger detalles, a observar impresiones, que patea la Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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ciudad... Bueno, algunos dirán que es un rompe quinotos, más pesado que sopa de tuercas, un fastidioso que va de casa en casa, de cabina en cabina telefónica gastando monedas de 10 centavos, hasta que al fin logra agotar todas las pistas disponibles. Del mismo modo, también ve como normal tener que entregar dinero a los policías a cambio de favores, en cuanto permite que ellos se apunten los laureles con sus casos resueltos. -Pero esa actitud, no es muy honorable que digamos… Al actuar así, este tipo muestra ser más ordinario que corpiño de arpillera. -Sí, él no es muy pudoroso que digamos, interrumpí-, pero por lo menos yo sé que Matt es un hombre honesto. Tanto es así, que siempre deja en el receptáculo de la primera iglesia que encuentra, un diezmo de lo que le pagan sus clientes, y hasta enciende algunas velas por el alma de aquellos de los que se siente responsable, ya sea de su vida o de su muerte. Igualmente envía dinero a su familia cuando puede y, de vez en cuando, se va con sus hijos a un partido de béisbol. Sé que él no está muy contento con la vida que lleva, pero ciertamente, es la suya. -Si usted lo dice, patrón, no lo dudo, pero yo me imagino que esas cosas deben ser excentricidades de gente de ciudad grande. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Que no te quepan dudas que es así, porque aquello es bien diferente de nuestra pacata Piedras Verdes. Para decirte más, recuerdo que una vez él me contó que cuando lograban cerrar algún antro sagrado de la ciudad, eso, para él, de alguna forma marcaba el final de una época. -¿Por qué? -En aquel entonces, un Matt ex-alcohólico más difícil que hacer gárgaras con talco, me recordó de tres casos en los que trabajó en 1975: el atraco de unos encapuchados en un bar clandestino, el asesinato de una mujer del que era sospechoso su marido, y la desaparición de unos libros de doble contabilidad, mientras él se la tenía que pasar recorriendo noche tras noche los lugares ya desaparecidos. Snobiño me quedó mirando, ojos absortos, boca entreabierta, como quien tiene la cabeza en las nubes o pensando que el asunto tenía más vueltas que pedo de caracol, o quizás estuviese retrocediendo a un tiempo y a un lugar que no conocía. Su postura ensimismada me llevó a decirle: -No te olvides que estábamos en una Nueva York diferente, allá por fines de la década del setenta, en una ciudad peligrosa donde vivían más de 8 millones de personas y cinco de ellas eran asesinadas a cada día. Por lo Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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tanto, te recuerdo que todo aquello era un inmenso escenario que recorríamos con Scudder desde Manhattan a Brooklyn, en vagones de metro llenos de grafiti; o de Harlem a Alphabet City en taxi, pasando por un sórdido Times Square aún sin la Disney Store… -¿Y conoció otras partes de la New York antigua, patrón? -También paseábamos por el Central Park y otros parques, mientras veíamos a los oficinistas que allí concurrían para armar sus porros de marihuana en cuanto los

vendedores

ambulantes

trapicheaban.

A

veces

entrabamos en las bibliotecas por la mañana y en bares que cerraban a las 4 de la madrugada, con sus máquinas de discos en las que siempre se escuchaba sonar a Frank Sinatra o Leslie Gore. Igualmente acudíamos juntos a reuniones de la A.A. o a iglesias y sinagogas, mientras que a lo lejos distinguíamos las torres del World Trace Center, antes que el animal de Bin Laden las mandara derribar en aquel estúpido ataque del once de septiembre. -Ustedes dos, sí que deben de haberlo pasado de lo lindo, comiendo en buenos restaurantes, o cantinas de renombre... -¡Estás loco, infeliz! -Pero si ustedes estaban en Nueva York, me imagino que… Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-No te imagines nada –corté en seco-, pensá que los fondos de que disponíamos eran muy parcos, por eso que para comer, nosotros íbamos a cualquier fonda donde sirviesen judías con salchichas, o un filete Salisbury -rusocon puré de patatas y judías verdes; otras veces comíamos sándwiches de pastrami caliente o de queso al grill, o hamburguesas y perritos calientes en cualquier carrito de esquina. ¡Ahhh! Pero si estábamos con algo de plata en el bolsillo, entonces comíamos arroz con cerdo frito y verduras en un restaurante chino-cubano, o judías negras con arroz en una cantina sudamericana. Eso sí, de postre, invariablemente comíamos una tarta de cereza, un pastel de nueces o una tarta de queso. -Pero… pero…, -tartamudeó mi escuro esbirro¿ustedes no tenían miedo de andar siempre solos por esos lugares tan extraños, patroncito? -Casi siempre sí, pero algunas veces nos acompañaba un escritor conocido, un gran amigo que Matt tenía. Si mal no recuerdo, se llamaba Lawrence Block, y había nacido en Búfalo, Nueva York, pero dicen que más tarde murió de una “Cuchillada en la oscuridad”. Cosa de novela, pienso yo. Pero en esa época, aquello constituía todo un mundo nuevo para mí. Además. El trazado geométrico de las calles tampoco dejaba lugar para el vagabundeo. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Sí, patrón, pero me imagino que de cualquier manera, siendo investigadores o lo que fuese, ustedes deberían andar por lugares inaccesibles. -Para ser sincero, deambulábamos uno junto al otro por las avenidas, yo intimidado por las gigantes torres de Babel, de lisas paredes cuyo diseño parecía cortado a cuchillo en el cristal y el plexiglás. Andaba con los ojos levantados, a riesgo de tropezar, intentando imaginar lo que sería poder estar en lo alto de uno de aquellos rascacielos, ya fuera el dueño de un imperio o un simple yuppy, de manera que me permitiese contemplar la ciudad con sus torres de aluminio, para observar los acompasados ascensos a las piedras de acero, los zigurats de escalones de cemento, cristal o asfalto, cuya imagen se ve reflejada, incesantemente de vuelta de la una a la otra. Imaginaba que desde arriba vería el centro atravesado por la pasión, la velocidad, profeta del porvenir, diosa de la ciudad; observaría a los humanos en movimiento, como animales, impelidos por el instinto de supervivencia y la locura carnívora; y también el dinero que, en aquella carrera frenética, no deja de provocar una tempestad mundial a partir de un pequeño interruptor electrónico. -Da para imaginarme. El jefeamo en la cima de la isla, y el hecho de poder tener a sus pies aquel mundo Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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hormigueante de rabia y desesperación, debería ser embriagador. -No, más bien pienso que no construyen aquellas torres para ver a Dios más de cerca; ni para rozar con la yema de los dedos su Santa Majestad. No lo hacen para arriba sino para poder ver mejor desde arriba hacia abajo; es decir para comprender Dios y, con una mirada, adoptar su punto de vista titánico, cosmético. Para ver, como Él, a los hombres pequeños y ridículos agitarse, amarillos, blancos y negros como si fuesen insectos que infestan cada casa de la ciudad, pobre o lujosa, limpia o sucia, superpoblada o vacía; los de caparazón claro reluciente, pequeños fugitivos de apresurados pasos, y los que jadean, apáticos, con su cuerpo viscoso. -No lo creo, patroncito. ¿O se habrá convertido usted en un ser miserable, tan patéticamente repugnante, hasta el punto de ser un monstruo de dos patas? -Cómo te dije, cuando a veces salíamos a caminar, dejábamos los barrios acomodados, de cegadores neones, para hundirnos en otros antros donde en parte alguna se encontraba silencio. Era el ruido de las sirenas de ambulancias, bomberos o de la policía, que nos perseguía dondequiera que fuésemos, como si a cada uno de nuestros pasos se produjera una nueva catástrofe. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¿Por qué barrio andaban? -preguntó Snobiño, atento a cada uno de los detalles que yo le describía con la máxima nitidez. -Te diré que casi siempre andábamos cerca del East Village, o en Alphabet City. Era como si me hallase en las puertas del infierno. Vagabundos harapientos, medio borrachos, medio dormidos, acurrucados en los peldaños de las escalinatas, y que parecían haber sido desenterrados pues su piel, gris y violácea, estaba recubierta de mugre y su hedor era fuerte. En los humosos e atestados bares rebosaban, hasta el adoquinado, una abigarrada fauna de extrañas criaturas, casi todas vestidas de plástico y vinilo, con crines erizadas de puntas multicolores. A veces nos cruzábamos con jóvenes de cabellos teñidos, rostro y cuerpo por completo tatuados o atravesados por anillos. Algunos, sentados en el suelo, agujereaban sus brazos ya magullados por decenas de pinchazos; otros vomitaban en las aceras, junto a la basura y los vagabundos; de vez en cuando un hombre gritaba blasfemias en mitad de la calzada, sin que nadie le prestara atención. Era común ver en el fondo de alguna calleja, unos individuos vestidos de cuero y cadenas, peleando con violencia junto a sus motos. -Por lo que usted me cuenta, jefeamo, aquello era la mansión de los demonios, el cubil de todos los pájaros Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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de mal agüero que las naciones abrevan con su vino de furor -concluyó mi escudero. -Mejor dicho, era la Babilonia, la dominadora de todos los reinos, que descubría sus trenzas, se levantaba el vestido y mostraba los muslos para que su desnudez fuese revelada. Bestias, pensaba yo al ver todo el escenario, viendo las extravagantes criaturas saliendo de los bares, bestias de diez cuernos y blasfemos tatuajes en la cabeza; algunos parecían leopardos, cuya piel se hubieran puesto; otros tenían en la cara rastros de sangre. A veces era común ver en la puerta de algún club nocturno, a un hombre de fantástico atavío, medio caballo, medio león, que devoraba fuego para llamar la atención de los viandantes. -¿Y a usted le gustaba andar caminando por esos barrios peligrosos, mismo siendo detectives? -No voy a negarlo, pues a veces me parecía tan peligroso, que yo le decía a Matt: Salgamos ya de este barrio, no sea que terminemos compartiendo los pecados y las plagas que a ellos les está destinado. Al terminar mi relato, por la fisonomía seria de mi lacayo, me pareció que él estaba más perdido que supositorio en la oreja.

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10 Tan ensimismado andaba con los emotivos momentos de mi relato, que ni cuenta me di que la locomotora anaranjada ya se había echado a camino por los rieles, cinchando sin aprieto el largo convoy de vagones plateados. Hasta ese instante, me encontraba perdido entre los viejos recuerdos y el reluciente requinte con que estaban decorados los coches. Algo asombroso para mis conocimientos y expectativas. Pero lo que me sacó de mis cavilaciones, fue una voz conocida que de pronto retumbó por el pasillo. Al sacar la cabeza para afuera de la cabina pretendiendo confirmar mi duda, di de cara con el sueco Kurt Wallander, un hombre de barriga prominente y voz dura. En referencia a tal persona, y por lo que me había enterado no hacía mucho tiempo, debo confesar que todo indicaba que Kurt debería estar atravesando tal vez, uno de los momentos más sombríos de su vida personal, pues sus relaciones familiares eran un verdadero desastre, y de lejos se notaba que resueltamente estaba ganando peso en Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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demasía, bebía mucho y dormía poco, lo que a su vez le daba un aire de errabundo y lo hacía maltratar el cuidado con su aspecto personal. A decir verdad, fuera éste mismo detective quién, cuando hubo que ponerse al frente de la investigación del asesinato de un apacible matrimonio de ancianos en una granja de Lenarp, llevó a cabo la gestión investigativa con excelente habilidad. Recuerdo que el caso había ganado cierta notoriedad en nuestro ambiente, más bien por causa del marido asesinado, el que primeramente había sido horriblemente torturado, en cuanto que la mujer moría estrangulada poco a poco, y apenas con el tiempo justo de pronunciar antes de morir, la palabra: “extranjero”. En aquella oportunidad, Kurt Wallander y sus colegas tuvieron que enfrentarse no sólo a un asesino muy especial, que mostró su estonteante sangre fría al alimentar a los caballos del establo después del crimen, sino que también a una comunidad irascible, totalmente presa de insospechados prejuicios raciales. Creo que Wallander sabía de sobra que, detrás de la pacífica apariencia de algunas personas, a veces se oculta un auténtico monstruo, en su sentido literal, de modo que él nunca se hizo ilusiones acerca de la sociedad en la que vivía. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¿Se acuerda de mí? –le dije cuando se aproximó por el pasillo, mientras fui abriendo un simpático y amplio sonriso en mi semblante. -¡A ver! ¡A ver!... ¡Pero si no es nada menos que don Herculano Sansón! –vociferó casi a mi oído, justo al momento que me estrechaba entre sus brazos colándome a su barriga, y como si yo fuese tomado por una tenaza. Después de cambiar nuestros saludos y comentar algo de nuestras vidas parados en la puerta de mi cabina, Kurt Wallander me preguntó si había visto a los otros compañeros. -¿Quién más vino? ¿Ya ha visto a alguno de nuestros compañeros de viaje? -No sabría decirle con exactitud, pero hace poco yo vi a Matthew Scudder, y el otro día al Inspector Hanaud, pero conjeturo que estarán todos, porque si no… -¡Claro, hombre!, -me interrumpió el sueco-. ¿Quién iba querer perderse esta jarana? -Anunció con toda pompa y circunstancia. -Bueno, -me disculpé-, es que a muchos sólo los conozco de nombre, así que no me vendría nada mal que usted me los presentase. -Bueno, ya le digo, al final del corredor está alojado Salvo Montalbano, y al subir al tren, me topé con el brasileño Ed Mort, con Sam Spade y Philip Marlowe. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Ellos también me indicaron que, en la clase Platinum, están nada menos que Sherlock Holmes y el Doctor Watson, y no podían faltar Hércules Poirot acompañado del Capitán Arthur Hastings, y aquel belga metido a francés de Auguste Dupin, –expresó largando una carcajada, al mismo tiempo que su barriga se sacudía como un flan, y el rostro se le ponía más colorado que bragueta de ladrillero. -No es para menos. No me sorprende para nada que ellos estén allí. No podemos olvidarnos que esos tipos son acaudalados y famosos, y bien que se pueden dar una vida de reyes. Me refiero a los copetudos, claro, – pronuncié convicto de mi suposición. -Es verdad, pero me cuente de usted, don Herculano. ¿En qué tipo de investigación anda metido, hombre? ¿Cuál es su curiosidad actual? –inquirió mi amigo, al mismo tiempo que se hacía a un lado para dejar pasar a otro viajero. -Para ser sincero, he de decirle que en mis pagos, últimamente, por causa de la recesión económica que se nos vino encima como si fuese una de las plagas de Egipto, no hay mucha demanda de mis servicios, pero para entretenerme, ando investigando sobre Arrio y la Controversia Trinitaria, -expuse con infalibilidad en mi voz. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¿Por

acaso

usted

está

metido

en

esas

“Controversias Doctrinales”? -Nada que ver, don Kurt, pero es que en mi pueblo me indispuse con el cura párroco porque surgió una discusión al respecto, y concluí que debería investir un poco de mi tiempo en esa polémica, ya que una de las características de la andadura de la iglesia en los primeros siglos, fue la aparición de doctrinas erráticas sobre diversos puntos teológicos, si bien que los errores más importantes tenían que ver sobre Dios y Cristo, la salvación y la iglesia, etc., etc. Y por ello, como usted ya lo sabrá, en la lucha para combatir el error y definir la verdad, los grandes dirigentes eclesiásticos de aquellos tiempos emplearon la mayor parte de sus energías físicas, mentales y espirituales para hostilizar, perseguir y rechazar a esos seguidores que ellos consideraban infieles… Herejías, diría yo. -¡Sí! Me parece un tema bastante interesante, manifestó el gordo Kurt con entonación importante-, aunque por lo que entiendo, Arrio, que fue un tan sólo discípulo de Luciano de Antioquía, fue quien se enfrentó a su obispo proclamando que Dios, el Padre, había creado de la nada al Logos, su Hijo; y aseveraba que hubo un tiempo en que el Hijo no existía, y que, por tanto, el Hijo solamente era una creación de Dios y no era Dios mismo. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Diríase que en su punto de vista, Arrio defendía que éste era divino, por lo tanto un dios, pero que esta divinidad no era

de

la

misma

magnitud

que

la

del

Padre;

consecuentemente, no se podía llamarlo de “Dios Verdadero”. -Por lo que he husmeado a través de las complicadas ranuras de la Historia, esa misma doctrina es la que se conoce como arrianismo, aunque también he descubierto que ya existía mucho antes de Arrio; por ejemplo, en las obras de Pablo de Samosata… ¡Ah!, y en Tertuliano también se encuentra la creencia análoga a la de Arrio, quien afirmaba que el Hijo de Dios no existía antes de ser engendrado; e igualmente le digo que en Justino Mártir,

se encuentran

sentencias

subordinacioncitas

similares a las de Arrio, al igual que en Orígenes. Como ve,

mi

amigo,

es

todo

un

tema…

-conclamé

autocráticamente. Snobiño,

que

hasta

ese

momento

había

permanecido arreglando y deponiendo las ropas en nuestro compartimiento, se aproximó hasta mí, y sin saber de lo que yo hablaba con mi amigo, expresó: -¿Cómo será que harán los médicos chinos para diagnosticar la ictericia? Al escuchar la pregunta, ni corto ni perezoso, Kurt le respondió: -De la misma manera que todos los Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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doctores hacen cuando se presenta un cuadro de palidez en los enfermos africanos… -No le haga caso. Éste infeliz de mi paje ya nació fallado, –manifesté con un deje de irritación, al mismo tiempo que largaba una mirada deprimente para mi pupilo. -¡Si usted lo dice, así será! Aunque a mí me parece ser un tipo más al pedo que timbre de cripta, – convino mi amigo, antes de retomar nuestra discusión anterior. -Por consiguiente, no podemos olvidarnos que la defensa del arrianismo –pronunció a seguir-, fue asumida por diversos líderes eclesiásticos, como Eusebio de Nicomedia, quien llegó a ser confesor del emperador Constantino I, el Grande. -Sin embargo, también sabemos que el arrianismo fue condenado como herejía por el Concilio de Nicea en el año 325. Y en este sínodo de obispos fue que se reafirmó la doctrina de la consustancialidad, o sea: la homoousios, la misma sustancia del Padre y del Hijo; por lo que, al asumir tal postura en aquella asamblea, Arrio y sus seguidores fueron exiliados y excomulgados, -articulé con ojos ensanchados y ceño fruncido. -Tiene razón, Herculano, si bien se sabe que otros concilios posteriores restauraron el arrianismo como doctrina legítima de la Iglesia. No obstante, la condena Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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definitiva le haya llegado en el Primer Concilio de Constantinopla en 381. -Esa reprobación era lo que deseaba la iglesia, corregí al momento que levanté mi dedo indicador-, pero posteriormente el arrianismo pervivió entre los godos y otros pueblos germánicos. En aquel entonces, Arrio era un predicador popular y se decía que sus sermones eran cantados y repetidos por la gente del pueblo. -Concuerdo con usted, -afirmó Kurt con un movimiento afirmativo de cabeza-, y no se olvide que su obra principal fue Talía, hoy desaparecida, al igual que el resto de sus libros, los que fueron quemados y proscritos, aunque fragmentos de sus textos han perdurado en las obras de sus detractores y, gracias a ellos, su pensamiento se ha podido reconstruir hasta cierto punto… -Por eso yo le digo, mi caro amigo, que cuanto más investigo…, -continué disertando bajo la mirada atenta de Kurt, y la ojeada absorta de mi lacayo-, …yo noto que el asunto se pone más interesante. Porque de remate, me he quedado con la pulga atrás de la oreja, ya que no podemos desconsiderar que Arrio murió en extrañas circunstancias, posiblemente envenenado en el año 336, y justamente en la víspera del día en que iba a ser readmitido en la comunión de la Iglesia… ¿No es intrigante, mi amigo? Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Yo conozco algunos fragmentos de su obra Talía, esencialmente de las citas hechas por su principal adversario, Atanasio de Alejandría –apuntó mi amigo, y ahora era él, quien estaba de ceño fruncido, como si el tema le envolviese el espíritu. -¿No me diga? ¿Se recuerda de alguna en especial? -Le diría que esas lindezas aborrecibles y llenas de impiedad que resuenan en la Talía, de Arrio, son de este tipo: “Dios no fue Padre desde siempre, sino que hubo un tiempo en que Dios estaba solo y todavía no era Padre; más adelante llegó a ser Padre. El Hijo no existía desde siempre, pues todas las cosas han sido hechas de la nada, y todo ha sido creado y hecho, ya que el mismo Verbo de Dios ha sido hecho de la nada y había un tiempo en que no existía. No existía antes de que fuera hecho, y él mismo tuvo comienzo en su creación”. -Bueno, en realidad, eso sucedió porqué, según Arrio, sólo existía Dios, y no existían todavía ni el Verbo ni la Sabiduría –expuse sin reticencia-. Luego, cuando el Divino quiso crearnos a nosotros, los mortales, hizo entonces a alguien a quien llamó Verbo, Sabiduría e Hijo, a fin de crearnos a nosotros por medio de él. Y le digo más, Arrio dice que existen dos sabidurías: una la cualidad propia de Dios, y la otra el Hijo, que fue hecha por aquella Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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sabiduría, y que sólo en cuanto que participa de ella se llama Sabiduría y Verbo. -¡Pero, hombre!, usted ha avanzado mucho en esas Controversias Doctrinales –apuntó mi amigo, con una mirada perdida, distante, como si estuviese meditando en tales afirmaciones. -Tal vez, sí, pero me atrevo a decirle más, don Wallander, si es que usted dispone de tiempo para disecar este asunto entre nosotros... -Dele, hombre, que el asunto me encanta, -afirmó el gordo, a la vez que depositaba su enorme brazo derecho sobre mi hombro izquierdo. -Lo que pasa, es que según él, la Sabiduría existía por la sabiduría, por voluntad del Dios sabio. Y asimismo, se afirma que en Dios se da otro Logos fuera del Hijo, y que por participar de él, el Hijo se llama él mismo Verbo e Hijo por gracia. No obstante, igualmente he descubierto que es opción particular de esta herejía, manifestada en otros de sus escritos, que existen muchas virtudes, de las cuales una es por naturaleza propia de Dios y eterna; pero Cristo no es la verdadera virtud de Dios, sino que él es también una de las llamadas virtudes, entre las que se cuentan la langosta y la oruga, aunque no es una simple virtud, sino que se la llama grande. Pero hay otras muchas Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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semejantes al Hijo, y fue David quien se refirió a ellas en el salmo llamándole “Señor de las virtudes”. -¿En cuál salmo dijo, patroncito? –intervino Snobiño, mientras se puso a abrir la biblia que había encontrado en el cajón de la repisa, para certificarse de mi explanación. -No lo dije, pero es el Salmo 23, 10 –certifiqué con infalibilidad, al mismo tiempo que continué mi perorata sobre el tema, exponiendo: -El mismo Verbo es por naturaleza, como todas las cosas, mudable, y por su propia voluntad permanece bueno mientras quiere; pero cuando quiere, puede mudar su elección. Lo mismo que nosotros, pues es de naturaleza mudable que los hombres sean versátiles en su comportamiento. ¿No concuerda conmigo? -¡Mmmm! En todo caso, -respondió Kurt exhibiendo un ligero mohín y un leve meneo de cabeza-, yo agregaría que toda su retórica y explicación, mi querido Herculano, no deja de ser una filosofía poética. -Precisamente por eso, según Arrio, previendo Dios que iba a permanecer en el bien, le dio de antemano aquella gloria que luego había de conseguir siendo hombre por su virtud. De esta suerte Dios hizo al Verbo en un momento dado tal como correspondía a sus obras, que Dios había previsto de antemano. Asimismo se atrevió a Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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decir que el Verbo no es Dios verdadero, pues aunque se le llame Dios, no lo es en sentido propio, sino por participación, como todos los demás... –hice una pausa, y al ver la profunda atención que mi amigo me prestaba, proseguí-. Todas las cosas son extrañas y desemejantes a Dios por naturaleza, y así también el Verbo es extraño y desemejante en todo con respecto a la esencia y a las propiedades del Padre, pues pertenece a las cosas engendradas, siendo una de ellas... -¿De dónde fue que usted sacó tanta teología estética y verbática, don Herculano? -Comprenda, y no quiero que se me enoje por lo que he estado diciendo, mi amigo, pues en todo caso, aunque le parezcan apostasías y sacrilegios de mi parte, yo sólo estoy repitiendo lo que dijo Atanasio, en sus Orationes contra Arrianos, y que constan en el I,5-6. En ese momento, como si fuese salvo por el gong del cuadrilátero de pugilismo, Kurt levantó su brazo y, abanando la mano regordeta con frenesí, llamó a un sujeto que acabara de aparecer en la puerta de la última cabina de nuestro vagón. -¡Óptimo! Buen momento para tomarme los vientos. Me voy a tomar una aspirina, porque con tanta confusión de verbo, sabiduría, hijo que no era hijo y todo lo demás, ustedes me han dejado mareado –pronunció Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Snobiño, ojos desorbitados, que más parecían dos gotas de leche derramado sobre el asfalto retinto.

11 -¡Los presento! Este aquí, es Salvo Montalbano, dijo Kurt Wallander, justo al momento que se aproximaba hasta nosotros quien había llamado con su efusivo ademán de mano. En verdad, el individuo se veía llegar con cara de pocos amigos al apreciarse obligado a responder el llamamiento afectivo que había sido realizado por el gordo detective sueco. No en tanto, después de las debidas introducciones, como estábamos obstruyendo el apretado corredor del vagón, concluimos que era mejor arrimarnos al

coche

restaurante

para

extender

allí

nuestra

conversación de forma un poco más cómoda que en el pasillo, y mientras aprovechábamos para humedecer la garganta con algún brebaje. -Debo decirle -apuntó Kurt con rostro satisfecho, una vez que nos arrimamos a la barra-, que mi amigo Salvo nació en Catania, y por eso todos lo llaman “el Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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tano”, y a su vez trabaja como comisario de policía en Vigàta, un pequeño pueblo de Sicilia. -¡Ah! ¿Vivé en la isla?... Pensé que fuese en el continente –pronuncié, de cierta forma más por cortesía, que por falta de otra cosa que expresar. -A decir verdad, yo vivo en Marinella, en una casa que está ubicada al lado del mar –aclaró el italiano, haciendo el esclarecimiento acompañado de una mueca de agrado, y diría que ésta era casi de orgullo por el lugar donde habitaba. -Nada mal, -comenté con una afirmación de cabeza-. Eso me deja entrever que además de usted ser un tipo sabido y de pasarla bien en aquella región maravillosa,

también

debe

pasar

mucho

tiempo

pescando… -balbuceé, al tiempo que fui interrumpido. -En realidad, nosotros nos conocimos cuando él tenía 45 años y trabajamos juntos en el rumoroso caso de “Las alas de la esfinge”, -indicó Kurt, extendiendo una sonrisa afable en sus rechonchos cachetes-. Pero si no me engaño, mi amigo ya ha cumplido 56, y aunque usted no me crea, me dice que ya se siente viejo. -¡Bueno! No es para tanto, porque si en realidad fuese tan viejo así como usted lo insinúa y él lo piensa, yo creo que su acta de nacimiento debería estar escrita en Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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números romanos, -acoté, también con una sonrisa de consecución. No había caso, por más que me hubiese esforzado en decir alguna picardía para quebrar el hielo inicial, hasta ese momento, el rostro de Salvo se había mantenido ceñido, insensible, con la mirada perdida vaya a saber dónde. Pero de pronto, al escuchar mi burlesca sentencia, su fisonomía se modificó y la risa estalló entre nosotros. A seguir, Kurt pronunció sonoramente: -Debo aclararle, don Herculano, que éste hombre tiene un carácter endiablado y un retorcido sentido del humor, -comentó el gordo detective, al mismo tiempo que apoyaba su mano enorme en el hombro de su amigo Salvo y, mirándole en los ojos, le guiñó y dijo: -Por eso que Livia, su eterna compañera, vive en Génova y, aparte de la distancia que los separa, también los aleja el arduo trabajo de Montalbano y sus diferentes modos de ver la vida. -¡Kurt!, –protestó el italiano-, tu sabes que no es bien así… -Medio que rezongó el tano, sin poner mucha convicción en el acento de su voz. -¡Sí!, tienes razón Salvo. Creo que también se debe a que tienes una amistad especial con Ingrid Sjostrom, aquella sueca, liberal, magnífica conductora, y que se ha convertido en tu confidente y la cómplice de tus Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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andanzas –agregó el gordo, volviendo a hacer un guiño y dándole una palmada de leve en el hombro de su amigo. -¡Está bien!, pero contale aquí a mi amigo Herculano… -apuntó Kurt, aun risueño-, …cuál es el apodo que te pusieron en tu pueblo. -Bueno, sé que el mote no es muy placentero que digamos, pero resulta que allá por 2004 aparecieron por mi pueblo unos alienados, y me digieran que yo tengo “La pazienza del ragno”. -¿La qué? –pregunté repentinamente, plasmado que me sentí al escuchar tan extraña aserción. -¡La paciencia de la araña! Eso fue lo que él te quiso decir… ¿Avete capito? –increpó Kurt ante mi admiración. –Lo que pasa, -añadió sin darme tiempo a nada-, es que Montalbano aborda muy a su manera el trabajo policial, y eso le causa constantes enfrentamientos con sus jefes. -Te aclaro que no es con todos… -interrumpió el tano-, digamos que con Bonetti-Alderighi y el jefe de gabinete, Lattes, a quien todos llaman de “leche y mieles”, por causa de sus modales empalagosos… -¿Sólo con ellos? –preguntó Kurt, frunciendo las cejas, en señal de dudas. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Bueno,

diría

que

también

con

el

fiscal

Tommaseo, aquel obseso sexual –concluyó Salvo, dilucidando de vez la cuestión de sus desafectos. -En todo caso, debo esclarecer que eso también se debe a que él lleva mucho en cuenta a tus compañeros de trabajo, ya que estos son muy importantes en el cumplimiento exitoso de sus compromisos. Tengo entendido que es así… ¿O me equivoco? –investigó Kurt, levantando la sobreceja izquierda, como si quisiese dar más rimbombancia a su argumentación. -¡Que vá! Si todos ellos no son más que una manga de reacios y antagónicos, –argumentó Salvo, con un ademán de mano que significaba desapego. –Y bueno, allí tengo para elegir, -continuó como si quisiese corregirse-, porque entre ellos está el malhumorado del forense Pasquano, el propio Fazio con todos sus datos inútiles, y Gallo, Galluzzo y sobre todo, Mimí Augello, que mismo siendo mi amigo personal, es con quien más encontronazos tengo. Al escuchar sus comentarios, yo me quedé en el molde, quietito, más seco que pañal de muñeca y sin hablar ni mover un músculo de mi fase, pues entendía que este hombre debería tener un genio de los diablos y, por lo tanto, hallé que sería mejor no agregar más comentarios sarcásticos al tema. Pero sin querer, me quedé perdido en Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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abstracciones, hasta que algo después, que bien podrían haber sido segundos o minutos, escuché que Kurt le decía: -En todo caso, tomando por base lo que me has contado, sé que tú lo entiendes como si fuese una traición personal el matrimonio de este casanova –acotó Kurt, sin que Montalbano le devolviese la contestación, al optar por ignorar el comentario. -En ese caso, hay que tomar como ejemplo a Catarella, -manifestó Salvo, haciendo un movimiento de vacilación

con

la

cabeza-,

que

es

“en

persona

personalmente”, uno de los personajes más entrañables con los que debo convivir, ya que sus continuas confusiones al hablar, es lo que crea algunos de los momentos más cómicos y divertidos en nuestras investigaciones –comunicó el italiano, echándose a reír, tal vez por recordar algunas de las majaderías realizadas por ese tal de Catarella. -Don Herculano, a bien de la verdad, yo le confieso que he pasado momentos formidables en el pueblo de mi amigo, principalmente en lo tocante a la culinaria –declaró el gordo Kurt con rostro satisfecho-. Pues a través de los platos que le prepara Adelina, su fiel asistenta, y por sus visitas primero a la hostería San Calogero y luego a la Trattoria de Enzo, logré descubrir la sencilla y deliciosa cocina de Sicilia. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¿No me diga? ¿Tienen algunas recetas exóticas para contar? –pregunté, al sentirme atraído por el culinario comentario del gordo detective, y ya imaginando a mi amigo, sentado, comiendo kilos y kilos de pasta en la trattoria. -Si no son comidas extrañas, -se interpuso Montalbano-, por lo menos yo las llamaría de originales, pues hay desde arancini, que no son más que croquetas sicilianas, la pappanozza, y el delicioso caponatina, que es un plato preparado con berenjenas y apio frito con aceitunas, alcaparras y tomate, pasta con ajo y aceite, salmonetes fritos, pulpitos… -¡Ayyy! -exclamó-. Pare de silabear esas cosas, que se me hace agua a la boca sólo de escucharlo – balbuceó

el

gordo

Kurt,

refregándose

la

barriga

prominente, a la vez que pasaba la lengua por sus labios, como si quisiese secarse un hilo de baba que se le escapaba por entre los dientes. -Viéndolo comportarse así, y por la profundidad de su manifestación, no hay dudas de que a nuestro amigo Wallander le encanta la buena mesa y adora un caritativo plato de comida junto con un buen vino –expresé, tal vez con un poco de rencor, por enterarme de los placeres a que ellos se habían entregado otrora. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-No me lleve a mal la pregunta, Montalbano, pero sé que en “La vampa d'agosto”, y “Il ladro di merendine”, usted tuvo algunos extraños desabores con la prensa… ¿Es verdad? –preguntó un Kurt ya repuesto de su breve dispepsia mental y abriendo bien los ojos, al aprovechar la nueva interrogante para salirse por la tangente del tema anterior. -¡Por favor! Podrían explicármelo en otra lengua, porque de italiano, la verdad, yo… ¡no capito niente! – solicité, acompañado la frase con cara de circunstancia. -Es

que

el

amigo

Wallander

acabó

de

preguntarme por los sucesos que me acaecieron durante la investigación de los casos: “Ardores de agosto”, y “El ladrón de meriendas”, -aclaró Salvo, apoyando su mano en mi antebrazo y dirigiéndome la mirada-. Es que son dos casos policiacos en que me envolví no hace mucho, y los cuales terminaron por causarme una áspera fricción con la prensa. -¡Sí! Yo diría que, más específicamente, fue con los tipos de las emisoras de tevé –corrigió Kurt. -Es que en mi pueblo sólo hay dos emisoras de televisión, que son la TeleVigàta y la ReteLibera, en la cual trabaja mi amigo Nicolò Zito. Sin embargo, ambas insisten en reflejar dos modos diferentes de ver la vida, remendó el tano, frunciendo el entrecejo. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Eso siempre ocurre en muchos lugares pequeños, y pienso que todo es por causa de la rivalidad local…, pero más bien, creo que ellos lo hacen adrede para poder dividirse

entre

a

los

telespectadores,

-opiné

ensimismado, ya que no sabía lo que decir. -Bueno, en este caso en particular, la primera emisora que mencioné siempre incita en querer abordar las cuestiones con un tufo de presunción amarilla y sensacionalista; en cuanto que la segunda, ya está más comprometida y dispuesta a colaborar conmigo para resolver los casos que acontecen en aquella región. Pero mientras nos regocijábamos escuchando sus anécdotas, de repente, el italiano le preguntó a Kurt: -¿Por qué no aprovechás y nos contás algún caso tuyo, como de esos prototipos escabrosos en los que siempre andás metido? Kurt frunció de leve el ceño y se puso serio, pero luego comenzó a disertar con voz pausada: -En realidad, he tenido y tengo muchos casos fragosos, intrincados, pero el que a mí más me impactó hasta ahora, fue “La leona blanca”. -¿La qué…? ¿Fuera de los existentes en el zoológico, hay más leones en Suecia? –preguntó Montalbano de sopetón, al sentirse sorprendido por lo insólito de la frase. Ni que hablar de mí, claro. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¡No, hombre! ¡Qué falto de ideas andás! Eso corresponde al apodo que le pusimos a un caso que ocurrió en una tarde de la primavera de 1992 –protestó el sueco, que por el tono de sus palabras, se mostraba perturbado por el comentario. -Entonces, la historia no tiene nada que ver con esos fieros y valientes mamíferos africanos, -articulé yo, por agregar alguna cosa y a su vez agradar al gordo. -¡No! Ese mote nosotros se lo pusimos para tratar sigilosamente del caso de la joven agente inmobiliaria Louise Åkerblom, que fue brutalmente asesinada en una solitaria y apartada granja de Escania… Aquello sí que fue un caso difícil para la policía, pues, a primera vista, no había un móvil claro y todo parecía indicar que aquello ocurrió porque la muchacha debería haber visto algo que no debía ver. -Entonces, es de imaginarse que una vez más, lo llamaron a usted –comentó el italiano, levantando la ceja izquierda, como para economizar gesto. -¡Exactamente, mi amigo! Bien lo dices tú, una vez más tuve que dejar de lado mis problemas personales… -comenzó a pronunciar el gordo, cuando Salvo lo interrumpió con voz sarcástica diciendo: -O sea, que te refieres a la soledad, a la incomunicación con tu hija adolescente, o del agrio Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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carácter de tu anciano padre, problemas que tú tuviste que dejar de lado para tratar de encajar las piezas del tremendo puzle que tenías delante de ti. -¿Fue tan complicado así? –pregunté yo, al buscarle la lengua al detective, y ya sintiéndome con aceituna en pan dulce, de tan desubicado que andaba en la historia. -Viéndolo así tan simplemente, no lo parece, pero paralelamente al asesinato, he de decirles que en la lejana Sudáfrica, una organización de extrema derecha estaba decidida a dinamitar el proceso de antiapartheid, y por tanto planeaba asesinar a algún dirigente político y sumir al país en el caos político y social. -¡Ah! Entonces usted me quiere decir que la cosa se le puso negra de repente –indicó Salvo, acompañando su frase con una disonante carcajada, al querer relacionar el asunto con el país africano. Al escuchar la acotación, la cara del gordo sueco se crispó en un leve tremor de irritación, pero manteniendo la flema, lo miró de arriba abajo, y sin pestañear, agregó: -En

verdad,

lo

que

sucedió,

es

que

la

organización extremista no tenía como llevar a cabo el plan, y para ello contrataron los servicios de un asesino a sueldo, el que, ayudado por un antiguo miembro del KGB, empezó la preparación del atentado en Suecia, muy cerca Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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de la ciudad de Ystad… Bueno, pero de esa parte en delante y como todo acabó, creo que ustedes ya la recuerdan

–acrecentó,

con

la

voz

embargada,

probablemente por rememorar algún hecho que no quiso contar, pero que marcó profundamente su vida. -Sin embargo…, -expresó Salvo, como si sus palabras buscasen remover a su amigo de un trance en el cual su mente recapitulaba silenciosamente. -A mí siempre me pareció que el caso más sensacionalista y extravagante en que a ti te tocó participar, había sido aquel que ocurrió “Antes de que hiele” –dedujo el italiano, rascándose la cabeza en señal de duda. -Bueno… sí… -se disculpó el gordo meneando la cabeza con expresión de pesar-. Ese también fue bastante interesante, principalmente desde el punto de vista familiar, ya que ese fue el comienzo de un nuevo y trepidante caso que tuvimos que enfrentar juntos, mi hija Linda y yo. Pero a decir verdad, eso saca a relucir otro recuerdo de aquel momento, ya que en el curso de la investigación, ella terminó por conocer al agente Stefan Lindman, quien le causara muy buena impresión, y quien más tarde terminó siendo el protagonista de aquel otro caso rumoroso: “El retorno del profesor de baile”. -¿Y cómo fue que sucedió esa historia en el hielo? –solicité cortésmente. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-En realidad, hay una cierta ligación con lo ocurrido en 1978, allá en la localidad de Jonestown, en la Guyana, pues ustedes se recordarán que allí murieron todos los seguidores de una secta que era liderada por un hombre esquizofrénico llamado Jim Jones. -Aquello más parecía un suicidio colectivo; y me recuerdo que enseguida la noticia no tardó en dar la vuelta al mundo en las primeras planas de todos los periódicos. Afirmó el tano. -¿Pero el caso al que usted se refiere no ocurrió en Suecia? –corregí yo, mientras levantaba solamente la ceja izquierda queriendo imitar a Salvo. -¡Sí! Es que en el año 2001, cuando ese terrible suceso ocurrido en la Guayana ya había caído en el olvido, mi hija Linda regresaba a Ystad para, en unos días más, iniciar su trabajo en la policía… -entonces el gordo hizo una pequeña pausa como si buscase en su mente algún dato que le faltaba, y agregó: -¡Bueno! –exteriorizó Kurt pensativo. -Debo confesar que también fue el tiempo en que empezaron nuestras desavenencias personales, ya que Linda se integró nuevamente en la vida cotidiana de Ystad, y no demoró en reanudar sus viejas amistades con dos jóvenes, Anna y Zebran, los cuales a mí no me caían bien. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¡Imagino! –acoté. -Sé cómo es esa cosa de juventud transversa. A los padres no nos gusta mucho que nuestros hijos se relacionen con ese tipo de amigos de gustos extraños, ¿no es así? -En realidad, creo que eso era lo que me preocupaba de ella, aunque ya fuese lo bastante crecidita para que yo anduviese insistiendo con discordancias de esto y aquello. Pero con relación al caso que estaba narrándoles –manifestó Kurt-, lo que sucedió, es que de pronto,

Anna,

la

amiga

de

Linda,

desapareció

misteriosamente. -¿Abandonó a los amigos? -preguntó el tano. -No sé decirles si esa fue si intención, pero poco después, en los bosques de los alrededores de Ystad, Linda, junto conmigo, hicimos un descubrimiento aterrador, macabro: encontramos una cabeza de mujer, degollada, y dos manos unidas, seccionadas; del resto del cuerpo no hubo el menor rastro. Y aunque ustedes no me crean, Anna aún sigue sin aparecer. Salvo y yo lo miramos perplejos, pero cuando estábamos en lo mejor de la narración del tenebroso misterio, vimos que hasta nuestra rueda, se aproximaba nada menos que el cubano-chileno de Cayetano Brulé.

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12 El

hombre

llegó

con

una

sonrisa

que,

literalmente, se extendía de oreja a oreja. Luego después de los acostumbrados abrazos, de aquellos leves golpecitos en la espalda y los educados aprietos de manos, nos dijo sin aspaviento alguno: -¡Ya vuelvo, gente! Necesito urgentemente encontrar un baño para desaguar mis penas… Ya vuelvo, no se vayan que tengo algo para contarles. Al verlo perderse en el fondo del vagón, comenté con Kurt que, por su fisonomía y acento, el hombre pasaba la impresión de ser un europeo nato. -Su impresión tiene algo de verdad, porque he de decirle que la familia de Cayetano, por su lado paterno, los Brulé, provienen de un pueblo costero llamado Grandville, ubicado en el departamento de Aube, en Francia. Pero como todos ellos eran de origen campesino, más tarde emigraron a América y se dividieron en dos ramas, la primera llegó a la isla de Chiloé, en Chile, allá por fines del siglo XIX, mientras que la rama directa de Cayetano Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Brulé vivió en el siglo XVIII en Haití, isla de la cual tuvieron que huir durante la revolución de Toussaint Louverture, estableciéndose así en Santiago de Cuba. -¿Pero mire usted? Yo tenía entendido que don Cayetano era europeo. Diría más bien que por su acento castellanizado, era un español nato, madrileño tal vez. – ilustré con cara impertérrita. -Por lo que sé…, -intervino Salvo, mano en la pera como si él fuese el verdadero bronce de “El Pensador” de Auguste Rodin-, …Cayetano Brulé nació en la ciudad de Luyanó, en La Habana, cerca del año 1950 cuando todos vivían en la casa de sus abuelos paternos, pero más tarde emigró con sus padres a la Florida en 1956. Creo que eso ocurrió tres o seis años antes de que Fidel Castro llegara al poder. Pero para fines del año de 1993, ya ninguno de sus parientes directos vivía en Cuba. Todos habían emigrado para Miami, Ciudad de México o Madrid. -¿Tuvieron que huir por las dificultades laborales, o por causa de la persecución del régimen castrista? –quise saber. -Nada que ver, don Herculano. Su padre, Gastón Brulé, era un reconocido trompetista que trabajaba entonces en una de las numerosas orquestas cubanas de mambo, por eso se marchó con su familia a probar suerte Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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en Nueva York… -estaba contando Salvo, cuando Kurt lo interrumpe para decir: -En un principio, debo resaltar que Gastón tuvo problemas en Nueva York debido a que su contrato para integrarse a la farándula no fue reconocido por un agente de espectáculos, y entonces se tuvo que conformar en tocar los fines de semana en una orquesta de dudosa calidad en el Bronx. Pero en 1959, cuando Cayetano tenía alrededor de 12 años de edad, y debido al frío, el alto valor de los alquileres y la competencia desleal que practicaban los grupos musicales mediocres que eran amparados por gánsteres de la “Big Apple”, se vieron obligados a mudarse a Key West, donde Gastón luego tuvo que trabajar como torcedor de tabaco en la empresa HidalggGato, cerca del puerto. Pero poco tiempo después, debido al triunfo de la revolución cubana, al vivir en Miami, Cayetano pudo ser testigo directo del arribo de miles de compatriotas que huían de aquellos locos barbudos. -Entonces, quiere decir que el hombre estudió y trabajó siempre en los Estados Unidos, -acoté para ver si él confirmaba mi incertidumbre. -Es verdad, y tanto es así, que él realizó el servicio militar americano en las fuerzas que por aquellos años estaban acantonadas en Alemania, en las cercanías del aeropuerto de Fráncfort… -aclaró el gordo detective. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Sí, pero ya en 1971, -intervino Salvo al aprovechar una pausa del otro interlocutor-, Cayetano vivía en los Cayos de la Florida, y fue entonces cuando conoció a Ángela Undurraga, una chilena burguesa revolucionaria que estudiaba en Miami, la cual una tarde de primavera lo introdujo, aun no sabiendo decirle bien por medio de qué artificios de la dialéctica materialista, en una nave de Panamá con destino a Chile. -¡Mire usted! Entonces fue así que Burlé llegó a Chile… ¿Y desde entonces trabaja solo? –pregunté, curioso que me sentía por toda esa intriga. -Por lo que sé, -comentó el gordo Kurt-, hoy en día, como arrimo anímico, él tiene solamente una perrita llamada Esperanza. Aunque esta sea una perra callejera, blanca, sin raza definida, que él habría recogido de la calle años después de que su esposa lo abandonara. En todo caso, también mantiene a su lado a un asistente llamado Bernardo Suzuki, hijo de un marinero japonés que habría atracado por unas horas en Valparaíso, y de una chilena que se murió de pulmonía. -¡Ahh! Entonces, usted pretende decirme que el marinero se bajó del barco para cambiar el aceite, y éste dejó una semilla nipona en tierras chilenas… -comenté con una poco de ironía al hacer referencia sobre la manera del nacimiento del asistente. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-La verdad verdadera, es que Cayetano Brulé puede ser considerado por todos como un proletario de la investigación, a modo como lo sostienen los paisanos allá en Italia, –intervino Montalbano-. Pero como ha nacido en el Caribe, siente una gran nostalgia por aquel lugar, aunque más tarde haya encontrado una nueva patria en la bucólica Valparaíso. -No obstante, yo diría que más bien, es un porteño de tomo y lomo, pero con aires cosmopolitas. – agregó Kurt, junto a su peculiar carcajada. Hasta ese momento, debo registrar que los repetitivos movimientos que realizaba con mi cabeza, más parecía que yo estaba prestando atención a un torneo de tenis en Roland Garros, pues tanto iban los iterativos meneos de derecha a izquierda y viceversa, una hora escuchando lo que decía Salvo, otra lo que contaba Montalbano, que ya me dolía el pescuezo de tanto ejercicio desnaturalizado. -Cayetano vive en una ciudad como no hay otra en el mundo, –exteriorizó el gordo detective, sacándome de vez de mis atléticas cavilaciones-. Y a él, allá lo quieren mucho, por eso que algunos piensan que efectivamente el hombre vive en el Paseo Gervasoni y llega gente al Reloj Turri a ver sus oficinas. Hace poco, él nos contaba que en el JJ Cruz, o el Valparaíso Eterno, el Café Riquet, el Bar Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Cinzano, el Café del Poeta, el Pasta y Vino o en el Café Turri, aparece gente que preguntan constantemente por su mesa o pidiendo alguno de sus platos favoritos. -Y en Viña del Mar, -añadió Salvo-, en el Uno Norte hay hasta un restaurante que ofrece “Champiñones a la Cayetano Brulé”. -No hay caso, creo que tenemos que reconocer que es fantástica la forma en que Cayetano se ha ido fusionando con la ciudad. Es una gran alegría que lo consideren tanto, y esperemos para ver qué pasa cuando un día lleguen los turistas chinos con un Cayetano bajo el brazo, buscando sus famosas picadas… -manifestó el gordo Kurt. No sé cuánto tiempo estos dos se la pasaron contando sobre la vida de Brulé, pero de pronto callaron sus voces al ver que el hombre retornaba al grupo, ya con una soberbia sonrisa de alivio estampada en los cachetes. -Yo les voy a contar una anécdota. –fueron sus primeras palabras, así que el hombre logró apoyar sus manos en los antebrazos de sus amigos, como si con ese gesto quisiese atraparles la atención. -A ver, dele… -mandamos los tres a una sola voz. -Resulta que mi cliente estaba en su buhardilla a oscuras y, de pronto, el individuo vio un punto rojizo y pulsante en una de las esquinas. Un espejo frente a él, Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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reflejaba la cara desencajada del individuo. Todo era silencio en la vieja casa en que vivió con su abuelo y que es ahora un estudio de acceso prohibido hasta para su propia mujer. Llevaba cuatro días sin comer, y creo que tal como manda el credo secreto, integrado a las sombras, navegando por ellas repitiendo una letanía, viajando a lo más profundo de su propio abismo en busca de algo que la mayoría de los hombres desconocen y que sólo podrán contemplar cuando ya no haya posibilidades de regreso… -¿Es en serio, o nos querés tomar el pelo? Interrumpió el tano, con la cara fruncida como quien acaba de chuparse un limón. -Escuchen, es una historia interesante… ¿quieren que les cuente, o no? –se defendió Cayetano, expresándose con palabras recias, serias. -Sí… Sí…, siempre es bueno escuchar de ti una historia nueva, -incentivó el gordo, curioso para saber de qué trataba la narrativa recién comenzada. -Está bien, -concordó el chileno-. Ahora me escuchen con atención, porque no lo voy a repetir dos veces... En aquel cuarto, de la única ventana en forma de ojo de buey colgaba una manta gruesa, la cual impedía saber si en el lado de afuera era día o si ya había caído la negrura de la noche. Así permaneció hora tras hora, acompañado tan solamente por la palangana de agua, los Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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libros de arcanas sabidurías y algo parecido a un hierro candente en forma de herradura alumbrando un poco más allá. Él está desnudo. Su piel blanca es recorrida por goterones de sudor que serpentean hasta el suelo de madera. El ambiente es asfixiante y en momentos imprevistos, sin cálculo ni medida posible, todo se pone a girar, a girar como las agujas del inmenso reloj imparable que mide el tiempo y la vida. La cara del espejo se mueve, viene y va, cambia su expresión, se deforma como la de un monstruo. Ya se presentaba otra vez el torbellino que da vueltas en un vértigo que nunca de detiene, en una pendiente pronunciada, cuesta interminable, lengua que desciende y sobre la que él se precipita, se cae, se desploma como un saco de papas largado en la caja de un camión, chocando, explotando contra una barrera densa que duele y después nota la respiración contraída, el tapón en los oídos. Cuando el mozo se acercó para servirle un agua mineral, el detective hizo una pequeña pausa como quien busca tomar aliento para proseguir su relato, y luego reanudó el cuento bajo la mirada atenta y silenciosa de nosotros tres. -Es ahí cuando el tipo empieza a rodar por el suelo, -prosiguió diciendo-, el pelo desmadejado, hasta darse contra la pared, tan fuerte, que rebota en un golpe Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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seco para volver de nuevo. Una y otra vez su mente cae en picado, notando que el estómago le sube hasta el pecho, que no puede respirar porque entra tanto aire que la nariz y los pulmones ya se han bloqueado. Todo es rojo, oscuro, infinito. Y de pronto la calma. Ha pasado la barrera del dolor, ha perdido los sentidos y el sujeto se siente doblarse muy lentamente, se ve a sí mismo ascendiendo como una pluma balanceante e ingrávida, blanquecina y fibrosa, nadando en mitad de un abismo sin estrellas. Los brazos se hunden en el aire, desaparecen, regresan como si nadase en el éter… ¿Un hombre? ¿Un animal? –pronunció Cayetano con la voz alterada, que me cogió de sorpresa. Brulé hizo una nueva pausa en su relato y nos miró atentamente por algunas décimas de segundo, quien sabe buscando descubrir alguna perplejidad dibujada en nuestras silenciosas fisonomías. -¿Me lo preguntás a mí, o a alguno de nosotros? Inquirió el gordo poniendo cara de susto como si fuese un niño que ha sido sorprendido en alguna travesura. Brulé lo negó con la cabeza mientras sorbía un buche de agua, y luego retomó el cuento justo donde había hecho la pausa. -Es entonces cuando surge la cara… ¿Un hombre? ¿Un animal? –pronunció casi gritando-. Es hombre y animal a un mismo tiempo. Un monstruo que Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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avanza, que va a su encuentro. Es una araña con cara de anciana que sonríe y va escalando para alcanzarle metiendo sus patas ponzoñosas en el éter, muy rápido, portando su cuerpo abultado por una cruz amarillenta. Él se mira y ya no nota sus pies, ni sus manos. Han desaparecido y, en vez de extremidades, ahora es todo una bola hedionda y brillante. En un esfuerzo supremo, empuja los hombros, pero sus manos no salen de ese aire que ahora pesa como el barro denso de la ciénaga. El arácnido letal de ocho ojos hace un ruido parecido al zumbar de los panales. De la boca del animal-hombre le surgen dos puñales afilados, gruesos, relucientes, como colmillos de metal sobre una boca abierta en la que, muy al fondo, como asomándose del estómago, se ven caras. Caras de niños atormentados que se funden unas con otras, que lo llaman, que le reclaman desde lo más hondo de aquellas entrañas infectas. Lucha por salir de la trampa gelatinosa, suda, respira hondo, vuelve la asfixia, se mira el abdomen y entonces comprende que se ha convertido en una mosca, en una pútrida mosca caída en la tela y que va ser engullida de inmediato. Un golpe fuerte en la sien y el frío en la cabeza hacen que repentinamente todo se disuelva, que la escena se contraiga y se desarticule como paño que se dobla, que la sabandija venenosa se pierda a lo lejos, catapultada hacia alguna dimensión incomprensible y Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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lejana. Quiere volver en sí agarrándose al cordón umbilical plateado que surge de su ombligo, tirando de él como si fuera el nexo con otro mundo. Otra vez, al cogerlo con las manos, nota la sangre acelerada corriendo por su interior, siente el golpe en el esternón, el estallido que se tiene cuando, ascendiendo de las profundidades, ya casi sin aire en los pulmones, se alcanza as fin la superficie. Ahora las manos se tocan el cráneo tanteando la herida. Apenas tiene fuerza para levantarse. Al abrir los ojos comprueba que todo sigue igual: el hierro emitiendo su calor junto a una pequeña luz brillante y acristalada, la ventana tapada, el vapor asfixiante. Las yemas de sus dedos recorren el cuero cabelludo calculando la longitud de la abertura. Se arrastra con mucho esfuerzo hasta la gran tabla que reposa sobre el caballete… -¿Pero qué es eso? ¿Un cuento de Boris Karloff? –exteriorizó el tano, medio reluctante con lo que acababa de escuchar. -¡No! –Anunció Kurt a boca jarro-. Se parece más a una de las tantas tramas espeluznantes escritas por Alfred Hitchcock. -Más bien, yo diría que la narración tiene alguna ligación, o un tipo de reseña de la película “La momia”, de Karl Freund, -manifesté medio en la duda, porque la Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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verdad, no entendí patavinas de lo que Cayetano había contado. -Bueno, para simplificar, -exteriorizó Cayetano-, el hombre quería que yo investigase de que se trataba, pero como todo no pasaba de un sueño alucinado, le recomendé que el doctor que él debería buscar, era otro, más bien un terapeuta especialista en esos casos… -¿Ah, un exorcista? Me imagino. –Señaló el italiano. -¡No, no! Yo lo mandé que fuese a ver a un psiquiatra… Su caso era de remate. En esa discusión estábamos todos, cuando ahora era yo quien se excusaba y se despedía de mis amigos, pues necesitaba encontrar urgentemente un lavabo para aliviar los líquidos de mi vejiga. Al salir caminando por el vagón, pensé con mis botones: este tipo está totalmente fuera de sus casillas… El que necesita de un psiquiatra, es él.

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13 Cuando finalmente logré salir del baño, no antes de lograr aliviar mis acuosas necesidades fisiológicas que todo ser humano tiene el menester trabajo de realizar varias veces al día, pero nunca efectuadas en el hamacar amilanado de un tren, di de cara con Snobiño, parado en la puerta del retrete tal cual la estatua de un “paje en traje de corte”, mismo que eso me haya pareció un pensamiento pleonástico, pues a nadie se le ocurre haber visto a un paje que no llevara traje de corte, ya que para eso son los pajes, vestidos de paje, por la hechura de la ropa, muchas veces modelo italiano renacentista o algo por el estilo. -Quien quiere hablar con usted, patroncito, es el inspector Gadget, -pronunció mi lacayo con cara de paje-, y hasta me dejó una nota para que se la entregara. Dice que lo espera en nuestra cabina dentro de dos horas. Nada más que para charlar un poco, –explicó con cara de sabelotodo. -Bueno, dale… -respondí aliviado, mucho más por mi oportuno desagüe que por la noticia que él me Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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traía-. Vamos de una vez para nuestra casucha, así me prepáras ligerito unos mates, que todavía tenemos tiempo, -completé tomándolo por el brazo e indicándole el camino a seguir. Mientras aguardaba a que mi fiel escudero me preparase el amargo, me senté en la butaca y rebusqué en mi memoria por recuerdos que me trajesen viejas memorias del inspector Gadget, hombre sin lugar a dudas de innúmeras habilidades torpes y despistadas, pese a que éstas eran unas premiosas cualidades que en nada perjudicaban su desempeño detectivesco. Además, yo no podía olvidarme de que Gadget era un tipo de cyborg, ya que siempre andaba equipado con varios “gadgets”, que nada más son que unos tipos de artilugios que siempre llevaba colocados por todo su cuerpo. Tampoco era de extrañarme que su principal enemigo, el Dr. Gang, fuera el líder de la malvada organización MAD, quien siempre andaba en busca de algún supervillano para que entrase al servicio de su ignominiosa organización con la finalidad de cometer algún tipo de crimen basado en sus habilidades especiales. Pero normalmente, estos eran arrestados al final de cada incidente y nunca más volvían a aparecer. Perdido en esas reminiscencias, escuché la voz de mi lacayo, preguntando: Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¿Quién es ese tal de inspector Gadget? -¿Este tipo? –pronuncié automáticamente al virar mi rostro para encararlo-. En apariencia, -proseguí-, es un empleado de policía de Metro City, o de la ciudad de Metrópolis o Metroville, no me recuerdo bien cuál es el nombre correcto, aunque del mismo modo, podría ser donde el rayo lo parta… El nombre no influye en nada. -Entonces, debe ser un pituco muy conocido – determinó Snobiño al momento que me estiraba el brazo para alcanzarme la calabaza del mate recién empezado. -¡Sí!... –confirmé antes de dar un sorbo en la bombilla, para luego continuar diciéndole-: El “último caso del Inspector Gadget” tienen lugar en esa ciudad, así como la mayoría de los incidentes en que se ve envuelto. Sin embargo, sus misiones a veces le llevan hasta algún lugar exótico, generalmente sin dar ninguna explicación de cómo un crimen cometido en la otra punta de la Tierra, puede tener interés para la policía de Metro City… Pero eso debe ser por causa de la influencia de sus políticos amigos, pienso yo. -O debe ser por causa de que él es muy eficiente, por eso… -balbuceó mi pupilo color azabache, agrandando los ojos desmesuradamente en una careta de extrañeza. -Que nada, te confieso que es un tipo medio sin tino, -aclaré al tiempo que le devolvía el mate vacío para Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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que me lo llenara-. Pues fíjate que en un típico suceso de falta de juicio que yo me recuerdo, Gadget, Penny y Brain, sus parejas, estaban realizando alguna actividad familiar en las dependencias de la agencia, cuando fueron interrumpidos por el comisario Gotier mediante una llamada al “Gadgetoteléfono”. Casi siempre al comisario le gustaba aparecer más tarde, ataviado con algún disfraz extraño, como botellón de butano, arrojadora de cartas gitanas, o incluso en una gárgola de casa que pertenece a Gadget. Recuerdo que aquel día, el comisario Gotier le entrega a Gadget una nota que pronto se autodestruirá. Mientras lee la carta, los ojos de Gadget se mueven de un lado a otro en cuanto se oye de fondo el sonido de una máquina de escribir. Pero en la última línea del mensaje, está escrito: “Este mensaje se autodestruirá”, como ello si fuese una parodia de aquellos mensajes que eran recibidos por la gente de la serie de televisión “Misión Imposible”. -Sí, me acuerdo que siempre se quema todo… -Bueno, está bien, no me importa de qué es lo que vos te acordás, mi paje ámbar-oscuro, lo que te contaba, es que Gadget, al terminar de leer el mensaje dijo su frase recurrente: “No se preocupe jefe, siempre cumplo con mi deber”,

y después arrugó el papel

y lo arrojó

inintencionadamente por detrás del comisario Gotier, alejándose del sitio en total ignorancia del hecho. A la Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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sazón, el mensaje estalla pocos segundos después, bien en la cara del comisario, el cual, de puños apretujados y mandíbulas cerradas, entre dientes se pregunta algo así como: -¿Por qué lo soporto?… ¿Por qué? -Que inconsciente… ¿El tipo siempre fue así? -No siempre. En el caso “Health Spa”, Gadget no tuvo ninguna misión a cumplir, pero sin embargo, éste le cerró la puerta en las narices del comisario Gotier después de responderle: “Al fin una orden que no me va a estallar en las narices”. -Que anormal, -dijo Snobiño al devolverme el mate cebado, y preguntando curioso: -¿Usted no tiene alguna leyenda para contar, sobre el trabajo que el tipo hace? -Que yo sepa, su principal lucha, siempre fue contra el doctor Garra, quien continuamente está visualizando de alguna manera los acontecimientos desde el ordenador que tiene en su escritorio, o de su coche, e invariablemente implanta, estructura y desarrolla sus maléficos planos que generalmente cuentan siempre con un nuevo supervillano. Esos planes, casi siempre, incluyen eliminar al propio Gadget y robar algo valioso. Sin embargo,

debo

confesarte que

por

causa

de

su

característica desatinada y peculiar, Gadget siempre Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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comienza su misión ajeno a lo que sucede a su alrededor, y casi siempre confundiendo a los agentes enemigos con aliados provechosos y viceversa. Curioso y porfiado como gallina con lombriz, mi pupilo quiso saber si el inspector no se metía en confusiones mayores por causa de su enredada inhabilidad para actuar en las investigaciones, pregunta que realizó cuando me entregaba otro mate para saborear. -Tanto es así, -le respondí-, que una vez Penny envió a Brain para asegurarse de que Gadget no sufriría daños durante una investigación. Pero resulta que Brain, que siempre hace uso de varios trajes aunque nunca se explica cómo los consigue, interactúa con Gadget en el transcurso del episodio, pero resulta, al igual que siempre, que el inspector no lo reconoce. Y eso ocurrió, porque generalmente Gadget suele engañarse al considerar a un Brain

disfrazado,

como

si

él

fuese

el

principal

sospechoso… Pero acortando el asunto, cuando su auxiliar interviene para salvar a Gadget de los agentes de la MAD, Brain sufre los daños junto con los propios agentes, en lugar de Gadget. -Cualquier día de estos lo van a descalabrar, o hasta capaz de matarlo… -pronunció mi ayudante, escondido detrás de una mueca de sobresalto. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Sin embargo, te diré que Gadget, en general, sufre pocos daños en las acciones y, cuando estos se producen, son por su propia culpa. Incluso, cuando Gadget cae en las trampas que le son tendidas por los agentes de MAD, siempre logra escapar gracias al efectivo uso de sus artilugios llamados de “gadgets”. -Pienso que sus compañeros deben estar siempre aprensivos con el desatino y la torpeza de éste individuo… -comentó mi oscuro feudatario, parado que ni estatua de prócer en medio de la plaza mayor. -Creo que ellos ya están acostumbrados, y además, es Penny, su pareja, quien investiga la mayoría de los crímenes, y por lo general es la única en resolverlos gracias al auxilio de su Libro Ordenador. Con él, ella puede burlar los controles de cualquier cosa electrónica. También a veces puede controlar los vehículos de los agentes de MAD y obligarles a estrellarse. Otras veces también utiliza el libro para sobrecargar las máquinas del Dr. Garra y hacerlas explotar. En algunas otras, el Inspector Gadget resuelve los casos inintencionadamente sin darse cuenta. Otras veces Penny es capturada por los enemigos, y es Brain quien tiene que ir a rescatarla. En ciertas ocasiones, Penny puede escaparse por su propia cuenta, si los agentes de MAD no hacen bien su trabajo, o son distraídos por algo. Otras veces, escapa con la ayuda Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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del Libro Computadora. Pero poco después de resolver algún caso, Penny llama comisario Gotier para que éste se haga presente en la escena del crimen, aunque el inspector Gadget es quien invariablemente recibe el reconocimiento por el éxito de la misión y todo el mundo cree que ha resuelto el caso por su cuenta. Al final, es el mismo comisario Gotier quien le felicita. Y nunca nadie sospecha que, en realidad, Brain y Penny hicieron todo el trabajo. Normalmente, ellos aparecen sin que Gadget sepa cómo han llegado hasta allí, pero siempre se alegra de verlos. -A mí me da la impresión que ellos son medios chambones, porque ese tal de doctor Garra siempre se sale con la suya… ¿o estoy equivocado, patroncito? -Ni tanto así, porque después de las investidas que practica, se puede ver al Dr. Garra escaparse en algún tipo de coche, avión o submarino avanzado y diciendo en tono de amenaza su frase recurrente: “¡Lo conseguiré la próxima vez, Gadget!... ¡¡La próxima vez!!” -En realidad, patroncito, yo he visto a cada figura en éste tren, que ya no sé qué pensar -manifestó mi lacayo al momento que me extendía otro mate. -Tenes razón, urubú sin plumas, aquí vas a encontrar de todo. Pero sobre éste tipo en particular, a pesar de realizar sus trabajos utilizándose de fórmulas simples, Gadget ya fue comparado con “El Superagente Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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86”, aunque ambos tienen muy poco en común, ya que inclusive existe la alternancia de los escenarios locales y exóticos, el carisma de los personajes principales y los guiones sólidos que hacen parte de la serie de trabajos que este inspector ha realizado en su vida. -¿Y ese, va a venir a la reunión? Digo, el agente 86, jefeamo. -No, parece que nunca lo aceptaron en la Liga porque… -cuando estaba explicando a mi lacayo el motivo de Maxwell Smart no ser acepto, reparé con el golpe común de los nudillos de los dedos tocando a mi puerta. -¡Anda, pasmado!, abrí de una vez que debe ser el inspector Gadget -ordené de inmediato. Dicho y hecho, pronto apareció la estampa del inspector bajo el dintel de la puerta de mi cabina. Tenía una fisonomía circunspecta, seria, reservada, como las de aquellos entes que se sienten afligidos por los pesares de la vida. -¡Hola! ¿Qué lo trae por aquí, mi viejo amigo? ¿Cómo la anda pasando, inspector Gadget? -fui diciendo con un sonriso leve en los labios y la mano extendida para estrecharla de vez contra la suya. -¡Bien, bien! La verdad que yo estaba a fin de tomar unos tés de esos que usted toma, y también soltar un Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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poco de prosa por la ventana para ver si así mejora mi misticismo intuitivo. -¡Ops! -murmuré-. Ya le expliqué otras veces que esto no es té, es una infusión preparada que se le llama mate, una bebida estimulante al igual que el té, pero que no es una bebida. Nadie toma mate porque tenga sed. Es más bien una costumbre, como el rascarse. Y aunque no lo crea, mi amigo, el mate es exactamente lo contrario que la televisión: te hace conversar si estás con alguien, y te hace pensar cuando estás solo. -¡Si, si!, es que mi cabeza últimamente no me ayuda. Disculpe, don Herculano. -No hay problema. Acomódese donde le caiga mejor y arrímese para charlar un poco, que mi lacayo nos cebará unos buenos amargos. -Sonreí con sinceridad, mientras le hacía señas a Snobiño para que se acercara. -Ché, a ver si nos ensillas un buen amargo para que nosotros podamos prociar largo y tendido, que el hombre aquí tiene el alma acongojada. -Ordené al momento que comentaba con el visitante-: No se me asuste, compañero. Este pupilo mío, es más desorientado que perro en cancha de bochas. -¿De dónde lo sacó? -me preguntó a quemarropa. Pero mi lacayo no me dio tiempo a responder, porque dio media vuelta y se plantó en seco frente a Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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nosotros, haciendo pucheros con la cara y recitando a buena voz: -Pido permiso señores, pues yo mismo hablo por mí... y mi voz entre sus sones dirá, dirá por qué soy así. Porque cuando pibe me acunaban entre zapatillazos la canción materna pa' llamar el sueño mientras escuchaba el ladrido de los perros bajo el emparrado de mi patio viejo, porque vi el desfile de las inclemencias con mis pobres ojos llorosos y abiertos, y en la triste pieza de mis buenos viejos cantó la pobreza su canción de invierno. Por eso yo me hice entre rezongos, y me fui modelando en barro, en miseria, en las amarguras que da la pobreza, en llantos de madre, en la rebeldía del que es fuerte y tiene que cruzar los brazos cuando el hambre viene. Por eso yo crecí entre protestas y reproches, porque la queja no es cosa de macho, porque el macho es fuerte, porque tiene olor a vida y tiene gusto... a muerte. Porque quise mucho, y porque me engañaron, y me pasé la vida masticando sueños, porque soy un árbol que nunca dio frutos, porque soy un perro que no tiene dueño, porque tengo odios que nunca los digo, y porque cuando quiero, porque cuando quiero me desangro en besos, porque quise mucho y no me han querido, por eso canto tan triste... ¡por eso! -¡Aijuna! -exclamé casi de pera contra el piso. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¡Paren! -retrucó el inspector, ojos desorbitados-. Ese verso me parece que ya lo he escuchado… Para ser más preciso, se parece con la letra de un tango. -No le haga caso, mi amigo. A mi asistente le falta un tornillo. -Advertí. -Pero sus estrofas más me parecen ser una copia de la composición de Celedonio Esteban Flores y que se hizo famosa cuando la cantó Julio Sosa. -Ya le dije, don Gadget, no le haga caso, que éste pedazo de animal bípede tiene más humos que incendio en gomería. -Si usted lo dice, para qué seguir discutiendo. -Bueno. Pero en fin, dígame, ¿que lo trae por aquí? -Le diré que ando un poco preocupado por las circunstancias surgidas en el episodio “Tryranosaurus Gadget”, pues la MAD ha descubierto cómo es que el profesor Von Slickestein instala los gadgets en mí. -¡Que macana, hermano! ¿Y ahora que va a hacer? ¿Hay alguna alternativa? -Cómo, ¿qué voy hacer? ¡Nada! No hay mucho que hacer… la salida que resta es aguardar por los acontecimientos. Pues normalmente frente a lo inusitado, es el tiempo el que nos permite que el cerebro, el organismo, la voluntad, termine por absorber el contexto Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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de la situación. Pero en este caso, lo único que uno no tiene es tiempo. -Yo creo que siempre hay una esperanza, quien sabe, este caso todavía no se pueda revertir… ¿O usted no lo ve así? -Le confieso que en un primer momento el miedo empieza a tomar cuenta de uno, te pones trémulo, angustiado, sobresaltado, porque te pones a pensar que nada más te podría suceder, y es cuando comienzan a azolarte las preguntas sin respuesta: ¿Y ahora que me sucederá? ¿Cómo quedará esto o aquello? ¿Qué hago con eso y con lo otro? -Sí, le comprendo. Es una situación difícil, manifesté con un leve meneo de cabeza. -Claro, porque uno nota que atrás de ese miedo aparece un sentimiento absurdo que gana tu mente, tu cuerpo. Y eso se llama arrepentimiento. Porque todo lo que te sucedió, ¡sucedió!, y nada podrá destramar ese acontecimiento…

Es

el

momento

en

que

el

arrepentimiento aspira al absurdo de hacerte pensar que lo que ya sucedió, en realidad, nunca ocurrió. -¡Mmmm! Confuso, pero interesante -murmuré medio entre dientes para no cortar la intrínseca inspiración filosófica de mi amigo. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Como le dije, don Herculano, en ese momento de clausura mental que pasa a dominar la reflexión, me dediqué a la reconstrucción de todo mi pasado. Pasé días y noches pensando, intentando recordar mis actos, anotando, deduciendo, esforzándome para comprenderlos. El ocio a que me condenó la noticia se transformó en un trabajo mental extenuante en que hubo momentos en que llegué a perder una semana para poder reconstituir un único día de mi vida, y hubo otros en que la exasperación a la que me condujo, me hizo entupirme de tranquilizantes para no enloquecer. Creo que en ese periodo yo rejuvenecí y envejecí mil veces mi espíritu. -Pero todo eso sucede por causa de nuestra incapacidad de poder lidiar con lo irreversible, porque primero no logramos pensar en nada antes de querer hacer alguna cosa, y una vez que lo hicimos, uno se da cuenta que nada más lo ira deshacer. -acoté de forma resignada. -Sí, hasta que uno llega al punto de comprender que no es más posible volver en el tiempo, retroceder y caminar sobre los mismos pasos que dimos, corregir nuestros

erros,

rehacerlos de otra manera,

poder

aprovechar la experiencia acumulada con los desaciertos para restaurar los errores. Pero no es apenas el tiempo el que no retrocede, porque uno asimila y comprende que delante de cada hecho nuevo que se cruza en tu camino, Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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estamos nuevamente vírgenes ante esa situación. Es como si no hubieses vivido antes, como si todo fuese la primera vez, como si no tuvieses ni pasado, ni historia… El hombre hizo una pausa porque Snobiño le acercaba la calabaza humeante con el mate recién ensillado… Yo buscaba a donde miércoles el hombre quería llegar con su filosofal dialéctica, pero Gadret dio un par de sorbos y continuó: -Fueron escasas las veces en mi vida en que recibí una noticia tan dramática, pero al final de cuentas, eso no es nada, si en conclusión lo puedes comparar con los tormentos que afligen la propia conciencia. Jueza implacable a la cual nadie engaña y de la que nadie se escapa, pues una vez condenado por ella, no tenes más paz en tu vida. Por ese motivo, se vuelve una obsesión intentar comprender como sucedió tu vida, analizar tu alma, tu espíritu, tu discernimiento, tus melindres, para ver si alivias el dolor de tus propios flagelos, hasta que por último uno asume el papel del albañil, que toma sus herramientas y comienza a destruir el muro de protección que poco a poco lograste erguir dentro de ti, y a derribar las barreras mentales que construiste para protegerte de las consternaciones del mundo que te rodea. -Yo no puedo sentir tanta culpa por lo que viví. No soy tan orgulloso así. -Fui pronunciando mientras mi Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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amigo terminaba de sorber el mate-. Si no hay méritos cuando no se tiene la posibilidad de escoger el camino, entonces tampoco puede haber culpas. Viví lo que viví, no existe eso que llamamos destino, eso que siempre decimos que tenemos la libertad de escoger. Tú crees que si pudiese escoger lo que me tocó vivir, ¿yo prefería escoger ese camino? Entonces si no tuve la oportunidad de elegirle… ¿Qué responsabilidad tengo yo? Gadget terminó el mate y después de devolverlo para mi tiznado escudero, suspiró hondo y largó el verbo diciendo: -Finalmente, don Herculano, yo llegué a la conclusión de que nunca fui el verdadero protagonista de mi vida. Parece que mis rumbos no fueron trazados por mí. Yo sólo fui atraído por las decisiones de unos y por los deseos de otros, me incluí en la vida de terceros, fui tragado por los sueños de algunos, embarqué en viajes ajenos, y al fin, llegué a donde llegué. -Pero hombre, no quiera ser su propio juez. -acoté al momento que comenzaba a chupar por la bombilla de mi calabaza. -Sé que mi conciencia es más dura que la ley, don Herculano. Ahora me doy cuenta que no puedo ser peor de lo que soy, y entonces resolví ir abriendo los ojos de mi alma, poco a poco, para poder mirar de frente mi propia Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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imagen. Pero cuando me descubrí, allí estaba yo frente al espejo. El monstro estaba ahí, tenía cara, y percibí que esa cara era como el rostro de cualquier hombre. Cuando finalmente conseguí llegar hasta ese punto, entonces surgió la resignación…, y uno la mira ojo en los ojos, y entonces decide seguir frente, no porque cuentes con algún exceso de coraje…, es por la vergüenza de tener que retroceder, y al final, cuando llega el momento que menos esperas en la vida, gracias a Dios, percibís que te hayas preparado y lúcido para enfrentarlo con altivez. Entonces creces, y creces cuando descubrís que espiritualmente conseguís plantarte para no retroceder, creces cuando te definís como águila para no dejar de volar, creces cuando te clavás como un ancla en el inmenso mar, y te iluminás como una estrella en el vasto firmamento, y continuás a crecer cuando enfrentás al invierno aunque sepas que perderás las hojas, y recoges flores aunque estas tengan espinas, y seguís el camino, mismo sabiendo que se ha de levantar polvo detrás de tus pasos. -En realidad, mi amigo, debo agregar que uno crece cuando es fuerte por carácter, sostenido por formación, sensible por temperamento, y humano por nacimiento, y siendo así, luego aprecia que es capaz de continuar creciendo cuando se siente competente para afianzarse con los residuos de sus ilusiones, capaz de Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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perfumarse con los restos de flores marchitas, y de encenderse con los escombros de un amor… -Al final, creo que sólo Dios puede ser considerado el responsable por todo lo que nos sucede. Yo no soy tan omnipotente. A mí, me cabe sólo la resignación. -dijo finalmente el desvariado de mi amigo, quien se levantó de vez, me agradeció por los mates que le servimos, y dando una disculpa cualquiera, se retiró tan ligero que como cuando llegó. -Para mí, jefeamo, este tipo me resultó más pesado que tomar sopa de mercurio…

14 Pocos minutos después que el inspector Gadget se retiró, una epístola fue colocada por debajo de la puerta de mi aposento. Era una advertencia por escrito que fuera emitida por el Consejo de Ética de la Liga, y en la cual se señalaba para guardar total silencio sobre las pautas que serían abordadas en las reuniones de nuestra cofradía detectivesca. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Por tal motivo, teniendo que atenerme a los escrupulosos, implacables e inflexibles estatutos y preceptos que rigen nuestra Liga, siempre custodiados bajo el atento quinqué del consiente abogado Perry Mason, me será imposible comentarles sobre cualquier cuestión y propósitos que hayan ocurrió oficialmente durante nuestras reuniones, bajo pena de yo ser expurgado sin defensa previa de esa honorable coalición. Pero como creo que manteniendo el foco en las diferentes efemérides que nos sobrevinieron durante el viaje, al continuar a relatarlas, no me faltará tema para prolongar mis narraciones. Por lo tanto, les digo que al encontrarme en un disoluto estado mental auspiciado por esas especulaciones de cuño amonestativo-legal, se me pasó el tiempo y noté que ya estaba casi en la hora de la cena, la cual sería servida en un vagón comedor totalmente reservado para nosotros. -¡Apurate, infeliz! Planchame rápido la camisa blanca y desarrugame el traje -ordené perentoriamente al bobalicón de mi lacayo-. Y no te olvides de vestirte decentemente y ponerte corbata, sino tendrás que comer en la cocina -le advertí a Snobiño, para que éste guardase la mínima etiqueta requerida para la solemnidad. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Claro que por no tener a mano la disponibilidad de un esmoquin, levita o fraque como recomendaba el protocolo para esta ocasión, y mismo que esos atavíos a mí me pareciesen ser más ordinarios que ataúd con calcomanías, resolví usar mi eterno traje azul marino, el cual sólo veía la luz y ventilaba la naftalina cada vez que yo necesitaba comparecer a algún que otro casamiento, velorio o tertulia importante. El resto del tiempo, mi cerúleo ropaje mofaba dentro del ropero. Al final llegamos casi encima de la hora, y mientras Snobiño fue orientado a ocupar una de las últimas mesas, yo fui recibido por un educado camarero vestido con el habitual pantalón negro, una puntillosa camisa blanca con su tradicional corbata de moñita negra y una levita blanca impecablemente almidonada; pero aunque estuviese vestido con licencioso esmero, el pobre sujeto trasmitía la emoción de ser más feo que gordo en portaligas. No en tanto, fue él quien me condujo a una mesa donde ya se encontraban otros comensales. Antes de sentarme, como manda la etiqueta, me fui presentando y saludando a uno por uno, no sin percibir que allí se encontraban Ed Mort, el brasileño; Philip Marlowne, el americano; el inspector Jaques Clouseau, hombre que dispensa comentarios; Pepe Carvalho, un español; y el francés Jules Maigret, grande figura del Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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mundo detectivesco. El único lugar vacío estaba disponible entre Ed Mort y Pepe Carvalho, así que me tuve que conformar con el lugar, aunque en un primer momento, confieso que me quedé más chupado que limón de arquero. Pero a embromarse. Quién me mandó llegar sobre la hora. En fin, sé que no debo parecer intransigente ni quejarme de nada, pues la velada fue muy agradable, ya que sin muchas especulaciones nos pusimos a disertar sobre las diferentes teorías teologales y las suposiciones de la versátil y caprichosa religiosidad humana. En realidad, el primero que abordó el tema fue Philip Marlowne, quien nos dijo que había concurrido a una reciente reunión de líderes evangélicos que buscaban poner polifonía sobre los equívocos habituales que existen entre el islamismo y el cristianismo; avisando que los comentarios

anti-islámicos

realizados

por

algunos

cristianos en los medios de comunicación del Occidente, fueron denunciados como siendo muy “peligrosos” y “de poca ayuda” para mantener un equilibrio entre las razas y sus credos. -¿Pero quién fue el sujeto qué lo señaló? -indagó Es Mort, mientras buscaba escarbarse los dientes manteniendo la boca tapada con su mano izquierda, aunque a mí me pareció que hacía ese chusco gesto para Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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poder disimular su grotesco acento portugués-carioca dentro de un precario inglés. -Fue Ted Haggard, el presidente de la Asociación Nacional de Evangélicos, quien llegó a apuntar que: “Dado que estamos viviendo en una comunidad global, sin duda debemos atemperar nuestras palabras y debemos comunicarnos principalmente a través de acciones”. expuso Philip, -Sin embargo, les diré que yo escuché a otro destacado presidente de una de esas agencias de ayuda cristiana, -comenzó a disertar Jules Maigret-, quien ya había declarado anteriormente algo muy parecido, al afirmar: “Que es muy peligroso para los humanos construir más barreras, cuando se supone que la gran mayoría de los hombres seguimos a quien derribó un día esas barreras”, en una obvia referencia a la muerte sacrificial de Cristo. -Pero si usted me permite la palabra, mi estimado colega,

yo

debo

aclárales

-intervino

nuevamente

Marlowne, haciendo un leve movimiento con su palma derecha extendida como para pedir la vénia-, que ellos también llegaron a la conclusión de que era “ingenuo” simplemente dialogar con los musulmanes de una forma que se minimice las diferencias teológicas y políticas. Así que les quedaron algunas preguntas en el aire, como: ¿qué Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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tipo de intercambio de ideas es de ayuda entre cristianos y musulmanes? Al escuchar tan dogmático parlatorio, todos se entre miraron y nadie se animó a responder; entonces yo carraspeé no para limpiar mi garganta y sí para llamar la atención, e intervine para tomar la palabra diciendo: -Creo que podríamos comenzar por aclarar algunos de los equívocos que tiene cada uno acerca del otro. Pues pienso que recientemente esto ha cobrado mucha importancia debido a las pasiones religiosas que se acentuaron desde el 11 de septiembre de 2001 y la guerra en Irak. -¿Pero, cómo?, si los musulmanes, tanto en Estados Unidos como en el extranjero, -me respondió el propio Marlowne con voz saltada-, desconfían muchísimo de las intenciones de Norteamérica en el mundo, y hasta algunos de los propios estadounidenses ven en cada musulmán un terrorista potencial que amenaza la libertad y la democracia… -En este caso, -busqué aclarar-, todos sabemos que los ímpetus de los devotos se mueven por razones clarividentes… -Obviamente, mi amigo, entiendo que hay razones intrínsecas detrás de cada una de estas percepciones, pues casi todos deducimos que los Estados Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Unidos tienden a favorecer a Israel por sobre sus vecinos árabes, mientras que los musulmanes se han encargado de cometer todo tipo de atrocidades contra civiles en todo el mundo; aunque también entiendo que esto sólo significa que debemos trabajar más duramente para comunicarnos claramente con los musulmanes cuando tengamos la oportunidad. -¡Sí!, pero ustedes no pueden olvidarse que los más de mil millones de musulmanes desparramados en el mundo, constituyen una gran parte del campo misionero que nos dio el Señor en su Gran Comisión -volvió a manifestarse Jules Maigret dándose un aire teologal-. Por lo tanto, entiendo que no podemos darles la espalda simplemente por las dificultades que enfrentamos. Y habiendo dicho esto, creo que tenemos que darnos cuenta de que, tanto los musulmanes como los cristianos, sostienen ideas acerca de los otros que son completamente erróneas, o simplemente estas han sido aplicadas de una manera demasiado liberal. Mismo razonando que algunos de estos equívocos son cuestiones meramente culturales, en cuanto otros no pasan de puras cuestiones teológicas. Hasta

ese

momento,

el

inspector

Jaques

Clouseau, que se encontraba sentado a mi frente, se había mantenido silencioso y apenas movía la cabeza como si estuviese viendo un entretenido encuentro de chinos Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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jugando al ping pong mientras ensayaba prestar atención a lo que los otros comensales decían. Entonces, se irguió en su silla y pidió la palabra diciendo conclusivamente: -Culturalmente, sabemos que hay diferencias bastante significativas en la forma en que el islamismo y el cristianismo se relacionan con la sociedad y el gobierno. Pero no olvidemos que los papeles de los sexos son también una fuente de confusión. -Es verdad -concordó Pepe Carvalho al delinear un sonriso nervioso en sus labios-. Pero teológicamente, yo entiendo que aún hay mucho por clarificar con relación a los papeles respectivos de Jesús y Mahoma en cada una de las tradiciones religiosas. Y percibo que también existe un malentendido con relación al origen y la transmisión de los textos sagrados: el Corán y la Biblia. Si bien qué, opino que ambas religiones comparten cosas en común, como: un Dios, la realidad de una dimensión espiritual, un orden moral universal y un juicio final; aun así el islamismo y el cristianismo difieren significativamente en los detalles, y es ahí que el tema más crucial pasa a ser de cómo una persona es justificada ante Dios. -Afirmó con un tipo de entusiasmo inaudito. Mientras

charlábamos

e

intercambiábamos

nuestras endebles opiniones sobre esas apostólicas ortodoxias dogmáticas y las hégiras refutables de las Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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divagaciones incontenidas, todos bebíamos un delicioso “Châteauneuf-du-Pape” zafra 1981, aunque debo resaltar que entre el traqueteo del tren y las copas ingeridas, me pareció que ya estábamos discutiendo el sexo de los ángeles en las estrellas. Por lo tanto, resolví enfocar de tema por un otro ángulo, y pregunté: -En tal caso, ¿podríamos nosotros considerar a Qumrán como uno de los principales centros de resistencia política contra el imperialismo romano, pero también contra la aristocracia judía que, en aquella época, colaboraba con el ocupante sólo para hacer fortuna? -Me parece que es difícil deliberar de tal forma contestó Philip Marlowne levantando sus parpados-. Pues hasta hoy se ignora si los motivos de los esenios eran políticos o teológicos. Cierta vez leí que en el momento en que mayor era la influencia de la secta Judea por aquella región, sus mensajeros recorrían el Mediterráneo lejos de los tumultos políticos de Jerusalén, llevando un pergamino como único equipaje, una especie de evangelio, y profesaban simplemente la modestia, la pureza y la pobreza. -Pero, por lo que sé, -retruqué de ceño fruncido-, en Judea, para quienes combatían por la preservación de las leyes y los códigos de pureza de los textos ancestrales y luchaba contra el dominio económico de los romanos y Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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de la aristocracia judía, predicar un nuevo evangelio que alentara

al

abandono

de

la

ley

mosaica

tenía,

forzosamente, una connotación política. -¡Mmmm! Para mí, ese era un problema de del propio Jesús -comentó el inspector Clouseau, quien justo al realizar un ademán descuidado con su mano, acabó por derramar el cáliz de divino vino sobre un mantel impecable. Debo advertir que con el pasar del tiempo la mesa ya se había puesto más animada. Hasta diría que daba para percibir que nuestra tertulia estaba más conversada que truco de seis, ya que Pepe Carvalho retrucó enseguida la acotación de Philip Marlowne, mientras Clouseau se apresuraba a enjugar el paradisíaco líquido desparramado sobre la mesa. -¡Ah!, ya veo adónde tú quieres llegar. ¿Te preguntas si aquellos pergaminos al fin de cuentas hablan de Jesús y, siendo así, en qué términos? Pues todo lo que puedo decirte es que, en lo mucho que leí, no se mencionaba en absoluto. -Sin embargo, he de decirte que en vuestras investigaciones, no debes buscar sólo a un tal Jesús sino también a un individuo cualquiera que tenga las mismas características, pues el Jesús histórico puede haber sido también Arthonges, el supuesto Mesías del que habla Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Flavio Josefo, personaje helenizado, romanizado luego durante la pax romana y reconocido como enviado de Dios por un buen número de gentiles del imperio romano señaló Marlowne con un acento de voz menoscabada. -No es seguro que existiera Jesús tal como lo describen los Evangelios. -Retrucó Maigret poniendo cara de drama de comedia bufa-. En el actual estado de nuestros conocimientos, sólo tenemos pruebas irrefutables de la existencia de dos personas citadas en la vida de Jesús: Poncio Pilatos, el prefecto de Judea cuyo nombre consta en una inscripción latina hallada en el antiguo puerto de Cesárea y descubierta por unos arqueólogos italianos en 1961; y el sumo sacerdote Caifás cuya tumba familiar exhumó un equipo de exploradores israelíes, en Jerusalén sur, en 1990. -Es verdad, -me apresuré a decir-, pues todas las indicaciones que tenemos sobre la vida de Jesús pertenecen o derivan de la literatura cristiana qué, cómo imagino que ustedes ya lo sepan, sus primeros textos fueron

escritos

casi

un

siglo

después

de

los

acontecimientos que ellos nos describen. -Creo que ustedes se recordarán de aquellos tres personajes centrales de los textos de Qumrán… -empezó a exponer Ed Mort, cuando el inspector Clouseau lo interrumpió diciendo con voz sonante mientras continuaba Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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empeñándose en pasar la servilleta sobre la mancha de vino: -¡Sí! Ya sé… Eran los tres Reyes Magos. -No Jaques. A lo que Ed se refiere, es al “Maestro de Justicia”, el “malvado sacerdote”, y el “sofer” u “hombre de la mentira” -corrigió Maigret, tras esbozar una sonrisa educada-. Algunos hasta piensan que Pablo puede haber sido este último cuando mencionado con profundo desdén en el Comentario de Habacuc, que habla además de una polémica entre el “hombre de la mentira” y el “Maestro de Justicia” sobre la estricta observancia de las leyes de pureza y del culto del templo. -Déjame adivinar tu idea… ¿tú pretendes decirme que Pablo estableció los fundamentos de una fe enteramente nueva, basada ya no en la ley mosaica sino en la fe en Cristo? -Preguntó Pepe Carvalho frunciendo el entrecejo si llegar al enfado. -En realidad, -respondió Maigret-, con él, el espíritu de la letra prevaleció sobre la propia letra. Pues no debemos olvidarnos que fue quien propagó el nuevo culto por el Mediterráneo, en Éfeso, en Corinto, en Paulpe… -Sí, eso es verdad -interrumpió Ed, meneando la cabeza en ton de afirmación-. No descarten que sus prédicas fueran las que llevaron a los cristianos a Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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considerar a los judíos como un pueblo de Dios duro y terrorífico. -No es para tanto, mi estimado Ed. -Manifestó Marlowne intentando suavizar el severo comentario del brasileño-. Yo diría que con Pablo germinó la idea universal del cristianismo, de la conversión de todos los gentiles… Con él, los cristianos se consideraron un nuevo Israel y, progresivamente, atrajeron a los romanos a su fe, de modo que en menos de trecientos años el imperio romano se había convertido al cristianismo… Y para disimular ese cambio radical, logrado por Pablo y no por Jesús, es que todo mudó. -A mi entender… -acotó Clouseau ya más sosegado al ver que sus raudos esfuerzos por quitar la mancha no habían resultado en nada, y tuvo de contentarse con esbozar una sonrisa maliciosa-, …las escrituras fueron modificadas por orientación del soberano Nerón, el Emperador artista. -¿Cómo es eso que tú dices? -pregunté de inmediato, al escuchar lo que me pareció ser el más ridículo de los alegatos. -Confieso que los motivos son complejos, mis amigos, ya que las causas de las persecuciones de cristianos que fueron practicadas en tiempo de Nerón, son más discutidas de lo que se admite comúnmente, pues se Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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considera que uno de los motivos de las mismas era la resistencia a rendir culto al Emperador -comenzó a explicar Clouseau-. -Eso, todo el mundo lo sabe, mi estimado Jaques advirtió Ed Mort. -Yo he de decirles que destacados historiadores de la antigüedad coinciden en que los juicios en los procesos a los cristianos en tiempo de Nerón, no podían ser presentados como atentado contra la justicia, acto arbitrario o exceso de crueldad… De jure, -pronunció después de observar a los comensales-, estos juicios eran correctos, y Tacito escribe sobre el fin de los cristianos diciendo: “Aun durante su ejecución se los encarnecía. Eran metidos en el pellejo de animales y librados a los perros

salvajes

que

los

dilaceraban.

Otros

eran

crucificados o convertidos en antorchas nocturnas cuando se insinuaban las primeras sombras del anochecer. Y para realizar este despreciable espectáculo, Nerón habilitó su parque privado y al mismo tiempo organizó juegos circenses durante los cuales se mezclaba entre el pueblo disfrazado de auriga o se erguía sobre un carro de carrera”. Por eso, mis amigos, aun cuando aquellos desgraciados fueran culpables y hubiesen merecido las penas más duras, despertaban

compasión,

Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

como

si

hubieran

sido

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sacrificados no por el bien común, sino por la crueldad de un individuo. -No hay duda en lo que tú afirmas, pues las penas del derecho romano en aquella época, eran de lo más draconianas. -Manifestó Pepe Carvalho, como si quisiese dar crédito a lo dicho por nuestro tardo colega-. Es sabido que si el criminal era ciudadano romano, era decapitado, la forma de muerte más “distinguida”. Pero no se puede negar que los conspiradores o quienes atentaban contra el César, podían llegar a ser quemados en vida. Y aún más, sabemos que los esclavos y los individuos privados de libertad, eran sometidos a flagelación y luego clavados en el poste o en la cruz, pena considerada como la más denigrante para cualquier ser humano. -Sí, fenómeno, muy linda toda esa explanación sobre la cual todos ya sabemos de memoria. Pero lo que yo quiero saber, es lo referente a las mudanzas de las escrituras. -Fue mi vez de insistir con voz firme. -Les manifiesto que el asunto es un poco largo, pero si ustedes están dispuestos a escucharme, se los puedo contar. -Comunicó Clouseau, haciendo un guiño sin dirigirlo a ninguna dirección específica o a alguien en particular.

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-¡Sí, sí, lo podes contar! -todos respondimos en coro una vez que nos sentimos atrapados por su trastocada revelación. -Todo comenzó un día cuando los senadores Fannio y Régulo entendieron que deberían llevar una nueva sugestión a Nerón, pues ellos estaban cansados de mirar escandalizados el modo como los cristianos proliferaban por la ciudad agitando al populacho. Y al sentirse alumbrados por esa idea que podría resultar, decidieron encontrar las condiciones adecuadas, y entonces aprovechar el momento justo para exponérsela al Emperador. Fue así que cierto día, en una entrevista, estos le dijeron: -Si me disculpa, César -le advierte Fannio con prudencia-, he pensado un poco en todo ese asunto de los cristianos y creo que una solución militar no es la apropiada en estas circunstancias. El general Licino puede haber fracasado por sus simpatías hacia la secta, pero por más que envíes un general tras otro, no lograrás acabar con ellos. -¿Por qué lo dices? -pregunta el Emperador. -Nuestros generales, señor, saben mucho de batallas y conquistas, pero esto es algo diferente. No se trata de arrasar a un enemigo disperso en un campo o agazapado en la montaña. Esos cristianos viven en la Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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ciudad, están entre nosotros, y por lo sucedido con el general Licino, tal parece que han llegado a contagiar con su veneno a algunas familias importantes de Roma. Por consiguiente, mi áureo César, creo que para combatirlos eficientemente se hace necesario utilizar otros métodos. -¿Otros métodos? ¿A qué te refieres? -repite Nerón mientras Fannio juguetea nerviosamente con su anillo de hierro, emblema de todo senador romano. -César, -le respondió después de pensar sobre como exponer su frase-, de un tiempo a esta parte he estado elucubrando algo al respecto. Así como tú, creo que la peste cristiana se está extendiendo demasiado, y tarde o temprano podría amenazar las bases del Imperio. Sin embargo, debemos desechar la manu militari en ese caso. -¿Y qué es lo tu sugieres, mi digno senador? -En principio, es sólo una idea, -insinuó Fannio,pero si nosotros queremos que las gentes de esa secta no sigan propagándose, tal vez sería oportuno crearles una imagen refractaria, algo que asuste al pueblo y lo aleje de ellos. -El Emperador alzó su mano y suspiró desganado. -Esto ya se ha hecho -le dice-. He enviado emisarios a mezclarse con el vulgo fingiendo conocer sus rituales secretos, han hecho correr la noticia de que los miembros de esa secta matan a sus hijos, que comen carne humana, Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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que celebran orgías e incestos y otras muchas atrocidades que espantarían a cualquiera. No obstante, la maniobra apenas

ha

resultado

efectiva.

Las

ratas

siguen

multiplicándose -expuso Nerón con aire indolente. Al llegar a ese punto de la narrativa, todos estábamos atónitos con el interesante relato. Algunos llegaron a recostarse en sus sillas, mientras otros apoyaban sus codos sobre la mesa para buscar una posición más cómoda. Pero nadie se atrevía a escindir el relato de Clouseau, quien tomó un sorbo de agua y prosiguió: -Si

me

permites,

César

-le

dice

Régulo

llamándole la atención-, creo saber por qué han fallado tus agentes. En general, esos cristianos son individuos pobres, muchos de ellos campesinos o artesanos de baja condición, y ya sabes que esas gentes suelen ser demasiado crédulas e ingenuas. En otras palabras, ellos necesitan desesperadamente aferrarse a un culto y adorar a un dios. Por esa razón, no hacen caso a los rumores ni admiten siquiera que se hable mal de ese Cristo. Tus hombres podrán vociferar cuanto deseen, pero sus creencias son mucho más fuertes que cualquier rumor. -¿Dices que necesitan de una religión, mi buen Régulo? -Nerón parpadeó intrigado mientras lo observa con alguna vivacidad-. Pero entonces, -preguntó al fin-, Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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¿por qué ellos no adoran a los dioses romanos? ¿Por qué no veneran a Mitra, que tiene tantos adeptos? -Dices la verdad, César, -admite el senador-. Pero los cultos mitraicos exigen el sacrificio de un toro a sus iniciados, y como te he dicho recién, los cristianos son demasiado pobres, no poseen animales de su propiedad, y mucho menos un toro para entregar en sacrificio. Además, los mitraístas no aceptan mujeres en sus cultos. En cambio, para unirse a los seguidores de Cristo no se les pide nada; sólo tienen que bañarse en un río y con eso basta para ser admitidos en la secta. -¿Tienes alguna sugerencia, Régulo? -inquirió Nerón poniéndose de pie y deambulando a través del inmenso cuarto con las manos unidas a la espalda, pensando que tal vez fuese el momento de emplear otra táctica para combatir a esos cristianos, ya que sus agentes habían fracasado y la vía militar había demostrado ser impracticable. -He pensado, César -observó Rémulo con voz un tanto menguada-, que si no podemos contenerlos, sí es imposible frenarlos y evitar que sigan creciendo. Entonces, creo que deberemos hacerles el juego, pero a nuestro modo, contando con alguna maniobra apropiada y conjeturando la forma de ponerla en práctica. He de Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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decirte que los sabios orientales hablan de aprovechar la fuerza al contrario… -No comprendo -apuntó el Emperador-. ¿Qué es lo que insinúas? -Hablo de manejar sus creencias, de modificar sus cultos de un modo tal que convenga a los fines de Roma. En otras palabras, suplantar a ese dios que tienen, por otro que resulte de nuestro provecho. -¿Quieres ofrecerles otra religión? ¿No has dicho recién que eso es inútil? -No, César, acaso no me he explicado bien. Ellos adoran a Cristo, ¿verdad? Pues bien, no es cuestión de cambiarlo por otro, sino de mostrarlo diferente, alterar su mensaje, investirlo de otro carácter, dotarlo de un discurso distinto que sirva a nuestros propósitos -explicó el senador, mientras Nerón cavilaba que, si la sugestión bien era ingeniosa, parecía algo temeraria y difícil de llevar a cabo. -Interesante tu relato, Jaques, -interrumpí-, pero parece que ahora se nos vienen los discursos. ¿Quién sabe tu terminas la recitación así que concluya la ceremonia? Propuse, mientras miraba a los ojos de todos buscando su concordancia.

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-Óptimo, -respondieron todos, ya que la manera puntualizada con que Jaques nos exponía la cuestión, nos había atrapado completamente la curiosidad. Así que, una vez comenzados los saludos de bienvenida oficiales, pronto se nos vinieron encima las disertaciones, las peroratas de elogio dirigidas a uno que otro integrante, las premiaciones para algunos de los destaques honor de ese último año y las bienvenidas a los novatos; pero debo reconocer que, en nuestra mesa, casi nadie estaba prestando atención a los discursos de Sherlok Holmes, Auguste Dupin y Perry Mason, anestesiados que estábamos por el vaivén del tren y las muchas copas ingeridas. Bajo esa morigeración de morondanga, la ceremonia de bienvenida se extendió por más de una hora, pero una vez habiéndose retirado los mayorales, Mason se quedó entre nosotros, lechuseando, como buen abogado que es. Creo que lo hizo de curioso nomás; quizás para descubrir lo que nosotros estábamos conversando de forma tan apasionada. -Bueno, Jaques, ¿y qué hizo Nerón para mudar las escrituras y los Evangelios? -pregunté, hallando que ya estaba en hora de que él retomase su cuento y nosotros pudiésemos irnos a dormir. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Como les dije, después de escuchar a los senadores, Nerón convocó a Publio Seyano que entonces oficiaba como su secretario personal -dijo Jaques, refregándose las manos como si se deliciase con su narrativa-. Cuando Nerón le cuenta lo que le acabaron de proponer los senadores Fannio y Régulo, de inmediato Seyano capta la idea y sus ojos vibraron de inquietud. -¡Por Júpiter, César! Debo reconocer que tú acabas de tener una magnífica idea -pronunció su secretario con un matiz de cierta obsecuencia, o más bien asemejándose a la triste figura de un verdadero lameculos, al querer ignorar a los senadores presentes. -¿Y ya has pensado, señor, en los detalles del asunto? -Preguntó a seguir. -¡No! Esa será tu responsabilidad -le contestó Nerón. -El secretario se rascó la cabeza mientras cavilaba urgentemente en cómo tratar de manipular las creencias de la secta, o en como modificar la figura de Cristo y mostrarla de un modo tal que sus seguidores, inducidos a creer en ella, la adoptasen como verdadera y olvidasen lo que profesaban hasta el momento. Entonces, aun con la mirada reconcentrada, este indica con voz sobresaltada: -Libros, César… ¡Eso!, ¡eso! Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¿Libros? -yo pregunté pasmado, al igual que todos los demás alrededor de la mesa. -¿Libros? Eso mismo fue lo que le preguntó el estupefacto Emperador -manifestó Jaques bajo el verdugo dardo de nuestras miradas sorprendidas-. Entonces Nerón le preguntó a su lenguaraz secretario: -¿Qué quieres decir con eso? -Creo, señor -anunció el lameculos de su secretario-, que el mejor modo de propagar tu brillante idea, sería escribiendo libros que hablen de ese Cristo y lo describan según sea nuestra propia conveniencia. Claro que luego habría que repartirlos al vulgo. Por lo tanto, pienso que deben ser pequeños, sencillos, de fácil lectura. -En ese momento, el senador Régulo, quien había notado que su idea estaba siendo acaparada por César, y que el maldito de su secretario era un sujeto más peligroso que muletas con rueditas, solicitó permiso para hablar, y le expone: -Visto que los cristianos son individuos rebeldes y agitadores, César, en tal caso puede que sea conveniente no sólo hacer de ese Cristo un hombre sumiso tal como lo sugiere el lúcido de tu secretario, sino que aún mejor. -¿Qué es lo que traes en mente, mi más digno senador? -Preguntó Nerón. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Me refiero a preferir que mostrarlo como a alguien ajeno a las cuestiones políticas, un líder meramente espiritual que jamás hable de asuntos terrenales. -¡Sí! Pero dicho de otro modo -interrumpió Seyano con los ojos vivarachos de todo oportunista-, si nosotros logramos convencerlos a ello, los partidarios de esa secta ya no verán a Roma como un enemigo, ni siquiera como un poder que subyuga vidas; y entonces ellos sólo adorarán a su dios, imitarán sus enseñanzas y ellos mismos acabarán siendo indiferentes a los asuntos del gobierno -puntualizó el zalamero secretario al tirar partido de la sugerencia del senador. -Debo confesar que tú eres lo bastante sutil, amigo mío -admitió Nerón con un movimiento de cabeza-. Está bien Seyano. Serás tú quien se encargará de todo. Busca gente de tu confianza y que se mezclen ya entre los cristianos, que hablen con ellos y los escuchen. Luego hazme un informe lo más completo posible, y una vez que lo tengas, procúrate algunos escribas y dedícate a componer libros que hagan de ese Cristo una figura conforme a nuestros propósitos. Más tarde veremos de hacer correr esas leyendas entre el vulgo. Y si el plan resulta eficaz, la secta seguirá creciendo, pero pronto estos se convertirán en los más fieles siervos de Roma… Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Esa es la peor mentira que ya escuché en toda mi vida, -protestó Pepe Carvalho dejando escapar saliva por la comisura de sus labios y con los ojos inyectados en sangre, o tal vez vino. -Los Evangelios fueron escritos por Mateo, Marcos, Lucas y Juan. -Enmendó casi a gritos. -Nadie ha dicho aquí que no. Solo he expuesto como fue que todo comenzó -se defendió Clouseau, ante la mirada atenta de todos los que querían crucificarlo con el furor de sus miradas, inclusive yo. -Bueno, pero si ustedes si me dan un tiempito más, se los puedo contar… ¿Qué les parece? -Anunció de forma vivaracha, una vez que ya nos tenía a todos en ascuas. -A ver si ustedes no demoran mucho con ese relato -pronunció Perry Mason, haciendo un leve mohín con su rostro-, pues mañana tengo que levantarme temprano para preparar nuestra reunión. -Se disculpó con una sonrisa tímida. -Bueno, abreviando, resulta que cierto día, el esperpento

secretario

Seyano

y

sus

tres

nuevos

colaboradores habían sido llamados a la presencia del Emperador a fin de prestarle cuentas, y cuando todos se encontraban en uno de los despachos del palacio, Nerón le pregunta a su secretario: Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¿Qué novedades tienes, Seyano? -El secretario mira a donde se encontraban parados los escribas y, no sin cierto orgullo, le dice al Emperador: -Hemos empezado a escribir, César, tal como tú me lo pediste. Por ahora es sólo un bosquejo y aún nos falta pulirlo y darle forma, pero confiamos en que, una vez terminados, cuente con tu aprobación. -Bien -asiente el Emperador-. ¿Y qué es lo que habéis hecho hasta ahora? -Seyano hace un gesto envolvente con sus manos y salienta que cada uno de los escribas ha trabajado sobre algún punto en especial. Por ejemplo, Fulvio ha creído oportuno comenzar su libro enumerando los antepasados de Cristo -relató Clouseau. -Tal como acostumbraban proceder los judíos, señor -se apresura en explicar el propio Fulvio-, los príncipes tenían linajes que remontaban hasta sus más antiguos profetas. El primero de ellos es un tal de Abraham; he rastreado toda su genealogía en libros judíos y he hecho que nuestro Cristo descendiera de ella. -Óptimo, eso lo hará parecer más verosímil ante los fieles -acotó Nerón. -En cuanto a Plaucio, César, -intervino el secretario-, te diré que ha aprovechado algunos ritos Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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mitraicos -observó Seyano, mientras se hace a un lado para dejarlo hablar. -Así es, señor -expone el escriba-. Digo en mi libro que Cristo fue bautizado, que pasó cuarenta días en el desierto y, al igual que Mitra, éste también comenzó a predicar y sanar a los enfermos. -¿Y

tú,

Cestio?

-preguntó

el

Emperador

dirigiéndose al tercer escriba. -Yo también he utilizado algunas cosas del mitraísmo, César. Tal es así, que he escrito que Cristo nació de una virgen. -Sin embargo… -murmuró el Máximo Príncipe de los romanos con el rostro ceñido, mientras se puso a pensar y sus labios soplaron sobre una estatuilla para quitarle el polvo. -¿Es qué tienes algo en mente, señor? -le preguntó el pérfido de su secretario sin quitarle por un segundo los ojos de encima. -Ciertamente, mí querido Sayano. He estado pensando un poco en todo lo que ustedes me han dicho. Pero las cosas se han puesto difíciles últimamente, y creo que hay un solo remedio para sanearlas. -¿A qué remedio de refieres, señor? -Preguntó Sayano, al sentirse más perdido que teta en la espalda. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Cuando un príncipe se halla en apuro de dinero comenzó a pronunciar Nerón-, y las deudas del tesoro se han vuelto colosales, mi buen Sayano, no queda sino una sola alternativa: aumentar los impuestos. -Pues estoy de acuerdo contigo, mi noble César, aunque convendrás conmigo en que el cobro de impuestos siempre ha sido una cuestión sumamente delicada. Recuerda que Roma ya ha debido soportar algunas rebeliones por esa causa. Además, las distancias del Imperio dificultan bastante el cobro de tributos. -Lo sé, mi buen Seyano, lo sé. Como lo has mencionado recién, nuestro sistema fiscal es bastante precario, y nunca podré saber con certeza si mis recaudadores me envían todo el dinero o se quedan con parte de él. Y asimismo están todas aquellas gentes que se niegan a pagar… -Te refieres a los cristianos, ¿verdad? -Así es -aseveró Nerón-. Tal parece que ese Cristo los ha convencido de rechazar el pago de impuesto, y eso es algo que debemos cambiar… -el emperador hizo una pausa y lo miró directo a los ojos como si quisiese su concordancia y resuelve preguntarle: -¿No te parece, querido Seyano, que si intentamos convencerlos de que su dios es amigo de Roma, también podríamos inducirlos a pagar impuestos? Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Debo decirles -avisó Jaques con rostro serio-, que transcurrió más algún tiempo y nuevamente Nerón mandó llamar a su secretario para que viniese con sus escribas. Cuando estos comparecen a su palacio, al recibirlos les dice: -¡Oh, mi querido Seyano!, veo que has traído a un nuevo colaborador. -Así es, noble César -responde el adulón del secretario-. Me tomé la libertad de hacerlo, pues el trabajo se nos ha complicado un poco y necesitábamos algo de ayuda. Además, he de confesarte que Libanio es un hombre muy valioso y conoce mucho a los judíos. Ya verás cuán útil puede sernos. -Muy bien, Seyano, pero mejor vayamos a lo nuestro. ¿Qué nuevas tienes para mí? -Te diré, César, que después de solucionar el asunto del adoctrinamiento de los esclavos, de moderar los rasgos de los zelotes y otras conveniencias como los castigos y la muerte, de las cartas que Libanio ha ayudado a escribir para hacer más efectivas algunas epístolas que hablan de Jesús, y de servir como complemento a los libros de Fulvio, Plaucio y Cestio…, -en ese momento el secretario se enjuagó el sudor de su frente y le adelanta a su supremo una mueca de satisfacción al anunciar con pompas y circunstancias: Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-El trabajo está terminado, mi venerable César -le enuncia complacido. -Y es cuando el secretario se adelanta unos pasos y entonces despliega sobre la mesa un cartapacio de cuero lleno de rollos y papiros. -Te has ganado el salario, mi querido Seyano dice el Emperador todo sonriente al observar los rollos ante sí-. Los dioses pronto dirán si lograremos convencer a esas gentes, pero tú has cumplido con tu tarea. -Entonces el secretario hace una reverencia y se permite una muestra de júbilo. -Ahora hay que dar a conocer esto en los cuatro rincones del mundo… -manifestó Nerón antes que la vaselina de su secretario abriese su boca-. Desde luego, uno de los puntos estratégicos será la propia Israel donde ha nacido ese Cristo y donde más arraigadas están sus enseñanzas, pero también habrá que llegar hasta las costas de África, hasta las colonias asiáticas y hasta el centro y norte de Europa… -Con certeza, noble César. Entiendo que esa es la etapa más engorrosa de tu cometido, y creo que llevar el mensaje hacia los confines del Imperio podrá tardar mucho tiempo, acaso hasta que las siguientes generaciones de cristianos olviden las viejas ideas y se contagien de las nuevas. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¡Que así sea! -dice Nerón. -¿Y? -pregunté boquiabierto para Clouseau, luego después que este pronunció su última frase y buscó unir sus manos como si se preparase para rezar. -Esa es la historia, mis queridos amigos respondió abriendo los brazos con las palmas extendidas como Cristo en la cruz, y un sonriso tímido en los labios. -¡A mí, esto más me parece una historia contada para ingles ver! -Protestó Ed Mort. -Hasta puede que sea, monsieur, porque en verdad, yo soy francés. -Dijo Clouseau mientras nos daba las buenas noches y se retiraba orondo para su lujosa cabina. No hay caso, no hay nada como tener plata, murmuré entre dientes.

15 A la mañana siguiente me desperté muy temprano. No en tanto, no me levanté, me quedé acostado cavilando sobre la veracidad de los hechos que me habían Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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sido narrados por Jaques Clouseau durante la cena, pero en esas andaba cuando mi lacayo volvió del baño y me preguntó quién era aquel parlanchín de bigotito fino que estaba sentado frente a mi durante la comilona. -¿Te referís a aquel atolondrado de Clouseau? Pues te diré que es el más inepto e incompetente inspector de la policía francesa, la famosa Sûreté, y en cuyas investigaciones se ha destacado notablemente aunque ellas siempre están marcadas por el caos y la destrucción que él mismo causa para sí y una gran parte de aquellos que se encuentran próximos durante el evento. -¿Será que es tan torpe, como usted lo dice, patroncito? -Tal vez mucho más de lo que se pueda pensar, mi querido tizón del Averno, pues en las varias tentativas por solucionar los casos que le toca investigar, su torpeza lo conduce con frecuencia a originar la desgracia para sí y los otros; y te cuento como ejemplo, lo que sucedió en 1976 al estar trabajando en el famoso caso de “La Pantera Rosa ataca de nuevo”. -Bueno, dele nomás, patroncito. -acometió mi paisano refregándose las manos. -Todos comentan que en aquel episodio fueron tantas las ineptitudes cometidas, que incluso Jaques no pudo entrevistarse con los testigos de un crimen sin evitar Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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caer debajo de las escaleras, o hasta consiguió colocar su mano adentro del guante de una armadura de caballero medieval, y luego dentro de un florero. En otra oportunidad, llegó a golpear insensiblemente a un testigo, o hasta destruyó un precioso piano, y accidentalmente tiró a otro oficial en el extremo posterior de la sala. -¡Mmmm! Yo pensaba que… ¿Pero ese animal, digo la pantera, jefeamo, era un bicho de verdad? -¡Uffff! Tú, que eres un animal. La Pantera Rosa a la que me refiero, era un diamante de gran valor y, por extensión, también se llamaba así al ladrón de guante blanco que había logrado sustraerlo anteriormente. -¡Ah! Disculpe, pero usted bien sabe, patrón, que algunas veces temprano por la mañana mis neuronas no funcionan derecho, y mi razonamiento es más lento que desfile de rengos. -Se justificó Snobiño tras una mueca. -La verdad, le digo que quien lo ve así, parece tratarse de un hombre muy exitoso -acotó mi pupilo poniendo cara de duda. -Que nada. Todo el mundo sabe que Clouseau no es un individuo particularmente inteligente, y no es raro ver que con frecuencia sigue una teoría totalmente idiota sobre el crimen que está investigando. Sin embargo, eso es lo que a menudo le permite, accidentalmente, solucionar con éxito el caso que tiene entre manos. De igual modo, te Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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digo que su incompetencia, torpeza y la estupidez que lleva escarpada dentro de sí, a veces combinan con el hecho de que él tiene razón, y eso ya es bastante para eventualmente trastornar a su superior directo, el inspector Principal Dreyfus, en un “homicida psicópata”. -¿Cómo, así? -Es que el jefe del inspector Clouseau, Paul Dreyfus, se volvió loco, y cuentan que una vez amenazó con destruir el mundo si las autoridades no le entregasen a Clouseau para que pudiera deshacerse de él y acabar de vez con todas sus pesadillas. Como garantía de que podría hacerlo, hasta hizo desaparecer el edificio de la ONU. Entonces, asustados, varios países mandaron a sus mejores asesinos para intentar acabar con Clouseau, pero todos fracasaron… -¿Usted no me está tomando el pelo, no, jefe? -Mi querido jugo de carbón, no te olvides que el inspector Clouseau es un francés patriótico; su país es abiertamente la prioridad más alta para él. Pero a pesar de esa cualidad, Clouseau parece demostrar un cierto conocimiento de que él no es la persona más competente o más inteligente, cuando ciertos hechos lo desconciertan notablemente y se aprisa en dejar a un lado sus actos más extremos de la torpeza con frases tales como: “para que sepa,” y de las tentativas de aparecer elegante y refinado Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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sin importarse qué calamidad él acaba de causar. Pero mismo sin importarse de que su capacidad sea algo limitada, él siempre termina por solucionar sus casos con éxito y encuentra a los culpables correctos, aunque este éxito sea alcanzado enteramente por accidente. Como tal, te diré que incluso lo promovieron a principal inspector sobre el curso de su función, y ahora es mirado por muchos otros caracteres que lo han destacado en Francia como el “detective más grande de la Sûreté”; y esos caracteres que se encuentran en él, sin embargo se convierten rápidamente en incompetencia y limitaciones. -Entonces, el tipo es un fenómeno… -Qué nada, pasmado. No es más que un inmenso egocéntrico y un presumido de primera; y a pesar de sus considerables fallas, aparentemente se auto convence a sí mismo de que es un oficial de policía brillante, y destinado tener éxito y levantarse profesionalmente a través de las filas del Sûreté. -Pero, patroncito, yo pensé… -Mejor no pienses, urubú sin plumas. Mejor no pienses nada. Ahora me tengo que ir, que dentro de poco empieza la reunión. Al pasar por el vagón restaurante para tomar un ligero café, luego me deparé con la figura de mi querido Jaques que, al parecer, tenía las mismas intenciones que Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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yo. Por lo tanto, luego nos encontrábamos otra vez sentados frente a frente conversando sobre un tema paralelo al de la noche anterior, y hallándonos en pleno coloquio matutino. -Está bastante claro que el cristianismo y el budismo, -principió mi compañero-, difieren entre sí en formas fundamentales, aunque algunas sectas del budismo hayan tratado de sincronizar a ambos. Sin embargo, pienso que los dos son tan distintos que no pueden ser ambos considerados correctos a la vez, ni pueden mezclarse juntos. ¿No le parece, Dr. Herculano? -enunció mi amigo, con aquella voz de quien parece aún no haber despertado de vez. -Bueno, gracias por lo de doctor, pero creo que no es correcto que me llame así. Lo más cierto sería: cirujano de conflictos, o catedrático en los males ajenos, quizás facultativo en dolencias y trastornos de la psiquis, o especialista en qué se yo… Pero doctor, nunca, mí querido Jaques. -¡Disculpe! Era sólo una zalamería de mi parte, pero si lo prefiere, le llamaré apenas de don. ¿Qué le parece? -Óptimo.

Y

ahora,

en

relación

a

su

cuestionamiento anterior, he de decirle que mismo pudiendo haber ocurrido que en nuestra discusión hasta Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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ahora no se haya hecho ninguna mención de Dios o de una alguna otra deidad eterna, está claro que Gautama, el fundador del budismo, no indicaba que era divino. Él decía ser la entidad que revelaba el camino hacia el Nirvana, pero dependía de cada individuo encontrar su camino hacia allá. -expuse con osadía, con aquella misma determinación que sólo tienen los intrépidos. Sólo para dejar claro cual era mi lugar. -Sin embargo, puedo afirmar que el concepto de un Dios personal no se encaja dentro del sistema budista de religión, -manifestó mi colega de la discusión teologal matutina-. Hoy hay muchas sectas budistas. Y muchas difieren en su concepto de lo divino y de Buda. En general, los budistas son panteístas en su perspectiva de Dios. Muchos ven a Dios como una fuerza impersonal que está formado por todas las cosas vivas y que mantiene unido al universo… Aunque más no sea con alambre. -Bueno, en todo caso, eso es lo que dicen algunos de los eruditos más destacados acerca de la perspectiva budista de Dios -coloqué como concordancia-. Pero, por ejemplo, yo le diría que el Dr. John Nos, declara que “no hay ninguna Persona soberana en los cielos manteniendo todo unido. Sólo existe la unidad personal última del ser mismo, cuya paz envuelve al yo individual cuando deja de llamarse “yo” y se disuelve en la pureza anodina del Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Nirvana, como una gota de rocío se incorpora a su mar maternal”. -¡Ah, sí! Esto es lo que el ya fallecido Dr. Suzuki, uno de los más grandes maestros del budismo Zen, dice acerca de su concepto de Dios, pues “Si Dios, después de hacer el mundo se coloca fuera de él, ya no es Dios. Si se separa del mundo o quiere separarse, no es Dios. El mundo no es el mundo cuando está separado de Dios. Dios debe estar en el mundo y el mundo en Dios”. -Definió mi amigo, quien al exacto momento de tener que echarle azúcar a su café, se equivocó y agarró el salero, llenando su jícara de café con los finos cristales del cloruro sódico. -Dado que el budismo en general no cree en un Dios personal o en un ser divino, esa secta no tiene adoración, oración o alabanza de un ser divino. -Expresé, intentado contener mi risa ante su desastrada actitud-. No ofrece ninguna forma de redención, perdón, esperanza celestial o juicio final. El budismo es, por lo tanto en mi neófito entender, más una filosofía moral, un camino de vida ético, mi estimado Jaques. -Yo escuche decir… -comenzó a exteriorizar el inspector, pero haciendo una pausa obligatoria para que el camarero retirase su pocillo de café salado, sustituyéndole la taza-, que el profesor Kraemer -continuó-, describe al sistema budista como “una disciplina ética no teísta, un Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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sistema

de

auto-entrenamiento,

antropocéntrico,

enfatizando la ética y la cultura de la mente y excluyendo a la religión”. -No se olvide, mi amigo Clouseau, que desde la muerte de Gautama, se han desarrollado muchas sectas dentro del budismo. Y como muchas de estas sectas difieren en muchas formas fundamentales, comparar una con otra es como comparar dos religiones separadas. Muchas de esas sectas han desarrollado su propio concepto único de Dios. Algunas son panteístas en su perspectiva de Dios. Otras son ateas. Todavía otras han desarrollado un sistema politeísta de dioses. Algunas han combinado el panteísmo con el politeísmo. Y hasta varias de estas sectas han elevado a Gautama -o Buda- al nivel de salvador o ser divino, aunque está claro que él nunca dijo ser una deidad. Entre tanto, sé que otras sectas han combinado algunas de las doctrinas de Dios de otras religiones junto con las del budismo. -En todo caso y aunque parezca ser más difícil que leer la biblia con guantes, -aclaró Jaques-, dado que Buda nunca enfatizó su concepto de lo divino, creo que el budismo se queda con varias de las preguntas más profundas de la vida sin responder, preguntas tales como el origen del universo y el propósito de la existencia del hombre. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¿Qué es lo que tenemos, entonces? -dije con cierto conformismo-. Muchas de esas escrituras y dichos budistas atribuidos a Gautama fueron escritos unos cuatrocientos años después de su muerte. Y para cuando se escribieron, el budismo ya se había dividido en un sinnúmero sectas. -Yo diría, mi amigo Herculano, que ni siquiera los mejores eruditos están seguros de la exactitud de las escrituras budistas. Sin embargo, tengo que concordar que en el cristianismo, tenemos un relato histórico preciso escrito por testigos que vieron a Jesús y los eventos que rodearon Su vida. -Si esos relatos, como usted lo dice ahora y no ayer, llegan a ser verídicos, -afirmé mientras fruncía el entrecejo-, creo que ambos difieren en su concepto de Dios. Pues para los budistas, en general, el Absoluto no juega un papel vital en la vida diaria. Gautama dijo poco acerca de su concepto de Dios. Buda negaba la existencia de un Dios personal, pero era monista en su perspectiva del Absoluto como una fuerza impersonal formada por todas las cosas vivas. No nos olvidemos que la Biblia nos enseña sobre un Dios que gobierna el universo y cuida del hombre en una forma personal. Tanto es así, que en el salmo 46:10 se declara, “Estad quietos, y conoced que yo Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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soy Dios; seré exaltado entre las naciones; enaltecido seré en la tierra”. -Ok, don Herculano, para mí está claro que Buda nunca dijo ser una deidad. Y si bien varias sectas lo han elevado a la categoría de un dios, él dijo claramente que sólo era un indicador del camino al Nirvana. A la vez que Jesús, sin embargo, dijo ser Dios y no simplemente un indicador de camino, sino el único camino a la vida eterna. Y así Jesús lo dijo en Juan 14:6: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. Y en Juan 1:1 también dice: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. -Bueno, mi estimado Jaques, también hay otra clara distinción entre estas dos religiones. El budismo no ofrece ni la seguridad del perdón ni la vida eterna. Los budistas esperan entrar en un estado de Nirvana, pero no hay ninguna prueba clara y objetiva o alguna enseñanza sobre lo que ocurre más allá de la tumba. Aun Buda mismo no estaba seguro de lo que había más allá de la muerte. No dejó ninguna enseñanza clara sobre el Nirvana o la eternidad. Lo que dejó si, son especulaciones filosóficas, y hoy el cuerpo de Buda yace en una tumba en Kusinara, al pie del Himalaya. Por eso que los hechos de la vida después de la muerte todavía permanecen como un Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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misterio no resuelto en el budismo… ¿Usted no está de acuerdo? -¿Yo? -me respondió sorprendido-. En todo caso, en el cristianismo tenemos a Uno que asombró a Su audiencia porque enseñaba verdades eternas con autoridad. Su autoridad venía del hecho que existió antes de la creación, y probó sus afirmaciones al levantarse de los muertos. La Resurrección de Jesucristo es un hecho probado de la historia y demuestra claramente la autoridad de Cristo sobre el pecado y la muerte. Entonces mi amigo, cuando entrevistés a un budista, pregúntale esto: “¿Tienes pruebas tangibles de lo que ocurre después de la muerte?” -Yo diría, mismo no siendo uno de ellos, mi estimado inspector, que todo lo que tiene el budista es la esperanza en una enseñanza acerca de la cual no estaba seguro Buda. En cuanto que nosotros, como cristianos, tenemos una esperanza cierta en un Salvador resucitado. No hay que adivinar qué pasa más allá de la tumba, porque sabemos que sólo Cristo ha conquistado la tumba. -Pero no es necesario ser budista para saber que preexisten tres conceptos importantes para entender el budismo, que son: son karma, Samsara y Nirvana -protestó Clouseau, como si yo lo hubiese acusado de ser budista. -Por lo que yo sé, -afirmé con entonación convicta-, el karma se refiere a la ley de causa y efecto en Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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la vida de una persona, cosechando lo que uno ha sembrado. Los budistas creen que toda persona debe pasar por un proceso de nacimiento y renacimiento hasta que llega al estado de Nirvana en donde rompe el ciclo. Pero según la ley del karma, “Tú eres lo que eres y lo que haces, como resultado de lo que fuiste e hiciste en una reencarnación anterior, lo cual a su vez fue el resultado inevitable de lo que fuiste e hiciste en encarnaciones aun anteriores”. Por eso afirmo que para un budista, mi insigne Jaques, lo que una persona será en la próxima vida depende de las acciones de esa persona en esta vida presente. Buda creía, a diferencia del hinduismo, que una persona puede romper el ciclo de renacimiento, no importa la clase en que haya nacido. No sé porque cargas de agua yo me puse a pensar como a Jaques le caía al dedillo parte de lo que estaba mencionando, pero su voz me acordó al acentuar: -Gracias por lo de célebre, mi estimado Herculano, pero usted no puede olvidarse que el segundo concepto clave a entender, es la ley de Samsara o de Transmigración. Este es uno de los conceptos más desconcertantes y difíciles de comprender del budismo. La ley de Samsara sostiene que todo está en un ciclo de nacimiento y renacimiento. Buda enseñaba que las personas no tienen almas individuales. La existencia de un Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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yo individual, o ego, es una ilusión, mi respetado Herculano. No hay ninguna sustancia eterna de una persona que pasa por el ciclo de renacimiento. -¿No me diga? -Recalqué con énfasis-. Entonces, ¿qué es, lo que pasa por el ciclo si no es el alma individual? -En ese caso… -quiso interrumpir Jaques, pero lo atajé en seco y proseguí: -No importa. Pues yo mismo le diré, mi querido inspector. Lo que pasa por el ciclo de renacimiento es sólo un conjunto de sensaciones, impresiones, momentos presentes, y el karma que es transmitido. En otras palabras, así como un proceso conduce a otro…, así también una personalidad humana en una existencia es la causa directa del tipo de individualidad que aparece en la próxima. El nuevo individuo en la próxima vida no será exactamente la misma persona, pero habrá varias similitudes. Pero cuán próximos serán en sus identidades, Buda no lo definió. -En todo caso, no voy a discordar con usted en ese punto, pero el tercer concepto clave, le diría que es el Nirvana, cuyo término significa “la extinción” de la existencia. Mismo que ese Nirvana sea muy diferente del concepto cristiano del cielo. El Nirvana no un lugar, así como el cielo, sino más bien un estado del ser… ¿Qué es Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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exactamente?, no sé decirle porque Buda nunca lo explicó. -Puntualizó poniendo cara de circunstancia. -Bueno, mi ilustre inspector Closeau, yo podría decirle que el Nirvana es un estado eterno del ser. Es el estado en que la ley del karma y el ciclo de renacimiento llegan a su fin. Es el fin del sufrimiento, un estado donde no hay deseos y la conciencia individual llega a su fin. Y aunque al oído de nuestras mentes occidentales esto pueda sonar como el aniquilamiento, los budistas objetarían con fervor tal idea. -Sí, concuerdo con usted en número y género, pues como ya mencionamos,

Gautama nunca dio una

descripción exacta del Nirvana, aunque su respuesta más cercana fue esta: “Hay, discípulos, una condición donde no hay ni tierra ni agua, ni aire ni luz, ni espacio sin límites, ni tiempo sin límites, ni ningún tipo de ser, ni ideas ni falta de ideas, ni este mundo ni aquel mundo. No hay ni un levantarse ni un fenecer, ni muerte, ni causa ni efecto, ni cambio, ni detenimiento”. Si bien, yo mismo concluya que ningún budista realmente entiende la condición de Nirvana, esa es su esperanza eterna. ¿No le parece, don Herculano? -Yo no voy a ponerme ahora a discutir ese punto, pero sin embargo… -fui pronunciando al exacto momento en que noté que Snobiño se aproximó a la mesa y dijo: Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¡Con permiso! -se excusó doblando la espalda a la vez que su mano derecha tocaba su frente-. Patroncito, al fin anunció-, a ustedes los están buscando, porque la reunión ya está casi por comenzar y sólo aguardan por vuestra presencia. -Mi estimado Jaques, -sugerí a mi interlocutor-, ¿quién sabe, más tarde nosotros nos volvemos a reunir en el coche destinado a sala de estar y recreo? Hago cuestión de poder continuar con nuestro debate, pero ahora entiendo que es mejor apurarnos antes que los ahogos de los nobles se conviertan en ira contra nosotros. -Propuse cortésmente, prometiendo postergar nuestra teológica cháchara para el fin del día. -Concuerdo, al final es para eso que venimos. Apuntó al exacto momento en que el mozo colocaba sobre la mesa la boleta que deberíamos firmar.

16 Tengo que reconocer que durante el transcurso de la conferencia y las discusiones de grupo ocurridas durante Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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una gran parte de la mañana, mi mente estuvo casi ausente, pues percibí que por veces dejaba perder mi mirada a través de la ventanilla, despilfarrando las pupilas de mis ojos por entre el desolado paisaje que el tren cortaba. Eso también se debe a que cuando se pasaba por sitios interesantes, el tren bajaba mucho la velocidad para que la gente pudiera tomar algunas fotos. De cualquier manera, es bueno mencionar que las tierras que se atraviesa por allí son desérticas, donde sólo viven cuatro gatos locos diseminados en pocos y pequeños pueblos de cuatro casas. Pero no quiero que piensen que yo ya lo sabía por lo que los otros me habían contado. Lo descubrí en mi enciclopedia, al revelar que los aborígenes que poseen esas tierras sobre su dominio, pueden llegar a tener sus propios colegios, médicos, e incluso hasta leyes propias diferentes al resto del país. Mismo así, aquel panorama interminable que mis ojos divisaban, correspondía a un recorrido a través del desierto, que estaba siendo realizado por lugares dónde parecería que el tiempo no pasa jamás, dejando en la mente de cualquier miedoso la impresión de ser más peligroso que tiroteo en ascensor. Pero en cuanto mi mente divagaba por ese perenne desierto, y lejos de todo lo que sucedía en la reunión de la Lúdicos, yo también especulaba que era Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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capaz de personificase en una persona para ella llegar a ser reverenciada como un ser perspicaz e inteligente, mismo que ese individuo sea un trastornado que vive a cometer torpezas en cada acto que establece. Para mí, era justamente el típico caso de mi reciente amigo Jaques. Por lo tanto, al rebuscar entre las telarañas de mi parco

intelecto,

pronto

recordé

que

la

palabra

“inteligencia” fue introducida en el léxico por nada menos que Cicerón y esgrimida por él para personificar el concepto de capacidad intelectual de un individuo. Pero a su vez, percibía que su espectro semántico es mucho más amplio, ya que refleja la idea clásica según la cual, por la inteligencia, el hombre es, en cierto modo, todas las cosas... O en todo caso no es nada cuando esta le falta. Por otro lado, comprendía que tal adjetivo era mucho más viejo que el propio Marco Tulio, pues una vez había leído que la palabra inteligencia proviene del latín, intellegentia, que a su vez proviene de intellegere, un término compuesto de inter “entre” y legere “leer, escoger”, por lo que, etimológicamente, se puede traducir que un ser “inteligente” es quien sabe escoger, ya que la inteligencia nos permite elegir las mejores opciones para resolver una cuestión. La verdad que en un tiempo llegué a concluir que la inteligencia nada más es que es la capacidad de Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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entender, asimilar, elaborar información y luego utilizarla para resolver problemas. Y más o menos así lo dice el diccionario de la Real Academia Española, quien define la “inteligencia”,

entre

otras

acepciones,

como:

la

“capacidad para entender o comprender” y como la “capacidad para resolver problemas”. Por lo tanto, el propio fastidio del viaje, o de la reunión, me permitió ponerme a cavilar que la inteligencia parece estar ligada a otras funciones mentales como la percepción, o la capacidad de recibir información, y la memoria, o la capacidad que todo individuo tiene de almacenarla en el cráneo, mismo que algunos sujetos tengan dentro sólo un alambre para sujetar las orejas. Entonces, si en verdad era como yo lo concluía, no había dudas de que mi amigo Jaques era un ser inteligente, pues si este conseguía resolver con éxito los problemas que le llegaban a sus manos, es porque era una persona con capacidad para entender y comprender lo que estaba por detrás de las contrariedades que debía enfrentar. Sin embargo, el punto no me pareció ser algo tan fácil acrisolar, pues definir qué es la inteligencia, ello siempre será un objeto de polémica entre las personas. Recuerdo que al encontrarse ante un escenario tan diversificado de opiniones, no hace mucho que Vernon insinuó al referirse sobre este tema, que se necesitaba Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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antes de una clasificación de las principales definiciones. La misma se hizo en base a tres grupos: las psicológicas, mostrando la inteligencia como la capacidad cognitiva, de aprendizaje, y relación; las biológicas, que consideran la capacidad de adaptación a nuevas situaciones; y las operativas, que son aquellas que dan una definición circular diciendo que la inteligencia es: “...aquello que miden las pruebas de inteligencia”. Además, dijo que el concepto de inteligencia artificial generó hablar de sistemas, y para que se pueda aplicar el adjetivo inteligente a un sistema, éste debe poseer varias características, tales como la capacidad de razonar, planear, resolver problemas, pensar de manera abstracta, comprender ideas y lenguajes, y aprender. Por lo tanto, me auto convencí que tal diversidad indica el carácter complejo de la inteligencia, la cual sólo puede ser descrita parcialmente mediante enumeración de procesos o atributos que, al ser tan variados, hacen inviable una definición única y delimitada, dando lugar a singulares definiciones, tales como las que expuso Woodrow: “la inteligencia es la capacidad de adquirir capacidad”, o la enunciada por Bridgman: “la inteligencia es lo que miden los test de inteligencia”. Fantásticas recapitulaciones de juicio, que para mí, parece que dicen todo y no explican nada. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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En fin, ultimé que si mí estimado Jaques podía ser apuntado como una persona inteligente, algún motivo de orden psíquico sucedía con él, para justificar así tanta torpeza de su parte. Tal vez fuese en consecuencia de un antiguo problema de desarrollo psicomotriz durante su infancia, donde le debe haber fallado algún conjunto de procesos o cambios psicoevolutivos, socio-afectivos o motrices, de manera que de niño, él no haya podido evolucionar satisfactoriamente en el control de su cuerpo hasta lograr un grado de competencia motriz máxima… En realidad, yo ya andaba medio perdido en ese punto intrínseco de mis especulaciones motrices-socioespeculativas, cuando de repente noté que todos se levantaban de sus butacas y un murmullo de voces tomaba cuenta del coche-salón. Al mirar discretamente mi reloj de pulso, luego percibí que estábamos haciendo una pausa para el almuerzo. Fue el momento justo en que mi amigo Cayetano Brulé se aproximó de mí, e intempestivamente lo tomé por el brazo y le dije medio que susurrando: -Si no tiene compromiso para su almuerzo, me gustaría poder sentarme junto a usted para charlar sobre un tema que me trae medio ensimismado. -Pero, sí, hombre. Como no. Vamos luego al vagón restaurante, y busquemos una mesa apartada para Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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pplaticar a gusto. Total, tenemos dos horas de intervalo. Manifestó sonriente y sin siquiera preguntarme lo que miércoles me perturbaba la mente. Primeramente, ambos intercambiamos algunas frases inconsecuentes sobre el desolado e infecundo paisaje que se descortinaba a ambos lados del tren, que mismo siendo yermo y árido, era de una belleza indescriptible en cuanto a sus vastos colores, y vistas panorámicas de matices policromomáticos que hasta el más recalcitrante daltónico podía ver. Es probable que sólo haya transcurrido unos pocos minutos en ese voluble coloquio, cuando Cayetano cerró de pronto su sobrecejo y me preguntó: -Estoy seguro que usted no me convidó para almorzar juntos, sólo para hablar de toda esa devastación que nos rodea. ¿Qué le aqueja, mi estimado Herculano? preguntó de vez, que ni gallina que va directo al grano. -En verdad, mi caro colega, yo ando en busca de un esclarecimiento que me permita emitir un juzgamiento imparcial. -¿Y sobre qué asunto en particular? ¿No me va a decir que es sobre algún punto oscuro de nuestro reciente debate? Sabe que esos temas son prohibidos de comentar anunció con voz austera y rostro contraído en una careta severa. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¡No! Nada que ver. -Me apuré para esclarecer su mal entendido-. Es que yo me puse a pensar qué influencia cósmica, abstracta o metafísica puede llevar a un ser humano a convertirse en un individuo inteligente y a su vez torpe y atolondrado. -¡Ah! Usted ya me tenía nervioso con tanto sigilo, don Herculano. -Disculpe si procedí de manera equivocada al querer colocar tan precipitadamente mi cuestionamiento, mi estimado Cayetano, pero es que me he pasado la mañana entera evaluando algunos tanteos que no me llevaron a nada. Y para decir la verdad, mi amigo, me parece que en este asunto, me encuentro más perdido que supositorio en el oído. -En todo caso, si mi parecer le es importante, por lo que aprendí en la universidad, he de decirle que el aprendizaje

coordenado

de

los

movimientos

que

efectuamos, siempre surge a través de la adquisición de las destrezas motoras, que a su vez se dan de forma relativamente permanente y debido a la práctica y no a la maduración. -¿Cómo, así? -expresé, aún más confuso que antes-. ¿La práctica, no es lo que lleva a la maduración de esas destrezas? Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-En todo caso, por si le sirve de ayuda, yo una vez alcancé a examinar una materia publicada por los profesores Toro y Zarco, donde explicaban que la psicomotricidad representa un estímulo muy importante para el desarrollo psíquico y físico. Además, declararon que los beneficios de la psicomotricidad son la mejora del equilibrio psíquico y de relación con el mundo exterior, contribuyendo al desarrollo de las cualidades motrices, físicas, así como la confianza en sí mismo. -¿A ver si comprendí? -busqué opinar al tomar por base mi deducción sobre las palabras de mí amigo-. La psicomotricidad es lo que nos permite canalizar mejor nuestros instintos, encontrar nuestra personalidad y superar las dificultades de relación con nuestro entorno… ¿Correcto? -Sí, mi amigo, exacto, porque además de contribuir con el desarrollo personal y social, esta tiene valor terapéutico, ya que representa la forma más natural de fisioterapia, y con ella se restablece la fuerza muscular y se aprende a recuperarse de la fatiga. Mismo que Cayetano Brulé se esmerase en explicarme de una forma filosófica y escolástica lo que suscitaba la psicomotricidad, las destrezas motoras y el rayo que parta, aun así yo no lograba entender como una persona que demuestra ser avispado y perspicaz, a su vez Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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no consigue esmerarse para corregir las distracciones que normalmente lo llevan a ser un torpe y más enredado que pelea de pulpos. -¿Logró comprender mi explanación, mi estimado colega? -preguntó Cayetano, al notar mi total cara de circunstancia. -Diría más bien, que si las dificultades de ejecución y de control del movimiento pueden ser tratadas a través de la patología, bien que ellas también pueden ser corregidas si uno quiere. ¿No es verdad? -respondí ensimismado a la vez que movía mis hombros en un subibaja. -No, no es tan simple como parece, don Herculano. -Indicó Cayetano, acompañado con un leve movimiento de secuencia horizontal de cabeza por estar en desacuerdo con mi respuesta-. Como las deficiencias motrices son aquellas que de modo directo dificultan o impiden la ejecución del movimiento, es decir, afectan a la fase visible del proceso de aprendizaje motor, estas pueden ser definidas como patologías del sistema neuromotor, patologías psicomotrices, o las patologías físicas; las que de diferente manera pueden afectar el control del movimiento. Y no siempre uno puede administrar esas dificultades... Si fuese así -agregó-, nuestra vida en este mundo sería mucho más simple. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Bueno, yo le confieso que no estoy por dentro de ese tipo de patologías. Yo no estudié embriogénesis indiqué medio a contra gusto, y por sentirme más inútil que abanico de papel higiénico. -Pues le diría que las patologías del sistema neuromotor, si es que usted aún está interesado en descubrirlas, mi querido colega, estas son las que afectan a los mecanismos receptor y transmisor que implican en afecciones

neuromusculares,

incluyendo

al

sistema

nervioso y dificultando el control del movimiento. En este grupo, las más características son la parálisis cerebral y la espina bífida; y en cuanto que las psicomotrices no presentan daños físicos o neurmoleculares, sí presentan unos

niveles

muy

bajos

de

habilidad

motriz

y

coordinación. Y para agregar, le cuento que las patologías físicas, son aquellas que se refieren exclusivamente al mecanismo efector. Mismo que la disertación explicativa de mi interlocutor fuese por demás interesante, yo estaba más perdido de gusano en manzana de plástico, y a esas alturas del partido, el tema ya me estaba pareciendo más aburrido que pulga en pieza vacía. -Sobre la torpeza motriz, yo le diría -añadió Cayetano con entonación profesoral-, que no existe consenso en las causas pero sí en la necesidad de Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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detectarla prematuramente y tratarlas adecuadamente. Así como tampoco está muy clara la relación entre torpeza motriz y capacidad cognitiva. Pero lo que parece bastante claro, es que no existe un prototipo de sujeto torpe, ya que la torpeza se manifiesta de forma muy heterogénea, con problemas específicos diversos en grado, y que de modo general se traducen en una “imagen distorsionada y poco coordinada”. -¿Cómo, así? -interrumpí, saliendo de vez de mi intelecto fastidio. -Es que los estudiosos del asunto instruyen que existe un tipo de niños que, sin poseer daños neuromusculares, sensoriales o físicos detectados y conocidos, son muy poco competentes en el empleo de estrategias para la solución de sus problemas motores, en la selección de las informaciones pertinentes para una situación y en su capacidad para evaluar y controlar sus propias acciones. -¡Ah! Entonces usted quiere decir que la mayoría de las veces, todo se da inicio en la niñez o en la adolescencia… ¿O no? -Expuse de manera de mantener el dialogo en un nivel elevado, ya que había sido yo quien comenzó con el tema y fui yo mismo quien escogió tirar de la lengua a mi amigo, quien ahora me parecía estar más agarrado al asunto, que ni mugre al talón. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Para ser sincero, -prosiguió disertando de una manera que me pareció cada vez enfática-, los síntomas típicos del niño torpe se muestran en diferentes ámbitos que van desde trastornos de aprendizaje, atención, lenguaje, irritabilidad, sociabilidad y motricidad. Algunos como Cratty, llegan a destacar los problemas de independización

segmentaria a

los

que

llama

de

diferenciación motriz o capacidad para dirigir sus tensiones y energías de manera eficaz hacia un grupo de músculos que intervienen en la tarea, y considerarlas mayores dificultades en las tareas perceptivo motrices que implican la vista con el movimiento, incluida la coordinación óculo-manual, óculo-corporal y óculopédica. -Sí, muy bien, pero si lo ponemos en el terreno práctico, ¿eso significa qué? -En el terreno práctico, -me respondió-, le podría subrayar que el gesto del niño torpe es todo lo contrario a un movimiento justo, económico, preciso y fluido, tanto en tareas de coordinación manual como global. -Entonces, deduzco por sus palabras que se pueden describir como siendo niños que tropiezan con todo y con todos, se golpean frecuentemente, no son bien admitidos por sus compañeros de juegos y pueden llegar a Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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desbaratar cualquier proyecto colectivo por su lentitud, falta de habilidad, pasividad o distracción… ¿Acerté? -Diría que sí, mi estimado compañero. -Asintió Cayetano, acompañando sus palabras con un movimiento universal de cabeza que todos forjamos cuando se quiere afirmar una veracidad. -Sin

embargo,

-agregó

de

inmediato-,

en

diferentes investigaciones recogidas, el niño con torpeza motriz se manifiesta por las características siguientes: poca eficacia en el manejo de objetos y utensilios; problemas de equilibrio, lanzamientos, atrapes, golpeos, conducciones;

inconsistencia

al

actuar;

dificultades

rítmicas; movimientos extraños; incapacidad para calibrar la fuerza de sus acciones; dificultad para planificar y organizar sus acciones; dificultades para escribir, recortar o construir; y hasta dificultades para colaborar en los juegos de equipo… -¡A la pucha! -exclamé, al percibir el volumen de complejidad que tomaba el asunto, y ya buscando ver como encajaba las ineptitudes de Jaques dentro de la descripción que me había dado Cayetano. -Y le digo más, -afirmó mi amigo, poniendo cara severa justo al momento de mirar la hora en su reloj de pulso-, pues yo agregaría que las deficiencias motrices presentan

desórdenes

de

Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

tipo

socio

afectivo

con

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repercusión en una mala integración en el grupo y con dificultades escolares, hasta considerar mediocres los resultados escolares de estos niños. -¿No me diga? Y por acaso, ¿cuáles serían estas? -Pues le diría que son dificultades de carácter psicoafectivo, como las siguientes: la inhición, o sea el fracaso continuo ante la ejecución de las tareas motrices que hace que el alumno con torpeza motriz se sienta inseguro y se inhiba ante nuevos aprendizajes; la hiperactividad, que es muy frecuente en los alumnos con torpeza motriz y se traduce en uno de los elementos perturbadores dentro del aula generando tensas relaciones entre los compañeros y dificultando el aprendizaje; o la ansiedad, que puede llegar al temor, incrementar la tensión acentuando la falta de control muscular; y la falta de atención, la que incrementa la dificultad perceptiva y el aprendizaje

de

aquellas

tareas

basadas

en

este

mecanismo… -de repente Cayetano hizo una pausa, y agregó: -Pero si usted me disculpa y no me lleva a mal, mi amigo, ya está en la hora de volver a nuestra reunión, así que si quiere continuar con nuestro debate, propongo que lo continuemos hoy por la noche después de la cena. ¿Le parece bien? Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¡Oh, no! Gracias -manifesté con un sonriso de agradecimiento-. Su explanación me ayudó mucho. Creo que gracias a sus sabias explicaciones yo logré aclarar mis dudas. -Como usted quiera, mi amigo Herculano. No se olvide que entre nosotros nunca podemos pisarnos el palito. -Manifestó con un guiño, justo cuando entrabamos al salón.

17 A decir verdad, durante el periodo de la tarde me vi obligado a participar más activamente del simposio, pues al formarse grupos de trabajo para elaborar disyuntivas sobre un asunto del cual no les puedo revelar, poco tiempo tuve para esparcir letárgicamente mi pensamiento en busca de nuevos descubrimientos sobre el tipo de idiosincrasia de mis otros colegas de labor. Así que, una vez encerrados los trabajos al final del periodo vespertino, me sentía más inútil que timbre de mausoleo;

Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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fue cuando retorné con prisa a mi cubículo para tomar unos mates y prepararme para la cena. -¡Patrón! -fue lo primero que escuché al abrir la puerta de mi alcoba-. Con el calor que hace en este fin de mundo, yo ando más sudado que calzoncillo de cartero… Tengo unas ganas de echarme una ducha, que ni se imagina. -protestó Snobinho, a la vez que ponía una cara infantil de como quien hace pucheros. -Pero pedazo de un urubú cuadrúpede y acémila, le contesté de malhumor-, si vos sabes que hay una ducha muy amplia, moderna y limpia en cada vagón, ¿por qué cuernos ya no fuistes a bañarte? -Mi jefeamo, es que yo pensé que… -Ya te dije, el problema es qué vos pensás demás. -Interrumpí, antes de que él me viniera con alguna sarta de letanías. -¡Bueno! ¡Joder! Ahora soy yo el que va a echarse una ducha. Así que vos, haceme el favor de prepararme unos mates, que cuando vuelva será tu vez ordené sin darle chances a que chistara. Entre las idas y venidas de mi servicial pupilo y el continuo traqueteo del tren sobre los rieles, mientras sorbía calmamente el mate sentado en mi alcoba, por alguna sinrazón que escapaba a mi intelecto, me sentía más preocupado que Adán en otoño. Al final de cuentas, Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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estaba con la cabeza llena de asuntos variados que nada tenían que ver entre una cosa y otra. Fue justo cuando mi doméstico lacayo me hizo ver que ya estaba en la hora de la cena. -Patróncito, hoy estoy más hambriento que piojo en peluca… ¿Usted no va a cenar? -expresó con cara triste y mirándome con ojos más chiquitos que japonés con fiebre. -Es posible, mi neófito tizón de averno, pero sólo iré cuando sea la hora -le contesté después de sacarle un sonoro ronquido al mate cuando le di mi último sorbo. -Pues si no se apura, jefeamo, seguramente comeremos las sobras, -pronunció en un tono apenado a la vez que abría desmesuradamente los ojos como si fuese una lechuza en la cornisa de la iglesia. Al llegar al salón, noté que mis compañeros ya estaban casi todos sentados en grupos y dejando pocas sillas libres para escoger un lugar adecuado en donde sentarme. No tuve más remedio que acomodarme en la mesa donde se encontraban Perry Mason, Sam Spade, Philip Marlowe, y Matt Scuder. Aquello me dejó la impresión de que era la cofradía particular del propio Tío Sam, o quizás una confabulatoria congregación o hermandad estadounidense dispuesta a enfrentar con dientes y uñas algún mal nativo, pero como no me Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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quedaba otra alternativa, me acerqué a ellos y solicité permiso para ocupar la silla que estaba vacía. -Si,

como

no…

-manifestó

Perry Mason,

extendiendo su mano para indicar el lugar donde sentarme, como si con su gesto estuviese autorizando mi presencia junto a ellos-. Su presencia nos orgulla -agregó de forma cordial y a su vez enfática. -¿Por acaso estoy interrumpiendo algún coloquio importante al cual no debo dar oídos de chismoso? -Dije medio que socarronamente y a fin de quebrar el hielo que había en aquellos rostros que me observaban en silencio. -Que nada, don Herculano. Nosotros estábamos distrayendo la lengua al discurrir sobre el Humanismo, anunció Sam Spade. -Parece ser un tema súper interesante -comenté-. Por lo que tengo entendido, el Humanismo es un concepto definido desde la filosofía, y se trata de una actitud que intenta poner especial énfasis en la dignidad y el valor de la persona humana, considerándola como un ser racional capaz de practicar el bien y encontrar la verdad. -¡Justo! Pero no hay que olvidarse de que sse trata también de un concepto utilizado para definir los movimientos culturales y literarios presentes en la Europa del siglo XIV y XV, en el que renace el estudio de la Roma y Grecia clásica, y en la que se resalta el valor de lo Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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clásico por sobre su importancia en el contexto cristiano. Agregó Matt Scuder al momento que tomaba un trozo de pan y lo untaba con mantequilla. -Tengo entendido que el Humanismo se conforma como todo un movimiento, -afirmé convicto-, que se originó en Italia a fines de la Edad Media, cuando personajes tan importantes como Dante Alighieri y Francesco de Tetrarca, entre otros, realizaron grandes aportes al descubrimiento y conservación de las obras clásicas. No en tanto, sé que otros grandes hombres contribuyeron a la formación de este movimiento, como lo fue Giovanni Pico Della Mirandola, quien a través de su obra “Oración” logró plasmar los ideales humanistas centrados en la dignidad humana. -Expuse con cierta jactancia, ya que ese asunto otrora me había despertado interés cuando me zambullí de cabeza en la Enciclopedia que me había dejado de herencia mi fallecido amigo Nicanor. -Noto que usted es todo un erudito en esta cuestión, mi caro Herculano, -ponderó el famoso abogado, y a su comentario, yo agregaría que la expansión de este movimiento tomó aún más fuerza gracias a la difusión de los textos clásicos, lo que fue posible por el novedoso uso de la imprenta en el siglo XV luego de que parte de la nobleza y el alto clero viniese a contribuir de manera muy Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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significativa en la recopilación y traducción de los textos clásicos en cuestión. -Elogió el Doctor Masson, siempre con aquella flegma característica que se sobresale en todo sabiondo jurista como lo era él. Hasta ese momento, Philip Marlowe se había mantenido callado y acompañando con la conversación como quien se pone a mirar un interesante partido de tenis, paseando entre nosotros sus ojos de derecha a izquierda y viceversa. De repente, lo vi levantar la mano como quien pide permiso a la maestra para ir al baño, y al aclarar la voz con un ligero carraspeo, nos expuso: -Es sabido que el humanismo tuvo un fuerte impacto en la literatura y el arte, sin embargo, les aseguro que fue expandiéndose y entrando a países como Inglaterra, donde sus influencias llegaron a tomar parte importante tanto en la educación como en la teología, y posteriormente conformándose como una de las causas principales de la Reforma. Por consiguiente, tengo entendido que fue en este país donde la difusión del movimiento humanista estuvo a cargo de grandes instituciones educativas como las afamadas universidades de Oxford y Cambridge. Casi sin querer se formó un cierto silencio cuando los platos fueron servidos por los copetudos mozos almidonados de la cabeza a los pies, ya que todos Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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comenzamos a mordisquear afanosamente la comida. Tal vez presintiendo la indelicadeza de nuestro acto, Matt Scuder se limpió con la servilleta la esquina de los labios, y dijo: -Entiendo que el Humanismo no deja de ser un movimiento intelectual, filológico, filosófico y cultural europeo estrechamente ligado al Renacimiento, cuyo origen se sitúa en el siglo XIV en la península Itálica, especialmente en Florencia, Roma y Venecia, y que fue creado por renombradas personalidades del momento, tales como Dante Alighieri, Francesco Petrarca y Giovanni Boccaccio, como bien lo expuso anteriormente nuestro noble amigo Herculano. Más bien, yo diría que estos genios buscaban la Antigüedad Clásica y por ello retoman el antiguo humanismo griego del siglo de oro, siempre buscando mantener su hegemonía en buena parte de Europa hasta fines del siglo XVI, cuando esta se fue transformando y diversificando a merced de los cambios espirituales provocados por la evolución social e ideológica de Europa, fundamentalmente al coludir con los principios

propugnados

por las reformas

luterana,

calvinista, la contrarreforma católica, la Ilustración y la Revolución francesa del siglo XVIII. -Muy bien dicho, mi estimado Matt, -manifestó el abogado después de tan larga explanación. Pero yo Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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añadiría

que

el

movimiento,

fundamentalmente

ideológico, tuvo así mismo una estética de impresión paralela, plasmada, por ejemplo, en un nuevo tipo de letra, la redonda conocida como letra humanística, imitada de la letra uncial latina antigua, que vino a sustituir poco a poco a la letra gótica medieval. -¡Es verdad! -Comentó Philip Marlowe, para meter la cuchara en el asunto, y preguntando-: ¿Alguien sabe explicarme lo que significa la expresión studia humanitatis? -Si me permiten, he de decirle que esa expresión surgió cuando fue contrapuesta por Coluccio Salutati a los estudios teológicos y escolásticos cuando éste tuvo que hablar de las pedantes inclinaciones intelectuales de su amigo Francesco Petrarca; pero en éste caso, humanitas significaba propiamente lo que es el término griego filantropía, amor hacia nuestros semejantes, pero en él, el término estaba rigurosamente unido a las litterae o estudio de las letras clásicas -respondió Perry Mason, siempre con su soberbia intacta, mismo estando en una descontraida charla alrededor de una mesa de tren perdido en el fin del mundo australiano, como ante una sobria corte de justicia americana. -Por lo que yo sé, -fue mi vez de interrumpir para meter la cuchara en el asunto-, en el siglo XIX se creó el Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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neologismo germánico Humanismus para designar una teoría de la educación en 1808, término que se utilizó después, sin embargo, como opuesto a la escolástica en 1841 para, finalmente, en 1859 aplicarlo al periodo del resurgir de los estudios clásicos por Georg Voigt, cuyo libro sobre este periodo llevaba el subtítulo de El primer siglo del Humanismo, obra que fue durante más de un siglo considerada fundamental sobre dicho tema. -¿Usted ha leído esa formidable obra? -quiso saber el altanero abogado, frunciendo el ceño como si se juzgase sorprendido de ver que un tupinambá cualquiera se interesase por ese tipo de cosas. -No,

-le

respondí

secamente,-

pero

tengo

entendido que el Humanismo propugnaba, frente al canon eclesiástico en prosa que imitaba el pobre latín tardío de los Santos Padres y el simple vocabulario y sintaxis de los textos bíblicos traducidos, los studia humanitatis, una formación íntegra del hombre en todos los aspectos fundados en las fuentes clásicas grecolatinas, muchas de ellas entonces buscadas en las bibliotecas monásticas y descubiertas entonces en los monasterios de todo el continente europeo. A estas alturas, mientras terminaba de engullir el último bocado de mi cena, ya me imaginaba que esta sería otra noche reservada a un largo cenáculo sobre teorías y Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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análisis de movimientos culturales y literarios de mil y ochocientos y octubre, o del año del ñaque, cosas que sólo servían para filosofar con la lengua suelta y una voz de vino y licores, ya que en el tren no había más nada que hacer. De cualquier manera, opiné que el vino era excelente, y el tema en cuestión me parecía más interesante que tener hablar de ciencia escolástica o dogmatismos teologales. -Aunque en pocos casos -dijo Matt sacándome en un santiamén de mis alcoholémicas cavilaciones-, no se puede desconsiderar que estos textos fueron traducidos gracias al trabajo de, entre otros, Averroes y a la infatigable búsqueda de manuscritos por eruditos monjes humanistas en los monasterios de toda Europa. -¡Claro! -saltó diciendo Perry Mason como si de repente se le hubiese soltado un resorte de su silla-. La labor estaba destinada a acceder así a un latín más puro, brillante y genuino, y al redescubrimiento del griego gracias al forzado exilio a Europa de los sabios bizantinos al caer Constantinopla y el Imperio de Oriente en poder de los turcos otomanos en 1453. La segunda y local tarea fue buscar restos materiales de la Antigüedad Clásica en el segundo tercio del siglo XV en lugares con ricos yacimientos, y estudiarlos con los rudimentos de la metodología de la Arqueología, para conocer mejor la Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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escultura y arquitectura. En consecuencia, el humanismo debía restaurar todas las disciplinas que ayudaran a un mejor conocimiento y comprensión de estos autores de la Antigüedad Clásica, a la que se consideraba un modelo de conocimiento más puro que el debilitado en la Edad Media, para recrear las escuelas de pensamiento filosófico grecolatino e imitar el estilo y lengua de los escritores clásicos, y por ello se desarrollaron extraordinariamente la gramática, la retórica, la literatura, la filosofía moral y la historia, ciencias ligadas estrechamente al espíritu humano en el marco general de la filosofía, las artes liberales o todos los saberes dignos del hombre libre frente al dogmatismo

cerrado

de

la

teología,

expuesto

en

sistemáticos y abstractos tratados que excluían la multiplicidad de perspectivas y la palabra viva y oral del diálogo

y

la

epístola,

típicos

géneros

literarios

humanísticos, junto a la biografía de héroes y personajes célebres, que testimonia el interés por lo humano frente a la hagiografía o vida de santos medievales, y la mitología, que representa un rico repertorio de la conducta humana más sugerente para los humanistas que las castrantes leyendas piadosas, vidas de santos y hagiografías de Jacopo della Voragine y su leidísima Leyenda dorada. Este tipo de formación se sigue considerando aún hoy como humanista. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Cuando culminó su largo recital, tuve la impresión que este famoso abogado no lograba distinguir la diferencia existente entre los que se encuentran por detrás de una barra de jurados de algún tribunal de justicia, de una multitudinaria platea de colegas de actividad, o de un palco donde diversos presentes asisten a un parlero político exponer sus ideas, tal era la acentuación de sus palabras como la mímica del movimiento de sus manos y expresiones faciales. Y lo peor, es que estaba bañado de verdad en todo lo que decía. -Para ello, -intervino Marlowe,- los humanistas imitaron el estilo y el pensamiento grecolatinos de dos formas diferentes: la llamada imitatio ciceroniana, o imitación de un solo autor como modelo de toda la cultura clásica, Cicerón, impulsada por los humanistas italianos, y la imitatio eclectica, o imitación de lo mejor de cada autor grecolatino,

propugnada

por

algunos

humanistas

encabezados por Erasmo de Rotterdam. -acotó Philip Marlowe, que no sé si él pestañaba de sueño o por el efecto de las cuantiosas copas de vino ya ingeridas. -Pero hay muchos otros factores que favorecieron el Humanismo, -expresé de forma de llamar a atención sobre la explanación que había sido dada por Matson-, como por ejemplo: la emigración de sabios bizantinos debido a que el Imperio bizantino estaba siendo asediado Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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por los turcos. Se sabe que muchos de ellos buscaron refugio en Europa Occidental, especialmente en Italia, llevando con ellos textos griegos, y de esa manera terminaros promoviendo la difusión de la cultura, los valores y el idioma griego. -Yo diría más, -interrumpió Marlowe-, como por ejemplo,

Manuel

Crisoloras,

erudito

griego

de

Constantinopla, que enseñó griego en Florencia desde el año 1396 al 1400 y escribió para uso de sus discípulos la obra Cuestiones de la Lengua Griega, basándose en la Gramática de Dionisio Tracio; y de su discípulo Leonardo Bruni, que allá por el 1400, fue el primero que hizo traducciones del griego al latín a gran escala, como también Ambrosio Traversario, quien además recomendó a Cosme de Médici que adquiriera doscientos códices griegos de Bizancio de Francesco Filelfo. -Ya que usted levantó ese punto, don Marlowe, mencioné al pedir la venia-, y no después de grandes debates y polémicas, hay que considerar que a partir del siglo XV el movimiento humanista se vio favorecido por la invención de la imprenta, pues este iniciativa de Gutenberg permitió el abaratamiento del costo y la difusión de los libros, garantizando la difusión masiva de las ideas humanistas y la aparición del sentido crítico Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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contra el “magister dixit” o argumento de autoridad medieval. -Sí, claro. Eso también ayudó mucho. Tiene razón usted, don Herculano, pero no deje afuera del tarro la importancia que tuvo Roma, pues con la llegada al solio pontificio de Tomas Parentucelli, o el Papa Nicolás V, y de Eneas Silvio Piccolomini, el Papa Pío II, su influencia convierte a Roma en uno de los grandes focos del Humanismo. -¿Y usted que me dice de los mecenas? -Le preguntó el doctor Mason a Marlowe, haciendo una mueca socarrona. -Le diría que los mecenas eran personas que, con su protección política, con su aprecio por el saber antiguo, tal vez con su afán coleccionista o con la remuneración económica

a

los

humanistas

para

que

estos

se

establecieran o costearan sus obras en la imprenta, fueron quienes facilitaron el desarrollo del Humanismo. Estas personas también reunían obras clásicas y llamaban a eruditos conocedores de la literatura griega y romana; y por si eso fuera poco, los acogían en sus palacios. -Es verdad. -acoté al recordarme de algunos de ellos-. Entre los mecenas más destacados, sobresalen la familia de los Médici de Florencia, más precisamente Lorenzo de Médicis, llamado el Magnífico y su hermano Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Juliano de Médicis, y los pontífices romanos Julio II y León X, y claro está, sumándose a ellos Cristina de Suecia. -Ajá… -murmuró el doctor, quien ahora estaba con la pera apoyada sobre su puño, dejándome la impresión de la estatua viva de Le Penseur, una de las más famosas esculturas de Auguste Rodin que retrata a un hombre en meditación soberbia, luchando contra una poderosa fuerza interna que no logra de forma alguna descifrar. Este estaba igual. -¡Touché! -me dijo luego a seguir-. Veo que usted domina muy bien el tema, y reconozco que también es una persona ilustrada en los más diversos asuntos. -Bueno, gracias por lo que me toca, don Mason, y por la honra que usted me depara, -dije acompañado de un leve y educado asentimientos de cabeza-. Aunque en mi pueblo aun no hayan universidades, escuelas y academias especializadas como las universidades de Alcalá de Henares, Lovaina, etc., o las escuelas del siglo XV, las que indudablemente contribuyeron en gran parte a la expansión del Humanismo por toda Europa, igual yo leo la Enciclopedia Británica que me regaló mi fallecido amigo Nicanor. -Usted sabrá que el saber, no es un don, es un obsequio que el ser humano se da a sí mismo a través de Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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diferentes métodos y modos -comenzó a filosofar nuestro compañero de mesa Philip Marlowe, mientras hacía circular levemente el líquido de su cogñac dentro de la copa, en cuanto yo pensaba para mis adentros que era llegada la justa hora de irnos a dormir. -Por cabal respeto a la ortografía, les digo qué distintas pueden ser las maneras de escribir; pero lo sorprendente, es que los hombres hablen éstos la misma lengua y ser -continúo argumentando, para sorpresa de todos,

y

con

su

filosofal

pensamiento

licoroso-.

Probablemente es la lengua la que va escogiendo los escritores que precisa, y se sirve de ellos para que expresen una pequeña parte de lo que es, cuando la lengua lo haya dicho todo, y callado, a ver cómo vamos a vivir. Es ahí que empiezan a surgir las primeras dificultades, o quizás no sean aún las dificultades sino más bien, distintos y cuestionadores estratos del sentido, camadas, capas, sedimentos

removidos,

nuevas

cristalizaciones,

por

ejemplo. -Sobre la desnudez de la verdad, -empezó a decir Sam Spade con voz entonada como si fuese a cantar el aria de una ópera-, el manto diáfano de la fantasía parece dejar clara la sentencia, clara, cerrada y conclusa, donde un niño sería capaz de entenderla y repetirla en un examen sin Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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error, pero ese mismo niño también entendería y repetiría con igual convicción un nuevo dicho… -Sobre la desnudez de la fantasía, el manto diáfano de la verdad -dije al interrumpir la latosa cantilena de Sam-, y este dicho sí que da mucho que pensar y deleitosamente imaginar, sólida y desnuda la fantasía, diáfana apenas la verdad, si las sentencias vueltas al revés pasaran a ser leyes, qué mundo haríamos con ellas. El milagro sería que los hombres no se vuelvan locos cada vez que abren la boca para hablar. Y con esto, les doy las buenas noches a todos ya que me retiro a descansar. La velada ha sido muy gratificante y aún más placentera por me permitir haberla compartido con ustedes… Tengan un buen descanso -dije acompañado de un saludo de baza mientras enfilaba mis pasos para retirarme del salón, no sin antes tastabillar de tan mamado que estaba.

18 -¡Ufff! ¡Por fin! -exclamó mi lacayo como si fuese un relincho de caballo, cuando de repente por el Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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intercomunicador de nuestro cubículo escuchamos el aviso de que el tren haría una parada en la ciudad de Alice Springs para visitar el monte sagrado aborigen, Uluru, así como los alrededores del área desértica. -Estoy loco para estirar un poco las patas fuera de este sarcófago andante -agregó con una fisonomía aburrida. Creo que ello ocurrió justo en el medio de nuestro monótono recorrido, cuando esa mañana alcanzamos a divisar por la ventanilla la tal de Alice Spring, una localidad que representa el típico interior australiano, donde al bajar de los vagones, muy pronto notamos que nos encontramos parados bien en medio de la capital del arte aborigen y asándonos despacito bajo un sol recalcitrante, desde donde quien quiere y se le antoja, puede partir hacia diversos destinos como el famoso monte Uluru, o las montañas MacDonnell Ranges. En realidad, aquello era lo que bien dicen, una ciudad típica del interior profundo, el “Outback”, como la apellidan los australianos. Por lo que tenía entendido, Alice Springs rondaba los treinta mil habitantes y, más allá de ser la capital australiana del arte nativo, era también un imán para los entusiastas de la práctica del tracking entre las montañas cercanas, como las Ranges o el mágico monolito Uluru-Ayers Rock, que en ese momento se Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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destacaban en mi horizonte como monumentos de piedras taxativas que habían sido largadas por algún dios esquizofrénico en el medio de la nada. En la estación, la propia imagen de ese tren tan largo como esperanza de pobre, ya servía para impresionar a cualquier ser viviente, inclusive nosotros, que, al igual que turista japonés de vacaciones, no parábamos de sacarnos fotos posando inertes que ni la estatua de Génitor, el noble caballo de Cayo Julio César, mientras permanecíamos todos parados sobre el andén al lado de esa lombriz de metal llamada “The Ghan”. Algo después de desperezarnos y estirar los juanetes, nos dividimos en grupos, y quienes no fueron de paseo hasta esos parajes más remotos, salimos a los pares para conocer un poco de esa industria de maestría aborigen tan famosa. -Querido patroncito, si usted no se me enoja, yo voy a estirar mis huesos caminando por ahí -sugirió mi pupilo, loco para dar unas bandas por el pueblo. -Está bien. Pero a ver si no te me perdés, inútil, no vaya a ser que un vernáculo de la región te confunda con la avestruz negra del África, y luego te desplume. Contesté con sarcasmo, mientras veía a mi doméstico abrir los ojos desmesuradamente, no sé si de miedo, o porque no entendió mi epigrama. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Y allá se fue él, caminando bajo un solazo inclemente, cuando de repente me di cuenta que a mi lado también caminaba Ed Mort, el circunspecto detective brasileño

que

según

me

contaron,

vivía

siempre

deambulando por los oscuros taguares de Rio de Janeiro; pero eso se debía, por lo que tenía entendido, que no sólo era realizado a causa de sus esporádicas investigaciones detectivescas, sino más bien para huir de sus acreedores. En ese momento el calor ya rondaba cerca de los 40 grados, y de común acuerdo, en lugar de caminar resolvemos acomodar nuestros traseros para charlar un poco bajo la sombra del techito de la antigua estación de telégrafos de Stuart, local que había sido el verdadero origen de la ciudad de Alice Springs. -Que zonas más despobladas, -comenté largando mis palabras al viento, como para quebrar el hielo seco de nuestro encuentro. -Escuché decir que el nombre que esta ciudad recibe por parte de los aborígenes arrernte, es Mparntwe Ed pronunció orondo, como si quisiese impresionarme con su irrelevante conocimiento-. Pues según relatan las historias de los nativos que poblaron la región hace milenios, el paisaje estaba formado por orugas, dingos, walarús, niños viajeros, dos hermanas y otras criaturas ancestrales que merodeaban por la zona donde se sitúa esta Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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localidad, y donde existen numerosos lugares importantes para los nativos, como Anthwerrke, Akeyulerre, Ntaripe, Atnelkentyarliweke y Alhekulyele. -Es verdad, -empecé a responderle a mi lacónico compañero-, pues yo me enteré que esta zona era un punto de paso para la línea de telégrafo entre Adelaida y Darwin, pero hasta la década de 1930, la ciudad se llamó Stuart en honor de John McDouall Stuart, quien en 1862 había encabezado una expedición al centro de Australia, justo aquí donde Alice Springs está situada, y para poder construir la línea de telégrafos que se terminó en 1872. Cuentan que la expedición de Stuart fue la abrió el camino al interior de la isla y permitió su colonización permanente. Sin embargo, hasta el hallazgo de oro en Arltunga, a 100 km de la ciudad, no hubo ningún asentamiento de importancia. -terminé por exponer para mostrarle a Ed que yo había hecho la lección de casa y conocía sobre el lugar. En

realidad,

dejando

de

lado

esas

inverosimilidades en las que nos entreteníamos mientras soslayábamos el tiempo caluroso, lo que más nos llamaba la atención, era que cerca de 400 mil personas visitaban por año la ciudad de este fin de mundo que sirve como base para muchos paseos. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Muchos afirman que ella ofrece toda una infraestructura para recibir turistas, y disponibilidad de varios tipos de acomodaciones, resorts y campings con precios variados, que bien podría inducir a pensar que busca acomodar desde los ricachones hasta los más harapientos mochileros. Pero la verdad, que mirándola desde donde nosotros estábamos ubicados, no era nada del otro mundo ya que el centro poseía apenas cinco calles transversales que iban de la Wills Terrace, al norte, a la Stuart Terrace, al sur. Claro que no era difícil encontrar varios hoteles y restaurantes más allá del Todd Mall, pero al este de la ciudad, dicen que se encuentra el rio Todd, una región que permanece seca casi todo el ano. Por lo general, las construcciones que divisábamos no pasaban de dos pisos y sólo había uno que otro edificio más alto. De repente ambos paramos de conversar sobre esas futilidades, y yo noté que mi compañero estaba medio cabizbajo, como si algo lo inquietase. Tenía los ojos clavados en el piso y con la uña meñique de la mano izquierda se escarbaba por debajo de las uñas de la mano derecha buscando quitar de allí unos diminutos rollitos de mugre. -Cuénteme, Ed, ¿cómo anda ese Brasil? -dije, para ver si lo animaba un poco. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Brasil debe estar bien, Rio de Janeiro debe estar mejor, pero el que está jodido soy yo. -Me respondió con una voz tomada, embargada, desalentada, que me llegó a dar pena. -¿Qué es eso, hombre? Anímese, estamos de paseo, olvídese de las penas y disfrutemos de esta…, esta…, soledad apabullante, -titubeé al decir, pues por más que me esforzase en encontrar el adjetivo correcto, nadie podía negarnos que nosotros nos encontrábamos sentados en el medio de la nada. -No se preocupe conmigo, don Herculano. Lo que pasa, es que mis problemas existenciales a veces me deprimen un poco. -Expresó un poco más conformado. -En todo caso, ¿por qué usted no va a visitar un terapeuta, mi querido Ed? Ellos siempre tienen algunos consejos útiles para dar, y ciertamente este le indicará un buen tratamiento para sus neurosis. -La verdad, debo confesarle que una vez yo fui a consultarme con uno de ellos. -¿Y qué? ¿Tuvo una recaída? -pregunté, de curioso nomás. En ese momento, Ed me miró con una cara de desconfiado, pero parece que segundos después se animó a soltar la lengua y me dijo: Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-No sé si es por la mala influencia de mi trabajo, pero confieso que siempre tuve miedo de irme a acostar. -¿Miedo de la muerte? -manifesté sorprendido. -Nada que ver, don Herculano. Lo que pasa es que siempre desconfié de que había alguien escondido debajo de la cama, -me contó con una entonación sigilosa de como a quien no le interés ventilar un secreto en público. -Puede qué esa fobia que usted tiene, venga se su época de niñez, -quise explicar buscando no dar mucha importancia a su aversión infantil. -Realmente, -me dijo con reserva-, hubo una época en que ya me sentía cansado de ello, y por eso tomé coraje yendo a ver a un psiquiatra que me recomendaron, al cual le expliqué: -“Doctor, tengo problemas. Cada vez que voy a acostarme, creo que hay alguien escondido debajo de mi cama. Tengo miedo… ¿Me estaré volviendo loco? -¡A la pucha! ¿Y ahí, qué le dijo el hombre? exclamé sin disimulo. -El siquiatra me respondió: Está bien. Déje eso en mis manos y le garanto que en doce meses usted estará curado. Mientras tanto, venga a verme tres veces a la semana y yo le curaré todos esos miedos. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Macanudo. Entonces me imagino que usted dio inicio a su terapia… -comencé a explicar, cuando de repente Ed me interrumpió. -Que nada, mi amigo, pues cuando me dijo que tenía que ir tres veces por semana a su consultorio, me vi obligado a preguntarle: -¿Y cuánto me cobra la consulta, doctor? -¡Barato! -me contesto el doctor sin pestañar-. Ochenta dólares la visita. -Bueno, en todo caso a mí me parece ser un poco caro, pero si usted dice que me cura, entonces valdrá la pena venir -le contesté ya medio a contra gusto. -Así que entonces, mismo siendo un poco caro, usted se animó a verlo todas las semanas, don Mort manifesté,

aun

sin

entender

donde

miércoles

mi

compañero quería llegar con su esquizofrénica diatriba. -Para ser sincero, don Herculano, unos seis meses después me encontré con el dicho cuyo doctor en el hall de un cine, y fue ahí que el hombre me interpeló diciendo: -¡Ey! Usted dejó de venir a mis consultas después de la tercera vez. ¿Por qué no regresó? -me preguntó. -Bueno, doctor, le diré que a un costo de ochenta dólares por consulta, tres veces a la semana por doce meses, resulta ser bastante dinero para un tipo como yo. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¿Y el hombre no se enojó? -Quise saber, mientras miraba absorto a los ojos de mi compañero. -Y qué sé yo. La verdad que yo al tipo, ni lo conocía. Un amigo había tirado su nombre de las páginas amarillas de la guía del teléfono y me lo recomendó, así que a mí poco me importaba lo que carajo pensase -me respondió Ed, ojos brillantes y con una leve sonrisa en los labios. -Por lo que usted me cuenta, deduzco que abandonó el tratamiento -manifesté con apremio, al percibir que Ed hacía una mueca de desprecio. -Está engañado, mi amigo, -expresó, ahora con una sonrisa más amplia-. Es que algunos días después de haberlo visitado en su consultorio, yo conocí al cantinero de un bar que me curó en una sola sesión por tan sólo diez dólares. -Pero escúcheme, hombre, -interpelé aturdido-, ¿cómo es posible que un simple cantinero de bar le pueda llegar darle una solución para su problema hipocondríaco y neurasténico? -Eso no importa, lo que sé, es que yo me curé de vez, y le digo más, don Herculano, estaba tan contento con el dinero que ahorré, que al final me compré un coche nuevo. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¿No me diga? -expresé algo molesto, pues me parecía que me estaba tomando el pelo. -Don Herculano, usted ya debe saber que la vida es así, -me respondió sarcástico-, a veces las soluciones están a la vista, y no nos damos cuenta… -¡Sí! ¿Pero puedo saber cómo un cantinero que solo sabe de servir tragos, lo curó por tan sólo diez dólares? -fui obligado a preguntar. -¡Fácil! -respondió Ed-. El tipo me dijo que le cortara las patas a la cama. -¿Y de ahí? -Claro, ahora ya no puede haber nadie ahí abajo… La verdad, es que después del ataque de risa que me dio, fui obligado a acotar: -Sí, usted tiene razón, Ed, en algunos casos, es mejor olvidarse de los psiquiatras y tomarse un trago y hablar con el cantinero. En esas cosas andábamos él y yo, cuando sorpresivamente apareció Snobiño para decirme que estaba en la hora de volver al tren, pues éste se encontraba casi a punto de partir. -Vamos ver, quizás en la próxima parada, usted me cuenta alguna otra anécdota de su vida -solicité a Ed mientras nos aproximábamos a nuestro vagón del convoy. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Con todo placer le contaré de mis casos así que hagamos otra parada en Katherine, ya en la zona tropical situada más al norte. -Concordó mi taciturno compañero de descanso, aunque ahora se le veía con el aspecto un poco más jovial y con la lengua más suelta. -Bueno, creo que cuando paremos en esa ciudad, ya estaremos a cerca de 300 km de Darwin y de nuestro destino final… -fui afirmando. -¿Sabía usted, don Herculano, que el nombre de la ciudad se debe a la hija de uno de los promotores de la expedición emprendida por John McDouall Stuar en 1962? -No lo sabía, mi estimado Ed, pero ya que usted lo menciona, pienso que esos Stuar deben ser unos ricachos, porque veo que están metidos en todo que hace parte de la historia de este país. Dos por tres escucho ese apellido por todo lugar que paso, así que pienso que deben ser más empolvados que ratón de molino. -En todo caso, yo tuve la oportunidad de ver una fotografía de ese explorador, y le digo que no sé lo que piensan los otros, pero para mí, John McDouall Stuart, clavadito que se parece a Karl Marx. -¿No me diga? -deje escapar con asombroAunque no sé por qué, yo me lo imaginaba diferente acoté. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Dicen que ese tal de Stuart fue el primer europeo en ver el lugar y, probablemente, creo que es el más conocido de todos los suicidas que dedicaron a explorar el Outback, y el segundo en cruzarlo de sur a norte y en regresar para contarlo. -No nos olvidemos que allá por los años sesenta del siglo XIX, -señalé-, la exploración del centro de Australia que, sobre el mapa no era más que un descomunal agujero, ya rivalizaba en el imaginario inglés con el hallazgo de las fuentes del Nilo. -Y aún más, mi estimado Ed, por lo que he leído, parece que John Stuart realizó seis expediciones al Outback, alguna de ellas en pleno mes de enero, en lo más duro del verano austral, y esa hazaña la realizó sin que perdiera un solo hombre del tropel que lo escoltaba. Por eso que este hecho le valió convertirse en una de las dos únicas personas en ser galardonada dos veces por la Royal Geographical Society, y que si no estoy engañado, la otra era un tal de David Livingstone, supongo…, -dije medio que titubeando, sin recordar si en verdad era esa la persona laureada. -Lo bueno que tiene el desierto australiano, es que hay muchas cosas que ver, pero lo malo es que esas cosas están muy lejos entre sí. No recuerdo si ya conversamos sobre ello, pero Alice Springs es la ciudad más grande del Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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desierto, con sus veintipico de mil habitantes que suponen ser el 12% de toda la población del Territorio del Norte, un inmenso páramo de millón y medio de kilómetros cuadrados habitado por doscientas mil personas. -Imagínese, mi amigo, lo que no sería esto aquí antes del telégrafo…, ¡el fin del mundo! -expresé con una punta de escarnio en la voz. -No quiero ni pensarlo, don Herculano, pero tenga en cuenta que Stuart no fue el primero en cruzar de Sur a Norte Australia, ni tampoco el primero en sobrevivir, pero sí el primero en hacerlo sin perder una significativa parte de la expedición. Dicen que una otra partida de exploradores, la de Burke y Willis, consiguió llegar al Golfo de Carpentaria, pero murieron todos menos uno al regresar. Y John King, único superviviente, fue rescatado unos meses después tras aguantar el tirón con la ayuda de los aborígenes y, por tanto, se convirtió de chiripa en el primer europeo en cruzar Australia de Sur a Norte y viceversa. -Realizar la travesía del desierto en esa época, no hace falta decirlo, mi caro Ed, era extremadamente arriesgado. Por eso que las expediciones solían fracasar sin importar lo bien preparadas que estuvieran, y quiero creer que la de Burke y Willis lo estaba. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Pero tengo entendido que las expediciones de Stuart fueron las primeras en viajar muy ligeras de equipaje para ganar velocidad, algo que también haría nuestro viejo conocido Fridtjof Nansen en sus viajes polares unas cuantas décadas más tarde, y algo que le permitió no sólo acortar tiempo, sino también dar media vuelta y sobrevivir cuando se vio obligado a ello. -afirmó mi amigo, si llegar a descubrir si fruncía el ceño porque estaba pensando, o por el cegador reflejo del sol. -La importancia de las expediciones de Stuart no fue sólo el recorrer y descubrir todo lo que recorrió y descubrió, sino que consiguió establecer una ruta válida para trazar el recorrido del telégrafo entre la costa norte de Australia y Sídney y Melbourne. -acoté sin disimular mis conocimientos historiográficos. -¡Sí! Y también descubrió el manantial junto al que se fundaría años más tarde la ciudad de Alice Springs -agregó mi compañero como para quedarse con la última palabra, ya que me lo dijo mientras escalaba con agilidad los peldaños que lo conducían al interior del vagón.

Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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19 En verdad, esa noche todo mi martirio comenzó justo a la hora de la cena, cuando me encontraba charlando temas frugales y placenteramente acomodado al redor de una mesa con nada menos que el dignísimo de Auguste Dupin, con Kurt Wallander, Jules Maigret y el Inspector Gadget. Pero para colmo de todos mis males, como por arte de magia, de repente noté que a Gadget se le antojó preguntar: -¿Cuándo fue que empezamos a ser inteligentes los

humanos?

¿Cómo

fue

que

apareció

nuestra

inteligencia? ¿Qué fue la que la hizo surgir? ¿Ella emergió paulatinamente a partir de las potencialidades de la materia, tal como ya sugirió Darwin? ¿Por acaso ella responde a un acto de creación divina, como lo afirmaba Wallace? En todo caso, yo creo y pienso que este viejo debate no ha perdido su vigencia en nuestros días. ¿No les parece? -Expresó el inspector, al mismo tiempo que revoloteaba los ojos dentro de sus orbitas y se refregaba las manos rápidamente como quien siente frio. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Demás está decir que yo me quedé admirado con lo que oía, pues luego deduje que seguramente esa sería una otra tertulia nocturna dedicada a la porfía de ideas metafísicas y al aferramiento de teorías abstractas surgidas por el embalo amniótico del tren, ayudadas por las excesivas dosis de licores y vino que iríamos a ingerir. -El debate de cómo se originó la inteligencia humana, lejos de ya estar resuelto, pienso que sigue siendo un motivo de controversia, mis amigos. -Respondió Auguste Dupin sin que nadie le indicase la palabra. -Yo creo que a partir de finales de los años ochenta del siglo pasado, -pronunció Jules Maigret después de carraspear-, aunque sobre todo en los noventa, fue tomando cada vez más cuerpo una explicación de corte naturalista emergentista en la que algunos científicos sugerían que un cambio en la dieta de los homínidos, al introducir el consumo relativamente abundante de carne, habría dado lugar a cerebros más grandes, y en los que habría podido empezar a emerger la inteligencia. Puedo afirmarles que entre estos científicos, se destacan Leslie C. Aiello y Peter Wheeler, quienes desde hace años vienen llamando la atención sobre este punto. -Sí, yo escuché decir que, según ellos, los individuos con cerebros relativamente grandes, tendrían la inteligencia mínima para ser los primeros en fabricar Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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herramientas con las que romper las cañas de los huesos para así acceder al tuétano, lugar en donde se hallan los nutrientes

más

energéticos.

De

este

modo,

una

alimentación rica en grasas animales y en proteínas, sería lo que permitió un aumento progresivo del volumen cerebral. Y es obvio que con dicho incremento, vendría un desarrollo progresivo de la inteligencia. -Fue la vez de Kurt Wallander explayarse en la retórica explicativa del asunto. -Ccierta vez, Pepe Carvalho me contó que en España, -pronuncié al tiempo que levantaba mi mano como si estuviese pidiendo permiso en la clase-, esta tesis ha llegado al campo de la divulgación científica de la mano del último libro de Juan Luis Arsuaga: “Los aborígenes. La alimentación en la evolución humana”. Yo no lo he leído, pero en esta obra, consta que Arsuaga insiste en la idea de la emergencia natural de la inteligencia humana a partir de la reestructuración y expansión del cerebro, posibilitada por el aporte energético que proporcionaría el consumo de carne. Sin embargo, parece que el afamado codirector de los yacimientos

burgaleses

de

Atapuerca,

califica

el

descubrimiento de la carroña como fuente de alimentación y como: “el acontecimiento fundamental en nuestra evolución”. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Bueno, yo sí lo leí, -avisó Dupin con un tono categórico que me asustó-. Y he de revelarles que en él se cuenta la ficción del descubrimiento casual de una joven Australopithecus afarensis que sirve como hilo conductor de la primera parte de la obra. El autor escribe que al golpear fortuitamente la tibia de un antílope con una piedra para partirla posibilitando el poder alimentarse de las substancias de su interior, esta hembra de afarensis es quien abriría el camino hacia la humanización. El relato se basa en el supuesto de que los Australopithecus partían nueces con piedras al igual que hoy en día lo hacen los chimpancés. Y sobre tal asunto, entre los estudios recientes en este campo, se destacan los que está llevando a cabo en la selva de Costa de Marfil por un arqueólogo español, Julio Mercader. Sus investigaciones se centran en el estudio de como cascan las nueces los chimpancés de aquella zona. Para este científico, habría la posibilidad de que algunos de los yacimientos de hace dos millones de años fueran lugares en los que ejercían esta actividad los predecesores del linaje humano. No bien se sepa, que el hecho de que la arquitectura ósea de las manos de los Australopithecus

no

presente

ningún

impedimento

anatómico para tal habilidad, hace que un hecho como el narrado por Arsuaga sea algo muy plausible; sin embargo, no debemos de olvidar que no tenemos indicios firmes que Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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nos confirmen que los Australopithecus partieran nueces con piedras y mucho menos que lo hicieran con los huesos de los animales fallecidos. Una afirmación de este estilo, aunque posible, nos guste o no, no deja de ser más que una mera conjetura. Incluso los datos del yacimiento de Bouri, Etiopía, que apuntarían hacia algo sobre este estilo hace 3,5 millones de años aún se han de confirmar, y además no están exentos de interpretaciones contrarias entre sí. -Sin duda alguna, mi estimado Dupin, -aseveré acompañando mis palabras con un leve asentimiento de cabeza-, hay que tomar en cuenta la incorporación en cantidades importantes de productos de origen animal a la dieta de los homínidos, y ello es lo que se supuso ser el primer gran cambio en la historia de la alimentación humana. Pero cabe aquí una pregunta: ¿Comían carne los Australopithecus? -Es posible que los especímenes más recientes ya carroñaran, mi querido Herculano. -Acotó Jules Maigret, que hasta el momento se mantenía callado y pensativo-. De hecho, de buena fuente les puedo afirmar que Pickford y Senut nos sugieren que el “Orrorin tugenensis”, un supuesto homínido de tan sólo seis millones de años de antigüedad, ya lo hacía. No en tanto, hace dos millones y medio de años que los “Homo habilis” y los “Homo rudolfensis” pasaron a ser los primeros homínidos de Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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quienes tenemos certeza que consumían carne de animales, procedentes del carroñeo. -Parece repugnante hablar de este tema justo cuando tenemos una mesa repleta de deliciosa comida, pero has de saber, mi preciado Jules, -interfirió de repente el eclético Gardet en un pestañar melancólico-, que el cerebro humano es un órgano muy caro de mantener ya que, en un hombre adulto y al cual podríamos denominar anatómicamente moderno, esa porción de masa cenicienta requeriría como mínimo un 20 % del gasto energético total de su cuerpo. -Eso todo el mundo ya lo sabe, mi célebre inspector, -retrucó Dupin acariciándose su bigotito-, pero si bien lo tengo entendido, en el momento del nacimiento de ese propio hombre adulto, su mismo cerebro llega a consumir hasta el 60 % de la energía corporal, mismo que este no tenga dientes y no coma carroña. ¿No es verdad? -¡Ajá! Pero yo agregaría a su raciocinio, mi estimado Dupin, que el aparato digestivo, incluyendo unos intestinos muy largos, como resulta habitual en los herbívoros, también es muy caro de mantener en términos de consumo energético. De modo que un cerebro muy grande y un aparato digestivo muy voluminoso, no suelen darse simultáneamente en un mismo ser vivo. Por tal motivo, existe la teoría de que la sustitución de una dieta Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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casi exclusivamente vegetal, muy rica en celulosa, por otra en la que la carne, rica en proteínas, desempeñaba un papel esencial, es lo que ha permitido que aumentara el volumen del cerebro y que disminuyera la longitud de los intestinos. Kurt Wallander, salvo su corta intervención en la cuestionada porfía, poco había dicho y se mantenía al margen de las opiniones sin agregar erudiciones sapientes, por lo tanto, todos en la mesa se sorprendieron al escucharlo decir con voz de barítono: -Algunos estudiosos han querido ver en este cambio de orientación en la dieta de los homínidos, la causa remota del origen de la inteligencia humana. Así se afirma en un artículo titulado: La cuna africana del hombre, publicado por la Revista Conocer nº 175, del mes de agosto de 1997, en su página 55, y que viene firmado por la escolástica Mónica Salomone. Allí puede leerse: “si los primeros humanos no hubieran ido complementado de a poco la dieta semivegetariana de sus primos los australopitecinos, jamás hubieran podido permitirse el ser inteligentes”. -Bueno, -respondió Dupin, haciendo un leve movimiento de mano-, yo diría que quien es de un parecer similar, es el reconocido estudioso William R. Leonard, Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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quien publicó en el mes de diciembre de 2002 un artículo titulado “Food for thought. Dietary change was a driving force in human evolution”, cuya traducción literal vendría a ser algo así como: “Comida para pensar. Cambios en la dieta fueron una fuerza conductora en evolución humana”. De igual modo, parecería que no hace mucho tiempo que este artículo salió publicado también en la revista “Investigación y Ciencia”, que vendría a ser una versión castellana de la revista anteriormente citada, aunque estos lo hicieron con un título aparentemente más moderado: “Alimento y mente”. Mientras los escuchaba atentamente, no podía negar que mi mente daba oídos a las diatribas profesorales del grupo, las que se explayaba más una vez por entre los conocimientos que fueron radiados por diversos eminentes y

perseverantes

estudiosos

que

otrora

quisieron

desentrañar el origen del hombre. Para mí, ese asunto ya tenía más vueltas que molinete de subte. Entonces, fue la vez oír sobresalir la voz del inspector Gadget entre el murmullo de nuestra mesa, afirmando: -Juan Luis Arsuaga también es de esta opinión. Yo tuve la oportunidad de estar presente en una entrevista concedida por éste al diario La Vanguardia, donde declaraba: “La explotación alimenticia de la carroña fue lo que permitiría que se dieran una serie de cambios Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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morfológicos en los homínidos, que acabaron por hacernos como somos”. De ahí, ¡comer carroña nos hizo inteligentes! -Sí mal no recuerdo, -añadió Gadget-, en ese momento se escuchó decir: -¡Ya tengo el titular! -era la exclamación de forma exaltada de un periodista. Precisémoslo -matizó un Arsuaga arqueando las cejas-: Comer carroña no produjo directamente ese salto, pero permitió que pudiera darse. Eso fue lo que permitió un mayor desarrollo cerebral: el cerebro pudo crecer..., y creció. -¿Creo que nos estás detallando lo que sucedió en aquella entrevista? -Preguntó Kurt Wallander medio distraído. -Es verdad. Vale la pena que se los comente, porque eentonces, parpadeante, el periodista exploró las palabras del escritor, solicitando: -Acláremelo estimado Arsuaga. Carroña e inteligencia: ¡parece una broma! (...) ¿La carne nos hizo inteligentes? -De ahí fue la vez de Arsuaga responderle moviendo la cabeza para afirmar su pensamiento: -Digo y afirmo que la dieta con carroña fue lo que permitió que algún individuo mutante con menos intestino pudiera sobrevivir y transmitir sus genes. Y ello permitió que mutantes con cerebro mayor pudieran sostenerlo y a su Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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vez transmitir sus genes. Y un cerebro mayor permitió crear mejor tecnología, como piedras, filos, etc., y esa mejor tecnología facilitó el acceso a más carne. -Al instante el periodista indagó: ¿Cómo si fuese una rueda? -A lo que Arsuaga le dijo: ¡La rueda de la inteligencia! -Pero hombre, -resonó la voz de reproche de Dupin-, el cerebro de la mayoría de las especies de Australopithecus rondaba el 35%, algo así como unos 500cc, del tamaño del cerebro de los humanos modernos. Ellos eran en su mayoría pequeños y delgados, con una talla de 1,2 a 1,4 metros de estatura, y en algunas especies existía un marcado dimorfismo sexual, siendo el tamaño de los machos significativamente mayor que el de las hembras. Los homínidos modernos, en particular Homo sapiens, no muestran diferencias tan marcadas y muestran un bajo grado de dimorfismo, siendo los machos en promedio solo un 15% más grande que las hembras, mientras que en Australopithecus, sin embargo, los machos podían ser hasta un 50% mayor. Por lo tanto, algunos estudios indican que la diferencia podría ser menos marcada, pero sigue siendo un tema controvertido. -Sin embargo, mi eminente amigo, -retrucó Gadget-, se sabe que comer carne fue un cambio cultural Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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que abrió la vía a eventuales cambios morfológicos, que, una vez verificados, permitieron otros cambios culturales. -Ese es el mismo argumento que expuso hace años Robert Blumenschine cuando declaró que: “los homínidos con cerebros relativamente grandes fueron capaces de fabricar herramientas de piedra, y de emplearlas para descuartizar y descarnar los restos de animales grandes; así pues, los individuos con cerebros grandes

podían

descendencia

y,

comer por

mejor, tanto,

esa

podían

tener

característica

más fue

seleccionada como ventaja adaptativa”. -Expuso Jules Maigret, jugando con su copa de vino vacía. -Incluso, agregaría que hay quienes piensan que la alimentación jugó un papel tan importante en la evolución humana, como para ser esta la causa de la aparición del lenguaje oral. -Manifestó Kurt haciendo una mueca-. Esto es precisamente lo que defiende el primatólogo Richard Byrne cuando afirma que: “el lenguaje apareció en la prehistoria a partir de las secuencias de movimientos desarrolladas para preparar alimentos”; o lo que es lo mismo: manipular alimentos tuvo como consecuencia, según Byrne, la aparición del lenguaje. Y aunque este científico niegue que el lenguaje sea la base del pensamiento, todo el mundo está de Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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acuerdo en que lenguaje e inteligencia guardan una estrecha relación. -Muy bien recordado, mi querido Kurt, manifestó Jules dejando escapar una sonrisa suave-, pero volviendo a la tesis central de Aiello y Wheeler expuesta en “Los aborígenes”, quienes afirman que el consumo de carne por parte de los homínidos hizo aumentar el tamaño del cerebro, facilitando así el surgimiento paulatino de la inteligencia; eso nos lleva a planear una pregunta ingenua, sin duda, pero pertinente. Y si esta hipótesis es correcta..., entonces: ¿por qué los grandes carnívoros, como el tigre o la pantera, que llevan muchos millones de años comiendo carne, no han desarrollado cerebros muy voluminosos, y ya no digamos inteligencia en el sentido fuerte de la palabra?... -Es más -lo interrumpí de sopetón-, ¿por qué grandes depredadores como el león o la hiena, los carnívoros por antonomasia, han visto cómo sus cuerpos, y por ende sus cerebros, reducían su tamaño en un tercio a lo largo del último par de millones de años? -Una respuesta posible a esto último, -comenzó a explicar Dupin-, quizás sería afirmar que las especies actuales de leones y hienas no son descendientes directas de aquéllas. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¡Sí! Quizás, -articuló Gadge con voz sarcástica pero firme-, aunque queda en pie la cuestión de que sus cerebros no son especialmente grandes pese a llevar millones de años comiendo carne como elemento prácticamente exclusivo de su dieta, lo que no es el caso en los homínidos que, no lo olvidemos, son omnívoros y, por lo tanto, el consumo de carne, sólo representa una parte de su dieta… -Por otra parte, -le interrumpió Dupin-, no todos los científicos están de acuerdo en que el cerebro humano no haya hecho otra cosa más que crecer en los últimos dos millones y medio de años. Por tanto, Robert D. Martin afirma que: “cada vez hay más pruebas de que el cerebro de los componentes de nuestra propia especie Homo sapiens era antes mayor que ahora. Todo indica que se ha ido produciendo una reducción estable del tamaño cerebral humano sin disminución concomitante del tamaño corporal

durante

los

últimos

20.000

años

aproximadamente. Por tanto, el tamaño del cerebro humano ha experimentado un descenso progresivo durante el mismo período en que se han producido los avances más notorios de la cultura humana”, concluyendo que: “los cambios de mayor trascendencia para la sociedad humana han ido acompañados de un descenso progresivo de nuestro tamaño cerebral”. Y Martin acompaña estas Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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afirmaciones con datos concretos, afirmando que los humanos del Mesolítico, de hace unos diez mil años, presentaban una media de encefalización de 1593 cc. los varones, y de 1502 cc. las hembras; en cambio los hombres actuales tienen un promedio de 1436 cc. y las mujeres 1241. -Cuando lo tienen… Cuando lo tienen, mi estimado condiscípulo, -hice cuestión de resaltar-, porque algunas veces, en lugar de sesos en el cráneo, estos sólo tienen un alambre para sujetar que no se les caigan las orejas. Aquella frase originó un aplauso general y risas por doquier, un conveniente momento que me intimó a levantarme de mi silla y despedirme de todos con una amplia sonrisa en mi rostro, alegando que me encontraba cansado y prefería retirarme a dormir. Al final de cuentas, la tertulia se había puesto más pesada que tren a pedales.

20 Debo resaltar que al día siguiente me desperté temprano. Hasta llegué a pensar que hubiese sido por Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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causa del tedioso movimiento del tren, o la propia ansiedad que me causaba el termino del viaje, pero en realidad no tengo como afirmar cual fuera la verdadera causa de mi desvelo. Entonces aproveché para dirigirme al baño para desaguar mis penas y aliviar los intestinos ya que tenía menos cintura que paquete de yerba. No en tanto, al volver a mi cabina, mientras andaba chancleteando aun medio adormilado por el corredor del vagón, me topé con otro madrugador. Era nada menos que el comisario Salvo Montalbano. -Buen día, don Herculano -saludó este, con aquel acento de tano tan característico-. Veo que usted es de los que cuida de su boca como quien cuida del alma -comentó junto con una reverencia comedida. -Buenos días para usted también, caro comisario, -respondí enseñándole el cepillo de dientes que llevaba apretado en mi mano derecha-. Bien debe saber usted que a lo largo de la Historia, el hombre ha prestado a la dentadura una atención mayor de lo que a primera vista pueda parecernos hoy. Aunque igualmente le digo que la dentadura postiza ya era fabricada por los etruscos, en el siglo VII antes de Cristo, sirviéndose para ello de piezas de marfil, o sustituyendo los dientes perdidos por otros de animal, lo que afirma ser este el primer trasplante Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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conocido en la Historia. Por eso que decimos que el hombre antiguo prestaba atención a sus dientes. -Es verdad, mi amigo, pero lleve en cuenta que el cepillo de dientes como hoy lo conocemos, o como ese que usted sujeta en su mano -afirmó Salvo con las cejas arqueadas-, fue idea de los dentistas chinos hace 1500 años. Aunque estudiosos afirmen que fue revelado con anterioridad a esa fecha, pues los árabes usaban unas ramitas de areca… -¿Ramitas de qué? -De una planta de palma cuya nuez era a su vez un excelente dentífrico, teniendo así, en un mismo producto, cepillo y dentífrico juntos. Muy ingenioso, ¿no le parece, don Herculano? -¡Sí! Esos moros fueron muy avispados, -respondí animado, ya que la peña mañanera se extendía por un tema tan inverosímil-. A lo que agrego que, para ellos, mencioné-, eso era asunto de gran importancia, tanto es así, que en la antigua civilización egipcia, una de las especialidades médicas más prestigiosas era la de dentista, y de ello hace 4000 años. Y aún más, los odontólogos de la refinada cultura del Nilo conocían los efectos nocivos de una mala dentadura, y sugerían a menudo curiosos y pintorescos remedios para conservarla en buen estado. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Leyendo, una vez descubrí que entre estos remedios estaba el “clister, o lavativa” dental tras cada una de las comidas. Mientras exponía mi invectiva, mi compañero se quedó mirándome fijamente por algunos segundos que de tan largos me parecieron minutos. Estaba pensativo, dudoso, con la mirada casi inexpresiva, lo que me indujo a especular que Saulo estuviese rumiando si mi explicación era infundada o mentirosa. Su ligera tos matutina me sacó de la duda cuando prontamente enunció: -Usted debe saber que entre las civilizaciones del Mediterráneo, mi querido Herculano, fueron los griegos quienes desarrollaron buenas técnicas dentales. Tanto es así, que ya se fabricaban dentaduras postizas para los casos perdidos, y conocieron la figura del dentista antes que la del médico general. -No sé decirle con exactitud la fecha a que corresponde su afirmación, mi estimado colega, pero sí sé que en el siglo VI antes de Cristo, los dentistas griegos eran muy solicitados por el pueblo etrusco, que como es sabido, se sobresalió en la Historia por la blancura de su sonrisa enigmática. -dije yo, al momento que hacia una mueca y le mostraba mis propios dientes. -Bueno, -me respondió Salvo rascándose la pera, como si con ese gesto estuviese avivando las neuronas aun adormecidas-, ya que usted los saca del armario, le Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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comentaré que fue el pueblo etrusco el primero en crear una especie de Facultad de Odontología hace más de 2300 años, donde se realizaban trasplantes de muelas y sustitución de piezas dentarias perdidas por otras de oro. -¿Tanto, así? -exclamé sorprendido-. Lo que yo tengo entendido, es que en Roma era habitual el cuidado de la dentadura. Evidentemente, tan importante parte del cuerpo para ellos requería ciertos cuidados… -Hice una pausa para reavivar mi memoria, y concluí-: Si no estoy engañado, el médico latino Escribonius Largus fue el que inventó la pasta de dientes con ese fin, y de eso ya se van dos mil años. ¿Quién puede negar que este Largus no fuese descendiente de los etruscos? -Le diría que ahora a nosotros ya no nos sorprende mucho el hablar de cien, doscientos o trescientos años. Nosotros lo consideramos tan poco tiempo, que parecería que fueran algunas solas semanas o meses. ¿No es verdad? -Buscó justificarse Salvo, al notar que ambos discurríamos por la historia como si todos los hechos siguiesen la cronología normal del calendario de ayer a hoy. -Es verdad, mi amigo, casi siempre que hablamos del pasado no nos damos cuenta de la diferencia de antaño con ogaño, pero volviendo a la fórmula magistral del dentífrico, por supuesto secreta a la sazón, una vez leí que Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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era una mezcla de vinagre, miel, sal y cristal muy machacado. Pero aunque no me crea, antes que ellos la empleasen para higienizar sus dientes, los griegos ya utilizaban la orina humana como dentífrico, y fue exactamente Plinio, el famoso naturalista del siglo I, quien aseguraba que no había mejor remedio contra la caries..., una creencia que curiosamente fue sostenida hasta el siglo pasado. Creo que en ese instante Salvo Montalbano iba comentar algo sobre mi argumento un poco vulgar mismo siendo verdadero, pero en ese momento mi lacayo asomó su negra cabeza como si ella fuese la bola 8 del billar, quien al verme comentó sorprendido: -¡Patrón! Ya estaba preocupado por su demora. Hasta pensé que le hubiese atacado la disentería y estaba evacuando hasta las tripas. -Yo te voy a dar disentería a vos, pedazo de un zángano alquitranado, de la tal patada que te encajaré en los glúteos. ¿No ves que estoy conversando con mi amigo, el comisario Montalbano? -Déjelo, don Herculano. La preocupación de su pupilo tiene algo de verdad, al final de cuentas nos hemos entretenido con un tema muy propicio para el amanecer. En todo caso, hace poco yo le mencioné la areca, por eso agrego que esta fue también aprovechada por los Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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habitantes del lejano Oriente con el mismo fin, aunque la mezclaban con la hoja del betel y con la cal resultante del molido de las conchas de ciertos moluscos. Y con aquel útil mejunje se obtenía lo que ellos llamaban “buyo”… -¿Lo qué? Preguntó Snobiño abriendo sus ojos en demasía. -Era una especie de potingue que se asemejaría más a un chicle masticable que permitía mantener los dientes limpios, blancos y relucientes, y alejaba el mal aliento. No en tanto, también las tribus negras del Alto Nilo emplearon y emplean hoy un peculiar dentífrico: las cenizas resultantes de la quema del excremento de vaca, con lo que obtienen la reluciente blancura de sus dientes. -¡Ahijuna, que sí! -dije en medio de una soberbia carcajada-. No sé si usted sabe, pero este urubú sin plumas de mi lacayo, una vez se pasó albayalde para blanquear el rostro. No dudo que también esté utilizando su orina para mantener los dientes tan albos. ¿Fíjese si lo que le digo no es verdad, mi estimado colega? Mírele la boca. Verá que tiene los caninos tan níveos como la nieve. -Mencioné entre risas, al tiempo que mi lacayo me fusilaba con su mirada y Salvo dejaba escapar una risa contenida. -Usted me sorprende cada vez más, don Herculano. Hay veces que se sale con cada cosa, que me causa gracia su espontaneidad. Pero como estábamos Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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hablando del cepillo de dientes que hoy conocemos, le aclaro que ese artilugio que usted lleva entre manos fue invento en el siglo XVII, y desde esa fecha ha conocido pocas modificaciones. -Lo sé, mi amigo, lo sé. Por eso que algunos cuentan que en la Corte francesa se utilizaba un cepillo de dientes elaborado con crines de caballo o de otros animales, y con muy buenos resultados; pero en nuestro siglo, una de las innovaciones del cepillo de dientes, el llamado “cepillo milagro”, del Dr. West, de 1938, estaba elaborado con púas de seda que permitían una perfecta higiene bucal, y que diera lugar, tras subsiguientes innovaciones, al producto que hoy tenemos todos en nuestros cuartos de baño, y a veces en la mano, -expuse al momento que levantaba la mía para mostrarle mi escobilla. -Para encortar el tema, mi preciado Herculano, una vez leí que los mercaderes que visitaban Oriente fueron los introdujeron el cepillo dental chino entre los europeos, quienes consideraron que estas cerdas tenían una dureza excesivamente irritante. Y en aquellos tiempos, los europeos que se cepillaban los dientes, práctica nada corriente, dicho sea de paso, preferían unos cepillos más blandos, confeccionados con pelo de caballo. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Pues le afirmo que el padre de la odontología moderna, el doctor Pierre Fauchard, nos ofrece la primera explicación detallada del cepillo dental en Europa en 1723. En su momento, el catedrático se mostró crítico acerca de la escasa efectividad de los cepillos de pelo de caballo, que eran demasiado blandos, y todavía más crítico con respecto al gran sector de la población que nunca, o rara vez, realizaba alguna práctica de higiene dental. Por lo tanto, Fauchard recomendaba frotarse vigorosamente cada día los dientes y las encías con un trozo de esponja natural. -Es verdad, los cepillos dentales fabricados con otros

pelos

animales,

por

ejemplo

el

de

tejón,

experimentaron efímeros períodos de popularidad, pero muchas personas preferían limpiarse después de las comidas con una pluma rígida de ave, como lo habían hecho los romanos, o bien utilizar mondadientes especialmente fabricados en bronce o plata. -Le diré que en muchos casos, los mondadientes metálicos eran menos peligrosos para la salud que los cepillos de pelo animal duro, y así lo aseveró el bacteriólogo francés Louís Pasteur en el siglo XIX cuando expuso su teoría sobre los gérmenes, y los dentistas comprobaron que todos los cepillos de pelo animal, que conservan la humedad, también acaban por acumular bacterias y hongos microscópicos, y que la perforación de Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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una encía por las agudas puntas de las cerdas puede ser causa de numerosas infecciones en la boca. -Para evitar lo que usted mencionó, mi amigo, ellos acostumbraban esterilizar los cepillos con agua hirviendo, pero esto presentaba el inconveniente de ablandarlos excesivamente para siempre, e incluso destruirlos por completo, y como esos cepillos de calidad fabricados con pelo animal eran demasiado caros, no se podían permitir su frecuente sustitución. -Concuerdo, pero creo que la solución para este problema, como usted bien lo mencionó anteriormente, no se presentó hasta la tercera década de nuestro siglo. expresó Salvo, a la vez que me pedía permiso para retirarse pues necesitaba prepararse para el desayuno. Demás está decir que yo ya andaba más preocupado que araña cuando ve al pintor, al final de cuentas, el tiempo se me había pasado volando y casi me quedé sin desayuno, pero cuando llegué al vagón restaurante, Kurt Wallander, el sagaz de mi vecino de cabina, me había reservado un lugar junto con Pepe Carvalho el español, el francés de Jules Maigret y Sam Spade, el americano, lo que de rayano me llevó a imaginar que pronto tendría que enfrentar nuevas invectivas sobre algún tema insigne, al menos para mí. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¿De qué hablaban ustedes en el corredor del vagón? -me preguntó Kurt-. Vi que estaba en un cuchicheo de chanchullos inglórios. -Agregó al hacer una mueca de intriga. -A bien de la verdad, nos explayamos en las consecuencias de las enfermedades que puede causar el cepillo de dientes… -Sobre el origen de las enfermedades, yo leí algo que dice que la mayoría de las veces estas son consecuencia del descontrol del cerebro humano. Preguntó Pepe Carvalho-. ¿Será que es verdad? -En todo caso, en algo hay que creer. Pero cuando digo esto, me apoyo en lo que descubrió el Dr. Hamer en un viaje científico extraordinario. -Comenzó a disertar el honorable Sam Spade-. Se afirma que en aquel tiempo, siendo internista en jefe de una clínica oncológica en la Universidad de Munich, comenzó a investigar las historias de sus pacientes con cáncer y pronto aprendió que, como él, todos ellos habían experimentado un choque inesperado de algún tipo. Pero llevó su investigación mucho más lejos, ya que siguiendo la hipótesis de que todos los procesos corporales son controlados desde el cerebro, él analizó los escáneres cerebrales de sus pacientes y los comparó con los registros médicos y psicológicos correspondientes. Para su asombro, encontró una clara Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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correlación entre ciertos “choques de conflicto”, cómo se manifiestan estos choques en el órgano y cómo todos estos procesos están conectados al cerebro. Hasta entonces, ningún estudio había investigado el origen de la enfermedad en el cerebro ni el papel del cerebro como mediador entre la psique y el órgano enfermo. -No sé si usted lo leyó en el mismo artículo que tuve oportunidad de echar mano, -pronunció Jules Maigret en su inglés afrancesado-, pero sé que el Dr. Hamer descubrió que cada enfermedad se origina por un choque o trauma que nos toma completamente por sorpresa. Y en el momento que el conflicto inesperado ocurre, el choque impacta un área específica del cerebro causando una lesión que más tarde fue llamada de Foco de Hamer, y que es visible en un escáner cerebral como un grupo de anillos concéntricos nítidos. Parece que las células cerebrales que reciben el impacto envían una señal bioquímica a las células del cuerpo correspondientes provocando el crecimiento de un tumor, la necrosis de un tejido o la pérdida funcional, dependiendo qué capa del cerebro recibe el choque. La razón de porque conflictos específicos

están

irrefutablemente

unidos

a

áreas

específicas del cerebro es que, a través de nuestra evolución histórica, cada área del cerebro fue programada para responder de manera instantánea a conflictos que Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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pudieran amenazar nuestra supervivencia. Mientras el tallo cerebral, la parte más antigua de nuestro cerebro, está programada con cuestiones básicas de supervivencia como respiración, reproducción y alimentación, el cerebro, la parte más nueva, está más relacionada con temas de tipo social y territorial. -Interesante. Muy interesante.

-comenté, al

mismo tiempo que pasaba mantequilla y dulce sobre mi porción de tostada. -Sí, no deja de serlo, -legitimó Sam-, porque el Dr. Hamer también descubrió que cada enfermedad progresa a través de dos fases: primero, una fase activa del conflicto,

caracterizada

por

estrés

emocional,

extremidades frías, falta de apetito, falta de sueño y, posteriormente, en caso de resolver el conflicto, una fase de curación. Este es el periodo en el que la psique, el cerebro y el órgano correspondiente entran en la fase de recuperación, frecuentemente un proceso difícil, marcado por fatiga, fiebre, inflamación, infección, y dolor. -Empero, yo escuché decir que el Dr. Hamer llamó a sus descubrimientos de: “Las Cinco Leyes Biológicas

de

la

Nueva

Medicina”,

ya

que

su

investigación está completamente acorde a las leyes naturales de la Embriología y a la lógica de la evolución. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Pronuncié con dificultad por causa de unas miguitas de la tostada que se me atragantaron en el cogote. -Escúcheme, don Herculano, a través de los años, el Dr. Hamer ha sido capaz de confirmar sus descubrimientos con más de 40.000 estudios de caso. Y el resultado de este trabajo científico ha sido la creación de un diagrama “Psique-Cerebro-Órgano” que señala la enfermedad, el contenido del conflicto biológico que la causa, el sitio en el escáner cerebral donde la lesión correspondiente puede ser observada, cómo se manifiesta esa enfermedad en la fase activa del conflicto, y qué se debe esperar en la fase de curación. -Que balero tenía este tipo, ¿no? -Comenté con disimulo, al mismo tiempo que me servía una otra madalena, que dicho sea de paso, estaba deliciosa. -Sin embargo, mis amigos, ustedes deben comprender que la investigación del Dr. Hamer cambia radicalmente las muchas teorías existentes de la medicina convencional. Y la explicación que él da de la enfermedad como una interacción significativa entre la psique, el cerebro y el órgano correspondiente, refuta la visión de que la enfermedad ocurre por azar o como resultado de un error de la Naturaleza, lo que a su vez responde y pone tierra sobre la pregunta de nuestro cófrade Pepe Carvalho. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Al escuchar su nombre, Pepe se sonrojó y agradeció el cumplido, pero antes de que tuviese tiempo de expresarse, Kurt se le adelantó y señaló: -Basado en criterios científicos probados, la Nueva Medicina Germánica logró romper con los mitos que existían sobre las células cancerígenas malignas o de los

microbios

destructivos,

e

identifica

a

las

“enfermedades infecciosas” así como a los tumores cancerosos, como medidas naturales de emergencia biológica practicadas por millones de años y diseñadas para salvar al organismo, y no para destruirlo como nos fue enseñado. Y así, enfermedades tales como el cáncer, pierden su imagen amenazadora y son reconocidas como programas especiales significativos de supervivencia biológica con los que cada ser humano nace. -¡Ajá! Concuerdo con lo que dice mi preciado correligionario, -anunció un Sam, todo empolgado-, pues leí que en 1981, el Dr. Hamer presentó su investigación a la Universidad de Tübingen como siendo su tesis posdoctoral.

Y

el

objetivo

era

tener

probados

sus

descubrimientos en casos equivalentes para que la Nueva Medicina Germánica pudiera ser enseñada a todos los estudiantes de medicina y los pacientes pudieran beneficiarse de los descubrimientos lo antes posible. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Para su gran sorpresa, y creo que la de todos ustedes, -añadió el profesoral de Kurt-, he de decirle que el comité de la Universidad rechazó su trabajo y rehusó evaluar su tesis, un caso sin precedentes en la historia de las universidades. Más aún había otra sorpresa. Poco después de haber entregado su tesis, al Dr. Hamer le fue dado un ultimátum, renegar de sus descubrimientos o no ver renovado su contrato. -¿Cómo, así? -pregunté metiendo la cuchara de lechuza que soy. -Claro, -continuó Kurt-, fue extremadamente difícil para él entender por qué estaba siendo expulsado de la clínica al presentar descubrimientos científicos tan bien fundamentados. Así que después de que le dieran de baja, se retiró a su práctica privada donde continuó la investigación. No obstante, parece que varios intentos de abrir una clínica privada fallaron debido a esfuerzos concertados para oponérsele, mientras las cartas de los pacientes del Dr. Hamer dirigidas a las autoridades de salud, permanecieron sin respuesta o fueron regresadas con el comentario: “¡No aplicable!”. -¡Qué bárbaro! -externó Pepe, que se hallaba absorto con tanta explicación. -En todo caso, vale destacar que en 1985, después de 29 años de matrimonio y de ver por cuatro niños, Sigrid Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Hamer, su mujer, fallece. Parece que ella nunca se recuperó del pesar por la muerte de su hijo y de la persistente intimidación de la familia de Saboya. -Pero tengo entendido que el hostigamiento al Dr. Hamer culminó en 1986, cuando una sentencia de la corte le prohibió de continuar la práctica de la medicina. -agregó el grandilocuente de mi vecino de vagón, que por lo visto le gustó darle a la matraca bien tempranito-. Aunque vale destacar que, a pesar del hecho de que su trabajo científico nunca fue desaprobado, perdió su licencia médica a la edad de 51 años debido a que se rehusó a renunciar a sus descubrimientos sobre el origen del cáncer y a regirse por los principios de la medicina oficial. Y así fue que, privado de una licencia médica, ahora el Dr. Hamer dependía de otros doctores para obtener escáneres cerebrales y registros médicos de pacientes. Pero estaba determinado a continuar su trabajo, y se dice que para 1987, él ya había analizado más de 10.000 casos y fue capaz de expandir su descubrimiento de las “Cinco Leyes Biológicas

de la

Nueva Medicina

Germánica”

a

prácticamente todas las enfermedades conocidas en la medicina. Mientras tanto la prensa y la medicina establecida no pararon de atacar su trabajo, y los periodistas y médicos “expertos” retrataban al Dr. Hamer como charlatán, sanador milagroso autoproclamado, líder Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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de culto, o criminal demente quien negaba a los pacientes con cáncer los tratamientos convencionales “salva vidas”. Hubo aún, solicitudes para evaluar su condición mental por parte de psiquiatras elegidos por la corte. -¡Keloparió…! -anuncié sin darme cuenta, y de tan irritado que me sentí con las injusticias que se llevaron a cabo con ese tal de doctor. -Señores, la hora está avanzando con mucha prisa, así que para encortar un poco el asunto, les digo que en 1997 el Dr. Hamer fue arrestado y sentenciado a 19 meses en prisión por haber proporcionado a tres personas información médica sin tener licencia para tanto. En contraste, trece años después de haber asesinado a Dirk Hamer, su hijo, en 1991 Víctor Emmanuel de Saboya había sido sentenciado a solo 6 meses de audiencias por la posesión ilegal de un arma, pero cuando el Dr. Hamer fue arrestado, la policía buscó sus archivos de pacientes. Subsecuentemente, un fiscal se vio forzado a admitir durante el juicio que, después de 5 años, 6.000 de 6.500 pacientes casi todos con cáncer “terminal” estaban aún vivos. Y así, irónicamente, fueron sus oponentes los que proveyeron las estadísticas actuales probando el notable índice de éxito de la Nueva Medicina Germánica. Pero todavía, hasta hoy en día, la Universidad de Tübingen se rehúsa a probar el trabajo científico del Dr. Hamer a pesar Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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de dos órdenes de la corte en 1986 y 1994. De igual manera, la medicina oficial repudia aprobar la Nueva Medicina

Germánica

a

pesar

de

las

numerosas

verificaciones tanto por parte de médicos como de asociaciones profesionales. -Mejor dejemos el tema para otra oportunidad manifestó Pepe haciendo una mueca de dudas-. Vamos luego a nuestra reunión, mis amigos, ya que las controversias sobre mi pregunta aún son indistintas y nada concluyentes.

21 En nuestro último día de viaje, la reunión comenzó puntualmente a las nueve de la mañana. Tenía como tema de fondo los asuntos pertinentes al lavado internacional de dinero del tráfico de estupefacientes por parte de las diversas mafias dispuestas a lo largo de nuestro planeta. Pero lamento profundamente no poder explayarme más, pues si así fuese, estaría desobedeciendo los severos códigos de nuestra organización. Empero, Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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debo contarles que en un indeterminado momento de aquella jabonosa mañana de colusiones discusiones, mi compinche Philip Marlowe, el cual se encontraba sentado a mi derecha, me extendió un pequeño billete que decía: “‫”מכות מצרים‬. Después de observar atentamente por algunos segundos esa grafía esdrújula, aun sin descifrarla, moví lentamente mi cabeza hacia su lado y busqué contener mis ganas de preguntar lo que significaba. Pero hallé mejor encararlo y realizar un movimiento con mis parpados como diciendo ¿Qué carajo es esto? Sin inmutarse, él levantó el dedo índice posición en ristre y lo posó en sus labios como quien ordena que no se hable. Demás está decir que me quede en el molde. A seguir, balbució algo que lo interpreté como si significase que más tarde hablaríamos sobre ello. ¡Qué carajo! Durante el resto de la mañana mi cabeza no paró más de pensar en lo que simbolizaba ese jeroglífico grabado en el papel que me entregara. Y por favor no me pregunte a que consideraciones estaba llegando el resto de grupo con respecto a lo que se abordaba y debatía en nuestro círculo. Mi mente no estaba allí. Esa mañana yo estaba concentrado en descifrar mi propio enigma. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Así fue que, sosteniendo el billete entre los dedos índice y pulgar de ambas manos colocados en forma de pinza, me costó poco tiempo desembuchar que estaba escrito en hebraico, y cuando digo poco tiempo, puede haber sido de diez a veinte minutos, y no sin antes pensar que fuese árabe o yiddish u otra lengua mauritana o rifeña de aquella región del mapamundi. Pero la translación no hacia sentido. Como no soy un plurilingüe de marca mayor, creo que debo de haber demorado algo más de media hora para entender lo que allí decía. Estaba irresoluto, pues en hebraico significaba: “las diez plagas de Egipto”, aunque bien podría significar “vencer la batalla contra Egipto” si en realidad el maldito papelito estuviese redactado en yiddish. Descarté esta segunda hipótesis porque, en realidad, no hacia ningún sentido con el argumento de fondo, si es que en realidad existía un nexo entre los dos. A no ser, claro está, que el boludo de mi compañero estuviese más al pedo que timbre de cripta, pensé para mis adentros. A seguir, me puse a hacer el deber de casa. No quería sentarme para almorzar sin recordar bien cuales eran esas plagas. Así qué, busqué apartar las frioleras de mi cerebro y desenterré de allí que Las diez plagas de Egipto, también conocidas simplemente como las Plagas Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Bíblicas, no son más que una sucesión de calamidades que, según consta en el Antiguo Testamento y la Torá, Dios las infligió a los egipcios para que el faraón dejara partir a los hebreos de Egipto. Si no estaba engañado, tal narración aparece en el segundo libro del Pentateuco, “el Éxodo”, donde se describe como Moisés y Aarón aperciben al faraón que, de no liberar a su pueblo, Dios les castigaría de manera sucesiva, enviándoles diez grandes males que caerían sobre Egipto. Conforme al relato, sólo después de los enormes padecimientos infringidos a su pueblo, el faraón autorizó que los israelitas abandonaran Egipto. Sí, correcto, ¿pero cuáles eran?, -pensaba yo en total estado de extenuación síquica por no recordarme bien como estos eran. La tenía clara de que Moisés y Aarón se acercaron al faraón y le entregaron la demanda encomendada por Dios, la cual exigía que todos los esclavos israelitas pudiesen salir de Egipto a fin de que adorar a su Dios libremente. Y así, tras una primera negativa del faraón, Dios había enviado de nuevo a Moisés y a Aarón para mostrarle al soberano un milagroso signo de advertencia. Era la vara de Aarón que se convirtió en una serpiente, pero los brujos del faraón también pudieron convertir otra vara en serpiente, aunque a seguir la serpiente de Aarón se tragó a las serpientes de los brujos. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Pero aun así, con vara y todo, el faraón rechazó las peticiones de los hermanos. La cosa ya se estaba poniendo más arrastrada que ombligo de lagarto, hasta que en cierto momento, reflexioné, o mejor dicho espanté las fluctuaciones escondidas en mi laberinto craneano, y recordé que la primera plaga había sido la de la sangre. Todo comenzó cuando Dios le habría dado instrucciones a Moisés para que le dijera a Aaron que levantara su báculo sobre el río Nilo. Como consecuencia, toda el agua se convirtió en sangre, matando a seguir a todos los peces del río y llenando Egipto de un olor nauseabundo. Entonces los hechiceros de faraón quisieron demostrarle que también ellos podían convertir el agua en sangre, y el faraón, por lo tanto, no cedió ante las demandas de Moisés. Bueno, por lo menos una ya fue… ¿Y la segunda?, -pensé preocupado, pero pronto recordé que a esta le seguía una serie de calamidades que tenían algo que ver con animales e insectos, así que ya no tenía dudas de que la segunda plaga de Egipto habían sido la de las ranas. Según constaba en el Éxodo, Dios dio instrucciones a Moisés de que le dijera a Aarón que estirase su cayado sobre el agua, y cuando éste lo hizo, hordas de ranas saltitantes invadieron Egipto. Empero, los energúmenos hechiceros de faraón fueron capaces de duplicar esta plaga Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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con su magia. Sin embargo, dado que no pudieron eliminarla, el faraón se vio obligado a conceder el permiso a Moisés para que salieran los israelitas de su país, a cambio de que éste accediera a acabar de vez con la cruda y retozona plaga. Pero para convencer al faraón de que realmente la plaga era un castigo divino, Moisés permitió que este eligiera el momento en que terminaría la catástrofe. El faraón, de apuradito nomás, eligió como fecha el día siguiente, y todas las ranas se murieron a la hora señalada. Sin embargo, al percibirse victorioso y más contento que perro sentado en la puerta de la carnicería, el faraón revocó su autorización, y los israelitas tuvieron que permanecer en Egipto. A estas alturas, Dios, que ya estaba más chupado que naranja de golero por causa de las idas y venidas del faraón, les mandó la tercera plaga, la que el libro del Pentateuco llama de Kinim, y diversamente traducida como “mosquitos, piojos o pulgas”, lo que tanto da, ya que todos ellos joden por igual. En todo caso, Dios instruyó a Moisés, ordenándole: “Dile a Aarón que tome otra vez su vara y golpee en el polvo”. Dicho y hecho, al final de cuentas, ellos no eran locos de contrariar al Supremo, y tras hacer eso, la arena se convirtió en una masa de mosquitos de la cual los egipcios no podían deshacerse pues no había Flit que les alcanzase. En ese momento, los Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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fanfarrones hechiceros egipcios declararon que este acto fue el “Dedo de Dios” y resultaron incapaces de reproducir sus efectos con su magia. Entonces Dios les mandó los tábanos como cuarta plaga, pero se los prescribió como insectos grandes capaces de dañar personas y ganado, aunque consta que el enjambre sólo atacó a los egipcios y no afectó los israelitas que vivían a la Tierra de Gosén. A seguir, el faraón le pidió a Moisés que eliminase ll desastre y le prometió, a cambio, consentirles a los israelitas la libertad. Empero, después de que la plaga desapareciera, otra vez el Faraón, resbaloso que ni chorizo en fuente de loza, endureció y se negó nuevamente a mantener su promesa. Fue la vez que Dios les envió la quinta plaga representada por unas enfermedades epidémicas que exterminaron a los ganados egipcios; ya fueran estos, caballos, burros, camellos, vacas, ovejas o cabras o cualquier otro cuadrúpede caminante que existiese en la región. No en tanto, una vez más el ganado israelita resultó ileso y el testarudo del faraón no quiso hacer concesiones a los hebreos. Como todo le resultaba más inútil que baño de vapor en el desierto, Dios les mandó la sexta plaga en forma de una enfermedad cutánea, que suele traducirse como

“Úlcera”

o

“Sarpullido”.

Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

Parece

que

el

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Todopoderoso les dijo a Moisés y Aarón para que cada uno tomase dos puñados de hollín de un horno, el cual s seguir Moisés dispersó en el cielo en presencia del faraón. El hollín provocó Shkhin -úlceras- en el pueblo y en el ganado que aún quedaba en egipcio. Esta vez los presumidos hechiceros resultaron afectados junto con todos los demás y fueron incapaces de sanarse, mucho menos el resto de los egipcios que ya estaban más colorados que culo de Mandril. Dios, que era más porfiado que gallina con lombriz, les mandó la séptima plaga en forma de una destructiva tormenta. Entonces mandó a Moisés que tirase su vara hacia el cielo, punto en el cual la tormenta comenzó. Era incluso más sobrenatural que la plaga anterior, pues era una poderosa lluvia de granizo mezclada con fuego, cosa que no comprendo, pues si era lluvia mojada, ¿cómo fue que el fuego se mantuvo encendido? Pero en fin, la tormenta dañó gravemente los huertos y los cultivos egipcios, así como a las personas y al ganado, aunque dicha tormenta azotó todo Egipto excepto por la Tierra de Gosén. Incansable, el faraón le pidió a Moisés que eliminara la plaga y le dio la palabra de que iría permitir a los israelitas adorar a Dios en el desierto, diciendo que “este tiempo he pecado; Dios es justo, yo y mi pueblo somos malvados”. Y así, como una Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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demostración del dominio de Dios sobre el mundo, la lluvia se detuvo tan pronto como Moisés comenzó a orar a Dios. Sin embargo, después que la tormenta cesara, el embustero del faraón se negó a mantener su promesa. ¡Pronto!, se les vino encima la octava plaga, ahora en forma de langostas. Pero antes de la maldición llegar, Moisés advirtió al faraón del inminente azote de langostas que se le venía encima, y los funcionarios del soberano le suplicaron que permitiera que los israelitas fueran libertados como una forma de evitar sufrir los efectos devastadores de una plaga de langostas, pero éste aún era renuente a ceder. Fue cuando el orador de la corte propuso un compromiso: “los hombres israelitas serían autorizados a marcharse, mientras que las mujeres, niños y el ganado se quedarían en Egipto. Empero, Moisés demandó que cada persona y animal se marchara, pero el faraón se negó. No habiendo éxito en la negociación, Dios ordenó que Moisés estirase su vara sobre los campos de Egipto y recogiese un viento del este. Ese viento se mantuvo hasta el día siguiente, cuando trajo tras de sí un enjambre de hambrientas langostas. Se dice que la nube cubrió el cielo, arrojó una sombra tenebrosa y consumió el resto de los cultivos egipcios, acabando con todos los árboles y plantas que encontraron. El faraón volvió a pedirle a Moisés que eliminase esta plaga y se Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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comprometió a permitir que todos los israelitas pudiesen adorar a Dios en el desierto. La plaga desapareció, pero de nuevo el monarca no permitió a los israelitas salir. Al percibir que el faraón era un tipo más ordinario que premio de Kermesse, Dios mandó ver la novena plaga. Entonces decretó a Moisés que estirase sus manos al cielo, para que la oscuridad cayera sobre Egipto. Esta oscuridad era tan pesada, que un egipcio podía sentirla físicamente. Duró tres días, tiempo durante el cual sólo hubo luz en las casas de los israelitas. Entonces el faraón hizo llamar a Moisés urgentemente, y le dijo que dejaría salir a todos los israelitas si las tinieblas eran retiradas de su tierra. Sin embargo, exigió que las ovejas y vacas que ellos tuviesen, se quedasen. Moisés lo rechazó y dijo que el faraón las quería para ofrecer muchos animales en sacrificios. El faraón, indignado, amenazó con ejecutar a Moisés si este volvía a aparecer ante él. Moisés le contestó que, en efecto, no lo visitaría nuevamente porque entendía que era un tipo más agrandado que curriculm vitae. Moisés, ya percibiendo que el faraón era más falso que billete de siete pesos, sugirió al jefe que la próxima plaga fuese una especialmente significativa. Dios pensó un poco y concordó en mandar un ataque directo al Faraón, ya que “Ra”, era el dios egipcio del Sol. Entonces Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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se decidió por la décima y última plaga que debería ser la muerte de todos los primogénitos de Egipto, y mandó que nadie escapara de ella, desde el más bajo funcionario hasta el propio primer hijo del faraón, pasando hasta por los primogénitos del ganado. Antes de enviarles dicha plaga, Dios mandó a Moisés para que informase a todos los israelitas de la sangre del cordero que estos debían poner en sus puertas para que Jehová pasase de largo y, así, pudiesen evitar que todos los primogénitos israelitas murieran. Este fue el más duro golpe a Egipto y la plaga que finalmente convenció al faraón de que tenía que liberar a los israelitas ya que Dios era un sujeto más firme que rulo de estatua. Claro que después de pasar por todo esto, el patrañero del faraón, furioso y triste, ordenó a los israelitas desaparecer de su tierra, dejándoles tomar lo que quisieran. Los israelitas no vacilaron y al final de esa noche Moisés se los llevó de Egipto. Cuando al fin alcancé a desembuchar de mis sesos toda la historia del Éxodo y por fin alineé las plagas en la orden correcta, aun así no comprendía por qué motivos Philip Marlowe me había dado el billetito. Opinaba que tal vez fuese porque en su personalidad estaban delineadas algunas marcas centrales de

su

temperamento

moralista

Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

bien

al

estilo

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norteamericano, como: la franqueza sexual, la dureza del lenguaje, la elevación del dinero a la posición de centro de vida, la imposibilidad de triunfo. Mismo así, pensaba que eso no tenía cabimiento, pues el moralismo de mi amigo algunas veces ganaba contornos más ambiguos e interesantes dentro de un estilo personal cuya función era hacerlo participar con consagración en casos marcantes. Tal vez fuese por ello que Marlowe se había convertido en un tipo solitario e introspectivo, quien por detrás de sus gafas observa la sordidez del mundo con cierta repulsa y un censo de rectitud moral que pronto se convirtió en la única escapatoria que encontró disponible para enfrentar la humillación de la vida, cuya metáfora central no era más que el crimen, tanto institucional cuanto pasional. Llegué a juzgar que habiendo sido el protagonista directo en varios casos marcantes y convertido muy pronto en una figura de tradición mundana, Marlowe, a partir del desenlace exitoso alcanzado con el reputado caso “A la orilla del abismo”, en el cual su ironía ácida mal escondía la angustia de tener que vivir en tiempos en que los tipos de villanía se transformaron en un procedimiento común dentro de la sociedad, creo que a él se le aflojaron de vez algunas tuercas de su balero. En todo caso, a esa altura del Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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partido, lo único que me restaba era aguardar por nuestro almuerzo. El murmullo que de pronto se explayó por el vagón, era la más clara señal de que nuestra reunión mañanera había concluido, y ese mismo bisbiseo que se reproducía tal cual la salida de los niños al recreo, fue lo que me sacó de mi abstracción telúrico-faraónica apartándome de vez de Dios, Moisés y todas aquellas plagas malditas. Sin lograr contener mi ansiedad, una vez afuera del salón tomé a Marlowe por el brazo y le cuchichié: ¿Puedo saber qué miércoles significa el sigiloso billete de mi caro correligionario? -Si prefieres, nos podemos sentar juntos para almorzar y debatimos el asunto para que tú veas que mal te puede hacer el paco. -Confesó con cara de circunstancias mientras caminábamos apresuradamente por el pasillo dejando de lado toda formalidad. -¿Si el adjetivo que usted pronunció hace referencia al paco o pasta base de cocaína, no entiendo lo qué eso tiene a ver con las Diez Plagas de Egipto? interpelé, al sentirme más perdido que turco en neblina. -En realidad, veo que usted descifró muy bien la palabra pero no el enigma, mi apreciado colega. -Anunció severo, corrigiendo la franqueza y dejándome de tutear-. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Pensé que con su astucia le fuese fácil llegar al denominador. -Pronunció socrático justo cuando nos acercábamos a la mesa. Pronto reparé que en ella ya se estaban acomodando Sam Spadel, Hercules Poirot con su inseparable compañero, el capitán Arthur Hasting, y nada menos que Perry Mason, el más hábil abogado especialista en casos de homicidio que yo conocía, y a quien siempre algún inocente que fuera acusado falsamente recurría a sus servicios. En el momento así como en antaño, no fueron pocas las veces me puse a pensar como era que este tipo hacía para qué, justo a último momento, surgiese una prueba fundamental, o un testigo irrefutable para desvendar el misterio, lo que le posibilitaba que el criminoso, delante de esa última prueba, sucumbiera y terminase por confesar la autoría del crimen delante de un auditorio atónito, ya que la pulla, prácticamente sucedía siempre en la corte. Entendía que era um fenómeno en persona, magnífico, ya que Perry Mason era capaz de transformar cada uno de sus interrogatorios en un verdadero show de televisión, dotándolo magistralmente de espectacularidad e intriga, pues al final, el culpado resultaba ser siempre el menos sospechoso de todos. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Volviendo a lo que interesa, luego después de los cordiales saludos y las zalamerías habituales, fue Sam Spadel quien se encargó da hacer la primera pregunta: -El simbolismo de la grafía de tu esquela se encaja muy bien en lo que tú consideras como el más nuevo infortunio que busca devastar nuestro planeta. -La pregunta de Sam fue dirigida para Perry Mason, quien sólo consintió con un leve movimiento de cabeza mientras abría la servilleta para colocarla sobre las piernas. Estaba patente que todos allí reunidos habían confabulado anticipadamente para sentarse a discutir un tema del cual yo no tenía la mínima noción. En ese momento me sentía más desubicado que chupete en la oreja, y para colmo, caliente como panza de parrillero, ya que había perdido la mañana entera en recordar cuales eran las malditas plagas de Egipto. -¿No le parece, mi estimado Herculano? -Era la oronda voz del capitán Arthur Hasting que me sacaba de mi hondo meditar. -¿Quieren que les diga la verdad? Pues no sé de qué se trata, -afirmé resoluto, mismo que eso significase perder puntos con la audiencia… ¡Joder! -pensé con mis botones, al asumir por mi cuenta lo que resultase de mi ignorancia reconocida. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Yo ya se lo anticipé cuando veníamos a camino del salón, don Herculano. -Fue la vez de Marlowe hablar con una voz que venía acompañada con el leve toque de su mano sobre mi antebrazo. -Pero si el Paco no es más que un residuo resultante de la producción de cocaína en los laboratorios que

elaboran

esa

droga.

-pronuncié

medio

que

sorprendido-. No en tanto, sé que esta es de bajo costo y altamente adictiva para quien la consume, porque sus efectos son intensos pero muy breves. -Es verdad, don Herculano, pero nosotros estimamos que ésta se está convirtiendo rápidamente en una nueva plaga, si ya no se convirtió. De ahí, lo que mencionaba en código mi billete. -Afirmó mi vecino de mesa, el vanidoso Marlowe. -Sepan ustedes que la pasta base de cocaína, paco, crack o como sea que se le llame por ahí, no es una droga… ¡Es peor que eso! Es el desecho de una droga. Porque ella surge como residuo de las cocinas o laboratorios en los que se elabora la cocaína, y emerge como un resultado de una industria clandestina que busca la forma de introducir en el mercado hasta sus desechos, no importándoles un comino sus maléficas consecuencias. -Manifestó el honorable de Perry Mason, entonando una voz parecida a la de un barítono italiano. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-En ese caso, -busqué excusarme poniendo cara de infeliz-, tengo entendido que su uso se encuentra más expandido en los sectores marginales de las ciudades, por causa de su bajo costo, ya que una dosis puede conseguirse por $1, aunque se sepa que el paco también es consumido por algunos de la clase media. -Yo sólo sé que así lo ha comprobado un estudio realizado por la Asociación Civil de Intercambios, organización esta que trabaja en el área de reducción de daños entre usuarios de drogas. Y dicho informe también arribó a la conclusión de que los efectos del consumo son más graves entre los más pobres, porque se trata de un sector de la población que se encuentra con restricciones para acceder a los servicios de salud y que no cuentan con una alimentación adecuada. -Expuso Hercules Poirot, quien al hablar, pasaba delicadamente su dedo meñique por el bigote puntiagudo. -Tengan en cuenta que el paco tampoco es un fenómeno exclusivo de un país específico. -exteriorizó el inseparable compañero de Poirot-. Diría que, unas más, otras menos, todas las grandes ciudades de los cinco continentes ya se hallan bajo su ámbito de influencia. Por consiguiente, mis amigos, allí donde llega la cocaína, se encuentra la pasta base. ¡Esa es la cuestión! Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Inclusive, -mencionó Mason al levantar la mano para pedir atención-, se dice que la hipótesis más fuerte que hoy se ventila, es que no hay pasta base sin transformación en la industria de la cocaína. No es que los usuarios encontraron una sustancia nueva; no es que un despiadado hizo aparecer la pasta base para matar jóvenes pobres. Lo que cambió fue la macroeconomía de la cocaína, donde tenemos que ahora se produce más y, por lo tanto, circula más el desecho de la producción. Entonces el clorhidrato se envía a los barrios ricos que es donde pueden pagarla, o lo destinan en grandes cantidades para la exportación. Como consecuencia, el desecho se vende a los más pobres, quienes antes no podían consumir drogas más fuertes por su alto valor. De esta forma, se reterritorializa la narco economía y se re-territorializa el consumo. -Disculpen. No quiero que ustedes piensen que vivo en una isla, pero en mi pueblo no se ven esas cosas, dije un poco contrariado, no quería que ellos pensasen que era más inservible que ventilador movido a viento. -En la práctica, don Herculano, le informo que el paco se fuma en pipas hechas con cualquier caño de aluminio ahuecado, como por ejemplo las antenas de tv, una guía de cortinas, una lapicera vieja, o cualquier cosa que sirva para absorber el cuenco que en su fondo se le Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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coloca tabaco quemado para encender y mantener el calor. -Buscó explicarme Sam Spadel, haciendo movimientos con las manos como si estuviese montando una pipa imaginaria. -Empero, -continuó-, mismo que esta droga sea muy adictiva porque sus efectos son muy intensos, por suerte también son muy breves. Cuentan que al fumarse, sus resultados aparecen en un lapso de apenas entre 8 y 40 segundos, y se extiende por sólo unos minutos. Es cuando el consumidor pasa de la euforia, inicial, de la sensación de placer, del éxtasis, a una angustia y enseguida cae en una depresión profunda que lo llevan a querer consumir nuevamente. -No hay estudios muy concluyentes al respecto. Anunció el capitán Arthur Hasting-. Sólo se sabe que su mecanismo de acción es básicamente el mismo que el de la cocaína, aunque al ser fumado, el alcaloide llega más rápido al cerebro, en mayores cantidades y presentando un efecto sinérgico con los otros químicos que se hayan usado para la elaboración de las rocas, piedras o pastillas. -¡Esta es nuestra gran preocupación, mis amigos! Una nueva plaga que nos asola al igual que aquellas que Dios mandó a los egipcios. -Llegó a murmurar Perry Mason haciendo movimientos negativos con su cabeza y Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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frunciendo el ceño en señal de preocupación. Quien lo viese de lejos, podría hasta opinar que estaba intranquilo. -Inclusive, se afirma que el consumo prolongado de la pasta base puede llegar a causar psicosis o pérdida del contacto con la realidad y alucinaciones, en cuanto que otros efectos físicos son la pérdida de peso, taquicardia, verborrea, insomnio, dolor de cabeza y falta de coordinación. Pero por suerte, todos sus efectos pueden tratarse con abstinencia y un tratamiento adecuado. Finiquitó Hercules Poirot, pestañando. -En análisis realizados, -agregó el capitán Arthur Hasting, quien siempre hablaba como si fuese el eco de su mentor-, se descubrió que con el fin de aumentar su rendimiento y obtener un mayor beneficio económico, los mafiosos que cocinan la droga suelen mezclarla con: vidrios de tubos fluorescentes molidos, herbicidas, querosén, cloroformo, éter, virulana, parafina, bencina, solventes, ácido sulfúrico y cocaína, claro. -Pues bien, les digo que en la década del 90 todo parecía estar en orden, pero el inicio del deterioro social la llevó a una mayor evidencia junto con la crisis del inicio de este siglo. -Salientó Mason ya con rostro repuesto-. Esta crisis incentivó el crecimiento de la brecha social entre ricos y pobres .Pero no nos referimos solo a las cuestiones materiales, sino a una cuestión más de fondo Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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que tiene que ver con las distintas valoraciones del individuo llegando a modificar la esencia del ser humano, que lo ha llevado a transformarse cada vez más en un ser individualista. -Es verdad. -Manifestó el erudito de Hercules Poirot-. Los Estados, por su parte se han mantenido ausentes en políticas sociales de fondo y el conjunto de todo lo mencionado concluye en nuevos fenómenos sociales, donde el individuo busca diversos mecanismos para evadirse de la realidad que le toca vivir. Y las frustraciones o la incapacidad para hacer frente a esas adversidades, es lo que los llevan a la búsqueda de “soluciones mágicas”; y es entonces que se apela para el recurso químico que facilite aunque más no sea ilusoriamente el cambio. Claro que ésta salida no solo la buscan las clases sociales marginales, sino que también se da en las clases medias y altas… Al abogado hizo una pausa para tomar un sorbo de agua, y prosiguió: -Por eso que nosotros, nuestra sociedad particular, debemos afrontar y concienciar a estas generaciones de los peligros que se avecinan. De lo contrario, no sé lo que pasará dentro de 10 años, cuando éstas ya no existan…

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-¿Usted está colocando el asunto de forma oficial, mi estimado y honorable amigo Mason? -le interrumpí y preguntando con ojos desmesurados. -Digamos que antes de finalizar el viaje, mi estimado Herculano, los que dirigimos la Liga decidimos separarnos en tres grupos de trabajo, distintos, tanto en temas como en prioridades que todos nosotros tendremos de aquí por delante. Por lo tanto, insisto para que quede bien claro que nadie está autorizado a comentar lo que diremos de ahora en adelante… ¿Está claro para todos? afirmó con tono severo y mirada firme a cada uno de nosotros.

22 Los sucesos que me ocurrieron en este último día junto a la Liga, como ya advertí, no pueden ser comentados o ventilados a la opinión pública, pero nada me impide de contar que esa misma mañana el convoy arribó a su última parada, la ciudad de Katherine, justo después que habíamos terminado nuestro desayuno. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Solamente a nuestros pajes y a los demás turistas que no hacían parte de nuestro encuentro, les fue permitido descender del tren y optar por realizar una de las numerosas excursiones de medio día de duración. Por consiguiente, estando imposibilitado de participar de esos paseos, me atengo a lo que el urubú sin plumas de Snobiño me comentó De acuerdo con él, una vez desembarcados había la opción de poder navegar río abajo por el desfiladero de Katherine, pasando entre espléndidos precipicios de arenisca o sobrevolar los desfiladeros, conectados entre sí, en helicóptero. Otra atracción posible era conocer mejor las aves y el resto de animales del Parque Nacional de Nitmiluk en un crucero de observación de la naturaleza, o descender en canoa el río Katherine. -Yo hubiese ido en todos, patroncito, ¿pero cómo, si no tenía un peso en el bolsillo? -me retrucó al preguntarle si las vistas eran bonitas de ver. -¿Entonces, que hicistes durante toda la mañana, pedazo de zapallo con pies? -Me entretuve con lo que pude -me contestó medio encrespado, como si la culpa de no tener plata fuese mía.

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-¿Y de ahí? No me digas que te quedaste rascando bajo la sombra de un árbol durante más de cuatro horas… ¿A ver tus uñas? -inquirí de sopetón. -¿Para qué, jefeamo? -quiso saber el descocado de mi pupilo, ojos lacónicos. -Nada más que para ver si no te salieron ampollas debajo de las uñas, pedazo de un alcornoque… -¡Qué nada, patrón! -me interrumpió Snobiño para defenderse, diciendo-: Yo aproveché la mañana con lo que pude. Resulta que daba para explorar la ciudad tomando el bus expreso para bajarse en atracciones como el Museo del Ferrocarril, la histórica Springvale Homestead y la galería de arte aborigen local. Así que me fui en él. No

obstante,

debo

avisar

que

toda

esta

conversación la mantuvimos a media tarde en nuestra covacha, mientras él preparaba los bártulos y yo saboreaba el amargo con el poco de yerba que aún me restaba en el paquete. Es que luego después de nuestro confabulado almuerzo, donde se debatieron las opiniones que teníamos de cómo enfrentar a futuro la nueva plaga que se nos venía encima de forma más peligrosa que peluquero con hipo, el tren siguió su curso partiendo de nuestra última parada: Katherine. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Salimos a primera hora de la tarde, y durante el transcurso

pude

observar

por

la

ventanilla

que

atravesamos la antigua ciudad de Pine Creek, dedicada a la extracción del oro, y el río Adelaide, que en su día más insigne albergó un cuartel militar de la II Guerra Mundial durante los bombardeos japoneses en Darwin, algo que pronto me llevó a recordar si no fue allí que la lindísima de Nicole Kidman, mujer por la cual sería capaz de perder mi insano juicio, protagonizó la película “Australia”. Sin embargo, prontamente aparté ese ridículo pensamiento de mi cabeza, pues entendía que tal set de filmación podría haberse llevado a cabo en cualquier lugar del mundo, menos allí, donde realmente está ubicado el único cementerio de guerra de Australia en suelo australiano. En esa andábamos, mi paje y yo, distrayéndonos en las últimas horas del viaje echando un párrafo al aire, cavilando y examinando mentalmente las tareas que me incumbía la Liga, o aprovechando para perder la vista por la ventana mientras sorbía mi amargo, cultivando la oportunidad para observar las llanuras polvorientas que poco a poco iban dando paso al follaje tropical a medida que el ferrocarril avanzaba hacia la capital de Darwin en donde el recorrido del The Ghan concluye su viaje. Imprevisible que soy, debo saliente que no tenía nada preparado de antemano para hospedarnos a la Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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llegada, pero el día anterior, al mencionárselo a mi amigo Maigret, tipo ancho y pesado, casi siempre con las manos en los bolsillos y la pipa colgada de la boca, este se plantó delante de un mapa de Darwin que llevaba en el bolsillo, desplegándolo sobre la mesa para indicarme que tenía reservas para dos noches en un hotel de lujo que se encontraba en el distrito de espectáculos y contaba hasta con piscina descubierta. -No me lleve a mal, compañero, -manifesté en el momento-, pero no dispongo de mucho circulante parea hospedarme en hoteles de lujo, y mucho menos con piscinas,

-dije

contrariado,

al

imaginarme

las

prodigalidades de valores que estos irán querer cobrar por pernoctar entre cuatro paredes. -Comprendo, mi amigo. Tenga por sabido que yo tampoco encuentro la plata debajo de las piedras exteriorizó Maigret, mirada fija en el mapa y con el dedo indicador apoyado en el punto que representaba el hotel. Enseguida agregó: -El hotel Holiday Inn Esplanade Darwin, como le dije, se encuentra cerca de lugares de interés turísticointelectual como el Bicentennial Park, el Darwin Entertainment Center, el Darwin War Memorial y, aunque usted no me crea, la habitación me sale por tan solo € 39,00… ¡No es una pichincha! Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-¡Ahhh! Explíquese, hombre. Veo que ahora hablamos la misma lengua, -pronuncié socarronamente dejando escapar una amplia sonrisa. -Si quiere venir conmigo, no hay problema, don Herculano. Tengo buenas referencias del lugar y podemos dividir los gastos comunes, mientras que lo demás cada uno lo asume por su cuenta. ¿Qué tal la idea? -Por mí, óptimo. Combinado. Cuando lleguemos, lo busco y salimos juntos de la estación. -Avisé, más contento que perro con dos colas. -Inclusive, -añadió Maigret explayando sus dedos por los alrededores del mapa-, podemos continuar nuestra aventura en los parques, el puerto, las atracciones históricas y los festivales y mercados al aire libre que existen por todo Darwin. No se olvide que allí también es el punto de partida hacia las cataratas y las pozas rocosas del Parque Nacional de Litchfield y hacia las coloridas comunidades de las islas Tiwi… -Ni loco, compañero. Me agradaría muchísimo, aunque tal vez al puerto sí lo acompañe, ya que debo realizar algunas gestiones pertinentes en ese lugar. Afirmé al interrumpir sus sueños de turista de tercera edad, y ya pensando en encontrar allí algún buque, vapor o bajel que rumbease lo más pronto posible para casa. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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En todo caso, cuando él se retiró, me quedé pensando que este hombre sabría exactamente lo qué hacer si tuviese que quedarse sólo en Darwin, ya que no fue por su eficacia sobrenatural ni por su implacable inteligencia que se hizo grande. Digamos que su estilo no es el de un razonador deslumbrante, ni el de un detallista maníaco, pero siempre impuso una marca propia, caracterizada por la sensibilidad piadosa pero recta del que se interesa en la vida de la gente. Y cuando menciono el “se interesa”, lo hago para destacar una expresión exacta. Nunca estuvo preocupado por cambiar la vida de nadie, ni por interpretar los cuadros sociales en los que cada tanto debía detenerse. Él está genuina e inocentemente interesado en todo y por todos. Al observarlo, siempre deja escapar en su fisonomía esa percepción de parecer maravillado por la cotidianeidad de las personas. Creo que ese es un rasgo inscribe de su personalidad que permite el registro balzaciano de un realismo amoroso y melancólico. Pero no se crean que en él, todo sea eficiencia y curiosidad. Lo que hace único a Maigret es que nunca está cómodo en ninguna parte. Pienso que su posición es un poco

oblicua;

siempre

ligeramente

discordante,

ligeramente forzada, de tal manera que no puede distraerse ni dejarse engañar por nada ni por nadie. Tampoco puedo Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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dejar de recordar que el resultado de su primera acción de campo lo presenta como policía, pero también señala ese rasgo de su situación en el mundo, que asomará en todas las aventuras que él llevará a cabo. Sucede que “La presencia de Maigret en el Majestic” tenía fatalmente algo de hostil. Formaba en cierto modo un bloque que la atmósfera del hotel se negaba a asimilar. No porque se pareciese a los policías que las caricaturas habían popularizado en las calles. No tenía ni bigote, ni zapatos de suela gruesa. Su traje era de lana bastante fina, bien cortado. Además, se afeitaba todos los días y se cuidaba las manos. Pero de lejos se notaba que su figura era plebeya. No en tanto, a lo largo del tiempo él fue armando el retrato que explica esa discordancia. Como Maigret es hijo del administrador de un poderoso señor rural, en el colegio, los niños del pueblo lo percibían como diferente, como próximo al gran señor que les cobraba la renta y vivía en una casa lujosa. Pero al mismo tiempo, él reconoce el lugar subordinado de su padre respecto al amo. Sabe que su padre no es propietario: es apenas un sirviente; más calificado, más educado, pero sirviente al fin. Esa posición incómoda lo constituye de tal modo que podrá internarse en los más diversos ambientes sin Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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confundirse nunca, pero captando los signos propios de cada clase, reconociendo los vínculos y las servidumbres, percibiendo de inmediato, como si fuera un olor, el origen y la posición de cada individuo en la compleja trama de la vida social. Cabe destacar que este comisario tampoco simpatiza con sus jefes, aunque sepa que se debe a un orden jerárquico. No le gustan los ricos, pero no exactamente porque sean ricos. No muestra inclinaciones políticas de ninguna índole, y tampoco exhibe una pintoresca debilidad por los tránsfugas ni los delincuentes. No se erige en juez de la conducta de nadie, aunque el peso de su moral está siempre implícito. A veces lo conmueven los esfuerzos de alguien por verse mejor, mismo siendo feo. Lo conmueven los niños, tal vez porque ocupan en el mundo una posición oblicua, como la suya propia. Y más de una vez sigue un caso que no le concierne, simplemente por curiosear en la vida de alguien que le llamó la atención. También recuerdo que cuando le tocó actuar en “No se mata a los pobres tipos”, Maigret necesitó resolver la inexplicable muerte de un hombre común y corriente; un infeliz que seguía todos los días la misma rutina y que es sorprendido por una bala en el corazón cuando está sentado en la cama, sin medias, frotándose los pies. Una Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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muerte inexplicable, en un escenario inapropiado para cualquier escena de violencia o pasión. Un pobre tipo, pensó Maigret. Pero no porque se hubiese muerto, sino porque había vivido. Creo que sin grandes estridencias, algo del existencialismo francés del siglo XX impregna su mirada sin pretensiones intelectuales que, aunque no se distraiga en cavilaciones, hace que Maigret sienta que la vida de cualquier persona es un absurdo e insignificante destello que se produce en el continuo siempre indiferente del mundo. Tal vez un destello más encendido cuanto más extrañas o inusuales sean las circunstancias, pero siempre destinado a apagarse y a ser olvidado. Por veces pienso que el gran motivo de por qué Maigret sigue teniendo tantos amigos que se renuevan en cada generación con un fervor que nunca decrece, es, posiblemente, el clima que supo crear para sí propio. El invierno en París, las vendedoras de castañas, el paisaje húmedo de las orillas del Sena; el cobijo que proporcionan cuatro paredes, aunque sean las paredes de la oficina de la policía judicial. Pienso hasta que a los amigos de Maigret les gusta pasearse por esos mismos cafés, acompañar cada cerveza con sándwiches de una noche que se hace larga en medio de un caso, respirar el aire cargado de las tabernas Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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en las que los mismos de siempre dejan pasar el tiempo jugando a las cartas y tomando alcohol. Tan disfrutable es ese aire, tan legítimo el ámbito creado por el comisario, que nadie se pregunta cómo es posible que un policía en servicio tome incontables cervezas a lo largo de la mañana, o que llegue a la noche con la cabeza pesada por el aguardiente que trasegó durante toda la tarde. En todo caso, puedo afirmarles que Maigret no es un alcohólico. No está entre los rasgos de su personaje el de tener problemas con el alcohol. Lo extraño, entonces, es que quien lo observa sin conocerlo, atraviese ese mundo de ficción sin cuestionar jamás la verosimilitud de ese vínculo entre el comisario y la bebida. Que tomen la sedienta personalidad del héroe con la misma naturalidad con que se toma el hecho de que nunca se pegue un baño, o quizás que lo haga solo de vez en cuando. Que acepten que tutee a las muchachas pobres que han pasado por el Quai des Orfèbres, aunque en ese tuteo esté implícita una familiaridad que las compromete ante sus patrones o ante su novio. No en tanto, reconozco que el lugar de autoridad de Maigret dentro de su trabajo es absoluto. Pero no se trata de una autoridad meramente jerárquica. Es, más bien, una cuestión de legitimidad. Él siempre logra volver legítima y verosímil cualquier situación que atraviesa. Y Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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hasta se le tolera que entre en las habitaciones de una joven, sin llamar, para sorprenderla cuando revisa los cajones. Se acepta con naturalidad que irrumpa en la cocina de una familia para pescar una conversación, para capturar los gestos rápidos, avergonzados, que delatan la existencia de algún secreto sucio. Pienso que Maigret está instalado en un ámbito muy próximo, todavía, a la criminalística del siglo XIX. Y con algo de médico o de naturalista, llega a reconocer un temperamento sanguíneo, una índole flemática, y se comporta con la implacable contundencia de un cirujano que, en caso de ser necesario, amputa un miembro para salvar una vida. Tampoco tiene complicaciones legales que le vayan a impedir resolver un caso. No importa si descubrió algo husmeando fuera de su jurisdicción, dejándose invitar una copa por un tramposo, o presionando la frágil estructura psíquica de una muchacha que cometió algunos errores. Él es la Ley de su propio mundo, no porque ostenté una jefatura en la policía judicial, sino porque el mundo ficcional que lo contiene está armado, con enorme eficacia, desde su perspectiva y a su servicio. Unos silbatos intermitentes del tren me sacaron de vez de mi reflexión en solitario. Pienso que hasta dormité un poco pensando sobre mi amigo comisario, pues Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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cuando me levanté del sofá, noté que tenía el rostro más colorado que huevo de ciclista. Mi posición meditante no permitió que el infeliz de mi paje se animase a interrumpir la introversión de mis evocaciones hasta que estábamos casi a punto de arribar a la estación. -¡Jefeamo! Aquí se termina este empalagoso viaje de indio. -Manifestó con las manos entrelazadas como si fuese uno de esos piadosos monaguillos en misa de Viernes Santo. -Ya vi, tizón de averno. No necesitas gritar, que aquí no hay sordos. -Pronuncié alzando la voz más que lo necesario. A seguir, le ordené que bajase nuestros trastos y me aguardase en el apeadero de la plataforma, pues yo iría en busca de mi amigo para combinar nuestra ida al hotel. Al bajar, algunos vagones más adelante, noté la pesada presencia de su figura, manos en los bolsillos y la pipa humeante colgada de sus labios. Se estaba despidiendo de Sam Spadel, Cayetano Brulé, y Sherlock Holmes, quien llevaba el estuche de su violín Stradivarius en la mano izquierda más agarrado que mugre al talón. No demoró mucho, y se nos unió su amigo el doctor J. H. Watson, quien venía luego atrás de mí casi pisándome los talones. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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Fue entonces que alguien del magno grupo que rápidamente se formó, insinuó que era una buena oportunidad para arrimarnos hasta la barra del restaurante de la estación para tomar una cerveza de despedida. No es necesario que mencione que no me quedó más remedio que acompañarlos ya que la cosa entre ellos tenía más agachadas que tero-tero. Acortando el asunto, una vez que llegamos al hotel, Snobiño, Maigret y yo, mejor dicho, cuando los dos nos acomodamos en nuestra habitación, no pude dejar de percibir un tipo de alegría especial en la cara de mi pupilo. Tenía una expresión de júbilo característica de quién siente una satisfacción intrínseca y está loco para compartirla con quien sea. -¿Qué es lo que te duele? Desembuchá de una vez, jugo de carbón, que te veo más transpirado que tapa de olla. -Mencioné para estimular su contentamiento. Con menos onda que pelo de chino, Snobiño dejó escapar una sonrisa tímida entre los blancos dientes y me sampó: -No sé cómo usted piensa hacer para volver, jefeamo, pero lo que es yo, me vuelvo de avión. -¿Ah, sí? Pues a mí me parece que vos estás más desubicado que morrón en clericó, -insinué al mismo tiempo que largaba una carcajada que me produjo hipo. Logogrifos en el Vagón del “The Ghan”

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-Bueno, es que… Mmm…, pienso que de ahora en adelante ya no necesito pagar más pecados, -fue diciendo entrecortadamente, mientras sus balbuceadas palabras guardaban respeto y sumisión hacia mí. En verdad, saltándome los entrementes, algunos días después, ambos estábamos regiamente ubicados en la primera clase de un Boeing 767 de la Qantas Airways con destino al occidente. Y tal algarabía se debía a que el espasmódico de mi pupilo se había ganado el pozo del “OZ Powerball”, la lotería australiana inspirada en el juego de lotería americana y que es distribuido a todos los estados a través del Australian Lotto Bloc.

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BIOGRAFÍA DEL AUTOR

Nombre: País de origen: Fecha de nacimiento: Ciudad: Nivel educacional:

Experiencia profesional:

Residencia:

Retórica Literaria:

Carlos Guillermo Basáñez Delfante República Oriental del Uruguay 10 de Febrero de 1949 Montevideo Cursó primer nivel escolar y secundario en el Instituto Sagrado Corazón. Efectuó preparatorio de Notariado en el Instituto Nocturno de Montevideo y dio inicio a estudios universitarios en la Facultad de Derecho en Uruguay. Participó de diversos cursos técnicos y seminarios en Argentina, Brasil, México y Estados Unidos. Trabajó durante 26 años en Pepsico & Cia, donde se retiró como Vicepresidente de Ventas y Distribución, y posteriormente, 15 años en su propia empresa. Realizó para Pepsico consultoría de mercadeo y planificación en los mercados de México, Canadá, República Checa y Polonia. Desde 1971, está radicado en Brasil, donde vivió en las ciudades de Río de Janeiro, Recife y São Paulo. Actualmente mantiene residencia fija en Porto Alegre (Brasil) y ocasionalmente permanece algunos meses al año en Buenos Aires (Rep. Argentina) y en Montevideo (Uruguay). Elaboró el “Manual Básico de Operaciones” en 4 volúmenes en 1983, el “Manual de Entrenamiento para Vendedores” en 1984, confeccionó el “Guía Práctico para Gerentes” en 3 volúmenes en el año

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Obras en Español:

1989. Concibió el “Guía Sistematizado para Administración Gerencial” en 1997 y “El Arte de Vender con Éxito” en 2006. Obras concebidas en portugués y para uso interno de la empresa y sus asociados. Principios Básicos del Arte de Vender – 2007 Poemas del Pensamiento – 2007 Cuentos del Cotidiano – 2007 La Tía Cora y otros Cuentos – 2008 Anécdotas de la Vida – 2008 La Vida Como Ella Es – 2008 Flashes Mundanos – 2008 Nimiedades Insólitas – 2009 Crónicas del Blog – 2009 Corazones en Conflicto – 2009 Taexplicado!!! Crónicas y Polémicas Vol. II – 2009 Con un Poco de Humor - 2009 Taexplicado!!! Crónicas y Polémicas Vol. III – 2009 Taexplicado!!! Crónicas y Polémicas Vol. IV – 2009 Humor… una expresión de regocijo - 2010 Risa… Un Remedio Infalible – 2010 Taexplicado!!! Crónicas y Polémicas Vol. V – 2010 Fobias Entre Delirios – 2010 Taexplicado!!! Crónicas y Polémicas Vol. VI – 2010 Aguardando el Doctor Garrido – 2010 El Velorio de Nicanor – 2010 La Verdadera Historia de Pulgarcito - 2010 Misterios en Piedras Verdes - 2010 Taexplicado!!! Crónicas y Polémicas Vol. VII – 2010 Una Flor Blanca en el Cardal - 2011 Taexplicado!!! Crónicas y Polémicas Vol. VIII – 2011

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¿Es Posible Ejercer un Buen Liderazgo? - 2011 Taexplicado!!! Crónicas y Polémicas Vol. IX – 2011 Los Cuentos de Neiva, la Peluquera - 2012 El Viaje Hacia el Real de San Felipe - 2012 Taexplicado!!! Crónicas y Polémicas Vol. X – 2012 Logogrifos en el vagón del The Ghan - 2012 Taexplicado!!! Crónicas y Polémicas Vol. XI – 2012 El Sagaz Teniente Alférez José Cavalheiro Leite - 2012 El Maldito Tesoro de la Fragata 2013 Carretas del Espectro - 2013

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